La dialéctica revolucionaria del republicanismo – Parte I

0
80

Este trabajo de Alan Woods sobre dos siglos de lucha de los trabajadores irlandeses se ocupa de una cuestión importante abandonada por la izquierda británica, especialmente durante los últimos años. La firma del Acuerdo del Viernes Santo y el posterior alto el fuego del IRA después de treinta años nos lleva a hacernos la siguiente pregunta: Después de tantos sacrificios y derramamiento de sangre ¿qué se ha conseguido? Los dirigentes del Sinn Fein han eludido cuidadosamente esta pregunta y han cambiadmbiado la lucha armada por la esperanza de un puesto ministerial. Aunque públicamente lo nieguen, han eliminado del orden del día la unificación de Irlanda. La estrategia, los métodos y las tácticas del republicanismo no socialista han terminado en un com

Carta abierta a los republicanos irlandeses

Quién no aprende de la historia está condenado a repetirla (George Santayana)

El movimiento republicano irlandés durante décadas ha luchado por una Irlanda unida. Hoy en día está claro para todos que este objetivo está igual de lejos que en el momento de su fundación. Los marxistas siempre hemos estado a favor de una Irlanda unida pero, siguiendo los pasos de James Connolly, hemos comprendido también que este objetivo sólo se puede conseguir como parte de la lucha por una Irlanda y Gran Bretaña socialistas. Sólo se puede conseguir con métodos de clase y revolucionarios. La condición previa es unir a la clase obrera en la lucha y esto sólo se puede conseguir regresando a las tradiciones y programa revolucionarios de Larkin y Connolly, el programa de la REPÚBLICA DE LOS TRABAJADORES. Mientras el capitalismo domine Irlanda seguirá existiendo la lucha y la división sectarias que socavarán y destruirán el movimiento por la unificación irlandesa.

Merece la pena destacar que todas aquellas personas de izquierda, en Gran Bretaña e internacionalmente, que durante años actuaron gustosamente como vitoreadores del IRA Provisional, ahora no tienen nada que decir sobre esta cuestión. Guardan un embarazoso silencio que refleja su completa ausencia de comprensión de la "cuestión irlandesa", y la extrema frivolidad con la que abordan habitualmente la cuestión nacional demuestra que hace ya mucho tiempo abandonaron la posición marxista y que han capitulado ante la burguesía y el nacionalismo pequeño burgués. Esto, inevitablemente, llevó a una derrota tras otra. ¡Y todavía no han aprendido nada!

Josef Dietzgen dijo en una ocasión que cuando un anciano examina su vida inevitablemente la ve como una larga serie de errores, y que si pudiera vivirla de nuevo sin duda preferiría eliminar estos errores. Pero después cae en una contradicción dialéctica, y es que sólo a través de estos errores él ha adquirido su sabiduría. Todo el mundo los comete, no es en absoluto una desgracia. Pero lo que realmente es imperdonable es no aprender y aprovecharse de ellos. Y lo que es correcto para un individuo también lo es para un partido revolucionario.

Ha llegado el momento de valorar el pasado del movimiento republicano y hacer un balance. Es necesario examinar los errores pasados y admitirlos honestamente. Sólo así podremos salir del actual callejón sin salida y construir urgentemente el movimiento revolucionario que impida un nuevo descenso hacia el caos sectario, y cumplir la tarea histórica de derrocar al capitalismo y construir una república socialista.

La cuestión nacional y la cuestión de clase

La cuestión nacional en la historia puede jugar un papel progresista o reaccionario, depende de su contenido de clase. Los marxistas para determinar nuestra actitud ante la cuestión nacional siempre nos hacemos la siguiente pregunta ¿a qué intereses de clase sirve? ¿Qué clase está a la cabeza? Esta es la cuestión decisiva. La desgracia de la lucha nacional irlandesa desde la muerte de James Connolly es que su dirección ha caído en manos de la burguesía y pequeña burguesía. Esto ha determinado tanto su carácter como su resultado.

Es necesario atravesar la niebla de verbosidad y retórica patrióticas para descubrir los intereses de clase que hay detrás. Ese fue el método de Connolly que siempre abordó la cuestión nacional desde un punto de vista de clase. Sólo cuando consigamos hacer esto, será posible separar lo que es progresista de lo que es reaccionario.

Sobre todo es necesario cuando se trata del movimiento nacional, porque aquí la burguesía tiene especial interés en ocultar sus verdaderos intereses con la cortina de humo del misticismo y la demagogia. Connolly siempre criticó duramente la mistificación de la cuestión nacional. Pensaba que la clase obrera debía diferenciarse claramente de la burguesía nacionalista, la enemiga del movimiento obrero. En cuanto a los nacionalistas pequeño burgueses del Sinn Fein y los Voluntarios Irlandeses, los consideraba, en el mejor de los casos, como aliados inestables y poco fiables en quienes no se podía confiar demasiado. Como mucho, algunas veces era necesario llegar a acuerdos temporales para la unidad de acción, pero nunca fusionarse con ellos. La primera condición era: ningún bloque programático, no a la mezcla de banderas, "¡Marchar separados y golpear juntos!" Desgraciadamente, tras el asesinato de Connolly después de la Insurrección de Pascua, todo esto se olvidó.

Las contradicciones del movimiento republicano

Como en todo, también en el movimiento republicano existen contradicciones. Desde el mismo momento de su nacimiento. Estas contradicciones, en última instancia, tienen un carácter de clase. Quien no sea capaz de ver esto nunca podrá comprender la historia del movimiento o lo que ha ocurrido con él. Tampoco podrá ofrecer una solución al callejón sin salida en el que actualmente se encuentra el movimiento.

Siempre han existido distintos elementos dentro del republicanismo irlandés. Podemos dividirlos desde 1916 en dos ramas principales. Se pueden ver las diferencias entre el Ejército de Ciudadanos Irlandeses (ICA) y los Voluntarios Irlandeses. La tendencia proletaria revolucionaria del ICA, que intentó mantener su identidad, fue frustrada por la dirección reformista del laborismo que abandonó la posición de clase de Connolly después de su muerte, capitulando ante la burguesía y la clase media nacionalista.

Estos últimos, por supuesto, han hecho todo lo posible para enterrar las tradiciones de Connolly -las tradiciones del socialismo republicano-. Han intentado -con cierto éxito- obligar a la clase obrera irlandesa a subordinar sus intereses de clase ante los supuestos intereses de la "causa nacional". Intentan enturbiar las líneas de clase y promover una unidad imaginaria de intereses de toda la población irlandesa. Esto es una mentira y un engaño que han resultado desastrosos para la causa de Irlanda y el movimiento obrero, como pronosticó correctamente Connolly.

Desde 1916 ha habido una lucha -abierta o subterránea- entre estas dos tendencias antagónicas. Un ala del republicanismo está bajo la influencia de la ideología burguesa. Ésta constantemente circunscribe el movimiento dentro de los estrechos límites del sistema capitalista. Intenta quitar importancia a la existencia de la lucha de clases y de este modo, en la práctica, subordina los intereses de los trabajadores irlandeses a los de la burguesía irlandesa. El hecho de que algunas personas a veces parezcan preocupadas por la clase obrera y hablen del socialismo ("como el objetivo final") carece de importancia. En la vida y en la política lo que cuentan son los hechos y no las palabras. El programa del primer Dail, muy influenciado por el ICA, era considerado "comunista" por la entonces dirección del IRA. En los años setenta la hostilidad hacia el socialismo por parte del ala de derecha del IRA Provisional llegó a tal punto que incluso organizó la quema de libros de izquierda.

Desde un punto de vista teórico, el ala de derecha del republicanismo defiende la "teoría de las dos etapas", es decir, la clase obrera debe olvidarse de la lucha por el socialismo y concentrar todas sus energías en la lucha para eliminar la frontera. En el contexto irlandés, la idea de que una vez Irlanda sea reunificada se solucionarán todos los problemas y que después se pondrá en el orden del día la cuestión del socialismo como el "objetivo final", quizás en los próximos cien años, ya fue desacreditada y desenmascarada por Connolly hace casi un siglo. Los seguidores de esta teoría la califican de "realismo", esto indica que por lo menos no les falta sentido del humor.

La causa de Irlanda es la causa del movimiento obrero y la causa del movimiento obrero es la causa de Irlanda, como ya explicó Connolly, y no se pueden separar. Aquellos que buscan divisiones artificiales entre la lucha íntimamente relacionada por la liberación de Irlanda y la creación de una república socialista, lo hacen para promover la importancia de una sobre la otra. El IRA Oficial, por ejemplo, defendía que las cuestiones sociales eran más importantes que la cuestión nacional. En realidad, era una cobertura para ocultar su abandono de la lucha de liberación nacional en favor del reformismo y la respetabilidad.

Para los nacionalistas burgueses y pequeño burgueses se puede estar a favor del socialismo o no, en la medida que se pospone esa lucha y se subordina a la cuestión nacional, su intención es separar la lucha revolucionaria por la transformación de Irlanda.

Connolly escribía en términos intransigentes contra este nacionalismo que esperaba que la clase obrera luchase en interés de sus nuevos amos y no en el de su propia libertad:

"El nacionalismo de aquellos que desean mantener el actual sistema social no es fruto de un crecimiento natural, sino de un feo aborto, el producto abortado del intento de crear un movimiento rebelde a favor de la libertad política entre hombres satisfechos de permanecer como esclavos industriales. Es un intento de crear un movimiento revolucionario hacia la libertad y confiar la dirección del movimiento a una clase deseosa de hacer cumplir el sometimiento social de los hombres a los que pretenden dirigir… Pretende hacernos creer que la clase responsable de la esclavitud industrial puede al mismo tiempo dirigirnos hacia la libertad nacional". (James Connolly. Workers Republic. Octubre de 1899).

El argumento de que la clase obrera debe subordinarse a la causa de Irlanda, que debemos dejar a un lado nuestras reivindicaciones de clase y esperar a una Irlanda unida para resolver todos nuestros problemas, ya hace mucho tiempo que fue respondido por Connolly:

"Si mañana quitáis al ejército inglés e izáis la bandera verde sobre el Castillo de Dublín, a menos que emprendáis la organización de una república socialista todos vuestros esfuerzos habrán sido en vano. Inglaterra todavía os dominará. Lo hará a través de sus capitalistas, sus terratenientes, a través de todo el conjunto de instituciones comerciales e individuales que ha implantado en este país y que están regadas con las lágrimas de nuestras madres y la sangre de nuestros mártires. Inglaterra os dominará hasta llevaros a la ruina, incluso mientras vuestros labios ofrecían un homenaje hipócrita al santuario de esa Libertad cuya causa traicionasteis". (James Connolly. Socialism and Nationalism. Enero 1897).

¡Qué proféticas eran estas palabras! ¡Con qué acierto describen todo lo ocurrido en Irlanda desde 1916! Pero siempre ha existido otra tendencia dentro del republicanismo, el sector cercano al proletariado que lucha por la unidad de la clase obrera. Tradicionalmente ha carecido de conocimientos teóricos básicos y claros, por esa razón no ha tenido las armas ideológicas necesarias para luchar contra el ala burguesa, esta tendencia siempre ha existido y a veces ha ganado terreno a costa del ala derecha. Desgraciadamente, su falta de teoría la ha llevado a inconsistencias y vacilaciones frente al ala de derecha, ésta última, aunque políticamente ignorante, ha sacado su fuerza (y dinero) de su proximidad a la clase capitalista del sur.

Sin embargo, esta otra corriente del movimiento republicano continua existiendo, aunque este hecho ha sido ignorado internacionalmente por la izquierda. Esto por sí mismo representa una condena de estos "izquierdistas" que durante treinta años, con el pretexto de "apoyar la lucha de liberación nacional irlandesa", han apoyado acríticamente al ala de derecha republicana del IRA Provisional. Ahora que esta última ha renunciado, sus admiradores de la "izquierda", en Gran Bretaña y otros países, de repente se han quedado mudos. Es natural, porque realmente no tienen nada interesante que decir sobre Irlanda -ni sobre ninguna otra cosa-. Nosotros ignoramos con desprecio a todos estos grupos y nos dirigimos sólo a aquellos republicanos honestos que ahora están examinando cuidadosamente el pasado y pensando en el futuro.

La gran mayoría de los grupos de "izquierda" de Gran Bretaña han quedado reducidos al patético papel de vitoreadores de Adams y McGuiness, por esa razón no tenían interés en el ala de izquierda de los republicanos que intentaba adoptar una línea independiente. Esta última fue sistemáticamente ignorada y apartada a un lado. El inicio del diálogo fraternal entre los socialistas republicanos irlandeses y los marxistas británicos resultará beneficioso para el movimiento de la clase obrera de ambos países. Debemos aprender los unos de los otros, aprovechar la rica experiencia de la lucha de clases para elaborar unas perspectivas, estrategia y tácticas correctas para luchar contra el imperialismo y el capitalismo.

Los republicanos socialistas, aunque una minoría dentro del movimiento, han luchado decididamente para adoptar una línea de clase y una perspectiva socialista. Por esta razón se convirtieron en un objetivo de los enemigos del socialismo: no sólo del imperialismo británico y los servicios secretos del estado, también del ala de derecha del movimiento republicano. Muchos de los elementos más conscientes y avanzados fueron asesinados. Basta con mencionar los nombres de Seamus Costello y Ta Power.

Las fuerzas del imperialismo británico son perfectamente conscientes de que en última instancia los enemigos más peligrosos no eran los hombres armados y las bombas, sino los elementos políticos del ala de izquierda del republicanismo. Desde el momento en que el ejército británico puso un pie en el norte intentó eliminar a los "comunistas", una preocupación compartida por la clase dominante del sur y sus aliados en la dirección del IRA Provisional de esa época.

Sin embargo, toda la represión del mundo no puede destruir el elemento revolucionario del republicanismo que se manifiesta con redoblada fuerza en cada punto de inflexión, incluido el momento actual. La tendencia socialista proletaria representada por James Connolly siempre se reafirmará y desafiará la hegemonía de la burguesía, y también a la tendencia pequeño burguesa que históricamente ha llevado al movimiento de un desastre a otro.

En el momento actual Irlanda se encuentra una vez más ante una encrucijada, y con ella el movimiento republicano. La estrategia de la "lucha armada" aplicada durante tres décadas y por la que se ha pagado un precio terrible, ahora está en ruinas. La dirección del Sinn Fein Provisional ha llegado a un acuerdo con el imperialismo británico, un acuerdo que no incluye el objetivo de la república. En realidad, el Acuerdo del Viernes Santo y las instituciones que de él han surgido, son un fraude y un engaño. Representa una trampa cruel que tiene la intención de aprovecharse del deseo de paz de la mayoría de la población. Como tal, a pesar de conquistar, como era de esperar, la mayoría en el referéndum, los marxistas y los republicanos socialistas, igualmente nos opusimos a él.

El legado de amargura y desconfianza que ha quedado atrás, ha profundizado las divisiones entre las dos comunidades del norte, alcanzando unos niveles sin precedentes. El poder del imperialismo británico no se ha debilitado. En realidad, después de todos los esfuerzos y sacrificios, la unidad irlandesa está hoy más lejos que en cualquier otro momento de la historia.

Es el momento de hacer un balance de la historia de la lucha de liberación nacional en Irlanda y sacar las conclusiones necesarias –ya dijimos que quien no aprende de la historia está condenado a repetirla-.

El papel reaccionario de la burguesía

Toda la historia de los últimos cien años demuestra que la burguesía es completamente incapaz de llevar adelante cualquiera de sus tareas históricas. Ha confirmado el análisis de James Connolly. Incluso en la época de la revolución democrático burguesa en Europa, Marx y Engels desenmascararon sin piedad la cobardía, el papel contrarrevolucionario de la burguesía e insistieron en la necesidad de que los trabajadores mantuvieran una política de total independencia de clase, no sólo de los liberales burgueses, también de los vacilantes demócratas pequeño burgueses:

"El partido proletario, o verdaderamente revolucionario, pudo ir sacando sólo muy poco a poco a las masas obreras de la influencia de los demócratas, a cuya zaga iban al comienzo de la revolución. Pero en el momento debido, la indecisión, la debilidad y la cobardía de los líderes democráticos hicieron el resto, y ahora puede decirse que uno de los resultados principales de las convulsiones de los últimos años es que dondequiera que la clase obrera está concentrada en algo así como masas considerables, se encuentra completamente libre de la influencia de los demócratas, que la condujeron en 1848 y 1849 a una serie interminable de errores y reveses. Mas no nos adelantemos; los acontecimientos de estos dos años nos brindarán multitud de oportunidades para mostrar a los señores demócratas en acción". (F. Engels. Revolución y contrarrevolución en Alemania. Obras Escogidas de Marx y Engels. Volumen I. Moscú. Editorial Progreso. 1980. p. 340).

La podredumbre de la burguesía liberal y su papel contrarrevolucionario en la revolución democrático burguesa ya fue explicado claramente por Marx y Engels. En su artículo La burguesía y la contrarrevolución de 1848, Marx escribe:

"La burguesía alemana se había desarrollado con tanta languidez, tan cobardemente y con tal lentitud, que, en el momento en que se opuso amenazadora al feudalismo y al absolutismo, se encontró con la amenazadora oposición del proletariado y de todas las capas de la población urbana cuyos intereses e ideas eran afines a los del proletariado. Y se vio hostilizada no sólo por la clase que estaba detrás, sino por toda la Europa que estaba delante de ella. La burguesía prusiana no era, como la burguesía francesa de 1789, la clase que representaba a toda la sociedad moderna frente a los representantes de la vieja sociedad: la monarquía y la nobleza. Había descendido a la categoría de un estamento tan apartado de la corona como del pueblo, pretendiendo enfrentarse con ambos e indecisa frente a cada uno de sus adversarios por separado, pues siempre los había visto delante o detrás de sí misma; se inclinaba desde el primer instante a traicionar al pueblo y a pactar un compromiso con los representantes coronados de la vieja sociedad, pues ella misma pertenecía ya a la vieja sociedad". (C. Marx. La burguesía y la contrarrevolución. Obras Escogidas Marx y Engels. Volumen I. Moscú. Editorial Progreso. 1980. p. 144).

La burguesía, explica Marx, no llegó al poder como resultado de sus propios esfuerzos revolucionarios, sino como resultado del movimiento de masas en el cual no jugó ningún papel: "La burguesía prusiana fue lanzada a las cumbres del poder, pero no como ella quería, mediante un arreglo pacífico con la corona, sino gracias a una revolución". (Ibíd., p. 141).

En realidad Wolfe Tone había llegado a una conclusión similar doscientos años antes cuando escribió: "Nuestra libertad debe mantenerse a todo riesgo. Si los hombres con propiedades no nos ayudan, caerán; nos liberaremos nosotros mismos con la ayuda de esa amplia y respetable clase de la comunidad -los hombres que carecen de propiedad-".

La situación es más clara hoy en día. La burguesía nacional en los países coloniales, Irlanda fue la primera colonia de Inglaterra, entró en la escena histórica demasiado tarde, cuando el mundo ya estaba dividido entre un puñado de potencias imperialistas. No fue capaz de jugar ningún papel progresista y nació completamente subordinada a sus antiguos amos coloniales. La débil y degenerada burguesía de Asia, América Latina y África depende demasiado del capital extranjero y del imperialismo como para hacer avanzar la sociedad. Está atada con mil hilos, no sólo al capital extranjero, también a la clase de los terratenientes, con quien forma un bloque reaccionario que representa un baluarte contra el progreso. Cualquier diferencia que pueda existir entre estos elementos resulta insignificante en comparación con el temor que las une frente a las masas. Sólo el proletariado, aliado con los campesinos pobres y los pobres urbanos, puede resolver los problemas de la sociedad en estos países, tomando el poder en sus propias manos, expropiando a los imperialistas y la burguesía, comenzando la tarea de transformar la sociedad en líneas socialistas.

Poniéndose al frente de la nación, dirigiendo a las capas oprimidas de la sociedad (la pequeña burguesía urbana y rural), el proletariado podrá tomar el poder y llevar a cabo las tareas de la revolución democrático burguesa (principalmente la reforma agraria, la unificación del país y la liberación del dominio extranjero). Sin embargo, una vez ha llegado al poder, el proletariado no puede detenerse ahí, debe comenzar a implantar medidas socialistas para expropiar a los capitalistas. Y como estas tareas no se pueden resolver sólo en un país, especialmente en un país atrasado, este debería ser el inicio de la revolución mundial. De este modo, la revolución es "permanente" en dos sentidos: porque comienza con las tareas burguesas y continua con las socialistas, y porque empieza en un país y continúa internacionalmente.

¿Cómo se aplica esto a la Irlanda contemporánea? No puede haber ilusiones en "etapas" que se deben conseguir antes de que los trabajadores puedan luchar por la toma del poder y comenzar la transformación socialista de la sociedad. La idea de resolver primero la cuestión fronteriza y posponer la lucha por el socialismo, ha demostrado ser durante muchos años una trampa enmascarada como una supuesta política realista. La cuestión fronteriza, y las otras cuestiones sociales, económicas y políticas a las que se enfrenta la sociedad irlandesa no se pueden resolver dentro del marco del sistema capitalista. La burguesía irlandesa no puede jugar un papel progresista para intentar resolver estos problemas. Durante toda su historia ha traicionado infamemente la causa de Irlanda. Está íntimamente ligada al imperialismo británico y estadounidense. Su sistema no puede proporcionar las necesidades básicas de la mayoría, en términos de salud, educación, vivienda y otros requisitos mínimos de la civilización, sólo es un terreno abonado para el sectarismo. La mala hierba del sectarismo, plantada por el imperialismo británico, ha estado regada y abonada por la incapacidad del sistema capitalista de solucionar los problemas de la mayoría de la población. Ni la clase capitalista ni su sistema pueden resolver ninguno de los problemas que tiene Irlanda. Sólo una clase es capaz de jugar un papel revolucionario y esa es la clase obrera. Un movimiento revolucionario de la clase obrera irlandesa no estaría limitado por frontera alguna. La lucha unida de los trabajadores irlandeses sería una inspiración para la clase obrera británica y europea.

Hace cien años la teoría de la revolución permanente se convirtió en la respuesta más completa a la posición reformista y a la colaboración de clases del ala de derecha del movimiento obrero ruso: los mencheviques. Desde entonces, estas ideas quizás hoy sean incluso más relevantes en la situación actual que cuando fueron escritas. Por lo tanto, es necesario reafirmar estas ideas, al menos sus rasgos más importantes.

La teoría de las dos etapas fue desarrollada por los mencheviques y constituía su perspectiva para la revolución rusa. En esencia esta teoría afirma que como las tareas de la revolución eran las tareas de la revolución democrático burguesa, entonces la dirección de la revolución corría a cargo de la burguesía democrática nacional. Por su parte, Lenin estaba de acuerdo con Trotsky en que los liberales rusos no podían llevar a cabo la revolución democrático burguesa y que esta tarea sólo podría ser realizada por el proletariado, aliado con el campesinado pobre. Siguiendo los pasos de Marx, que había descrito al "partido democrático" burgués como "más peligroso para los trabajadores que los anteriores liberales", Lenin explicó que la burguesía rusa lejos de ser un aliado de los trabajadores, inevitablemente, se pondría al lado de la contrarrevolución.

"La burguesía en masa", escribía en 1905, "inevitablemente girará hacia la contrarrevolución y contra el pueblo tan pronto como sus intereses egoístas y estrechos sean cumplidos, cuando esto ocurra "reculará" de la democracia (¡y ya lo está haciendo!)". (Lenin. Collected Works, vol. 9, p. 98).

¿En opinión de Lenin qué clase debía dirigir la revolución democrático burguesa? "Sólo queda "el pueblo", es decir, el proletariado y el campesinado. Sólo el proletariado puede llegar hasta el final e ir más allá de la revolución democrática. Por eso el proletariado lucha en la primera línea del frente por una república y rechaza desdeñosamente el consejo estúpido e indigno de la burguesía ya que tiene en cuenta la posibilidad de que ésta última recule". (Ibíd.,)

Lenin en todos sus discursos y escritos insiste una y otra vez en el papel contrarrevolucionario de los liberales democrático burgueses. Sin embargo, hasta 1917 no creyó que los trabajadores rusos pudieran llegar al poder antes de que triunfara la revolución socialista en occidente, perspectiva que sólo Trotsky defendía antes de 1917 y que Lenin adoptó completamente en sus Tesis de Abril. La corrección de la revolución permanente se demostró triunfalmente en la propia Revolución de Octubre.

Connolly describió muy bien las fuerzas de clase presentes en la revolución irlandesa y en la lucha por la liberación nacional: "Sólo la clase obrera irlandesa es la heredera incorruptible de la lucha por la libertad en Irlanda".

En la revolución permanente Trotsky explica también esa idea, en la época moderna sólo la clase obrera puede resolver las tareas de la revolución democrático burguesa, incluida la cuestión nacional, y eso sólo lo puede hacer tomando el poder en sus propias manos. Esta perspectiva demostró ser correcta en 1917 cuando el proletariado ruso tomó el poder en un país atrasado y predominantemente campesino. La clase obrera rusa unió sus fuerzas con los trabajadores de las nacionalidades anteriormente oprimidas y comenzó la tarea de la transformación socialista de la sociedad. Es verdad que finalmente no tuvieron éxito debido al aislamiento de la revolución en unas condiciones de atraso terribles. Pero esa es otra cuestión.

Lo importante es que una vez que había tomado el poder, el proletariado ruso solucionó fácilmente la cuestión nacional, como un producto derivado de la revolución socialista.

Lo que era verdad para Rusia es cien veces más verdad para Irlanda, incluso hace un siglo. Como explicó Connolly, la burguesía y la pequeña burguesía no podían solucionar la cuestión nacional en Irlanda, porque estaban atadas con mil lazos a la burguesía británica. La clase obrera era la única fuerza capaz de resolver estas tareas democrático nacionales, pero sólo en el proceso de transformación socialista de la sociedad, como parte de la revolución socialista.

El papel histórico del nacionalismo burgués

En todas partes podemos ver cómo la burguesía "nacional" no ha conseguido resolver la cuestión nacional. Irlanda no es una excepción. La historia de Irlanda desde el siglo XVIII demuestra que la burguesía no es capaz de llevar a cabo una lucha seria contra el imperialismo o de resolver la cuestión nacional. La burguesía irlandesa, débil y desdentada, llegó demasiado tarde a la escena histórica. Era incapaz de competir con el gigante del otro lado del mar, que en cualquier caso estaba decidido a impedir el ascenso de un poderoso rival como era Irlanda, al que quería mantener como una colonia agraria atrasada.

Desde el principio la burguesía irlandesa fue incapaz de jugar un papel independiente o de desarrollar Irlanda como una nación fuerte e independiente. Siempre se contentó con jugar el papel de segunda fila respecto a los terratenientes, banqueros y capitalistas ingleses, mientras se quejaba de su situación de desventaja. En cada uno de los momentos decisivos traicionó la causa de Irlanda en favor de sus propios intereses económicos. Sólo en raras ocasiones apoyó a regañadientes la lucha contra el dominio inglés, pero sólo lo hizo para mantener controladas a las masas, para ponerles un freno y finalmente venderlas a Inglaterra.

Por lo tanto, es imposible comprender la lucha de liberación nacional sin analizar su contenido de clase. En sus escritos, descubrimos que Connolly, Lenin y Trotsky adoptaron la misma actitud hacia la burguesía nacional. Connolly escribía lo siguiente: "Los trabajadores lucharon, los capitalistas vendieron y los abogados estafaron". (J. Connolly. Las clases trabajadoras en la historia de Irlanda. Madrid. Alberto Editor. 1974. p. 74). Estas palabras resumen los doscientos años de historia irlandesa hasta el momento actual. Ya en el siglo XVIII, y merece la pena repetirlo, el gran demócrata revolucionario irlandés Wolfe Tone, afirmó que Irlanda sólo podría ser liberada por "los hombres que no tienen propiedad". Escribía lo siguiente: "Nuestra libertad debe haberse enfrentado a todos los peligros. Si los hombres de la propiedad no nos ayudan entonces deben caer; nos liberaremos nosotros mismos con la ayuda de esa clase respetable y grande de la comunidad -los hombres sin propiedad-".

¡Qué palabras tan proféticas! No es casual el comportamiento de los dirigentes nacionalistas burgueses durante toda la historia. Comenzando con Henry Grattan, los acomodados defensores del nacionalismo irlandés siempre han defendido sus propios intereses de clase y han preferido negociar con sus maestros imperialistas que permitir que el poder pase a los trabajadores y campesinos pobres irlandeses. Hasta el día de hoy, los veintiséis condados, durante ochenta años han tenido una caricatura de "independencia", pero su burguesía se siente más cómoda con los ricos y poderosos de Inglaterra que con su propia clase obrera, sin hablar del movimiento de los seis condados del norte que cuenta con todas las desventajas.

La verdadera historia de la lucha de liberación nacional en Irlanda comienza con la Revolución Francesa. El destino de Irlanda se ha ido moldeando repetidamente con los acontecimientos revolucionarios mundiales. Incluso antes de la Revolución Francesa, el primer impulso del movimiento de liberación nacional irlandés llegó con la Revolución Americana. La pérdida de las colonias norteamericanas demostró que Inglaterra no era invencible. También predispuso a Londres a hacer concesiones ante la emergente burguesía irlandesa, como por ejemplo las Leyes de Navegación de 1778. Envalentonada, la burguesía irlandesa, principalmente la protestante, presionó para conseguir más derechos. En 1779, cuando se reunió el parlamento de Dublín, todos los parlamentarios prometieron vestir sólo ropas manufacturadas en Irlanda. Esto demostraba los verdaderos intereses de estos caballeros que organizaron a los Voluntarios Irlandeses, una fuerza armada que llegó a tener 80.000 hombres, que juraron defender los derechos de Irlanda frente a Inglaterra.

Sin embargo, desde el principio a la burguesía irlandesa sólo le preocupó su estrecho punto de vista de clase. Los "derechos" a los que aspiraba principalmente estaban relacionados con sus intereses comerciales. El parlamento irlandés aprobó una moción declarando que "sólo el libre comercio podría salvar a esta nación de una futura ruina". La débil administración de Lord North en Londres, escarmentada por la derrota en Norteamérica, dio marcha atrás y concedió libertad comercial a Irlanda. La pleamar de la "Irlanda protestante" llegó en 1782 cuando los Voluntarios proclamaron en Dungannon lo que ahora es conocido como el "Parlamento de Grattan". De nuevo Londres parecía ceder, con lo cual la burguesía irlandesa demostró su gratitud entregando cien libras a la armada británica y otras cincuenta a Henry Grattan que se suponía tenía que cerrar el acuerdo. Este pequeño detalle demuestra el carácter cobarde y vandálico de la burguesía irlandesa, que se comportó como un perro fiel lamiendo la mano del amo que le había arrojado un hueso. También demuestra que los servicios de aquellos que pretendían representar la "libertad irlandesa" siempre llevaban una etiqueta con el precio a pagar.

Grattan hizo un famoso discurso que terminaba de la siguiente forma: "Irlanda es ahora una nación. Con ese carácter yo la saludo e inclinándome en su augusta presencia digo: esto se perpetuará". En realidad sólo eran palabras vacías. El parlamento de Grattan sólo duró dieciocho meses. La "nueva constitución" descansaba sobre un parlamento intacto de adinerados protestantes. ¿Cómo podía ocurrir esto cuando la gran mayoría de la población irlandesa estaba formada por católicos y campesinos oprimidos? Era un parlamento corrupto. Esto es lo que Connolly escribió sobre Grattan:

"El señor Grattan había concedido el voto a cualquier hombre que fuese propietario, independientemente de su religión, oponiéndose a su extensión a cualquier hombre carente de propiedad. En la Cámara de los Comunes irlandesa denunció virulentamente a los Irlandeses Unidos (United Irishmen) […] por proponer el sufragio universal, el cual, declaró, arruinaría al país y destruiría todo orden.

Puede verse que el señor Grattan era el hombre de Estado capitalista ideal; su espíritu era la encarnación del espíritu de la burguesía. Cuidaba más los intereses de la propiedad que los derechos del hombre o la no supremacía de cualquier religión". (J. Connolly. Las clases trabajadoras en la historia de Irlanda. Madrid. Alberto Editor. 1974. p. 77).

Estas líneas expresan acertadamente la naturaleza de todos los nacionalistas burgueses en cualquier parte, no sólo en Irlanda. Su tendencia inevitable hacia la traición y el compromiso con el imperialismo no es un accidente. Surge de sus intereses de clase y de su posición como explotadores de la clase obrera y el campesinado. Es imposible comenzar a comprender la historia de la lucha nacional irlandesa a menos que lo hagamos desde un punto de vista de clase. Ese siempre fue el punto de vista del marxista James Connolly.

"El parlamento de 1782" fue considerado por los verdaderos revolucionarios irlandeses como una traición, de igual forma se podría calificar el actual proceso de paz. Fue un acuerdo al que llegó la dirección burguesa con Londres a espaldas de la población y en contra de sus intereses. En contraste, los elementos más avanzados de la sociedad irlandesa, inspirados por la Revolución Francesa, apostaron por una solución revolucionaria basada en el movimiento de las masas -los "hombres sin propiedad"-.

En septiembre de 1791 Theobald Wolfe, que procedía de un entorno protestante, publicó un panfleto titulado Un argumento a favor de los católicos de Irlanda. Este panfleto, con su espíritu revolucionario y su caracterización mordaz de la "gloriosa revolución de 1782" fue deliberadamente boicoteado por los nacionalistas burgueses irlandeses y no se publicó hasta 1897. Esta es la forma típica en que la burguesía y los nacionalistas pequeño burgueses intentan distorsionar y suprimir la verdadera historia de la lucha de liberación nacional irlandesa, además de ocultar su naturaleza de clase. Wolfe Tone es presentado como un "icono" revolucionario, pero ahogan y ocultan la verdadera naturaleza de sus ideas a la nueva generación de jóvenes irlandeses, exactamente lo que ha ocurrido con Connolly

Escribiendo sobre Wolfe Tone, e inconscientemente sobre sí mismo, Connolly señala: "Los apóstoles de la liberad a veces después de su muerte son idolatrados, pero en vida son crucificados". El deber de los marxistas irlandeses es rescatar la memoria de los grandes dirigentes y mártires revolucionarios del pasado, además de explicar a la nueva generación las tradiciones del pueblo irlandés. Esa es la única forma de apartar finalmente al movimiento del dominio pernicioso de la burguesía y el nacionalismo de clase media. Es la condición previa para la victoria.

Los Irlandeses Unidos

Desde el principio, la política de los nacionalistas burgueses fue desafiada por hombres y mujeres valerosos que comprendieron la necesidad de unir la lucha de liberación nacional con la lucha por la liberación social. Wolfe Tone escribe lo siguiente en su panfleto: "La revolución de 1872 fue el negocio más chapucero e imperfecto que jamás haya ridiculizado el epíteto “glorioso”, asumiéndolo indignamente. Para ningún irlandés es agradable hacer semejante concesión, pero no puede favorecerse que la verdad salga malparada. Es mucho mejor que sepamos y sintamos nuestra verdadera situación, que engañarnos a nosotros mismos o ser estafados por nuestros enemigos con elogios que no merecemos o imaginarias bendiciones de las que no gozamos". (J. Connolly. Ibíd., pp. 79-80).

¡Qué relevantes suenan hoy estas líneas! La tendencia a adornar la realidad y ocultar las cosas con nombres falsos ("revolución", "liberación nacional", "lucha armada", etc.) ha sido una característica constante de la historia de Irlanda desde los días de Wolfe Tone. Es necesario atravesar esta densa niebla y -como James Connolly- llamar a las cosas por su verdadero nombre.

"La revolución de 1872", escribe Connolly, "fue una revolución que dio a los irlandeses la posibilidad de vender su honor, su integridad y los intereses de su país, a un precio mucho más alto; fue una revolución que, mientras duplicó de un golpe las riquezas de cada traficante de las ciudades del reino, dejó en la esclavitud tal y como los encontró, a las tres cuartas partes de nuestros compatriotas, y al gobierno de Irlanda en las manos infames, inicuas y despreciables que se habían pasado la vida degradándola y saqueándola; es más, algunos de los cuales decidida aunque desesperadamente, habían dado su último voto contra nuestra famosa revolución". (Ibíd., p. 80).

Los Irlandeses Unidos vinculaban la lucha de liberación nacional con las tareas de la emancipación social de las masas. Connolly citaba el movimiento como "un partido revolucionario que declaraba abiertamente sus simpatías revolucionarias pero que limitaba su primera demanda a una medida popular que emancipase a las masas en cuyo apoyo descansaba su éxito final". (Ibíd., p. 106)

Inspirados por los ideales democráticos revolucionarios de la Revolución Francesa, Tone y los Irlandeses Unidos exigieron una representación equitativa de toda la población en el parlamento, independientemente de su clase o credo. Llevaron a cabo una guerra de clases contra la aristocracia. El movimiento de unidad de las masas aterrorizaba a la aristocracia y a los propietarios -ingleses e irlandeses, católicos y protestantes-. Los Irlandeses Unidos no eran nacionalistas miopes, sino demócratas revolucionarios e internacionalistas que buscaban activamente -y lo consiguieron- contactos con los revolucionarios, no sólo en Francia, también en Inglaterra y Escocia. Belfast era entonces un semillero de la revolución y el origen de la primera sociedad de Irlandeses Unidos. Elaboraron un programa revolucionario con reivindicaciones democráticas, incluido el derecho a voto para toda la población, no hacían distinción entre los que pagaban impuestos y los que no. Como comenta Connolly:

"Ninguna otra cosa habría conseguido hacer que las masas protestantes y católicas estrechasen sus manos por encima del sangriento sacrificio de los odios religiosos, ninguna otra obtendrá ese mismo resultado entre los obreros irlandeses". (Ibíd., p. 106).

Los Irlandeses Unidos, como explicaba Connolly, eran demócratas revolucionarios e internacionalistas. Defendían una revolución popular que uniera a todas las masas oprimidas de Irlanda, independientemente de sus diferencias religiosas: "El trabajador y el arrendatario protestantes aprendieron que el Papa de Roma resultaba un peligro muy irreal e insignificante comparado con el poder social de su empresario o terrateniente, y en el arrendatario católico nació la percepción del hecho de que, bajo el nuevo orden social el terrateniente católico representaba menos la misa que la renta" (Ibíd., p. 96).

Al final, como dijo Connolly, el movimiento de los Voluntarios fue un "capítulo de grandes oportunidades perdidas, de confianza popular traicionada". Y al mismo tiempo, se podría decir lo mismo de la lucha de liberación nacional irlandesa desde entonces hasta el día de hoy. A pesar de todo su heroísmo, los Irlandeses Unidos fueron derrotados. ¿Por qué? Porque en el momento de la verdad, las lealtades de clase siempre demuestran ser más poderosas que la afiliación religiosa o nacional. Los ricos propietarios irlandeses sentían, correctamente, que tenían mucho más en común con las clases propietarias inglesas que con los pobres revolucionarios irlandeses.

La insurrección, que fue dirigida por los demócratas revolucionarios protestantes, representando a los "hombres sin propiedad", fue traicionada por un comerciante de seda católico, Thomas Reynolds, que advirtió al gobierno y le dio una copia del periódico del Ejecutivo Supremo de los Irlandeses Unidos, demostrando que por lo menos 279.000 hombres estaban preparados para sublevarse. La insurrección fue abortada y sus seguidores sometidos a la mayor de las barbaries. Los campesinos fueron torturados para que revelaran los lugares donde se ocultaban las armas. Tone se cortó el cuello para evitar ser colgado.

Un contemporáneo recuerda lo siguiente: "Muchos fueron azotados porque tenían en su poder picas, todos menos el delator fueron descubiertos. No he visto ninguno de estos azotamientos, pero es terrible escuchar la perseverancia de estos locos. Algunos han recibido trescientos azotes antes de decir donde estaban ocultas las picas". (P. Johnson. Ireland, a Concise History, p. 81).

Después de la aniquilación de los Voluntarios (el "ala militar" de los Irlandeses Unidos) en marzo de 1793, el movimiento pasó a la clandestinidad e inició un período de reconstrucción. Se basaron en el radicalismo social y, siguiendo el consejo de Wolfe Tone, comenzaron a alistar a los "hombres sin propiedad", los jornaleros y los asalariados que ya estaban bien organizados, especialmente en la zona de Dublín. Se formó una red de "clubes de lectura" de trabajadores, influenciados por la Revolución Francesa y la Declaración de los derechos del hombre de Thomas Paine.

"Divide y vencerás"

Los imperialistas británicos sufrieron una fuerte conmoción en 1798 y decidieron que debían dar pasos serios para asegurar que no se repitiera una situación similar. El Acta de la Unión de 1801 puso a Irlanda bajo el gobierno directo de Westminster. Pero los acontecimientos revolucionarios de 1798 hicieron consciente a la clase dominante británica de la amenaza mortal que suponía un movimiento unificado de protestantes y católicos irlandeses. Por esa razón todos sus esfuerzos se concentraron en destruir esa unidad.

Organizaron un reino de terror principalmente contra el campesinado católico. Pero el arma principal utilizada por Inglaterra para destruir la revolución irlandesa fue el fomento de las divisiones entre católicos y protestantes. En palabras del general Knox, comandante de la guarnición británica en Irlanda: "He dispuesto todo para incrementar la animosidad entre los orangistas y los irlandeses unidos. De esa animosidad depende la seguridad de los condados del norte". (Citado por Liam de Paor, Divided Ulster, p. 57).

La Orden de Orange nació en Armagh en 1795 como parte de una campaña para aterrorizar a los católicos y negarles todos los derechos ciudadanos. Sin embargo, la Orden no sólo iba dirigida contra los católicos, también estaba dirigida contra los protestantes "desleales". Durante los años previos a la rebelión de 1798 contó con el apoyo activo del estado británico, precisamente para introducir una cuña entre los católicos y los protestantes.

Se eligió el 12 de julio como la fecha clave para las celebraciones protestantes, aparentemente marcaba el aniversario de la Batalla de Boyne, pero la verdadera razón era proporcionar un aliciente alternativo a la celebración del día de la Bastilla. Desde el principio las celebraciones del 12 de julio estuvieron marcadas por los ataques sectarios contra los católicos. En 1795 más de 7.000 católicos fueron expulsados de Armagh a causa de los pogromos de la Orden de Orange. No es muy conocido que muchas familias católicas expulsadas fueron protegidas por los Irlandeses Unidos Presbiterianos en Belfast y más tarde en Antrim y Down, y (lo más importante) la dirección protestante de los Irlandeses Unidos envió abogados para defender a las víctimas de los ataques orangistas. También enviaron misiones especiales a la zona para intentar minar la influencia de la Orden de Orange.

En esa época existía una lucha encarnizada entre los terratenientes y los arrendatarios de la zona. Al comentar esta situación, el arzobispo anglicano de Armagh dijo lo siguiente: "lo peor de esto es que mantiene la unidad entre protestantes y papistas, y ocurra lo que ocurra, adiós al interés inglés en Irlanda".

La Orden de Orange jugó un papel clave en el aplastamiento de la rebelión de 1798. En aquella época el general John Knox describía a la Orden de Orange como "la única barrera que tenemos frente a los Irlandeses Unidos", después de fracasar la rebelión escribía: "la institución de la Orden de Orange ha tenido una utilidad infinita".

Paradójicamente, la Orden de Orange originalmente se oponía a la unión con Inglaterra, mientras que la Iglesia Católica la apoyaba. Los obispos y sacerdotes católicos, aunque no por mucho tiempo, apoyaron a las autoridades británicas frente a los Irlandeses Unidos, porque sus ideas revolucionarias y ateas eran un anatema para ellos. En enero de 1799 una asamblea de obispos católicos aceptó una oferta del gobierno para la financiación estatal del clero católico, a cambio de permitir al estado confirmar las elecciones episcopales y el nombramiento de los párrocos. Al final por supuesto no recibieron nada.

Hoy nos basamos firmemente en las tradiciones revolucionarias de Wolfe Tome y los Irlandeses Unidos. Comprendemos que Irlanda nunca estará unida y será libre hasta que la clase obrera no se ponga a la cabeza de la lucha de liberación nacional y la vincule firmemente con la tarea de la revolución social. También entendemos que la condición previa para la transformación socialista de la sociedad es la máxima unidad de la clase obrera, dejando a un lado la nacionalidad, la religión y el género.

Es absolutamente falso, derrotista y reaccionario decir que es imposible conseguir la unidad de los trabajadores católicos y protestantes. Los Irlandeses Unidos, Connolly y Larkin ya lo consiguieron en el pasado. No hay razón alguna para que no se pueda conseguir de nuevo. Es necesaria una lucha basada en reivindicaciones sociales y de clase que sean capaces de unir a la clase obrera contra los terratenientes y el capitalismo. Hace falta una política de clase. Por citar a Connolly:

"Para realizar esta unión y convertirla en una fuerza viva en la vida de la nación, se requería la actividad de un revolucionario con suficiente capacidad de estadística como para encontrar un punto común en el que pudiesen unirse los dos elementos, y algún gran acontecimiento dramático para llamar la atención de todos ellos y encender en ellos un sentimiento común". (Ibíd., p. 96).

La lección fundamental de la historia irlandesa desde 1798 es bastante clara: la división entre católicos y protestantes fue el arma principal utilizada por el imperialismo y la reacción para debilitar y socavar la lucha de la población por su emancipación social y nacional. La conclusión es igualmente ineludible: cada paso que tienda a incrementar la unidad de la clase obrera de las dos comunidades es progresista y debe ser apoyado, cada acción que tienda a intensificar las divisiones sirve a los intereses del imperialismo y la reacción, y debe ser rechazada.

Después de la derrota de los Irlandeses Unidos en 1798 llegó la llamada conspiración Emmet, con un contenido incluso más claramente democrático, internacional y popular. Tenía una composición más obrera. Lo más significativo, una vez más, es que el movimiento fue traicionado por los "nacionalistas" católicos de clase media. El reverendo Thomas Barry, párroco de Mallow, descubrió el complot en una confesión y ordenó a su feligrés a denunciarlo ante el ejército.

"Emmet es el más idolatrado, el más universalmente alabado de todos los mártires irlandeses. Por consiguiente, merece destacarse que, en la proclama que redactó para publicar en nombre del "Gobierno Provisional de Irlanda", el primer artículo decreta la total confiscación de la propiedad eclesiástica y su nacionalización, y el segundo y tercer capítulos prohíben y declaran inválida la cesión de toda la propiedad terrateniente, títulos, obligaciones y efectos públicos hasta que se establezca el gobierno nacional y se declare sobre ellas la voluntad nacional. Esto establece, de este modo, dos cosas; a saber: que Emmet creía que la "voluntad nacional" era superior a los derechos de propiedad y podía abolirlos a voluntad; y también que entendía que no puede esperarse que las clases productoras se agrupasen para la revolución, a menos que se les diese a entender que significaba su libertad de la esclavitud, tanto social como política". (J. Connolly. Ibíd., p. 114)

Estas líneas tienen una importancia crucial. Su significado es bastante claro y no contienen ambigüedades: la lucha por la libertad política -incluida la liberación nacional- es impensable si no está vinculada con la emancipación social de la clase obrera. Su opinión de Emmet es bastante diferente de la que tienen los elogiadores profesionales que habitualmente se arremolinan como buitres alrededor del ataúd de un revolucionario muerto: "cada aniversario de Emmet que pasa, sigue trayéndonos consigo una cosecha de oradores que todo lo saben sobre el martirio de Emmet, pero nada sobre sus principios". (Ibíd., pp. 113-114). Estas líneas se pueden aplicar igualmente al destino histórico del propio Connolly.

La emancipación católica

La opresión nacional del pueblo irlandés fue más encarnizada por la introducción del elemento religioso después de la Reforma. En el siglo XIX la recaudación obligatoria de un impuesto religioso (el diezmo) por parte de la Iglesia Protestante Episcopaliana se convirtió en una medida brutal, detestada por el campesinado católico. El clero protestante recogía este odiado impuesto acompañado por la policía y los soldados. Los campesinos se resistían y esto provocó enfrentamientos con el ejército, en los que los campesinos caían heridos o muertos. Las masas organizadas en sociedades secretas como las de Ribbon y Whiteboy se resistían a estas imposiciones, pero los políticos de clase media que hablaban en nombre del pueblo irlandés no apoyaron este movimiento.

En 1818 la iglesia protestante fundó una sociedad para desarrollar la lengua irlandesa como una forma de conseguir conversiones. Sus miembros desafiaban a los sacerdotes católicos con debates en gaélico sobre diferencias doctrinales. El resultado de este interés protestante por el gaélico fue que la Iglesia Católica se volcó a la enseñanza del inglés en las escuelas elementales. Esto selló el destino del irlandés como lengua hablada. La extensión de la educación minó la influencia del gaélico que más tarde se vio diezmado una vez más por los efectos de la emigración de masas provocada por la hambruna.

Daniel O"Connell era el típico político de clase media explotador del pueblo irlandés -"aquellos snobs bien alimentados"- como los describía Connolly, que se basaban en las masas para ascender en su carrera y después las abandonaban cuando sus intereses estaban satisfechos. Su primer acto fue repudiar a Wolfe Tone y sus compañeros calificándolos de "criminales":

""Respecto a 1798", decía O"Connell, "renunciamos a los débiles y malvados que consideraron la fuerza y la violencia sanguinaria como parte de sus recursos para mejorar nuestras instituciones, e igualmente, a los desgraciados y crueles que fomentaron la rebelión y la explotaron… Abandonamos a esta clase de bellacos al desprecio e indignación de la humanidad"". (P. Johnson. Ireland, a Concise History, p. 92).

O"Connell se benefició de la oleada de agitación que inundó Inglaterra a principios de los años treinta del siglo XIX. Esto a su vez era un reflejo parcial de la Revolución de Julio en Francia que derrocó a los borbones en 1830. Como siempre, la reforma democrática en Gran Bretaña era un subproducto de la revolución en Europa. Pero las concesiones de la clase dominante siempre eran parciales y mezquinas. El Acta de Reforma de 1832 para Irlanda no democratizaba el voto sino que lo restringía a los propietarios de diez libras en las ciudades y veinte en los arrendatarios de los condados. Esta medida sólo concedía el derecho a voto a la clase media católica urbana, preparando el camino para el Acta de Reforma Municipal de 1840 que abolía las antiguas y corruptas corporaciones protestantes y permitía a los católicos gobernar las ciudades. El propio O"Connell fue alcalde de Dublín.

Este oportunista astuto y sin principios se basó en las masas irlandesas para avanzar en su propia carrera, hablaba en reuniones de masas con más de 250.000 personas, exigiendo un parlamento irlandés, pero lo único que hacía era defender los intereses de clase capitalista contra los trabajadores y los pobres. En el parlamento inglés, este representante consumado del Capital se opuso a la introducción de las Leyes Fabriles que tenían como objetivo aliviar la carga del trabajo, su argumento era que ""ellos (el parlamento), habían legislado contra la naturaleza de las cosas y contra el derecho de la industria. Que no sean", dijo, "culpables de la infantil insensatez de regular el trabajo de los adultos ni se pongan a pasear ante el mundo su ridícula humanidad"". (J. Connolly. Ibíd., p. 158).

Mientras hacía discursos demagógicos apelando al nacionalismo irlandés, O"Connell intrigaba con el establishment inglés. Su mentalidad se puede ver en un discurso pronunciado en Mullingar el 14 de mayo de 1843: "Ellos dicen que queremos la separación de Inglaterra, pero lo que yo quiero es impedir esta separación. No existe un hombre más leal que yo a la reina, ¡Dios salve a la reina! La situación actual de Irlanda no puede durar mucho más, si la población de Irlanda no tuviera una persona como yo para dirigirla por los senderos de la paz y el esfuerzo constitucional, me temo el resultado (¡bien!). Mientras que yo viva estaré dispuesto a ayudar al trono (¡bien, muy bien!)". (P. Johnson. Ireland, A Concise History, p. 94).

Esta es la auténtica voz de la burguesía irlandesa, sin principios, reaccionaria, cobarde y rastrera. El movimiento para obtener derechos para los católicos tenía el objetivo de mejorar la posición y el ascenso de personas como O"Connell, y no en beneficio de las masas como correctamente señala Connolly: "Las clases medias, profesionales y terrateniente católicas, con la Emancipación Católica tuvieron abierto el camino hacia todos los puestos más remunerativos del gobierno; los católicos de la clases pobres, como resultado de la misma ley, fueron condenados al exterminio…". (J. Connolly. Ibíd., p. 130).

Como podemos ver en un testimonio de los trabajadores de la Asociación Ribbon, las masas irlandesas después de la Emancipación no estaban en una situación mejor que antes: "¿Qué ha hecho de bueno la Emancipación por nosotros? ¿Estamos mejor vestidos o alimentados, están nuestros hijos mejor vestidos o alimentados? ¿No estamos tan desnudos como estábamos y comiendo patatas secas cuando podemos conseguirlas? Digamos a los granjeros que nos den mejor alimento y mejores salarios y que no den tanto al terrateniente y más al trabajador; no debemos dejar que echen de la tierra a la gente pobre". (J. Connolly. Ibíd., p. 134).

Aquí está la verdadera voz del pueblo irlandés, no los argumentos de los abogados lustrosos de los nacionalistas de clase media, que bajo la capa de "patriotismo" siempre ocultan el egoísmo más descarado y cínico. Connolly observa agudamente: "Difícil es ver cómo la prometida Abolición de la Unión podía haber sido de utilidad alguna vez en el futuro, para los hombres de Clare, muertos de hambre, especialmente cuando sabían que sus padres habían padecido hambre, desahucio y tiranía tanto antes como después de la Unión". (Ibíd., p. 133).

Esto demuestra el abismo que siempre ha separado a los socialistas del nacionalismo. Nuestro punto de vista siempre ha tenido un contenido de clase. Nuestro objetivo es la emancipación social y política de la clase obrera, como la única forma de garantizar una vida decente para todos. Nosotros luchamos por la liberación nacional como parte de una lucha más amplia contra el capitalismo y el imperialismo a escala mundial. Bajo ninguna circunstancia aceptaremos la subordinación de la lucha por los intereses de la clase obrera ante los supuestos intereses de la nación, una fórmula artificial que intenta ocultar la lucha interminable entre el Capital y el Trabajo.

Una vez más citamos la que siempre fue la posición de Connolly: "Se podría decir que el ideal de la república socialista, implicando una revolución política y económica completa, seguro alejaría a todos los seguidores aristócratas y de clase media que temen la pérdida de su propiedad y privilegios. ¿Qué significa esta objeción? ¡Que debemos reconciliarnos con las clases privilegiadas de Irlanda! Pero sólo podéis acabar con su hostilidad garantizándoles una Irlanda libre para sus privilegios y que no "interfiera en ellos". Es como decir, debéis garantizar que cuando Irlanda esté libre de la dominación extranjera, los soldados irlandeses con su casaca verde guardarán las conquistas fraudulentas de los capitalistas y terratenientes de las "delgadas manos de los pobres", tan implacablemente y tan eficazmente como hacen hoy los emisarios de casaca escarlata de Inglaterra. Sobre ninguna de estas bases las clases se unirán con vosotros. ¿Suponéis que las masas luchan por este ideal?" (Shan Van Vacht, enero de 1897).

Feargus O"Connor y los fenianos

La historia ha demostrado que a la burguesía sólo le preocupan sus propios intereses de clase, que sencillamente utiliza la bandera nacional para ocultar este hecho y desorientar a las masas, hasta el momento en que finalmente las apuñala por la espalda. Cuando Feargus O"Connor, un demócrata irlandés sincero, intentó convencer a O"Connell, pronto se dio cuenta de la verdadera situación: "Se esforzó encarecidamente por inculcar en O"Connell este punto de vista, para ver sólo que en éste último el sentimiento de clase era mucho más fuerte que el deseo de la libertad nacional irlandesa, y que él, O"Connell, se consideraba mucho más consanguíneo de la clase poseedora de Inglaterra que de la clase obrera de Irlanda". (J. Connolly. Ibíd., p. 159).

Este es el punto central de la cuestión. Lo que es decisivo es el interés de clase. En última instancia, la burguesía de cualquier nación siempre se unirá con la burguesía de un estado "enemigo" contra su propia clase obrera. A pesar de toda la demagogia "patriótica" y teatral, personas como O"Connell (en la historia irlandesa ha habido muchos O"Connell y en la actualidad también los hay) siempre se sentirán más cómodos con los banqueros, abogados y empresarios de Londres que con la clase obrera de su propio país. Por esa razón cuando los acusamos de "traicionar a la causa", también debemos añadir que, en realidad, siempre han sido y lo siguen siendo hoy en día, extraordinariamente fieles a su causa: la causa de la renta, el interés y el beneficio.

La lucha nacional del pueblo irlandés durante el siglo XIX se desarrolló en un contexto de caída del nivel de vida y aumento de la lucha de clases. Marx señaló que entre 1849 y 1869, mientras que los salarios en Irlanda habían aumentado un 50 o 60 por ciento, los precios de las necesidades básicas se habían más que duplicado. La pobreza y el hambre se extendieron. En Gran Bretaña existía una situación similar. Podemos ver que existían las bases para una alianza revolucionaria de las clases obreras inglesa e irlandesa, como correctamente señalaron Marx y Connolly. Pero los fenianos eran odiados por los nacionalistas irlandeses adinerados y la Iglesia Católica que los condenó. El Arzobispo de Dublín, Paul Cullen, incluso les negó la asistencia a los sepelios cristianos. Connolly a este respecto comenta lo siguiente:

"Es notorio que el fenianismo fue considerado con aversión no disimulada, por no decir furibundo odio, no simplemente por los terratenientes y la clase dominante, sino por el clero católico, los católicos de la clase media y la gran mayoría de las clases agrícolas. De hecho, sólo encontró apoyo entre los más jóvenes y más inteligentes de la clase trabajadora, los jóvenes de las grandes villas y ciudades metidos en los caminos más humildes de la vida mercantil, y las clases artesana y obrera". (Ibíd., p. 204.).

Los fenianos eran el sector más avanzado del movimiento democrático revolucionario irlandés. Eran heroicos y mostraban inclinaciones socialistas, pero también cometieron errores. Marx y Engels naturalmente los apoyaron pero al mismo tiempo criticaron duramente sus tácticas aventureras, sus tendencias terroristas, su estrechez nacional y su negativa a aceptar la necesidad de vincular la lucha al movimiento obrero irlandés. El 29 de noviembre de 1867 Engels escribía a Marx en los siguientes términos: "En cuanto a los fenianos estás en lo correcto. La brutalidad inglesa no nos debe hacer olvidar que los dirigentes de esta secta son en su mayor parte asnos y en parte explotadores y no debemos de ninguna forma hacernos responsables de las estupideces que ocurren en cada conspiración".

Engels pronto comprobó que estaba en lo cierto. Sólo dos semanas más tarde, el 13 de diciembre de 1867, un grupo de fenianos provocó una explosión en la prisión Clerkenwell de Londres en un intento infructuoso de liberar a sus compañeros encarcelados. La explosión destruyó varias casas vecinas e hirió a 120 personas. Como era de prever, el incidente desató una oleada de sentimiento anti-irlandés entre la población. Al día siguiente Marx escribió indignado a Engels: "La última hazaña de los fenianos en Clerkenwell es una estupidez monumental. Las masas de Londres, que habían demostrado gran simpatía hacia Irlanda, se irritarán ahora y serán arrojadas a los brazos del partido gubernamental. No se puede esperar que los proletarios de Londres se dejen hacer volar por los aires para mayor gloria de los emisarios fenianos.". (Marx y Engels. Correspondencia Marx-Engels. Barcelona. Grijalbo. 1976. Pág. 406)

Unos pocos días más tarde, el 19 de diciembre, Engels respondió de la siguiente forma: "La estupidez de Clerkenwell fue claramente obra de unos fanáticos miopes; lo malo de todos los complots es que conducen a semejantes estupideces, porque "hay que hacer algo, hay que emprender algo". Particularmente en América se habló mucho de explosiones e incendios, y ahora unos asnos cometen semejantes absurdos. Además, estos caníbales son en su mayoría unos cobardes tremendos, como el Sr. Allen, quien, al parecer, ha tenido tiempo de convertirse en testigo de la acusación. Fuera de todo esto, ¿qué idea es ésa de liberar Irlanda incendiando