Los ataques de la burguesía al kirchnerismo y el papel de Proyecto Sur

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EDITORIAL DE “EL MILITANTE” Nº 50

La campaña de acoso de la burguesía argentina contra el gobierno de Cristina Fernández continúa a todo vapor. Esto corre en paralelo a la incapacidad de la oposición situada a la derecha del kirchnerismo de ofrecer una alternativa unificada alrededor de un dirigente confiable. Las dificultades que encuentra la derecha para emerger como una alternativa política con apoyo de masas se explican por la persistencia del ambiente social general de rechazo a las políticas procapitalistas y represivas del pasado.

EDITORIAL DE “EL MILITANTE” Nº 50

La campaña de acoso de la burguesía argentina y sus medios de comunicación contra el gobierno de Cristina Fernández continúa a todo vapor. Esto corre en paralelo a la incapacidad de la oposición situada a la derecha del kirchnerismo de ofrecer una alternativa unificada alrededor de un dirigente confiable.

La razón fundamental que explica las dificultades que encuentra la derecha para emerger como una alternativa política con apoyo de masas es la persistencia del ambiente social general de rechazo a las políticas procapitalistas y represivas del pasado. Esta es la causa de que la base social de apoyo del kirchnerismo se mantenga por encima del 30%, pese al enorme desgaste político sufrido. Desgaste causado no por su política "izquierdista"  sino por su negativa a enfrentar decisivamente a los capitalistas, responsables de la suba de precios, de la devaluación del salario y de la superexplotación laboral.

El "kirchnerismo" y la burguesía argentina

En modo alguno puede compararse el gobierno argentino, apoyado en un aparato de funcionarios y caciques corruptos (el PJ), con sus pares de Venezuela, Bolivia o Ecuador, que están sustentados en movimientos populares de masas genuinos. Mientras que los Kirchner alaban constantemente el capitalismo; Chávez, Evo Morales y Rafael Correa dicen que quieren implantar el "Socialismo del Siglo XXI" en sus países.

¿Por qué, entonces, la obstinación de la clase dominante, rayana en el odio, en tratar de desembarazarse del kirchnerismo?

El kirchnerismo fue la salida desesperada de un sector de la clase dominante que quedó estremecido de pánico con el estallido revolucionario que significó el "Argentinazo". Era necesario desplazar del poder a los sectores más parásitos de la clase dominante (los bancos, las empresas de servicios públicos privatizadas, los terratenientes) que dominaron la economía bajo el menemismo y el gobierno de la Alianza, para evitar un desastre económico mayor y conjurar el peligro de una agudización revolucionaria de la lucha de clases.

Apostaron por Kirchner porque no tenían a nadie más a mano. Pero Kirchner se empeñó en mantener un cierto grado de independencia en su acción de gobierno para sostener la estabilidad social de conjunto del sistema capitalista, equilibrándose entre la presión de este sector de la burguesía y las aspiraciones de las masas trabajadoras por un cambio real. Como todos los políticos burgueses de extracción pequeñoburguesa Kirchner se creyó el discurso de la "unidad nacional" y que el Estado y la Justicia deben permanecer por encima de los intereses particulares de las clases sociales.

Esto es lo que explica la naturaleza contradictoria de la política kirchnerista: por un lado, medidas "progresistas" tímidas a favor de los trabajadores y contra determinados intereses burgueses o imperialistas; y, por el otro, medidas a favor de los empresarios y monopolios, y persecución del gremialismo combativo antiburocrático.

Pero la burguesía argentina y las multinacionales asentadas en el país detestan este papel de árbitro entre las clases que se asignó el kirchnerismo. Quieren un gobierno completamente adicto que imponga las políticas más favorables a sus intereses de clase. El último capítulo de este enfrentamiento es el debate actual sobre la Ley de Medios.

Implicancias del debate sobre la Ley de Medios

Este debate revela claramente cómo la burguesía no tiene escrúpulos en combinar la lucha parlamentaria con la extraparlamentaria, y la utilización de métodos legales e ilegales, con el fin de forzar cambios en la política de los gobiernos de turno, o para acelerar su desgaste y posterior caída. Para ello utilizan sus mascotas de la derecha, los radicales, el peronismo de derecha, la Coalición Cívica, y al inefable Cobos; el poder combinado de la prensa, la radio y la TV; los cacelorazos en los barrios ricos como los que hubo hace unos días en Capital, sin mucho éxito; o montajes oscuros como el allanamiento a espaldas del gobierno de las oficinas centrales del Grupo Clarín por decenas de empleados de la AFIP, dos días antes de la media sanción de la Ley de Medios en Diputados, con el objetivo evidente de crear un grave conflicto institucional que forzara un cambio en el sentido del voto de los diputados alineados con el oficialismo.

Desde un punto de vista de clase, esta Ley de Medios del gobierno supone un pequeño paso adelante en la democratización del espacio audiovisual argentino, y su derrota en el Parlamento tendría consecuencias políticas reaccionarias, porque envalentonaría a la burguesía y a sus políticos, y elevaría la moral de la pequeña burguesía reaccionaria en la calle; como sucedió con el famoso decreto 125 sobre las retenciones. En cambio, la aprobación de la Ley debilitaría políticamente a las fuerzas políticas a la derecha del kirchnerismo, reforzaría la moral de millones de trabajadores y sectores progresistas de la sociedad, y elevaría ante ellas el prestigio de aquellas fuerzas, como Proyecto Sur, que ayudaron a la aprobación de la Ley e, incluso, obligaron al oficialismo a cambiar el proyecto inicial en un sentido más progresista.

La CTA y Proyecto Sur

El ejemplo del debate en torno a la Ley de Medios arroja mucha luz sobre cómo debe comportarse una fuerza de izquierda que pretenda postularse como una alternativa al kirchnerismo para ser tomada en serio por la clase trabajadora de nuestro país.

Hasta ahora, el kircherismo actuó como un muro de contención que frenó el desarrollo de una alternativa a su izquierda, situación que se ve favorecida por las arremetidas que sufre a manos de la burguesía. Esto explica las divisiones, y las constantes vacilaciones e idas y vueltas, de los máximos dirigentes de la CTA, que no tienen claro cómo avanzar hacia la formación de un movimiento político de los trabajadores al margen del kirchnerismo, como repetidas veces anunciaron en los últimos años.

Sin embargo, el surgimiento de Proyecto Sur abre una perspectiva política nueva, que estos dirigentes de la CTA deberían tomar en cuenta; particularmente aquellos que delimitaron por izquierda con el kirchnerismo.

Ahora bien, Proyecto Sur podrá tener un desarrollo prometedor si aparece como el campeón en el combate a la derecha y a los políticos burgueses reaccionarios (Macri, Duhalde, Reutemann, Cobos, Carrió, etc). Tiene que arrebatarle esa bandera al kirchnerismo. También debe evitar caer en el infantilismo de asimilar el kirchnerismo a la derecha; sino que debe señalar la incapacidad de éste de combatir de manera consecuente a la derecha porque su política de medias tintas siempre se queda a medio camino, por los vínculos que lo atan con los grandes empresarios y el imperialismo.  

La otra condición para que Proyecto Sur emerja con fuerza es que adopte una perspectiva desde el punto de vista de la clase trabajadora, que somos la inmensa mayoría de la población, y un programa socialista claro como planteamos en otro artículo de este número (Leer: Proyecto Sur: La necesidad de avanzar hacia un programa socialista). 

Quienes pueden suministrar una base de clase a Proyecto Sur o a otro movimiento político de masas superador que pueda conformarse en un futuro, son los sindicatos; particularmente la CTA, que ya manifestó a través de la Constituyente Social, y otras instancias, su voluntad de transitar el camino a la lucha política, y también la base militante de la CGT. Es necesario, por tanto, poner manos a la obra.