Gran Bretaña: Después de la derrota electoral, la lucha continúa

Desde la derrota electoral de la semana pasada, la derecha y los medios de comunicación han lanzado una gran ofensiva contra Corbyn y la izquierda. Pero la culpa la tienen los blairistas y su sabotaje. Debemos luchar por purgar al partido de estos elementos.

«La idea de que todo lo que el Partido Laborista de Gran Bretaña necesita hacer para ganar es ofrecer el verdadero socialismo, ha sido puesto a prueba hasta la destrucción.» (Financial Times)

La noticia del resultado de las elecciones británicas fue recibida con júbilo por las bolsas de todo el mundo. La libra esterlina se disparó, y Donald J. Trump twiteó: «¡Felicitaciones a Boris Johnson por su gran victoria!»

Pero toda la historia muestra que un aumento en la bolsa de valores no significa necesariamente nada positivo para la clase obrera. Más bien, la verdad es todo lo contrario. Y lo que le agrada al actual ocupante de la Casa Blanca no necesariamente será del agrado de la clase trabajadora de Gran Bretaña.

Mientras tanto, el estado de ánimo de muchos activistas del Partido Laborista será sombrío y reflexivo, si no totalmente depresivo. La perspectiva de cinco años más de gobierno Tory, después de 10 años de brutal austeridad y ataques a los niveles de vida, llena de desesperación a muchas personas.

Pero es necesario mirar más allá de los hechos inmediatos y examinar los procesos más profundos para entender hacia dónde se dirige Gran Bretaña. Y un examen serio de los hechos no corrobora de ninguna manera el triunfalismo a corto plazo de los banqueros,  capitalistas y sus agentes políticos.

Se dice que los ejércitos derrotados aprenden bien. Es esencial que los trabajadores conscientes y la juventud dejen de lado sus emociones y examinen fríamente los hechos del caso. Hay que preguntarse: ¿por qué perdieron los laboristas? Y la respuesta a esa pregunta no se corresponde en absoluto con los argumentos falsos y mentirosos que han sido planteados repetidamente por los medios de comunicación.

Una elección sucia

Las elecciones generales de 2019 fueron las más sucias de los tiempos modernos. Eso es un asunto de registro público. Según una investigación,  casi el 90% de los anuncios de Facebook pagados por el Partido Conservador en los primeros días de diciembre, contenían afirmaciones engañosas. First Draft – una organización sin fines de lucro que trabaja en la desmitificación de noticias falsas – analizó todos los anuncios promovidos por los tres principales partidos políticos del Reino Unido en el gigante de los medios sociales en los primeros cuatro días de diciembre.

Encontró que el 88% de las campañas de los conservadores en Facebook empujaron las cifras cuestionadas por Full Fact, la principal organización de comprobación de hechos del Reino Unido. En comparación, First Draft dijo que no pudo encontrar ninguna afirmación engañosa en los anuncios que el Partido Laborista publicó en Facebook durante el mismo período. 

Pero no se trataba sólo de una cuestión de tergiversación, o incluso de decir mentiras (un arte en el que Boris Johnson, como su mentor en la Casa Blanca, están admirablemente versados). Esta campaña se caracterizó por un aluvión de calumnias y difamaciones, que sólo se dirigió a un hombre: el líder laborista Jeremy Corbyn.

Para encontrar un paralelismo, habría que remontarse a 1924, cuando la clase dominante utilizó una carta falsificada, supuestamente escrita por Zinóviev, y dirigida al Partido Laborista donde abogaba por la revolución socialista en Gran Bretaña, para fomentar la histeria antisocialista, lo que llevó a la derrota del gobierno laborista en minoría. Pero incluso esa monstruosa campaña de desprestigio palidece en insignificancia junto a la avalancha de mentiras, vitriolo, veneno y calumnia que caracterizó esta elección.

Los medios de comunicación se movilizaron con un solo fin: la destrucción política y personal de Jeremy Corbyn. Día tras día, los periódicos, la radio y la televisión repetían el mismo mensaje monótono. Los servicios del Gran Rabino y del Arzobispo de Canterbury fueron reclutados para esta ruidosa campaña de difamación. Repitieron, en cada oportunidad, la descarada mentira sobre el antisemitismo en el Partido Laborista. Era burdo y descarado, pero era efectivo, influyendo en una parte considerable del electorado, especialmente en las capas más atrasadas.

El ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, que también era experto en mentir, dijo una vez que, si vas a decir una mentira, no digas una pequeña. Hay que decir una gran mentira – mientras más descarada, absurda e improbable, mejor. Y si repites esa mentira tarde o temprano, la gente la creerá. Un excelente ejemplo de esta propaganda negra fue el desprestigio del antisemitismo laborista que se ha utilizado sistemáticamente en lo que ha sido claramente una campaña orquestada durante el último par de años, sin que se haya producido ni una pizca de evidencia que lo respalde.

La constante repetición de difamaciones contra el líder laborista jugó sin duda un papel en estas elecciones. Se vio con frecuencia en los programas de noticias en los que el público, supuestamente elegido «al azar», pero que invariablemente resultó ser o bien comerciantes o bien jubilados (casi nunca una persona menor de cuarenta años), que cuando se les preguntaba sobre su opinión sobre Jeremy Corbyn, respondían indefectiblemente: «Oh, no me gusta». Pero en las raras ocasiones en que se les preguntó el motivo de la antipatía, ellos invariablemente respondían: «No lo sé».

Esta misma estúpida farsa se repetía cada mañana, cada tarde, cada noche. ¿Cómo podría no tener efecto?  El Canal 4, que, a pesar de su imagen «liberal», se ha convertido en el más reaccionario de todos los telediarios, fue particularmente culpable. Pero todos los demás participaron en esta vergonzosa actuación. Entre ellos, la BBC, que, como servicio público de radiodifusión, se supone que es políticamente neutral, pero que en realidad siempre muestra un claro sesgo a favor de la causa conservadora.

¡Ay! No hay gratitud en la política. El amo recompensó a su perro fiel dándole una patada en los dientes. Tan pronto como el Sr. Johnson entró por la puerta del número 10 de Downing Street, anunció su intención, en efecto, de abolir la licencia de la BBC. Evidentemente, el servilismo de la BBC no era suficientemente servil. Y en cualquier caso, es bien sabido que el partido conservador se opone a todo lo que sea de propiedad pública y quiere privatizar todo lo que no esté clavado en el suelo. Hoy la BBC, mañana el NHS (servicio público de salud). Pero Boris dijo que nunca, nunca, nunca lo haría… A lo que responderemos con las palabras del poeta Omar Jayyám:

«Juré. ¿Pero estaba sobrio cuando lo juré?»

La noche de los muertos vivientes

Los medios de comunicación, tras haber desempeñado un papel escandaloso en el sabotaje de la campaña electoral de los laboristas y en la demonización de Jeremy Corbyn, no perdieron tiempo en intensificar la misma campaña incluso antes de que se anunciaran los resultados de las elecciones. Minutos después de que se anunciara la encuesta a boca de urna, empezaron a tocar el tambor, exigiendo la dimisión de Jeremy Corbyn.

Las pantallas de televisión comenzaron a parecerse a una escena de la vieja película de terror, La noche de los muertos vivientes, cuando cadáveres políticos olvidados del pasado blairista fueron convocados desde las tumbas para pronunciar su veredicto sobre la actual dirección laborista: Ed Balls, Alan Johnson, Jack Straw – una verdadera galería de viejos renegados laboristas alineados para emitir su condena.

En cada rostro de estas criaturas se podía leer una mezcla de rencor y odio extremos, mezclados con una cínica satisfacción de que por fin Corbyn hubiera sufrido una derrota. Toda la rabia y la frustración acumuladas que no pudieron expresar en 2017 estallaban ahora en un torrente de bilis venenosa. Los entrevistadores de la televisión se sentaron y sonrieron con placer indisimulado ante este espectáculo poco edificante.

Alan Johnson informó a John Lansman que Momentum era un partido dentro de un partido, y que los quería fuera del Partido Laborista. Entonces la orgía de denuncias comenzó en serio. Un diputado laborista de derecha tras otro se presentó ante las pantallas de televisión, cada uno declarando solemnemente que el único autor de todos sus males era un tal Jeremy Corbyn: nadie y nada más tenía la culpa de la derrota de los laboristas esa noche, sino sólo este detestable y detestado individuo.

El mismo tema fue retomado, desarrollado, ampliado y magnificado al enésimo grado, cuando se declararon los resultados de las elecciones. Ahora surgió de repente un nuevo tema. Los expertos de la televisión anunciaron que «muchos, muchos diputados y candidatos laboristas» exigían la inmediata renuncia de Jeremy Corbyn y de todos los que lo acompañaban.

De hecho, los «muchos, muchos» resultaron ser unos pocos individuos altamente seleccionados que desfilaron ante las cámaras  que fueron invariablemente seleccionados del ala de extrema derecha del grupo parlamentario laborista. Conocidos conservadores de armario, como Margaret Hodge, alzaron sus voces en un coro de denuncia verdaderamente demoníaco. Este sabbat de brujas políticas hubiera sido más apropiado para ser proyectado en Halloween, en lugar de en esta época de paz en la Tierra y buena voluntad para todos los hombres.

Un cambio radical

¿Cómo se puede explicar el odio único que el establishment tiene hacia Jeremy Corbyn? Para responder a esta pregunta es necesario comprender los profundos cambios que han tenido lugar en la sociedad y la política británicas en los últimos años. Estos cambios son, de hecho, un reflejo de la crisis general del capitalismo a escala mundial y en Gran Bretaña.

Hace cuatro años, el referéndum sobre la pertenencia a la UE produjo un resultado que sacudió al establishment hasta la médula. Desde entonces, Gran Bretaña ha estado en un estado de agitación política y social sin precedentes. El nuevo elemento de la ecuación es el hecho de que la clase dominante estaba perdiendo el control de la situación. Desde entonces, ha estado luchando por recuperar el control.

En el pasado, dirigir el sistema no era una tarea tan difícil. El partido conservador (los Tories), el principal partido de la burguesía, estaba controlado por un pequeño grupo de grandes aristócratas que gobernaban a una masa de reaccionarios pequeños comerciantes, agricultores, corredores de bolsa y similares. Por otro lado, el Partido Laborista estaba dirigido por respetables damas y caballeros de clase media en los que se podía confiar para manejar las cosas. Y cuando las masas se cansaban de ellos, podían volver a traer a los conservadores.

Sin embargo, en los últimos años la ecuación se ha visto perturbada, reflejando la destrucción del equilibrio social y político que se derivó del colapso económico de 2008. Esto se ha reflejado en la fuerte polarización a la derecha y a la izquierda. El Partido Laborista se inclinó bruscamente hacia la izquierda después de la elección de Jeremy Corbyn como líder del partido, mientras que el liderazgo del partido Tory cayó en manos de chovinistas de extrema derecha y nacionalistas ingleses (los antieuropeos «Brexiteers»).

En efecto, la clase dominante británica perdió el control tanto del Partido Tory como del Partido Laborista. La camarilla derechista de los Brexiteers que ahora controla el Partido Tory, llevó a cabo una purga del ala moderada, que eran los verdaderos representantes de los grandes negocios en el partido. Llegaron a expulsar a 21 prominentes diputados conservadores, incluyendo al nieto de Winston Churchill.

Esto tiene consecuencias muy graves, como claramente lo comprende la clase dominante. Después de esta purga, The Economist se quejó: «Aquellos que exigen un autoritarismo de gasto libre y una fuga del yugo de Bruselas son arribistas». Conservative Home, un blog para activistas del partido, describió esta semana como «el fin del Partido Conservador tal y como lo hemos conocido«. (Énfasis en el original)

La burguesía de Gran Bretaña se alarmó por estos acontecimientos en el Partido Conservador, sobre el cual tienen poco o ningún control. Pero estaban aún más aterrorizados por los acontecimientos en el Partido Laborista.

El miedo a un gobierno de Corbyn

La elección de Jeremy Corbyn representó un profundo cambio en la dirección del partido. A pesar de su limitado carácter reformista de izquierda, su programa representó un giro brusco hacia la izquierda. Despertó a cientos de miles de personas – especialmente a la juventud – a la vida política.

Nuevos activistas inundaron el partido, lo que condujo a una profunda transformación. El ala derecha blairista se hizo añicos. La gran mayoría de las agrupaciones locales se han movido bruscamente hacia la izquierda y algunos concejales y funcionarios de la derecha han sido destituidos. El cambio se ha extendido a muchas partes del aparato del partido. La caza de brujas contra la izquierda fue detenida y muchos ex miembros de la izquierda regresaron.

La influencia de la derecha se reduce ahora a sus últimos bastiones, el grupo parlamentario laborista, donde continúa luchando una desesperada acción de retaguardia contra los corbynistas.

Estos acontecimientos produjeron algo parecido al pánico en la clase dominante. La perspectiva de un gobierno laborista de Corbyn los llenó de ansiedad. Dada la profundidad de la crisis, tal gobierno habría representado una seria amenaza para la burguesía. Habría preparado el camino para un enorme giro a la izquierda dentro del Partido Laborista que habría presionado al gobierno para llevar a cabo políticas radicales.

En estas condiciones, la posibilidad de que los laboristas ganaran las elecciones generales llenó de alarma a la clase dominante. Junto con la derecha del Partido Laborista, hicieron todo lo posible para detenerlo. Los blairistas del Grupo parlamentario laborista ya se preparaban para dividir el partido si Corbyn ganaba las elecciones. Trabajaron activamente entre bastidores para la derrota laborista. Ahora han conseguido el resultado que deseaban fervientemente.

No es necesario entrar en detalles sobre las razones del resultado de las elecciones. Son muy claras. La clase dominante movilizó todos los recursos para aplastar a Jeremy Corbyn e impedir una victoria laborista. Aunque no se entusiasmaban con la perspectiva de un gobierno conservador compuesto por rabiosos chovinistas ingleses y dirigido por un oportunista sin principios e impredecible como Boris Johnson, por encima de todo, temían un gobierno de Corbyn.

Como era de esperar, al día siguiente de las elecciones, todos los periódicos y noticieros de televisión se movilizaron en un feroz intento de derrocar a Corbyn. Esta viciosa campaña logró su objetivo -al menos parcialmente- cuando Corbyn y McDonnell anunciaron que se retirarían, aunque no inmediatamente.

Brexit

Las difamaciones contra Corbyn jugaron un gran papel. Pero el elemento decisivo fue sin duda alguna el Brexit. Desde 2016, este asunto ha estado envenenando la vida política británica, dividiendo a la sociedad, no en líneas de clase, sino de una manera totalmente reaccionaria. Básicamente, se trataba de una división entre dos facciones de la clase dominante. No se puede servir a los intereses de clase del proletariado apoyando a ninguna de las dos. Sobre una base capitalista, no hay futuro para la clase obrera británica, ni dentro ni fuera de la Unión Europea capitalista.

Incluso antes de que se anunciara el resultado de las elecciones, la campaña contra Corbyn se intensificó en un grado considerable. Los diputados laboristas de derecha hacían cola para echar tierra y bilis sobre la cabeza del líder laborista. Pasan por alto el pequeño detalle de que, al empujar al Partido Laborista detrás del campo del Remain (permanecer en la UE), ellos mismos jugaron un papel muy importante para asegurar la derrota de los laboristas.

En las filas de los brexistas encontramos los elementos más reaccionarios de la sociedad: la extrema derecha del partido conservador, los chovinistas, los racistas y toda la chusma anti-inmigración. Pero por otro lado, tenemos a la mayoría de los banqueros y capitalistas, apoyados con entusiasmo por la derecha blairista del Partido Laborista, que, como siempre, es el portavoz fiel de la clase capitalista.

No hay absolutamente nada que elegir entre estas dos bandas reaccionarias. Nuestra tarea es denunciarlas y ponerlas al descubierto sin descanso, señalando su verdadero contenido y objetivos de clase. También es importante darse cuenta de que el voto del Brexit de 2016 fue, en gran medida, un voto de protesta de la gente de las zonas más pobres y desfavorecidas del noreste de Inglaterra y Gales que han sufrido décadas de abandono, desempleo, pobreza y privaciones.

Las minas han sido cerradas y la industria diezmada. Y como estas áreas están lejos del mercado europeo, no han recibido los beneficios de la pertenencia a la UE. Se sienten descuidados, dejados atrás y olvidados por la élite privilegiada de Westminster. Culpan a todos los partidos políticos, pero especialmente al Partido Laborista que, tras décadas de control de la derecha, había traicionado sistemáticamente sus aspiraciones.

Mucha gente en estas zonas está desesperada por encontrar una solución a sus problemas. Se dejaron seducir fácilmente por la simple idea de que abandonar la UE, y «recuperar nuestro país», les llevaría a un brillante futuro de prosperidad. En consecuencia, votaron a favor del cambio en 2016, y se decepcionaron amargamente cuando este cambio no se materializó.

Los llamados Remainers (partidarios de permanecer en la UE) de todos los partidos subestimaron tontamente la profundidad del sentimiento en una sociedad que ha sufrido años de privaciones y que busca desesperadamente un cambio. Su propaganda vacía a favor de un segundo referéndum sobre permanecer en la UE -con la clara intención de anular el primero- provocó la disconformidad de millones de personas que lo vieron como un intento de frustrar la decisión democrática tomada en 2016. De hecho, hay razones para creer que, de haberse celebrado un referéndum de este tipo, el resultado habría sido el mismo, o incluso con una mayoría mayor para abandonar la UE.

Las mentiras de los Tory son contestadas

«Bajo la desastrosa dirección de Jeremy Corbyn, armado con su manifiesto «radical y transformador», el partido se hundió hasta su nivel más bajo desde 1935″.

Este fue el veredicto de la edición de hoy (15/12/19) de The Financial Times. Antes de empezar, hay dos falsedades evidentes aquí, que están siendo repetidas ad nauseum por nuestra «prensa libre». Y el hecho de que una declaración falsa se repita constantemente no la hace menos falsa.

Mentira número uno: este fue el peor resultado del Laborismo desde 1935.

No se puede negar que fue un mal resultado para los laboristas. Pero los medios de comunicación y sus aliados en el ala derecha del Grupo parlamentario laborist intentan presentarlo como un desastre electoral sin precedentes. Pero los hechos lo contradicen.

Aunque el partido tiene menos escaños ahora, los laboristas ganaron una mayor cuota de votos esta vez que en 1982 y Corbyn consiguió más votos que Tony Blair en 2005. E incluso The Financial Times se ve obligado a admitir a regañadientes que «el porcentaje de votos del partido, de un 32%, fue mayor que el de Ed Miliband en 2015».

Mentira número dos: esta fue una victoria asombrosa para Boris Johnson y los Tories.

Si bien es un revés para los laboristas en términos de escaños, el voto a favor de los Tories difícilmente puede presentarse como un voto de confianza sin precedentes en Boris Johnson o su partido. De hecho, el voto de los conservadores aumentó en apenas 300.000 con respecto a 2017.

Mentira número tres: este resultado fue una derrota aplastante para el socialismo y las políticas de izquierda de Corbyn.

The Financial Times dice: «Un manifiesto de limosnas y nacionalizaciones fue rechazado por gran parte del electorado británico. El público estaba harto de la austeridad, pero se mostraba incrédulo ante un programa que prometía de todo, desde la banda ancha gratuita hasta una semana laboral de cuatro días. Cualquier sucesor tendrá que pensar más claramente en los límites de la intervención estatal».

De hecho, las políticas laboristas fueron bien recibidas por la mayoría de la gente. La política de nacionalización de los ferrocarriles y de las grandes compañías eléctricas tuvo un eco sensible de millones de personas que han llegado a comprender que la privatización de estos sectores, y de otros, fue una estafa gigantesca, que condujo a precios más altos y a un servicio deficiente.

De igual manera, el compromiso del Partido Laborista de invertir fuertemente en el Servicio Nacional de Salud y otros servicios públicos, como la educación, la abolición de las tasas de matrícula de los estudiantes, el pago de pensiones a las mujeres de WASPI que fueron injustamente excluidas, y otras medidas antiausteridad, recibió un apoyo muy amplio. Esto es lo que nos dice The Economist, otro prominente portavoz de los banqueros y los capitalistas:

«El Sr. McDonnell respondió a las encuestas a pie de urna diciendo que fue una elección sobre el Brexit pero que las políticas laboristas cayeron bien de entrada. Hay más de una pizca de verdad en esto. El estudio electoral británico muestra que la mayoría de los votantes adoptan posiciones ‘de izquierda’ en cuestiones como la de que la sociedad está amañada a favor de los ricos».

Colapso del » Centro»

Mentira número cuatro: Los laboristas deben volver al «Centro» para recuperarse.

Esta mentira quedó claramente expuesta por los propios resultados electorales. El «centro» político en Gran Bretaña se derrumbó completamente. The Economist se quejó amargamente de ello: «El único partido centrista de Gran Bretaña, los Demócratas Liberales, tuvo una noche incluso peor que la de los Laboristas.»

El colapso del centro político es, de hecho, un fenómeno internacional. Representa una creciente polarización en la sociedad, que en esencia es una expresión de la polarización de clase. Eso es lo que más preocupa a la clase dominante y a sus representantes políticos. Se vieron alentados por la victoria electoral de Macron en Francia. Pero esa burbuja no tardó en estallar.

Las falsas promesas de Macron pronto salieron a la luz, y el «Centro» resultó ser un gigantesco cero. El llamado conservadurismo de Boris Johnson de una sola nación terminará exactamente de la misma manera. Francia está ahora atrapada en protestas masivas y en una huelga general. El mismo destino le espera al gobierno de Johnson en el futuro.

Mentira número cinco: la dirección de Corbyn ha sido un desastre y los laboristas deben rechazar la izquierda o enfrentarse al olvido.

The Financial Times nos informa: «El Sr. Corbyn, su liderazgo y el culto de la izquierda dura que le rodea, han alejado a sus potenciales partidarios en general.»

¿Cuáles son los hechos? Desde que Jeremy Corbyn se convirtió en el líder del partido, el Partido Laborista ha experimentado un completo resurgimiento. Ha habido un gran aumento en su número de miembros, que ahora es de alrededor de medio millón – el mayor partido político de Europa. En todas partes, Jeremy Corbyn ha sido recibido con entusiasmo por grandes multitudes, especialmente de jóvenes.

Incluso el derechista The Economist se ve obligado a admitirlo a regañadientes: «Además, la energía intelectual y emocional de los laboristas sigue estando en la izquierda. McDonnell ha inspirado a una generación de pensadores a hacer preguntas fundamentales sobre la maquinaria del capitalismo. Los movimientos de protesta como la del movimiento ecologista Extinción Rebelión continúan radicalizando a los jóvenes».

La gran estafa antisemita

Mentira número seis: El Partido Laborista de Corbyn es antisemita y racista.

De todas las descaradas mentiras vomitadas por la prensa amarilla, ésta es sin duda la más escandalosa. Sin una pizca de evidencia, han estado golpeando sobre esto durante los últimos dos años. Esta sucia campaña alcanzó su apogeo – o mejor dicho, su punto más alto – durante la campaña electoral, cuando se recurrió a los servicios del Gran Rabino para difamar a Jeremy Corbyn de la manera más vil.

El Partido Laborista siempre se ha opuesto al racismo de cualquier tipo, y el historial de Jeremy Corbyn, en este sentido, es impecable. No se puede decir lo mismo de Boris Johnson y de los demás dirigentes del partido Tory, que no han dudado en apelar a los prejuicios racistas de los sectores más atrasados de la población jugando la carta de la antiinmigración tanto antes como durante la campaña electoral.

El partido Tory está condenado por la islamofobia generalizada, como se ilustra en las notorias declaraciones de Boris Johnson, que compara a las mujeres musulmanas con los ladrones de bancos. También tiene una larga y notoria historia de antisemitismo, como mostré en un artículo reciente.

Pero nunca se dice nada sobre esto. Sólo Jeremy Corbyn y el Partido Laborista son señalados para recibir un trato especial en esta viciosa campaña de mentiras. El objetivo aquí no es el racismo o el antisemitismo. Es una campaña de violencia orquestada, diseñada para ennegrecer el nombre de Jeremy Corbyn en la izquierda.

Y como no ha sido respondida eficazmente, ha tenido cierto éxito. ¡Por supuesto! Si tiras suficiente lodo (y toneladas de él han sido lanzadas por los medios de comunicación a diario), parte de él se pegará.

Mentira número siete: «A los votantes laboristas tradicionales les desanimó su estilo de liderazgo y sus fracasos personales». Su apoyo a los regímenes autoritarios desagradables y su respuesta sumamente inadecuada al antisemitismo en las filas laboristas añadió la sensación de que no estaba capacitado para ser primer ministro». (FT)

No sabemos qué regímenes autoritarios se supone que Corbyn ha apoyado. Lo que sí sabemos es que los conservadores y todo el establishment británico han apoyado sistemáticamente a regímenes reaccionarios brutales como el de Arabia Saudita, que rutinariamente encarcela, tortura y asesina a oponentes políticos, como quedó expuesto en el caso del periodista disidente Jamal Khashoggi.

En el caso de Boris Johnson, un documento secreto sobre el terrorismo, fue suprimido deliberadamente y nunca ha sido revelado al público británico, porque puso al descubierto el papel criminal del régimen saudita. Y el gobierno conservador sigue apoyando la guerra genocida que lleva a cabo Arabia Saudí contra el pueblo de Yemen.

Ya que estamos hablando del antisemitismo y el apoyo a los regímenes reaccionarios, ¿por qué este gobierno nunca ha pronunciado una palabra de condena a la brutal represión de los palestinos por el reaccionario gobierno de Israel? ¿Por qué nadie le ha preguntado a Boris Johnson o, si se trata de eso, al Gran Rabino, por su posición con respecto a la construcción de asentamientos judíos en tierras palestinas? Hace poco el presidente Trump, cuyos estrechos vínculos con Israel y Arabia Saudita son bien conocidos, lo aprobó como legítimo. Pero si alguien hace una pregunta sobre estas cosas en Gran Bretaña, inevitablemente será acusado de «antisemitismo»!

¿Irse o quedarse?

Mentira número ocho: La equivocación personal del Sr. Corbyn, al negarse a decir si apoyaría «irse o quedarse» en un segundo referéndum sobre la UE, dañó aún más su credibilidad.

No hay duda de que el Brexit fue un factor decisivo en esta elección. Boris Johnson usó demagógicamente el lema «hacer ya el Brexit», que fue repetido con monótona regularidad por los medios de comunicación, mañana, tarde y noche. Esto sin duda tuvo un efecto en la forma en que mucha gente votó.

Los Tories no dudaron en azuzar los más burdos prejuicios chovinistas para ganar votos. Difundieron la mentira de que simplemente dejando la UE, las zonas pobres y deprimidas del noreste de Inglaterra y Gales recuperarían la prosperidad. Ese fue un poderoso mensaje que apeló a millones de personas que se sintieron discriminadas, descuidadas y olvidadas.

Todo este asunto ha sido extremadamente divisorio, confuso en la mente de la gente y que atraviesa las lealtades tradicionales de clase. La siembra deliberada de diferencias convenía a los reaccionarios tories. Puso al Partido Laborista en una situación difícil. Pero no era una situación imposible, y se podía haber resuelto.

El resultado de las elecciones de 2017 lo demostró claramente. En ese momento, el Partido Laborista, con Corbyn como líder, aceptó el resultado del referéndum de 2016 sobre la UE y luchó en las elecciones con un manifiesto radical. Esa campaña logró el mayor aumento del voto laborista desde 1945, a pesar de que todas las encuestas habían dado a los Tories una ventaja del 20%.

El programa de reforma social radical de los laboristas se ganó entonces a muchos votantes ios de marcharse de la UE. ¿Por qué los ha perdido ahora? La respuesta es muy clara. La derecha anti-Corbyn del Grupo parlamentario laborista pasó a la ofensiva, tocando el tambor a favor de permanecer en la UE, y exigiendo a gritos un nuevo referéndum sobre la cuestión de la UE (un «voto del pueblo»).

Esta demanda fue presentada con insistencia por el propio Tony Blair, y recibió el respaldo de las grandes empresas, que siempre han querido permanecer en la UE. Y como los blairitas siempre han sido los campeones de las grandes empresas, se convirtieron naturalmente en sus fervientes defensores.

Su verdadera intención todo el tiempo fue presionar, intimidar y socavar la posición de Jeremy Corbyn. Al final, empujaron al Partido Laborista a una posición ambigua («equivocación»), que confundió y alejó a muchos votantes, especialmente en las zonas de la clase obrera que habían votado por irse. Los Tories presentaron al Laborismo como el partido que quería bloquear el Brexit y desafiar la voluntad de la mayoría que había votado por la salida.

Esto indudablemente causó un serio daño al Partido Laborista, y fue la razón principal por la que muchos votantes tradicionales laboristas en áreas como el noreste y Gales retiraron su apoyo. Pero que los blairistas argumenten ahora que Jeremy Corbyn fue responsable de esta desastrosa política es el colmo de la hipocresía. En realidad, fueron los restos de los blairistas en el Grupo parlamentario laborista los responsables de empujar al partido por este camino que llevó a la derrota electoral.

Mentira número nueve: mucha gente en el Partido Laborista está exigiendo que Jeremy Corbyn y John McDonnell deben renunciar inmediatamente.

The Financial Times, que como todo el mundo sabe, siempre ha sido un “amigo de toda la vida” de la clase obrera y del Partido Laborista, tiene la amabilidad de dar el siguiente consejo amistoso: «El Sr. Corbyn y el canciller en ejercicio John McDonnell deberían apartarse del proceso de búsqueda de un nuevo líder. Es esencial sacar al partido de las garras de la extrema izquierda».

Tenemos derecho a preguntarnos: ¿esencial para quién? Revertir el movimiento del Partido Laborista hacia la izquierda, deshacer lo que se conoce como la revolución de Corbyn, volver a los años del blairismo (es decir, el conservadurismo con otro nombre), es de hecho esencial – para la clase dominante británica. Pero ¿es cierto que hay un amplio apoyo en las filas del Laborismo para tal movimiento?

¿Hay realmente una revuelta masiva en las filas laboristas contra Jeremy Corbyn? Es la invención de un cerebro febril, o mejor dicho, un deseo cumplido por parte del establishment y sus agentes en el Grupo parlamentario laborista. Un juicio más sobrio fue hecho por The Economist:

«El Sr. Corbyn atacó a la prensa y dijo que, aunque no dirigirá el partido en las próximas elecciones, se quedará durante un período interino mientras éste arregla su futuro, probablemente en alianza con John McDonnell, su canciller en ejercicio. Más importante aún, el corbynismo como filosofía está probablemente aquí para quedarse durante algún tiempo; las ideas de los laboristas eran «eternas», dijo el Sr. Corbyn. Los posibles sucesores culparán al mensajero en lugar del mensaje. El blairismo permanecerá en la tumba«. (Énfasis en el original)

¡Amén a eso!

¿Corbyn cometió errores?

Dicen que los ejércitos derrotados aprenden bien, ahora comenzará un proceso de debate interno y de reflexión sobre esta elección, pero es necesario sacar todas las conclusiones correctas. El intento de culpar de la derrota a Jeremy Corbyn y a las políticas de  izquierda es falso de principio a fin y debe ser expuesto como una mentira. Pero, ¿se equivocó Corbyn? En nuestra opinión, sí. Pero no fueron los errores que le atribuyeron los enemigos de los laboristas y sus agentes en el Grupo parlamentario laborista. Más bien, son exactamente lo contrario.

La Tendencia Marxista en el Partido Laborista siempre ha apoyado a Jeremy Corbyn contra la derecha. Consideramos, y seguimos considerando, que su elección como líder del partido ha sido un paso adelante muy importante para los socialistas del Partido Laborista. Ha mostrado un gran valor personal y una gran firmeza al enfrentarse a los brutales ataques contra él, que sin duda habrían destruido a la mayoría de las personas en su posición.

Consideramos su dimisión como un serio golpe a la izquierda en el Partido Laborista. Pero también debemos señalar que hay una diferencia fundamental entre el marxismo y el tipo de reformismo de izquierda que Jeremy representa. Y la caída de Jeremy Corbyn sirve para exponer las debilidades y limitaciones del reformismo de izquierda.

Hay que admitir que los reformistas de derecha han demostrado ser mucho más decididos y audaces que la izquierda. Han demostrado que están dispuestos a hacer cualquier cosa para ganar la batalla por el Partido Laborista. La izquierda, por otro lado, tiende a vacilar, a evitar el conflicto y a implicarse en compromisos. Ese es un error muy grave, que lleva inevitablemente a una retirada tras otra. Y por cada paso atrás que se dé, ¡la derecha exigirá diez más!

En nuestra opinión, el grave error de Corbyn fue no moverse inmediatamente después de su elección para purgar el partido del caballo de Troya de la derecha: el Grupo parlamentario laborista. Boris Johnson no mostró tal vacilación al expulsar a sus críticos en el grupo parlamentario conservador, y desde su punto de vista, eso fue bastante correcto.

Se puede objetar que tales medidas drásticas serían consideradas antidemocráticas y autoritarias. En el caso del Partido Laborista, existía un método perfectamente democrático para eliminar a los diputados desleales que continuamente saboteaban y socavaban al líder del partido elegido democráticamente. Ese mecanismo se llama deselección (revocación).

Las bases del Partido Laborista estaban abrumadoramente a favor de la deselección, que era su derecho democrático. Pero las políticas vacilantes de Momentum y la oposición de la burocracia sindical les impidieron ejercer este derecho. A los blairistas se les permitió continuar con su política sistemática de sabotaje, con resultados desastrosos.

El manejo de la campaña de desprestigio antisemita fue igualmente desastroso. Está perfectamente claro que todo el asunto fue cocinado por el ala derecha para desacreditar a Jeremy Corbyn. Lanzaron esta vil campaña de calumnias, que fue retomada con entusiasmo y ampliada mil veces por los medios de comunicación controlados por los conservadores.

En lugar de pasar a la ofensiva, señalando que la crítica al reaccionario Estado israelí no puede equipararse con el antisemitismo, la dirección laborista se retiró e hizo concesiones que nunca debieron haberse hecho, permitiendo que se tomaran medidas disciplinarias contra los izquierdistas por motivos espurios, mientras que el coro de la derecha seguía insatisfecho y gritaba constantemente por más.

Finalmente, en la cuestión del Brexit, Corbyn y McDonnell se dejaron presionar por la ruidosa campaña de los blairistas para doblegarse al campo del “Remain” (permanecer en la UE) y aceptar un segundo referéndum. Eso fue un trapo rojo a un toro para las zonas de clase trabajadora del norte que habían votado para abandonar la UE. Como resultado, se volvieron contra los laboristas y votaron por Boris Johnson.

¿Cuál es el principal problema aquí? Los reformistas de izquierda tenían miedo de llevar la lucha contra la derecha hasta el final, por temor a una división. Pero la división es absolutamente inevitable. El ala derecha del Grupo parlamentario laborista se ha estado preparando para ello durante mucho tiempo. Han declarado la guerra a los miembros del Partido Laborista y a sus dirigentes elegidos democráticamente. Escupen en la cara de la izquierda, y la izquierda se limpia la cara y aboga por la unidad. Eso muestra debilidad, y la debilidad invita a la agresión.

¡Es hora de poner fin a esta política de conciliación y de retroceso! A todos los diputados laboristas de derecha que han llevado a cabo una política deliberada de sabotaje que contribuyó masivamente a la derrota electoral de los laboristas se les debe, y debe hacerse, mostrar la puerta. Deben ser destituidos de sus cargos antes de que causen un daño irremediable al Partido Laborista. Dejemos que las bases decidan quiénes quieren que las representen. ¡Por la deselección de la derecha! Que ese sea nuestro lema de lucha de ahora en adelante.

Una perspectiva de lucha

El Partido Laborista ya está en un estado de guerra civil abierta. Parece probable que eventualmente reflejará los desarrollos en el Partido Conservador. El ala blairista está más aislada que nunca. Un gran número de los diputados que perdieron sus escaños en estas elecciones eran blairistas. Las derrotas electorales los han debilitado aún más, y la ruidosa campaña en los medios de comunicación no ayudará a su causa. Por el contrario, la crueldad de la campaña contra Corbyn enfurecerá a las bases, abriendo la perspectiva de nuevas medidas para deseleccionar a los impopulares diputados de la derecha.

La dimisión de Corbyn es un golpe a la izquierda, como se pretende. Pero los intentos de la clase dominante de revertir el golpe a la izquierda en el Partido Laborista no serán tan fáciles, como los analistas burgueses de mente más sobria han entendido.

La lucha en el Partido Laborista asumirá un carácter cada vez más agudo y amargo. Ahora comenzará un proceso de debate interno y de reflexión sobre esta elección. Las provocaciones de los blairistas provocarán una ola de ira e indignación en las filas. The Economist tiene razón al decir que los cambios que han tenido lugar en los Laboristas bajo Corbyn no pueden ser revertidos muy fácilmente. Los cambios son de gran alcance, especialmente a nivel de las bases, pero también en gran medida dentro del aparato del partido.

Como hemos visto, la victoria electoral de Boris Johnson no fue tan resonante como se ha presentado. Tampoco el resultado en las zonas obreras del noreste de Inglaterra es tan alentador como les gustaría que creyéramos. La mayoría de los que votaron por Johnson dicen que simplemente le han «prestado» su apoyo. Esperan que cumpla sus promesas, y si no lo hace, ese apoyo será retirado.

Pero Johnson no podrá cumplir sus promesas. La salida de Gran Bretaña de la UE, lejos de conducir a una nueva era de prosperidad y crecimiento económico, tendrá consecuencias muy negativas para la economía británica. Si -lo que todavía es posible- Gran Bretaña abandona la UE sin un acuerdo, significará una catástrofe absoluta. Pero incluso en la mejor variante, el Brexit llevará a una contracción de la economía, a la pérdida de puestos de trabajo y al descenso del nivel de vida.

Al igual que en otros países, el período actual se caracteriza por violentos cambios de opinión pública, tanto a la izquierda como a la derecha. Las elecciones de 2019 en Gran Bretaña son sólo un ejemplo más de este proceso. Introducirá un nuevo período de conflicto social, de lucha de clases y de trastornos políticos que empequeñecerán todo lo que hemos visto hasta ahora, con profundas consecuencias políticas.

Los medios de comunicación prostituidos intentan presentar este revés como el principio del fin de los laboristas. En retrospectiva se verá como un mero desarrollo episódico, que se convertirá en su contrario. Cuando la realidad del Brexit finalmente se haga evidente, se producirá una reacción violenta contra Boris Johnson y todas sus obras. Su gobierno será el más impopular de la historia reciente. Los inevitables ataques a los niveles de vida y a los servicios públicos resultarán en un estallido de huelgas, protestas y manifestaciones masivas a una escala no vista en Gran Bretaña desde los años 70. El Partido Laborista estará en un estado de intensa ebullición, mientras los blairistas hacen un último y desesperado intento de recuperar el control. En cierto punto, el ala derecha se escindirá o será expulsada. Esto empujará a los laboristas a la izquierda, abriendo serias posibilidades para la Tendencia Marxista.