El capitalismo está muriendo – y una nueva sociedad socialista está tratando de nacer

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En medio de una pandemia mundial, con una profunda depresión económica en ciernes, podría parecer un momento extraño para pensar en cómo podría ser una sociedad socialista. Pero para los marxistas, ese momento es precisamente el que hace más evidente la necesidad -y el potencial- del socialismo.

Es en estos acontecimientos dramáticos donde se ve la expresión concreta de lo que Marx quería decir con «[…] el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción». (Karl Marx, Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política; Marxists Internet Archive, marzo de 2001)

En todo el mundo, como resultado de esta crisis, se prevé que cientos de millones de personas pasen hambre. Miles de millones perderán sus medios de vida. En palabras del Manifiesto Comunista, «La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie momentánea […]».

«¿Y todo por qué?» Marx y Engels continúan en el Manifiesto. «Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio».

«Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada». (Marx y Engels; Manifiesto de Partido Comunista; Digitalizado para el Marx-Engels Internet Archive por José F. Polanco en 1998. Retranscrito para el Marxists Internet Archive por Juan R. Fajardo en 1999.)

En otras palabras, las crisis del capitalismo no son crisis de auténtica escasez, sino que son el resultado de que nuestra capacidad productiva choca con los límites del mercado. Son crisis, como explicó Marx, de sobreproducción.

La crisis actual no es una excepción. En el momento de escribir estas líneas, la economía mundial está saliendo de su hibernación; del estado de animación suspendida alcanzado en los últimos meses gracias a los billones de gastos y ayudas gubernamentales.

Pero incluso cuando (si) el bloqueo se levante por completo y el distanciamiento social disminuya, muchas empresas no volverán a abrir. Como en la década de 1930, el desempleo masivo será la nueva norma. Millones y millones lucharán por llegar a fin de mes. Y sin embargo, como sociedad, tenemos los medios -como ha sido el caso durante muchas décadas- para alimentar a toda la población mundial, y más. Entonces, ¿por qué tanta pobreza en medio de la abundancia?

La razón de esta contradicción se debe enteramente a la barrera de las relaciones sociales capitalistas, es decir, la propiedad privada, la competencia y la producción con fines de lucro.

Disponemos de las «fuerzas productivas» -la tecnología, la industria y la ciencia- para satisfacer todas las necesidades de la vida en abundancia; y para evitar la catástrofe climática al mismo tiempo. El problema es que el capitalismo no funciona en función de las necesidades, sino sólo para acumular beneficios.

Como resumió Marx en su Crítica[1]

«[…]la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización.»

Del Socialismo utópico al Socialismo científico

Este -la existencia de las condiciones materiales para una nueva forma superior de sociedad- es el tema general de una serie de libros recientes de divulgación sobre economía y tecnología contemporáneas, todos ellos publicados por Verso: Comunismo de lujo totalmente automatizado (Aaron Bastani, 2019); La República Popular de Walmart (Leigh Phillips & Michal Rozworski, 2019); y El Capitalismo ha muerto (McKenzie Wark, 2019).

Los tres analizan cómo el desarrollo del capitalismo ha allanado el camino hacia una futura sociedad socialista. Ahora, dos décadas después del siglo XXI, disponemos de las tecnologías y técnicas necesarias para organizar la producción a nivel internacional; para proporcionar energía limpia y alimentos sostenibles y nutritivos para todos; y todo ello mientras se reducen las horas de la semana laboral a la mitad, o más.

Como subrayaron Marx y Engels, estas son las condiciones materiales necesarias para una sociedad genuinamente socialista (y democrática): una sociedad desprovista de antagonismos de clase, opresión o relaciones monetarias, basada en el lema «¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!” (Karl Marx, Crítica del Programa de Gotha; Juan Rafael Fajardo, para el Marxists Internet Archive, abril de 2000. Revisado y corregido por Luis Salvatierra, abril-mayo 2020)

A diferencia de sus predecesores socialistas utópicos -figuras como Robert Owen, Charles Fourier y Henri de Saint Simon-, Marx y Engels explicaron que el socialismo (y su etapa superior, el comunismo), no podía lograrse simplemente mediante modelos u «hombres de genio».

En este sentido, definieron sus ideas como las del «socialismo científico»: una perspectiva materialista según la cual el socialismo requiere ciertas condiciones histórico-económicas -principalmente, condiciones de «superabundancia»- para ser posible.

«El desarrollo de las fuerzas productivas es prácticamente la primera condición absolutamente necesaria (del comunismo)», señalan los mismos autores en la Ideología Alemana, «porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería necesariamente en toda la inmundicia anterior […]”. (Marx y Engels, La Ideología Alemana; Ed. Pueblos Unidos, pág. 36; parafraseado por León Trotsky en La revolución traicionada; Ed. Federico Engels, pág. 54)

Es esta idea la que exploran estas publicaciones de Verso, demostrando (por un lado) concretamente cómo ahora tenemos las «fuerzas de producción» necesarias para una sociedad socialista; pero también (por otro lado), cómo bajo el capitalismo, estas mismas fuerzas productivas no conducen a la liberación de la humanidad, sino a lo contrario: a la explotación brutal, la destrucción del medio ambiente y la anarquía económica.

Comunismo de lujo totalmente automatizado

Como sugiere el título, el Comunismo de Lujo Totalmente Automatizado de Bastani (en adelante, CLTA) es el más explícito a la hora de abordar este tema.

Basándose en ideas similares de otros libros recientes, como Post-Capitalismo de Paul Mason, CLTA analiza cómo la sociedad está sufriendo una tercera gran «disrupción» tecnológica. La primera fue la Revolución Neolítica, que estableció la agricultura en lugar de la caza y la recolección nómadas. La segunda fue la Revolución Industrial, basada en la energía de vapor, los combustibles fósiles y las fábricas.

La tercera disrupción, afirma Bastani, ya está en marcha, basada en los chips de silicio, la información digital y la inteligencia artificial. Esto, según el autor, ofrece la posibilidad de una mejora exponencial de la productividad; de un futuro de «post escasez»; y, por tanto, de una nueva sociedad de «comunismo de lujo totalmente automatizado».

Tras presentar su premisa inicial, Bastani dedica la mayor parte del libro a examinar los avances y las posibilidades en distintos sectores clave de la economía: automatización, energía, recursos, sanidad y alimentación. Al final, vuelve a la cuestión de los 64 billones de dólares: ¿cómo podemos aprovechar todo este potencial y llegar a nuestro destino CLTA?

Pero, por desgracia, es en el salto entre estos dos niveles de discusión donde Bastani tropieza.

Por un lado, por ejemplo, las secciones que describen los increíbles avances de la tecnología moderna se leen a veces más como un ejemplar de New Scientist, y menos como una pieza seria de economía política; más socialismo de ciencia ficción que socialismo científico.

Lo que falta, en este sentido, es una explicación más profunda de la relación entre tecnología, economía y política.

En su obra cumbre El Capital y otros escritos, Marx explicó que ninguna tecnología es intrínsecamente «buena» o «mala». La misma tecnología puede realizarse de formas muy diferentes, dependiendo del sistema socioeconómico en el que opere.

Por ejemplo, bajo el capitalismo, señaló Marx, el trabajador «se convierte en un apéndice de la máquina». La automatización conduce a la contradicción de un desempleo masivo para algunos, junto con un intenso exceso de trabajo para otros. En cambio, en el socialismo, los frutos del aumento de la productividad se repartirían entre toda la sociedad. La maquinaria se utilizaría para reducir las horas de la jornada laboral para todos, por ejemplo, sin ninguna pérdida de salario.

En última instancia, se trata de una cuestión de clase sobre quién posee y controla la tecnología; es decir, qué clase -los capitalistas o los trabajadores- posee los medios de producción, y en beneficio de quién se emplean estas tecnologías.

Bastani aborda estas cuestiones en sus capítulos finales, afirmando correctamente que «la forma en que se crea y utiliza la tecnología, y en beneficio de quién, depende de los contextos políticos, éticos y sociales de los que surge». Pero a continuación tantea a ciegas en la oscuridad, incapaz de trazar un camino desde donde estamos ahora, hasta donde tenemos que llegar.

El autor del CLTA es más conocido por su papel como fundador y editor principal del sitio web de izquierdas de moda Novara Media. Pero es el deseo de mantener esta apariencia de moda lo que lleva al autor a un atolladero, ya que se esfuerza por ofrecer un puente entre las demandas «mínimas» y las «máximas», entre las reformas y la revolución.

A su favor, reclama con acierto propuestas como los «servicios básicos universales», en lugar de una «renta básica universal» (aún así, ¿por qué todo tiene que ser «básico»?).

Pero estas sugerencias positivas se pierden en un marasmo de ideas reformistas y keynesianas, como el llamado «modelo Preston» (al que Bastani se refiere como «proteccionismo municipal»); gritos abstractos para «romper con el neoliberalismo» (como si existiera una forma de capitalismo «más agradable»); y vagas demandas de una «transición estatal a las energías renovables».

Este último punto pone de manifiesto los verdaderos límites de Bastani y otros autores similares. Quieren sonar radicales (marcando todos los nombres obligatorios como el de Mark Fisher al principio). Pero las cuestiones clave -como la naturaleza del Estado- se dejan deliberadamente ocultas y sin respuesta.

Debemos preguntarnos concretamente: ¿qué tipo de Estado debe llevar a cabo esta «transición»? ¿Un Estado capitalista o un Estado socialista (obrero)? Y si va a ser este último, ¿cómo organizamos y luchamos para derrocar al primero?

En ausencia de una respuesta a estas preguntas vitales, nos sumergimos de nuevo en el reino del socialismo utópico – de la «CLTA» simplemente como una «buena idea»; un «proyecto» aspiracional, divorciado de las realidades materiales del capitalismo y su necesario derrocamiento.

La República Popular de Walmart

Una premisa similar -que el potencial del socialismo puede verse dentro del capitalismo moderno- también se explora en una interesante publicación reciente titulada La República Popular de Walmart (RPW). Pero mientras que CLTA se centra en las tecnologías, RPW examina las técnicas – o, más concretamente, la cuestión de la planificación económica.

El libro, escrito por dos colaboradores habituales de la revista estadounidense de izquierdas Jacobin, toma su irónico título de un par de astutas observaciones relacionadas. En primer lugar, que las gigantescas corporaciones multinacionales (como Walmart) despliegan un extraordinario nivel de planificación en el proceso de producción y distribución de los bienes que ofrecen. Y, en segundo lugar, que el tamaño de sus ingresos anuales es comparable a toda la producción anual de economías anteriormente planificadas, como la antigua Unión Soviética.

En otras palabras, si Walmart fuera un país, y no una empresa, bien podría considerarse un ejemplo exitoso de planificación económica.

«Aunque la empresa opera dentro del mercado», comentan los autores, refiriéndose al gigante estadounidense de los supermercados, «internamente, como en cualquier otra empresa, todo está planificado».

«No existe un mercado interno. Los diferentes departamentos, tiendas, camiones y proveedores no compiten entre sí en un mercado; todo está coordinado. Walmart no es simplemente una economía planificada, sino una economía planificada a la escala de la URSS en plena Guerra Fría».

En esencia, esto es un eco directo de la pertinente observación realizada por Marx y Engels hace más de 150 años: que bajo el capitalismo, vemos una enorme contradicción de increíbles niveles de planificación dentro de las empresas, junto con una completa anarquía entre las empresas en el mercado.

Como explica elocuentemente Engels, se trata en última instancia de la contradicción entre la producción socializada y la apropiación privada; entre una economía mundial inmensamente interconectada y la barrera de la propiedad privada sobre los medios de producción.

«La contradicción entre la producción social y la apropiación capitalista se manifiesta ahora como antagonismo entre la organización de la producción dentro de cada fábrica y la anarquía de la producción en el seno de toda la sociedad».(Friedrich Engels, Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico, Ed. Federico Engels, pág 73, énfasis en el original)

RPW va más allá al reiterar a Marx y Engels, explicando que esta contradicción conduce en última instancia a las crisis económicas. Como continúa Engels

“En las crisis estalla en explosiones violentas la contradicción entre la producción social y la apropiación capitalista. […] todas las leyes de la producción y circulación de mercancías se vuelven del revés. El conflicto económico alcanza su punto de apogeo: el modo de producción se rebela contra el modo de intercambio”. (ibid, pág. 77, énfasis en el original)

El libre mercado frente a la planificación socialista

Todo el libro, por tanto, es un ataque mordaz a los fanáticos del libre mercado que ensalzan con arrogancia las virtudes de la «mano invisible». También es una lectura agradable: clara y concisa en su redacción; capaz de esquivar las trampas de las confusas reflexiones de Bastani y su nebuloso utopismo.

Utilizando un amplio abanico de ejemplos -desde la red logística de Amazon hasta las finanzas modernas monopolizadas, pasando por la carrera espacial- Phillips y Rozworski aportan pruebas irrefutables de que el mercado capitalista y el sistema de beneficios están lejos de ser «eficientes».

De hecho, al llevar al lector en este tour de force, los autores de RPW muestran que incluso los capitalistas reconocen tácitamente la superioridad y las ventajas de la planificación económica.

Pero, emulando de nuevo a Marx, también ponen de manifiesto la hipocresía de los apologistas del capitalismo. Lo que vemos hoy no es «liberación» y «libertad», sino «islas de tiranía», afirma correctamente el libro.

«La economía de mercado no sólo está plagada de planificación», señalan los escritores de la revista Jacobin, «sino de una planificación autoritaria que concentra la toma de decisiones económicas en manos de los propietarios de la riqueza y mantiene a los trabajadores a raya».

«Entre los elogios a la libertad y a la eficacia espontánea de los mercados, pocas palabras rozan la planificación cotidiana que se realiza entre las cuatro paredes de la empresa. Menos aún, la nombran como coercitiva».

A este respecto, Phillips y Rozworski subrayan con razón que una economía auténticamente socialista debe estar libre de tiranía y autoritarismo. Esto, explican los autores, no es simplemente una cuestión moral, sino de necesidad. La planificación burocrática de arriba abajo no puede funcionar, y no lo hace.

Este es un punto central que el libro destaca a lo largo de sus diversos capítulos. Por ejemplo, RPW vuelve regularmente a la cuestión del «debate sobre el cálculo socialista»: una polémica permanente entre economistas de izquierda y de derecha sobre si la economía puede ser realmente planificada.

Los pensadores libertarios, como von Mises y Hayek de la «escuela austriaca», negaban que el socialismo fuera posible, por la sencilla razón de que la economía capitalista moderna es insondablemente compleja. Ninguna máquina o departamento gubernamental, creían, podría asignar los recursos tan eficazmente como las señales de precios proporcionadas por las fuerzas del mercado.

Por un lado, explican los autores de RPW, las impresionantes operaciones logísticas y las cadenas de suministro globales que manejan los monopolios y las multinacionales actuales ponen en tela de juicio la afirmación austríaca.

Por otro lado, subrayan, el socialismo no consiste en «calcular» las necesidades de la sociedad mediante ecuaciones, por burócratas o algoritmos informáticos. Se trata de que la gente de a pie tenga el control de la economía -y por tanto de sus vidas- a través de un sistema democrático de control y gestión de los trabajadores.

«No debemos sugerir que la planificación es simplemente una cuestión de «tomar el control de la máquina», subraya el pasaje final del libro, «y menos aún que el gobierno se haga cargo de ella y deje la máquina como está».

«No es simplemente un mundo del que hay que apoderarse, sino que hay que transformarlo».

Este punto clave se dilucida claramente en el libro mediante el uso de dos ejemplos históricos. En primer lugar, el NHS y la economía de posguerra en Gran Bretaña, donde los políticos reformistas intentaron utilizar las palancas del Estado burgués para «gestionar el capitalismo».

Al igual que la planificación vista en Walmart y Amazon no beneficia a los trabajadores, explican Phillips y Rozworski, también estos experimentos keynesianos muestran cómo «poner simplemente la planificación en manos del Estado es igualmente insuficiente».

Asimismo, los autores dedican un capítulo entero al elefante en el bazar: la Unión Soviética. Esbozando la historia de la URSS -desde la revolución y el comunismo de guerra, hasta la planificación burocrática de Stalin, Jruschov, Brézhnev y Gorbachov- RPW muestra por qué el verdadero socialismo requiere la participación activa de la clase obrera organizada.

«Para ser claros: una economía sin mercado no es una cuestión de irresponsables planificadores centrales, o de programadores igualmente irresponsables o de sus algoritmos que tomen las decisiones por el resto de nosotros», concluye enfáticamente RPW.

«La planificación no puede funcionar sin el aporte democrático de los consumidores y productores y la experiencia diaria de los millones de participantes vivos en la economía. La democracia no es un ideal abstracto añadido a todo esto, sino que es esencial para el proceso».

Como destaca el penúltimo capítulo, esta cuestión no tiene un mero interés histórico o académico. Se trata más bien de una cuestión existencial.

El caos del mercado capitalista está matando al planeta. La planificación de la producción y de los recursos del planeta -de forma socialista, racional y democrática- es la única alternativa a la catástrofe climática. Del mismo modo, es la única manera de luchar contra la pandemia de coronavirus.

Planificación socialista armoniosa o destrucción anárquica del capitalismo. Esta es la dura elección a la que se enfrenta la humanidad: una cuestión de vida o muerte.

El capitalismo ha muerto

El tercero de esta trilogía literaria es El capitalismo ha muerto, de McKenzie Wark. La idea central de la última obra de Wark (que fluye directamente de su libro anterior, Un Manifiesto Hacker) es que la era de la información -la llamada «tercera disrupción» de Bastani- ha conducido a un «nuevo modo de producción».

«Esto ya no es el capitalismo; es algo peor», conjetura Wark. Estas nuevas relaciones económicas, postula la autora, consisten en una «clase dominante emergente» basada en «la propiedad y el control del vector de la información» y en «la extracción de lo que podríamos llamar información excedente, fuera de los trabajadores y consumidores individuales» (énfasis de Wark).

«Hay toda una economía política que funciona con asimetrías de información como forma de control», reflexiona la autora. «Puede incluso equivaler a un nuevo tipo de relación de clase».

«Claro que sigue habiendo una clase terrateniente que posee la tierra bajo nuestros pies y una clase capitalista que es dueña de las fábricas, pero tal vez ahora haya también otro tipo de clase dominante: una que no es dueña de ninguna de esas cosas, sino que es dueña del vector a lo largo del cual se reúne y utiliza la información».

Pero tal hipótesis no se basa más que en la especulación. No es socialismo científico, ni siquiera socialismo utópico. Se trata más bien de un ejercicio académico inútil por parte de la autora, de una mera ensoñación ombliguista (como la propia Wark admite).

La principal justificación de la sugerencia de Wark es el papel clave que desempeñan los datos y la tecnología de la información en la economía global moderna. El surgimiento de una economía basada en la información propone la autora, ha dado lugar al desarrollo de un modo de producción totalmente nuevo.

«Estas tecnologías hicieron que la información fuera muy, muy barata y muy, muy abundante», afirma la autora. «Dieron lugar a un extraño tipo de economía política, basada no sólo en la escasez de cosas, sino también en el exceso de información».

«Esto generó tipos de problemas bastante novedosos para quienes tenían (o aspiraban a tener) el poder: cómo mantener formas de desigualdad de clase, opresión, dominación y explotación, basadas en algo que en principio es ahora ridículamente abundante».

«Mi propuesta en este libro es que la resolución de esta contradicción hizo surgir un nuevo modo de producción… La clase dominante de nuestro tiempo ya no mantiene su dominio a través de la propiedad de los medios de producción como hacen los capitalistas. Tampoco a través de la propiedad de la tierra como hacen los terratenientes. La clase dominante de nuestro tiempo posee y controla la información».

Wark se enreda en esta cuestión, pero sin otra razón que la de entretener sus propias cavilaciones filosóficas sin sentido.

En primer lugar, se equivoca al decir que tenemos una economía basada en la «escasez de cosas». De hecho, dada la evolución de la producción en los últimos doscientos años, vivimos en un mundo de «superabundancia». Es el capitalismo -basado en la producción con fines de lucro- el que genera artificialmente escasez donde no tiene por qué haberla.

En segundo lugar, las flagrantes contradicciones creadas por el «exceso» de cualquier mercancía -ya sea digital, física o de otro tipo- no requieren que soñemos con modos de producción totalmente nuevos. Más bien ponen de manifiesto el estancamiento del sistema capitalista, que ya no puede utilizar el potencial tecnológico, científico y productivo existente.

El capitalismo monopolista

Estas contradicciones son reales. Pero Wark no es la primera en advertirlas. Son un reflejo de los mismos procesos que hemos discutido más arriba y en otros lugares: que las leyes del mercado capitalista se rompen ante la abundancia y la riqueza; y que el sistema de beneficios, en este escenario, sólo puede mantenerse transformando la libre competencia en su contrario: el monopolio.

Esta es la respuesta al supuesto enigma de la información que identifica Wark. La plétora de datos que zumban en los procesadores de silicio y en los cables de fibra óptica no ha dado lugar a ninguna «nueva forma de explotación, desigualdad y asimetría», como sugiere la autora.

Más bien, los capitalistas emplean hoy una forma de explotación muy antigua: la búsqueda de rentas, basada en su propiedad y control monopólicos de los medios de producción, en este caso, las grandes empresas tecnológicas y sus «plataformas».

Ciertamente, como explicó Marx, la teoría del valor del trabajo muestra que las mercancías que contienen menos tiempo de trabajo socialmente necesario son menos valiosas. En el caso de los datos y los bienes digitales, que son infinitamente replicables, esto significa que el valor debería tender a cero.

Incluso los detractores burgueses del marxismo se ven obligados a reconocerlo, con su afirmación de que el precio de una mercancía debe ser igual al «coste marginal». En el caso de las mercancías digitales que pueden reproducirse ad infinitum sin apenas costes adicionales, esto significa que el precio debería ser efectivamente cero.

Y esto plantea un problema para una economía de mercado. Después de todo, si las cosas no tienen valor, entonces no pueden contener plusvalía. Y la plusvalía es la fuente de los beneficios de los capitalistas.

En otras palabras, a medida que la productividad tiende al infinito, el valor y los beneficios tienden a cero. Pero la producción, bajo el capitalismo, es sólo para obtener beneficios. Por lo tanto, la superabundancia -tal como la ejemplifican los bienes digitales y la información- es incompatible con los principios del mercado capitalista y el sistema de beneficios. Se trata de una auténtica contradicción, que Wark insinúa.

Pero esta ley del valor no está escrita en el tejido del universo. Más bien es una dinámica que surge del intercambio, suponiendo la justa y libre circulación de mercancías y capitales.

El mundo real, sin embargo, es más complejo. No tenemos un mercado libre. Por el contrario, desde hace más de un siglo el capitalismo está dominado por los monopolios. La presencia de estos monopolios distorsiona el mercado, restringiendo la oferta y haciendo que los precios se alejen de los valores. Y esto es lo que permite a los modernos monopolios tecnológicos generar sus superbeneficios.

Este lucro (por cobrar precios superiores a los valores) es lo que se denomina «búsqueda de rentas». Lejos de representar un «nuevo modo de producción», ha existido desde los albores del capitalismo.

No es diferente de los barones del petróleo de la Edad Dorada, que obtuvieron su enorme riqueza gracias a la propiedad monopólica de tierras ricas en «oro negro». Sólo que hoy en día, esta propiedad monopólica adopta la forma de derechos de propiedad intelectual, patentes de software y código informático, y el control de vastas franjas del mundo en línea.

Wark incluso reconoce que esto es lo que está ocurriendo. Pero, por alguna razón, se siente obligada a dar un nuevo nombre a este fenómeno tan antiguo, presumiblemente para rascarse la picazón académica, por el deseo de presentar una «novedad» contra el «dogma» del marxismo y, en última instancia, para justificar su carrera escribiendo tan tediosas tonterías.

Y así nos presenta la «clase vectorial» que «posee y controla las patentes, que preservan los monopolios sobre estas tecnologías». Así que, aparentemente, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg no son capitalistas, ¡sino «vectoristas»! Sin embargo, lo que se gana con esta recategorización de los jefes de Silicon Valley no lo sabe nadie.

Hackers frente a trabajadores

Hay otra cara de la cuestión, que también explica por qué Wark está tan interesada en impulsar su frívola teoría. Y es la cuestión de quién está siendo explotado -y cómo- en el ámbito digital.

Junto a la «clase vectorialista» explotadora, se nos dice que ahora existe una «clase hacker» explotada: «todos los que producen nueva información a partir de información vieja, y no sólo la gente que codifica para ganarse la vida». Y Wark, convenientemente, ¡ya tiene otro libro que esboza un manifiesto para esta nueva clase explotada!

Pero este concepto de «clase hacker» no es más que una regurgitación de una idea que ha estado circulando durante algunos años: que nosotros, como usuarios de Internet, somos de hecho «trabajadores de datos», explotados por Google, Facebook, etc. por la información que creamos en el proceso de nuestra actividad en línea. Esta «mercancía» de datos, según el razonamiento, es vendida por las grandes empresas tecnológicas, lo que les permite generar sus enormes beneficios.

Sin embargo, como ya hemos explicado en otro lugar, esta perspectiva no entiende fundamentalmente de dónde provienen los beneficios de los gigantes tecnológicos. La riqueza de Zuckerberg y compañía no procede de la «explotación» de los usuarios de Facebook, sino a) de la auténtica explotación de la mano de obra altamente cualificada de los programadores e ingenieros de software que trabajan en Facebook, etc.; y b) de la posición de monopolio establecida por estas plataformas como espacios para la publicidad.

En efecto, los grandes monopolios tecnológicos son como los terratenientes que poseen los terrenos junto a las carreteras, sobre los que se levantan los carteles publicitarios. O los magnates de los medios de comunicación que cobran para que otras empresas anuncien en sus páginas. O los dueños de la televisión y la radio que alquilan tiempo en las ondas. Sólo que ahora, con el marketing cada vez más en línea, son empresas como Google y Facebook las que tienen el poder de dictar las tarifas que se cobran por anunciarse en su terreno.

«En 2001, cuando Google era una startup y Mark Zuckerberg estaba en la escuela, la publicidad digital representaba el 5% de la oferta publicitaria de Estados Unidos», señala un reciente artículo de The Economist sobre la industria publicitaria. Ahora, destaca la revista, esa fracción ronda el 50%, y se prevé que alcance casi el 70% en los próximos años.

«Mientras tanto, todo el mundo está a merced de un casi duopolio», continúa el mismo artículo. «Dos terratenientes, Google y Facebook, controlan el 60% de los anuncios digitales a nivel mundial».

Así que no es necesario inventar modos de producción totalmente nuevos -con nuevas categorías de explotadores («vectoristas») y explotados («hackers»)- para explicar lo que está ocurriendo ante nosotros. Es el mismo capitalismo monopolista de siempre, el que ha existido durante más de 100 años: con la patronal explotando a los trabajadores y utilizando su posición dominante para extraer cada vez más riqueza de la sociedad a través de la búsqueda de rentas.

La era de la revolución

Todo esto es una poderosa confirmación de que el capitalismo no puede utilizar el enorme potencial productivo que existe hoy en día. La propiedad privada se ha convertido en una enorme barrera para el desarrollo de la ciencia y la industria, lo que ha provocado todo tipo de contradicciones insoportables. En lugar de liberarnos, las tecnologías modernas en el contexto del sistema de beneficios nos esclavizan.

Como Marx explicó tan brillantemente en su Crítica[2]:

“Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social”. 

El capital no ha muerto, todavía no. Pero el sistema capitalista senil está muriendo. Y hay que acabar con él de forma activa y consciente.

Al mismo tiempo, una nueva sociedad está madurando en el seno de la vieja. Y las crisis que vemos a nuestro alrededor son los dolores de parto de esta sociedad embrionaria que intenta nacer.

La revolución es la comadrona de la historia; la única forma de aliviar estos dolores de parto. Pero esto requiere organización y lucha. Debemos armarnos con las ideas científicas del marxismo, las únicas herramientas que pueden ayudar a traer un futuro socialista a este mundo.


[1] Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, Carlos Marx, Marxists Internet Archive, marzo de 2001.

[2] Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, Carlos Marx, Marxists Internet Archive, marzo de 2001