Se ha tornado una costumbre hablar de la crisis capitalista. Podríamos decir que es una idea que el conjunto de los trabajadores ha asimilado y que ya no causa un efecto de asombro, sino que aparece como algo normalizado. Es entonces nuestra tarea poder observar dónde estamos parados, qué momento político e histórico atraviesa esta etapa, con qué fuerzas cuenta la clase obrera para enfrentarla y, sobre todo, cuál es la táctica y estrategia de los revolucionarios ante las tareas de construcción de la dirección revolucionaria, para intervenir en la lucha por el poder y salir de la crisis de régimen.
El reformismo como reestructuración de la Burguesía
Argentina no es un fenómeno aislado respecto a la polarización y al auge de variantes políticas de derecha y de tendencias reaccionarias, producto de la crisis económica y política. Una tendencia que se acentuó desde la crisis económica de 2007-08, que estalló con la burbuja financiera y la especulación inmobiliaria, visibilizada con la quiebra de Lehman Brothers, donde el Estado norteamericano tuvo que salir al rescate de las pérdidas de los sectores privados, y que avanzó hacia una crisis política y de regímenes a nivel internacional.
El kirchnerismo surgió como una variante reformista y nacional-popular mediante la cual sectores de la burguesía intentaron recomponer la estabilidad política y la autoridad del Estado después de la crisis abierta por el Argentinazo de 2001. La burguesía nacional y el capital financiero internacional buscaban medidas de cooptación política sobre sectores políticos y sociales que estaban movilizados en las calles, sin una dirección revolucionaria y en una situación altamente convulsiva. Fue en base al desarrollo económico producido por las exportaciones y el boom sojero que se utilizaron estos recursos financieros tanto para la cooptación de organizaciones políticas y sociales como para ampliar la intervención estatal sobre sectores estratégicos de la economía mediante empresas mixtas y procesos de nacionalización parcial, como ocurrió con YPF en 2012, cuando el Estado pasó a controlar el 51% de las acciones tras la expropiación del paquete accionario de Repsol mediante indemnización. Estas medidas funcionaban como parte de una política de administración y contención de las contradicciones del capitalismo argentino, buscando una mayor regulación estatal sobre sectores estratégicos y fracciones concentradas del capital.
A medida que se profundizaban las contradicciones dentro de la propia burguesía, el kirchnerismo fue consolidándose como una variante nacionalista burguesa de contención social, apoyada en una mayor intervención estatal y en la administración de la renta extraordinaria generada por el boom sojero. Esto provocó crecientes tensiones tanto dentro del PJ como entre distintas fracciones del capital ligadas al agronegocio, las exportaciones y la apropiación de la renta agraria.
El conflicto alrededor de las retenciones móviles expresó precisamente esos choques entre sectores de la burguesía rural, exportadora y financiera, mientras el Estado intentaba captar una mayor porción de esa renta extraordinaria para sostener la estabilidad política y los mecanismos de contención social construidos tras la crisis de 2001.
Para el año 2011, el reformismo burgués necesitaba reordenar sus filas bajo una reforma política electoral. Esto le servía tanto hacia adentro del PJ como para aislar a la oposición de izquierda que comenzaba a posicionarse frente al avance de las luchas contra la tercerización y por mejoras salariales. Para ello impulsó un piso proscriptivo e implementó un sistema de elecciones en dos fases mediante las PASO (Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias). Esta reforma también buscaba alinear las tendencias internas de los partidos patronales, particularmente dentro del PJ, y contener las disputas políticas dentro de los marcos del régimen democrático burgués, evitando que la polarización social encontrará una expresión independiente por izquierda.
Lograda parcialmente la contención social por parte del kirchnerismo, hacia 2015 la estructura política comenzaba nuevamente a mostrar signos de desgaste y fractura. Sectores patronales que habían sido beneficiados mediante subsidios, transferencias estatales y mecanismos de precarización laboral comenzaron a reclamar reformas más profundas para recomponer sus niveles de ganancia. Sobre esa base comenzó a imponerse el macrismo, expresando la necesidad de avanzar hacia un ajuste de shock mediante reformas laborales, previsionales e impositivas.
El gobierno de Macri no logró aplicar plenamente ese programa debido a la resistencia de importantes sectores de trabajadores y a los límites políticos de su propia base social. El avance del ajuste económico volvió a empujar a amplios sectores obreros y populares a la movilización callejera, poniendo en crisis al gobierno y obligándolo a retroceder en ataques centrales, como ocurrió con la reforma previsional.
Crisis de representatividad en la burguesía
Mientras la burguesía oscilaba entre una variante nacionalista burguesa agotada, apoyada en las fuerzas kirchneristas, y una política de ajuste de shock que Cambiemos-UCR-PRO no lograba imponer plenamente ante la resistencia de los trabajadores, la crisis de representatividad comenzó a profundizarse dentro del propio régimen político.
El desgaste de figuras centrales del kirchnerismo, sumado a la profundización de la crisis económica y al deterioro de la legitimidad del régimen, terminó golpeando también a buena parte de las estructuras políticas y sociales que habían sido integradas al aparato estatal durante los años anteriores. Esto incluyó desde sectores de organismos de Derechos Humanos alineados con el oficialismo hasta organizaciones piqueteras y movimientos sociales que pasaron de la protesta social a distintos niveles de articulación e incorporación dentro del Estado, particularmente a través de áreas como Desarrollo Social.
En este contexto, una de las últimas apuestas del peronismo fue la candidatura de Alberto Fernández, buscando reagrupar detrás del PJ a sectores feministas, progresistas y movimientos transversales mediante concesiones democráticas, arrancadas con lucha y organizacion del movimiento de mujeres trabajadoras y de la juventud, como la legalización del aborto.
Con el ingreso de la crisis sanitaria por el COVID-19 durante la pandemia, el uso exclusivo del aparato estatal por parte de funcionarios públicos logró liquidar y ampliar los rechazos a esta fuerza política reformista. Que terminó con Massa asumiendo en la práctica la presidencia, en acuerdo con CFK.
Amplios sectores de trabajadores y de la juventud, golpeados por años de inflación, precarización, deterioro salarial y frustración con las variantes tradicionales del régimen, terminaron canalizando de manera contradictoria su bronca hacia Javier Milei y La Libertad Avanza – y al abstencionismo electoral – como forma de castigar el agotamiento del kirchnerismo y del conjunto del régimen político.
Este proceso no debe interpretarse mecánicamente como una derechización ideológica de las masas, sino como expresión de una profunda crisis de representación política y de la ausencia de una dirección revolucionaria capaz de ofrecer una salida independiente para la clase trabajadora. Y a esto es a lo que debemos prestar atención para entender los procesos políticos que se han abierto y que no han sido cerrados, sino que están cultivándose bajo la formación de acciones aisladas y autoconvocadas, ante la falta de una herramienta política de la clase obrera que logre canalizar estas necesidades sin ambigüedades y con la perspectiva clara de la lucha por el poder.
El vacío de representatividad, los límites del reformismo, y la crisis de dirección de la izquierda llevaron a un sector de las masas a optar por un agrupamiento derechista bajo la dirección de Javier Milei, con La Libertad Avanza. Un outsider, como lo rotulan los medios que lo impulsaron y que poco a poco van tomando distancia. Era una fuerza sin proyección política nacional. Fue en base al apoyo de la oposición patronal PJ-UCR que logró ejecutar un plan de ajuste feroz. El ascenso de Milei estuvo apoyado por distintos sectores del gran capital interesados en profundizar una ofensiva más agresiva contra las condiciones de vida de la clase trabajadora. Fracciones del capital financiero internacional, grupos económicos vinculados a los recursos estratégicos, sectores terratenientes y capitales especulativos vieron en LLA una herramienta para avanzar en reformas más profundas de ajuste, desregulación y transferencia de riqueza hacia los sectores concentrados.
Al mismo tiempo, Milei logró construir acuerdos con amplios sectores de la oposición patronal tradicional, incorporando apoyo parlamentario, respaldo empresarial y vínculos con gobernadores y aparatos políticos provinciales.
Aunque La Libertad Avanza continúa siendo una fuerza atravesada por contradicciones e inestabilidad interna, logró consolidar parcialmente una estructura política capaz de impulsar el ajuste tanto mediante decretos como a través del Congreso, apoyándose además en sectores del aparato judicial y represivo para contener, momentáneamente, las tensiones sociales derivadas de la propia crisis capitalista.
Una izquierda que se adapta al parlamentarismo
Cuando la burguesía buscó reorganizarse tras la crisis política, y ante el fracaso del reformismo, buscó la forma de refugiarse en un modelo de mayor ajuste y quita de conquistas obreras. Pero para llegar a esto no fue de un día para otro, sino un proceso político ante un vacío de representatividad, con crisis internas en los partidos patronales y un pequeño desarrollo de la izquierda en las bases obreras sindicales.
Estos cambios, por más que parezcan ensayados, son cambios que producen cimbronazos en las estructuras políticas, provocando giros políticos en tácticas y estrategias, variando desde el oportunismo hasta el cretinismo parlamentario. Las estructuras políticas, ocasionalmente, ante el vacío de un teórico y político, se rompen o degeneran.
En el caso del FITU, un frente presentado por las fuerzas de izquierda más grandes de Argentina, sus organizaciones se han agrupado sobre una base programática que trata de replicar un programa mínimo de acción, pero que en los hechos prácticos es un reagrupamiento con fines parlamentaristas, donde se dividen las bancas por un mecanismo interno de proporcionalidad.
En las primeras tendencias sindicales han logrado algunas victorias, como recuperación de sindicatos, seccionales y fracciones gremiales. En la vida política, estas agrupaciones funcionan de manera aislada, con políticas muy distintas ante hechos o procesos políticos importantes, como la guerra en Ucrania.
Del mismo modo, las actividades parlamentarias no están dirigidas a la movilización de las masas hacia el parlamento, o a llevar la consideración de las masas laboriosas en sus reclamos movilizados. Hay una adaptación a la democracia burguesa y, si esto no cambia, puede conducir a una liquidación de la autoridad política de la izquierda.
En la evolución del frente, hay organizaciones de izquierda con cierta trayectoria histórica en la Argentina dentro del morenismo que se han incorporado, pero no han producido un cambio cualitativo en la conformación de este frente. Aun así, existen organizaciones más pequeñas, pero con inserción en la lucha de clases, que son vetadas por los partidos mayoritarios para ingresar a este FIT-U.
Un punto de debate es el de la Asamblea Constituyente, un planteo que ya fue objeto de debate dentro del movimiento marxista revolucionario. En Rusia, el Partido Bolchevique polemizó contra las posiciones socialdemócratas que presentaban a la Asamblea Constituyente como culminación de la revolución democrática, subordinando la lucha por el poder obrero a las instituciones parlamentarias. Debates similares reaparecieron posteriormente en Alemania, donde sectores de la socialdemocracia, influenciados por teóricos como Hilferding, defendían la posibilidad de combinar organismos obreros con las instituciones del Estado burgués, buscando conciliar los consejos obreros con el parlamentarismo. De esta manera, la Asamblea Constituyente aparece como una orientación que desplaza la resolución de la crisis política hacia mecanismos institucionales y parlamentarios, en lugar de la lucha directa por el poder.
Bajo está orientación, se busca resolver la crisis política mediante mecanismos parlamentarios e institucionales, subordinando la lucha de la clase trabajadora a mayorías electorales y reformas democráticas dentro del régimen burgués, en lugar de desarrollar una perspectiva revolucionaria de lucha por el poder (https://argentinamilitante.org/politica-obrera-y-la-consigna-de-la-asamblea-constituyente-un-paso-adelante-dos-pasos-atras/)
En los últimos días, sectores de la izquierda han comenzado a leer algunas encuestas y análisis de consultoras que muestran un crecimiento electoral de la izquierda como señal de una posible canalización de la crisis por vías democráticas e institucionales. En ese marco, el PTS, al igual que Política Obrera, ha retomado el planteo de la Asamblea Constituyente.
Myriam Bregman, quien aparece bien posicionada en distintas encuestas, planteó el importante problema de las viviendas ociosas de manera oportunista, desarrollando la idea de que demandas de este tipo podrían impulsarse mediante reformas obtenidas por mecanismos parlamentarios y electorales dentro del capitalismo, llevando esa lógica hacia la perspectiva de una Asamblea Constituyente.
Esta orientación tiende a desplazar la resolución de la crisis hacia los marcos institucionales del régimen burgués, subordinando la movilización independiente de la clase trabajadora y la construcción de organismos de lucha a perspectivas centradas en reformas democráticas y mayorías parlamentarias.
La clase obrera y la lucha por el poder
Luego de procesos reformistas, siempre la burguesía busca la forma de quitar las concesiones que se han producido. Para ello busca avanzar con un ajuste mayor. Y este proceso genera tensiones, crisis y rupturas en los aparatos políticos.
La burguesía nacional viene ensayando nuevas formas de reorganización política ante la profundización de la crisis de representatividad. Entiende que el kirchnerismo ya no puede funcionar plenamente como una variante capaz de canalizar el descontento social frente a Milei, pero tampoco logra construir figuras con proyección nacional capaces de estabilizar nuevamente el régimen.
Al mismo tiempo, sectores empresariales comienzan a chocar con aspectos centrales del programa económico de La Libertad Avanza. El avance de la apertura económica, el RIGI, los tarifazos y la ofensiva sobre la industria nacional generan tensiones dentro de distintos sectores de la propia burguesía, mientras el costo de la crisis continúa descargándose sobre las condiciones de vida de los trabajadores.
Si bien hay una burguesía nacional golpeada y debilitada, no se ha logrado un reagrupamiento de las luchas obreras que nos permita pasar de la línea defensiva a la ofensiva. El PTS en su acto del 1º de Mayo, hizo un planteo hacia la creación de un Partido de Trabajadores “para la nueva clase obrera”. Coincidimos en la necesidad de construir una dirección revolucionaria de la clase trabajadora a la altura de las circunstancias. En la medida en que la construcción de un nuevo Partido de Trabajadores contribuya al agrupamiento de una vanguardia revolucionaria sobre bases políticas sólidas y una orientación de independencia de clase, puede representar un paso progresivo para el desarrollo de una alternativa revolucionaria
De otro lado, un posible avance hacia el reagrupamiento de una dirección revolucionaria podría venir de la apertura del FIT-U hacia un verdadero partido de tendencias, basado en un programa de acción y lucha con perspectiva de poder. Esto permitiría desarrollar una discusión política más profunda, una intervención más coordinada en la lucha de clases y una centralización democrática de las fuerzas revolucionarias de la clase trabajadora. Pero, mientras esta perspectiva no exista como una orientación práctica y concreta dentro de la izquierda, resulta necesario impulsar instancias de autoconvocatoria y autoorganización que permitan desarrollar los primeros embriones de democracia obrera sobre bases clasistas e independientes, avanzando en la construcción de organismos de lucha y de poder de la clase trabajadora.
Es inadmisible llevar a los trabajadores hacia falsas ilusiones en una Asamblea Constituyente como vía para la lucha por el socialismo. Los organismos de deliberación y organización de la clase trabajadora, desde los comités de fábrica hasta las asambleas populares y demás instancias de democracia obrera, deben orientarse hacia la centralización de las luchas y la construcción de una perspectiva revolucionaria de poder.
El país está pasando por un proceso de luchas y convulsiones sociales de todo tipo, por la salud, por la educación, contra la minería, por los salarios y mejores condiciones de vida. No es un fin para la clase obrera conquistar más escaños en el parlamento, donde se dan hermosos discursos izquierdistas. Nuestro objetivo principal debe ser la construcción de un partido Bolchevique, capaz de intervenir en la lucha de clases y disputar la dirección política de la clase trabajadora en la perspectiva de la conquista del poder.La formación decuadros firmes, templados en la lucha y formados teóricamente en el marxismo será una condición indispensable para el desarrollo de una herramienta política a la altura de las tareas históricas de la etapa.
La profundización de la crisis capitalista, la polarización política, y el desarrollo de nuevos procesos de lucha crean las condiciones para avanzar en esa perspectiva. No tenemos tiempo que perder.
Ver también:
1º de Mayo: Por la unidad de la clase obrera y un programa de poder obrero para el FITU









