Suecia: la clase obrera vuelve a despertar

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En septiembre del año pasado, una coalición de derechas liderada por el Partido Conservador ganó las elecciones en Suecia. Superficialmente esto quizás puede parecer sorprendente. Todas las condiciones para continuar el dominio del gobierno del Partido Socialdemócrata (SAP) estaban dadas aparentemente -finanzas públicas estables, un ciclo económico ascendente, baja inflación, etc. En septiembre del año pasado, una coalición de derechas liderada por el Partido Conservador ganó las elecciones en Suecia. Superficialmente esto quizás puede parecer sorprendente. Todas las condiciones para continuar el dominio del gobierno del Partido Socialdemócrata (SAP) estaban dadas aparentemente -finanzas públicas estables, un ciclo económico ascendente, baja inflación, etc.
Sin embargo, la dirección del SAP, que tiene una profunda admiración por Tony Blair y sus asesores, decidió embarcarse en la campaña electoral con un programa sin reformas y basado en el (cuestionable) carisma del líder del Partido, Göran Persson.
El lema de la campaña electoral del SAP era: “Todo va bien / vótanos de nuevo”. Era evidente que la dirección de Göran Persson no tenía ni una sola idea y ni una política para el periodo que se avecinaba. Estaba claro que no podrían ofrecer nada más que “gestionar como siempre” sin ninguna reforma, un decadente sector público y una indiferencia hacia la cuestión del desempleo, que permanecía obstinadamente alto a pesar del boom económico.
Sin el más leve esfuerzo, el Partido Conservador fue capaz de tomar la iniciativa en la campaña electoral. Uno de los factores determinantes fue el truco mediante el cual el partido hizo un giro a la izquierda y se declaró “el auténtico partido de los trabajadores” en Suecia, centrándose en el desempleo y reclamando la defensa del “pleno empleo”.
El error fundamental de la dirección del SAP fue que consideraron el desempleo como una cuestión importante sólo para los pocos desafortunados afectados por él, como mucho el 10 por ciento de la población. Pero el alto desempleo tiene un efecto psicológico sobre toda la clase obrera. Si en la mitad de un ciclo de crecimiento económico uno escucha noticias sobre cierres de fábricas, recortes en el sector público y deslocalización de industrias manufactureras se crea un sentimiento de alarma entre todos los trabajadores.

La clase media gira a la derecha

Los batallones pesados de la clase obrera, los trabajadores de cuello azul, tradicionalmente con altos índices de afiliación sindical, no cayeron en el “todo vale” del Partido Conservador. Pudieron darse cuenta de la engañosa mascarada y no hubo ningún giro a la derecha entre ellos. Entre los obreros industriales los partidos tradicionales de la clase obrera -el SAP y el Partido de la Izquierda (ex-Partido Comunista)- tienen una posición dominante. El 70 por ciento de los trabajadores de cuello azul votaron a la izquierda.
Ellos saben que cuando la derecha habla sobre combatir el desempleo lo que realmente significa es que van a luchar contra los desempleados. Pero entre las capas medias, los funcionarios y los trabajadores de cuello blanco si hubo consecuencias. En este sector hubo un giro del 9 por ciento de la izquierda a la derecha, suficiente para desequilibrar la balanza y darle la victoria a la coalición de derechas.

Göran Persson dimite

Cuando Göran Persson dimitió tras la derrota electoral hubo un suspiro de alivio entre los activistas del partido. Durante sus doce años de liderazgo el partido ha perdido la increíble cifra de 100.000 afiliados, más de un tercio de la militancia. Desde comienzos de los años ochenta ha habido un acusado giro a la derecha para abrazar las políticas liberales pro-mercado. En este proceso el partido se ha convertido más en una máquina electoral que en un movimiento de carne y hueso. Esto ha llevado a algunos pequeños grupos en la izquierda a declarar al SAP “burgués” y a crear nuevos partidos obreros fantasmas.
Debido al terrible estado del SAP y a su prolongada corrosión uno se podría imaginar que habría multitud de migajas cayendo de la mesa del gran partido para alimentar a los grupos sectarios. Sin embargo, los grupúsculos de la izquierda están en un estado de crisis aun peor. Los 100.000 militantes que abandonaron el SAP no se fueron a ningún otro partido. Simplemente se fueron a casa -solo para volver más tarde, junto a nuevas capas, cuando la lucha de clases los obligue a defenderse a través de la herramienta política de la clase, de igual manera a como la lucha de clases fuerza ahora a los trabajadores a agruparse en los sindicatos -la herramienta industrial de la clase- para defenderse de los ataques de la coalición de derechas.

El estado del bienestar: ‘una perversión’

El nuevo gobierno del primer ministro conservador Reinfeldt tiene una estrategia muy clara. Detrás de la cortina de humo de la demagogia izquierdista tienen un programa para despedazar el estado del bienestar, al que el Sr. Reinfeldt llama “perversión”, y minar a los sindicatos. El primer ataque lanzado por el nuevo gobierno fue contra los subsidios de desempleo. Estos subsidios tienen un papel estratégico tremendo tanto para desmantelar el estado del bienestar como para reducir la fortaleza de los sindicatos. Recortando los subsidios e incrementando los seguros individuales, las finanzas del Estado se adaptan para recortar el gasto público. Para los sindicatos, subsidios más bajos significan más trabajadores parados buscando frenéticamente cualquier trabajo por cualquier salario y en cualquier parte. Esto significa que cuando los trabajadores luchan desesperadamente entre ellos por el empleo, los sindicatos tendrán mayores dificultades en conseguir un nivel digno de salarios y defender los diferentes niveles en los convenios colectivos o en mantener los convenios colectivos en su totalidad.

¿Pacto social o lucha de clases?

Incluso teniendo en cuenta que toda la historia del movimiento obrero demuestra categóricamente que la defensa de las viejas conquistas y la obtención de nuevas se consigue a través de la lucha (o de la amenaza de lucha), la actual dirección de la LO (central sindical sueca) sostiene precisamente la idea contraria. Creen que las conquistas se ganan como gratitud por no tomar acciones y que son defendidas mediante pragmáticas negociaciones con retiradas “temporales” (que finalmente son indefinidas).
Si fuera únicamente por la burocracia de la LO y el gobierno conservador tendríamos un pacto social en poco tiempo. La ministra de Industria, Maud Olofsson, se ha declarado abiertamente a favor de un pacto social y el primer ministro realizó declaraciones al Financial Times en noviembre del año pasado afirmando que: “No busco ni necesito un conflicto con los sindicatos”. Inmediatamente después de las elecciones el secretario general de la LO, Wanja Lundby-Wedin, declaró que el gobierno conservador y la LO tenían objetivos comunes como reducir el desempleo y que la LO estaba avanzando hacia la cooperación constructiva. La lucha de clases, sin embargo, siguió su propio camino entre estos planes.

Derrota política / acción industrial

Suecia ha sido frecuentemente descrito como un país donde los conflictos sociales están más o menos extinguidos y donde las relaciones entre las clases son casi cordiales. Hay algo de verdad en esto, pero las bases materiales para ello desaparecieron definitivamente durante la crisis económica de comienzos de los noventa. Durante los últimos quince años no ha habido ninguna gran reforma o progreso social, como era habitual durante el periodo de la post-guerra hasta los años ochenta. No ha habido nada que alimente la ilusión de que el capitalismo puede funcionar armónicamente. Al contrario, ha sido un periodo donde muchas ilusiones se han destruido. No importa cuan amortiguada ha estado la relación entre las clases, uno siempre puede confiar en el infalible instinto de clase de los trabajadores suecos y en su voluntad de actuar.
Un asombroso ejemplo de esto fue el movimiento desde abajo contra el ataque del gobierno conservador sobre los subsidios de desempleo. Este movimiento es una ilustración impresionante de la ley social de que cuando los trabajadores son derrotados en el plano político, instintivamente giran hacia los sindicatos y usan la organización sindical de la clase como medio para defenderse contra los ataques de la clase enemiga.
Esto también dice algo sobre el SAP. Si el SAP no fuera visto como el partido político de la clase, los trabajadores se hubieran mostrado indiferentes a su derrota electoral. Ese no es el caso. Cuando la propuesta actual de atacar los subsidios de desempleo se hizo en octubre del año pasado, la coalición de derechas se desplomó en las encuestas. En dos meses el SAP alcanzó más del 40 por ciento y volvió a ganar a todos los votantes de clase media que habían flirteado temporalmente con los conservadores. Junto a sus apoyos parlamentarios, el antiguo Partido Comunista y el Partido Verde, alcanzaban la mayoría absoluta.
Esto muestra que un resultado electoral solo es una fotografía de las probables fluctuaciones que existen en el ambiente de los votantes. En semanas se convirtieron en historia y todo cambió. Sólo días después de la derrota electoral los sindicatos locales se estaban preparando para la batalla. Los activistas más avanzados se estaban preparando y habían leído entre líneas los discursos demagógicos del Sr. Reinfeldt, entendiendo que un ataque sobre los subsidios de desempleo era el primero de una larga lista de ofensivas por venir. Peticiones y resoluciones circulaban sin descanso y el ambiente para la acción estaba creciendo.

La revuelta de los militantes

En muchas ciudades los sindicatos locales comenzaron a actuar públicamente y tomaron las calles. En Estocolmo una amplia red de sindicatos locales comenzó lo que llamaron: “La Rebelión de los Lunes”, convocando una manifestación cada lunes por la tarde ante el Parlamento con discursos, antorchas y consignas por una huelga general política de 24 horas.
Un sindicato que no perteneciente a la LO, el SAC -una central anarcosindicalista- fue, como es habitual, más allá de la clase y organizó enseguida una huelga de un día. Sólo 1.000 trabajadores respaldaron la convocatoria. Sin embargo, 5.000 apoyaron más tarde la manifestación en Estocolmo expresando el apoyo para esta demanda.
Lo que está claro es que se ha ejercido una presión colosal sobre los grandes sindicatos de la LO y esto los ha obligado a actuar. Uno podría decir que durante el mes de noviembre la dirección de la LO fue bombardeada con demandas para convocar una huelga general política de 24 horas así como bombardeada con demandas generales para hacer algo, cualquier cosa.
Finalmente, a finales de noviembre, la dirección se rindió y decidió llamar a la acción para el 14 de diciembre. La dirección de la LO raramente llama a la acción, y cuando lo hizo recibió un cierto interés por parte de los medios internacionales. En una entrevista en el Financial Times, el secretario general de la LO, Wanja Lundby-Wedin, declaró: “Todos los pasos que tomamos son por los militantes. Nos llaman, nos escriben cartas, nos escriben emails, escriben a los periódicos. Están realmente enfadados”. Más tarde, en una declaración conjunta con el responsable de negociaciones, Erland Olausson, explicó que la presión por abajo en los sindicatos era la peor que la LO había experimentado en 15 años. ¡Era una “rebelión”!
El llamamiento a la acción de la dirección de la LO tenía un lado bueno y un lado malo. El lado bueno era que los militantes entendieron que si tú tuerces los brazos de la dirección del sindicato puedes forzarlos a actuar en tu interés. El lado malo era que el llamamiento a la acción era un esfuerzo para engañar al movimiento. Fue convocada una manifestación para el 14 de diciembre, un día entre semana, a mediodía ante el Parlamento. Si hubieran convocado a la huelga y una manifestación a mediodía habría sido un asunto diferente. ¿Pero qué trabajadores pueden manifestarse fácilmente un día entre semana a mediodía? La dirección esperaba una baja asistencia y que la acción desmoralizaría a los militantes, esperando callarlos. Desgraciadamente para la dirección, el movimiento es más grande que ellos y tanto los sindicatos locales como los regionales comenzaron a movilizarse de cara al 14 de diciembre. En Estocolmo el sindicato regional convocó inmediatamente otra manifestación por la tarde para todos los que no pudiesen participar en la del mediodía.

Balance del 14 de diciembre

Incluso si la manifestación principal en Estocolmo fuera la convocada para el mediodía, ¡12.000 personas se manifestaron! La manifestación de la tarde, convocada por los sindicatos regionales reunió a otros 5.000. Afortunadamente, fueron tomadas iniciativas en otras ciudades -tanto Gotenburgo como Malmoe tuvieron manifestaciones con 5.000 personas cada una-. Hubo manifestaciones en 25 ciudades, con 40.000 activistas en las calles aquel día. Este no es un resultado magnífico, pero aquí el interés no está en las cifras. Lo que es más importante es que las acciones fueron alentadoras y no desmoralizadoras para los activistas. Por encima de todas las medidas se destaca la petición con 250.000 firmas que fue entregada al ministro de trabajo para protestar contra los ataques a los subsidios de desempleo. Sin embargo esto no fue suficiente para cambiar el curso del gobierno. Los ataques contra los subsidios de desempleo han sido llevados a cabo y ahora son aplicables. La lección que debe aprenderse es que la acción convocada por la LO no fue suficiente. Sólo una huelga general política podría haber forzado al gobierno conservador a la retirada.

Muy poco y muy tarde

Uno de los motivos para que la dirección de la LO contuviera la protesta es que, en su visión, un asunto mucho más importante es prepararse para lo que viene. Esta primavera más de 500 convenios colectivos, afectando a más del 85 por ciento de los trabajadores de Suecia, deben renegociarse. Lo que menos quiere la dirección de la LO es una militancia movilizada en el camino a la guerra. Su propia lógica trabaja contra ellos. Si hubieran convocado una huelga política y hubieran ganado la batalla sobre los subsidios de desempleo, la dirección habría ganado prestigio y espacio para maniobrar. La militancia estaría satisfecha y no los presionarían. Ahora han hecho todo mal. Hicieron muy poco y muy tarde. La frustración por no usar la fuerza completa de los sindicatos y la frustración por haber perdido la batalla sobre los subsidios está ahora desbordándose sobre esta fase de negociación colectiva. Es evidente que existe un ambiente para la compensación y la venganza. Esta primavera no será una merienda tranquila.