El estado de ánimo en Davos: fatalidad y pesadumbre conforme se acerca la crisis

La desconectada élite se reunió en Davos la pasada semana en su exclusiva juerga anual. Pero el ambiente entre los súper ricos y sus representantes es sombrío y pesimista, con su orden mundial liberal amenazado en todos los frentes.

Los temas de la reunión de este año del Foro Económico Mundial en los Alpes suizos muestran las ansiedades que asolan a la clase dominante. Los temas oficiales del evento del establishment incluyeron asuntos como: “economías más justas”; “cómo salvar el planeta”; “tecnología para el bien”; “el futuro del trabajo”; y “más allá de la geopolítica”.

Despojándolos del eufemismo, esto se traduce en términos sencillos como: potenciales explosiones sociales por la desigualdad; crisis climática; dominio prepotente de los monopolios tecnológicos del Gran Hermano; contradicciones de la automatización bajo el capitalismo; y el choque entre imperialismos rivales y ruptura del statu quo.

Pesimismo

El año pasado, en julio, los capitalistas celebraron el hecho de que la economía estadounidense había registrado oficialmente su mayor expansión de la historia, ya que superó el récord anterior de 121 meses (más de 10 años) de crecimiento continuo.

Pero a pesar de todo el optimismo ocasional en torno a los ‘brotes verdes’ de la recuperación, el hecho es que no ha habido una recuperación real – especialmente para la clase obrera.

Para tener una noción de la realidad, no hay que mirar más allá de las últimas cifras del Banco Mundial. En sus últimas predicciones sobre el crecimiento mundial, el banco ha rebajado sus previsiones para los próximos años, pronosticando una ‘desaceleración sincronizada’ internacional.

Hace seis meses, la perspectiva era de un crecimiento económico mundial del 2,6 por ciento en 2019 y del 2,7 por ciento para el año siguiente. Pero sus estimaciones más recientes sitúan las cifras equivalentes en ambos casos en 0,2 puntos porcentuales menos.

En los países capitalistas avanzados, el panorama es aún más sombrío. Se predice que los Estados Unidos se desacelerará de un crecimiento del 2,3 por ciento en 2019 al 1,8 por ciento en 2020. La eurozona, por su parte, crecerá un débil 1 por ciento en 2020.

El mismo informe del Banco Mundial destaca otros problemas a largo plazo a los que se enfrenta la economía mundial, desde el aumento de las deudas hasta la ralentización del crecimiento de la productividad.

Martin Wolf, editor principal de economía del Financial Times (FT), planteó, el año pasado, las mismas ansiedades en un par de ensayos demoledores sobre el “capitalismo amañado”, llamando la atención sobre “una trinidad impía de desaceleración del crecimiento de la productividad, el aumento de la desigualdad y las enormes conmociones financieras” que se han apoderado del capitalismo en las últimas décadas.

“Necesitamos una economía capitalista dinámica”, exhorta Wolf. “Lo que parece que tenemos cada vez más es un capitalismo rentista inestable, una competencia debilitada, un débil crecimiento de la productividad, una alta desigualdad y, no por casualidad, una democracia cada vez más degradada”.

Pero esto no es nada nuevo. No hay un capitalismo ‘más bonito’ al que volver, como imaginan Wolf y otros liberales y keynesianos como él. Las leyes y la lógica del sistema capitalista siempre concentrarán la riqueza en las manos de unos pocos, a expensas de la mayoría.

“La acumulación de riqueza en un polo es, por lo tanto, al mismo tiempo”, como explicó Marx en su obra maestra, El Capital, “acumulación de miseria, agonía de la esclavitud del trabajo, ignorancia, brutalidad y degradación mental, en el polo opuesto”.

“Si las cosas permanecen como están, es probable que el rendimiento económico y político empeore, hasta que nuestro sistema de capitalismo democrático se derrumbe, en su totalidad o en parte”, concluye Wolf, un astuto comentarista burgués. “La forma en que funcionan nuestros sistemas económicos y políticos debe cambiar, o perecerán”.

Estas predicciones pesimistas dicen mucho más sobre el futuro del sistema que las cifras de los índices bursátiles, que no son más que espuma en los turbulentos remolinos y rápidos de la economía real.

Material combustible

La economía mundial, por su parte, está lejos de aclararse. Los representantes más sobrios del capitalismo pueden ver los peligros que se avecinan en un horizonte no muy lejano. Como señala The Economist -un serio portavoz de la clase dominante- al discutir la histórica expansión de Estados Unidos:

“Las recesiones solían ser desencadenadas por burbujas inmobiliarias, subidas de precios o quiebras industriales. Ahora hay que preocuparse por las empresas interconectadas a nivel mundial, un sistema financiero adicto al dinero barato y un sistema político que está jugando con políticas extremas porque los niveles de vida no están subiendo lo suficientemente rápido”.

En 2008, el detonante inmediato de la caída fue el escándalo de las hipotecas subprime (basura), que desencadenó una reacción en cadena de la crisis financiera. Esto fue un síntoma de las deudas podridas que se habían acumulado después de décadas de que los capitalistas se atiborraran de créditos para ampliar artificialmente el mercado.

Esto, a su vez, fue un reflejo de la verdadera causa subyacente de la crisis: la contradicción de la sobreproducción que se encuentra en el corazón del sistema capitalista, dado que la constante necesidad de expansión y el lucro entran en conflicto con los límites del mercado.

Hoy en día, existe todo tipo de chispas potenciales, listas para encender la tremenda cantidad de material combustible en la economía global. Desde el conflicto comercial entre Estados Unidos y China, pasando por el Brexit, las tensiones en Oriente Medio, la crisis de la deuda italiana, la catástrofe climática, y muchos más: cualquiera de ellos podría desencadenar la próxima crisis mundial ¡Hay para elegir!

Esta plétora de catalizadores de la crisis demuestra dos puntos importantes. Por un lado, el hecho de que cualquier número de incidentes o eventos pudiera precipitar la próxima recesión demuestra la fragilidad del sistema capitalista en el momento actual.

Como señaló Hegel, la necesidad se expresa a través del accidente. Y cuando existen tantos ‘accidentes’ potenciales que podrían derribar toda la estructura económica de la sociedad, entonces esto revela la total podredumbre de todo el edificio del capitalismo.

Por otro lado, uno se da cuenta de que muchos de estos posibles desencadenantes son de naturaleza profundamente política. Esto demuestra que el sistema está atrapado en una viciosa espiral descendente, ya que las crisis económicas y políticas se alimentan unas a otras.

En el momento de la última crisis, los políticos tenían armas económicas en su arsenal que podían desplegar para salvar el sistema. Los bancos y las compañías de seguros fueron apoyados por los contribuyentes; se bajaron las tasas de interés; el Estado intervino para limpiar los balances de Wall Street y de la City de Londres.

Como resultado de estas medidas, se restauró el equilibrio económico (temporalmente) – pero sólo a expensas de crear una enorme inestabilidad social y política.

En ningún lugar esto es más evidente que en la ola de revoluciones que ha barrido el globo en el último año: desde Argelia y Sudán, hasta Irak y Líbano, pasando por Chile y Ecuador. Y esto es, antes de mencionar la fuerte polarización política que se ha producido en Europa y América, con el colapso del llamado “centro” político.

Sin munición

Por otra parte, el problema al que se enfrenta la clase dominante ahora es que se ha quedado sin municiones para luchar contra la próxima crisis.

“Hay mucha menos munición para todos los grandes bancos centrales que la que tenían antes”, explicó el director saliente del Banco de Inglaterra (BoE), Mark Carney, en una reciente entrevista con el Financial Times, “y soy de la opinión de que esta situación persistirá por algún tiempo”.

Como señala Carney, lamentablemente, la política monetaria está llegando a sus límites, con tasas de interés cercanas a cero, o incluso negativas, en algunos países. La expansión cuantitativa (QE), lejos de estabilizar la situación, ha aumentado la volatilidad de los mercados y ha contribuido a inflar las burbujas de activos, especialmente en las llamadas economías “emergentes”. Y la inyección de crédito en el sistema se ha convertido en un caso de rendimientos decrecientes, como un drogadicto que requiere una dosis cada vez mayor para sentirse igual que antes.

De ahí que Carney y su nueva contraparte en el Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, se encuentren ahora entre los que abogan por un mayor uso de la ‘política fiscal’, es decir, el estímulo keynesiano y el gasto gubernamental.

El problema al que se enfrentan estos políticos es la enorme montaña de deuda que existe como resultado de la última crisis. Con las empresas y los hogares todavía pagando estas deudas, y los mercados ya saturados, no puede haber esperanza de “estimular la demanda” en términos de un aumento de la inversión o del consumo en el futuro.

Según estimaciones recientes del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF), la deuda total mundial alcanzó un máximo histórico de 255 billones de dólares a finales de 2019. Esto se compara con la cifra equivalente de menos de 190 billones de dólares de hace una década. Y, lo que es más importante, como señala el IFF, hay “pocos signos de desaceleración en el ritmo de acumulación de la deuda”.

Esta montaña de deuda equivale a más del 300 por ciento del producto económico anual (PIB) del mundo, e incluye más de 70 billones de dólares sólo en deuda pública. A esto se suman 120 billones de dólares en deudas de empresas y hogares (equivalentes a alrededor del 150 por ciento del PIB mundial), y los 65 billones restantes más o menos provienen de las deudas del sector financiero.

Otras estimaciones recientes de S&P Global Ratings pintan el mismo cuadro, mostrando que el total de las deudas mundiales – corporativas, gubernamentales y domésticas – aumentaron en un 50 por ciento en los 10 años siguientes a la crisis financiera.

Este aumento es particularmente agudo en términos de deudas gubernamentales, que fueron un 77 por ciento más altas en 2018 que una década antes. En otras palabras, a pesar de una década de brutales recortes a los servicios, las pensiones y los empleos, las deudas públicas en realidad han aumentado masivamente.

Esto no es sólo un problema que afecta a los países capitalistas avanzados – como Japón (con una relación deuda/PIB de 238 por ciento, más que el 201 por ciento de una década antes, después del crack de 2008), Grecia (180 por ciento, más que el 126 por ciento), e Italia (135 por ciento, más que el 112 por ciento).

En el mismo informe reciente, el Banco Mundial también advierte de una crisis de deuda en las economías “emergentes” y “en desarrollo”. Según el banco, en los últimos años se ha producido una explosión de la deuda en los países ex-coloniales. La última cifra, correspondiente a 2018, se sitúa en el 165 por ciento del PIB, lo que supone un aumento de 54 puntos porcentuales desde 2010. Como señala el Banco Mundial, se trata de una ola de deuda mayor que cualquier otra que se haya visto anteriormente en el llamado Tercer Mundo.

Pero la cuestión de la deuda, en este sentido, no es simplemente una cuestión de números. Estas deudas representan dinero que debe ser devuelto – y con intereses. Por lo tanto, se trata en última instancia de una cuestión política; una cuestión de lucha de clases: ¿quién paga?

La crisis del euro

A pesar de una década de recortes, la cuestión de la deuda sigue siendo el fantasma que acecha a Europa. En los diez años siguientes a la crisis, las deudas han aumentado drásticamente en Grecia e Italia, este último país es ahora el epicentro de la crisis del euro. Y estas deudas no dan señales de disminuir.

En el mito griego de Sísifo, nuestro protagonista fue obligado por los dioses a empujar una enorme roca por la ladera de una montaña. Pero al llegar a la cima, la roca rodaría de nuevo hacia abajo, consignando a Sísifo a una eternidad de tortura y tormento. Así es para la clase obrera, que después de soportar años de austeridad y ataques, no tiene nada que ofrecerle a su dolor y sufrimiento.

El problema para la clase dominante es que en ninguna parte tienen gobiernos ‘fuertes y estables’ capaces de llevar a cabo los recortes necesarios para domar las deudas y los déficits, y restaurar la competitividad y la confianza de los capitalistas.

Los gobiernos de Grecia, Italia y España son todos políticamente frágiles. En Francia, Macron se ha enfrentado a una enorme y combativa reacción a sus intentos de imponer la austeridad a los trabajadores franceses – tanto en términos del magnífico movimiento de los “chalecos amarillos” como de las recientes huelgas contra la “reforma” de las pensiones.

En Alemania, mientras tanto, las cosas se han convertido en su contrario. Hasta hace poco tiempo, la economía alemana era frecuentemente referida como la ‘potencia’ de Europa, basada en sus industrias competitivas, como sus fabricantes de automóviles y sus productivas empresas mittelstand, de tamaño medio. Pero ahora el país se enfrenta a su propia recesión inminente.

“La mayor economía de Europa creció sólo un 0,1 por ciento en los tres meses anteriores a septiembre, evitando por poco una recesión”, señaló recientemente el Financial Times. “Se espera que las cifras de crecimiento económico alemán de todo el año… muestren un escaso crecimiento del 0,5 por ciento en 2019, por debajo del 1,5 por ciento del año anterior”.

En última instancia, esto es un reflejo de la interconectividad del mercado mundial capitalista. Como los escaladores de montaña que escalan una pendiente, unidos por una cuerda, el destino de cada país está conectado al resto. Cuando uno se cae, es sólo cuestión de tiempo que el resto lo siga.

Esto es aún más cierto dentro de la Unión Europea, y en particular en la zona euro. Como los marxistas destacaron en los albores de la moneda única, el proyecto europeo estaba -y sigue estando- condenado a fracasar sobre una base capitalista.

Durante un tiempo, mientras el capitalismo estaba en auge y todo el mundo se dirigía en la misma dirección, las tensiones entre las diferentes economías dentro del bloque podían ser atenuadas.

La UE y el euro fueron vistos entonces como una gran ayuda en todos los sentidos, proporcionando acceso a créditos baratos para los países periféricos, y un mercado más grande para las mercancías de los grandes monopolios europeos.

Pero con el inicio de la crisis en 2008, todo se invirtió. De repente, economías diferentes se movían en direcciones distintas. Las economías más débiles y menos competitivas requerían recortes en los salarios y el nivel de vida, exigidos en nombre de los capitalistas por los tecnócratas y políticos de Bruselas y Berlín.

Ahora, sin embargo, los pollitos vuelven a casa a descansar. Los exportadores alemanes -enfrentados a una ralentización en China, a un mercado en retroceso en Europa y a la amenaza de aranceles y regulaciones ambientales- están viendo caer sus ventas y agotar sus ganancias.

“En general, todavía no hay signos de que la industria alemana esté tocando fondo”, dijo Carsten Brzeski, un economista de ING, hablando con el FT. “En cambio, la caída libre continúa”.

Al comenzar su nuevo trabajo en el BCE, Christine Lagarde se ha visto obligada a recoger los pedazos de la crisis del euro, que está lejos de haberse resuelto. Pero, ¿con qué herramientas? ¿Y con qué respaldo político? Y de nuevo, la pregunta es finalmente la misma: ¿quién paga?

Evidentemente no serán las economías periféricas más débiles de Italia, Grecia e incluso la propia patria de Lagarde, Francia, donde los capitalistas están exigiendo austeridad y ataques. Tampoco serán las economías más fuertes y competitivas de la ‘Nueva Liga Hanseática’ del norte europeo, que están firmemente en contra de que el norte ‘responsable’ y ‘prudente’ subvencione a los trabajadores ‘perezosos’ del sur.

Pero como señaló Benjamín Franklin, uno de los Padres Fundadores de Estados Unidos, al firmar la Declaración de Independencia de Estados Unidos: o se los ahorca todos juntos, o se los ahorcarán por separado.

Por lo tanto, dentro de los confines del sistema capitalista, la Unión Europea se dirige a una ruptura. Sólo la consigna de los Estados Unidos Socialistas de Europa ofrece un camino a seguir para la clase obrera.

América primero

Europa también se ve atrapada en el fuego cruzado de la guerra comercial en curso entre Donald Trump (“América Primero”) y el resto del mundo.

“La Unión Europea: muy, muy difícil”, dijo el presidente de Estados Unidos en una reunión del Club Económico de Nueva York en noviembre del año pasado. “Las barreras que tienen son terribles, terribles. En muchos sentidos, es peor que China “.

Esta opinión se hizo eco recientemente entre el principal representante comercial de Washington, Robert Lighthizer, quien describió el comercio entre Estados Unidos y Europa como una “relación muy desequilibrada”.

Tras la disputa sobre las ayudas estatales al fabricante europeo de aviones Airbus, EE.UU. impuso 7,5 mil millones de dólares en aranceles a las exportaciones de la UE en octubre pasado. Ahora, la administración de Trump amenaza con aumentarlos, y los funcionarios de la Casa Blanca no han descartado otras medidas dirigidas a los fabricantes de automóviles rivales de Europa.

“Tenemos un problema comercial básico con Europa”, continuó Lighthizer. “Tenemos que encontrar una manera de vender más en Europa. Y nos vamos a comprometer a hacerlo”.

Esto demuestra el objetivo claro de la guerra comercial de Trump: aumentar las ganancias de las grandes empresas estadounidenses, a expensas de todos los demás.

Pero si bien Europa ha sido recientemente objeto de críticas, la campaña del presidente de Estados Unidos, “América primero”, tiene como objetivo principal a China, claramente.

Esta disputa entre las dos mayores economías y potencias imperialistas del mundo lleva cocinándose desde hace unos 18 meses.

Tras un conjunto de aranceles a los bienes y servicios por valor de 50 mil millones de dólares en el verano de 2018, Estados Unidos rápidamente presionó con toda su fuerza a China, imponiendo un arancel del 25 por ciento a los bienes por valor de 200 mil millones de dólares, en septiembre del mismo año. Y en mayo de 2019 se incrementó otro 25 por ciento más – 200 mil millones de dólares. China solo pudo responder en cada ocasión con gravámenes del 25 por ciento sobre productos por valor de 60 mil millones de dólares.

Una negociación reciente condujo a un acuerdo para reducir algunos aranceles estadounidenses a cambio de más compras chinas de productos estadounidenses. Pero los aranceles del 25 por ciento sobre las exportaciones chinas por un valor de 250 mil millones siguen vigentes.

Esta tregua temporal es un reflejo de las presiones a las que ambas clases dominantes están sujetas. El surgimiento del proteccionismo, por encima de todo, tiene el potencial de empujar a la economía global hacia una depresión absoluta.

“Los políticos deben mirar más allá de sus luchas nacionales a corto plazo”, imploró un editorial del Financial Times en octubre del año pasado, “hacia una imagen más amplia de una economía internacional que comienza a ceder bajo el peso de las guerras comerciales que se libran en múltiples frentes”.

Los paralelos con la década de 1930 son claros. En aquel entonces, no fue simplemente el colapso de Wall Street lo que hundió al mundo en una profunda depresión, sino las políticas de “mendigar a tu vecino” que siguieron al colapso financiero inicial, ya que cada país trató de exportar la crisis a otros lugares.

La actual crisis del comercio mundial se resume en la parálisis de la Organización Mundial de Comercio (OMC). La institución de Bretton Woods se ha convertido en una cáscara vacía, incapaz de decidir sobre disputas comerciales internacionales porque la administración Trump se ha negado a nombrar a los jueces necesarios para supervisar los casos presentados ante la organización.

Este punto muerto, a su vez, refleja el colapso del viejo orden mundial, construido alrededor del imperialismo estadounidense en la posguerra.

Soja y semiconductores

Durante las negociaciones comerciales en octubre del año pasado, los negociadores de Washington intentaron vincular sus aranceles amenazados con la cuestión de los abusos de los derechos humanos por parte del Estado chino en Xinjiang. En la otra dirección, los líderes europeos han pedido que se impongan aranceles relacionados con el carbono a los productos estadounidenses.

En ambos casos, sin embargo, esa conversación es pura hipocresía. Los imperialistas en todas partes siempre han priorizado las ganancias y el acceso a los mercados sobre la democracia, los derechos humanos y la protección del medio ambiente.

En ninguna parte es esto más obvio que en China, donde las empresas occidentales están desesperadas por obtener acceso al enorme mercado chino a cualquier costo. Las corporaciones hambrientas de ganancias como Disney (entre muchas otras) han demostrado que están más que dispuestas a arrodillarse ante Beijing para mantener sus negocios.

Pero si bien las corporaciones occidentales están desesperadas por vender sus productos en el mercado en rápida expansión de China, las grandes empresas estadounidenses (en particular) también son cautelosas ante la creciente amenaza de competencia de sus rivales chinos, especialmente en el mundo de la tecnología.

Esta es la razón detrás de una de las insistencias clave por parte de los negociadores estadounidenses en relación con la guerra comercial entre Estados Unidos y China: que Beijing retire su apoyo a los sectores de frontera, como la inteligencia artificial.

En resumen, este conflicto comercial tiene menos que ver con la soja y el acero, y más con los semiconductores y las supercomputadoras: medios de producción que amenazarían la posición dominante de la industria estadounidense (y europea) a largo plazo.

Pero aquí es donde los líderes chinos no están dispuestos a llegar tan lejos en sus compromisos con Estados Unidos. Pueden aceptar demandas para comprar más productos estadounidenses (dentro de unos límites). Pero no se dejarán obstaculizar en lo que respecta a su misión de “hacer de China una gran potencia”.

Y esta es la razón por la cual el acuerdo comercial actual es más un alto el fuego temporal y menos un acercamiento permanente, algo que nunca será posible entre dos potencias imperialistas rivales, una en declive y otra en ascenso; aún menos en un momento en que el mercado mundial está saturado y, muy probablemente, pronto se reducirá nuevamente.

Cuando Estados Unidos estornuda…

Como resultado de su posición dominante en la economía global, cuando Estados Unidos estornuda, el resto del mundo se resfría. La importancia internacional del capitalismo estadounidense se refleja en el poder incomparable del dólar, que en efecto actúa como la moneda mundial. Esto a su vez hace que el dólar y los bonos del Tesoro de Estados Unidos sean un refugio seguro para los inversores temerosos. Por lo tanto, las decisiones que se toman desde la Reserva Federal de Estados Unidos (FED) tienen un impacto notable en todo el mundo.

Para ver esto, bastan un par de ejemplos en el patio trasero del imperialismo estadounidense, América Latina.

Por un lado, en Venezuela y en otros lugares, vemos cómo la administración Trump ha desplegado el dólar como otra arma más en su arsenal, con el uso de sanciones por parte de Estados Unidos diseñadas para paralizar las economías de aquellos países que caen en desgracia con el imperialismo estadounidense.

Por otro lado, en Argentina, junto con otros países “emergentes”, vemos cómo las economías han caído en picado como resultado de la decisión de la Reserva Federal de “reducir” la QE (expansión cuantitativa, emisión de moneda), es decir, reducir gradualmente esta inyección de liquidez en el sistema global.

Este dinero QE ha actuado en gran medida como dinero “caliente”, que entra y sale de los países; especula con la recompra de propiedades y acciones e infla burbujas de activos en lugar de hacer inversiones en producción real. Nuevamente, esto demuestra cómo la QE, lejos de estabilizar la economía mundial, se ha sumado a la volatilidad del capitalismo a nivel internacional.

Esta especulación se refleja en el espumoso mercado de valores y en los precios de productos básicos como el oro. También se ve en la “moda de las criptomonedas” y en la búsqueda frenética de los inversores para encontrar el próximo “unicornio” tecnológico, así como en el dinero que ahora se invierte en los mercados de arte y vinos finos.

Los bonos del gobierno también tienen una gran demanda, proporcionando un refugio para inversores preocupados, que no pueden encontrar otras vías rentables para su efectivo. Esta es la razón detrás de la “curva de rendimiento invertida”, por la cual los préstamos a largo plazo tienen tasas de interés más bajas que los préstamos a corto plazo, lo que indica que los capitalistas están perdiendo la fe en su propio sistema.

Problemas en China

Mientras tanto, en China, el crecimiento se está desacelerando a niveles peligrosos. El Banco Mundial predice para China, por primera vez desde 1990, un descenso por debajo del 6 por ciento de su crecimiento anual. Las autoridades coinciden en ver esta cifra como un umbral, por debajo del cual la economía no puede responder a la demanda de empleos, ya que millones de personas venidas desde el campo inundan las ciudades.

Al mismo tiempo, el régimen en Beijing camina sobre una cuerda floja económica, que busca el equilibrio entre una expansión impulsada por la deuda y una contracción del crédito que incita a la depresión.

La acumulación de deuda, particularmente entre los gobiernos locales, que invierten dinero en proyectos de inversión pública keynesianos, ciertamente ha hecho sonar las alarmas arriba. La deuda total de China (empresas, hogares y gobierno) asciende a 40 billones de dólares, lo que equivale al 300 por ciento del PIB, según las estimaciones del IIF del año pasado. Supone el 15 por ciento de toda la deuda global.

Pero cerrar el grifo de las inyecciones en esta etapa es igualmente peligroso. De manera similar a Occidente, los capitalistas chinos se han vuelto adictos al dinero barato. El “capitalismo zombi” – corporaciones poco competitivas que se mantienen vivas gracias a las bajas tasas de interés y los subsidios gubernamentales – acecha a la Tierra.

Al mismo tiempo, este mismo apoyo estatal exacerba la crisis global de sobreproducción, ya que los mercados mundiales se ven inundados de acero, barcos y teléfonos inteligentes.

El impacto se puede ver en otra parte del mundo, con el cierre de plantas y fábricas en Gran Bretaña, creando pérdidas de empleos en las plantas de acero de Gales o en el astillero de Harland y Woolf en Irlanda del Norte. Pero también se refleja en los beneficios amenazados de grandes empresas tecnológicas como Apple, que luchan por vender su gran cantidad de productos en el mercado global saturado.

Esto, nuevamente, explica el surgimiento del proteccionismo; a su vez, demuestra cómo las fuerzas productivas a nivel mundial han superado los estrechos límites del Estado nación y del mercado capitalista. Como Marx y Engels describieron con tanta precisión en el Manifiesto Comunista:

“La sociedad de repente se encuentra nuevamente en un estado de barbarie momentánea; parece como si una hambruna, una guerra de devastación universal, hubiera cortado el suministro de todos los medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen estar destruidos; ¿y por qué? Porque hay demasiada civilización, demasiados medios de subsistencia, demasiada industria, demasiado comercio”.

Colapso

En las mismas páginas, Marx y Engels explican cómo: “La necesidad de un mercado en constante expansión para sus productos persigue a la burguesía en toda la superficie del mundo. Debe enclavarse en todas partes, asentarse en todas partes, establecer conexiones en todas partes”.

La “globalización” alguna vez fue una fuente de fortaleza para los capitalistas, ayudándoles a acceder a mano de obra y materias primas más baratas (así como a mercados más grandes), y así obtener ganancias más jugosas. Por esta razón, los líderes empresariales e inversores se lamieron los labios ante las perspectivas que se abrieron con la caída de la Unión Soviética y el movimiento hacia el capitalismo en China.

Ahora, sin embargo, las cadenas de suministro interconectadas a nivel mundial les provocan un dolor de cabeza. Con el aumento de los aranceles y las barreras comerciales en todas partes, las grandes empresas multinacionales están luchando para hacer frente a la posible necesidad de encontrar nuevos proveedores más locales. Esta dislocación tiene el efecto de aumentar los costos, creando un shock del “lado de la oferta” que eleva los precios.

La inestabilidad en Oriente Medio, con el ruido de sables entre EE. UU. e Irán, tiene el mismo efecto, provocando que los precios del petróleo suban, lo que a su vez genera mayores costos de energía y, por lo tanto, un aumento generalizado en el precio de los productos básicos. Esto explica en parte la reticencia de Washington a intensificar el conflicto con Teherán.

Al mismo tiempo, para muchos políticos, no es la amenaza de inflación, sino la falta de ella, lo que representa una mayor preocupación. Con los mercados saturados y el “exceso de capacidad” en todos los ámbitos, existe una gran presión a la baja en los precios que ha llevado a una inflación moderada e incluso al riesgo de “deflación”.

El inestable acto de equilibrio que los jefes de los bancos centrales se ven obligados a realizar para evitar una inflación vertiginosa o el estancamiento de la deflación refleja la inestabilidad general del sistema capitalista, ya que se tambalea de una crisis a la siguiente.

Sus modelos económicos se están desmoronando. La “curva de Phillips” que antes vinculaba la inflación y el desempleo ahora es en gran medida redundante. De vuelta al mundo real, si los choques de la oferta golpean al mismo tiempo que la próxima recesión, entonces los capitalistas se enfrentarán a una tormenta perfecta de ‘estanflación’, como se vio por última vez durante la crisis global de la década de 1970: precios en espiral junto con estancamiento económico y depresión.

La nueva normalidad

Todo esto es una receta para aumentar la polarización política, la inestabilidad social y agudizar las luchas de clases. Y en esto, en última instancia, está la importancia de analizar los procesos que tienen lugar en la economía global, no para predecir acontecimientos con una bola de cristal, sino para comprender el impacto de las crisis del capitalismo en la conciencia y el desarrollo de la revolución mundial.

El hecho es que no habrá regreso al pasado. El statu quo está verdaderamente roto. No hay vuelta a la “normalidad”. Como lo atestigua la última década de tormenta y estrés, de lucha y conflicto: hemos entrado en una nueva época; una “nueva normalidad”.

Esto significa que la cuestión de la revolución socialista estará firmemente en la agenda en el próximo período. La tarea que queda por delante es derrocar este sistema podrido y consignar el capitalismo al basurero de la historia, adonde pertenece.