El Gobierno logró una estabilización reaccionaria de la economía argentina. El auxilio del imperialismo estadounidense y del FMI le permitió evitar el derrumbe inmediato que amenazaba al programa y ganar tiempo. La inflación descendió, el déficit fiscal se redujo, cayó el riesgo de un default inmediato y el FMI volvió a respaldar abiertamente el programa económico. Estos resultados explican el entusiasmo de los mercados y del gran capital. Pero esa estabilización no cayó del cielo ni resolvió las contradicciones estructurales de la economía.
Este proceso de estabilización es reaccionario porque no expresa una mejora general de las condiciones de vida de la población, sino una reorganización de la economía capitalista en función de las necesidades políticas de la clase dominante y el imperialismo, que descarga el peso de la crisis sobre la clase trabajadora. El “equilibrio fiscal” se obtuvo mediante un ajuste histórico sobre salarios, jubilaciones, obra pública, empleo estatal y gasto social. La desaceleración de la inflación fue acompañada por una fuerte caída del salario real y del consumo. Desde la llegada de Milei se destruyeron alrededor de 339.000 empleos formales. Una parte de esos trabajadores fue empujada hacia trabajos más precarios, inestables, informales y peor remunerados, entre ellos el trabajo mediante aplicaciones de transporte y reparto. Más de 5,6 millones de asalariados privados trabajan sin registrar, es decir, más del 43 por ciento del total.
Los efectos de este proceso se reflejan también en una mayor concentración del ingreso. Los últimos datos del INDEC muestran que, en el primer trimestre de 2026, el 10 por ciento de mayores ingresos concentró el 26,4 por ciento del ingreso per cápita familiar, mientras que el 10 por ciento de menores ingresos recibió apenas el 3,2 por ciento. La estabilización fue comprada con la sangre, el sudor y las lágrimas de millones de trabajadores y sus familias, mientras sus beneficios fueron apropiados fundamentalmente por una ínfima minoría de grandes empresarios, financistas y terratenientes. Mientras arriba Milei, Caputo, Bausili, el FMI, Galperin y los dueños de los bancos celebran la estabilidad y hacen negocio, abajo la presión económica se vuelve cada vez más asfixiante, la morosidad de las familias trabajadoras casi se triplicó en apenas un año.
Además del enorme costo social, también cambió la base que sustenta al programa económico. Durante años, el financiamiento del Tesoro descansó en gran medida sobre la emisión monetaria. Hoy ese esquema está siendo reemplazado por otro basado en el ajuste fiscal, el refinanciamiento permanente de la deuda, el acceso al crédito y el respaldo de los organismos financieros internacionales. El financiamiento estatal no desapareció. Simplemente cambió de forma.
No son, como plantea el presidente, dos modelos antagónicos, sino que son dos mecanismos diferentes de administrar las contradicciones del mismo sistema y descargar la crisis sobre la clase trabajadora. Bajo el gobierno anterior, esas contradicciones se expresaron en inflación creciente, devaluaciones y pérdida del poder adquisitivo. Milei pretende contener la inflación mediante un ajuste permanente destinado a garantizar el pago de la deuda y mejorar las condiciones de rentabilidad de los capitalistas. Esto demuestra el impase del capitalismo argentino. Gobierne quien gobierne sobre bases capitalistas, sólo pueden cambiar la crisis de una mano a la otra. En ambos casos, quienes terminan pagando la crisis somos los trabajadores y los jóvenes, mientras se preservan las ganancias del gran capital, de un puñado de ricachones, con el apoyo de los políticos vendidos.
El Gobierno necesita refinanciar permanentemente la deuda, acceder a nuevos créditos, conservar el respaldo del FMI, garantizar el ingreso de divisas y mantener las ganancias de los mercados financieros. Las propias cifras oficiales muestran la enorme magnitud de esta dependencia. El Gobierno deberá afrontar vencimientos por aproximadamente 43 mil millones de dólares en apenas dos años. Argentina es además, por una enorme diferencia, el principal deudor del FMI, con una deuda casi cuatro veces superior a la correspondiente al segundo mayor deudor, Ucrania, y equivalente a alrededor de un tercio de todo el crédito disponible del Fondo.
Esta dependencia financiera también tiene un fundamento político. El respaldo de Trump a Milei, como antes a Macri, responde a la necesidad del imperialismo estadounidense de sostener gobiernos plenamente alineados con sus intereses. En el marco de la llamada Doctrina Donroe y del Escudo de las Américas, Washington busca reafirmar su dominio sobre la región, contener el avance de China y garantizar gobiernos que oficien como perros falderos de su estrategia económica, política y militar.
Pero este alineamiento también es una debilidad. Milei depende fuertemente del respaldo de Trump, cuya caída de popularidad y una posible derrota republicana en las elecciones de medio término podrían reducir su margen para volver a sostenerlo ante una crisis. En esa búsqueda de aliados también se inscribe su apoyo abierto a Flávio Bolsonaro frente a Lula en Brasil.
Esta subordinación también se expresa en la entrega de los recursos y territorios estratégicos del país. El Gobierno buscó eliminar los límites a la compra de tierras rurales por capitales extranjeros, pero se topó con una creciente resistencia en las calles, con movilizaciones en distintos puntos del país que fueron debilitando los apoyos necesarios para aprobar la medida. Ante ese escenario, primero propuso elevar del 15 al 25 por ciento el límite permitido y finalmente tuvo que retirar ese capítulo del proyecto. Esto no cambia la orientación de fondo. Junto con el RIGI y la expansión de los negocios extractivos, pretende convertir la tierra, el agua y los minerales en nuevas fuentes de ganancias para el gran capital y de divisas estatales. El medioambiente, la salud y las viviendas se sacrifican para garantizar nuevas fuentes de ganancias al gran capital y generar las divisas que necesita este régimen de acumulación y endeudamiento.
En este contexto debe entenderse la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central anunciada por Milei. Presentada como una medida para impedir que el Tesoro vuelva a financiarse mediante emisión monetaria, la reforma busca institucionalizar el nuevo régimen económico. El Gobierno pretende cerrar definitivamente el camino del financiamiento monetario y convertir el “equilibrio fiscal”, o el ajuste permanente, la independencia formal del Banco Central y la disciplina exigida por los acreedores en pilares permanentes del Estado.
Pero este proyecto de reforma no elimina la dependencia financiera del programa económico como anunció Milei por cadena nacional. Aunque el Banco Central deje de prestar dinero directamente al Tesoro, las necesidades de financiamiento del Estado no desaparecen. El Banco Central puede seguir interviniendo sobre títulos públicos, reservas y liquidez, mientras el Tesoro queda cada vez más atado a la colocación de deuda y a los acreedores financieros.
Cambia la forma del financiamiento, pero el Banco Central continúa siendo un sostén fundamental del régimen de endeudamiento y de las ganancias de los grandes especuladores financieros.
La reforma no elimina las contradicciones del programa económico. Busca institucionalizar un régimen que profundiza la subordinación de la economía argentina al capital financiero y al imperialismo. Al restringir el financiamiento directo del Tesoro por emisión del Banco Central, aumenta todavía más el peso del refinanciamiento de la deuda, del crédito y del ingreso de divisas. Cambia el mecanismo, no el contenido de clase del programa. Cuanto mayor es la dependencia de la deuda, mayor es también la capacidad del FMI y de las potencias imperialistas para imponer las condiciones de la política económica nacional.
Las declaraciones de Kristalina Georgieva muestran que, para el FMI, una primera etapa del programa ya fue cumplida. Cuando afirma que la Argentina se encuentra en una posición más sólida gracias al “sacrificio del pueblo argentino”, reconoce abiertamente que la estabilización fue construida sobre el ajuste. Pero ese sacrificio no es presentado como el límite del programa, sino como la base para profundizarlo. La reducción del déficit, la desaceleración de la inflación y la recomposición de reservas son, para el Fondo, las condiciones necesarias para avanzar ahora con nuevas reformas laborales, previsionales y del Estado, orientadas a abaratar la fuerza de trabajo, reducir derechos y consolidar un régimen todavía más favorable al capital.
Pero este programa también comienza a encontrar sus límites políticos. El mismo ajuste que celebran el FMI y los mercados erosiona el apoyo social del Gobierno. Las encuestas muestran una fuerte caída de la imagen de Milei en lo que va del año. El rechazo alcanza además a los principales referentes de la oposición tradicional. Lejos de fortalecer automáticamente una alternativa de recambio, este desgaste profundiza la crisis de representación del conjunto de los capitalistas y empieza a reordenar el mapa político.
Tras meses sin reunirse, las principales fracciones del peronismo volvieron a encontrarse para blindar las PASO, abriendo un acercamiento de cara a 2027, mientras LLA y el PRO retoman negociaciones para evitar competir por separado. La cuestión de fondo no es cómo el peronismo resuelva sus diferencias internas, sino qué orientación ofrece frente a la crisis.
El intento del Peronismo de conciliar los intereses de la clase trabajadora con los de sectores de la burguesía nacional lo llevó a descargar el ajuste sobre los trabajadores durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández. En el tramo final de este último, Sergio Massa concentró la conducción económica y política con el respaldo del kirchnerismo, que luego lo convirtió en su candidato presidencial. Ese pasado, por ahora, le plantea dificultades para presentarse como una salida frente a Milei.
Entre sectores de la juventud, el peronismo conserva un peso electoral relativo, pero ha perdido capacidad de entusiasmar y de aparecer como una alternativa para mejorar las condiciones de vida. Una franja mira hacia la izquierda y otra tiende a no votar.
Mientras tanto, aparecen síntomas de un cambio en el estado de ánimo de sectores de la clase trabajadora y los jóvenes. El hartazgo ante condiciones de vida cada vez más duras comienza a expresarse en una mayor disposición a luchar. La movilización del jueves 6 de agosto, contra la “Ley de Tierras”, en el Congreso fue significativa. A diferencia de jornadas anteriores, la represión no logró desalojar rápidamente la plaza y miles volvieron a concentrarse tras ser dispersados. Estos sectores avanzados pueden anticipar cambios más profundos. La radicalización se desarrolla de manera desigual y habrá que seguir su alcance, ritmo y dirección.
En ese escenario comienza a abrirse una oportunidad para la izquierda. El crecimiento de Myriam Bregman expresa la polarización y la búsqueda de una alternativa por fuera de las fuerzas burguesas que administraron el capitalismo y condujeron al país a la crisis actual. Distintos relevamientos nacionales la ubican entre las dirigentes con mejor imagen del país y le asignan alrededor del 12 por ciento de intención de voto, muy por encima de los resultados históricos obtenidos por la izquierda en elecciones presidenciales.
El nuevo manifiesto de los compañeros del PTS avanza en esa dirección al plantear medidas como la apertura de los libros empresariales, el control obrero, la nacionalización de la banca y el comercio exterior y un gobierno de trabajadores. También incorpora la consigna de una Asamblea Constituyente Libre y Soberana. Pero esta demanda no tiene vigencia en la Argentina actual, donde el problema central no es la ausencia de una democracia burguesa e instituciones parlamentarias, sino el dominio que la clase capitalista ejerce a través de ellas. La izquierda debe canalizar la bronca contra las instituciones del régimen, no para salvarlas, sino para destruirlas y reemplazarlas por organismos de poder obrero y una democracia de los trabajadores.
El PTS tiene una intervención importante en conflictos obreros y estudiantiles, movilizaciones en las calles, aunque, en general, su actividad nacional ha quedado concentrada en las elecciones, las bancas parlamentarias y la proyección de figuras como Myriam Bregman y Nicolás del Caño.
Frente a este desafío, la formación de un partido abierto, impulsado por las fuerzas del FIT-U pero no limitado a sus estructuras actuales, representaría un paso adelante.
Con libertad de tendencias garantizaría el derecho de cada corriente a defender sus posiciones. Permitiría organizar a miles de trabajadores y jóvenes que hoy simpatizan con la izquierda, pero todavía no encuentran un espacio común de militancia. Además, un congreso común podría discutir democráticamente el programa, la orientación y los métodos de esa organización, incorporando representantes elegidos por comités, lugares de trabajo, estudio, barrios y sectores en lucha.
Sobre la base del debate democrático y la acción común, sería posible discutir seriamente las perspectivas económicas y políticas necesarias para orientar la intervención en la lucha de clases, algo que hoy necesita desarrollarse mucho más en la izquierda. Ese espacio común también permitiría superar algunas de las limitaciones que atraviesan a los partidos del FIT-U, como el enfoque parlamentarista, el trato entre organizaciones basado en acuerdos diplomáticos y no en el centralismo democrático, una disciplina común y la insuficiente formación en la teoría marxista.
Dentro de ese proceso, los comunistas defenderíamos una política basada en la lucha de clases, la independencia política de los trabajadores y la construcción de una fuerza capaz de llevar el programa revolucionario a las amplias masas trabajadoras y disputar el poder. También defenderíamos la necesidad de construir una internacional comunista revolucionaria de masas, capaz de unir a los sectores más avanzados de la clase trabajadora y la juventud a escala mundial. La Internacional Comunista Revolucionaria busca contribuir a esa tarea, partiendo de que ninguna revolución puede consolidarse de manera aislada dentro de las fronteras nacionales. Esa tarea exige dar un lugar central a la formación de cuadros, de la que la Escuela Mundial del Comunismo es un ejemplo brillante. La cuestión decisiva para toda la izquierda es cómo transformar el creciente rechazo al régimen capitalista y el mayor apoyo electoral en organización, conciencia y dirección revolucionaria.
Este esquema basado en el endeudamiento permanente no eliminará las contradicciones del capitalismo argentino. Por el contrario, solo las posterga mientras acumula nuevas deudas y vencimientos, profundiza la dependencia del capital financiero y del imperialismo y prepara nuevas crisis. Sus costos volverán a ser descargados sobre la clase trabajadora mediante nuevos ajustes, ruina y miseria. Pero volver a las políticas aplicadas por la dirigencia peronista tampoco ofrece una salida. Mantener la deuda, el poder de los bancos y los grandes capitalistas mientras se intenta sostener el gasto mediante emisión y devaluaciones volvería a reproducir las contradicciones que durante el gobierno anterior desembocaron en inflación galopante y pérdida del poder adquisitivo para las familias trabajadoras.
La cuestión decisiva no es quién administra el capitalismo ni mediante qué mecanismo descarga la crisis, sino acabar con un sistema que solo puede sostenerse a costa de la explotación y el empobrecimiento de la mayoría. La tarea de los comunistas consiste en construir desde ahora la fuerza revolucionaria capaz de romper con el capital financiero y el imperialismo y conquistar un gobierno de trabajadores que abra el camino hacia la transformación comunista de la sociedad.
La oportunidad está abierta, pero una dirección revolucionaria no se formará automáticamente. Sumate a la Organización Comunista Militante para intervenir en este proceso, organizarnos junto a trabajadores y jóvenes para luchar por un programa de poder obrero para la izquierda.
¡Manos a la obra!
¡Preparemos el futuro!









