Sangre y oro: La conquista española de América

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La conquista española de las Américas tuvo lugar hace 500 años. Podría pensarse que se trata de un acontecimiento puramente histórico que puede analizarse desde la distancia. Pero no es así. De hecho, es una parte importante de la ideología de la clase dominante en España. No hace mucho, el Premio Nobel peruano Vargas Llosa dijo que «América era una Torre de Babel» de muchas lenguas, y como resultado, «los americanos no se entendían y por eso se mataban». Aún más escandaloso, afirmó que el castellano “introdujo conciencia moral en Latinoamérica».

La historiografía oficial española de la conquista habla de «un encuentro de civilizaciones», de los conquistadores españoles llevando la cultura a los salvajes nativos y evangelizando pacíficamente a los indios en la fe cristiana. Además, se nos dice que esta tarea fue llevada a cabo por un pequeño grupo de hombres valientes contra todo pronóstico.

Todo esto son tonterías. La conquista española de América no fue un «encuentro de civilizaciones», sino un asunto sangriento en el que los conquistadores utilizaron los métodos de terror más brutales para subyugar a pueblos enteros. Fue impulsada por la sed de oro y botín, y condujo a la destrucción masiva de las culturas indígenas.

Lo que necesitamos es un enfoque materialista de este acontecimiento histórico ¿Qué culturas y pueblos diferentes existían en el continente americano antes de la conquista española? ¿Cuál era el carácter de España en los siglos XV y XVI? ¿Cuál fue el motor de la conquista? ¿Cuál fue su resultado?

América

Empecemos por la cuestión de los diferentes pueblos que existían en América antes de la conquista española. Sus sociedades se encontraban en fases de desarrollo muy diferentes. Merece la pena mencionar algunos ejemplos. En el norte vivían los inuit y los aleut, que se dedicaban principalmente a la caza de osos polares, ballenas, focas y morsas, así como a la pesca. Utilizaban arpones con punta de hueso y vivían en iglús. En el noroeste vivían los tlingit, pescadores y recolectores de plantas y frutos silvestres. No conocían la agricultura ni la ganadería.

En el noreste, estaban los iroqueses y grupos similares, estudiados por el antropólogo Lewis Henry Morgan en el siglo XIX, en cuyos escritos influyeron poderosamente en Engels. Poseían una agricultura primitiva, recolectaban y cazaban, tallaban madera y piedra y vivían en grandes casas que compartían varias familias. En el sur de lo que hoy es Estados Unidos había muchas tribus, como los comanches y los cheyenes. Sus armas eran arcos y flechas, y cazaban bisontes. En el suroeste se encontraban los indios Puebla, que plantaban calabaza, judías, maíz y algodón mediante regadío, y como resultado fundaron aldeas que reunían a unas mil personas. En el oeste de Norteamérica vivían pequeñas tribus de cazadores-recolectores.

En la Amazonia, tribus como los tupí-guaraní y los kalinago (caribes) utilizaban armas de madera. En el extremo sur del continente, había tribus en una fase muy temprana de desarrollo, que subsistían de la recolección de moluscos, raíces y plantas. En las pampas (praderas del este de la actual Argentina y el sur de Brasil), las tribus cazaban el guanaco (pariente de la llama) con boleadoras (arma arrojadiza hecha con pesas atadas a cuerdas).

En casi todas las sociedades mencionadas que habían conquistado la agricultura y se habían asentado, las tareas básicas de la sociedad se realizaban colectivamente; la tierra era de propiedad comunal; y la sociedad se organizaba sobre la base de grupos familiares como la gens identificada por Morgan. A partir de esa organización, se podían establecer estructuras más elaboradas, como fraternidades, tribus y pueblos, como los muiscas (parte del grupo lingüístico chibcha), que vivían en el territorio que hoy es Colombia y estaban organizados en una confederación laxa.

Entre los pueblos que habían desarrollado la agricultura, pero no la propiedad privada, se encontraban los taínos de las islas del Caribe. Así los describió el historiador italiano al servicio de la conquista española, Pietro Martire d’Anghiera:

«Se supo que entre ellos la tierra es común, como el sol y el agua, y que entre ellos, “lo mío y lo tuyo,” simiente de todos los males, no echan raíces. Se conforman con poco, de manera que los campos en esa tierra dan abundantemente y no falta nada. Para ellos es la edad dorada: no rodean sus campos de fosos, ni de murallas, ni de cercados, viven en campos cultivados y abiertos, sin leyes, sin libros, sin jueces, y se portan correctamente de forma natural. Juzgan malvado y deleznable al que se place de hacer daño a otro.»[1]

Pero también hubo una serie de pueblos entre los que se desarrollaron sociedades más complejas, con estratificación social y un Estado. La agricultura y las sociedades urbanas surgieron de forma independiente en distintas partes del mundo; entre las cuales se cuentan la civilización del Norte Chico, en el norte del actual Perú, y los olmecas, en Mesoamérica.

Desde el punto de vista del materialismo histórico, lo que llama la atención es la forma en que en distintas partes del mundo y de forma independiente se dieron básicamente los mismos procesos. Una vez descubierta, la agricultura dio un poderoso impulso al sedentarismo de los grupos humanos, a la construcción de aldeas y asentamientos urbanos a gran escala, y a la producción de un excedente por encima de los productos necesarios para reproducir la vida. Esto condujo finalmente a la aparición de la sociedad de clases; empezando por el desarrollo de un grupo diferenciado en la sociedad, como una casta sacerdotal o militar, formada por hombres liberados de la lucha diaria por la supervivencia que vivían del producto excedente de la sociedad, lo que culminó en el establecimiento de la explotación de clase y el Estado.

El mismo proceso tuvo lugar a lo largo del valle del río Nilo, en el Creciente Fértil, en el valle del Indo y en la Llanura del Norte de China. Aunque con retraso, exactamente el mismo proceso tuvo lugar en el continente americano, en la costa andina y en Mesoamérica. Este desarrollo fue totalmente autónomo y tuvo lugar entre una población que había permanecido en gran medida aislada de los grupos humanos de la masa continental euroasiática durante decenas de miles de años.

Las civilizaciones más avanzadas que se desarrollaron en América antes de la conquista española fueron los mayas en Centroamérica, los incas[2] en lo que hoy es Perú, y los mexicas –a veces también conocidos como aztecas[3]– en el Valle de México. Antes de la llegada de los españoles ya habían desarrollado estructuras estatales y, junto a ellas, un alto grado de estratificación social.

En la época de la conquista española, la civilización maya ya había superado su apogeo. En la época del periodo clásico (250-900 d. n. e.), habían desarrollado de forma independiente un sistema de escritura, tenían una astronomía muy avanzada y un calendario más preciso que el de sus contemporáneos europeos, como explica Alan Woods:

«Los mayas, además de sus hermosos templos, su compleja escritura jeroglífica, sus exquisitas joyas y esculturas, su delicado oro y sus sofisticadas obras de arte, realizaron asombrosos descubrimientos científicos, tan interesantes como los del antiguo Egipto. Poseían increíbles conocimientos sobre las plantas y el sistema solar. Sus matemáticas eran enormemente precisas. El sistema numérico maya era más adelantado que el utilizado en Europa. Conocían el cero y crearon un sistema vigesimal (basado en 20), separando los dígitos en grupos de cinco unidades. Los manuscritos conservados muestran que los mayas habían calculado la órbita de Venus alrededor del Sol (584 días). También calcularon la órbita de la Tierra en 365,2420 días. Esto es más exacto que el calendario gregoriano utilizado en Europa en aquella época. Por desgracia, no sobrevivieron muchos de estos brillantes manuscritos. El obispo español Diego de Landa quemó todos los códices y obras de arte mayas que pudo encontrar, porque pensaba que todo lo que contenían eran supersticiones y mentiras del diablo. Lo poco que nos queda revela lo que el mundo ha perdido como resultado del vandalismo cultural de la Iglesia».[4]

Los incas y los mexicas poseían un sistema agrícola muy desarrollado. También extraían y procesaban oro y plata, que utilizaban para ornamentos. Existía una jerarquía social muy marcada, con guerreros, familias nobles y una casta religiosa, todos ellos formando estratos diferenciados y privilegiados. Estas civilizaciones dominaban las regiones y sociedades circundantes y les exigían tributo. Ya había surgido un Estado como organismo centralizado con vida propia, y la propiedad colectiva de la tierra por parte de la comunidad estaba bajo la gestión general del Estado. También se acentuó la división del trabajo y la especialización de los distintos instrumentos de producción.

Tanto la sociedad inca como la mexica tenían una serie de características comunes. Su modo de producción era similar. Se basaba, en última instancia, en la propiedad común de la tierra por parte de la comunidad organizada como grupo de parentesco. Los incas lo llamaban ayllu, los mexicas calpulli. Por encima de la comunidad local se alzaba el Estado, que extraía una parte del producto excedente en forma de tributo, en especie o en tiempo de trabajo. Este tributo se utilizaba para realizar obras públicas, útiles para la comunidad, pero que cada comunidad individual no habría podido llevar a cabo por sí sola. Por ejemplo, obras de regadío, silos para almacenar alimentos en caso de malas cosechas, carreteras, etc. Por supuesto, el tributo extraído por el Estado también era utilizado por la casta sacerdotal y la burocracia estatal gobernante en la cúspide del Estado para el consumo suntuario y para obras religiosas y monumentales que, a su vez, reforzaban su poder y autoridad.

Eran sociedades complejas y desarrolladas que poseían un Estado, pero no eran feudales (donde el campesino individual paga tributo y servicios laborales al señor individual como propietario de la tierra), y no se basaban en la esclavitud (donde el esclavista individual es dueño de muchos esclavos, que trabajan la tierra de su propiedad). Este modo de producción tenía muchas de las características de lo que Marx y Engels llamaron el «modo de producción asiático». Aquí, la principal unidad de producción era la comuna agrícola. No existía la propiedad privada de la tierra y la comuna en su conjunto pagaba tributo, no a un señor individual sino al Estado.

Los incas

La civilización inca era conocida como el Tawantinsuyu («las cuatro partes»). Alcanzó su apogeo en el siglo XIII en el altiplano andino. Inca era el nombre dado a la élite gobernante, con el Sapa Inka como gobernante supremo, y por extensión a la civilización en su conjunto. Se construyó sobre los vestigios de sociedades anteriores, en particular la Tiwanaku y la Wari. A partir de 1438, bajo el gobierno de Pachakutik Inka Yupanki comenzó su expansión territorial. En su apogeo, alcanzó los 3,5 millones de kilómetros cuadrados, extendiéndose desde la actual Colombia hasta Chile y Argentina, desde el borde de la selva amazónica en el este hasta la costa del Pacífico en el oeste, con unos 12 millones de habitantes en total.

Su agricultura se basaba en terrazas construidas en las laderas de las altísimas montañas andinas. El Estado presidía un complejo sistema de canales de riego y acueductos, almacenes de alimentos para utilizarlos en años de malas cosechas, el uso de fertilizantes, la cría selectiva de distintas variedades de plantas y tubérculos, el uso de distintos ecosistemas y el intercambio entre ellos, y la conservación de los alimentos mediante congelación o secado (técnica conocida como charqui para la carne, y chuño para las patatas).

Habían domesticado con éxito la llama y la alpaca, que utilizaban por su carne y su lana, así como medio de transporte. Eran especies muy bien adaptadas a los caminos escarpados de montaña, pero estos caminos no eran aptos para el uso de carros, por lo que los incas nunca desarrollaron el transporte sobre ruedas.

Poseían una impresionante arquitectura monumental y un elaborado sistema de calzadas y caminos. Trabajaban el oro y la plata con fines ornamentales, estaban avanzados en el uso de la cerámica y eran muy hábiles en la confección de telas.

El ayllu –es decir, las comunidades aldeanas en la base de la civilización inca– pagaba tributo en trabajo. La tierra que trabajaba el ayllu se dividía en tres partes: el producto de una de ellas se entregaba al Inka, es decir, a la élite gobernante; otra se entregaba al templo; y la tercera se reservaba para la propia comunidad. Además de trabajar en las tierras del Inka y del templo, los miembros del ayllu también aportaban un cierto número de días de trabajo al año (la mit’a) que se utilizaba para obras públicas (irrigación, caminos, palacios), así como para la guerra.

En conjunto, todo ello conformaba una organización del trabajo y división de la sociedad muy estrictas. Había muy poco comercio. La burocracia estatal redistribuía el excedente y organizaba el intercambio entre las distintas partes de la sociedad. Aunque no desarrollaron un sistema de escritura completo, tenían el khipu, un elaborado sistema de nudos que se utilizaba para llevar un registro de los tributos, el número de personas de cada ayllu, etc. Estudios recientes han revelado que se trataba de una forma muy compleja de almacenar información en un código binario de siete bits.[5]

Los mexicas

Según la leyenda, los mexicas habían emigrado desde la tierra de Aztlán, en el norte, hasta el valle central de México, donde ya se habían asentado varios pueblos. Con la mayor parte de las tierras cercanas ya habitadas por otras tribus, los mexicas tuvieron que construir su ciudad, México-Tenochtitlan, en el lago Texcoco, recuperando tierras de éste, en 1325. Fue una proeza de ingeniería asombrosa teniendo en cuenta el nivel tecnológico de la sociedad mexica. Su cultura se inspiraba en las tradiciones y desarrollos de las sociedades que les precedieron, como la teotihuacana y la olmeca.

A través de una alianza con las ciudades vecinas de Texcoco y Tlacopán, los mexicas establecieron progresivamente, mediante conflictos armados, su posición dominante sobre los demás pueblos de la región. Esta Triple Alianza se creó en 1427 y alcanzó su apogeo en 1519. Pero lo que en principio era una alianza de iguales, pasó a ser dominada completamente por los mexicas.

Los mexicas basaban su agricultura en las chinampas, islas flotantes construidas en el lago de agua dulce. Construidas con juncos y tierra, eran extremadamente fértiles y producían hasta siete cosechas al año. Esto se combinaba con un sistema de diques, acequias y calzadas, que regulaban el nivel del agua de los lagos y separaban el agua dulce del agua salada.

Las chinampas, muy productivas, permitieron la rápida expansión de Tenochtitlan, que se convirtió en el principal centro de poder del imperio. Existe una gran discrepancia en las cifras dadas sobre la población de la ciudad en 1519, cuando llegaron los españoles, que varían entre 80.000 y 300.000 habitantes. En cualquier caso, se trataba de una ciudad enorme, mayor que cualquier otra ciudad española contemporánea. Su población era comparable a la de las mayores ciudades europeas de la época, como París (225.000 habitantes) o Nápoles (125.000).

La agricultura mexica se basaba en el maíz, el tomate, el camote (boniato), el cacao, el algodón, el chile, la calabaza y el frijol, entre otras hortalizas. Habían heredado de los pueblos que les precedieron en el centro de México la milpa, un sistema muy eficiente de tres cultivos (maíz, frijol y calabaza) que les permitía reducir el tiempo de barbecho de la tierra. También habían domesticado el guajolote.

A diferencia de los incas, los mexicas contaban con un sistema de comercio muy desarrollado llevado a cabo por un grupo social especializado de comerciantes, los pochteca, que también actuaban como espías y agentes del imperio entre otros pueblos. Probablemente se originaron como un calpulli –es decir, uno de los grupos de parentesco que formaban la base de la civilización mexica– que luego se especializó y adquirió cierto grado de autonomía y poder en virtud del importante papel que desempeñaba.

La expansión del imperio mexica fue muy rápida y se basaba en la extracción de tributos a los pueblos sometidos. Dependiendo de su nivel de resistencia al poder central, a estos pueblos se les permitía conservar sus propias estructuras políticas; o se les imponía un recaudador de impuestos pero conservaban su estructura política; o bien se les imponía un gobierno directo.

Limitaciones

Las civilizaciones americanas se enfrentaban a una serie de limitaciones. La principal era la falta de grandes mamíferos domesticables, que pudieran utilizarse para el transporte o para arrastrar arados destinados a la agricultura. Las llamas estaban limitadas en cuanto a la cantidad que podían transportar, y el terreno de las montañas andinas impedía su uso para este fin. Los mexicas conocían la rueda, que utilizaban para juguetes, pero no la utilizaban para carros y transporte, ya que carecían de animales de tiro. El lago de Texcoco permitía el transporte rápido en canoa. El resto debía hacerse a mano mediante un sistema de relevos a cargo de tamemes especializados que transportaban cargas de hasta 23 kg a la espalda, ayudados por el mecapal, cuerdas que descansaban sobre sus cabezas, en distancias de hasta 20 km. Ni la civilización inca ni la mexica utilizaban el torno alfarero.

Aunque su metalurgia ornamental era muy sofisticada, ninguna de las dos civilizaciones desarrolló la fundición del hierro, y el bronce se utilizaba muy poco. En su lugar, los mexicas utilizaban para sus armas de batalla la piedra de obsidiana que es muy resistente. En realidad es más afilada y dura que el acero, aunque es más quebradiza y no se puede refundir.

En general, estas sociedades se basaban más en la explotación del trabajo humano que en el desarrollo tecnológico, lo que ralentizó su desarrollo general. A la llegada de los conquistadores españoles, tanto la civilización mexica como la inca parecían haber llegado al límite de su expansión territorial y, en consecuencia, estaban plagadas de contradicciones internas y descontento entre los pueblos recién conquistados.

La relación entre la comunidad agraria en la base de estas sociedades y el Estado por encima de ellas se basaba en el beneficio mutuo. El Estado extraía excedentes de la comuna y, a cambio, organizaba obras públicas necesarias y útiles. Pero con la expansión geográfica del Estado también creció el coste de mantener su burocracia. Las obras monumentales se hicieron cada vez más onerosas. Lo que los pueblos recién conquistados ganaban con esa dominación quedaba cada vez más eclipsado por lo que perdían. La relación era cada vez menos favorable a la comuna.

En ambas civilizaciones, había indicios que apuntaban hacia el desarrollo de la propiedad privada y el trabajo esclavo. Entre los mexicas, asistimos al surgimiento de una clase de nobles (pipiltin), a los que el gobernante supremo, el huey tlatoani, asignaba tierras (pillali) que eran trabajadas por mayeques, campesinos que no pertenecían a ningún calpulli y estaban vinculados a la tierra, con algunos rasgos similares a los siervos feudales. La tierra asignada al pipiltin podía transmitirse por herencia, pero a cambio el pipiltin debía pagar servicios al huey tlatoani.

Había otro estrato de nuevos nobles, los tectecutzin, cuyo estatus se adquiría por servicio destacado en la guerra. A ellos también se les asignaban tierras (tecpillalli), que eran trabajadas por campesinos conocidos como tecallec, que formaban parte de un calpulli y que, por tanto, tenían acceso a tierras comunales. Sin embargo, estos campesinos en lugar de pagar tributo al huey tlatoani, pagaban tributo al propio tectecutzin, en forma de trabajo en las tierras de éste. Los tectecutzin, sin embargo, no podían transmitir la tierra a sus descendientes.

En ambos casos, lo que vemos es al gobernante supremo –en su calidad de terrateniente general de toda la tierra, incluida la recién conquistada– otorgando concesiones de usufructo sobre ciertas tierras (el derecho a usar y disfrutar de los frutos de la propiedad ajena) a diferentes grupos de nobles, mientras él mismo seguía siendo el propietario general como principal representante del Estado. Al mismo tiempo, es evidente que por este camino podía surgir una forma de propiedad privada de la tierra.

También existía entre los mexicas una clase de campesinos sin tierra, los tlacotin, que eran obligados a trabajar la tierra para el Estado. Esto podría haber evolucionado hacia un sistema esclavista. Pero, en general, los prisioneros de guerra eran utilizados para el sacrificio humano.

También entre los incas existían contradicciones similares, fuerzas internas que empujaban hacia la disolución de la propiedad de la tierra por parte de la comuna.

Se puede especular si tales sociedades hubieran evolucionado hacia el feudalismo o tal vez a la esclavitud, de no ser por la conquista española. Otra posibilidad es que se hubieran derrumbado bajo el peso de sus propias contradicciones, volviendo a las comunas agrícolas, iniciando un nuevo ciclo que conduciría a la aparición de una nueva estructura estatal. Éste había sido el caso de sociedades similares que les precedieron en la región, en particular las teotihuacanas y mayas en Mesoamérica, y los tiwanakota en los Andes.

España

La España del siglo XV era el producto del desarrollo general del feudalismo en Europa, pero al mismo tiempo poseía algunas características peculiares.

El siglo XIV fue un periodo de crisis para la Europa feudal. Las malas cosechas y las epidemias habían provocado el descontento y una oleada de revueltas campesinas en toda Europa que se prolongó hasta el siglo siguiente. Esto condujo finalmente a la aparición de poderosas monarquías absolutas, que establecieron un equilibrio entre la creciente burguesía de las ciudades y la nobleza feudal. España fue un ejemplo temprano de este proceso con Carlos I, que fue rey de España de 1516 a 1556 y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que gobernó como Carlos V.

El periodo también fue testigo del temprano auge del capital mercantil. En España, este proceso se concentró en Cataluña, parte de la Corona de Aragón, que llegó a dominar el comercio mediterráneo.

La unificación de España se produjo tras siglos de guerra contra los reinos árabes. La llamada Reconquista se completó en 1492 con la conquista de Granada, el mismo año en que Colón llegó al Caribe. Las guerras en España crearon una gran capa de caballeros y nobles de bajo rango, acostumbrados a luchar por el botín, pero generalmente empobrecidos. Estos hidalgos se convirtieron en la columna vertebral de la conquista de América.

Lo que la historia oficial ha construido como “la Reconquista” se había llevado a cabo bajo la bandera de la cristiandad. Como parte del proceso de unificación española, personificado en el matrimonio del rey Fernando de Aragón y la reina Isabel de Castilla, se creó una institución especial, conocida como la Santa Inquisición, dedicada a la persecución de la herejía religiosa y a los infieles. Este bagaje ideológico desempeñaría un papel importante en la conquista de las Américas, que se llevó a cabo bajo la bandera de la fe católica y con el objetivo declarado de evangelizar a los nativos (lo quisieran o no).

El proceso de unificación española coincidió en el tiempo con la expulsión de los judíos de España en 1492, y también con la persecución, conversión forzosa y posterior expulsión de los musulmanes de España. En resumen, España no se unificó sobre la base de una revolución burguesa que abriera el camino al desarrollo económico capitalista, sino sobre la base de la reacción ideológica religiosa.

Pero la conquista de América tenía también otro impulso, en parte contradictorio con el que acabamos de describir ¿Qué motivó el viaje de Colón? Procedía de Génova, que había establecido una poderosa república mercante marítima, y buscaba una ruta comercial hacia China y la India a través de Oriente en un momento en que la ruta terrestre directa había quedado bloqueada por la caída de Constantinopla ante el Imperio Otomano en 1453. Por tanto, toda la empresa estaba motivada por el interés comercial y financiada por capital mercantil. Sobre todo, estaba impulsada por la búsqueda de oro.
Engels explica brillantemente el proceso:

«Hasta qué punto, a finales del siglo XV, el feudalismo estaba minado y corroído interiormente por el dinero, lo demuestra de manera estrepitosa la sed de oro que se apodera de Europa occidental en esta época. Es el oro lo que los portugueses buscaban en la costa de África, en las Indias, en todo el Extremo Oriente; es el oro la palabra mágica que empujó a los españoles a atravesar el Océano Atlántico para ir hacia América; el oro era la primera cosa que pedía el Blanco desde el momento en que pisaba una orilla recién descubierta. Pero esta necesidad de partir a la aventura lejana, a pesar de las formas feudales o medio feudales en las que se realiza al principio, era ya, en su raíz, incompatible con el feudalismo cuya base era la agricultura y cuyas guerras de conquista tenían esencialmente como objetivo la adquisición de la tierra. Además, la navegación era una industria netamente burguesa, que ha impreso su carácter antifeudal incluso a todas las flotas de guerra modernas.».[6]

Así pues, las formas que adoptó la conquista de América fueron feudales. Pero el contenido era definitivamente burgués e impulsado por el capital mercantil.

Además, es necesario explicar que el viaje a América y su conquista fueron posibles gracias a una serie de desarrollos tecnológicos. Entre ellos, el astrolabio (que hizo posible las mediciones astronómicas en el mar), la brújula y la pólvora (que hizo posible las primeras armas de fuego primitivas, como el cañón y los arcabuces).

La embarcación que utilizaban los españoles era principalmente la carabela, una embarcación relativamente pequeña pero muy maniobrable que había sido desarrollada en la lucha contra los piratas en el Mediterráneo, y desplegada por los portugueses en sus primeras exploraciones y expolios de África y algunas islas del Atlántico. Se complementó con la nao, de mayor tamaño. Estos barcos estaban equipados con la vela latina, que les permitía navegar a barlovento (es decir, contra el viento). Los marinos y exploradores portugueses también habían perfeccionado el conocimiento de las corrientes oceánicas atlánticas.

El modelo para la colonización de América había sido establecido por la colonización portuguesa de las islas atlánticas.

A esto hay que añadir la espada y la armadura de acero, que los españoles habían perfeccionado en siglos de guerra; y la técnica de montar a caballo a la jineta, que habían adoptado de los árabes contra los que luchaban.

España encarnaba, pues, todas estas contradicciones en el momento de la conquista. Era un país feudal, dominado por el oscurantismo católico, pero al mismo tiempo se vio empujado a cruzar el Atlántico por el poderoso impulso del capital mercantil, que a lo largo de los siglos había crecido en el seno de la sociedad feudal, pero era antagónico a ella. Pudo llevar a cabo la conquista de América utilizando la técnica y los conocimientos acumulados en toda la masa continental euroasiática.

Conquista

La conquista en sí fue un asunto brutal. En primer lugar, los conquistadores españoles llegaron a las islas del Caribe donde esclavizaron a las poblaciones locales de «indios» taínos por medios extremadamente brutales. Cuando los taínos opusieron resistencia y se rebelaron, fueron masacrados. Los españoles utilizaron crueles métodos de terror para castigar a los rebeldes, que defendían sus tierras y su sustento, como advertencia para los demás. Les cortaban narices, orejas y manos, los quemaban en la hoguera, los descuartizaban y destripaban. Entre las armas que utilizaban los españoles había perros mastines especialmente adiestrados, que se ensañaban con los habitantes del lugar.

El sacerdote español Bartolomé de las Casas escribió un relato ocular de los horribles métodos empleados por los españoles en su «Brevísima relación de la destrucción de las Indias«:

«Los cristianos, con sus caballos y espadas y lanzas comienzan a hacer matanzas y crueldades extrañas en ellos. Entraban en los pueblos ni dejaban niños, ni viejos ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban y hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio o le cortaba la cabeza de un piquete [de un tajo] o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros daban con ellas en ríos por las espaldas riendo y burlando, y cayendo en el agua decían: «¿Bullís, cuerpo de tal?»40 Otras criaturas metían a espada con las madres juntamente y todos cuantos delante de sí hallaban. Hacían unas horcas largas que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a honor y reverencia de nuestro Redentor y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego los quemaban vivos. Otros ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca; pegándoles fuego así los quemaban. Otros, y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos y dellas llevaban colgando, y decíanles: «Andad con cartas», conviene a saber: «Llevá las nuevas a las gentes que estaban huidas por los montes».

Comúnmente mataban a los señores y nobles desta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos, en aquellos tormentos desesperados se les salían las ánimas. Una vez vide que teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales señores (y aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros) y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le impidían el sueño, mandó que los ahogasen, y el alguacil, que era peor que verdugo, que los quemaba (y sé cómo se llamaba y aun sus parientes conocí en Sevilla) no quiso ahogallos, antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen, y atizóles el fuego hasta que se asaron de espacio como él quería.

Yo vide todas las cosas arriba dichas y muchas otras infinitas, y porque toda la gente que huir podía se encerraba en los montes y subía a las sierras huyendo de hombres tan inhumanos, tan sin piedad y tan feroces bestias, extirpadores y capitales enemigos del linaje humano, enseñaron y amaestraron lebreles, perros bravísimos que en viendo un indio lo hacían pedazos en un credo, y mejor arremetían a él y lo comían que si fuera un puerco. Estos perros hicieron grandes estragos y carnecerías. Y porque algunas veces, raras y pocas, mataban los indios algunos cristianos con justa razón y santa justicia, hicieron ley entre sí que por un cristiano que los indios matasen habían los cristianos de matar cien indios.»[7]

En la masacre de Jaragua, en julio de 1503 en la isla de La Española, 300 conquistadores, dirigidos por el gobernador español Ovando, masacraron a los jefes del pueblo taíno liderados por la cacique Anacaona. Los caciques taínos habían sido convocados a una celebración y fueron masacrados por los conquistadores españoles, 80 de ellos quemados vivos y la cacique Anacaona ahorcada como escarmiento para los demás.

Las intolerables condiciones a las que se sometía a los pueblos originarios en las minas del Caribe provocaron una enorme mortandad. Muchos se suicidaron y las mujeres se provocaban abortos. Las condiciones de esclavitud eran tan terribles que no consideraban que mereciera la pena seguir viviendo.

El exterminio masivo de autóctonos en el Caribe tuvo dos consecuencias importantes. Una fue la introducción de la esclavitud en las plantaciones, que empezó con el uso de esclavos indios capturados en otros territorios, y evolucionó al transporte forzoso de africanos con el desarrollo del comercio transatlántico de esclavos. La otra consecuencia fue el impulso hacia el saqueo de otras tierras, al oeste, norte y sur de las islas del Caribe, que desembocó finalmente en la conquista de México.

La pregunta sigue en pie: ¿cómo fue posible que un pequeño número de españoles –400 al principio y quizá 1.100 en el momento álgido– conquistara y subyugara a los mexicas, una civilización desarrollada y experta en el arte de la guerra? Y, téngase en cuenta, esto se logró en una campaña relativamente corta, que comenzó en febrero de 1519 y culminó con la toma de Mexico-Tenochtitlan en agosto de 1521.

A favor de los españoles estaba, por supuesto, el factor sorpresa. La población local nunca había visto caballos ni perros mastines, y menos aún su uso en la guerra. Tampoco tenían ninguna experiencia con las armas de fuego, y mucho menos con los cañones y arcabuces de los que disponían los españoles. Las espadas de acero y las lanzas españolas también les daban ventaja.

Las diferentes técnicas de guerra reflejaban objetivos diferentes: en el combate cuerpo a cuerpo, los americanos intentaban capturar prisioneros, en lugar de matar a sus enemigos, como hacían los españoles. Los americanos luchaban en grandes grupos, enviando oleada tras oleada de combatientes para librar esta guerra cuerpo a cuerpo. Los españoles, en cambio, utilizaban maniobras y escuadrones compactos.

Sin embargo, la superioridad armamentística no basta para explicar cómo unos cientos de españoles derrotaron a un gran imperio con decenas de miles de guerreros. Y además, algunas de las armas españolas no eran tan útiles en las condiciones de América. La pólvora, por ejemplo, escaseaba y se humedecía fácilmente en condiciones tropicales. El arcabuz era un arma muy lenta de recargar, y sólo podía dispararse una vez cada dos minutos. Los españoles sólo disponían de un puñado de cañones y un pequeño suministro de balas de cañón. La armadura de acero era muy incómoda en las calurosas y húmedas condiciones locales de Mesoamérica. De hecho, fue sustituida muy pronto por la armadura local, más cómoda y muy resistente, compuesta por varias capas de algodón entretejido. La superioridad tecnológica sólo podía ser eficaz si se combinaba con otros factores.

Como ya se ha mencionado, la sociedad mexica ya había alcanzado sus límites a la llegada de los españoles. Los españoles, dirigidos por el notario Hernán Cortés, aprovecharon hábilmente las contradicciones internas del imperio, aliándose con los pueblos que los mexicas habían sometido.

Los primeros pueblos que encontraron al desembarcar en Yucatán fueron los totonacas. Los españoles pudieron recabar información y establecer comunicación a través de dos figuras que llegaron a ser muy importantes: Gerónimo de Aguilar, un sacerdote español que había sobrevivido al naufragio de una expedición anterior y que vivió entre los cocomes durante ocho años y había aprendido la lengua maya; y Malintzin, una noble mexica que acabó siendo criada por gente de habla maya y que, por tanto, hablaba náhuatl y maya.
Cortés prometió ayudar a los totonacas a liberarse de su tributo a Tenochtitlan, pero al mismo tiempo dijo a los embajadores mexicas que Cortés estaba de su parte. Con la ayuda de cientos de guerreros totonacas de Cempoala, Cortés se enfrentó a los tlaxcaltecas. Los tlaxcaltecas habían estado en guerra con los mexicas durante décadas y éstos les habían impuesto un embargo. Una vez que los tlaxcaltecas vieron las habilidades de combate y las armas de los españoles, decidieron que podían ser aliados útiles contra los mexicas. Poco a poco, otros pueblos también gravitaron hacia la órbita de los españoles. Estas alianzas sólo fueron posibles porque estos pueblos ya estaban enfrentados a los mexicas y resentidos por tener que pagarles tributo.

Por tanto, las contradicciones internas del imperio mexica desempeñaron un papel importante. Pero, de nuevo, el factor de las alianzas no puede explicarlo todo por sí solo. ¿Por qué estos pueblos decidieron aliarse con los conquistadores? Porque vieron que eran muy eficaces en el combate.

Para consolidar estas alianzas, Cortés utilizó métodos de terror. El ejemplo más importante fue la masacre de Cholula. Una vez aliado con los tlaxcaltecas, decidió escarmentar a la vecina Cholula, no sólo para mejorar su reputación entre los tlaxcaltecas, sino también para enviar un mensaje a Moctezuma, el gobernante supremo de los mexicas.

La masacre de Cholula comenzó cuando Cortés acusó a los primeros de preparar una traición a favor de los mexicas. Ordenó a los líderes locales que entraran en la plaza de la ciudad y entonces comenzó la masacre. Así lo describió un cronista español:

«[Cortés] mandó matar algunos de aquellos capitanes, y los demás dejó atados. Hizo disparar la escopeta, que era la seña, y arremetieron con gran ímpetu y enojo todos los españoles y sus amigos a los del pueblo. Hicieron como en el estrecho en que estaban, y en dos horas mataron seis mil y más. Mandó Cortés que no matasen niños ni mujeres. Pelearon cinco horas, porque, como estaban armados los del pueblo y las calles con barreras, tuvieron defensa. Quemaron todas las casas y torres que hacían resistencia. Echaron fuera toda la vecindad; quedaron tintos en sangre. No pisaban sino cuerpos muertos. Subiéronse a la torre mayor, que tiene ciento veinte gradas, hasta veinte caballeros, con muchos sacerdotes del mismo templo; los cuales con flechas y cantos hicieron mucho daño; fueron requeridos, y no rendidos; y así, se quemaron con el fuego que les pusieron, quejándose de sus dioses cuán mal lo hacían en no ayudarlos, ni defendiendo su ciudad y santuario. Saqueose la ciudad. Los nuestros tomaron el despojo de oro, plata y pluma, y los indios amigos mucha ropa y sal, que era lo que más deseaban, y destruyeron cuando posible les fue…»[8]

Cuando Cortés entró por primera vez en México-Tenochtitlan, la capital de los mexicas, su ejército estaba formado por 350-400 españoles, 8.000 tlaxcaltecas, 2.000 totonacas y otras fuerzas menores de otomíes y huexotzincas.

Moctezuma fue apresado por los conquistadores. Formalmente, seguía siendo el gobernante supremo, pero de facto estaba bajo arresto domiciliario y controlado por los españoles y sus aliados. En mayo de 1520, Cortés abandonó Tenochtitlan para dirigirse a Veracruz y derrotar a un ejército enviado por el gobernador de Cuba para someterlo. En su ausencia, el lugarteniente de Cortés, Pedro de Alvarado, organizó una brutal matanza de la nobleza mexica, aprovechando las celebraciones de la fiesta de Tōxcatl en el Huēyi Teōcalli (Templo Mayor). Esto provocó un levantamiento mexica, y los españoles y sus aliados se vieron obligados a huir de la ciudad con numerosas bajas.

Cortés decidió entonces sitiar México-Tenochtitlan, tras haber ganado para su bando la mayoría de las ciudades que rodeaban el lago y que antes habían sido tributarias de los mexicas. En ese momento, el ejército reunido por Cortés contaba con unos 800 españoles y decenas de miles de guerreros de pueblos aliados. Algunos cronistas españoles elevan la cifra a 100.000 guerreros aliados, aunque es probable que se trate de una exageración.

El brutal asedio de la ciudad del lago comenzó en enero de 1521 y duró casi ocho meses. A medida que los conquistadores y sus aliados avanzaban, más pueblos se les unían. Los mexicas resistieron valientemente, liderados primero por Cuitlahuac (hermano de Moctezuma) y luego por Cuahtemoc (primo de Moctezuma). Los españoles organizaron la construcción de 13 bergantines, que les dieron ventaja en el lago frente a las canoas mexicas. La sangrienta derrota final de México-Tenochtitlán se produjo el 13 de agosto de 1521.

La cuestión de la calidad del liderazgo también entra en la ecuación. Cortés era astuto: un político taimado y maniobrero, movido por la sed de botín. Moctezuma, en cambio, parece haber sido indeciso en los momentos cruciales. Esta indecisión era en parte el resultado de las contradicciones internas que corroían la estructura política mexica.

También es importante mencionar el papel de las enfermedades en la conquista española. Los españoles trajeron toda una serie de enfermedades infecciosas desconocidas en América, entre ellas la viruela y el sarampión. Estos patógenos habían saltado principalmente de los animales domésticos, cuyas especies eran desconocidas en América, a los humanos. Los europeos habían estado acostumbrados a las epidemias durante siglos y habían desarrollado cierto grado de inmunidad, pero los habitantes de América nunca habían estado expuestos a ellas. Como consecuencia, las tasas de mortalidad eran extremadamente altas, llegando quizás al 80 o 90%. Esto no fue crucial en el asedio de Tenochtitlan, ya que la epidemia afectó tanto a los mexicas como a los aliados españoles. Pero el impacto psicológico fue profundo, ya que los pueblos locales vieron cómo los españoles eran en gran medida inmunes, mientras ellos morían en gran número de una enfermedad desconocida.

Perú

Sin embargo, las epidemias de origen español desempeñaron un papel más importante en la conquista del Perú que tuvo lugar entre 1532 y 1572. En este caso, las fuerzas españolas eran aún más reducidas. Las dirigía Pizarro, un conquistador especialmente despiadado y tosco, además de analfabeto. Contaba con menos de 200 combatientes en la crucial batalla de Cajamarca de 1532, en la que capturó a Atahualpa, el último emperador inca.

En Perú, la epidemia traída por los españoles a las Américas había precedido a la llegada de los conquistadores, habiendo viajado probablemente por tierra a través de lo que hoy es Colombia. Miles de personas morían de una enfermedad desconocida hasta entonces y de la que no se conocía cura. Imaginen el impacto del COVID-19 y multiplíquenlo por mil.

Además, Pizarro había llegado en medio de una guerra civil por la sucesión del difunto emperador, Huayna Capac. Éste había muerto en circunstancias misteriosas, quizá a causa de la misma epidemia de viruela. La guerra civil entre los hermanos Huáscar y Atahualpa, que estalló tras la muerte de Huayna Capac, fue hábilmente manipulada por Pizarro, que apoyó primero a uno y luego al otro hermano, con el fin de conquistar el imperio inca.

De nuevo, como en el caso de los mexicas, la captura de Atahualpa desempeñó un papel crucial en el sometimiento de los incas. Como en el caso de la masacre del Templo Mayor de Tenochtitlan, la captura tomó la forma de un brutal acto de traición. Se convenció a los incas que entraran en Cajamarca en son de paz, con un séquito de sólo 8.000 guerreros, de una fuerza total de combate diez veces mayor. Una vez dentro de una plaza cerrada, los españoles atacaron y masacraron a los concentrados, en su mayoría desarmados. La captura del Sapa Inka, el principal gobernante, que se suponía hijo del dios Sol Inti y era considerado como una figura divina, tuvo un tremendo impacto psicológico, que desorientó y desorganizó a la resistencia inca.

Tras el asesinato de Atahualpa, por el que habían obtenido un rescate millonario en oro, los españoles instalaron a un gobernante inca títere, Túpac Huallpa. Pero se produjo una nueva rebelión, liderada primero por Manqu Inka y luego por Túpac Amaru que establecieron un nuevo Estado inca con sede en Vilcabamba. Los conquistadores españoles tardaron décadas en derrotarlo. Sólo pudieron hacerlo contando con el apoyo de varios pueblos locales que querían sacudirse el yugo inca. Como la lucha duró varias décadas, los incas pudieron adoptar métodos y técnicas de guerra de los españoles, incluido el uso de caballos y armas de fuego. Pero esto por sí solo era insuficiente para vencer a las fuerzas colonialistas que ahora contaban con superioridad numérica. Finalmente, en 1572 los incas fueron obligados a abandonar Vilcabamba y huyeron. Poco después, Túpac Amaru fue capturado y, tras un simulacro de juicio, ejecutado públicamente.

La conquista española de los mayas se llevó a cabo con métodos similares, brutales matanzas, alianzas con pueblos locales contra otros, pero una serie de factores hicieron de ésta una campaña mucho más difícil. En primer lugar, el terreno, espesa selva húmeda y tierras pantanosas, era mucho menos favorable a las técnicas de guerra españolas y proporcionaba una ventaja a los distintos pueblos mayas, que utilizaban hábilmente las emboscadas contra los invasores. En segundo lugar, los mayas no estaban gobernados por un único imperio (como era el caso de los mexicas y los incas), sino que estaban organizados en una serie de ciudades-Estado y reinos locales y regionales más pequeños, contra los que había que luchar y derrotar uno a uno.

También en este caso las enfermedades desempeñaron un papel crucial en la conquista española. Oleada tras oleada de enfermedades del Viejo Mundo asolaron a los pueblos indígenas de la región, como la viruela, la gripe, el sarampión, la tuberculosis, la malaria, etc. En algunos casos, las enfermedades se propagaron incluso antes de que se produjera el contacto directo o cualquier combate. Algunos autores calculan que en algunas regiones hasta el 90% de la población maya anterior al contacto fue aniquilada en un siglo.

Sin embargo, los españoles fueron derrotados varias veces e incluso cuando consiguieron establecer el control, se produjeron frecuentes rebeliones. Los pueblos mayas rechazaron la política de reducciones, por la que los conquistadores los reasentaban en nuevos poblados para incorporarlos a la administración colonial. Muchos simplemente huyeron a zonas más remotas o se unieron a otros grupos que aún no habían sido colonizados.

El grueso de la conquista de los mayas tuvo lugar entre 1529 y 1546. Sin embargo, hubo zonas de la selva Lacandona y del Petén que permanecieron sin conquistar. En la selva Lacandona, los lakandones chʼol opusieron una valiente resistencia y a ellos se unieron muchos que huían de los invasores. No fueron completamente derrotados hasta 1696. En el Petén, el pueblo maya local, los itza, resistió a los españoles durante décadas, tras haberlos derrotado por primera vez en la década de 1620. Finalmente, una guerra que duró entre 1695 y 1697 consiguió destruir el último de los reinos mayas. En una década, la población indígena se había desplomado en torno al 90%, debido a una combinación de enfermedades, exceso de trabajo, desmoralización y hambruna.

Consecuencias

¿Cuáles fueron las consecuencias de la conquista? En primer lugar, una destrucción masiva de los pueblos indígenas y sus culturas. La población de las islas del Caribe desapareció casi por completo. La población del imperio mexica, que rondaba los 20 millones cuando llegaron los españoles, se redujo a unos 2 millones en 70 años. Los españoles destruyeron sistemáticamente los templos. Las bellas obras de arte, que eran de plata y oro, se fundieron para transportarlas y se perdieron para siempre. Los conquistadores españoles destruyeron orgullosa y sistemáticamente los Códices Mayas, los libros plegables que contenían su historia y literatura.

Cientos de miles de personas murieron a causa de los trabajos forzados en las minas de plata y oro, en el Caribe, en México y en Potosí. La conquista de América y el exterminio de gran parte de la población local condujeron al desarrollo masivo del comercio de esclavos, no sólo en las islas del Caribe, sino también en Brasil, Colombia, Ecuador, etc. Millones de negros fueron capturados en África y transportados en condiciones inhumanas. Los que sobrevivieron a la travesía fueron obligados a trabajar hasta la muerte en las plantaciones de caña de azúcar y tabaco.

Pero, como se ha señalado, esto no fue un proceso unilateral. Hubo resistencia, que duró siglos. Rebeliones, guerras de guerrillas que duraron décadas, el establecimiento de comunidades cimarronas libres (quilombos palenques) de esclavos fugitivos, etc. En Brasil, por ejemplo, bajo la dominación colonial portuguesa, asistimos a la formación del Quilombo dos Palmares, donde vivían unos 15.000 esclavos fugados, que resistió desde 1580 hasta su destrucción final en 1710.

En la actual Colombia, la ciudad de San Basilio de Palenque remonta sus raíces a 1599, cuando Benkos Biohó, un esclavo negro de la actual Guinea Bissau, escapó y libró una prolongada guerra contra los españoles, atacando los barcos negreros que llegaban a Cartagena. En el actual Ecuador existía el Reino Zambo de Esmeraldas, establecido por esclavos africanos que escaparon cuando el barco que los transportaba encalló tras una tormenta en 1533. Se unieron y mezclaron con los pueblos indígenas locales (de ahí el nombre zambo, que describía a personas de ascendencia mixta negroafricana e indígena) creando una comunidad libre de la dominación colonial española, que finalmente fue reconocida oficialmente en el siglo XVIII. En el actual México, en 1570, esclavos fugitivos liderados por Gaspar Yanga fundaron una ciudad libre en Veracruz, a la que llamaron San Lorenzo de los Negros (hoy en día Yanga), que nunca fue vencida.

Los pueblos que vivían en sociedades nómadas de cazadores-recolectores organizados en grupos de parentesco, como los mapuches al sur del imperio inca en el actual Chile; los chichimecas al norte del imperio mexica en el actual México; y los ava guaraníes al este del imperio inca en la actual Bolivia, libraron valerosas guerras de guerrillas contra los conquistadores. Hicieron uso de los elementos de guerra que habían dado ventaja inicial a los españoles, adoptando en particular el caballo y las armas de fuego.

El hecho de que estos pueblos no produjeran excedentes económicos y, por tanto, no tuvieran experiencia previa de ser subyugados bajo una formación estatal, no hizo sino aumentar su resistencia a la colonización. Mantuvieron a raya a los conquistadores durante décadas y, en el caso de los mapuches, liderados por Lautaro y otros toki [líderes en tiempos de guerra], llegaron a derrotarlos y obligarlos a firmar un acuerdo de paz favorable a los mapuches.

Inicialmente, los conquistadores españoles adoptaron para sus propios fines algunas de las formas externas del sistema de tributo preexistente entre los mexicas y los incas. Así, el tributo de mano de obra mit’a de los incas se utilizó para obligar a los ayllu a enviar trabajadores a las minas de plata de Potosí. El tributo impuesto a los calpulli en México se pagaba ahora a la Corona. Los españoles se casaron con las familias gobernantes de los incas y los mexicas para dar una apariencia de legitimidad a su dominio.

Aunque la forma externa de explotación era la misma, y la antigua comuna agrícola incluso siguió existiendo durante un tiempo (ahora pagando tributo a la Corona), el contenido real era completamente distinto. La mit’a ya no era un tributo de trabajo colectivo para la realización de obras públicas, que hasta cierto punto beneficiaba a la comunidad, sino que se utilizaba para extraer plata de las minas, que luego entraba en la corriente del comercio mundial y en el proceso de acumulación primitiva de capital. Se había convertido en algo más parecido a la corvée feudal, sólo que intensificada hasta un grado insoportable.

Marx comentó este proceso en El Capital cuando escribió:

«Es evidente, con todo, que cuando en una formación económico-social no prepondera el valor de cambio sino el valor de uso del producto, el plustrabajo está limitado por un círculo de necesidades más estrecho o más amplio, pero no surge del carácter mismo de la producción una necesidad ilimitada de plustrabajo. De ahí que en la Antigüedad el exceso de trabajo se presentara bajo una forma horrible allí donde se trataba de obtener el valor de cambio en su figura dineraria autónoma, en la producción de oro y plata. La forma oficial del exceso de trabajo es aquí el trabajar forzadamente hasta la muerte».[9]

Cómo la conquista moldeó a España

En las primeras décadas de la colonización, hubo conflictos constantes entre los conquistadores y la Corona española. Los conquistadores querían el botín para ellos y estaban dispuestos a hacer trabajar a los indígenas hasta la muerte para lograrlo. A la Corona, en cambio, le interesaba un flujo de tributo constante y a largo plazo, y desconfiaba del poder autónomo que los conquistadores habían adquirido.

Este conflicto se vistió con el manto de un debate religioso entre el fraile dominico de las Casas y el erudito humanista Sepúlveda en 1550. Ambos debatieron en Valladolid sobre cuestiones como los derechos de los indios, si tenían alma, si eran criaturas de Dios y si podían ser evangelizados. De las Casas ganó el debate, lo que llevó a la Corona a promulgar leyes que protegían a los indios, aunque sólo formalmente, para poder extraerles tributo. Los conquistadores de Perú y México se rebelaron contra estas leyes, que acabaron teniendo poca aplicación real.

Pero a largo plazo, España no se benefició de su botín americano. Al contrario, la enorme cantidad de saqueo extraído de América fortaleció a la monarquía y se utilizó para financiar las guerras religiosas reaccionarias en Europa, el consumo suntuario y el endeudamiento del Estado. España tenía un enorme déficit en su balanza comercial que se financiaba constantemente con el flujo de oro y sobre todo de plata de América.

Incluso antes de que llegara el grueso de las riquezas americanas expoliadas, la Corona había pedido prestadas grandes cantidades de dinero a banqueros del sur de Alemania y del norte de Italia, que cobraban intereses exorbitantes. Entre ellos destacaba la familia Fugger, que originalmente había prestado al rey Carlos I 600.000 ducados para asegurar su elección como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Los Welser eran otra familia de banqueros alemanes a los que se concedieron derechos sobre la provincia de Venezuela, así como una posición dominante en el comercio de esclavos, a cambio de los préstamos que hicieron al Emperador.

La defensa de sus posesiones europeas se hizo cada vez más costosa, obligando al rey Carlos a pagar ejércitos mercenarios cada vez más numerosos. En 1539 la Corona debía un millón de ducados a los banqueros Fugger, Welser, Schatz y Spínola; en 1551 la cifra había aumentado a 6,8 millones. En 1556, agotado y sin dinero, Carlos V abdica. Al año siguiente, su sucesor Felipe II, que había heredado sus deudas, se vio obligado a declararse en bancarrota, la primera de las nueve quiebras a las que recurrió España entre 1557 y 1666.

El oro y la plata americanos proporcionaron también a la monarquía una fuente de ingresos que le dio mayor independencia frente a la naciente burguesía de las ciudades. La Corona española, habiendo adquirido una fuente constante de ingresos fuera de España, pasó a aplastar la rebelión de los comuneros en Castilla (1520-22), una revuelta social burguesa de los pueblos contra los privilegios de la nobleza y del Rey extranjero, así como la rebelión de las Germanías en Valencia y Mallorca (1519-23), un movimiento de tejedores, artesanos e hilanderos. Los brotes verdes del desarrollo capitalista fueron arrancados de cuajo antes de que tuvieran la oportunidad de florecer.

Antes, en 1492, la expulsión de los judíos de España ya había privado al país de artesanos cualificados y de fuentes de capital que podrían haber dado un impulso al capitalismo temprano y al desarrollo de la economía en las ciudades.

Un siglo después, en 1609, Felipe III decretó la expulsión de los moriscos, musulmanes españoles que habían sido obligados a convertirse. Tal vez hasta 300.000 (el 4% de la población del país en aquella época) fueron expulsados, lo que tuvo graves repercusiones en la agricultura de Valencia y Aragón.

España estaba dominada por una nobleza ociosa, dedicada a combatir en guerras religiosas reaccionarias, gastando a manos llenas en consumo suntuario. No era un terreno fértil para el desarrollo burgués, sino todo lo contrario.

Acumulación primitiva

Entre 1503 y 1660, 185 toneladas de oro y 16 millones de toneladas de plata llegaron de América al puerto de Sevilla, en España. La cantidad de plata transportada a España en siglo y medio triplicaba el total de las reservas europeas de la época. Estas cifras no incluyen lo que se perdió por contrabando y piratería.[10] La enorme cantidad de oro y plata que entraba en Europa produjo una devaluación masiva de todas las monedas (que se manifestó en una inflación galopante). Al mismo tiempo, inundada de efectivo, España procedió a importar todo tipo de productos manufacturados, asfixiando el desarrollo nacional de la industria. El botín de América se desvió hacia el proceso de acumulación capitalista primitiva en otros lugares (Holanda e Inglaterra) y selló el atraso de España durante varios siglos.

Además, esto significó que no se produjo un verdadero desarrollo económico en América, o al menos se produjo muy lentamente. Mientras que el excedente extraído por los señores feudales de los campesinos en Europa se utilizaba en Europa de un modo u otro, el excedente extraído por la colonia española de América no se utilizaba localmente de ningún modo, sino que se canalizaba hacia el circuito del capitalismo naciente en Europa. Esto solidificó la posición dominada de América Latina en la división mundial del trabajo. Las clases dominantes locales, aunque lograron la independencia de España en el siglo XIX, nunca desempeñaron un papel realmente progresista. Pasaron de estar dominadas por el Imperio español, a caer en la órbita de otras potencias imperialistas: Inglaterra primero, pero sobre todo Estados Unidos.

Además de impulsar la acumulación primitiva de capital, la conquista de América creó el mercado mundial moderno. El comercio se desarrolló con China, a través de la colonia española de Filipinas, vía América, alimentando una poderosa corriente de intercambio comercial. El mundo se unió bajo el dominio del comercio, anunciando el nacimiento del capitalismo mundial, como explicaron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista:

«El descubrimiento de América, la circunnavegación de Africa abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía.  El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición».[11]

En el Anti-Dühring, Engels hace la misma observación: «El oro y la plata americanos invadieron Europa y penetraron como un elemento de disolución por todas las lagunas, ranuras y poros de la sociedad feudal. La industria organizada artesanalmente no bastó ya para las crecientes necesidades; y así en las principales industrias de los países adelantados fue sustituida por la manufactura».[12]

El brutal y sangriento proceso de la conquista española de las Américas, que condujo al exterminio masivo de los pueblos indígenas que vivían en el continente y a la destrucción a gran escala de sus logros culturales, fue parte integrante de la creación del capitalismo mundial.

Esto llevó a Marx a declarar: «Si el dinero, como dice Augier, ‘viene al mundo con manchas de sangre en una mejilla’, el capital lo hace chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies».[13]

Pero el desarrollo del capitalismo y del mercado mundial también creó una clase obrera mundial, la clase destinada a ser la sepulturera de este brutal sistema de opresión y explotación.


[1] P Martire D’Anghiera, F MacNutt (trans.), De Orbe Novo, Volumen 1, Proyecto Gutenberg, 1912, libro III.

[2] Nota sobre la ortografía. La grafía más común de Inca es con «c», procedente de la transliteración española del original kichwa. Más recientemente se ha adoptado una nueva transliteración estándar de la lengua en la que se utiliza una «k» en su lugar, Inka. Aquí hemos mantenido Inca para el nombre de la civilización, pero Inka cuando se refiere al nombre de un gobernante concreto o al cargo de Sapa Inka.

[3] Una nota sobre terminología. Azteca se refiere a varios pueblos que procedían de la legendaria tierra de Aztlán y que compartían la lengua común nahua. Este es el término que utilizaron los historiadores a partir del siglo XVIII y que se ha generalizado en español. Mexica se refiere a los pueblos que abandonaron Aztlán y adoptaron al dios Huitzilopochtli (también conocido como Mexi). Los mexicas fundaron dos ciudades, México-Tlatelolco y México-Tenochtitlan, cuyos habitantes eran conocidos como tlatelolcas tenochcas respectivamente. En este texto utilizaremos el término «mexica» para referirnos a los habitantes de Tenochtitlan que dominaron la Triple Alianza y a la sociedad que crearon.

[4] A Woods, Reformismo o revolución: Marxismo y socialismo del siglo XXI (Respuesta a Heinz Dieterich), Centro Marx, 2019, pg 80.

[5] G Urton, Signs of the Inca Khipu: Binary Coding in the Andean Knotted-String Records. Austin: University of Texas Press, 2003.

[6] F. Engels, La decadencia del feudalismo y el desarrollo de la burguesía, traducción española de Edicions Internacionals Sedov, sobre la base de la versión francesa: Anti-Dühring, Éditions Sociales, París, 1956, páginas 443-451.

[7]  B De las Casas, Brevísima relación de la destruición de las Indias, edición de José Miguel Martínez Torrejón, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes https://www.cervantesvirtual.com/

[8] F López de Gómara, Historia de la Conquista de México, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 2007, págs. 122-123.

[9] K Marx, El Capital Tomo 1, Vol.1, SXXI Editores, 1975, págs. 282-83

[10] E Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina, SXXI editores, 1971, pg 34

[11] K Marx, F Engels, «El manifiesto comunista»Archivo Marxista de Internet.

[12] F Engels, Anti-Dühring, Editorial Progreso, Moscú. Pág. 94

[13] K Marx, El Capital Tomo 1, Vol.3, SXXI Editores, 1975, pg 950