Los fusilamientos y la situación de la Revolución Cubana

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Los fusilamientos de un grupo de disidentes por secuestrar un barco y las duras penas dictadas a otros 60 disidentes, unos y otros financiados por el imperialismo yanqui y su gobierno, después de actos de sabotaje en el interior de la isla- lo que refleja un plan aún mayor de acoso y ataques- levantó el polvo y revivió las discusiones en torno a la Revolución Cubana La Revolución Cubana está nuevamente en el ojo de la tormenta. El verdugo, Estados Unidos, es el mismo guerrero que construyó las bombas inteligentes, capacitadas en trasformar a inocentes niños e indefensas mujeres en un cúmulo de carne destrozada y silencio sepulcral. La víctima cambia, y antes que caiga sobre su cuello la filosa cuchilla realiza las medidas desesperadas, como los fusilamientos de la semana pasada.

Tras esto, aquellos jefes de Estados que sirven lealmente a los intereses imperialistas, se frotan las manos y sus rostros adiposos ríen sarcásticamente en los pasillos de la ONU. Otros miran rascándose la cabeza desde el ardoroso oficio intelectual, como Saramago o Galeano, y por si acaso, hacen declaraciones a la prensa burguesa borrando con el codo tanto progresismo barato sobre la revolución y los pueblos. Otros, heridos y ofendidos, que sienten que cualquier ataque a la isla favorece a la contrarrevolución y esa actitud los lleva a justificar todas las acciones de la dirigencia cubana, como fueron los fusilamientos, salen al cruce con pierna fuerte y ojos vendados, acusando de “reformistas” a todos aquellos que no aceptan la “justicia revolucionaria”.

La cola del imperialismo no solamente está en Bagdad, sino que se balancea sobre el cielo de la Habana presionando y preparando nuevos grupos a sueldo de los intereses yanquis. La cuestión es cómo cortarla.

Presos, fusilados y los métodos de la revolución.

Los fusilamientos de un grupo de disidentes por secuestrar un barco y las duras penas dictadas a otros 60 disidentes, unos y otros financiados por el imperialismo yanqui y su gobierno, después de actos de sabotaje en el interior de la isla- lo que refleja un plan aún mayor de acoso y ataques- levantó el polvo y revivió las discusiones en torno a la Revolución Cubana.

El policía mundial y gendarme de la democracia burguesa, los EEUU, que más que nunca tiene las manos envueltas en sangre y petróleo arrebatado, tras la guerra de Irak, cuenta con el bloqueo económico a la isla, que arrastra más de cuarenta años de feroces hostilidades y con el control ilegal sobre Guantánamo. El estricto control de los medios de comunicación y el apoyo servil de los gobiernos capitalistas del mundo a su política agresiva contra la isla, sirven tanto para fabricar mentiras como para presionar al gobierno cubano intentando colocar la “opinión publica” en su contra. Todavía continúan presos en Estados Unidos cinco cubanos sujetos a un juicio parcial, tendencioso y viciado de odio virulento contra la isla.

No contento con esto, después de la invasión y derrota en Playa Girón y de mil y un intentos para exterminar físicamente a su líder, Fidel Castro, sumando los ataques biológicos a las plantaciones de azúcar, cuenta con leyes asesinas como Ley Torricelli, Ley Helms-Burton, Ley asesina de Ajuste Cubano, promoviendo la llegada ilegal (mediante balseros, secuestros etc) de cubanos a las costas de Miami como un forma de desprestigiar al régimen y hundirlo en sus propias contradicciones.

Lo cierto es que los fusilamientos de la semana pasada no pueden pasar por alto. Si bien es verdad que la mano del imperialismo y sus agentes es clara y nadie puede obviarla, para que esa mano se clarifique y tome cuerpo, para que los cantos de sirena tengan oídos receptores no solamente en grupos pro-capitalistas sino también en las masas cubanas, se necesita de condiciones materiales críticas, de condiciones objetivas como: escasez, aumento de las diferencias sociales y carestía que mermen la conciencia de las masas. Aunque los fusilados no presentaban un peligro contrarrevolucionario constante y sonante, el gobierno cubano actuó enseñando los dientes a la reacción interna , como una manera de cortarla de cuajo y prevenir a futuros saboteadores. La Revolución está en su pleno derecho de defenderse, pero creemos que fusilar disidentes no es más que la manifestación de la desesperación y el miedo latente en la dirigencia cubana. Es matar al perro para acabar con la rabia.

Cuba se transforma dialécticamente en el verdugo cuando en la práctica es la víctima, y como víctima se defiende con los métodos del verdugo, y aunque en sus manos esos métodos varíen su contenido, en este caso son ajenos a la necesidad concreta. También es cierto que los fusilamientos no sólo se transforman en un pavor tangible para los “gusanos”, sino que tienen una repercusión negativa para todo un sector de la población descontento con la situación actual, que no es ni contrarrevolucionario ni apologético del capital yanqui.

De cualquier forma no podemos caer en el cinismo: ni la prensa ni los gobiernos “democráticos” tienen derecho a poner el grito en el cielo, en tanto legitiman y eternizan el embargo a Cuba y todas las atrocidades imperialistas que se practican contra la isla. Los gobiernos capitalistas del mundo no pueden hablar de “derechos humanos” en tanto explotan, reprimen y hambrean a la clase obrera en sus propios países y en el exterior. Sólo los trabajadores y marxistas del mundo podemos criticar a la Revolución Cubana sin hipocresía ni prebendas.

La isla fue y seguirá siendo acosada por la reacción capitalista. Tendrá que defenderse una y otra vez, pero los métodos revolucionaros al igual que la táctica tienen que responder a la realidad concreta. La mejor manera de contrarrestar a la reacción interna y externa, es mediante la presión de las masas, las marchas, las denuncias, el fortalecimiento de la conciencia de los trabajadores y campesinos, la solidaridad de clase internacional y no las reuniones con empresarios capitalistas extranjeros, como a veces sucede en la isla.

En una guerra civil esta justificado defender con las armas y con todos los métodos posibles las conquistas de la revolución. Pero en la situación actual nuestras armas tienen que ser las ideas, la batalla contra el capitalismo y todos sus fetiches. Fusilar a tres adictos del imperialismo no elimina el peligro de la contrarrevolución, la mantendrá por un tiempo a raya obligándola a retroceder momentáneamente. La única forma en que puede desaparecer la contrarrevolución es derribando al capitalismo primeramente en América Latina, uniendo a los pueblos y sus recursos económicos para beneficio de las masas de nuestra tierra castigada La Revolución Cubana encerrada en fronteras nacionales, lo que se justificó en lo inmediato para atrincherarse contra la burguesía internacional, a largo plazo no podrá mantenerse eternamente sin la ayuda y solidaridad recíproca de los trabajadores y campesinos de nuestra región.

Nuestra posición con respecto a los fusilamientos quedó clara: la disidencia no se elimina con una orden burocrática de fusilamiento, sino derrotándola en el campo de las ideas y de la praxis, profundizando las conquistas socialistas para quitarle terreno a los plumíferos del imperialismo y con la solidaridad de clase internacional, con el control de las masas obreras y campesinas sobre el aparato del Estado y eliminando los privilegios de la dirigencia, dándose genuinos órganos de poder obrero y popular.

La Revolución Cubana

El triunfo de la revolución en 1959 cambió radicalmente la historia cubana en particular y Latinoamericana en general. Fue un faro de atracción, de esperanza y rebeldía para las masas obreras y campesinas de nuestra región. Se inscribió en un proceso de lucha revolucionaria contra las burguesías latinoamericanas y contra el predomino del capital imperialista, que tomó la forma en muchos países de guerra de guerrillas, yendo del campo a la ciudad, basada en un ejercito predominantemente campesino y con gran cantidad de dirigentes de la pequeña burguesía, que honestamente aborrecían a su clase “nutricia” colocándose del lado del pueblo explotado.

Al triunfo revolucionario, la sociedad cubana presentaba una combinación contradictoria de desarrollo capitalista atrasado- en las zonas urbanas la industria, construcción, electricidad así como el transporte, las comunicaciones etc, representaban alrededor del 57% de la población ocupada. La actividad esencial de la encomia cubana, la zafra de azúcar y derivados, presentaba un modo capitalista de producción y apropiación privada; existían aproximadamente 600.000 obreros agrícolas que trabajan solo tres meses al año- en el campo convivían rasgos capitalistas y feudales. La burguesía agraria y latifundista, y sectores extranjeros, tenían en sus manos el 78% de las tierras, que sumaban un total de 13.000 personas contra 100.000 campesinos sin tierra, 12.000 campesinos con parcelas inferiores a las 25 hectáreas que no les pertenecía realmente, y por la cual, mediante el yugo feudal, pagaban hasta el 60% de la cosecha. A esto hay que sumarle que más del 23% de la población permanecía desocupada totalmente.

El desarrollo independiente del capitalismo en Cuba, como en la mayoría de América Latina brillaba por su ausencia: hacia 1958 las inversiones directas de Estados Unidos ascendían a 956 millones de dólares y los beneficios de las empresas norteamericanas entre 1956 y 1959 representaban 198 millones de dólares. Las exportaciones, que eran el 33% del ingreso nacional, se concentraban en un 68% hacia los Estados Unidos, proviniendo del mismo país el 77% de las importaciones. En los diez años anteriores a la revolución, la balanza de pagos con Estados Unidos daba un saldo negativo de 952,1 millones de pesos.

Cuba era una neocolonia del imperialismo yanqui que dominaba su economía, proyectando esta opresión histórica a todos los ámbitos de la sociedad. Las masas poseían un fuerte instinto antiimperialista, y las luchas de liberación nacional tenían larga data en su historia, con José Marti a la cabeza. Pero las particularidades de Cuba y la forma real que tomó el movimiento de masas que derrocó a la dictadura de Batista, no necesariamente estaban dictadas por la deformada estructura de clases ni determinadas mecánicamente por la historia de la isla, ni por el desarrollo desigual y combinado de la economía.

Las tesis del marxismo dan a la clase obrera el papel del sujeto revolucionario por sus condiciones de vida, de trabajo, de su relación con los medios de producción, cuyo peso en la sociedad no se deriva exclusivamente de un término cuantitativo, sino también cualitativo: sin la fuerza física y mental de la clase obrera no andarían ni un micro ni la luz ni se crearían las mercancías diarias, y la sociedad quedaría paralizada en sus funciones básicas. La clase obrera es la única clase capaz de tener una política independiente, y con sus métodos y dirección, encolumnar a los pobres de las ciudades y el campo, rumbo a la transformación radical de la sociedad.

El papel nefasto del estalinismo a escala internacional, que a priori sentenciaba a los trabajadores a marchar subordinados con la burguesía nacional “progresista” (algunos todavía siguen buscando este exótico espécimen) en los países en que la clase obrera no representaba la aplastante mayoría de la sociedad, lo que además de alentar las ilusiones en los burgueses, que siempre reprimieron a los trabajadores, le asignaba un papel imposible de cumplir- como la liberación nacional, liquidación de los restos del feudalismo- debido a su naturaleza atrasada reaccionaria y ligada al imperialismo.

Con la teoría de las dos etapas (primero una revolución democrático-burguesa, y después el socialismo) el estalinismo ataba al movimiento obrero de pies y manos para entregarlo a la burguesía nacional que siempre vacilaba mostrando su carácter capitalista y pro-imperialista, violaba los principios de independencia de clase y tiraba por la borda la acción consciente e independiente de los trabajadores.

La ausencia de un partido marxista de masas (el PSP – el antiguo PC cubano- calificó a Fidel Castro de “aventurero pequeño burgués”) y la idealización del campesinado como una “clase revolucionaria”, contraria a toda la experiencia histórica, junto al fuerte odio al imperialismo de un sector de la juventud de la pequeña burguesía que cada vez se radicalizaba más tomando posiciones revolucionarias, llevó a que la Revolución Cubana tomara la forma de guerra de guerrillas, un ejército campesino que entró victorioso a la Habana en enero de 1959.

Nadie duda de la honestidad y valor de los dirigentes de la Revolución Cubana, pero ningún ejercito puede suplantar la acción consciente de la clase obrera, su organización y praxis como clase a través de un partido propio. Por esas singularidades, el sector decisivo de la sociedad, la clase obrera, los obreros agrícolas y trabajadores en general, al manifestarse el conflicto entre dos ejércitos, aunque mantuvieran extensas simpatías al revolucionario, no crearon sus órganos de poder popular para controlar y dirigir la sociedad, sino que en buena medida estuvieron al margen, esperando la entrada del ejercito guerrillero a la Habana. Incluso sin la huelga general que se decretó el día anterior a su ingreso a la capital, hubiera sido imposible la entrada de los “barbudos”.

La propia dinámica del proceso llevó a que el ejército guerrillero fuera quien tomara el poder y el aparato del Estado, atrincherándose en él para resistir el embate de la reacción imperialista. El hecho de que la clase obrera a pesar de sus simpatías y apoyo, no hubiera participado activamente en el movimiento revolucionario, llevó a que la “destrucción” del Estado burgués y la construcción de un nuevo tipo de poder no partiera de sus premisas materiales ni subjetivas: no se planteó que el poder pasara a manos de asambleas, comités u otros organismos populares, ni que hubieran elecciones generales de todos los cargos públicos revocables inmediatamente, ni la rotación en la gestión para que el Estado fuera gestionado por todo el pueblo democráticamente, ni que los funcionarios estatales en ningún caso cobraran un salario superior al salario medio de un obrero cualificado, para así evitar el burocratismo y los “especialistas”. Es innegable que desde el principio no existieron genuinos organismo de poder obrero y popular, el Estado burgués fue destruido, pero la clase obrera a pesar de todos los discursos sobre el papel dirigente del proletariado, no tuvo una participación efectiva en lo que sería “su” Estado, ya que todas las estructuras de participación (CDR, Asambleas) fueron creadas desde arriba y controladas por los dirigentes de la revolución, y no por la propia iniciativa de las masas, empequeñeciendo su acción consciente.

En cuanto mermó el reflujo revolucionario y se hizo sentir el cansancio de las masas, después de Playa Girón, de las campañas de Alfabetización, de los “Domingos Rojos”, sumada a la frágil economía cubana que no podía dar abasto con las nuevas metas, la aparición de privilegios a manos de ciertas capas de dirigentes, que se alejaban de las masas por la propia dinámica y las particularidades del proceso revolucionario, se hizo realidad. Al no existir el control de las masas mediante sus propios órganos de poder; la escasez, que se concretaba en las largas colas para adquirir productos básicos, la amenaza permanente de la contrarrevolución que requería aumentar la importancia de un poder estatal de coerción y control, y la dependencia cada vez mayor del régimen cubano de la burocracia estalinista soviética, ayudaron a que los dirigentes fueran separándose de la bases paulatinamente, fortaleciendo los medios de coerción para contrarrestar la propaganda enemiga y los ataques reales, ejerciendo el monopolio del control, planificación y distribución económicas sin la intervención democrática de las masas.

A pesar de todo, en todas estas tareas las masas acompañaron con su abnegación revolucionaria y por la defensa de las conquistas, pero no gestionándolas ni proponiendo los caminos sino confiando en la capacidad de sus dirigentes, que reunieron el poder en su manos.

Los privilegios y la escasez

Lenin explicó la burocracia como un tumor capitalista y parasitario en el Estado Obrero. Ni siquiera los países más desarrollados tienen la capacidad material ni cultural para construir el socialismo por sí solos. Pero esta situación se multiplica cuando hablamos de un país atrasado económica y culturalmente, donde la apremiante situación económica obliga a las grandes masas a pasarse jornadas enteras en la fábrica y en el campo. En el caso particular de Cuba, la situación se hace más compleja dada la inexistencia de organismos de control obrero y popular. La dirigencia- que no es un todo homogéneo sino que tiene su capas contradictorias- que va dejando el ánimo revolucionario y entra en la quietud cotidiana, anidando en todas las esferas del Estado, se hace cada vez más consciente de su independencia, de su poder y de su autonomía para dirimir los asuntos de la revolución. Los dirigentes a cargo de gestionar el Estado tienen cada vez más privilegios comparándose con las grandes masas, pero privilegios “menores” comparándolos con la burocracia de la URSS o la de cualquier estado capitalista. Pero esas prerrogativas como sus ingresos para vivir, provienen de la situación creada por la revolución: de la nacionalización de las propiedades y del carácter social de las mismas.

La caída del estalinismo en Rusia y de su bloque, significó para Cuba, entre tantas calamidades, perder su capacidad de compra en el exterior: en 1989 contaba con 8.139 millones de dólares, y en 1992 paso a 2.200 millones de dólares. Una tonelada de azúcar ya no compraba 8 toneladas de petróleo, sino 1,4. El embargo económico del capitalismo hacía aún más complicada la situación. La escasez reinaba por todas partes. La Revolución tuvo que abrirse a la inversión privada en el turismo, la agricultura y otras actividades: por ejemplo, La compañía mexicana Grupo Domos compró el 49% de la empresa cubana de telecomunicaciones. Cuba tiene lazos comerciales con 4.000 empresas de más de 100 países, y dentro de su territorio, 600 oficinas de empresas extranjeras. Según diversas cifras, el desempleo estructural en Cuba es del 10%, y el subempleo es de otro 10%. No hay cifras precisas de los que trabajan en la economía informal y el mercado paralelo. Llegaron las empresas mixtas: la primera fue la estatal CUBALSE (Cuba al servicio del extranjero). La remesas se calculan entre 1,000 y 1,200 millones de dólares anuales. Esto no pudo más que traducirse en más distorsión entre los trabajadores ligados a las actividades desarrolladas en torno al dólar y los que no, y las contradicciones entre los trabajadores y la burocracia.

La situación crítica se tradujo en creciente escasez y dificultades para las grandes masas populares. La dirigencia se independizó aún más, entrando en contacto directo con el capital privado y los “lujos” capitalistas. El trabajador cubano no tiene fácil acceso a los faustosos lugares de esparcimiento dedicado a los turistas, el área dólar y las capas altas de la dirigencia. El racionamiento y escasez que sufren las masas es una parte inseparable de la acumulación de poder y recursos del burócrata. Todo el hastió que se va acumulando no tiene canales de expresión. La Central de Trabajadores de Cuba, el Poder Popular, CDR están vigilados por la Seguridad del Estado y dirigidos por el PCC. Si bien estos organismos sirven en la practica para contrarrestar la agresión imperialista, su negatividad reside en que al estar gestionados por la burocracia que cuida con uñas y dientes sus privilegios, se cristalizan como órganos de vigilancia y de recorte de los derechos democráticos de las familias trabajadoras.

La descripción de esta situación objetiva no anula los logros gigantes de la Revolución Cubana. Las masas saben que a pesar de la ausencia de una genuina democracia obrera y popular, de los privilegios de la dirigencia y de los límites a la libertad de expresión, la revolución transformó radicalmente sus vidas, otorgándoles posibilidades que, especialmente en América Latina, serían imposibles de alcanzar. Por eso defienden la Revolución y la defenderán con las armas en la mano de ser necesario. No estamos tan seguros de la actitud de la dirigencia: su estrato bajo está más en contacto con las masas, y es posible que defiendan la revolución. Dentro de sus capas superiores hay sectores que dependen de la economía nacionalizada, pero otros están orientados hacia el sector privado, que pueden resultar más fácilmente ganables para el capitalismo.

En Cuba no hay lugar, como reclaman algunos intelectuales de dudosa tendencia política, para una democracia burguesa al estilo occidental. O se profundizan las conquistas sociales de la mano de la acción independiente de la clase obrera y el campesinado pobre, en unión con sus hermanos de clase latinoamericanos, o a largo plazo a Cuba le queda un baño de sangre y una dictadura a manos de los capitalista norteamericanos y los acólitos de Miami.

Detrás del polvo y las balas

A lo largo de la historia, el pueblo cubano ha derrotado innumerables veces a la contrarrevolución, saliendo incólume de la batalla. Las manifestaciones en el caso Elian y otras, son una muestra de la determinación de las masas por defender sus conquistas y derechos. ¿Acaso alguien dudaría de la posición que debería tener un marxista revolucionario ante un ataque imperialista a Cuba? ¿O ahora, con la sangre caliente de los fusilados, renegaríamos de la Revolución condenándola desde el cálido teclado de la computadora? ¿ O nos sumariamos al coro de lobos de los prejuicios pequeñoburgueses de los intelectuales que nunca hicieron más que consumir ética y estéticamente los valores y el heroísmo de las masas cubanas, para luego cuando la cosa se pone caliente, tirar la toalla como ofendidos, como si el apoyo a Cuba no fuera más que otras de sus vidrieras comerciales?

Pero rechazar las diversas posturas que se dieron a conocer no significa apoyar acríticamente al régimen cubano, ni cerrar los ojos ante la realidad de las masas de la isla.

El papel de la reacción imperialista interna en Cuba en la actualidad es acotado, presente en individuos aislados y manejados por el gobierno de EEUU, que acecha por cada resquicio dispuesto a librarse del dolor de cabeza que significa la isla. Las amplias masas trabajadoras están a favor de la revolución, que la sienten entrañable, a pesar del malestar por las crecientes diferencias sociales.

Sabemos de lo que son capaces los halcones de la Casa Blanca. La historia demuestra que sus intereses no son una democracia burguesa, la “libertad” de expresión y las elecciones generales, sino recuperar el prestigio herido de sus intereses y manejar los recursos económicos de la isla. No los mueve un ápice la situación del pueblo cubano. Sus palabras encantadas sobre la libertad y los derechos humanos se transformarán en un pesadilla dictatorial y sangrienta ni bien pongan un pie sobre Cuba. No pueden invadir directamente porque se encontrarían con una reacción antiimperialista feroz, saben que las masas defenderían cada centímetro de su territorio, y que la reacción de las masas del mundo harían insoportable sus planes.

El imperialismo, después de Playa Girón, encara una guerra silenciosa de propaganda y desprestigio, combinado con acciones internas a pequeña escala. Está apuntando al desgaste de la Revolución, y hasta ahora se ahogó en un vaso de agua. Pero aspira a transformar ese vaso en un océano, profundizando la contradicciones del sistema cubano, deteriorando las estructuras económicas y esperando un declive económico para dar el zarpazo.

Pero la cuestión de la contrarrevolución tiene dos caras. Para voltear la Revolución Cubana no basta en la actualidad el poder económico y militar del imperialismo, que es infinitamente superior al cubano y al de todos los países del mundo. Un elemento importante en la ecuación es la moral y la determinación de las masas, lo que para el imperialismo en Cuba hoy no es negocio, ya que un ataque descarado a la isla, significaría un aumento de las tensiones de clase a nivel internacional y latinoamericano en particular, creando situaciones revolucionarias en gran parte de los países. Si algo tienen claro los trabajadores cubanos, es que el imperialismo seria el peor baño de sangre y miseria en su tierra.

La única manera de triunfo para el imperialismo sería una reacción del pueblo cubano contra su gobierno y contra su revolución. Esto está descartado en lo inmediato. Pero dada la crisis económica de la isla, el aumento de las diferencias entre los que están en el aparato y los que no, los que trabajan en el turismo y los que reciben dólares de afuera y simples trabajadores y campesinos; los que consiguen fácilmente lo que falta en las tiendas y los que lo hacen en las largas colas de la vida cotidiana; la suspicacia que crea el día después de la muerte física de Fidel Castro, el problema de un juventud que no vivió el esplendor de la revolución y los contrastes que supone en todos los ámbitos el cambio generacional ; todas estas contradicciones del sistema cubano no pueden permanecer eternamente en un equilibrio inestable. Cada vez se hacen mas agudas y ásperas. Las diferencias entre la dirigencia que obtienen privilegios de la propiedad colectiva de los medios de producción y de sus puestos en el partido y en el Estado, y la carestía en aumento de las necesidades de las masas, hacen que el miedo a cualquier disidencia se amplifique inconmensurablemente.

Temen que la contrarrevolución gane adeptos, que se asiente en el cansancio de las masas, que han sacrificado y siguen sacrificando su presente en aras de un futuro mejor que se promete año tras año; pero esto no es absoluto ni atemporal, y de seguir la crítica situación es posible que la apatía y la indiferencia se asiente sobre la conciencia de amplios sectores de la población. Parte de la dirigencia teme que en Cuba suceda lo mismo que en los países del bloque estalinista. Aunque las analogías históricas son de carácter relativo y Cuba evidentemente no es igual a la URSS, la memoria del derrumbe de aquellos regímenes, que en la práctica eran una caricatura deforme del socialismo y del marxismo, hace que surja inevitablemente la duda de que si el agravamiento económico y social en la isla se profundizara a niveles insoportables dentro de unos años, no pudiera existir el peligro que aconteció en la URSS y su bloque, cuando aquellos que vivieron durante años sobre la espalda de la clase obrera, se pasaron del lado de la reacción capitalista, convirtiéndose en mafiosos burgueses y liquidadores de la propiedad social de la economía, dejando en claro cuán fuerte eran sus ideas sobre el socialismo.

Pero la situación en Cuba hasta ahora se aleja de los procesos que se dieron en la URSS. El acérrimo antiimperialismo de las masas, la cercanía geográfica de EEUU y la sensación incontrastable de que una mano dentro de Cuba por parte del gobierno norteamericano la reduciría a una colonia y a una carnicería, forman un aspecto cualitativo que debemos tener en cuanta al analizar la cuestión del conjunto. También es necesario decir que este sentimiento de las masas, a largo plazo y de acuerdo a la forma real que pueda tomar el proceso, en caso de contrarrevolución, no sirve para declarar profusamente que una reacción capitalista en Cuba sea impensada y descabellada eternamente.

La situación se volverá particularmente aguda tras la muerte de Castro. Por un lado, una parte de la burguesía y la vieja oligarquía cubana, y sus descendientes directos, todavía sobrevive en Miami, y querrán volver con aires de venganza para recuperar sus casas y propiedades. Pero eso amenazará las condiciones de vida de millones de cubanos, y también de un sector de la dirigencia cubana, que depende para su existencia de la defensa de la economía nacionalizada y planificada, frente a otro sector de la población y de la burocracia estatal cuya existencia está más ligada al sector privado de la economía y que podrían ser fácilmente ganables para el capitalismo. Más que una transición “fría” al capitalismo (como ocurrió en la europa estalinista,) lo que tendríamos sería una guerra civil, y una lucha encarnizada entre los que defiendan las formas nacionalizadas de la economía (la mayoría de la población y un sector de la dirigencia) y los que defiendan la vuelta al capitalismo, apoyados por el imperialismo y la mafia de Miami.

Los logros de la Revolución Cubana en el campo de la cultura, la educación, medicina y ciencia son una manifestación de la capacidad que otorga la planificación de los recursos y el carácter social de las palancas fundamentales de la economía. Esto es innegable. Los miopes del Pentágono no entienden cómo Cuba no cayó rendida a sus pies después del derrumbe del castillo de naipes estalinista. Siempre pronostican su caída y ven pasar el calendario y los presidentes con angustia y violencia. Si Cuba pudo sostenerse en aquel tiempo y aun hoy, a pesar de la crisis aguda de su economía, no se debe como creen algunos compañeros al factor “cultural”, que sin duda jugó un papel importante, sino a la propiedad social de las palancas fundamentales de la economía, que permitió garantizar las necesidades básicas de la población.

La caída de la Habana no significaría más que un coloniaje rapaz y asesino por parte del imperialismo y la liquidación de todos los logros obtenidos. Gracias al carácter de la economía y a la planificación, y a la cohesión de la autoridad moral de su líder Fidel Castro, pudo en un momento de feroz crisis, darse el lujo que los gobiernos “democráticos” de América Latina no puede asegurar ni en las épocas de ascenso capitalista: no cerró ninguna escuela, universidad, ni hospital.

Para defender a Cuba: Revolución Socialista Internacional

“Absurdo suponer que el paraíso es solo la igualdad, las buenas leyes” Silvio Rodríguez.

Cuba no es ni un infierno ni un paraíso. La realidad, afortunadamente, conoce más colores que el blanco y negro. Hace más de cuarenta años del triunfo de la Revolución. En un punto crítico de la historia, la perspectiva cubana es: o una profundización genuinamente marxista de la revolución, o la contrarrevolución burocrática capitalista. Cuba ha dado todo lo posible y su pueblo aún más. El “hombre nuevo”, por más energía, valor y abnegación necesita de condiciones materiales propicias, que le permitan su desenvolvimiento real y no solamente en el plano moral. En ningún lado está primero la moral antes que el sonido tirante del estómago. La única manera de quitarnos de encima la lucha individual por la sobrevivencia, herencia plomiza del capitalismo, es garantizando y elevando nuestra vida concreta. Si fracasamos en esto, los fantasmas renacerán una y otra vez hasta convertirse en realidad.

Marx, Engels, Lenin y Trotsky jamás concibieron el socialismo en un solo país, sino que necesariamente tendría que extenderse para poder realizarse como tal. El bolchevismo es un ejemplo de esto, y lo acaecido en la URSS es una lección histórica que todos los revolucionarios necesitamos aprender y estudiar. Ernesto Guevara también comprendió esta necesidad objetiva que parte del movimiento del capitalismo, que es un sistema internacional y para superarlo hay que combatirlo en la arena internacional.

El socialismo no es un sistema para repartir la pobreza en términos iguales, sino para elevar el nivel de vida y cultural de las masas indefinidamente. Y esto soólo puede hacerse con la revolución socialista internacional, que los pobres y oprimidos de América Latina tomen el destino en sus manos, para juntarse voluntariamente en una Federación que ponga los recursos, la técnica y las fábricas al servicio del intereses de las masas latinoamericanas, planificándolos armónicamente bajo su estricto control. Las fronteras nacionales en nuestro continente no son más que el capricho de las oligarquías y burguesías locales, adictas y fieles servidoras del capital imperialista, cuyo patriotismo empieza y termina donde están sus intereses, sus cuentas bancarias y sus bolsillos que contiene nuestra explotación. Una manera eficaz para defender la Revolución Cubana es luchando en cada país y a escala internacional por la toma de poder de los trabajadores y el pueblo oprimido, en Argentina, en Brasil, en Venezuela, en Bolivia, en todo el mundo.