El PTS viene impulsando un movimiento por un “partido de la nueva clase trabajadora”. La clase trabajadora argentina de hoy no tiene la misma composición que hace cuarenta o cincuenta años. Cambiaron las ramas, las tecnologías, las formas de contratación y las condiciones en las que millones venden su fuerza de trabajo.
Entonces aparece la pregunta. ¿Qué es exactamente lo nuevo? ¿Cambió la clase o cambió su composición? ¿Dónde está hoy su fuerza? ¿Cómo puede transformarse en una fuerza política capaz de disputar el poder?
Una clase no es estática
Un metalúrgico, una enfermera, un trabajador de logística y una programadora pueden parecer muy distintos. Hacen trabajos diferentes, cobran salarios distintos y probablemente algunos no tengan organización sindical y otros tengan experiencias sindicales diferentes.
Pero una clase social no se define por esas diferencias superficiales.
Marx explica que, para producir y reproducir su existencia, los seres humanos establecen relaciones entre sí en determinadas fases históricas y que esas relaciones están ligadas al desarrollo de las fuerzas productivas a lo largo de la historia. Bajo el capitalismo, ese desarrollo no se detiene. El capital se concentra y se desplaza entre distintas ramas, cambian las máquinas, las tecnologías y la división del trabajo, aparecen nuevas actividades y otras pierden peso. La relación fundamental entre capital y trabajo asalariado permanece, pero cambia la composición concreta de las clases.
El capital tampoco es simplemente una fábrica, una máquina o una cantidad de dinero. Es una relación social. De un lado están quienes poseen y controlan los medios de producción. Del otro, quienes necesitan vender su fuerza de trabajo para vivir.
No hace falta trabajar con overol ni entrar todos los días a una fábrica para formar parte del proletariado. Tampoco pertenecer a la clase obrera significa producir directamente plusvalía en cada caso. Trabajadores de administración o de limpieza, por ejemplo, no crean por sí mismos una mercancía acabada, pero pueden formar parte del trabajo colectivo necesario para producirla. Lo decisivo es la relación que el trabajador mantiene con los medios de producción y con el capital.
Los trabajadores de aplicaciones muestran bien hasta dónde pueden cambiar las formas. Pueden aparecer jurídicamente como independientes, utilizar un auto o una moto propia y no tener un patrón físicamente delante. Su fuerza de trabajo sigue siendo explotada por capitalistas que hacen negocio con el servicio que prestan y descargan sobre ellos buena parte de los costos.
El capitalismo destruye viejos empleos y crea otros. Una transformación profunda en la apariencia del proletariado no significa que haya aparecido una clase nueva.
Lo que mostró el Argentinazo de 2001
Durante los años noventa, la desocupación masiva expulsó a cientos de miles de trabajadores de sus antiguos lugares de organización. Para muchos, el barrio pasó a ocupar un lugar central y el piquete se convirtió en una de las formas más combativas de lucha.
Era algo nuevo y había que entenderlo. Pero una nueva forma de organización no significa necesariamente una nueva clase social.
Un trabajador podía perder su trabajo, empezar a organizarse territorialmente y convertirse en piquetero. Habían cambiado su situación y su experiencia, pero no por eso había dejado de formar parte de la clase trabajadora.
2001 mostró también otra cosa. Los sectores que primero salen a luchar no siempre son los que concentran el mayor poder de fuego. Los batallones pesados de la clase trabajadora no siempre son los primeros en sufrir los efectos de la crisis capitalista y pueden tardar más en entrar en lucha que otras capas de la clase.
Los piqueteros podían estar en la primera línea mientras grandes concentraciones de trabajadores ocupados todavía no entraban plenamente en escena.
Una cosa son los sectores más avanzados políticamente que entran más rápidos a la lucha y otra el peso que distintos sectores tienen dentro de la economía.
¿Dónde están los batallones pesados?
Trotsky desarrolla esta cuestión en Resultados y perspectivas. Para medir la fuerza del proletariado no alcanza con contar trabajadores. Hay que mirar qué lugar ocupan en la producción y qué fuerzas productivas ponen en movimiento.
Los capitalistas poseen fábricas, máquinas, puertos, yacimientos y redes de transporte. Nada de eso funciona sin trabajo vivo. Quienes hacen funcionar la producción también pueden detenerla. Ahí reside el enorme poder de la clase trabajadora.
Los batallones pesados están allí donde grandes concentraciones de trabajadores ponen en movimiento enormes fuerzas productivas. Pero la fuerza de la clase no está solo en esas grandes concentraciones. Un grupo más pequeño también puede tener mucho poder si ocupa un punto del que dependen otras ramas. No son trabajadores “más proletarios” que los demás. Por el lugar que ocupan en la economía, tienen una capacidad especialmente grande para golpear al capital. El reciente conflicto de prácticos, pilotos y baqueanos, muchos de ellos organizados bajo formas de trabajo independiente, mostró el enorme poder que puede concentrarse en un punto estratégico de la economía. Un grupo reducido logró paralizar gran parte del comercio exterior porque cumplía una función difícil de sustituir en la navegación.
Para encontrar hoy esa fuerza concentrada de la clase obrera no alcanza con mirar la Argentina industrial de los años setenta. Hay que estudiar la economía que tenemos delante.
La gran industria sigue siendo decisiva. Siderurgia, automotrices, petroquímica y grandes plantas aceiteras reúnen importantes concentraciones obreras. Pero también hay que mirar dónde se concentran y por dónde circulan recursos fundamentales para el conjunto de la economía.
Vaca Muerta concentra a trabajadores en una de las principales fuentes de petróleo y gas del país. Una interrupción allí puede repercutir sobre la energía, el transporte, la industria y las exportaciones.
El Gran Rosario es otro punto central. En un espacio relativamente reducido se concentran plantas aceiteras, puertos, ferrocarriles, camiones y transporte fluvial. Trabajadores de distintas empresas y gremios aparecen separados formalmente, pero intervienen en etapas sucesivas de un mismo circuito productivo y exportador. También hay que mirar la generación eléctrica, el transporte de cargas y las grandes redes logísticas.
No todos pesan de la misma manera. Algunos combinan grandes concentraciones obreras con una enorme producción. Otros reúnen menos trabajadores, pero ocupan puntos de los que dependen muchas otras ramas.
Una clase fragmentada pero cada vez más interdependiente
La tercerización puede dividir a los trabajadores entre efectivos, tercerizados, monotributistas, empresas y convenios diferentes.
Pero mientras el capital los separa jurídicamente, la producción los vuelve cada vez más dependientes unos de otros.
Una huelga de trabajadores tercerizados puede terminar afectando el corazón de una gran planta aunque formalmente trabajen para otras empresas. Un puerto parado puede interrumpir exportaciones. Una medida de lucha de los trabajadores de la energía puede afectar numerosas ramas.
La clase puede estar cada vez más fragmentada en sus contratos y, al mismo tiempo, cada vez más integrada en el proceso real de producción.
Tampoco sirve dividir mecánicamente a los trabajadores entre quienes producen plusvalía y quienes no para decidir quién tiene importancia política. Salud, educación, telecomunicaciones, banca o servicios públicos ocupan lugares distintos a los de una siderúrgica, pero forman parte de la misma clase y pueden adquirir una enorme importancia en la lucha.
Convertir la fuerza material en fuerza política
Pero saber dónde está esa fuerza no alcanza. Marx explica en Miseria de la filosofía que el capitalismo crea entre los trabajadores condiciones e intereses comunes, pero eso no los convierte automáticamente en una fuerza consciente. El mismo sistema que los reúne para producir los divide por empresas, salarios, contratos, sindicatos y tradiciones políticas.
La lucha puede empezar a romper esas divisiones, aunque las distintas capas no avanzan al mismo ritmo. Un sector puede radicalizarse antes mientras otro permanece políticamente atrás.
La tarea es conectar a quienes empiezan a adelantarse con los grandes batallones industriales capaces de paralizar los puntos decisivos de la economía.
Lenin distingue por eso entre conquistar a los trabajadores más avanzados y ganar a las grandes masas. Una organización revolucionaria necesita teoría, programa y cuadros, pero convencer a una vanguardia no significa haber conquistado a millones. Para ganar a sectores cada vez más amplios de la clase, hace falta intervenir en sus luchas, acompañar su experiencia y ayudar a que de ella saquen conclusiones revolucionarias.
El partido no puede reemplazar esa experiencia ni quedarse mirándola desde afuera. Tiene que intervenir, ayudar a sacar conclusiones y encontrar el camino que conecte su programa con el movimiento real de la clase.
Volver al debate actual
Volvamos entonces al debate planteado por el PTS.
No alcanza con enumerar nuevas profesiones o comprobar que existe más precarización. Hay que estudiar qué cambió dentro de la clase, dónde concentra hoy su poder, qué sectores empiezan a moverse primero y cómo pueden conectarse con aquellos capaces de golpear puntos decisivos de la economía.
Tal vez lo nuevo no esté solamente en cómo cambió la clase. También pueden estar abriéndose condiciones para una nueva reorganización política independiente de los trabajadores.
El debate no debería quedar encerrado en el adjetivo “nueva”. Lo decisivo es comprender a la clase que existe realmente, encontrar el camino hacia sus sectores más avanzados y arraigar una organización comunista allí donde se concentra su poder social.
La tarea es construir esa dirección revolucionaria. Una organización capaz de unir las nuevas experiencias de la clase con las lecciones acumuladas por el movimiento obrero, hacer del estudio y de la sólida roca de la teoría marxista una guía consciente para la acción y preparar la fuerza capaz de acabar con el capitalismo y poner el poder en manos de los trabajadores.
Guía de lectura:
Carlos Marx, Trabajo asalariado y capital. Apartado “¿Qué es el capital?” (https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/49-trab2.htm)
Carlos Marx, Miseria de la filosofía Capítulo II, sección V, “Las huelgas y las coaliciones de los obreros”. (https://www.marxists.org/espanol/m-e/1847/miseria/005.htm)
León Trotsky, Resultados y perspectivas Capítulo 7, “Las condiciones previas del socialismo”. (https://www.marxists.org/espanol/trotsky/ryp/07.htm)
V. I. Lenin, La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo Capítulo V, “Jefes, partido, clase, masa”, y capítulo X, “Algunas conclusiones”. (https://centromarx.org/images/stories/PDF/la%20enfermedad%20infantil%20web%20centro%20marx.pdf)
León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, prólogo. (https://centromarx.org/images/libros/pdf/trotsky-historia-revolucion-rusa.pdf)
David Rey, La clase obrera y el Socialismo. (https://marxist.com/la-clase-obrera-y-el-socialismo.htm)









