El apoyo creciente hacia Myriam Bregman y el FIT-U abrió una oportunidad política excepcional. Pero los comités que impulsa la izquierda sólo estarán a la altura de las necesidades históricas de la clase trabajadora si logran transformar ese crecimiento, expresado en distintas encuestas de imagen positiva, en organización militante, programa de poder obrero y construcción de una dirección revolucionaria.
Una crisis de régimen y una oportunidad para la izquierda
La crisis del gobierno de Milei expresa algo más profundo que el desgaste de un gobierno. Es la manifestación aguda de una crisis de régimen. El Congreso funciona como escribanía del ajuste o como teatro de negociaciones entre bloques patronales. La Justicia actúa como garante del orden capitalista contra los trabajadores y los sectores populares. La CGT deja pasar ataques históricos con paros aislados y sin continuidad. La dirigencia de la CTA y el FreSU está inmersa en la interna del PJ. El peronismo, incluido el kirchnerismo, lejos de organizar una salida de lucha, administra su propia crisis y espera que el desgaste del gobierno le devuelva autoridad política de cara a las próximas, y lejanas, elecciones, en un contexto de creciente desencanto, abstención y rechazo a las variantes tradicionales.
Mientras tanto, la ofensiva capitalista avanza sobre todos los frentes. Los jubilados son empujados a la miseria y reprimidos cuando protestan. La universidad pública es desfinanciada. Los trabajadores estatales sufren despidos y persecución. Los convenios colectivos están bajo ataque. La salud, la educación y los servicios públicos son vaciados mientras el gobierno garantiza pagos al FMI, beneficios a los grandes empresarios y negocios para los grupos económicos. No se trata de errores ni de excesos ideológicos de un loco en el poder, sino de una política de clase. El capitalismo se basa en intereses de clase antagónicos. De un lado está la clase trabajadora, que vive de vender su fuerza de trabajo y necesita salarios, jubilaciones, salud, educación, vivienda y condiciones dignas de vida. Del otro está la clase capitalista, que se apropia del trabajo ajeno y necesita reducir salarios y derechos, disciplinar a los sindicatos, recortar el gasto social y garantizar sus ganancias. Este antagonismo se agudiza en períodos de crisis orgánica. Cuando se reducen los márgenes de beneficio, aumenta el peso de la deuda y se endurece la competencia internacional, la burguesía busca descargar el costo de la crisis sobre la clase trabajadora.
La expectativa alrededor de Bregman y del FIT-U expresa una búsqueda por izquierda frente al fracaso de las variantes tradicionales. Sectores de la juventud, trabajadores, docentes, estatales, jubilados, estudiantes y activistas empiezan a mirar hacia la izquierda porque no encuentran una salida en el peronismo ni en las instituciones del régimen.
No estamos ante un giro consolidado hacia la conciencia revolucionaria, pero sí ante una oportunidad política que coloca a la izquierda, y fundamentalmente a sus direcciones, ante la responsabilidad de intervenir con audacia para transformarla en organización, conciencia y fuerza revolucionaria.
La cuestión es cómo intervenir sobre esa oportunidad.
Puede diluirse en una campaña electoral, en la acumulación unilateral alrededor de una figura o en la simple defensa administrativa del FIT-U. O puede transformarse en clarificación política, organización comunista, intervención en las luchas, programa de poder obrero y construcción de una dirección revolucionaria.
La tarea de los comités debería ser convertir esa simpatía todavía difusa en una fuerza organizada para enfrentar a Milei, al FMI, a la burocracia sindical y al régimen capitalista.
De la simpatía electoral a la organización revolucionaria
Ninguna oportunidad política se realiza por sí sola. Una tendencia favorable en la opinión pública, una buena imagen electoral o una referencia individual con alcance masivo pueden abrir una puerta, pero no sustituyen la organización consciente. La clase trabajadora no enfrenta solo a un gobierno, sino a una clase dominante con partidos, jueces, medios de comunicación, fuerzas represivas, empresarios, bancos, organismos internacionales y una burocracia sindical que actúa como correa de transmisión del orden existente. Frente a ese poder concentrado, la simpatía dispersa no alcanza.
Por eso el debate sobre los comités tiene una importancia clave. En su interior aparecen distintas orientaciones. El PTS plantea convertirlos en un punto de apoyo para avanzar hacia un nuevo partido de la clase trabajadora. El Partido Obrero e Izquierda Socialista plantean utilizarlos para ampliar y fortalecer al FIT-U, mientras el MST introduce la propuesta de avanzar hacia un partido común.
Estas diferencias son importantes, pero no resuelven por sí solas el problema central. La cuestión decisiva no es únicamente si los comités serán el punto de apoyo de un nuevo partido o una vía para ampliar al FIT-U, sino qué política tendrán, qué programa defenderán, cómo intervendrán en la lucha de clases y hacia qué perspectiva de poder orientarán a quienes se acerquen.
La ausencia actual de organismos de poder obrero, de una movilización revolucionaria de masas o de un partido con influencia decisiva no puede convertirse en un argumento para postergar indefinidamente la lucha por el socialismo. Esas condiciones no aparecerán espontáneamente ni completamente formadas antes de la batalla. Deben construirse mediante la intervención consciente, la organización y la experiencia de la clase trabajadora.
Pero tampoco pueden ser reemplazadas por una candidatura, una campaña electoral o una consigna audaz. La tarea consiste en utilizar la oportunidad existente para fortalecer el factor subjetivo: elevar la conciencia, formar cuadros y construir una organización revolucionaria capaz de conquistar una influencia decisiva en la clase trabajadora.
Si se los concibe apenas como instrumentos de campaña, su función quedará limitada a reunir apoyos, fiscalizar, organizar actos y preparar una elección. Todo eso puede ser útil, pero queda muy por debajo de las tareas que impone la crisis. La izquierda no necesita únicamente más votantes, sino transformar a una franja de ellos en militantes, organizadores, delegados, cuadros y puntos de apoyo en cada lugar de trabajo, estudio y barrio.
Ese pasaje requiere método, programa y una orientación política clara. Un trabajador que simpatiza con Bregman, un estudiante que vota al FIT-U, una docente que rechaza el ajuste o un jubilado que enfrenta la represión pueden avanzar enormemente si encuentran un espacio donde discutir, intervenir y organizarse. Pero también pueden retroceder si solo se les ofrece una adhesión pasiva, una campaña electoral o una disputa entre aparatos.
Los comités deberían ser organismos vivos de deliberación y acción, capaces de intervenir frente a los despidos, apoyar las luchas docentes, impulsar asambleas, organizar la solidaridad con los jubilados y enfrentar a la burocracia sindical. Un punto de partida puede ser electoral, pero su función debe ser unir cada pelea parcial con un programa de poder obrero, transformar la simpatía en experiencia militante y formar cuadros para una dirección revolucionaria arraigada en la clase trabajadora.
El PTS y los comités junto a Myriam
El PTS fue la primera organización del FIT-U en tomar la iniciativa. Con los comités junto a Myriam Bregman buscó intervenir sobre un fenómeno concreto, el crecimiento de su figura pública y la posibilidad de organizar a sectores que hasta ahora se vinculaban con la izquierda principalmente a través del voto, las redes sociales o una simpatía general. En ese punto, la iniciativa tiene un costado audaz, porque intenta convertir esa referencia política en agrupamiento militante.
En distintas provincias y localidades se realizaron reuniones, campañas y debates. El problema no es la ausencia de iniciativa, sino el método político con el que se desarrolla. Los comités son presentados como espacios “junto a Myriam” y se ordenan alrededor de la estrategia del PTS de construir un “partido de la nueva clase trabajadora”.
El PTS parte de una crítica correcta al FIT-U existente. El Frente de Izquierda, tal como funciona hoy, no alcanza. Sigue siendo en gran medida un frente electoral de partidos, sin afiliación directa, congresos comunes, organismos democráticos de base ni una vida militante compartida para los miles que lo votan o simpatizan con él. Pero su respuesta inicial fue impulsar una dinámica propia alrededor de los comités y de su propuesta de un “partido de la nueva clase trabajadora”, aunque posteriormente abrió la discusión mediante foros dirigidos al conjunto del FIT-U.
Nosotros sostenemos que, si una franja de trabajadores, jóvenes y activistas empieza a mirar hacia la izquierda, la tarea es ofrecerle una experiencia superior de organización, lucha y claridad programática. El crecimiento de una organización comunista sana no consiste en diluir el programa para atraer a todos, sino en permitir que miles participen, discutan democráticamente, actúen y saquen conclusiones en una experiencia común, con plena libertad de tendencias y una orientación hacia la lucha de clases, el derrocamiento del capitalismo y la construcción del socialismo.
Desde un punto de vista marxista, el límite del PTS no está en querer construir el partido. La cuestión del partido revolucionario es decisiva. El problema aparece cuando la construcción de una dirección se reduce a ampliar el radio de influencia de una organización y de una figura.
Los comités podrían ser una mediación hacia una organización revolucionaria más amplia y arraigada en la clase trabajadora. Para eso no deberían funcionar como una extensión política del PTS, sino abrirse como organismos unitarios y democráticos, donde los trabajadores, jóvenes y militantes que se acerquen puedan discutir el programa, decidir colectivamente y actuar en común. De lo contrario, si se limitan a ejecutar decisiones predeterminadas por la dirección partidaria, perderán vida propia, participación y apoyo. El PTS tiene derecho a presentar y defender la propuesta de un “partido de la nueva clase trabajadora”. La cuestión decisiva es que esa y otras perspectivas puedan debatirse democráticamente y que sean los propios comités quienes definan su orientación.
Su carácter unitario no implicaría neutralidad política. Cada corriente debería defender abiertamente sus ideas y disputar democráticamente la orientación de los comités, sin convertirlos en una estructura administrativa de su propio aparato.
La crítica a la orientación del PTS no agota el debate. La respuesta del Partido Obrero e Izquierda Socialista plantea la necesidad de comités unitarios, pero también debe examinarse a la luz de los límites actuales del propio FIT-U.
La disputa por el carácter de los comités
Frente a la iniciativa unilateral del PTS, el Partido Obrero e Izquierda Socialista plantearon una preocupación correcta: que los comités sean unitarios, abiertos al conjunto de los simpatizantes del FIT-U y no subordinados a la estrategia particular de una sola corriente.
El Partido Obrero acierta al ligar los comités con la intervención en la lucha de clases, la pelea contra el ajuste de Milei, la necesidad de una huelga general y la construcción de una alternativa de trabajadores. También acierta al señalar que el problema del peronismo no es solo su pasividad, sino su carácter de fuerza política ligada a intereses de clase ajenos a los trabajadores. Izquierda Socialista, por su parte, acierta al plantear que la simpatía hacia Bregman y el FIT-U debe canalizarse en comités comunes en los lugares de trabajo, estudio y barrios, y no en estructuras separadas por corriente.
Pero esa respuesta también tiene un límite. La unidad no puede convertirse en un fin en sí mismo ni en la simple preservación del FIT-U tal como existe. El frente fue una conquista importante porque permitió sostener una referencia electoral independiente de los partidos patronales y acumular una autoridad política que explica, en parte, el crecimiento de Bregman. Pero sigue siendo principalmente un frente de partidos, sin afiliación directa, organismos democráticos comunes ni una vida militante permanente para sus simpatizantes.
Si los comités unitarios quedan planteados únicamente como comités de apoyo al FIT-U, corren el riesgo de reproducir esos mismos límites: acuerdos entre direcciones, equilibrios entre aparatos y una actividad política concentrada en las coyunturas electorales.
La pelea por comités unitarios solo será un paso adelante si se orienta a superar esa forma limitada. No alcanza con abrirlos para apoyar al FIT-U. Deben discutir qué programa levantar, cómo intervenir en cada conflicto, qué medidas debería tomar un gobierno de trabajadores y cómo enfrentar a la burocracia sindical y al Estado capitalista. La unidad sin estrategia puede transformarse en diplomacia entre corrientes, y la amplitud sin programa, en una nueva forma de adaptación electoral.
Los comités podrían abrir una vida militante común para miles de simpatizantes, permitir su incorporación directa sin exigir la afiliación previa a ninguna de las corrientes, organizar debates de base, coordinar acciones, formar cuadros y votar campañas comunes. Deberían ser una palanca para superar al FIT-U de aparatos y avanzar hacia una organización revolucionaria, democrática y orientada programáticamente a la lucha por el poder.
Esta tensión entre la iniciativa propia del PTS y la defensa del FIT-U como marco unitario llevó al MST a plantear la necesidad de una organización política superior. Pero también esa propuesta debe ser examinada.
Partido común o federación de corrientes
El MST intenta ubicarse en una posición distinta dentro del debate. No rechaza los comités impulsados alrededor de Bregman, pero tampoco se limita a defender al FIT-U tal como existe. Parte de reconocer que el frente, en su forma actual, resulta insuficiente para responder a la nueva situación política. Si el crecimiento de la izquierda expresa una tendencia más profunda, no alcanza con administrar un acuerdo electoral entre partidos. Es necesario discutir una organización política superior.
La pregunta sobre la necesidad de un partido común no puede ser descartada. El FIT-U conquistó una referencia nacional, pero todavía no ofrece una vida militante común a los miles que lo votan o empiezan a mirarlo con expectativa. Una etapa de crisis orgánica, polarización y búsqueda por izquierda exige una herramienta capaz de intervenir de manera unificada en las elecciones, las calles, los sindicatos, las universidades y cada conflicto de la clase trabajadora.
El problema aparece al precisar qué tipo de organización común se propone. Una organización revolucionaria no puede ser simplemente una ampliación del FIT-U ni una suma de corrientes que conviven bajo un mismo paraguas. Debe contar con un programa común, una estrategia de poder, una intervención centralizada en la lucha de clases, formación sistemática de cuadros y un régimen interno basado en la democracia obrera y el centralismo democrático.
La existencia de tendencias y debates no constituye un problema. La cuestión es si, después de la discusión democrática, la organización actúa con una orientación común o si cada corriente conserva una política propia y convierte al partido en una federación permanente.
La pregunta decisiva no es solo si hace falta un partido de la clase trabajadora o fortalecer al FIT-U, sino sobre qué bases construirlo. ¿Sería una organización revolucionaria con un programa de transición y una estrategia de lucha por el poder obrero? ¿O una coordinación de corrientes que conserva indefinidamente sus equilibrios internos? ¿Serviría para formar una dirección común arraigada en la clase trabajadora o para administrar la convivencia entre aparatos? ¿Podría intervenir con una orientación unificada frente a una huelga general, una rebelión popular o una revolución?
El mérito del MST está en señalar que el FIT-U actual no alcanza y que la discusión debe ir más allá de los comités como simple forma organizativa. Pero una propuesta de partido común solo sería un paso adelante si supera la lógica federativa de los aparatos y se basa en un programa que delimite claramente frente al reformismo, el parlamentarismo y toda variante de conciliación de clases.
La clase trabajadora no necesita un sello electoral más amplio, sino una dirección revolucionaria. Esa dirección no se construye mediante acuerdos diplomáticos entre corrientes, sino en la lucha común, la clarificación política, la formación de cuadros marxistas y la preparación consciente de la pelea por un gobierno de trabajadores y el desmantelamiento del Estado burgués.
Si se plantea un partido común, debe ser para construir una organización revolucionaria, democrática y centralizada, con plena libertad de debate y tendencias, no una federación de aparatos. Superar al FIT-U debe significar abrir una vida militante común sobre bases revolucionarias, no ampliar bajo otra forma su carácter de frente electoral.
La crítica al reformismo de izquierda y sus límites
Política Obrera interviene en el debate desde otro ángulo. Su crítica no se concentra en la forma organizativa de los comités, sino en el contenido político que podría asumir la campaña de Bregman y del FIT-U. Advierte sobre el peligro de que la izquierda, en nombre de ampliar su influencia electoral, modere su programa y se presente como una opción de gobierno dentro de los límites del régimen.
Ese señalamiento toca un problema real. La izquierda revolucionaria no puede convertir la oportunidad abierta por el crecimiento de Bregman y del FIT-U en una política de administración de izquierda del capitalismo. Un gobierno de trabajadores no puede ser presentado como una versión más sensible o progresista del Estado existente. Si la izquierda se propone gobernar, debe explicar qué significa gobernar contra los capitalistas, romper con el FMI, expropiar las palancas fundamentales de la economía, apoyarse en la movilización de masas y enfrentar el sabotaje de la burguesía.
La crítica al reformismo de izquierda es necesaria. La clase trabajadora no necesita una izquierda que prometa gestionar mejor la decadencia capitalista, sino una dirección que prepare la lucha por el poder. La democracia capitalista es un régimen de clase, una Asamblea Constituyente convocada dentro del orden existente no puede resolver por sí misma los problemas de fondo y el Estado burgués no es una herramienta neutral que pueda ser utilizada sin romper su estructura.
Frente a este proceso, la intervención de Política Obrera se concentra principalmente en denunciar sus límites programáticos desde afuera, sin desarrollar una política concreta para organizar a los sectores que comienzan a acercarse a la izquierda a partir de su simpatía hacia Bregman. La tarea revolucionaria no puede limitarse a advertir desde afuera que ese proceso contiene ilusiones. Debe intervenir en ese proceso, disputar su orientación y ayudar a que esa expectativa se transforme en organización comunista.
El oportunismo se adapta a la conciencia existente y rebaja el programa para no chocar con las ilusiones de las masas. El sectarismo se limita a denunciar esas ilusiones sin construir los puentes necesarios para superarlas en la experiencia práctica. Una política marxista debe evitar ambos errores: intervenir audazmente donde existe un movimiento hacia la izquierda, pero hacerlo con plena independencia programática y una estrategia de ruptura revolucionaria.
La crítica de Política Obrera puede servir como advertencia, pero no como orientación completa. Es correcto rechazar toda deriva progresista, parlamentarista o constitucionalista que sustituya la lucha por el poder obrero por la administración del Estado capitalista. Pero no alcanza con gritar esas verdades desde los márgenes del movimiento. Para influir sobre las masas trabajadoras, esa delimitación debe traducirse en una orientación capaz de conectar con los sectores que empiezan a buscar una alternativa.
Sin independencia programática, los comités podrían convertirse en una plataforma electoral progresista. Sin intervención concreta, la crítica quedaría reducida a propaganda externa, incapaz de disputar la dirección de quienes comienzan a moverse hacia la izquierda mirando hacia Myriam Bregman.
Elecciones, gobierno y poder obrero
El debate sobre los comités desemboca necesariamente en una cuestión estratégica: la relación entre elecciones, gobierno y poder. La izquierda no puede limitarse a utilizar las elecciones como una tribuna de denuncia ni sembrar la ilusión de que ganar una elección equivale, por sí mismo, a conquistar el poder real.
Para los marxistas, el Estado no es un árbitro neutral situado por encima de la sociedad, sino un instrumento de dominación de clase. Sus instituciones, su aparato judicial, sus fuerzas represivas, su burocracia permanente y sus vínculos con los bancos, los grandes empresarios y el imperialismo están organizados para defender la propiedad privada de los medios de producción y el poder de la burguesía. Por eso, conquistar el gobierno no significa automáticamente conquistar el poder, que reside en el control de la economía, la producción, los bancos, el comercio exterior, los medios de comunicación, las fuerzas represivas y el aparato estatal.
Esto no significa despreciar las elecciones. Una campaña electoral desarrollada con una orientación revolucionaria puede llevar a millones un programa de ruptura con el FMI, nacionalización de la banca y el comercio exterior, expropiación de los grandes capitalistas, control obrero de la producción, reducción de la jornada laboral, aumento de salarios y jubilaciones, y defensa de la salud y la educación públicas. Puede mostrar que la izquierda no se propone ser una oposición testimonial, sino una alternativa de gobierno orientada hacia la lucha por el poder frente a los partidos patronales.
La participación electoral no debe medirse principalmente por la cantidad de votos o bancas conquistadas, sino por su capacidad para difundir el programa revolucionario, entrar en contacto con sectores más amplios de la clase trabajadora, medir fuerzas y construir el partido. Las elecciones son un terreno táctico de intervención, no el eje estratégico alrededor del cual debe ordenarse la organización revolucionaria.
La cuestión decisiva es explicar qué significa un gobierno de trabajadores. No se trata de ocupar el Estado burgués para administrarlo con funcionarios honestos o de izquierda. La clase trabajadora no puede limitarse a tomar la maquinaria estatal existente y utilizarla para sus propios fines. Debe desmantelarla y reemplazarla por un poder de nuevo tipo, basado en sus propios organismos democráticos. La forma concreta que adopte ese proceso dependerá de la relación de fuerzas, la profundidad de la crisis, la preparación política de la clase y, sobre todo, la existencia de un partido revolucionario con influencia de masas.
Debemos rechazar tanto el oportunismo electoral como el ultraizquierdismo abstracto. El primero presenta la conquista del gobierno como si bastara con ganar elecciones y administrar mejor el Estado existente. El segundo reduce la estrategia revolucionaria a frases generales sobre la insurrección, sin construir las mediaciones necesarias para ganar a millones e intervenir en las organizaciones reales de la clase trabajadora. Una política marxista debe utilizar las elecciones como tribuna, escuela política y posible palanca de crisis, subordinándolas a la organización independiente de la clase trabajadora y a la lucha por el poder.
El peligro no surge de participar en las elecciones o en el Parlamento, sino de subordinar el programa y la construcción revolucionaria a la conservación de cargos, prestigio e influencia institucional. La respuesta no es abandonar ese terreno, sino intervenir en él bajo el control de una organización comunista sólida, con representantes sometidos a su programa y disciplina y vinculados permanentemente a la lucha de clases.
La izquierda debe presentarse abiertamente como una alternativa de gobierno, explicar qué medidas tomaría y demostrar que la clase trabajadora puede dirigir la sociedad. La diferencia con el electoralismo no está en renunciar a gobernar, sino en aclarar que una victoria en las urnas podría abrir una crisis y una posibilidad revolucionaria, pero no resolvería por sí misma el problema del poder. Podría acelerar la organización de masas, desencadenar una crisis con la burguesía y obligar a la clase trabajadora a defender en las calles las medidas de un gobierno obrero. La cuestión no es establecer una sucesión rígida entre elecciones, movilización e insurrección, sino preparar una dirección capaz de utilizar cada avance para desarrollar organismos de poder obrero, desmantelar el aparato estatal burgués y avanzar hacia la expropiación de la burguesía.
Un gobierno de trabajadores que intentara aplicar un programa revolucionario chocaría de inmediato con el sabotaje capitalista. Los empresarios responderían con fuga de capitales, desabastecimiento, lockout, presión cambiaria, campañas mediáticas, maniobras judiciales y amenazas represivas. A eso se sumaría la presión del imperialismo, los organismos financieros internacionales y las burguesías de la región. Ninguna revolución puede desarrollarse en un vacío nacional, al margen del mercado mundial y de la lucha de clases internacional.
Frente a eso, no alcanzaría con una mayoría electoral ni con apelar a las instituciones existentes. Un gobierno obrero solo podría sostenerse apoyándose en la movilización consciente de la clase trabajadora, en comités, asambleas, sindicatos recuperados de la burocracia, organismos de control obrero y formas de poder capaces de imponer las medidas necesarias contra la resistencia de la burguesía.
También debería levantar desde el primer día una política internacionalista, llamando a los trabajadores de América Latina y del mundo a seguir el mismo camino y construyendo una Internacional revolucionaria capaz de convertir una ruptura nacional en parte de una ofensiva mundial contra el capitalismo.
Esto permite ubicar correctamente la discusión sobre la vía pacífica o violenta de la revolución. Los comunistas no hacemos culto de la violencia. Queremos que la transformación socialista se realice con el menor costo posible para la clase trabajadora. Pero la violencia contrarrevolucionaria surge de la resistencia de la clase dominante a perder sus privilegios. Cuanto más fuerte sea el partido revolucionario, cuanto más organizada esté la clase trabajadora y cuanto mayor sea el apoyo social a la revolución, menos margen tendrá la burguesía para resistir. Si recurre al sabotaje, al golpe o a la represión, la clase trabajadora deberá estar preparada para defender sus conquistas y derrotar esa resistencia.
Desde este punto de vista, los comités deberían discutir qué haría un gobierno de trabajadores desde el primer día, cómo enfrentaría al FMI y la fuga de capitales, cómo respondería al sabotaje patronal, qué papel tendrían las asambleas, los sindicatos, los lugares de trabajo y los barrios, y cómo se organizaría la defensa de las medidas revolucionarias. Así, la consigna de gobierno de trabajadores dejaría de ser una fórmula de propaganda o una promesa electoral abstracta.
Las elecciones pueden llevar una candidatura revolucionaria a millones y abrir una crisis política, pero no destruyen por sí mismas el aparato estatal ni transfieren el control de la economía a la clase trabajadora. Por eso, el voto a la izquierda debe utilizarse como una palanca para construir comités, inserción sindical, prensa revolucionaria, cuadros marxistas y una dirección capaz de intervenir cuando la crisis dé nuevos saltos.
La lucha por un gobierno de trabajadores sólo puede ser consecuente si se liga a la expropiación de la burguesía, a la destrucción del Estado burgués y a la construcción de un nuevo poder basado en la autoorganización de la clase trabajadora.
Ahí reside el valor estratégico de los comités. Pueden ser una mediación entre la intervención electoral y la preparación de una fuerza capaz de disputar el poder. Si se limitan a apoyar candidaturas, quedarán por debajo de la crisis. Si se convierten en espacios de debate, organización y lucha por un programa obrero, pueden ayudar a que miles comprendan que no alcanza con votar a la izquierda, sino que hay que construir la fuerza organizada capaz de transformar revolucionariamente la sociedad.
Comités por un gobierno de trabajadores y construcción del partido revolucionario
Los comités que hoy propone la izquierda no son todavía organismos de poder obrero ni pueden proclamarse como tales. Pero pueden servir para agrupar activistas, coordinar luchas y preparar políticamente a una capa de trabajadores que, en una crisis revolucionaria, intervenga en la creación y orientación de organismos de masas mucho más amplios.
La historia muestra que, en los grandes procesos de lucha, la clase trabajadora tiende a crear organismos propios para deliberar, coordinar y actuar. En Rusia fueron los soviets. En la Argentina de 1975 fueron las coordinadoras interfabriles, que agruparon comisiones internas y cuerpos de delegados en medio del Rodrigazo. En 2001 aparecieron, de manera embrionaria y contradictoria, las asambleas populares, los piquetes, las fábricas recuperadas y distintas formas de democracia directa. En todos los casos, la cuestión decisiva no fue sólo la existencia de esos organismos, sino qué dirección, qué programa y qué estrategia lograban imponerse en su interior.
La Revolución Rusa muestra el problema por la positiva. Los soviets no nacieron como una estructura diseñada desde arriba, sino como organismos vivos de las masas que surgieron de sus propias necesidades cuando entraron en lucha. Pero sólo pudieron transformarse en órganos de poder porque el Partido Bolchevique intervino en ellos con una orientación clara. La consigna “todo el poder a los soviets” no era una fórmula organizativa, sino una estrategia para romper con la burguesía, terminar con la guerra, entregar la tierra a los campesinos y poner el poder en manos de los trabajadores. Sin una dirección revolucionaria, esos mismos soviets podían quedar subordinados a conciliadores y reformistas.
Las coordinadoras interfabriles de 1975 ofrecen otra enseñanza fundamental. Frente al Rodrigazo, sectores avanzados de la clase trabajadora desbordaron a la burocracia sindical y comenzaron a coordinarse desde los lugares de producción. Las coordinadoras expresaron la fuerza potencial de la clase obrera cuando une comisiones internas y cuerpos de delegados y disputa en los hechos la dirección del movimiento. No fueron organismos de poder obrero plenamente desarrollados, pero mostraron que la autoorganización obrera podía golpear en el corazón de la producción y poner en crisis a las direcciones tradicionales.
El Argentinazo deja una enseñanza complementaria. Las masas derribaron varios gobiernos, enfrentaron el estado de sitio e hicieron temblar al régimen. Las asambleas populares y los movimientos de desocupados expresaron un profundo rechazo a la democracia capitalista y a los partidos tradicionales. Pero la ausencia de una alternativa revolucionaria de masas, con programa y autoridad en la clase trabajadora, permitió que la burguesía recompusiera el orden.
Experiencias recientes muestran la misma tendencia. Desde los levantamientos de Ecuador, Chile y Colombia en 2019, pasando por Sri Lanka en 2022 y Bangladesh en 2024, hasta las rebeliones que se desarrollaron en los años siguientes en Nepal, Indonesia, Kenia y Serbia, las masas volvieron a crear asambleas, comités y formas de coordinación desde abajo.
Por eso los comités actuales no deben pensarse como simples estructuras de campaña. Deben servir para convertir la simpatía electoral hacia la izquierda en organización consciente de una fuerza revolucionaria. En una facultad deberían discutir cómo enfrentar el ajuste universitario, impulsar asambleas y unir a estudiantes, docentes y no docentes. En un hospital, cómo pelear contra el vaciamiento de la salud pública. En una fábrica o lugar de trabajo, cómo intervenir frente a los despidos, los salarios, las condiciones laborales y la burocracia sindical. En un barrio, cómo organizar la solidaridad y el apoyo activo a cada lucha.
Los comités deberían trazar puentes entre los focos dispersos de resistencia, coordinar lugares de trabajo, estudio y barrios, impulsar campañas comunes y ayudar a preparar acciones generales de la clase trabajadora. La consigna de comités de lucha por un gobierno de trabajadores permitiría dar a esa coordinación una perspectiva común, formar militantes y explicar qué medidas debería tomar un gobierno obrero frente al FMI y al sabotaje patronal.
Para cumplir esa función, los comités deberían tener democracia interna, regularidad y tareas concretas. No pueden ser reuniones episódicas ni estructuras controladas desde arriba. Deberían elegir responsables, organizar comisiones, votar campañas, coordinar con otros comités, discutir materiales políticos y garantizar plena libertad de tendencias para que las diferencias se debatan ante la base.
Un comité de lucha por un gobierno de trabajadores no sustituye al partido revolucionario, pero puede ayudar a construirlo. Tampoco reemplaza a los sindicatos, las asambleas ni los organismos de masas, pero puede intervenir en ellos y empujar su desarrollo. Su función es formar cuadros, agrupar activistas y preparar una dirección capaz de intervenir en los acontecimientos decisivos.
La oportunidad abierta por el crecimiento de la izquierda solo tendrá valor histórico si se traduce en organización comunista. La tarea no es simplemente sumar adhesiones ni fortalecer electoralmente al FIT-U, sino poner en pie comités de lucha por un gobierno de trabajadores, con programa socialista, arraigo en la clase obrera, intervención en cada conflicto y orientación consciente hacia la construcción del partido revolucionario.
Programa de transición, frente único y dirección revolucionaria
Para que los comités cumplan un papel revolucionario, no alcanza con que sean amplios, democráticos o combativos. Necesitan un programa. Sin programa, la amplitud puede convertirse en dispersión, la unidad en diplomacia entre corrientes y la acción en una suma de luchas parciales sin perspectiva de poder. El problema no es solo organizar a quienes simpatizan con la izquierda, sino alrededor de qué objetivos, con qué método y hacia qué estrategia.
El punto de partida debe ser la situación concreta de la clase trabajadora: salarios pulverizados, jubilaciones de miseria, despidos, precarización, ataque a la educación y la salud públicas, tarifazos, endeudamiento, subordinación al FMI y represión. Cada una de esas peleas plantea una respuesta inmediata. Pero si esas demandas no se conectan con una salida general, quedan atrapadas dentro de los límites del capitalismo en crisis.
Ahí entra la importancia de un programa de transición. No se trata de oponer las reivindicaciones inmediatas a la lucha por el socialismo, sino de unirlas. Frente a la inflación, escala móvil de salarios y jubilaciones por encima del costo de vida. Frente a los despidos y la desocupación, reparto de las horas de trabajo sin reducción salarial. Frente al problema de la vivienda, alquileres accesibles y un plan de construcción bajo control de trabajadores e inquilinos. Frente a la fuga de capitales, nacionalización de la banca y el comercio exterior. Frente al vaciamiento de empresas y servicios públicos, apertura de los libros contables, control obrero y expropiación bajo gestión de los trabajadores. Frente a la deuda, ruptura con el FMI y desconocimiento de toda deuda fraudulenta. Frente a la crisis política del régimen, gobierno de trabajadores.
La apertura de los libros contables y el control obrero permitirían a los trabajadores conocer el funcionamiento real de las empresas, desenmascarar el sabotaje patronal y adquirir experiencia directa en la dirección de la producción. Esa experiencia no puede quedar encerrada en cada empresa. Debe coordinarse entre ramas de producción y a escala nacional mediante una planificación general, basada en información rigurosa y sometida al control, la participación y la corrección democrática de la clase trabajadora.
Estas medidas no constituirían un programa mínimo separado del socialismo, sino los primeros pasos de una ruptura con el poder económico de la burguesía. Mostrarían concretamente cómo cambiarían las condiciones de vida y ayudarían a movilizar a millones frente al sabotaje capitalista.
La nacionalización de las principales palancas de la economía abriría la posibilidad de planificar la producción según las necesidades sociales, pero no bastaría por sí sola para alcanzar el socialismo. Sólo podría avanzar hacia la socialización mediante el control y la gestión democráticos de la clase trabajadora. De otro modo, la propiedad estatal podría quedar sometida a una administración burocrática separada de las masas.
Los comités deberían ser el espacio donde este programa se discuta, se concrete y se ponga a prueba en la intervención cotidiana, no como una lista abstracta de consignas, sino como una guía para actuar. Sin esa elaboración, los comités o un eventual nuevo partido de la clase trabajadora pueden quedar reducidos a activismo general.
Ese debate también debe avanzar sobre los problemas concretos de una transformación socialista. Cómo reorganizar la producción según las necesidades sociales, qué organismos reemplazarían a las instituciones del Estado burgués, cómo planificar democráticamente la economía y cómo garantizar el control efectivo de la clase trabajadora. Una alternativa de poder no puede limitarse a proclamar objetivos generales. Debe preparar políticamente a miles para resolver los problemas reales de una revolución.
Evitar la formación de una nueva burocracia exige una democracia obrera efectiva, basada en la participación directa de la clase trabajadora en la planificación y gestión de la economía, la libertad de debate y crítica y la elección y revocabilidad de sus representantes.
Esta orientación exige también una política de frente único. La clase trabajadora no se mueve de manera homogénea ni llega al mismo tiempo a las mismas conclusiones. Hay trabajadores que todavía confían en sectores del peronismo, otros que miran al FIT-U, otros que solo quieren pelear por su salario, otros que empiezan a simpatizar con Bregman y otros que ya buscan una perspectiva revolucionaria.
Una política marxista no puede exigir como condición previa que todos acepten nuestro programa completo. Debe proponer la acción común frente al enemigo común, manteniendo plena independencia política, libertad de crítica y la lucha por ganar a los sectores más avanzados hacia una perspectiva revolucionaria.
La cuestión de la dirección aparece entonces como el problema central. Las masas pueden crear organismos de lucha, protagonizar rebeliones, desbordar direcciones burocráticas y poner en crisis al régimen. Pero sin una organización revolucionaria capaz de intervenir, orientar, unificar experiencias y disputar dirección, esas energías pueden ser desviadas, agotadas o reincorporadas al orden existente. La espontaneidad puede abrir una crisis, pero solo la acción consciente de la clase trabajadora, orientada por una dirección revolucionaria, puede conducir la lucha hasta la conquista del poder.
Nuestra tarea: transformar el apoyo en organización comunista
La oportunidad abierta por el crecimiento de la izquierda no debe ser despreciada desde una posición sectaria ni celebrada de manera acrítica. Toda radicalización comienza de forma desigual y contradictoria. La tarea de los comunistas es intervenir en esa experiencia para que quienes hoy se acercan desde el voto, una figura pública o una simpatía general avancen hacia una comprensión más profunda del régimen, del Estado, del capitalismo y de la necesidad de la revolución socialista.
Eso exige paciencia para dialogar con quienes llegan con ilusiones electorales, expectativas en el FIT-U o confusión política, y firmeza para explicar que no habrá una salida de fondo sin romper con el FMI, expropiar a los grandes capitalistas, enfrentar a la burocracia sindical y reemplazar el Estado burgués por un poder de la clase trabajadora.
La construcción de una organización comunista no puede desarrollarse al margen de la experiencia concreta de la clase trabajadora y la juventud. Debe intervenir en ella para ganar a los elementos más conscientes, formar cuadros marxistas y preparar una dirección capaz de actuar en los acontecimientos claves.
Por eso debemos combinar amplitud táctica con claridad estratégica. Unidad en la acción con todos los que quieran enfrentar a Milei, el FMI y los capitalistas, e independencia política frente al reformismo, el parlamentarismo, la política de aparato y el sectarismo.
Nuestra tarea dentro de este proceso es transformar el apoyo hacia la izquierda en militancia comunista, ganar a los sectores más avanzados para el programa revolucionario y construir la Organización Comunista Militante como sección argentina de la Internacional Comunista Revolucionaria.
Por una dirección revolucionaria a la altura de la crisis
El debate sobre los comités expresa algo más profundo que una diferencia organizativa entre corrientes de izquierda. Plantea cómo transformar una simpatía creciente en una fuerza consciente, organizada y capaz de intervenir en la crisis del régimen.
Esa es la discusión que debemos dar. No cómo acompañar mejor una candidatura, sino cómo preparar a la clase trabajadora para la lucha por el poder. No cómo ampliar un acuerdo electoral entre aparatos, sino cómo construir una dirección revolucionaria. Se trata de transformar simpatía en militancia, militancia en cuadros, cuadros en partido y partido en una dirección capaz de conducir la lucha hasta la victoria.
El desafío de la izquierda no es menor. La crisis del régimen, el agotamiento de las variantes tradicionales y el crecimiento de una referencia por izquierda abren una posibilidad que debe ser tomada con audacia. La tarea de los comunistas es intervenir en ese proceso, ligarlo a la lucha de clases, combatir toda adaptación electoral y construir la organización revolucionaria internacional capaz de intervenir decisivamente en las próximas crisis y conducir la lucha por el socialismo.
¡Por la unidad de la clase obrera y un programa de poder obrero para el FIT-U!
¡Construyamos el Partido Revolucionario!









