La inflación y el modelo económico

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¿Quién dirige, el gobierno a la economía o la economía al gobierno?

Sin dudas, la inflación es la preocupación principal de los trabajadores argentinos y demás sectores populares que ven cómo sus incrementos salariales son rápidamente carcomidos por el aumento de precios de los productos básicos. ¿Qué relación tiene esto con el modelo económico actual y con los formadores de precios, los empresarios?

Pese al fortalecimiento de la industria (la fuerza de trabajo industrial pasó de 800.000 a 1,3 millones de obreros en 10 años), aún el 67% de las exportaciones lo constituyen materias primas, productos manufacturados de origen agropecuario, combustibles y energía. Y la gran mayoría de las importaciones la constituyen productos industriales.

Pese a lo hecho estos años, la participación del Estado en la economía sigue siendo pequeña. La iniciativa privada se orienta a las ganancias fáciles, a la producción de materias primas y mercaderías de bajo costo relativo y de elevados precios internacionales (soja, hidrocarburos, minerales) que comportan una industrialización escasa. Al no haber una fuerte industria estatal, gran parte del importante superávit fiscal que el Estado acumuló en estos años no se orientó a la inversión productiva -salvo obras de infraestructura- sino al pago de la deuda, a suplir la insuficiencia de la productividad del sector privado con subsidios crecientes y a gasto social que permitió una expansión importante del mercado interno.

El balance es que, como ocurrió otras veces en nuestra historia, se hizo primar la industria de bienes de consumo a costa de la industria pesada, no se pudo reconstruir el aparato industrial destruido en las décadas precedentes ni tampoco completar la construcción de las infraestructuras que deben acompañar a una sociedad moderna y masivamente urbanizada, como se ve en las deficiencias del sistema de transporte, particularmente el abandono del sistema ferroviario.

Las causas de la inflación

La inflación se ha convertido en una enfermedad endémica de la economía argentina. La razón principal es la escasa inversión productiva de los empresarios, como viene quejándose el gobierno desde hace años, pese a la elevada utilización de la capacidad productiva instalada en muchas fábricas. A esto se suma un incremento importante del consumo por la expansión del mercado interno (subas salariales, más empleo, subsidios sociales, incremento de jubilaciones, asignación universal por hijo, etc.).

Tan importante como lo anterior es el tirón alcista de los precios internacionales de los productos de consumo básicos que exporta el país (carnes, lácteos, trigo, girasol, cítricos, etc.), que se suma al auge de los biocombustibles (Argentina es el tercer país productor del mundo) que afectan también a productos de consumo básico (caña de azúcar, girasol, maíz). La importante demanda exterior de estos productos a precios elevados, agudiza el faltante interno de los mismos y empuja los precios al alza en el país.

También influye el boom inmobiliario especulativo que ha venido de la mano del dinero fácil del campo y que se ha volcado a la adquisición masiva de inmuebles para vivienda y para la especulación de estos sectores. Todo este conjunto de factores explica la enorme escalada inflacionaria, con aumento de precios del 20%- 30% anual en los últimos 6 años, y se comprende la íntima relación entre el modelo económico actual y el problema inflacionario.

En suma, las causas fundamentales de la inflación son la escasa inversión productiva debido al parasitismo de la burguesía, y el modelo agroexportador que no puede atender la demanda de un mercado interno fortalecido.

Una burguesía reaccionaria

La gran burguesía (conformada principalmente alrededor del agronegocio, las finanzas y la industria de bienes de consumo), al compensar una menor producción con subas de los precios, consigue las mismas ganancias que podría obtener con una mayor producción, pero sin arriesgar. Esta falta de inversiones la justifica el gran Capital diciendo que desconfía de una política gubernamental que no está bajo su control, por la “ausencia de reglas claras” y “falta de garantías jurídicas” (como la nacionalización de las AFJP, la estatización parcial de YPF, “tolerancia” hacia los sindicatos, etc.).

El propio Viceministro de Economía, Axel Kicillof, le reprochó a los banqueros que el gobierno había otorgado en dos meses más créditos hipotecarios que el sistema bancario privado en todo 2011, y además a tasas mucho más bajas (Clarín 25/8/12). Esta falta de inversión se complementa con una importante fuga de capitales al extranjero que, en cifras oficiales, alcanza cerca de 200.000 millones de dólares. Sólo el año pasado fugaron 22.000 millones de dólares, equivalentes al valor de las exportaciones de grano de este año.

Esto demuestra el papel nefasto de la gran burguesía nacional y extranjera, y de la propiedad privada de los grandes medios de producción que están en sus manos, y su papel central de obstáculo para un mayor avance y bienestar del pueblo trabajador, que es quien produce la riqueza con sus manos y su cerebro.

Algunos moralistas “de izquierda” reprochan al gobierno que sostenga relaciones y negocios con las multinacionales depredadoras que sólo están interesadas en inversiones de bajo costo y grandes ganancias, como la megaminería, los hidrocarburos, agronegocio (Monsanto), etc.

La realidad es que cuando se acepta el capitalismo como único sistema posible no puede impedirse la proliferación de este tipo de inversiones. No son el agronegocio ni la megaminería el “modelo K”, sino que la política económica del gobierno -como cualquier otra que no rebase los marcos del capitalismo– no puede anular las tendencias de las inversiones capitalistas a maximizar sus ganancias en los sectores más rentables. Es la ganancia lo que mueve al capitalismo, y es la gran propiedad burguesa –el gran capital nacional e internacional– quien domina realmente la sociedad capitalista.

Keynesianismo, ajuste y socialismo

El gobierno cree que puede conjurar la crisis con una política keynesiana (expansión del gasto público y social), pero el problema no viene de la falta de demanda sino del estancamiento de la producción. De ahí que estimular una demanda mayor presionará los precios más al alza. Por eso, un sector importante de la burguesía argentina y la derecha plantean que hay que reducir la inflación reduciendo el consumo de la sociedad, con políticas de ajuste, como en los 90, donde la baja inflación relativa iba acompañada de un aumento creciente de la pobreza.

Ni keynesianos ni monetaristas (así se llama esta corriente económica burguesa asociada al ajuste) tienen una alternativa real. Inflación y ajuste son dos caras de la misma moneda. Son cargas (la inflación y el ajuste) que se depositan sobre los trabajadores y el pueblo pobre.

Desde luego, no somos neutrales en esta disputa, y señalamos como enemigos a la derecha y sus políticas de ajuste y de pérdida de derechos sociales, pero debemos alertar contra las ilusiones keynesianas, que son pan para hoy y hambre para mañana, más en un contexto como el actual donde la perspectiva es de un empeoramiento de los efectos sobre el país y la región de la crisis económica internacional.

Por eso, como socialistas marxistas, insistimos en que sólo con una economía planificada sustentada en la propiedad estatal de los grandes medios de producción, con el control y la participación democrática de los trabajadores, que movilice de manera racional los formidables recursos económicos y naturales del país, será la única manera de organizar la economía de la nación de manera armónica, no sólo para asegurar un nivel de vida creciente a la población sino para modernizar las infraestructuras y el desarrollo general de la sociedad.