Se llamaba Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, pero siempre fue la inmensa Taty, que falleció a los 95 años. Referente indiscutida del movimiento de derechos humanos, será recordada por su lucha.
Toda su vida cambió el 17 de junio de 1975. Esa fue su primera muerte, cuando un grupo de tareas secuestró a su hijo Alejandro que había trabajado en Télam y en ese momento lo hacía en el Instituto Geográfico Militar.
La desaparición de su hijo no solo marcó para siempre su vida. También la transformó en una luchadora incansable que dedicó décadas a exigir verdad y justicia para los desaparecidos, convirtiéndose en una de las voces más reconocidas del movimiento de derechos humanos.
Taty fue parte de una generación de Madres que transformó un dolor individual en una lucha colectiva. Ese fue uno de los rasgos más importantes de su legado histórico y una muestra de cómo la búsqueda de justicia pudo convertirse en una causa compartida por millones.
En 1979 Taty se incorpora a las Madres, en 1986 comenzó a militar en Línea Fundadora y desde 2024 presidió Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.
Durante más de cuatro décadas participó de innumerables marchas, actos y campañas por Memoria, Verdad y Justicia. Su presencia firme y su compromiso inquebrantable la convirtieron en una referencia para varias generaciones de activistas y luchadores.
Ha sido de las últimas en sobrevivir como forma primera de la memoria. Nunca se dio por vencida y jamás renunció a la búsqueda de su hijo. Desde hace 51 años no dejó de militar ni un solo día de su vida.
Su partida deja una herida profunda en las organizaciones de derechos humanos y lo hace sin encontrar los huesos de su hijo como tanto quería. Tampoco pudo saber qué hicieron con él después del secuestro.
Desde ahora estará en esa enorme construcción de lo humano que es la memoria colectiva de la clase obrera y será un símbolo que tomarán las generaciones siguientes.
La mejor forma de despedirla es con su grito final que ella daba en cada acto: “¡30 MIL COMPAÑEROS DETENIDOS DESAPARECIDOS!”
Y por supuesto la respuesta, con el puño en alto y apretado, era: “¡Presentes ahora y siempre!”
¡Hasta siempre, Taty!









