Socialismo internacional frente a «socialismo nacional»: un debate necesario

Según Marx y Engels, el socialismo es una fase transitoria de la humanidad que requiere de una extensión planetaria para poder pasar a la siguiente fase, el comunismo. Sin embargo, muchos partidos autodenominados “comunistas” o “de tradición comunista” fijan sus objetivos en establecer una república socialista a nivel nacional, obviando por completo la necesidad mundial del socialismo y desechando el internacionalismo como una estrategia política.

Por ello, en este artículo vamos a tratar brevemente por qué grupos como, por ejemplo, el Frente Obrero cometen un grave error al ensalzar conceptos interclasistas como “soberanía nacional española” con la intención de atraer a un sector de la población con prejuicios chovinistas. Además de este sesgo nacionalista español, ponen énfasis en la salida de la Unión Europea y de la OTAN sin plantear una lucha a escala internacional que rompa el aislamiento al que sería sometido cualquier país que luche por una vía socialista.

Para toda organización que se considere revolucionaria, es vital construir con las ideas correctas, es decir, es imprescindible ser lo más riguroso posible en la teoría, porque en ella va a estar la clave, tanto para derrumbar el capitalismo como para poner los cimientos de una nueva sociedad: no existe práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria y viceversa. Por tanto, debemos analizar, sin distorsiones ni mecanicismos, el legado que nos han ido dejando los grandes revolucionarios que han dado su vida por el socialismo, estaríamos teniendo una actitud soberbia e incorrecta si no se actuase de esta forma.

Todos los revolucionarios tenemos como referente a Marx y a Lenin a la hora de elaborar nuestra estrategia, por lo cual, vamos a tratar sus posiciones para poder unir cabos y eliminar deformaciones teóricas que han surgido tras el paso del tiempo.

Posición de Marx

La tarea histórica del capitalismo era la supresión de la división territorial feudal, el desarrollo de una economía industrial moderna y la creación de un mercado mundial con una nueva división mundial del trabajo. Al hacerlo crearía sus propios enterradores, el proletariado moderno. Marx y Engels bosquejaron este escenario hace 150 años en las páginas de El Manifiesto Comunista. El desarrollo del capitalismo actual confirma esa perspectiva. Con la concentración del capital en manos de un grupo reducido de capitalistas, el campesinado ha sido en gran medida eliminado, mientras que la clase obrera ha adquirido proporciones colosales, convirtiéndose en la mayoría de la población en los países avanzados e incluso en muchos países en desarrollo. De la misma manera, el capitalismo ha creado un mercado mundial al que todos los países están inextricablemente atados. En realidad, las bases materiales para una sociedad socialista, legadas por el capitalismo, han existido a escala mundial desde el estallido de la Primera Guerra Mundial. Si las grandes fábricas e industrias, que se han convertido en corporaciones multinacionales, fueran de propiedad pública y estuvieran democráticamente planificadas a escala nacional e internacional, podrían crear un mundo de superabundancia.

Marx y Engels explicaron que el factor decisivo para el desarrollo capitalista era la concentración cada vez mayor de los medios de producción, que deja atrás los estrechos confines del capitalismo. Tanto la propiedad privada de los medios de producción como las fronteras nacionales ya no eran factores progresistas que fomentaban el crecimiento económico, sino que se habían convertido en un obstáculo reaccionario que frenaba el desarrollo de las fuerzas productivas. Hoy en día esos procesos, ya explicados en el Manifiesto Comunista, son el factor clave del mundo moderno. Además, el capitalismo ha unificado el planeta en un todo único, interrelacionado e interdependiente. La bancarrota del capitalismo mundial se refleja de un modo sorprendente en situaciones paradójicas, como es el caso en que de la empresa norteamericana Wal-Mart en 2015 tenga una facturación parecida al presupuesto total de Polonia o, también, que la empresa japonesa Toyota ingrese más que el presupuesto total de Portugal, mientras que las clases capitalistas de Europa Occidental se ven obligadas a agruparse en un Mercado Común, en un intento desesperado por sobrevivir. Aunque no de la forma adecuada, incluso la burguesía intenta superar las limitaciones del mercado nacional.

multinacionales

Dos guerras mundiales catastróficas deberían haber hecho entender a las mentes más cerradas el ineludible conflicto entre la existencia de estados nacionales y el desarrollo de las fuerzas productivas del planeta, que demandan el uso más libre y más completo de los recursos de todos los países. Las multinacionales, que se extienden por los cinco continentes, son el enemigo común para los trabajadores de todos los países. Ahora, más que nunca, el internacionalismo del Manifiesto Comunista representa el único camino de avance para la humanidad y el único programa para un movimiento auténticamente socialista. El internacionalismo socialista no está basado en la utopía ni en el sentimentalismo, sino en el desarrollo a escala mundial de la producción capitalista.

Todo el desarrollo económico y cultural es un golpe demoledor contra la existencia del Estado nacional: aviación, internet, tecnología, acceso a materias primas, necesidad de integración de conocimientos (como ha quedado claro con la vacuna del Covid), movimiento internacional de masas de trabajadores de un país o continente a otro, la lucha contra el cambio climático, etc., las fronteras son obsoletas, tuvieron su origen como una etapa necesaria, pero ya superada del pasado. Necesitamos todos los esfuerzos unidos del ser humano para crear un vergel y un paraíso en la tierra.

Marx creía que las tareas de la revolución socialista recaerían primero sobre las espaldas de la clase obrera de los países cultural y económicamente avanzados de Europa occidental. Entendía que la necesidad de propagar la revolución socialista en los países más avanzados es una cuestión vital para poder alcanzar el socialismo a nivel mundial.

La razón es sencilla: si el socialismo es una fase de la humanidad superior al capitalismo, este no puede sostenerse en un territorio aislado del mundo con unas fuerzas productivas más débiles que el país más avanzado del capitalismo. Por tanto, es necesario y fundamental que la revolución llegue a los países más desarrollados del capitalismo para poder utilizar todo ese desarrollo para la construcción del socialismo.

Marx escribe: «Este desarrollo de las fuerzas productivas es una premisa práctica absolutamente necesaria [del comunismo], ya que sin este se generaliza la necesidad, y con la necesidad la lucha por las necesidades empieza de nuevo, y eso significa un resurgimiento de toda la vieja basura» (Marx and Engels Selected Works, The German Ideology, vol. 1, p. 37, énfasis del autor).

El carácter internacional del socialismo se deriva exclusivamente del carácter internacional del propio sistema capitalista. Ningún país tiene por sí solo las bases materiales para una nueva sociedad sin clases, ni puede garantizar la eliminación completa de la escasez y la necesidad heredadas del capitalismo. Incluso unos “EEUU soviéticos”, a pesar de su enorme potencial económico, no podría completar inmediatamente el salto a una sociedad socialista. No podría proporcionar a todo el mundo todo lo que necesitase. Sería necesario un régimen transitorio, un Estado obrero democrático, cuya tarea central sería acelerar el desarrollo de las fuerzas productivas y eliminar los vestigios de la sociedad clasista.

Hemos podido apreciar cómo estas hipótesis han sido corroboradas por el colapso de la URSS, por ello, como marxistas, debemos analizar el porqué y comprender. Ni siquiera un territorio tan extenso, bajo la economía planificada, y con un desarrollo notable de las fuerzas productivas ha bastado para superar el capitalismo a nivel mundial.

Posición de Lenin

No sería difícil establecer, más allá de cualquier duda, la postura de Lenin sobre la necesidad de la revolución mundial. De hecho, él pensaba que, a menos que el Estado soviético consiguiese romper su aislamiento, la Revolución no podría sobrevivir mucho tiempo. Esta idea se repite una y otra vez en los escritos y discursos de Lenin. Los siguientes son solo unos cuantos ejemplos, que se podrían multiplicar a voluntad:

24 de enero de 1918:

«Estamos lejos incluso de haber terminado el período de transición del capitalismo al socialismo. Jamás nos hemos dejado engañar por la esperanza de que podríamos terminarlo sin la ayuda del proletariado internacional. Jamás nos hemos equivocado en esta cuestión (…) Naturalmente, la victoria definitiva del socialismo en un solo país es imposible. Nuestro destacamento de obreros y campesinos, que apoya al Poder soviético, es uno de los destacamentos del ejército universal fraccionado hoy por la guerra mundial; pero este ejército tiende a la unificación, (…) y ahora vemos claro cuán lejos irá el desarrollo de la revolución; ha comenzado la obra el ruso, la llevarán a cabo el alemán, el francés y el inglés, y triunfará el socialismo» (Lenin, Obras Completas, vol. 36, pp. 281-89).

8 de marzo de 1918:

«El Congreso considera que la garantía más firme del afianzamiento de la revolución socialista victoriosa en Rusia consiste únicamente en su transformación en revolución obrera internacional» (Lenin, Resolución sobre la guerra y la paz, vol. 36, p. 40).

23 de abril 1918:

«Alcanzaremos la victoria definitiva solo cuando logremos vencer, por fin, definitivamente al imperialismo internacional, que se apoya en la grandiosa fuerza de la técnica y de la disciplina. Pero alcanzaremos la victoria únicamente con todos los obreros de los demás países, del mundo entero». (Lenin, Resolución sobre la guerra y la paz, vol. 36, p. 241).

29 julio 1918:

«Nunca nos hemos hecho ilusiones de que las fuerzas del proletariado y el pueblo revolucionario en un solo país, independientemente de lo heroicos, organizados y disciplinados que pudieran ser, podrían derrocar al imperialismo internacional. Eso solo se puede hacer con los esfuerzos conjuntos de los obreros del mundo (…) Nunca nos engañamos pensando que se podría hacer con los esfuerzos de un solo país. Sabíamos que nuestros esfuerzos llevaban inevitablemente a una revolución mundial, y que la guerra desatada por los gobiernos imperialistas no se podía detener con los esfuerzos de esos mismos gobiernos. solo se puede detener mediante los esfuerzos de los obreros; y cuando llegamos al poder, nuestra tarea (…) era la de mantener ese poder, esa antorcha del socialismo, de tal manera que extendiese tantas chispas como fuera posible para aumentar las llamas crecientes de la revolución socialista» (Lenin, Collected Works, vol. 28, pp. 24-5).

8 de noviembre 1918:

«Desde el principio de la Revolución de Octubre, nuestra política exterior y de relaciones internacionales ha sido la principal cuestión a la que nos hemos enfrentado. No simplemente porque desde ahora en adelante todos los Estados del mundo están siendo firmemente atados por el imperialismo en una sola masa sucia y sangrienta, sino porque la victoria completa de la revolución socialista en un solo país es inconcebible y exige la cooperación más activa de, por lo menos, varios países avanzados, lo que no incluye a Rusia (…) Nunca hemos estado tan cerca de la revolución proletaria mundial de lo que estamos ahora. Hemos demostrado que no estábamos equivocados al confiar en la revolución proletaria mundial (…) Incluso si aplastan a un país, nunca podrán aplastar la revolución proletaria mundial, solo añadirán combustible a las llamas que les consumirán a todos» (Lenin, Collected Works, vol. 28, pp. 151-64).

15 de marzo 1919:

«La victoria final y completa a escala mundial no se puede conseguir solo en Rusia; solo se puede conseguir cuando el proletariado venza en todos los países avanzados, o, en cualquier caso, en algunos de los países avanzados más grandes. Solamente entonces podremos decir con plena confianza que la causa del proletariado ha triunfado, que nuestro primer objetivo —el derrocamiento del capitalismo— ha sido conseguido. Hemos conseguido este objetivo en un país, y esto nos enfrenta a otra tarea. Ahora que se ha establecido el poder soviético, ahora que la burguesía ha sido derrotada en un país, la segunda tarea es lanzar una lucha a escala mundial, en un plano diferente, la lucha del Estado proletario rodeado por Estados capitalistas» (Lenin, Obras Completas vol. 38, pp. 47).

5 de diciembre 1919:

«Tanto antes de Octubre como durante la Revolución de Octubre, siempre hemos dicho que nos consideramos y solo podemos considerarnos como uno de los contingentes del ejército proletario internacional (…) Siempre hemos dicho, por lo tanto, que la victoria de la revolución socialista solo se puede considerar final cuando se convierte en la victoria del proletariado por lo menos en varios países avanzados» (Lenin, Collected Works, vol. 30, pp. 207-8).

Finales de febrero de 1922:

«Pero no hemos acabado ni siquiera la construcción de los cimientos de la economía socialista y los poderes hostiles del capitalismo moribundo todavía nos lo pueden impedir. Tenemos que apreciar esto y admitirlo francamente; porque no hay nada más peligroso que las ilusiones… Y no hay nada en absoluto (…) terrible en admitir esta verdad amarga; ya que siempre hemos insistido y reiterado esta verdad elemental del marxismo: que se necesitan los esfuerzos conjuntos de los obreros de varios países avanzados para la victoria del socialismo» (Lenin, Collected Works, vol. 33, p. 206).

Lenin escritorio

El internacionalismo intransigente de Lenin tampoco era el resultado de una utopía sentimental, sino, por el contrario, de una evaluación realista de la situación. Lenin sabía que en Rusia no existían las condiciones materiales para el socialismo, pero sí que existían a escala mundial. La revolución socialista mundial impediría el resurgimiento de aquellos aspectos bárbaros de la sociedad clasista, a los que Marx se refería como «toda la vieja basura», garantizando desde su principio un desarrollo superior al capitalismo. Este era el motivo por el que Lenin ponía tanto énfasis en la perspectiva de la revolución internacional y por el que dedicaba tanto tiempo y energía a la construcción de la Internacional Comunista.

La creación de la URSS en 1922 no tenía por objeto recrear en líneas socialistas el antiguo imperio ruso. Al contrario, se concedió el derecho de autodeterminación a todos los pueblos conquistados y oprimidos por el zarismo, algunos se separaron y otros no. La idea de la URSS (que no tenía mención a ninguna nación específica ya que Rusia era solo una de las repúblicas socialistas federadas en la URSS) era solo el primer paso, la primera piedra para una unión de repúblicas socialistas a nivel mundial.

Capitalismo, un terrible coste para la humanidad

En la actualidad, mientras sigue en marcha la guerra en Ucrania y las sanciones a Rusia, vemos el tremendo impacto que tiene sobre la economía globalizada cortar de raíz numerosos vínculos comerciales. Creíamos que la inflación y el desabastecimiento eran cosas del pasado, pero estamos comprobando que estos elementos están de vuelta y amenazan con provocar situaciones verdaderamente dramáticas para millones de personas a nivel mundial, ya sea por la falta de alimentos, energía u otros recursos indispensables para la vida en nuestra época.

Los países capitalistas más desarrollados sostienen su crecimiento a través de la globalización. Han podido llevar gran parte de sus fábricas a otros países que tienen una mano de obra más barata y, de esa forma, pueden fabricar productos a costes más bajos y venderlos por todo el mundo.

Aunque la crisis del 2008 vino a cambiar el paradigma mundial y, desde entonces, economías como China principalmente y la India o Rusia, beneficiadas por la globalización, buscan ganar o recuperar terreno tras el debilitamiento de la economía estadounidense que ha perdido gran parte de su tejido industrial y su papel de policía del mundo está en entredicho.

La naturaleza del capitalismo no permite que la humanidad pueda tener un progreso sin poner en riesgo el futuro de la misma. Todo crecimiento del capitalismo viene dado por algún tipo de sacrificio, bien sea por la explotación de millones de personas, por la guerra, por el hambre, por la destrucción del medioambiente o cualquier otro tipo de calamidad.

Como dijo Lenin, no existe una crisis final del capitalismo. Las crisis siempre se pueden superar, pero solo creando una crisis más profunda, ya sea más adelante o en otra parte del mundo. Y el capitalismo podrá salir de esta crisis: sobre los huesos de la clase obrera.

El marxismo, a través del análisis, expone estas contradicciones y plantea una solución. Realmente creemos que es la herramienta más útil para liberar a la humanidad de las cadenas de la sociedad de clase. Hemos explicado brevemente las ideas de Marx y Lenin acerca del internacionalismo y por qué cualquier solución que contenga elementos chovinistas o enfrasque la revolución en unas fronteras está destinada al fracaso.

Hoy día tenemos la suerte de que no hace falta inventar nada, tenemos las ideas necesarias para transformar la sociedad. El problema es que tenemos que desenmarañar una densa red de mentiras, falsificaciones, ideas reaccionarias y propaganda que dificulta para la gran parte de la población la comprensión del marxismo. Pero esto no es excusa, al final las masas siempre han aprendido a través de la experiencia y lo volverán a hacer de nuevo con los acontecimientos que están por venir.

Una vía internacionalista

¿Qué hacer hoy? Podemos ver qué hicieron los comunistas y aprender de ellos:

La creación de la Internacional Comunista en 1919 fue la máxima expresión de la concepción bolchevique de la revolución como un proceso mundial, no como un fenómeno nacional válido únicamente dentro de las fronteras del antiguo imperio zarista. Desde el principio, Lenin y los bolcheviques vieron Octubre como el inicio de la revolución mundial. Sin esa perspectiva, la revolución socialista en Rusia habría sido una aventura, como la calificaron los mencheviques. En noviembre de 1918, Lenin contestó a esas críticas de la siguiente manera:

“Los acontecimientos históricos han demostrado a esos patriotas rusos que no atienden más que a los intereses inmediatos de su país concebido a la antigua usanza que la transformación de nuestra revolución rusa en una revolución socialista no fue una aventura, sino una necesidad, ya que no hubo otra elección; el imperialismo anglo-francés y el norteamericano inevitablemente estrangularán la independencia y la libertad de Rusia a menos que triunfe la revolución socialista mundial, el bolchevismo mundial”.

Los bolcheviques nunca plantearon la revolución con el fin de adherirse a alguno de los bloques imperialistas que se disputaban el control de los recursos y mercados mundiales. Ellos desarrollaban la lucha por el socialismo en cualquier rincón del mundo y sin usar eslóganes chovinistas como “en defensa de la soberanía nacional rusa”, de hecho, ¡esto sería más propio de los mencheviques!

Actualmente, vemos cómo el imperialismo americano y sus socios europeos libran una guerra económica y militar contra Rusia. El motivo real siempre ha sido la lucha por la obtención de mercados y recursos, la invasión de Ucrania lleva tiempo “cociéndose” por ambas partes, pese a que Rusia sea quien lleva a cabo la invasión. Esto supone que, una vez más, la clase obrera es sacrificada por intereses espurios de los imperialistas. No obstante, los bolcheviques no peleaban por diputarse un mercado, negocios o privilegios, peleaban por un mundo nuevo, por la victoria de la clase obrera y la eliminación de la sociedad de clases. ¿Qué motivo puede ser mayor que luchar por el triunfo de la humanidad sobre la barbarie? Y es que tener la ideas correctas supone obtener buena parte de la victoria. Los bolcheviques nunca miraron a ningún Estado burgués, sino que se dirigían directamente a la clase trabajadora de todo el mundo. Sin embargo, Zelesnki pide la ayuda de occidente para luchar contra la invasión rusa y ruega por la intervención de la OTAN, sin pensar que eso supondría una escalada bélica que podría tener terribles consecuencias para el mundo entero.

En cambio, ¿Cómo consiguieron enfrentarse los bolcheviques a la invasión de 21 ejércitos de imperialistas? La principal defensa de la Revolución residía en la política de internacionalismo revolucionario de los bolcheviques. Su propaganda revolucionaria estaba teniendo un efecto en las tropas de los ejércitos imperialistas, cansadas de la guerra. El descontento y los motines en las filas de los ejércitos de intervención obligaron a los imperialistas a retirarse. La solidaridad internacionalista de la clase obrera salvó la Revolución Rusa. El siguiente extracto nos da una idea general de la situación:

«Motines importantes en los primeros meses de 1919 en la flota y en unidades terrestres francesas apostadas en Odessa y otros puertos del Mar Negro llevaron a su evacuación forzosa a principios de abril. El director de operaciones militares en el Ministerio de la Guerra informaba de que la moral de las tropas de diferentes nacionalidades bajo mando británico en el frente de Arcangel era ‘tan baja que las hacía víctimas de la activa e insidiosa propaganda bolchevique que el enemigo está llevando a cabo con creciente energía y habilidad’. Los detalles se hicieron públicos mucho más tarde a través de informes oficiales americanos. El 1 de marzo de 1919 estalló un motín entre las tropas francesas a las que se había ordenado marchar al frente; algunos días antes, una compañía de infantería británica ‘se negó a ir al frente’ y poco después una compañía americana ‘se negó temporalmente a volver a su deber en el frente» (E. H. Carr, The Bolshevik Revolution, 1917-23, vol. 3, p. 134)

Lo que derrotó a los generales blancos no fue su inferioridad militar, sino la deserción en masa, los motines y las constantes sublevaciones en las zonas ocupadas.

Revolución alemana

Una oleada revolucionaria recorría toda Europa. En noviembre de 1918, la revolución alemana barrió a la dinastía de los Hohenzollern, obligando al káiser Guillermo a buscar refugio en Holanda. La revolución puso fin a la Primera Guerra Mundial, con la formación de sóviets en toda Alemania. El general Golovin informaba así acerca de sus negociaciones con Churchill, en mayo de 1919, sobre la continuación de la intervención militar británica: «La cuestión de prestar apoyo armado era para él la más difícil; la razón era la oposición de la clase obrera británica a la intervención armada…». Los motines en la flota francesa en Odessa y en los demás ejércitos aliados finalmente sellaron el destino de nuevas expediciones militares a Rusia. En 1920, los estibadores de East India Docks en Londres se negaron a cargar el Jolly George con un cargamento secreto de municiones hacia Polonia, para utilizarlas contra la Rusia soviética.

Con el fin de la intervención extranjera, el Ejército Rojo liquidó rápidamente los restos de los ejércitos blancos. Las noticias de la revolución en Europa llevaron al bolchevique Karl Radek a declarar: «Ha llegado la revolución mundial. Las masas de la población oyeron su paso de hierro. Se acabó nuestro aislamiento». Trágicamente, resultó ser prematuro. La primera oleada revolucionaria entregó el poder a los dirigentes de la socialdemocracia, que descarrilaron y traicionaron el movimiento. Lenin vio la derrota de la primera ola de la revolución europea como un golpe terrible que servía para aislar la república soviética por un periodo. Esto no era algo secundario, sino una cuestión de vida o muerte para la revolución. Lenin y los bolcheviques habían dejado muy claro una y otra vez que, si la revolución no se extendía hacia Occidente, estaban condenados. El 7 de marzo de 1918, Lenin sopesaba la situación de esta manera:

«Si examinamos la situación a escala histórica mundial, no cabe la menor duda de que si nuestra revolución se quedase sola, si no existiese un movimiento revolucionario en otros países, no existiría ninguna esperanza de que llegase a alcanzar el triunfo final. Si el Partido Bolchevique se ha hecho cargo de todo, lo ha hecho convencido de que la revolución madura en todos los países y que a la larga —y no a la corta— cualesquiera que fuesen las dificultades que hubiéramos de atravesar, cualesquiera que fuesen las derrotas que tuviésemos deparadas, la revolución socialista internacional tiene que venir, pues ya viene, tiene que madurar, pues ya madura y llegará a madurar del todo. Nuestra salvación de todas estas dificultades —repito— está en la revolución europea» (Lenin, Obras Completas, vol. 36, p. 12).

Y concluía: «Pero, de todos modos, y con todas las peripecias posibles imaginables, si la revolución alemana no estalla, estamos perdidos» (Ibid., p. 16). Semanas después repitió la misma idea: «Nuestro atraso nos ha hecho avanzar y pereceremos si no sabemos sostenernos hasta que encontremos el poderoso apoyo de los obreros sublevados de otros países» (Ibid., p. 243).

La tarea principal era mantenerse en el poder tanto como fuera posible. Lenin nunca contempló la posibilidad de un aislamiento prolongado del Estado soviético: o se rompía el aislamiento o el régimen soviético estaría condenado. Todo dependía de la revolución mundial. Su retraso provocó enormes dificultades que iban a tener consecuencias profundas. En vez de la disolución del Estado, se dio el proceso opuesto. Sobre la base de la miseria agravada por la guerra civil y el bloqueo económico, la «lucha por la supervivencia individual», en la frase de Marx, no desapareció ni se suavizó, sino que en los años posteriores adquirió una ferocidad sin precedentes. Más que construir sobre las bases del capitalismo más avanzado, el régimen soviético estaba intentando superar problemas pre socialistas y pre capitalistas. La tarea era «alcanzar el nivel de Europa y América». Esto quedaba muy lejos del «estadio inferior del comunismo» al que se había referido Marx. Los bolcheviques se vieron obligados a enfrentarse a problemas económicos y culturales que ya habían sido resueltos tiempo atrás en Occidente. Lenin declaró en una ocasión, para ilustrar la tarea básica a resolver, que el socialismo era «poder soviético más electrificación».

Esto no era una receta para la «vía rusa al socialismo», todo lo contrario. Siempre estaba vinculada a la perspectiva de la revolución mundial. Lenin estaba intentando solucionar los problemas surgidos del aislamiento de un Estado obrero rodeado de potencias capitalistas hostiles.

Lenin era consciente de los peligros de una situación de este tipo. Explicó que el Estado es una reliquia de la sociedad clasista y puede degenerar bajo ciertas condiciones, y que por lo tanto tiene que estar permanentemente bajo el control y la supervisión democráticas de la clase obrera. Por este motivo, una de las medidas fundamentales para Lenin era la reducción de la jornada laboral, para dar tiempo a las masas a participar en la gestión de la industria y el Estado. No por motivos sentimentales, sino como defensa para impedir que el nuevo Estado soviético se elevase por encima y se divorciase de la clase obrera. En otras palabras: para impedir su degeneración. Para combatirla, Lenin propuso una serie de medidas destinadas a luchar contra la burocratización. Entre ellas: elección y revocabilidad de todos los funcionarios, supresión del ejército permanente, limitación del salario de los funcionarios a un máximo no superior al sueldo de un obrero cualificado y rotación en cargos y responsabilidades. Para que «todo el mundo pueda convertirse en ‘burócrata’ durante algún tiempo, y de este modo nadie pueda convertirse en ‘burócrata», concluía Lenin. (Lenin, op. cit., p. 103).

Con el fracaso de la revolución en Europa y tras la muerte de Lenin, en 1924, surgió el debate entre el socialismo en un solo país y el socialismo internacional. Las condiciones materiales de la URSS eran extremadamente precarias, la clase trabajadora tras la guerra civil se encontraba extenuada y los años se sucedían sin que ninguna revolución triunfase y abriese un nuevo paradigma mundial. Estos factores hicieron que entre la miseria material en la que estaba sumida la URSS y el abandono de las masas de la vida política, surgiese una camarilla burocrática que coparía el poder en base a sus intereses y pusiera un orden ante la imposibilidad de satisfacer las necesidades de toda la población soviética.

Desde ese momento, la línea política del Partido Comunista ya no sería la del internacionalismo sino la del socialismo en un solo país. Esto se extendió a los Partidos Comunistas de todo el mundo y se llevó a cabo una represión a quienes mantenían la defensa del auténtico leninismo. Por este motivo se puede explicar la disolución de la internacional comunista en 1943 o que la URSS y China nunca se planteasen unificar sus fronteras e integrar sus economías, una aberración desde el punto de vista marxista.

Enfrentamiento sino-soviético

Soldado soviético hecho prisionero por el ejército chino durante los enfrentamientos armados de 1969

La falta de democracia obrera y su retraso económico respecto a occidente finalmente condujeron al derrumbe del bloque soviético, o más bien, a la conversión de los antiguos dirigentes “comunistas” burocráticos en nuevos capitalistas apropiándose y robando la propiedad del pueblo. Hay que dejarlo claro: La URSS y Europa del este no fueron derrotados por un ejército extranjero sino que sus antiguos dirigente fueron quienes liquidaron la economía nacionalizada y se repartieron las riqueza entre ellos.

Conclusiones

El internacionalismo es la única vía correcta para luchar contra el capitalismo, no existen atajos y si se pretende utilizar alguno, hemos visto que tendría un gran coste para la clase obrera.

Un trabajador español tiene mucho más en común con un trabajador inglés o peruano que con su propia burguesía, por ello, cualquier lema que evoque a la unidad nacional debe ser rechazado sin ningún tipo de dudas. La burguesía siempre utiliza el chovinismo para unir a los trabajadores en torno a ella y dividirlos de otros trabajadores del resto del mundo e incluso dentro de sus fronteras nacionales.

El socialismo y el internacionalismo no son un simple eslogan y ningún partido revolucionario puede renunciar a estos conceptos, al contrario, deben ser el principal objetivo. Los programas políticos de los revolucionarios deben ligar cada uno de sus puntos programáticos a la construcción del socialismo y, a su vez, a extenderlo a nivel mundial para evitar el fatídico aislamiento.

El famoso lema “¡Proletarios de todos los países, uníos!” que Marx y Engels plasmaron en el Manifiesto Comunista, no era un eslogan vacío, sino que reflejaba uno de los mayores pilares del marxismo y es la lucha internacional por la liberación de la clase trabajadora de su opresión.

El chovinismo y la teoría del Socialismo en un solo país quedan totalmente descartados como posiciones comunistas, la historia los ha relegado sabiamente al basurero y, por ello, ningún comunista que realmente persiga la revolución socialista debería recurrir a semejantes conceptos.