El «subconsumo» y la teoría marxista de la crisis

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«¿Qué quiso decir Marx al referirse a las contradicciones del capitalismo?» pregunta Samuel Brittan, el economista de derechas que escribe en el Financial Times. “Básicamente, que el sistema produjo un flujo de bienes y servicios en constante expansión, que una población proletaria empobrecida no podía permitirse comprar. Hace unos 20 años, tras el desmoronamiento del sistema soviético, esto habría parecido anticuado. Pero hoy necesita otra mirada, ante el aumento en la concentración de riqueza e ingresos”[1].

Con el regreso de la crisis capitalista, ha habido un renovado interés por la teoría económica marxista. Incluso los economistas burgueses se han visto obligados cada vez más a comentar las ideas de Marx, aunque solo sea para descartarlas. No pasa un día sin alguna referencia a Marx en la prensa financiera. No es sorprendente que este mayor interés haya servido para centrarse en la teoría de la crisis de Marx.

Este interés ha servido para revivir la controversia en torno a la explicación «subconsumista» de la crisis, que, en términos generales, asocia las dificultades del capitalismo, especialmente en condiciones de crisis, con una falta de demanda en la economía. Según esta teoría, el capitalismo tiene una tendencia interna a producir mucho más de lo que puede ser absorbido por el consumo. La teoría moderna del «subconsumo» se identifica estrechamente con John Maynard Keynes, quien creía que el problema de la falta de demanda «efectiva» podría resolverse mediante la intervención del Estado a través de la financiación del déficit público.

Las teorías del «subconsumo» a menudo se confunden con las ideas de Marx. Pero aquéllas difieren con lo que en su día explicó Marx. Si bien el subconsumo ciertamente existe para las masas, como puede atestiguar cualquier trabajador, no es la causa directa de la crisis capitalista.

La idea del «subconsumo» como causante de la crisis es anterior a Keynes e, incluso, es anterior a Marx. Se puede encontrar en los escritos de los grandes socialistas utópicos, como Robert Owen. Sin embargo, los defensores más conocidos de estos puntos de vista fueron Jean Charles Sismondi (1773-1842), Thomas Malthus (1766-1834) y Johann Karl Rodbertus (1805-1875).

Jean Charles Sismondi propuso la versión más consistente y desarrollada de la teoría, así como la menos vulgarizada. Como señaló Engels: «La explicación de las crisis por el «subconsumo » tiene su origen en Sismondi, y en su exposición todavía tenía un cierto significado»[2]. Este «cierto significado» también fue reconocido por Marx, como se puede ver en sus escritos sobre el tema.

La principal obra de Sismondi, Nuevos principios de economía política, se publicó en 1819. En este libro sostenía que las crisis generales se debían al exceso de capacidad, que a su vez se debía a la separación de los valores de cambio de las mercancías de las necesidades y deseos de la sociedad.

Según Sismondi, la sobreproducción de productos no surgía del exceso de satisfacción general de las necesidades humanas, sino de la mala distribución del ingreso y de la pobreza de las masas, lo que resultaba en una demanda insuficiente en la sociedad. En resumen, la clase trabajadora no recibía suficientes salarios para comprar los bienes que producían, lo cual es siempre el caso bajo el capitalismo.

La ley de Say

Aunque su visión era unilateral, Sismondi no estaba completamente equivocado en esta suposición. De hecho, hizo un gran número de observaciones correctas, que también fueron aceptadas por Marx. Fue Sismondi, por ejemplo, quien señaló el error de Jean Baptiste Say (respaldado por James Mill y David Ricardo) de que cada vendedor genera su comprador correspondiente («Ley de Say») y, por lo tanto, consideraban imposible la sobreproducción generalizada. Según ellos, la economía siempre llegaría al equilibrio, lo que claramente no era el caso. Esta vulgar «teoría» del equilibrio es el origen real de la «hipótesis del mercado eficiente», que afirmaba que la economía sin ayuda alcanzaría un estado óptimo. Este fue el credo de la economía política contemporánea, hasta que su falsedad quedó expuesta por el mayor colapso de las fuerzas productivas desde hace  generaciones en 2008-2009.

A diferencia de algunos economistas burgueses que rechazaron las crisis, como J.B Say, Sismondi entendió que la crisis era inherente al proceso de producción de mercancías. Sin embargo, su comprensión de la naturaleza real de la crisis capitalista, aunque más avanzada, era limitada y bastante unilateral. No llegó a vislumbrar la naturaleza real y las contradicciones centrales del capitalismo, aunque claramente estaban presentes. A pesar de sus defectos, Marx le rindió homenaje y lo consideró un pensador original que, de entre los economistas clásicos, se esforzaba por comprender el capitalismo y su tendencia a la crisis. En este sentido, estaba por encima de David Ricardo, el destacado representante de la economía política clásica burguesa.

«Sismondi es profundamente consciente de las contradicciones en la producción capitalista», escribió Marx, «es consciente de que, por un lado, sus formas –sus relaciones de producción– estimulan  el desarrollo sin restricciones de las fuerzas productivas y de la riqueza; y que, por otro lado, estas relaciones son condicionales, que sus contradicciones entre el valor de uso y el valor de cambio, entre mercancía y dinero, entre la compra y la venta, producción y consumo, capital y trabajo asalariado, etc., asumen dimensiones cada vez mayores a medida que se desarrolla el poder productivo».

Marx continúa: “Es particularmente consciente de la contradicción fundamental: por un lado, entre el desarrollo irrestricto de las fuerzas productivas y el aumento de la riqueza que, al mismo tiempo, consiste en mercancías y que debe convertirse en dinero; Por otro lado, el sistema se basa en el hecho de que el consumo de la masa de productores está restringido a sus necesidades. Por lo tanto, según Sismondi, las crisis no son accidentales, como sostiene Ricardo, sino brotes esenciales, que ocurren a gran escala y en períodos definidos, de las contradicciones inherentes»[3].

Si bien reconoció la gran contribución de Sismondi, Marx aún era consciente de sus deficiencias y limitaciones, como en todos los economistas clásicos:

“[Sismondi] critica enérgicamente las contradicciones de la producción burguesa pero no las comprende y, en consecuencia, no comprende el proceso por el cual pueden resolverse. Sin embargo, en el fondo de su argumento está la idea de que las nuevas formas de apropiación de la riqueza deben corresponder a las fuerzas productivas y las condiciones materiales y sociales para la producción de riqueza que se han desarrollado dentro de la sociedad capitalista; que las formas burguesas son solo formas transitorias, en las cuales la riqueza solo alcanza una existencia antitética y aparece en todas partes simultáneamente como su opuesto»[4].

Malthus

Thomas Malthus no agregó nada nuevo a lo que Sismondi ya había escrito. Malthus, el archi-divulgador y apologista reaccionario, intentó utilizar estos argumentos para justificar los intereses de «la aristocracia, la Iglesia, los saqueadores de impuestos, los lamebotas, etc.». Marx acusó a Malthus de plagiar el lado débil de Adam Smith y de caricaturizar a Sismondi[5].

Marx desarrolló sus propias ideas acerca de la crisis capitalista sobre la base de un estudio y una crítica muy exhaustivos de todos los economistas clásicos, especialmente de sus representantes principales, entre otros, Adam Smith y David Ricardo. Si bien Marx no logró escribir un libro específico sobre la crisis capitalista, su teoría de la crisis está presente en todos sus escritos económicos, especialmente en El Capital y en Teorías sobre la plusvalía.

Tasa de beneficios

Algunas personas atribuyen falsamente a la tendencia a la disminución de la tasa de beneficios la causa real de la crisis capitalista, pero esto no es correcto y Marx nunca lo reconoció como tal. Si bien es sin duda una tendencia importante bajo el capitalismo, opera como una tendencia a largo plazo que afecta al sistema. Marx expresó en términos muy precisos que los factores compensatorios transformaron esta ley en una tendencia, describiéndola únicamente como «esta ley de doble filo». Y añadió: «La ley opera, por lo tanto, simplemente como una tendencia, cuyo efecto es decisivo solo bajo ciertas circunstancias particulares y sobre periodos largos»[6].

Ha habido largos períodos en los que la tasa de beneficios disminuía. Ese fue el caso hacia el final del largo período de auge capitalista que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Pero también hubo largos períodos en los que la tasa de beneficios aumentó como en los últimos 30 años. Por lo tanto, tenemos que buscar en otro lado una explicación de la crisis, que Marx revela en sus extensos escritos sobre economía política.

En su obra, Teorías sobre la plusvalía, descrita por Engels como el cuarto volumen del Capital, Marx da una idea clara de la contradicción fundamental a la que se enfrenta el capitalismo:

«El hecho de que la producción burguesa se ve obligada por sus propias leyes inherentes, por un lado, a desarrollar las fuerzas productivas como si la producción no tuviera lugar sobre una base social estrecha y restringida, mientras que, por otro lado, puede desarrollar estas fuerzas solo dentro de estos límites estrechos, es la causa más profunda y más oculta de las crisis, de las contradicciones clamorosas dentro de las cuales se lleva a cabo la producción burguesa y que, incluso a simple vista, la revelan solo como una forma histórica de transición.

«Sismondi capta esto de manera bastante cruda pero no obstante correcta, por ejemplo, como una contradicción entre la producción por la producción misma y la distribución que hace imposible el desarrollo absoluto de la productividad»[7].

Marx declaró en numerosas ocasiones que la causa última de la crisis capitalista es la sobreproducción. Pero no la sobreproducción en relación con lo que la gente necesita o quiere consumir. En una economía de mercado, la sobreproducción se refiere solo a lo que se puede vender de manera rentable. «Los ingleses, por ejemplo, se ven obligados a prestar su capital a otros países para crear un mercado para sus productos», explicó Marx.

«La sobreproducción, el sistema de crédito, etc., son medios por los cuales la producción capitalista busca romper sus propias barreras y producir más allá de sus propios límites… De ahí surgen las crisis, que simultáneamente la impulsan hacia adelante y más allá [de sus propios límites] y la obligan a ponerse botas de siete leguas, para alcanzar un desarrollo de las fuerzas productivas que solo puede lograrse muy lentamente dentro de sus propios límites»[8].

Marx reitera este punto una y otra vez a lo largo de sus escritos. “La sobreproducción está específicamente condicionada por la ley general de la producción de capital: producir hasta el límite establecido por las fuerzas productivas, es decir, explotar la cantidad máxima de trabajo con la cantidad de capital dada, sin ninguna consideración por los límites reales del mercado o las necesidades respaldadas por la capacidad de pago»[9].

Proceso de reproducción

Una vez más, en el segundo volumen de El Capital, Marx explica: “El volumen de la masa de mercancías creada por la producción capitalista está determinado por la escala de esta producción y sus necesidades de expansión constante, y no por un ámbito predestinado de oferta y demanda, de necesidades para ser satisfechas. Además de otros capitalistas industriales, la producción en masa solo puede tener comerciantes mayoristas como compradores inmediatos. Dentro de ciertos límites, el proceso de reproducción puede continuar en la misma escala o en una escala ampliada, a pesar de que las mercancías expulsadas no ingresan en el consumo individual o productivo. El consumo de mercancías no está incluido en el circuito del capital del que surgen. Tan pronto como se vende el hilo, por ejemplo, el circuito del valor de capital representado en el hilo puede comenzar de nuevo, al principio independientemente de lo que suceda con el hilo cuando se vende. Mientras el producto se venda, todo seguirá su curso normal, en lo que respecta al productor capitalista. El circuito del valor del capital que representa no se interrumpe.”

Marx explica que esta expansión permite que se complete todo el proceso de reproducción. Sin embargo, se acumulan y quedan sin vender mercancías en manos de comerciantes minoristas que permanecen en el mercado:

“Una oleada de mercancías sigue a la otra, hasta que por último se comprueba que la oleada anterior no ha sido absorbida por el consumo más que en apariencia. Los capitales en mercancías se disputan unos a otros el lugar que ocupan en el mercado. Los rezagados, para vender, venden por debajo del precio. Aún no se han liquidado las oleadas anteriores de mercancías, cuando vencen los plazos para pagarlas los que las tienen en su poder se ven obligados a declararse insolventes o a venderlas a cualquier precio para poder pagar. Estas ventas no tienen absolutamente nada que ver con el verdadero estado de la demanda. Tienen que ver únicamente con la demanda de pago, con la necesidad absoluta de convertir las mercancías en dinero. Es entonces cuando estalla la crisis. Esta se manifiesta, no en el descenso inmediato de la demanda de tipo consuntivo, de la demanda para el consumo individual, sino en el descenso del intercambio de unos capitales por otros, del proceso de reproducción del capital[10].

El mismo punto se reitera nuevamente en el volumen tercero del El Capital, donde (una vez más) Marx enfatiza la contradicción fundamental del modo de producción capitalista: “La razón suprema de toda verdadera crisis sigue siendo la pobreza y las limitaciones de consumo de las masas frente a la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si no tuviesen más límite que la capacidad absoluta de consumo de la sociedad”[11].

Sobreproducción

Algunas personas «inteligentes» han tratado de sortear esta explicación clara de la crisis al afirmar que esta declaración de Marx era una frase aislada, una «descripción» o «simplemente un comentario descartable». Pero, incluso el examen más superficial de sus escritos muestra que este no es el caso. Lejos de ser un comentario aislado y accidental, esta explicación es, de hecho, absolutamente central en la teoría de la crisis de Marx. Esta es una teoría basada, no en la teoría del «subconsumo», que en el mejor de los casos es completamente unilateral, sino en la contradicción central de la sobreproducción bajo el capitalismo. Marx y Engels ya habían aludido a esta causa en el Manifiesto Comunista, donde la sobreproducción se describe como una epidemia, «que, en épocas anteriores, habría parecido absurda: la epidemia de la sobreproducción».

No fue otro que el revisionista Eugene Dühring, quien tomó prestada y vulgarizó la explicación de crisis «subconsumista», que presentó en oposición a la teoría de la sobreproducción de Marx. Engels señaló: «Rodbertus la tomó de Sismondi, y Herr Dühring a su vez la ha copiado, con su habitual frivolidad, de Rodbertus»[12].

Le correspondió a Engels, asistido por Marx, refutar las ideas falsas del profesor Dühring, incluida la idea del «subconsumo». La respuesta fue tan completa que la serie de artículos publicados en la prensa alemana del partido, pronto se convirtió en un libro titulado Anti-Dühring, que apareció por primera vez en 1878, y que se ha establecido como uno de los clásicos fundamentales de la teoría marxista.

Es significativo que cuando se trata de la crisis capitalista, la explicación en Anti-Dühring no contiene ni una sola referencia a la tendencia a la caída de la tasa de beneficios. Ni una sola palabra aislada, ni siquiera se puede encontrar un «comentario desechable» sobre el tema. A algunos académicos «marxistas» les incomoda extremadamente este silencio. ¡tanto que incluso han tratado de argumentar que las opiniones de Engels no coincidían con las de Marx, en otras palabras, que Engels no era realmente un marxista!

A este respecto, cabe mencionar al profesor M.C. Howard y al profesor titular de economía, J.E. King, quienes nos informaron en su Historia de la economía marxista que Engels «interpretó las ideas de Marx a su propia manera distintiva» y «cómo Marx, no logró proporcionar una teoría coherente de la crisis económica». Estos críticos eruditos nos dicen: «De hecho, al descuidar la tendencia a la disminución de la tasa de beneficios, renunció a un aspecto importante de la teoría de la crisis de Marx, aunque casi todos los economistas marxistas lo secundaron hasta 1929». Llegan a la conclusión de que «la controversia aún existe en cuanto a si su propio pensamiento posterior [de Engels] constituye un ‘Engelsismo’ distinto que, con su determinismo y su aplicación del razonamiento científico natural al estudio de la historia humana, es independiente y antagonista de la propia filosofía de Marx y sus métodos de análisis … Se podría concebir que Engels hubiera tomado una decisión consciente de suprimir los escritos de Marx con cuya orientación humanista no simpatizaba (para la década de 1880)»[13].

Estas son acusaciones infundadas, que no tienen nada que ver con la verdad, sino que se imparten en las universidades como muchos chismes baratos. Forman parte del mundo académico, que está divorciado del marxismo pero intenta dejar su huella fabricando diferencias entre Marx y Engels. Es posible que se hayan leído todos sus libros, pero sus puntos de vista no son de mucha utilidad para los marxistas ni para cualquier otra persona que busque una explicación científica.

Pero, ¿podría ser cierto, como se sugiere, que Engels malinterpretó o tergiversó los puntos de vista de Marx sobre economía, en este caso en su obra clásica Anti-Dühring? No, no es cierto, y por una muy buena razón: aunque este libro fue escrito por Engels, los borradores completos fueron leídos y aprobados por Marx, quien también contribuyó con una sección completa. ¿Qué sección escribió Marx? Si bien Engels se concentró en filosofía, historia y ciencia, fue el propio Marx, como admitió Engels, quien escribió una larga sección sobre teoría económica en Anti-Dühring.

Dado que este libro fue escrito más de una década después de la publicación de los borradores de El Capital, y unos cinco años antes de la muerte de Marx, la sección sobre economía en Anti-Dühring puede tomarse como los pensamientos finales de Marx sobre la crisis capitalista. Y ciertamente, fue esto lo último que escribió sobre el tema.

Anti-Dühring

Veamos lo que Engels (y Marx) escribieron en Anti-Dühring.

«Hemos visto cómo, a través de la anarquía de la producción en la sociedad, la extremada capacidad de perfeccionamiento de la maquinaria moderna se convierte, para el capitalista industrial, en una necesidad ineludible perfeccionar constantemente su propia maquinaria, de aumentar constantemente su capacidad de producción”, explica el autor. «La mera posibilidad fáctica de ampliar su ámbito de producción se transforma para él en una necesidad del mismo tipo. La enorme fuerza de expansión de la industria moderna, frente a la cual la de los gases es un cosa de niños, se manifiesta ahora como una necesidad de expansión, tanto cualitativa como cuantitativa, que se ríe de toda resistencia»[14].

Tras describir el crecimiento incesante de las fuerzas productivas en el capitalismo, impulsado por leyes compulsatorias, el autor explica a continuación la contradicción fundamental que asola al sistema capitalista: la continua avalancha de mercancías que finalmente se estrellan contra los límites del mercado.

«Tal resistencia está constituida por el consumo, por las ventas, por el mercado para los productos de la industria moderna», explica Engels. «Pero la capacidad de expansión de los mercados, tanto la extensiva cuanto la intensiva, se encuentra por de pronto dominada por leyes muy distintas y de acción bastante menos enérgicas». Aquí Engels (y Marx) describe una brecha que se abre entre la producción y el consumo, que operan a través d leyes diferentes, algunas más vigorosas que otras. “La expansión de los mercados no puede producirse al ritmo de la expansión de la producción. La colisión es inevitable, y como no puede conseguirse ninguna solución mientras no se vaya más allá del modo mismo de produción capitalista, la colisión se hace periódica. La producción capitalista origina un “nuevo círculo vicioso», explica Engels[15]. Él hace el mismo comentario en el Prefacio de El Capital de noviembre de 1886: «Mientras que la fuerza productiva crece en progresión geométrica, la expansión de los mercados avanza, en el mejor de los casos, conforme a una progresión aritmética.”

Entonces, ¿cuál es el carácter de las crisis bajo el capitalismo? Engels explica, «el carácter de estas crisis está tan claramente manifiesto que ya Fourier dio [en el clavo] cuando describió a la primera como crisis pletórica, una crisis de superabundancia»[16]. En otras palabras, eran crisis de sobreproducción.

Esto simplemente repite lo que Marx había explicado en otra parte.  Por ejemplo, en el volumen I de El Capital: «El enorme poder, inherente al sistema de fábricas, de expandirse a saltos, y la dependencia de ese sistema de los mercados del mundo, necesariamente engendran una producción febril, seguida de un excedente de los mercados, con lo cual la contracción de los mercados trae consigo la paralización de la producción. La vida de la industria moderna se convierte en una serie de períodos de actividad moderada, prosperidad, sobreproducción, crisis y estancamiento»[17].

Al explicar la teoría marxista de la crisis, Engels echa por tierra el intento de Eugene Dühring de explicar las crisis por el «subconsumo de las masas».  Engels establece una clara distinción entre el «subconsumo» (que siempre ha existido en la sociedad de clases, como resultado de la pobreza de las masas) y el fenómeno de la sobreproducción, que se aplica únicamente al capitalismo.

Valor de uso

Las sociedades precapitalistas eran economías naturales, basadas principalmente en la producción de valores de uso. El fenómeno de la sobreproducción era desconocido en estas sociedades, que sufrían el problema contrario, es decir, el problema del subconsumo derivado de la escasez de valores de uso, como resultado del bajo nivel de las fuerzas productivas y los desastres naturales (sequía, plaga, peste, etc.), así como de la guerra, a la que estas sociedades eran propensas.

La sobreproducción, entonces, es peculiar del capitalismo, y no existe en ninguna otra sociedad. Surge de las leyes anárquicas de la economía de mercado y de la producción de mercancías. En el capitalismo, las fuerzas productivas se han revolucionado hasta tal punto que podrían, si la producción se planificara y organizara racionalmente, satisfacer completamente las necesidades básicas de la sociedad. Han superado completamente al sistema capitalista y a la propiedad privada.

Sobre la base de un plan racional de producción, la productividad del trabajo, y con ella el nivel de vida de la inmensa mayoría, podría aumentar enormemente en un espacio de tiempo relativamente corto. El problema es que en el capitalismo la producción no está planificada racionalmente, sino que está orientada a la maximización del beneficio y dominada por las ciegas fuerzas del mercado. Aquí nos encontramos con la contradicción entre la producción social y la apropiación individual, donde los capitalistas se apropian de la riqueza producida por el trabajo social de la clase obrera.

La sobreproducción surge en el capitalismo porque el impulso ilimitado de expandir la producción periódicamente entra en colisión con los limitados confines de la economía de mercado. Mucha gente quiere y necesita cosas, pero no tiene dinero para comprarlas. Carecen de «demanda efectiva», según los economistas burgueses. Este extraño fenómeno de sobreproducción, en el que el exceso de mercancías, bienes producidos para la venta, no puede ser vendido, surge en última instancia del hecho de que la clase obrera no puede comprar el valor total de lo que produce. La plusvalía es el trabajo no remunerado de la clase obrera. Este estado de cosas es irracional desde cualquier punto de vista, pero surge de la anarquía de la economía de mercado y de la estructura de clases de la sociedad capitalista.

El «subconsumo» también existe bajo el capitalismo, como cualquier persona de la clase obrera puede testificar.  El valor excedente no puede provenir de máquinas o edificios, que simplemente transfieren su propio valor a las mercancías. Sólo el trabajo humano es capaz de producir un nuevo valor. La clase obrera recibe en salarios menos valor del que produce. Este trabajo no remunerado es la fuente de la plusvalía, y es apropiado por el capitalista. Los trabajadores nunca pueden comprar lo que producen ya que sólo reciben lo suficiente para mantenerse a sí mismos y a sus familias. Como explicó Marx, el problema no es explicar por qué hay crisis, sino por qué, como resultado, no hay crisis permanente bajo el capitalismo, empezando desde el primer día.

Sin embargo, el sistema capitalista sortea este problema de «demanda» insuficiente con la división de la economía en dos sectores principales: el sector I, que produce bienes de consumo, y el sector II, que produce bienes de capital (medios de producción).

«Un sector de los capitalistas produce bienes que son consumidos directamente por los trabajadores», explicó Marx, «otro sector produce ya sea bienes que sólo son consumidos indirectamente por ellos, en la medida en que, por ejemplo, forman parte del capital necesario para la producción de bienes de primera necesidad, como materias primas, maquinaria, etc., o bienes que no son consumidos en absoluto por los trabajadores, entrando sólo en los ingresos de los no trabajadores»[18].

Mientras la clase capitalista, que se apropia de la plusvalía, toma el excedente y lo reinvierte en más maquinaria nueva, edificios e infraestructura general, el sistema puede desarrollarse, pero sólo a costa de preparar el camino para una nueva crisis de sobreproducción. En otras palabras, el sistema capitalista crea su propio mercado a través de la interacción entre los dos sectores de la producción y supera temporalmente esta contradicción inherente. El único problema es que esta mayor capacidad produce aún más bienes de consumo, que finalmente no pueden ser vendidos, y tenemos una nueva crisis. Sin embargo, la destrucción de los valores del capital que surge de la crisis, sienta las bases para un nuevo período de auge, pero, a su vez, reproduce las contradicciones a un nivel superior. Esto toma la forma bajo el capitalismo de un ciclo de boom y de recesión.

Expansión ilimitada

La falta de poder adquisitivo de la clase obrera es, por lo tanto, sólo un lado de la ecuación. Más significativo es el continuo impulso del capitalista para la expansión ilimitada mediante la reinversión del excedente extraído del trabajo no remunerado de la clase obrera. Esta contradicción dialéctica se encuentra en el corazón del sistema capitalista. Este impulso incontrolado de acumular y producir, tarde o temprano alcanzará los límites del consumo. Aquí tenemos un sistema de producción por la producción misma, y de acumulación por la acumulación misma, como explicó Marx. Para vender esta avalancha de mercancías, el capitalista se ve obligado a reducir sus precios por debajo del precio de producción, lo que resulta en pérdidas, caída de los beneficios y probablemente en la bancarrota. Esto expulsa a los capitalistas más débiles y prepara el terreno para un nuevo auge, basado en una mayor tasa de beneficios.

«El subconsumo de las masas, la restricción del consumo de las masas a lo que sea necesario para su mantenimiento y reproducción, no es un fenómeno nuevo», explica Engels. «Ha existido desde que existen clases explotadoras y explotados». Sin embargo, la crisis de sobreproducción es un fenómeno nuevo, que ha surgido sólo bajo el modo de producción capitalista.  «Por lo tanto, aunque el subconsumo ha sido una característica constante durante miles de años», continúa Engels, sin embargo «nos dice tan poco por qué las crisis existen hoy como por qué no existían antes».

A continuación, explica la razón de la forma de producción capitalista, caracterizada por «la contracción general de los mercados que estalla en la crisis como resultado de un excedente de producción [que] es un fenómeno sólo de los últimos cincuenta años»[19].

La teoría marxista de la crisis se basa en una contradicción dialéctica: el impulso ilimitado de producir, que es exclusivo del modo de producción capitalista, combinado con el consumo limitado de las masas que surge de su posición social. En consecuencia, el capitalismo es como un hombre que corta la rama en la que está sentado. Crea y destruye al mismo tiempo el mercado, exprimiendo cada vez más el valor excedente de la clase obrera, mientras intenta mantener los salarios al mínimo. «La parte que cae en la cuota de la clase obrera (calculada por cabeza)», explica Engels, «o bien aumenta sólo lenta e insignificantemente o no aumenta en absoluto, y en ciertas circunstancias puede incluso caer»[20]. Esto a su vez se convierte en una barrera a la expansión del mercado y por lo tanto a la realización de la plusvalía, como estamos presenciando en este período de austeridad prolongada.

Bajar los salarios

Los capitalistas en su conjunto naturalmente quieren ver un mercado en expansión. Cada capitalista individual estaría encantado de ver a todos los competidores aumentar los salarios de sus trabajadores para impulsar la demanda. Sin embargo, cuando se trata de sus propios trabajadores, están decididos a mantener bajos los salarios para reducir los costos y aumentar las ganancias. Así que los capitalistas, impulsados por la competencia, terminan todos tratando de bajar los salarios y por lo tanto la demanda. «El producto gobierna a los productores», explica Engels[21]. Todos están atrapados en esta contradicción del capitalismo.

En una crítica a Dühring, Engels señala: «Se requiere una fuerte dosis de descaro arraigado para explicar el actual estancamiento total de los mercados de hilados y telas por el subconsumo de las masas inglesas y no por la sobreproducción que llevan a cabo los propietarios de las fábricas de algodón inglesas»[22].

Cabe señalar que esa opinión no tiene nada en común con las posiciones de varias escuelas de economistas burgueses conocidas como «subconsumistas», en particular los keynesianos.

El propio Marx había criticado el concepto de «subconsumo» como causa de la crisis en el volumen II de El Capital, escrito unos diez años antes del Anti-Dühring. El consumo por sí solo (o más bien la falta de él) no es la causa fundamental, explicó. Si así fuera, el problema podría resolverse aumentando el poder adquisitivo de las masas. Este es precisamente el falso argumento de los keynesianos. Marx responde a esto de la siguiente manera:

«Es una pura tautología decir que las crisis son causadas por la escasez de consumo efectivo, o e consumidores efectivos. El sistema capitalista no conoce otros modos de consumo que los efectivos. El hecho de que las mercancías sean invendibles significa únicamente que no se han encontrado compradores efectivos para ellas, es decir, consumidores (ya que las mercancías se compran en última instancia para el consumo productivo o individual)».

Continúa: «Pero si se intentara dar a esta tautología la apariencia de una justificación más profunda diciendo que la clase obrera recibe una porción demasiado pequeña de su propio producto y que el mal se remediaría tan pronto como recibiera una porción mayor de él y sus salarios aumentaran en consecuencia, sólo se podría observar que las crisis siempre se preparan precisamente en un período en el que los salarios aumentan en general y la clase obrera obtiene realmente una mayor porción de la parte del producto anual que se destina al consumo. Desde el punto de vista de estos defensores del sentido común sano y ‘simple’ (!), tal período debería más bien eliminar la crisis»[23].

En otras palabras, los salarios tienden a aumentar en el punto álgido de un boom, donde la mano de obra tiende a escasear, poco antes de una caída de la economía. Por lo tanto, la falta de demanda no puede considerarse la verdadera causa de la crisis de sobreproducción.

Son precisamente los keynesianos los que creen que las crisis se deben a la falta de «demanda efectiva» («subconsumo») y que los salarios o los gastos del Estado deben aumentarse para solucionar el problema. Los reformistas de izquierda a menudo presentan este argumento keynesiano como una solución a la crisis actual. Si bien es cierto que estamos a favor de aumentar los salarios, la idea de que esto resolverá la crisis del capitalismo es completamente errónea. De hecho, el aumento de los salarios simplemente se comerá los beneficios y empujará a los capitalistas a recortar la inversión y la producción, anulando así los efectos de esta medida. Es imposible crear demanda desde el aire. Las leyes del capitalismo están determinadas por un sistema de producción de mercancías, incluyendo la fuerza de trabajo. Pedir al Estado que «cree» la demanda es también una utopía. El intento de utilizar la imprenta para «crear» dinero, sin el respaldo de una producción extra, sólo servirá para alimentar la inflación y reducir los ingresos de los trabajadores. La otra forma de que el Estado aumente el gasto es tomar una tajada más de la plusvalía a través de los impuestos. Una vez más, esto significará o bien recortar los beneficios, lo que impedirá a los capitalistas invertir, o bien gravar a la clase obrera, lo que reducirá el consumo y, por tanto, la demanda. Si piden prestado (financiación del déficit) tendrán que devolverlo con intereses. A fin de cuentas, estas soluciones no hacen más que intensificar los problemas del capitalismo, no los resuelven. Se trata de un círculo vicioso.

“El mecanismo entero del modo de producción capitalista fracasa bajo la presión de las fuerzas productivas engendradas por él mismo”, afirma Engels.

Ya no puede convertir en capital todas esas masas de medios de producción. Yacen yermas, razón por la cual tiene que también que desaprovechar el ejército industrial de reserva. Los medios de producción, los medios de subsistencia, trabajadores disponibles, todos los elementos, en definitiva, de la producción y de la riqueza general, se encuentran en ese momento a disposición en abundancia.” Pero «la abundancia resulta ser una fuente de miseria y escasez» (Fourier), porque esa sobreabundancia es precisamente la que impide la transformación de los medios de producción y de vida en capital”[24].

Hacia el final de su vida, Engels volvió una vez más a tratar las contradicciones fundamentales del capitalismo en su introducción de 1891 a Trabajo Asalariado y Capital de Marx. Podría haber sido escrito para describir la situación en el mundo hoy. Por lo tanto, le dejamos la última palabra sobre el tema de la crisis:

«Esta productividad del trabajo humano que va creciendo día a día en proporciones insospechadas, acaban por crear un conflicto en el que la actual economía capitalista debe perecer. Por una parte, riquezas inconmensurables y una plétora de productos que rebasan la capacidad de consumo del comprador; por otra parte, la gran masa de la sociedad proletarizada, convertida en obreros asalariados y, precisamente por eso, incapaz de apropiarse de esta superabundancia de productos. La división de la sociedad en una reducida clase excesivamente rica y una enorme clase de trabajadores asalariados que no poseen nada, da lugar a una sociedad asfixiada en su propia superabundancia, mientras que la gran mayoría de sus miembros está poco o nada protegida contra la extrema penuria. Este estado de cosas se vuelve cada día más absurdo y –más innecesario. Debe ser eliminado, y puede ser eliminado»[25].


[1] Financial Times, 26 de agosto de 2011
[2] Engels, Anti-Dühring, p.341, Moscú, 1969
[3] Marx, Las teorías de la plusvalía, vol.3, p.56
[4] Ibid, p.56
[5] Ibid, págs. 62 y 53
[6] Marx, El Capital, vol.3, pp.326 & 346, Penguin edition.
[7] Marx, Teorías, vol.3, p.84.
[8] Ibid, p.122
[9] Marx, Teorías, vol.2, p.535
[10] Marx, El Capital, vol.2, pp.156-57, Penguin.
[11] Marx, El Capital, vol.3, p.615
[12] Engels, Anti-Dühring, p.341
[13] Howard y King, Una historia de la economía marxista, vol.1, p.17
[14] Engels, Anti-Dühring, p.326
[15] Ibid, p.326
[16] Ibid, pp.326-27
[17] Marx, El Capital, vol.1, pp.425-27, London
[18] Marx, Teorías de la Plusvalía, vol.3, p.41
[19] Engels, Anti-Dühring, pp.340-4
[20] Marx y Engels, Selected Works, vol.1, p.148
[21] Engels, Anti-Dühring, p.322
[22] Ibid, p.341
[23] Marx, El Capital, vol.2, pp.414-15
[24] Engels, Anti-Dühring, p.335
[25] Marx y Engels, Selected Works, vol.1, pp.148-9