Demagogos y dictadores, ¿qué es el bonapartismo?

La creciente crisis del capitalismo está provocando una gran inestabilidad política en todo el mundo. En este contexto, el aumento del número de gobiernos «autoritarios» y «populistas» ha provocado un gran debate sobre el auge de la política del «hombre fuerte». Pero, ¿qué significa esto exactamente? En este artículo, Ben Gliniecki analiza la naturaleza del Estado capitalista y el concepto de «bonapartismo» desarrollado por Marx para responder a esta pregunta y ofrecer una perspectiva del impacto de la lucha de clases en la política actual.


Un tema común de debate entre los comentaristas burgueses de hoy es el ascenso de los llamados «líderes autoritarios». En los últimos años, se dice, una «recesión democrática» está produciendo dirigentes cada vez más autoritarios que amenazan los valores de la democracia liberal. Esto es motivo de gran preocupación para el ala «responsable» de la clase dominante.

El año pasado, Gideon Rachman, columnista en jefe de Asuntos Exteriores del Financial Times británico, publicó un libro titulado «La era de los líderes autoritarios: Como el culto a la personalidad amenaza la democracia en el mundo», en el que daba la voz de alarma sobre la creciente amenaza que se cierne sobre la democracia liberal.

En su libro, Rachman agrupa a una larga lista de líderes en la categoría de «hombre fuerte» o “dirigentes autoritarios”, entre ellos: Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdoğan, Xi Jinping, Narendra Modi, Viktor Orban, Boris Johnson, Donald Trump, Mohammed bin Salman Al Saud, Benjamin Netanyahu, Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador y Abiy Ahmed.

El análisis de Rachman se concentra en enumerar las cosas que su catálogo de autoritarios tiene superficialmente en común: nacionalismo, aversión a las «élites globales», culto a la personalidad, uso de las redes sociales y tendencia a la corrupción, entre otras. Lo que evita es cualquier explicación de los procesos fundamentales que dan lugar a estos regímenes.

Rachman dice que el régimen de Putin en Rusia, por ejemplo, se basa en la corrupción y el nacionalismo. Pero esto no explica nada. La corrupción y el nacionalismo están presentes, en mayor o menor medida, en todos los regímenes capitalistas de todos los tiempos. Por qué y cómo la corrupción y el nacionalismo produjeron en Rusia el régimen de Putin en un momento concreto de la historia sigue sin abordarse.

En su lugar, lo que Rachman ofrece son instantáneas superficiales de líderes «hombres fuertes» aislados e individuales, que reducen la política a esencialmente el producto de las características y caprichos de los individuos. Esto no sólo oscurece las importantes diferencias entre regímenes como el de Putin y los llamados gobiernos «populistas» como el de Donald Trump; también nos hace totalmente incapaces de sacar conclusiones para el futuro, si cometemos el error de seguir el ejemplo de Rachman.

Lo que le falta a Rachman es un análisis de la lucha de clases en cada sociedad y a escala mundial. Cualquier intento de comprender el Estado y su carácter político sin evaluar el tempo y la condición de la lucha de clases en un momento dado resultará superficial.

Karl Marx, por su parte, estudió la historia y el desarrollo de la lucha de clases, su trayectoria y las formas políticas que origina.

«Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad«, escriben Marx y Engels en el Manifiesto Comunista«es una historia de luchas de clases«. Los regímenes políticos que definirán la historia del periodo que estamos viviendo ahora no son ni el producto de hábiles asesores de imágen, ni de presidentes que sobornaron a las personas adecuadas. Sólo pueden entenderse como el producto de una etapa concreta de la lucha de clases.

En su propio libro, titulado El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx analizó el ascenso al poder de otro «hombre fuerte», Napoleón III, y las conclusiones teóricas que extrajo siguen siendo una herramienta indispensable para comprender la naturaleza del Estado y la perspectiva de los llamados «hombres fuertes» de hoy en día.

La teoría marxista del Estado

Antes de poder comprender el carácter político de un régimen concreto, ya sea una democracia liberal o un régimen dictatorial, debemos entender el papel del Estado en la sociedad.

El Estado es un instrumento del dominio de clase. Es propiedad y está dirigido por la clase dominante de cualquier sociedad. Los Estados modernos, por ejemplo, están atados por mil hilos a los intereses capitalistas.

Existe una notoria puerta giratoria entre las empresas y el gobierno que garantiza que los ministros y funcionarios se deslicen fácilmente entre los organismos reguladores gubernamentales y las empresas a las que se supone que deben regular. Los grupos de presión de las grandes empresas utilizan las amenazas y los sobornos para obligar a los gobiernos a actuar en interés de la burguesía. Los tribunales, las prisiones, la policía y el ejército se utilizan para defender los derechos de propiedad privada de los ricos, mientras que los derechos de los pobres a la vivienda y la alimentación se ignoran o se conquistan mediante la lucha de clases.

Los ministros del gobierno, los altos funcionarios, los jueces, los generales, los jefes de policía y otros funcionarios del Estado suelen proceder de una estrecha capa de la sociedad criada y educada con la perspectiva de la clase capitalista. En Gran Bretaña, el 65% de los altos funcionarios asistieron a escuelas privadas de élite y exclusivas, al igual que el 65% de los jueces superiores, el 70% de los generales y el 65% de los ministros superiores del gobierno.

Esta relación entre el Estado y la clase dominante no es exclusiva del capitalismo. De hecho, el Estado ha sido un instrumento de dominio de clase desde que apareció por primera vez en el escenario de la historia, hace unos 5.000 años. Desde que la sociedad se dividió en clases explotadoras y explotadas, ha existido un Estado para regular el conflicto entre ellas que, de otro modo, habría desgarrado a la sociedad.

Como explica Engels:

[El estado ] es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurar. Pero a fin de que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna no se devoren a sí mismas y no consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del «orden».»

Sin embargo, lejos de ser un árbitro neutral entre las clases contendientes, el Estado es un instrumento en manos de la clase dominante de la sociedad, para preservar su posición dominante y sus relaciones de propiedad. Como explica Engels: «La fuerza cohesiva de la sociedad civilizada la constituye el Estado, que, en todos los períodos típicos, es exclusivamente el Estado de la clase dominante y, en todos los casos, una máquina esencialmente destinada a reprimir a la clase oprimida y explotada.»

Por eso las autoridades estatales tienen el monopolio legal del uso de la violencia a través de la policía, el ejército y las prisiones. Y es por eso que Marx y Engels escribieron que: «Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa»

Para preservar con éxito las relaciones de propiedad frente al conflicto de clases, y para justificar su monopolización de la violencia, el Estado tiene que aparentar que está por encima de la sociedad, ajeno a ella hasta cierto punto. Debe utilizar la majestuosidad y el misticismo para ocultar su papel como instrumento de la clase dominante.

Los monarcas feudales de Europa afirmaban gobernar por derecho divino, elegidos y guiados por Dios. Las «democracias» modernas, en cambio, se envuelven en el lenguaje del «voto», los «derechos humanos» y el «Estado de Derecho».

Estos adornos «democráticos» desempeñan un papel útil para los capitalistas. En primer lugar, permiten a la clase capitalista en su conjunto ejercer el control de los mecanismos fundamentales del Estado, a través de sus representantes a sueldo en el parlamento, los medios de comunicación, el poder judicial, la vasta burocracia estatal y las fuerzas armadas. 

La brevedad del gobierno de Liz Truss en Gran Bretaña en 2022 lo demostró claramente. La reacción del mercado a las políticas de Truss, junto con las mordaces declaraciones de instituciones capitalistas como el FMI, la obligaron a dejar el cargo en 44 días. Basta preguntarse si Liz Truss podría haber encarcelado a sus críticos de la clase dominante en respuesta para darse cuenta de la verdadera relación entre los capitalistas y sus estadistas.

Pero además de esto, la «democracia» burguesa también da la ilusión de elección al electorado, que puede votar a individuos y partidos políticos para que entren y salgan del poder, sin representar nunca una amenaza para el sistema capitalista. Además, refuerza el mito de que el Estado es neutral y está por encima de las clases enfrentadas de la sociedad. 

Por eso, en igualdad de condiciones, el tipo de Estado más eficaz en el capitalismo es la república democrática. 

Como explica Lenin: 

La república democrática es la mejor envoltura política de que puede revestirse el capitalismo; y, por tanto, el capital, al dominar … esta envoltura, que es la mejor de todas, cimienta su poder de un modo tan seguro, tan firme, que no lo conmueve ningún cambio de personas ni de instituciones, ni de partidos dentro de la república democrática burguesa.

La monopolización de la violencia y la alienación del Estado en relación a la sociedad son cruciales para su eficacia como arma de la clase dominante. Pero en determinadas condiciones pueden cobrar vida propia. Engels lo explica:

Sin embargo, por excepción, hay períodos en que las clases en lucha están tan equilibradas, que el poder del Estado, como mediador aparente, adquiere cierta independencia momentánea respecto a una y otra.

Como el aprendiz de brujo, la clase dominante puede descubrir que ha conjurado fuerzas que ya no es capaz de controlar. 

Por ejemplo, en 2000, Vladimir Putin se convirtió en Presidente de Rusia e inmediatamente encarceló y exilió a Vladimir Gusinsky, barón de los medios de comunicación, propietario de un banco y magnate inmobiliario, cuyos medios de comunicación eran críticos con el Presidente.

Putin persiguió entonces a Mijaíl Jodorkovski, barón del petróleo, el hombre más rico de Rusia y adversario político. En 2003, Jodorkovski fue encarcelado y se le confiscaron sus bienes y activos.

En lugar de ser el siervo de la clase dominante rusa, Putin aparece como su amo. Este fenómeno, en el que el aparato del Estado se eleva por encima del resto de la sociedad con un «gran líder» a la cabeza, es lo que Marx denominó «bonapartismo». 

Bonapartismo

No es la primera vez que el Estado, supuesto servidor de la clase dominante, se vuelve contra algunos de sus antiguos dueños. El arquetipo de este fenómeno fue el propio Napoleón Bonaparte.

Napoleón llegó al poder tras la Revolución Francesa. Más concretamente, llegó al poder durante su reflujo. A partir de 1789, la alianza de la burguesía, las masas semiproletarias de París y el campesinado francés había puesto fin a la monarquía, otorgado tierras a los campesinos y comenzado a hacer la guerra a la Europa feudal y a despejar el camino para el desarrollo del capitalismo.

El Comité de Salvación Pública de la revolución desató el terror jacobino contra las fuerzas contrarrevolucionarias que intentaban restaurar la monarquía. Entusiasmadas por su éxito, las masas parisinas fueron más allá. Tomaron al pie de la letra el lema de «Libertad, Igualdad, Fraternidad» y empezaron a tomar medidas contra la propiedad privada. 

Fue el punto culminante de la revolución, pero la burguesía y el campesinado retrocedieron. Más numerosos que la «muchedumbre» de París, empezaron a hacer oscilar el péndulo en sentido contrario. En primer lugar, Robespierre y el Comité de Salvación Pública fueron derrocados y sustituidos por el Directorio, que dirigió un nuevo terror «blanco» contra los elementos más revolucionarios, exigiendo que se restableciera el «orden», es decir, el orden burgués recién establecido.

El pueblo de París intentó frenar el reflujo con manifestaciones y disturbios. En 1795 fueron sofocados con sangre, y en nombre del orden burgués, por un joven oficial del ejército llamado Napoleón Bonaparte.

La burguesía había convocado a las masas a la lucha en 1789, pero habiendo derrocado a la monarquía, no pudo entonces afirmar decisivamente su control sobre la situación. La lucha llegó a un punto muerto y la fuerza bruta se convirtió en el factor decisivo.

Atrapada entre conspiraciones y levantamientos monárquicos, como los Chuanes en el Oeste, y la amenaza de un resurgimiento jacobino en París, la burguesía anhelaba un «gobierno estable» y el fin de la «anarquía» de una vez por todas. 

Napoleón, recién llegado de sus éxitos militares y contando con la lealtad del ejército, que procedía principalmente del campesinado, era el salvador que muchos habían estado buscando. El abate de Sieyès, miembro destacado del Directorio, Joseph Fouché, ministro de Policía, y Charles-Maurice de Talleyrand, ministro de Asuntos Exteriores, invitaron a Napoleón a utilizar el ejército para derrocar a su propio gobierno el 18 de brumario del año VIII de la República (9 de noviembre de 1799).

Una vez en el poder, Bonaparte estableció un equilibrio entre las clases enfrentadas. A la burguesía, le prometió orden y el fin de las revueltas y los disturbios revolucionarios. A los soldados y a las masas, les prometió salvar la revolución de las conspiraciones monárquicas. Al mismo tiempo, se elevó a sí mismo y a su aparato de fuerza por encima de todas las clases de la sociedad.

A pesar de su demagogia, a menudo contradictoria y eufemística, ya que intentaba parecer todo a todos, Napoleón defendió el sistema de propiedad privada instaurado por la revolución burguesa.

No tenía alternativa, porque su base de apoyo era el campesinado, que constituía las filas del ejército. No les interesaban las reivindicaciones de los semiproletarios de París y querían conservar la propiedad privada de la tierra que les había concedido la revolución contra la monarquía.

A medida que la economía crecía, Napoleón pudo mantener tranquilas a las masas mientras consolidaba su poder. Defendió la revolución de boquilla, mientras liquidaba el régimen político que ésta había creado. Sólo mantuvo la nueva base económica del capitalismo, que había sustituido al feudalismo.

Tras asegurar su posición, recurrió a la fuerza bruta. Construyó una red de espías, reabrió las cárceles monárquicas, censuró la prensa, restauró la iglesia y se embarcó en aventuras militares y saqueos en el extranjero. Gobernó con la espada y en 1804 se coronó emperador. Todo esto se presentó como un hecho consumado y luego se votó mediante un «plebiscito» (referéndum), sin libertad de debate y sin que se presentaran alternativas.

Ninguna de estas medidas suponía un cambio fundamental del carácter burgués del régimen posrevolucionario. No hizo retroceder las principales conquistas de la revolución, como la abolición de la propiedad feudal y la redistribución de la tierra. Lo que Napoleón cambió fue el carácter político del régimen. Se convirtió en una dictadura en lugar de una democracia, con un vasto aparato estatal pagado tanto por la burguesía como por las masas.

Este es el arquetipo del bonapartismo, que Trotsky definió como «el gobierno burocrático-policial que se eleva por encima de la sociedad y que se mantiene sobre el equilibrio relativo entre los dos campos opuestos.», haciéndose pasar por «el árbitro imparcial» de la nación.

El hombre fuerte gobierna entonces por la fuerza desnuda, subordinando a todos a su poder ejecutivo, sin cambiar el carácter de clase fundamental del régimen. A menudo, la violencia se despliega contra miembros individuales de la clase dominante o determinadas partes de ella, así como contra las masas, ya que el régimen establece un equilibrio entre las clases.

El sobrino de Napoleón, Luis Bonaparte, siguió el ejemplo de su tío casi al pie de la letra, cuando derrocó la Segunda República Francesa mediante un golpe militar en 1851 y se proclamó emperador al año siguiente. 

En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx explicó cómo, en su lucha por sofocar a las masas tras la Revolución de 1848, la burguesía se vio obligada a desmantelar todos los órganos democráticos del Estado para evitar su captura por los «rojos» del Partido Socialdemócrata. Al mismo tiempo, la burguesía confirió cada vez más poder al brazo ejecutivo del Estado, encabezado por el presidente, Bonaparte, que finalmente fue «elevado sobre el pavés por una soldadesca embriagada, a la que compró con aguardiente y salchichón», como dijo Marx.

Aquellos soldados borrachos mataron a cientos de trabajadores que protestaban contra el golpe de Luis Bonaparte y detuvieron a decenas de miles, al tiempo que se instauraba una fuerte censura de prensa.

La violencia y la represión no sólo iban dirigidas contra los obreros, como explicó Marx: «Burgueses fanáticos del orden son tiroteados en sus balcones por la soldadesca embriagada, la santidad del hogar es profanada y sus casas son bombardeadas como pasatiempo, y en nombre de la propiedad, de la familia, de la religión y del orden».

La violencia contra miembros individuales de la burguesía y el saqueo llevado a cabo por los hombres de Bonaparte nunca amenazaron la naturaleza burguesa fundamental de la sociedad. Siempre se mantuvieron las relaciones de propiedad privada. Los miembros individuales de la clase burguesa no estaban necesariamente exentos de los efectos del dominio de la espada, pero la burguesía en su conjunto estaba dispuesta a tolerar las depredaciones de Luis Bonaparte si aseguraba el «Orden» y el fin del periodo de agitación revolucionaria que siguió a 1848.

La Rusia de Putin

Ni el régimen de Napoleón ni el de su sobrino sirven de modelo exacto. Cuando los marxistas describimos a regímenes como «bonapartistas», estamos hablando de una analogía con el régimen de Napoleón.

Existen ciertos paralelismos, por ejemplo, entre Napoleón Bonaparte y Vladimir Putin, aunque están lejos de ser una copia exacta.

La restauración del capitalismo en Rusia a principios de la década de 1990 fue un gran golpe contra las masas rusas. Provocó una orgía de gansterismo por parte de la emergente burguesía rusa. Se vendieron activos estatales y la corrupción penetró en todos los estratos de la sociedad. 

Bajo la presidencia de Boris Yeltsin, la degeneración de la clase capitalista y la miseria de los trabajadores eran tales que existía un riesgo real de que el descontento de las masas saliera a la superficie, como ocurrió en varias ocasiones. En respuesta, el régimen «democrático» de Yeltsin tomó medidas cada vez más represivas, llegando incluso a bombardear el Congreso ruso con los diputados aún dentro en 1993. 

Normalmente, los comentaristas liberales considerarían estos métodos más bien «autoritarios», pero curiosamente, en aquel momento Yeltsin fue elogiado como un valiente líder y defensor de la democracia en toda la prensa burguesa. La razón es sencilla: lejos de representar el dominio de la espada sobre todas las clases, la represión llevada a cabo por Yeltsin fue simplemente una espada en manos de la oligarquía capitalista, aunque en circunstancias particularmente inestables.

A medida que la crisis se prolongaba, no sólo Yeltsin, sino todo el establishment gobernante se volvió totalmente odioso a los ojos de las masas. Oleadas de huelgas y ocupaciones de fábricas barrieron el país entre 1996 y 1998, expresando una oposición militante a la restauración del capitalismo. Pero el inmenso potencial de este movimiento fue desaprovechado por los llamados dirigentes comunistas.

El fracaso de los trabajadores en su intento de derrocar el régimen no puso fin a la crisis y la inestabilidad que sacudían a la sociedad rusa. En condiciones tan desesperadas, la ley y el orden empezaron a quebrarse, y los secuestros y asesinatos de ricos empresarios se convirtieron en algo habitual. Esto aterrorizó a la nueva clase de «oligarcas» capitalistas, que se habían hecho multimillonarios saqueando la propiedad estatal.

Se necesitaba un «hombre neutral», alguien que protegiera la propiedad de los oligarcas sin estar tan estrechamente vinculado al imperialismo estadounidense y a la corrupción rampante en el Estado. Putin, antiguo agente del KGB y burócrata consumado, era ese hombre. Al principio no se impuso a la nación; fue elegido por un ala de la oligarquía y presentado al pueblo como una ruptura con el pasado. 

Putin llegó al poder a finales de la década de 1990, con la promesa a los oligarcas de que protegería su riqueza, siempre y cuando le apoyaran. Al mismo tiempo, asestó golpes públicos contra ciertos capitalistas rusos alegando corrupción, todo ello mientras se hacía pasar por «amigo del pueblo».

Se equilibró entre las clases contendientes, haciendo promesas y llamamientos demagógicos a ambas, todo ello mientras reforzaba su Estado y el aparato de seguridad para elevarlo por encima de la sociedad y dictar órdenes a todas las clases por igual.

La lucha de clases había alcanzado un cierto equilibrio, provocado por el agotamiento mutuo de las clases contendientes. La burguesía era débil e incapaz de gobernar directamente, mientras que las masas eran incapaces de tomar el poder. No se había llegado a esta situación de la misma manera ni por las mismas razones que en la Francia de Napoleón, pero el resultado final del estancamiento entre las clases era el mismo.

Esta situación no puede durar eternamente. Al final habrá que encontrar una salida a la crisis, y cuando no se pueda encontrar a través del gobierno político de una u otra clase, la encontrarán los «cuerpos especiales de hombres armados» que forman el Estado, con un ‘hombre fuerte’ a la cabeza. 

Poco después de su elección en 2000, se publicó un documento filtrado en el periódico Kommersant de Rusia. Se trataba de un proyecto para reforzar el aparato estatal ruso, con el fin de facilitar el gobierno de Putin.

El documento, denominado Revisión número Seis, establecía planes para ampliar el papel del Servicio Federal de Seguridad (FSB), recortar la independencia de los medios de comunicación y manipular los resultados electorales utilizando la vigilancia estatal y agentes encubiertos.

Esta ha sido la tónica de la Rusia de Putin en las dos últimas décadas. Sus oponentes políticos han sido detenidos e incluso asesinados. Ha amañado elecciones y ha pisoteado la Constitución rusa.

El aparato del Estado se ha reforzado enormemente bajo Putin a medida que éste consolida su control del poder. El Estado protege a la clase capitalista rusa, pero al mismo tiempo no está bajo su control. Esto es lo que hace que el régimen de Putin sea bonapartista.

Trump, Johnson y Bolsonaro

Pero si tomamos algunos de los otros regímenes enumerados por Rachman y nos preguntamos si se puede hacer la misma analogía con el régimen de Napoleón, nos encontramos con que no.

Donald Trump, Boris Johnson y Jair Bolsonaro no llegaron al poder gracias a un estancamiento en la lucha de clases. Los EE.UU., Gran Bretaña y Brasil ciertamente no habían experimentado terremotos en la lucha de clases como la Revolución Francesa de 1789, o la restauración del capitalismo en Rusia a principios de 1990.

De hecho, en el momento de sus elecciones, en los tres países, la clase obrera apenas se estaba poniendo en pie, flexionando sus músculos y preparándose para la lucha.

En EEUU, por ejemplo, el movimiento Black Lives Matter (BLM), que estalló tras el asesinato de George Floyd a manos de un policía de Minneapolis, fue uno de los mayores movimientos de masas de la historia de EEUU, y ocurrió durante la presidencia de Trump.

Del 26 de mayo al 22 de agosto de 2020, hubo más de 7.750 manifestaciones vinculadas a BLM en más de 2.240 lugares de todo el país. La fuerza del movimiento hizo que el Ayuntamiento de Minneapolis votara a favor de disolver por completo su propio departamento de policía.

Del mismo modo, en Brasil, millones de trabajadores fueron a la huelga el 14 de junio de 2019 contra los ataques del gobierno de Bolsonaro a las pensiones y la educación. Hubo manifestaciones en 380 ciudades de todo el país. Los intentos de Bolsonaro de convocar contramanifestaciones no reunieron a más de 20.000 personas en las principales ciudades.

Lejos de haber llegado a un punto muerto, la lucha de clases en estos países estaba sólo comenzando a calentarse. Por lo tanto, pintar a Trump, Johnson o Bolsonaro con la misma brocha que a Putin significa cometer un gran error de diagnóstico de la etapa por la que está pasando la lucha de clases en cada uno de estos países. 

Es cierto que, como individuos, Trump, Johnson y Bolsonaro estaban en cierto modo fuera del control de sus respectivas clases dominantes. Los tres hicieron llamamientos demagógicos a las masas, siendo al mismo tiempo miembros de la clase dominante. Había algunos elementos de equilibrio entre las clases en su retórica «anti-establishment».

Pero las motivaciones individuales de los líderes son solo una pequeña parte de la ecuación. Incluso el deseo por parte de Trump, Johnson o Bolsonaro de ser realmente un líder bonapartista no es suficiente para que lo sea. Depende del equilibrio de fuerzas de clase en la sociedad, y de la etapa por la que esté pasando la lucha de clases.

En los tres casos, el aparato del Estado, y en particular los cuerpos armados de hombres que constituyen el núcleo del Estado, permanecieron firmemente bajo el control de la clase dominante, no de los poco fiables inconformistas de la Casa Blanca, Downing Street o el Palácio da Alvorada.

En 2019, Boris Johnson suspendió el Parlamento británico. Se saltó el procedimiento constitucional democrático para forzar la aprobación de la legislación del Brexit, una decisión que fue anulada por el Tribunal Supremo.

Del mismo modo, Bolsonaro llenó su gobierno de figuras militares, incluidos generales en activo y otros mandos militares. Amenazó con que los militares realizarían su propio recuento en las elecciones presidenciales de 2022, debido a una supuesta parcialidad entre el poder judicial y los tribunales electorales. 

Mientras tanto, Trump acosaba a los periodistas que no le gustaban, incluso revocándoles sus pases de prensa, y pedía que se anulara la Constitución estadounidense. Al igual que Bolsonaro, también se le acusa de intentar manipular los resultados electorales.

Está claro que estas figuras no son demócratas burgueses clásicos. Bolsonaro ve la dictadura militar de Brasil con nostalgia, y Trump admira abiertamente el régimen bonapartista de Putin. Sin embargo, un hombre no hace un régimen. 

A pesar de su desprecio por las normas democráticas burguesas, Johnson, Trump y Bolsonaro gobernaron dentro de sus límites. Ninguno de sus regímenes puede calificarse de gobierno por la espada.

Cuando Luis Bonaparte se enfrentó a la perspectiva de perder la presidencia de la Segunda República Francesa por medios constitucionales, lanzó un golpe militar, tras haberse asegurado la lealtad tanto del jefe del Estado Mayor como de la mayoría de la tropa. Bolsonaro y Trump, por otro lado, cuando se enfrentaron a un problema similar, incitaron a una turba armada de partidarios, que luego trataron de asaltar edificios gubernamentales. Pero en ambos casos fueron rápida y decisivamente aplastados por las fuerzas armadas del Estado, que permanecieron firmemente bajo el control de la clase dominante. 

La debilidad de estos «intentos de golpe» demostró lo poco que Trump y Bolsonaro podían confiar en las fuerzas de la violencia organizada para su apoyo, por mucho que lo desearan. En el caso de la aventura particular de Trump, es dudoso que esperara que su turba de partidarios llegara siquiera al Capitolio. Tampoco lo esperaban los propios «insurgentes», a juzgar por la forma en que deambulaban sin rumbo por los pasillos, saqueando máquinas expendedoras y haciéndose selfies.

Calificar a un régimen de bonapartista es considerarlo una dictadura, dentro de diversos grados de severidad. Esto claramente no se aplica a los regímenes de Trump, Bolsonaro o Johnson. No había posibilidad alguna de que pudieran establecer un régimen así cuando estaban en el poder. La razón de esto es precisamente lo que Rachman no nota, o ignora deliberadamente: el equilibrio de fuerzas de clase en esos países.

Perspectivas del bonapartismo hoy

Gideon Rachman afirma que nos encontramos en la «Era de los líderes autoritarios» y pinta un panorama catastrofista de un país tras otro que caen víctimas de líderes bonapartistas que amenazan con acabar para siempre con la democracia liberal.

Esta es una idea que repiten como loros muchos de los comentaristas de la llamada izquierda. Pero es muy inexacto y perezoso declarar simplemente que todo gobierno que no nos gusta es «autoritario», o incluso «fascista». Además, esta pereza conduce a un pesimismo ansioso, típico de quienes no comprenden el papel y el poder de la clase obrera. Semejante pesimismo y dejadez no contribuyen en nada a nuestra comprensión de los diferentes regímenes en cuestión. Y sin comprenderlos, no tenemos ninguna posibilidad de derrocarlos. 

De hecho, el carácter de la época actual a escala mundial es de revolución y contrarrevolución , marcada por una tormentosa lucha de clases.

La lucha de clases se está intensificando debido a la crisis sin precedentes en la que se encuentra el sistema capitalista. La Directora Gerente del FMI, Kristalina Georgieva, declaró en octubre de 2022 que el anterior periodo de relativa estabilidad, bajos tipos de interés y baja inflación está dando paso a otro en el que «cualquier país puede descarrilar con mayor facilidad y frecuencia». 

Añadió, significativamente:

«Estamos experimentando un cambio fundamental en la economía mundial, de un mundo de relativa previsibilidad… a un mundo con más fragilidad: mayor incertidumbre, mayor volatilidad económica, enfrentamientos geopolíticos y catástrofes naturales más frecuentes y devastadoras.»

La profundidad de esta crisis está provocando una inmensa inestabilidad en todos los niveles de la sociedad. Los regímenes democráticos liberales están entrando en crisis debido a la polarización que se está produciendo entre las masas y a las escisiones que están surgiendo dentro de la propia clase dirigente. Son estos fenómenos, y no simplemente el «autoritarismo», los que explican la aparición de gobiernos poco fiables e inestables, como los de Johnson y Trump. Lo que muestran no es el inevitable descenso de la sociedad a un régimen bonapartista, sino el debilitamiento de la clase dominante y de su régimen.

Al mismo tiempo, la crisis está provocando un agudo recrudecimiento de la lucha de clases en un país tras otro. Y en muchos países de todo el mundo la clase obrera está invicta y dispuesta a luchar.

Incluso en países con regímenes bonapartistas arraigados, como Irán por ejemplo, no se trata de dictadores recién impuestos que presiden sobre una clase obrera postrada y derrotada. Más bien, en el caso de Irán, el régimen surgió de la derrota de la revolución de 1979, de la que la clase obrera se ha recuperado claramente.

El movimiento de masas desencadenado a finales de 2022 por el asesinato de una joven, Mahsa Amini, a manos de la policía de la moralidad, sacudió al régimen iraní hasta sus cimientos. Y no es más que el último temblor de una andanada de terremotos que estallan cada vez con más fuerza desde 2018 bajo los pies de los bonapartistas reaccionarios que gobiernan el país.

En Rusia, la popularidad de Putin se vio tan sacudida por la crisis económica que se prolonga desde 2015, que el régimen acabó por dejar de publicar encuestas de aprobación. En estas circunstancias, Putin intensificó las medidas represivas y ha utilizado la guerra de Ucrania para aglutinar a la población en torno a él. Estos no son síntomas de un régimen estable, que gobierna sobre una clase trabajadora exhausta. Por el contrario, son indicios de que la base del régimen está siendo socavada por una creciente inestabilidad, lo que anticipa una lucha de clases aún mayor en un futuro no muy lejano.

La concentración de poder de Xi Jinping en China también expresa precisamente la misma inestabilidad en los cimientos del régimen del PCCh, que ya no confía en poder gobernar con los mismos métodos del pasado.

En todos los países, el principal obstáculo en el camino de la revolución no es el impresionante poder de los «hombres fuertes», sino la débil y cobarde dirección de la clase obrera.

En todas partes, la clase dominante intenta aumentar sus medios de represión ante la cólera de las masas. Lo que esto demuestra es que todos los Estados capitalistas, ya sean dictaduras o democracias, deben defender el sistema capitalista, y hoy en día, todos los regímenes del planeta son menos seguros que en el pasado. Pero al menos en los países capitalistas avanzados, la clase dominante se muestra extremadamente cautelosa ante cualquier movimiento en la dirección del gobierno por la espada, que provocaría una reacción violenta entre las masas de trabajadores. En todo caso, haría más probable una revolución, no menos, y los representantes más sobrios de la clase capitalista lo saben.

Sin embargo, esta perspectiva no debe hacernos caer en la autocomplacencia. En condiciones de crisis capitalista extrema, por un lado, y de falta de una dirección revolucionaria de la clase obrera, por otro, pueden surgir todo tipo de fenómenos. Si la clase dominante no puede estabilizar su dominio debido a la crisis y se impide a los trabajadores tomar el poder y resolver la crisis por medios socialistas, es posible que el ejecutivo comience a elevarse por encima de la sociedad de forma bonapartista. 

León Trotsky analizó los regímenes de entreguerras de Francia y Alemania y los caracterizó de esta manera. Explicó que el gobierno de Doumergue en Francia, que llegó al poder a la cabeza de un «Gobierno de Unión Nacional» en 1934 y empezó a gobernar fuera del control del parlamento, era bonapartista. En sus propias palabras: 

Debido al relativo equilibrio entre el campo de la contrarrevolución que ataca y el de la revolución que se defiende, debido a su temporaria neutralización mutua, el eje del poder se elevó por encima de las clases y de su representación parlamentaria

Pero mientras que el régimen de Napoleón se basaba en el agotamiento mutuo de las clases, el «equilibrio relativo» que sustentaba el gobierno de Doumergue se basaba en la anticipación de la revolución en un momento de profunda crisis capitalista. De hecho, la furiosa tormenta de la crisis económica, social y política a la que se enfrentaba aquel régimen lo inundó y hundió en nueve meses, en medio del tumulto de huelgas generales y amenazas de guerra civil.

El surgimiento de regímenes estables, ya sean democráticos liberales o bonapartistas, no está en el orden del día. Más bien son la inestabilidad y la crisis las que aumentan en todas partes.

Martin Wolf, comentarista económico en jefe del Financial Times británico, ha señalado un «aumento del número de lo que Polity IV denomina ‘anocracias’: países con gobiernos incoherentes, inestables e ineficaces. El número de anocracias ha pasado de 21 en 1984 y 39 en 1989 a 49 en 2016».

Los regímenes bonapartistas se levantan haciendo equilibrios entre las principales clases contendientes cuando se ha alcanzado un equilibrio en la lucha de clases. Pero es probable que cualquier equilibrio en el próximo período sea extremadamente inestable. En la medida en que la tormenta y la tensión de la lucha de clases hagan surgir regímenes que muestren algún rasgo bonapartista, éstos serán probablemente precarios y de corta duración. Como dijo Trotsky: «el bonapartismo no puede lograr la estabilidad en tanto que el campo de la revolución y el campo de la contrarrevolución no hayan medido sus fuerzas en la batalla».

También hay que destacar que en la década de 1930, incluso países capitalistas poderosos como Francia y Alemania tenían un campesinado grande. Hoy en día, en gran parte del mundo, la correlación de fuerzas de clase se inclina mucho más firmemente a favor de la clase obrera. 

Numéricamente, nunca ha habido más trabajadores en el planeta que hoy, como consecuencia de la proletarización del campesinado y la pequeña burguesía en muchos países. Según el Banco Mundial, por ejemplo, el 56% de la población mundial -4.400 millones de personas- vive actualmente en ciudades, y la inmensa mayoría de ellos son trabajadores. La base social de la reacción y del bonapartismo, sobre la que se apoyaba, por ejemplo, el régimen de Napoleón, se ha ido reduciendo.

En los países capitalistas avanzados, el campesinado ha sido completamente erradicado. Esto hará aún más difícil establecer incluso un régimen bonapartista relativamente inestable, lo que significa que nos enfrentamos a un prolongado período de revolución y contrarrevolución, en el que la clase obrera tendrá varias oportunidades de tomar el poder. 

Cómo luchar contra el bonapartismo

Sin embargo, querer luchar contra cualquier rastro de tendencias autoritarias es un instinto saludable de muchos trabajadores y jóvenes. La pregunta a la que debemos responder es cómo pueden defenderse y conquistarse los derechos democráticos por parte de la clase trabajadora.

Hay algunos de los llamados «izquierdistas» que buscan protección en una alianza con los liberales burgueses. A los liberales, como Gideon Rachman por ejemplo, no les gusta el gobierno de la espada, o eso dicen. Prefieren las instituciones democráticas liberales, como la mejor forma de defender la propiedad privada y los intereses de la burguesía. Por lo tanto, concluyen algunas organizaciones y comentaristas de la izquierda, debemos formar un «frente unido» lo más amplio posible contra las tendencias «autoritarias» o incluso «fascistas» de personas como Trump, Bolsonaro, Johnson, etc.

Pero es precisamente el dominio directo de la burguesía liberal lo que ha dado lugar a estos gobiernos populistas. Son los liberales los que han llevado a cabo la austeridad y han aprobado leyes antisindicales. Además, la historia nos muestra una y otra vez que, a la hora de la verdad, ante la perspectiva del derrocamiento revolucionario del capitalismo, los liberales burgueses se arriesgarán con un aspirante a dictador que prometa mantener el capitalismo, en lugar de entregar el poder a los trabajadores. Fue sobre esta base que la revista amante de la libertad Economist apoyó el establecimiento de la viciosa dictadura de Pinochet en Chile, por ejemplo.

Marx lo explica brillantemente en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Muestra cómo los liberales burgueses, ante la creciente oleada de lucha de la clase obrera, entregaron gradualmente más y más poder a Luis Bonaparte en nombre del «restablecimiento del orden» en la sociedad.

Escribe, para resumir la conclusión de este proceso: «Así aplaude la burguesía industrial con su reclamación más servil el golpe de Estado del 2 de diciembre, la aniquilación del parlamento, el ocaso de su propia dominación, la dictadura de Bonaparte.»

Lo que esto nos enseña es que no se puede combatir contra el bonapartismo con la democracia liberal.

El planteamiento marxista, cuando la lucha de clases se encuentra en un estado convulso de frágil equilibrio, es presionar para que se resuelva ese equilibrio a favor de la clase obrera. Al romper el estado de equilibrio, impedimos que un bonapartista pueda equilibrarse entre las clases y elevarse por encima de la lucha de clases utilizando el poder de la espada.

Esto fue lo que ocurrió en Rusia entre febrero y octubre de 1917. El régimen de Kerensky, que tomó el poder tras la Revolución de Febrero que derrocó al zar, intentaba convertirse en un régimen bonapartista.

Los trabajadores estaban en marcha, pero en febrero tenían líderes débiles en los Soviets que no estaban dispuestos a la toma del poder por la clase obrera. Por otro lado, la burguesía era demasiado débil para mantenerse en el poder.

Kerensky prometió el mundo a ambos bandos de la lucha de clases, maniobrando entre ellos y tratando de apoyarse en el ejército. En lugar de unirse a las maniobras, o buscar la dirección de los liberales como hicieron los mencheviques, Lenin, Trotsky y los bolcheviques establecieron una posición obrera independiente, resumida en la consigna: «Todo el poder a los soviets».

Lenin explicó en su momento: «El gabinete de Kerensky es sin duda un gabinete que está dando los primeros pasos hacia el bonapartismo». Añadió que «sería estúpido filisteísmo abrigar ilusiones constitucionalistas», argumentando en cambio que era necesario “empezar una verdadera y resuelta lucha por derrocar el bonapartismo, una lucha conducida en una gran escala política y basada en los intereses de clase de largo alcance».

Fue esta inequívoca línea proletaria independiente la que inclinó el inestable equilibrio a favor de los trabajadores e impidió que Kerensky, o cualquier otro aspirante a dictador, estableciera un régimen bonapartista.

El bonapartismo sólo puede combatirse con la lucha independiente de la clase obrera por el poder, no con la colaboración de clases. Los terribles acontecimientos que están teniendo lugar en Sudán mientras se escribe este artículo ofrecen una importante advertencia a este respecto .

Esta es una lección para los trabajadores de todo el mundo. En Rusia o China, por ejemplo, los marxistas no tenemos nada en común con la burguesía liberal, que se lamenta de la falta de democracia burguesa. Tampoco defendemos una política de colaboración de clases, que nos haría alinearnos con los liberales burgueses.

Abogamos por una lucha independiente de la clase obrera contra estos regímenes, que se base en los métodos revolucionarios y en la fuerza de las masas, dirigidas por el proletariado. Bajo un régimen bonapartista, esta lucha puede recurrir a reivindicaciones y consignas democráticas, pero insistimos en que sólo la clase obrera puede garantizarlas.

Esta política proletaria independiente es el eje sobre el que se construye un partido revolucionario. Es la más alta responsabilidad de los marxistas desarrollar tal política y construir un vehículo, en la forma de un partido revolucionario, para llevarla al movimiento obrero. Sólo así triunfará nuestra lucha contra el bonapartismo, el capitalismo y la sociedad de clases.

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