Las Malvinas: el marxismo, la guerra y la cuestión nacional

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Artículo amplio de Alan Woods sobre la guerra de las Malvinas. Se escribió en respuesta a dos artículos de Luis Oviedo (PO) aparecidos en Prensa Obrera nros. 835 y 836 en los que éste, partiendo de un estrecho punto de vista nacionalista, lanza una serie de distorsiones y tergiversaciones escandalosas sobre la posición que mantuvo sobre este tema la tendencia marxista británica «Militant» (antecesora de Socialist Appeal) en 1982, de la que Alan Woods y Ted Grant eran entonces dirigentes. Alan Woods, además de rebatir la falsa política de la dirección del PO sobre Malvinas, plantea además cuál es la verdadera posición del marxismo sobre la guerra, la lucha antiimperialista y la cuestión nacional.

Respuesta a Luis Oviedo

El tercer artículo lleva otro título llamativo y colorido: Alan Woods y la guerra de Las Malvinas: God save the Queen… y a los kelpers. Es en este momento cuando Luis Oviedo me informa que, además de todos mis demás pecados contrarrevolucionarios, también soy un imperialista y un monárquico. ¿Cómo llega mi amigo a tan interesante conclusión?

Luis Oviedo dice lo siguiente: «Con los soldados de la Reina, Woods gritaba a todo pulmón, ‘Argies go home’. Para el Socialist Appeal, las Malvinas son inglesas y no un territorio ocupado colonialmente. Por eso plantearon la ‘autodeterminación de los kelpers’ -que no querían separarse de Gran Bretaña- pero no la independencia de las islas».

En primer lugar Woods difícilmente podría haber gritado junto con los soldados de la Reina porque Woods no vivía en aquella época en Gran Bretaña, sino en España. En segundo lugar, ni Woods ni nadie más de la izquierda británica ha gritado jamás «Argies go home», ni en voz alta ni en susurros. Esta es otra invención del amigo Luis cuya imaginación, aparte de su viveza, definitivamente tiene un carácter mórbido y ligeramente histérico. Pero la histeria difícilmente es un argumento.

Para comenzar, una pequeña corrección basada en los hechos: Luis Oviedo hace referencia a la posición de Socialist Appeal. Como él debe saber, Socialist Appeal ni siquiera existía en aquel momento, al menos con ese nombre. Sus comentarios hacen referencia a la postura de la tendencia Militant, de la que Ted Grant y yo éramos entonces dirigentes. Nosotros siempre adoptamos una posición internacionalista consecuente, y nuestra postura en esta cuestión no fue ninguna excepción. Pero como el compañero Oviedo está decidido a encontrar fallas en todo, también las debe encontrar aquí ¿Cómo lo hace?

En primer lugar, me somete a una severa crítica por utilizar la palabra Falklands, en lugar del término español Malvinas. Esto es presentado como una prueba irrefutable de que somos agentes abiertos del imperialismo. Este argumento es una chiquillada. Es tan simple como que en inglés el nombre de estas islas es: Falklands. Si yo escribiera en castellano utilizaría el término Malvinas (y no Las Falklands, como algunas veces hace Luis para causar un mayor efecto), y esto se puede comprobar leyendo los artículos que aparecen en nuestra página web escritos en castellano. Pero como estoy sentando en London (no Londres) y escribo en inglés, he utilizado el nombre inglés. Sin embargo, para complacerlo, haremos una pequeña concesión y utilizaremos el término Malvinas, aunque yo escriba el artículo originalmente en inglés.

Luis Oviedo incluye unas cuantas notas del documento escrito por Ted Grant en mayo de 1982. Pero, siguiendo su método habitual, cita párrafos aislados sacados de contexto para distorsionar su significado. Y concluye: «Es decir, que la corriente de nuestro contrincante Alan Woods impulsaba la guerra imperialista contra la Argentina». Llegados a este punto incluso la paciencia de un santo se agotaría. Lo que Oviedo escribe aquí es una mentira descarada y escandalosa. Ahora trataremos la guerra de Las Malvinas y nuestra actitud hacia ella, además de la actitud marxista hacia la guerra en general.

Primera parte. Las malvinas: el marxismo y la guerra

¿Qué provocó la guerra?


La actitud de los marxistas hacia la guerra está determinada por las circunstancias concretas. No la determinan consideraciones superficiales como «quién atacó primero» y otras cosas por el estilo. Lo determinante es qué clases hacen la guerra, por qué objetivos específicos y en los intereses de quién. Para elaborar una posición con relación a un conflicto determinado, es necesario atravesar la demagogia y las mentiras patrióticas que siempre lanza la clase dominante de ambos lados, y desenmascarar los verdaderos motivos que provocan la guerra. Además, es necesario defender una posición de clase de una forma hábil para que podamos encontrar un eco entra las masas.

¿Cuáles fueron las circunstancias concretas de la guerra de las Malvinas? Para clarificar nuestra posición primero es necesario recordar la cadena de acontecimientos que llevaron a la guerra. La razón por la cual decidió la Junta iniciar la guerra no tiene nada que ver con la verdadera lucha de liberación nacional. Fue una maniobra diseñada para desviar la revolución.

La Junta argentina era la esencia destilada de la contrarrevolución. Treinta mil personas murieron asesinadas o desaparecieron. Muchas más fueron encarceladas y torturadas. No obstante, Galtieri mantenía unas relaciones excelentes con Washington y Londres. Pero en 1982 la Junta estaba completamente desacreditada y pendía de un hilo. La economía atravesaba serias dificultades, el desempleo crecía y la tasa de inflación alcanzó el 150 por ciento. El descontento era masivo y comenzaron las manifestaciones y las huelgas. Esto culminó con la manifestación del 30 de marzo en Buenos Aires donde hubo 2.000 detenidos y cientos de heridos.

La propia Junta estaba dividida. Necesitaban algo para conseguir desviar el movimiento revolucionario. Primero consideraron la posibilidad de una guerra con Chile por el Canal de Beagle. Más tarde decidieron que una invasión de las Malvinas sería más fácil. ¿Por qué? Porque sus buenos amigos de Londres les habían dado a entender que Gran Bretaña estaba dispuesta a ayudarlos entregándoles las islas. Por lo tanto, la Junta estaba convencida de que la invasión no encontraría resistencia.

El jefe de la delegación británica, Richard Luce, respondió al gobierno de Buenos Aires: «En un lenguaje diplomático la respuesta de Luce significaba que Gran Bretaña estaba dispuesta a buscar la forma para que Argentina finalmente pudiera conseguir su objetivo de tener la soberanía de las islas, y, si tenían paciencia, lo conseguirían». (The Falklands War. The Full Story. Publicado por The Sunday Times, p. 26).

Galtieri también estaba convencido de que EEUU lo apoyaría. Tenía buenas razones para creerlo ya que era un aliado muy cercano al imperialismo estadounidense. La Junta actuaba como el chacal de los imperialistas estadounidenses. Argentina era el principal aliado del presidente Reagan en América del Sur. Galtieri llegó tan lejos que incluso envió tropas argentinas para apoyar al gobierno de derechas de El Salvador. También ayudó a EEUU en su lucha contra los sandinistas. Como admitió un funcionario estadounidense: «Argentina tenía un ejército de 500 hombres operando principalmente en Honduras para provocar actos de sabotaje en Nicaragua. Era algo en lo que creían, era una extensión de la guerra sucia».

Esto expresa muy claramente la verdadera relación entre Argentina y el imperialismo: no era la relación de un esclavo colonial oprimido, sino la de un socio subordinado, un compinche complaciente, participando de una forma entusiasta en todos los crímenes del bandido principal. Presentar esta relación como una relación tradicional entre una colonia (o semicolonia) y el imperialismo simplemente no se ajusta a la realidad.

Jean Kirkpatrick, embajadora de EEUU en la ONU, era una gran admiradora de la Junta. No era un secreto su idea de que EEUU debía apoyar a la Junta argentina y a todas las demás dictaduras de América Latina como una forma de combatir el comunismo. Apoyó la invasión de las islas y esta idea contaba con un fuerte apoyo dentro del Departamento de Estado. Esto animó más a Galtieri que llegó a creer que podría invadir con total impunidad.

No es fácil ocultar los preparativos de una invasión. Pero los imperialistas ingleses ignoraron todos los avisos. La razón es bastante clara: el imperialismo británico no quería una guerra con la Junta ya que mantenían excelentes relaciones. Un sector de la administración Tory quería ayudar a la Junta entregándole las islas. Pero la Junta, aterrorizada por el creciente ambiente revolucionario, tenía bastante prisa.

Incluso cuando en el 2 de marzo Costa Méndez envió a Lord Carrington lo que significaba un ultimátum, amenazando con romper las negociaciones a menos que los británicos hicieran concesiones inmediatas, Londres tampoco adoptó medidas serias para evitar la invasión. En aquel momento el envío de un pequeño grupo de operaciones probablemente habría sido suficiente para que la Junta se lo pensara dos veces. Pero la inactividad de Londres dio a Galtieri luz verde para la invasión. Nadie en el gobierno británico le dijo a Buenos Aires: «Si invaden, tomaremos medidas».

El envío del grupo de operaciones del Atlántico Sur fue una acción imperialista por parte de Gran Bretaña y así lo denunciamos. Pero la intención no era invadir, conquistar o esclavizar a Argentina. Es una completa equivocación compararlo con Iraq -que fue ocupado por los imperialistas- o Brasil en los años treinta. Argentina no fue invadida ni ocupada. Su población no fue esclavizada. Nunca fue esa la intención. A propósito, si los imperialistas británicos hubieran invadido Argentina, como han hecho con Iraq, nuestra postura habría sido apoyar a la Argentina. Pero no fue ese el caso.

El objetivo de los imperialistas británicos era más limitado. Estaban decididos a recuperar las islas debido al golpe que había sufrido su prestigio con la invasión argentina. Algunas personas «inteligentes» dijeron que el objetivo era la explotación del petróleo que supuestamente existía en las aguas marítimas que rodean las islas. Pero veinte años después no hay ningún signo de esto, aunque se han hecho con bastante dinero con sus ricas aguas pesqueras.

La paradoja es que si la Junta no hubiera tenido tanta prisa, podría haber conseguido las islas sin la necesidad de una guerra. Londres no estaba interesado en las Malvinas, en ese momento las islas eran una considerable carga financiera y sin importancia económica o estratégica para Gran Bretaña. Desde hacía algún tiempo la Junta argentina -no debemos olvidar que mantenía excelentes relaciones con Margaret Thatcher- mantenía negociaciones con Londres para la entrega de las islas. Por razones que deberían estar claras incluso para Oviedo, los habitantes de las islas no estaban precisamente entusiasmados con esta perspectiva. Pero a Carrington le eran indiferentes los sentimientos de los isleños, por eso en secreto negociaba la entrega de las islas a la Junta.

Galtieri, a partir de estos antecedentes, interpretó, equivocadamente, que los británicos no harían nada si él invadía las islas. Fue un serio error. Para una potencia imperialista como Gran Bretaña el prestigio es algo muy importante, ya que tiene acuerdos de defensa con muchos países, por ejemplo con algunos estados petroleros del Golfo Pérsico. Las fotos de prensa que mostraban a soldados británicos tendidos en el suelo, prisioneros del ejército argentino, recorrieron todo el mundo y esto suponía un golpe para su prestigio. No lo podían tolerar. Por lo tanto, el imperialismo británico contraatacó.

La invasión de las islas, por lo tanto, fue un error de cálculo por parte de Galtieri. No obstante, sí logró su objetivo inmediato. Una vez anunciada la invasión de las Malvinas, el movimiento revolucionario fue desbordado por una oleada patriótica. Los sindicatos inmediatamente desconvocaron las huelgas y en lugar de manifestaciones callejeras contra la Junta, hubo manifestaciones patrióticas de masas donde la población ondeaba banderas argentinas y aplaudía a los generales.

La guerra es la continuación de la política por otros medios. Es tanto una cuestión política como militar. Hace mucho tiempo Napoleón dijo que la moral tenía una importancia vital en la guerra. Si la clase obrera hubiera tomado el poder, podría haber llevado a cabo una verdadera lucha contra el imperialismo. Pero un régimen reaccionario nunca puede luchar contra el imperialismo porque está atado con mil hilos a él. En realidad, la única razón para que Galtieri invadiera es que estaba convencido de que no encontraría resistencia. «Habrá mucho ruido», pronosticó Costa Méndez, «eso es todo». Fue una gran equivocación.

La invasión de las islas puso a los imperialistas británicos en una situación difícil. Un sector de la clase dominante (Luce, Carrington) quería entregar las islas a la Junta, no quería una guerra porque eso amenazaría la estabilidad del régimen de Buenos Aires. Eso explica la total inactividad de los británicos antes de la invasión, algo que de otra forma sería inexplicable, ya que es materialmente imposible que no hubieran «observado» los preparativos de la invasión.

Londres le lanzó la indirecta a la Junta de que le entregaría las islas, sólo que había que esperar un poco. Pero la Junta no podía esperar porque de un momento a otro temía una revolución. Actuaron tan precipitadamente que los desconcertó. Thatcher estaba furiosa y exigió una respuesta. No podía aceptar que Argentina humillara al ejército británico. La fracción de los tories favorable a la entrega de las islas a Galtieri, como un hombre lanza un hueso a un perro, se encontró en minoría. Carrington tuvo que dimitir y la guerra entonces se convirtió en algo inevitable.

La Junta quedó conmocionada al ver que los británicos estaban dispuestos a luchar. En el transcurso de las negociaciones la Junta casi inmediatamente renunció a su demanda de soberanía. Esto demostraba que no era una verdadera guerra de liberación nacional, sólo era una intriga reaccionaria para salvar del derrocamiento a la Junta. Los aterrorizaba el ejército británico, pero los aterrorizaba aún más las masas argentinas. Los generales reaccionarios tenían miedo de una guerra y estaban dispuestos a aceptar un compromiso para salvar la cara, pero Thatcher fue implacable. No estaba dispuesta a aceptar otra cosa que no fuera la rendición total y la entrega de las islas.

La guerra puso a los imperialistas estadounidenses en una situación difícil: tanto Galtieri como Thatcher eran aliados valiosos. Pero cuando fracasaron los intentos de Washington de conseguir una salida negociada, Reagan tuvo que decidirse y lo hizo a favor de Gran Bretaña, en última instancia un aliado más antiguo e importante.

La brutalidad de Thatcher y los imperialistas británicos se pudo ver en el hundimiento del Belgrano donde se perdieron más de 368 vidas. Pero también las vidas del personal británico les importaba muy poco. Una prueba de ello es que estaban dispuestos a enviar la flota al sur del Atlántico sin ningún tipo de cobertura aérea. Thatcher deliberadamente ordenó el hundimiento del Belgrano para sabotear una solución negociada, propuesta por los estadounidenses y que Costa Méndez estaba a punto de aceptar.

¿Por qué Argentina perdió la guerra?

En ningún momento Luis Oviedo hace la pregunta más importante: ¿por qué fracasó la invasión de las islas? Desde un punto de vista militar Argentina podía y debería haber ganado la guerra. El envío de la flota británica a través del Atlántico sin una cobertura aérea adecuada era una total aventura que sólo podía contemplarla una arribista pequeño burguesa e ignorante como Thatcher (sus generales estaban en contra porque sabían los peligros que entrañaba esta aventura).

¿Era inevitable la victoria de los británicos? De ninguna manera. En la guerra muy pocas cosas son inevitables. Fue Napoleón quien dijo que la guerra era la más complicada de todas las ecuaciones. Desde un punto de vista puramente militar era bastante posible que Argentina ganara la guerra. Pero la respuesta a esta pregunta no es militar sino política. La guerra siempre expone la podredumbre de un régimen reaccionario. La aventura de las Malvinas sacó cruelmente a la luz la debilidad del capitalismo argentino y de la Junta. En el momento de la verdad colapsaron como un castillo de naipes.

Es verdad que el ejército británico era una fuerza profesional bien entrenada y equipada. Pero eso no explica todo. La situación de las fuerzas británicas tenía de su parte muchas desventajas. En primer lugar, la proporción entre la defensa y el ataque es de tres a uno. Es decir, para hacer frente a una situación defensiva normalmente hacen falta tres soldados atacantes por cada defensor. En realidad, el ejército argentino superaba en número al británico, aproximadamente en una proporción de tres a uno. Esto le daba una gran ventaja. Además mientras la flota británica cruzaba el Atlántico tenían suficiente tiempo para fortificar las islas y atrincherarse.

Las fuerzas británicas luchaban lejos de casa. Sus líneas de suministro eran larguísimas, la pérdida de un solo portaavión habría supuesto un desastre. Como lo fue la pérdida de un barco de suministro clave -el Atlantic Conveyor– alcanzado por misiles exocet argentinos. Desde un punto de vista militar, la expedición británica era una aventura irresponsable. Recuerdo que un grupo de oficiales del ejército español publicó una carta en El País, en la que afirmaban categóricamente que los argentinos no podían perder. Pero los británicos consiguieron recuperar las islas sin demasiados problemas. ¿Por qué?

No se puede decir que el soldado británico medio sea más valiente que el soldado argentino medio. Los argentinos son capaces de mostrar un gran valor y lo han demostrado muchas veces en la historia. Pero aquí la cuestión de la moral es decisiva. Y esto es inseparable del régimen existente en el ejército y la sociedad. Un régimen reaccionario corrupto sólo puede producir un ejército reaccionario y corrupto. Oficiales como Lami Dozo fueron entrenados desde muy jóvenes en una ideología fascista. Varios de sus tutores fueron nazis alemanes como Hans-Ulrich Rudel, que fue arrestado por los estadounidenses en 1945 y liberado después. En su libro A pesar de todo apoyaba casi todo lo que hicieron los nazis.

Otro de sus tutores, Jordán Bruno Genta, que fue asesinado por los Montoneros en 1974, escribió una serie de libros lanzando obscenidades contra los masones y los judíos. También escribió una doctrina para la fuerza aérea que justificaba la intervención militar en la política y defendía la devoción, no a la constitución, sino a «Dios y la madre patria». Cualquier acción realizada por el ejército debía tener como objetivo la defensa de la «madre patria» (léase oligarquía) con la excusa de ser «la voluntad de Dios». Este tipo de pensamiento fascista se resumía en su libro, Guerra contrarrevolucionaria, y sirvió de inspiración para los escuadrones de la muerte fascistas de la Triple A.

Semejante entorno es un terreno abonado para producir asesinos y canallas pero no buenos generales y luchadores. El ejército es sólo un reflejo de la sociedad y el ejército que invadió las Malvinas era un reflejo de la sociedad argentina de esa época. No era un verdadero ejército de liberación. Todavía era el ejército de la Junta, encabezado por los mismos gángsteres reaccionarios que habían asesinado a 30.000 personas. El capitán Alfredo Astiz era un espécimen típico. Conocido con nombres diferentes como «el ángel rubio», «el halcón» y «el carnicero de Córdoba», se distinguió por ser un asesino y torturador de mujeres durante la guerra sucia. Pero no demostró el mismo espíritu cuando se enfrentó al ejército británico, se rindió como un cobarde y más tarde regresó a Buenos Aires con un boleto de primera clase.

La guerra también es una cuestión de clase. Los reclutas procedentes de la clase obrera que fueron enviados a las islas no estaban preparados para la guerra. Muchos de ellos no disponían de un equipamiento apropiado, ropa e incluso comida. Estaban desmoralizados y eso explica por qué los británicos consiguieron recuperar con relativa facilidad las islas. Aquí está lo esencial del problema. Era absurdo imaginar que este régimen y este ejército podrían llevar a cabo una lucha seria contra el imperialismo británico.

El juego reaccionario de la Junta fracasó. Una carta publicada en La Prensa el 12 de julio de 1982 decía: «Nunca más debemos permitir que un gobierno que no elegimos nos envíe a una guerra que no queríamos». Como siempre la principal víctima fue la clase obrera. A la larga lista de crímenes de la Junta se debe añadir los nombres de aquellos jóvenes soldados argentinos que murieron en las islas en unas condiciones terribles a causa de un régimen corrupto e incompetente. Carecían de las cosas más básicas: ropas apropiadas, botas, comida… ¿Cómo se suponía que iban a luchar contra el ejército británico? Pero sobre todo, los jóvenes soldados argentinos enviados a las Malvinas carecían de motivación y moral. Por eso perdieron.

Después de la guerra los comandantes británicos expresaron su sorpresa porque el ejército argentino no presentó una gran resistencia. El comandante Chris Keeble dijo lo siguiente de la batalla de Goose Green:

«Se nos había dicho muchas tonterías acerca de su equipamiento, su comida y que abundaba la disentería. Todo eso era realmente irrelevante. Sabíamos que cuando llegáramos a las Falklands tendríamos los mismos problemas: hongos en los pies, escasez de este o aquel tipo. La cuestión que decide todo es quién está dispuesto a luchar. No había un hombre en nuestra sección de paracaidistas que no quisiera llevar a cabo esa operación. Su debilidad [de los argentinos] incluso antes de que hubiésemos atacado nosotros era que realmente no estaban dispuestos a luchar. No apoyaban cien por cien la actuación de su gobierno en las Falklands. Todas esas tonterías que se les metió en la cabeza desde su nacimiento acerca de las Malvinas -si estaban tan comprometidos ¿por qué no lucharon?». (The Falklands War – the Full Story, published by the Sunday Times.)

En estas líneas hay algo más que un poco de arrogancia imperialista. También hay un elemento de realidad. En la guerra se espera que los soldados luchen y mueran por una causa. Los reclutas argentinos no querían morir por el gobierno reaccionario y corrupto que los había enviado allá, mal entrenados, a una roca congelada en el Atlántico Sur por razones que no estaban totalmente claras para ellos. Un sargento paracaidista británico dijo: «Lo sentí por ellos, especialmente por los jóvenes; realmente no sabían por qué estaban allí». (Ibid.)

Lo que ocurrió en la guerra de 1982 es una prueba de que la burguesía argentina corrupta y podrida es incapaz de jugar ningún papel progresista, ni en casa ni en el extranjero: eso es lo que deben explicar a la población los marxistas argentinos. La captura forzosa de las islas por parte de una dictadura militar sangrienta no tenía ni un solo átomo de contenido progresista. Y por eso fracasó.

La única forma de resolver la cuestión de las Malvinas es que la clase obrera argentina tome el poder. La existencia de un verdadero régimen de democracia obrera en Buenos Aires sería un poderoso polo de atracción para todos los pueblos, incluidos los habitantes de las Malvinas.
Una Argentina socialista inmediatamente tomaría la iniciativa de establecer una Federación Socialista de América Latina. Con pleno empleo, niveles de vida más altos y plenos derechos democráticos, sería una perspectiva irresistible, no sólo para los pueblos de habla hispana de América del Sur, sino también para los habitantes de las islas.

Debemos plantear la cuestión de una forma concreta. ¿Qué poder de atracción puede tener para alguien el actual régimen capitalista argentino? ¡Desempleo de masas, pobreza y hambre no son una buena publicidad! Muchos ciudadanos argentinos han tenido que salir al extranjero en busca de suerte. En estas condiciones ¿por qué debería la población de las Malvinas querer unirse a Argentina? Si se hace la pregunta es para responderla. Se debe plantear en términos de clase, no como si fuera demagogia nacionalista vacía.

Hablemos claramente. El problema de las Malvinas nunca lo solucionará la corrupta y reaccionaria burguesía argentina. La oligarquía argentina ha arrastrado un país próspero a un abismo de pobreza y hambre. No es capaz de solucionar ni uno solo de los problemas de la población argentina. Imaginar que esta burguesía puede solucionar la cuestión de las Malvinas simplemente es una locura. La condición previa para resolver esta cuestión -y todas las otras cuestiones a las que se enfrentan las masas- es que la clase obrera tome el poder.

¿Una «guerra de liberación nacional»?

Veinte años después nosotros no tenemos nada que ocultar o de que avergonzarnos. Pero entre los elementos honestos de la izquierda argentina hay dudas. La demanda de un debate honrado va en aumento. Los elementos chauvinistas están perdiendo terreno. Incluso Luis Oviedo muestra signos de querer moderar su entusiasmo con la aventura de las Malvinas cuando se da prisa en asegurarnos que el PO se opuso a la invasión de las islas:

«Aclaremos: Política Obrera (antecedente del Partido Obrero) se opuso a la invasión (fue la única que lo hizo), pero no a defender a la Argentina encabezada por Galtieri contra la flota imperialista de la Thatcher abastecida por la base norteamericana de la isla Ascensión y guiada por los satélites de Reagan».

El PO ha puesto el grito en el cielo sobre nuestra supuesta «traición» y posición «pro-imperialista». Pero en estas acusaciones irresponsables no hay ni una sola palabra de verdad. Nunca hemos ocultado nuestra posición sobre las Malvinas porque no tenemos nada que ocultar. Invitamos a los compañeros en Argentina a que vuelvan a publicar lo que escribieron en aquella época. Que la gente juzgue por sí misma quién tenía una posición equivocada en aquellos momentos y después.

¿Qué posición tenía la izquierda argentina sobre la cuestión de la guerra? ¿Era lícito, por unas cuantas islas en el Atlántico, olvidar a los 30.000 muertos y tender la mano a la Junta, aunque fuera temporalmente? Nosotros creemos que no. Imaginar que la reaccionaria Junta argentina podría jugar un papel progresista en este conflicto demostraba una gran ingenuidad. La guerra es la continuación de la política por otros medios. La invasión de las Malvinas era sólo la continuación de la política interior de la Junta, dictada por la necesidad de sobrevivencia y para crear una desviación:

La naturaleza reaccionaria de la invasión de las islas está muy bien expresada en el siguiente pasaje:

«Lo primero que debe quedar en claro es que no basta la recuperación de un territorio que nos pertenece histórica y geográficamente y que se encuentra en manos imperialistas, para estar en presencia de una acción real de independencia nacional. Es evidente que ello depende de los fines que presiden ese acto de recuperación, así como de la política de conjunto del gobierno que lo efectiviza. Si la recuperación de las Malvinas es para cambiar de amo en el Atlántico Sur, o para resolver un litigio que obstaculiza la entrega de las riquezas de la región al capital extranjero, está claro que la acción tiene una apariencia antiimperialista, pero su proyección real es un mayor sometimiento al imperialismo. Una cosa así no debe sorprender en un continente en donde el nacionalismo burgués tiene un entrenamiento de larga data en la demagogia y en la táctica del engaño a las masas populares».

Esto está muy bien y expresa la esencia de la cuestión. No tenemos una diferencia fundamental con lo que dicen estas líneas. ¿Quién es el autor? El compañero Jorge Altamira, dirigente del PO. Y continúa:

«Hoy, el Estado argentino que emprende la recuperación de las Malvinas está en manos de los agentes directos e indirectos de las potencias que someten a nuestra nación. ¿Qué alcance puede tener un acto de soberanía cuando el país que lo emprende (cuando no el gobierno que lo ejecuta) está políticamente dominado por los agentes de la opresión nacional? Se desprende de aquí que la prioridad es otra: aplastar primero a la reacción interna, cortar los vínculos del sometimiento (económicos y diplomáticos) y construir un poderosos frente interno antiimperialista y revolucionario, basado en los trabajadores. La prioridad de una verdadera lucha nacional es quebrar el frente interno de la reacción y poner en pie el frente revolucionario de las masas. Así ocurrió en todas las grandes gestas emancipadoras nacionales: las revoluciones francesa, rusa, china, cubana. En relación a la prioridad fundamental de la lucha por la liberación nacional, la ocupación de las Malvinas es una acción distraccionista, de la que la dictadura pretende sacar réditos internos e internacionales para los explotadores argentinos y las burguesías imperialistas que los «protegen»». Ver: Malvinas: Para luchar contra el imperialismo, ningún apoyo a la dictadura (5 de abril de 1982, Política Obrera N° 328, Revista Internacionalismo, Año II, N° 5,agosto -octubre de 1982). www.ceip.org.ar/boletin/malvinasPo.htm

Intrigas imperialistas

El compañero Altamira trata algunos puntos interesantes sobre los objetivos reales de la Junta. Un mes antes de la ocupación de las Malvinas el periódico La Prensa (3/3/1982) publicó una extensa información sobre el carácter y los objetivos de la operación:

«Según fuentes argentinas a las que hemos tenido acceso, el gobierno de EEUU habría expresado su ‘comprensión’ respecto de la nueva posición de Buenos Aires, así como su convicción de que la recuperación de las Malvinas para Argentina constituye, en este preciso momento, casi una condición sine qua non para el establecimiento de una adecuada estructura defensiva occidental en el Atlántico Sur, capaz de resistir la penetración soviética en la región, disipar las tensiones duraderas sobre el estrecho de Beagle entre Argentina y Chile, donde hoy en día está mediando el Vaticano; la resolución de esta mediación podría depender de una posición estratégica o geopolítica más fuerte o más débil de Argentina en la zona sur, no sólo en el Beagle. Ambas cuestiones parecen estar íntimamente relacionadas, no sólo desde el punto de vista militar general y la seguridad económica, también parecen estar relacionadas con los intereses diplomáticos de la Iglesia Católica. En cuanto a Washington, todo el mundo está de acuerdo en que la recuperación argentina de las Malvinas quizá abriría las puertas para la creación de bases militares conjuntas en las islas, o el alquiler de las bases a EEUU, tendrían entonces una mayor capacidad de control sobre toda la zona que la que tendrían con cualquier posición defensiva en el Beagle, ya pertenezca a Argentina, Chile o cualquier otro país occidental (estas no son categorías mutualmente excluyentes)».

«De acuerdo con nuestras fuentes», continúa La Prensa, «los planes argentinos también se extienden a intereses británicos que van más allá de los específicamente relacionados con los habitantes de las islas, que en cualquier caso recibirían los términos más generosos con relación a su estatus cultural, político y de propiedad, libre acceso a todos los bienes argentinos e incluso compensaciones económicas especiales. En este punto, incluso nos dijeron que Buenos Aires estaría dispuesto a ofrecer a British Petroleum y otras empresas británicas una parte de la explotación de los hidrocarburos y otras fuentes en algunas zonas de la región, así como facilidades para su armada, de tal forma que el retorno de la soberanía sobre las islas de ninguna manera reduciría, sino todo lo contrario, incrementaría las perspectivas de Gran Bretaña en el Atlántico Sur. Sin duda, esta actitud tiene el objetivo no sólo de conseguir una solución pacífica al conflicto, sino también consolidar el apoyo tácito de EEUU si se produjera un enfrentamiento militar, con el objetivo de aliviar tanto como sea posible las fricciones de Washington con sus ‘primos’ y aliados de la OTAN».

Este análisis fue corroborado al día siguiente por La Nación (4/3/1982):

«La diplomacia estadounidense está intentando determinar si el renovado esfuerza de Argentina por recuperar la posesión de las Islas Malvinas está relacionado con la creciente internacionalización de la situación continental americana.
El rearme de Venezuela, el anuncio de las primeras maniobras navales de la OTAN en el Golfo de México y la búsqueda de nuevas bases estadounidenses en la costa occidental del Caribe, son expresiones de la nueva dimensión atribuida a la defensa del continente.
Esto coincide con el esfuerzo inesperado y vigoroso a favor de una solución rápida al conflicto por la posesión del archipiélago que controla las rutas navales australes. Los ingleses allí más de un siglo, pero su armada se ha ido reduciendo debido a los enormes problemas presupuestarios del Reino Unido.
La armada estadounidense, además, piensa que la flota cubana, aunque pequeña, constituye una amenaza para las rutas continentales. Los barcos cubanos no pueden operar en el Atlántico Sur pero su actividad en el Caribe puede interferir en los esfuerzos de la armada estadounidense en los pasillos australes.
Eso sería más amenazador en el caso de una crisis potencial en el Océano Índico, que es uno de los escenarios de las estrategias navales estadounidenses. Fuentes diplomáticas norteamericanas señalan que a estos elementos habría que añadir lo que perciben como excelentes relaciones militares entre Argentina y EEUU.
Aunque claramente Washington siempre intenta dejar claro la cuestión de las Malvinas, las nuevas circunstancias podrían llevar a una revisión de su postura, o al menos podría animar a Argentina para forzar ese cambio.
… Las noticias de los medios de comunicación dudan de que sean hechos aislados la venta de aviones a Venezuela, la búsqueda de bases en el Caribe y las primeras maniobras militares de la OTAN en la región.
Lo que no duda nadie es que Washington pone la cuestión de la defensa de sus aliados continentales en una perspectiva global que podría llevarle a intentar persuadir a Gran Bretaña para que solucione con sus aliados clave el irritante conflicto del sur.
La impresión existente en los círculos diplomáticos es que mientras no hay elementos formales que permitan determinar qué está ocurriendo, en cambio, sí podría estar ocurriendo algo. Ni Argentina ni Estados Unidos están cómodos y, además, no están actuando en tándem».

¡Ahí lo tenemos! La Junta en Buenos Aires, lejos de planear una guerra contra el imperialismo, estaba participando en maniobras con el imperialismo estadounidense para garantizar el regreso de las islas a Argentina para fortalecer la posición del imperialismo en el estratégicamente importante Atlántico Sur. Esperaban llegar a un acuerdo con el imperialismo británico, cuyos intereses estarían salvaguardados, como dice el artículo: «Buenos Aires estaría dispuesto a ofrecer a British Petroleum y otras empresas británicas una parte de la explotación de los hidrocarburos y otras fuentes en algunas zonas de la región, así como facilidades para su armada, de tal forma que el retorno de la soberanía sobre las islas de ninguna manera reduciría, sino todo lo contrario, incrementaría las perspectivas de Gran Bretaña en el Atlántico Sur».

Es difícil ver cómo estas intrigas reaccionarias se pueden confundir con una «guerra de liberación nacional». La Junta no estaba planeando luchar contra el imperialismo, sino que, como ayudantes fieles del imperialismo, intentaban llegar a un acuerdo secreto con Londres para garantizar la entrega de las islas. Desgraciadamente para ellos, calcularon mal y todo el plan salió mal. Se encontraron en una guerra que no querían y que perdieron. Los imperialistas estadounidenses que apoyaban la dictadura y sus intrigas, se vieron obligados a abandonar a la Junta para evitar un conflicto con Londres.

El compañero Altamira concluye: «Toda esta información debe ser conectada a un problema más general: la política exterior es la continuación de la política interior, y la política interior y exterior de Galtieri-Alemann es de sometimiento al imperialismo. Es por eso que, cualesquiera sean las derivaciones de la crisis internacional, como resultado de las contradicciones y alianzas entre yanquis e ingleses y entre la dictadura y ambas, la ocupación de las Malvinas no es parte de una política de liberación o independencia nacionales, sino un simulacro de soberanía nacional, porque se limita a lo territorial mientras su contenido social sigue siendo proimperialista. El Estado nacional es formalmente soberano en todo el territorio continental argentino, y esto no está en contradicción con el hecho de que, por su política económica e internacional, esté sometido al imperialismo. Tomar la recuperación de las Malvinas como un hecho aislado de soberanía y, peor, ocultando la activa negociación con el imperialismo por parte de la dictadura para integrar la ocupación en una estrategia proimperialista, es dejarse arrastrar, conciente o inconcientemente, por la demagogia burguesa».

Además, «Cualquiera que sea el curso de los acontecimientos», escribía el compañero Altamira, «, lo que está claro es que la ocupación de las Malvinas no es el eje de la liberación nacional. La dictadura ha apelado a ella para salir de su profunda crisis e impasse internas».

Esto no podría estar más claro y ser más correcto. Hay que felicitar a Jorge Altamira por la posición que adoptó con relación a la invasión de las Malvinas. En aquel momento era necesario resistir todos los intentos de la demagogia burguesa de desinformar a los trabajadores, consciente o inconscientemente. Eso ocurría entonces y también ocurre ahora. Y si la demagogia burguesa hace veintidós años intentó presentar la aventura reaccionaria de la Junta como una «guerra de liberación nacional», entonces sigue siendo hoy igualmente incorrecto.

Finalmente, el compañero Altamira dice: «Si se da una guerra, no es por patrioterismo sino por auténtico antiimperialismo que planteamos: guerra a muerte, guerra revolucionaria al imperialismo. Esto es no sólo una guerra naval en el Sur, sino ataque a las propiedades imperialistas en todo el terreno nacional, confiscación del capital extranjero y, por sobre todo, armamento de los trabajadores».

Fue correcto plantear la cuestión en términos de una lucha antiimperialista, basándose en lo que había de progresista en los instintos de las masas e intentar dar a la guerra un verdadero contenido antiimperialista, sobre todo, exigiendo la expropiación de la propiedad de los imperialistas, que Galtieri, naturalmente, se negó a hacer. Altamira escribe:

«El viernes 2 sólo del Banco de Londres fueron retirados depósitos por diez millones de dólares. Tuvo que intervenir la Thatcher los fondos argentinos en Londres, para que la dictadura se despabilara con un ridículo control de cambios, que no impide la fuga de capitales por el mercado negro, ni impide que el capital de otras naciones imperialistas acompañe el boicot económico. La dictadura ya está capitulando». Y concluye: «Ante el conjunto de la situación presente y ante los intentos de someter a los trabajadores al seguidismo y apoyo a la dictadura, declaramos que es necesario mantener la independencia obrera y antiimperialista, con un programa preciso:

1)       Denuncia del intento de capitular ante el imperialismo, sea mediante una negociación entreguista (económica o política exterior), o mediante un retiro de tropas a cambio de la devolución gradual y condicionada del archipiélago.

2)       Reivindicar la intervención de la propiedad de todo el capital extranjero que ya está saboteando o especulando contra la economía nacional.

3)       En caso de guerra, extenderla a todo el país, atacando y confiscando al gran capital imperialista y, por sobre todo, llamar a los trabajadores a armarse.

4)       Satisfacción inmediata de las reivindicaciones planteadas por los sindicatos y otras organizaciones de trabajadores, y satisfacción de los reclamos del movimiento de familiares y madres sobre los desaparecidos [las 30.000 personas asesinadas por la dictadura].

5)       Impulsar la formación de un frente único antiiperialista, que impulse prácticamente este programa».

Todas estas reivindicaciones son excelentes, como lo es su conclusión final: «La clase obrera tiene que ser conciente de esto, porque si se ciega ante la situación, se va a armar un recambio a su costa. Por eso sigue en pie la reivindicación de la democracia política irrestricta y una asamblea Constituyente Soberana».

Esto va al fondo de la cuestión: sobre todo en una situación bélica la clase obrera no puede permitirse dejarse cegar por las presiones del patriotismo y la «unidad nacional», sino que debe mantener su independencia de clase. A propósito, en esa situación, cuando Argentina estaba bajo una dictadura y no existían los derechos democráticos, las reivindicaciones democráticas necesariamente ocupaban una posición central, incluida la reivindicación de la asamblea constituyente. Entonces sí era correcta, porque emanaba de la situación. Hoy no lo hace y por lo tanto no es correcta.

La posición de los marxistas británicos

Ya hemos señalado la posición que adoptó el compañero Altamira en 1982. ¿Qué postura adoptaron los marxistas británicos? Luis Oviedo dice que apoyamos al imperialismo británico y adoptamos una posición chauvinista contra los argentinos en general (¡Argentinos fuera!»). Esto es lo que escribió Ted Grant en aquella época con relación a las tareas de los marxistas argentinos:

«En Argentina, el papel de los marxistas debe consistir en una oposición hábil a la guerra. Los marxistas argentinos desenmascararán las inconsistencias de la Junta señalando la situación catastrófica de la economía causada por la casta militar. Momentáneamente, la Junta ha logrado desviar a las masas argentinas en líneas nacionalistas. Pero los marxistas demostrarán la incapacidad de la casta militar para llevar a cabo una guerra revolucionaria, sin la cual la victoria argentina sobre Inglaterra, que todavía es una potencia imperialista relativamente poderosa, está prácticamente descartada. ¿Por qué la Junta no se emplea a fondo para ganar la guerra? Los capitalistas argentinos, en cuyos intereses se basa la Junta, están vinculados al capital financiero norteamericano y británico. Los marxistas argentinos exigirán la expropiación de todo el capital extranjero, empezando con las inversiones británicas.

Exigirán la devolución de Argentina a los argentinos: es decir, la expropiación del capital industrial y agrícola. Desenmascararán los privilegios y la incompetencia de los altos mandos, corruptos y putrefactos, amén de su incompetencia militar. Sin la verdadera planificación de la industria, un racionamiento justo, y una distribución equitativa de los productos a todo el mundo, sería imposible proseguir eficazmente la guerra. Los marxistas criticarán los propósitos totalmente egoístas de la Junta y la burguesía argentina, cuya intención, en caso de poder mantener el control de las Malvinas, sería ganar beneficios fabulosos, en calidad de socio de segunda categoría del imperialismo norteamericano, en detrimento de los intereses de la clase obrera. Los marxistas explicarán cómo la victoria sobre el poderoso imperialismo británico no puede ser obtenida con métodos militares, y mucho menos bajo dirección de la Junta totalitaria, sino solamente con métodos sociales y políticos. El derrocamiento de la Junta por parte de los obreros y el establecimiento de una Argentina socialista, sería el arma más potente en la lucha contra el imperialismo en su conjunto, y, de modo particular, contra los imperialismos británico y estadounidense. La clase obrera argentina entonces podrá proponer el establecimiento de una Federación Socialista de Argentina y las Malvinas, con una Inglaterra socialista. Entonces, un gobierno socialista de Argentina explicaría como el problema de las Malvinas estuvo totalmente exagerado durante generaciones por la burguesía argentina para sus propios fines. Harían un llamamiento a todos los trabajadores de América Latina para derrumbar el sistema económico del capitalismo y el imperialismo, para derrocar a sus propias juntas y preparar el camino para el establecimiento de una Federación Socialista de América Latina.

Los propósitos de la Junta no pueden ser los propósitos de la clase obrera, sea en la política interior, sea respecto de la política exterior. Para los capitalistas, la guerra será rentable. Para los obreros y soldados la guerra significará sufrimientos y muertes. En el transcurso de la guerra, si ésta se prolongase, las ideas marxistas de esta índole conseguirían un enorme apoyo en Argentina y en toda América Latina. El derrocamiento de la Junta significaría el inicio de la revolución socialista argentina, si bien en sus comienzos tendería de forma distorsionada hacia el peronismo, debido a la ausencia de una dirección marxista». (Ted Grant. La crisis de las Malvinas. Los marxistas ante la guerra. Mayo 1982)

¿En qué punto difiere esta posición de la que defendió Jorge Altamira? En lo fundamental no hay diferencia. Aún así, Luis Oviedo persiste en el mito de que teníamos una posición «imperialista». Realmente no hay más ciego que el que no quiere ver.

La cuestión de los ‘kelpers’

Después de leer con placer los escritos de Jorge Altamira de 1982, regresamos con poquísimas ganas a los escritos de Luis Oviedo en 2004. Continúa tan pesado como el taladro de un dentista:

«Woods prostituye el derecho a la autodeterminación de los pueblos al ponerlo al servicio del reforzamiento de la opresión colonial. Pero como para los marxistas toda reivindicación nacional está subordinada a la revolución proletaria, su planteo de ‘autodeterminación de los kelpers’, algo que evidentemente no hizo porque habría puesto en evidencia la completa ridiculez de sus posiciones.

Estos partidarios del ‘socialismo colonial’ son los que atacan al Partido Obrero». (énfasis mío)

Responderemos a esta basura tan amablemente como podamos. En primer lugar, el compañero Oviedo no plantea la cuestión de la autodeterminación de una forma marxista. Está indignado por nuestra supuesta defensa de los «kelpers», como él llama a los habitantes de las islas. Porque nosotros planteamos la cuestión de los derechos de los isleños como uno de los elementos de la ecuación (no necesariamente el más importante) nos acusa de ser «defensores del socialismo colonial».

Hablemos claramente, para que incluso Luis Oviedo pueda comprender lo que estamos diciendo: para nosotros es indiferente a quién de las dos partes pertenecen estas islas. La clase obrera británica no tiene ningún interés en mantener sobre ellas el control británico. Nuestro principal deber era luchar contra nuestra propia burguesía, oponernos a la política reaccionaria del gobierno Thatcher. En ningún momento, directa o indirectamente, apoyamos la guerra. Aún hay más: si cualquier marxista británico hubiera apoyado esta guerra hubiera sido considerado una traición.

El compañero Oviedo asume que la posición de los marxistas británicos con relación a la guerra estaba determinada por la posición de los «kelpers». Esto está muy alejado de la realidad. Somos perfectamente conscientes de que los imperialistas siempre utilizan a los pequeños pueblos para sus propios objetivos reaccionarios. Los imperialistas británicos no están interesados en las opiniones de la población que vive en las islas y en realidad estaban dispuestos a entregarlas a Argentina antes de la invasión de la Junta, como señalaba Ted Grant:

«Thatcher y los conservadores quieren hacer ver que la suerte y los deseos de los habitantes de las islas Malvinas son el factor primordial en todas sus consideraciones. En la práctica, es la última cosa que les preocupa. Sacrificarían los intereses de los malvinenses en un abrir y cerrar de ojos si esto correspondiera a los intereses del imperialismo británico. Es el prestigio del imperialismo británico y la perspectiva de las riquezas exóticas de la Antártida lo que determina la política del gobierno de Londres y no los intereses de los malvinenses». (Ted Grant. Ibíd.,)

La cuestión de los «kelpers» de ninguna forma afectó nuestro análisis de la guerra como una guerra imperialista por parte de Gran Bretaña, como ya explicamos en profundidad. Por otro lado, el hecho de que hubiera una dictadura militar en Buenos Aires tampoco alteró nuestra opinión sobre la guerra, de la misma forma que la existencia del régimen Nazi en Alemania no cambiaba la naturaleza imperialista de la Segunda Guerra Mundial. En ambos casos, los marxistas británicos calificamos la guerra como imperialista. Espero que ahora esté suficientemente claro.

La cuestión es que los imperialistas británicos utilizaron cínicamente los crímenes de la Junta y la opresión de los habitantes de las islas como un pretexto para enviar la flota. Estábamos obligados a responder a estos argumentos, que tuvieron un cierto efecto en las masas británicas. La realidad es que en Gran Bretaña no había demasiado entusiasmo por la guerra. Pero el argumento de una dictadura fascista que oprimía a los habitantes de la isla tuvo un efecto y era necesario responder.

¿Cómo respondimos? Nosotros dijimos: es verdad que la Junta es un régimen monstruoso. Pero la clase dominante británica estaba a favor de este régimen. Eran los mejores amigos hasta la invasión, hasta que Thatcher y compañía de repente «descubrieron» que era una dictadura fascista que torturaba y asesinaba a la gente. No podemos tener ninguna confianza en los tories y la clase dominante. A los dirigentes laboristas les dijimos: romped el frente único con los tories. Exigimos elecciones generales y defendimos la consigna: un gobierno laborista con un programa socialista.

A los trabajadores británicos les dijimos: sí, la Junta también es nuestro enemigo. Pero los imperialistas británicos no pueden defender en ninguna parte los intereses de la clase obrera. La clase obrera debe tomar el poder en sus manos y entonces estará en posición de hacer una guerra revolucionaria contra la Junta. Haremos un llamamiento a nuestros hermanos y hermanas de Argentina para que se levanten contra la dictadura y los ayudaremos. Además, propondremos una federación socialista de Gran Bretaña y Argentina que una a los dos pueblos. Entonces, la cuestión de las Malvinas se puede resolver de forma amistosa sobre bases libres y voluntarias.

Luis Oviedo se ríe ante la idea de una guerra revolucionaria. Claramente no es consciente de que ésta fue la posición de Lenin durante la Primera Guerra Mundial. Los bolcheviques defendían para Rusia la posición del derrotismo revolucionario. Se negaron a apoyar la guerra imperialista y en su lugar defendían la revolución. Explicaron incesantemente a los trabajadores y campesinos rusos que el principal enemigo estaba en casa. Pero ya en 1915 Lenin señaló que si los trabajadores rusos llegaban al poder, entonces la naturaleza de la guerra cambiaría. Una república rusa de trabajadores tendría el derecho a llevar a cabo una guerra revolucionaria contra la Alemania del Káiser. En tal caso sería permisible que el Ejército Rojo utilizara métodos militares para ayudar a la revolución alemana. También debemos recordar que Trotsky estaba a favor de que el Ejército Rojo interviniera contra Alemania después de la victoria de Hitler.

La idea de una guerra revolucionaria ya estaba inscrita en la bandera del Partido Bolchevique antes de 1917. Por supuesto, la condición previa era que los trabajadores rusos tomaran el poder. Nosotros defendimos la perspectiva de un gobierno obrero en Gran Bretaña que llevara a cabo una guerra revolucionaria contra la Junta, mientras que hacía un llamamiento a la clase obrera argentina para que se levantara. En estas condiciones, dijimos, habríamos estado de acuerdo en luchar contra la Junta, pero nunca bajo la dirección de la burguesía. Esta era exactamente la misma idea que Lenin planteó en 1915-16.

El compañero Oviedo habla mucho del derecho de autodeterminación pero en ningún momento dice en qué consiste ese derecho. El derecho de autodeterminación es para gente, no para las rocas. No podemos apoyar cada aventura militar iniciada por la burguesía de los antiguos países coloniales destinada a conquistar la tierra y las fuentes de materias primas. Luis Oviedo se queja de que describimos como una anexión la invasión de las Malvinas. ¿Cómo se puede llamar de otra forma cuando toda la población de las islas se oponía a ello? ¿Una liberación? ¿Qué tipo de liberación es la que elimina todos los derechos democráticos de los que disfrutaba esta población, reduciéndola a la misma servidumbre que «disfrutaba» el resto de la nación argentina? ¡Qué burla!

¿Podemos hacer ahora una pregunta? ¿Qué sugiere Luis Oviedo que debería haberse hecho con la población de las Malvinas? A esta pregunta no responde. No es cierto que nuestra actitud hacia la guerra estuviera determinada por esta cuestión. Eso sería completamente incorrecto. ¿Pero es correcto por parte de Argentina ignorar y pisotear los derechos de estas personas? Semejante sugerencia iría en contra de la letra y el espíritu del internacionalismo proletario. La respuesta es muy simple. Sobre bases capitalistas no es posible una solución equitativa a la cuestión nacional. Eso necesariamente implica la violación de los derechos de uno u otro grupo nacional. Sólo la clase obrera tomando el poder puede conseguir una solución justa y democrática al problema nacional. Esa es la única solución.

Nosotros denunciamos la aventura militar de Thatcher en el Atlántico Sur y expusimos la hipocresía de la clase dominante británica que mantenía excelentes relaciones con la Junta, hasta que esta última invadió las islas, sólo después descubrió que la Junta era «fascista», que asesinaba y torturaba. Thatcher y sus compinches no estaban interesados en el destino de los habitantes de las islas, lo utilizaron demagógicamente para influir en la población británica y que ésta aceptara la guerra. Por lo tanto, estábamos obligados a tener en cuenta esta cuestión en nuestra propaganda pública.

¡Ah! dice Luis. ¿Y por qué Woods no exigió la retirada del ejército británico de las Malvinas para dar la independencia a los habitantes de las islas? Este es un argumento bastante peculiar. En primer lugar, nadie ha dicho jamás que los habitantes de las Malvinas constituyan una nación o defendido que puedan formar un estado independiente. En segundo lugar, debemos recordar que los marxistas no están obligados a defender la independencia, sino sólo el derecho de autodeterminación, es decir, el derecho a que un pueblo concreto decida si quiere vivir dentro de las fronteras de un estado determinado.

En cuanto a los habitantes de las islas, todo lo que podemos decir es que deberían tener el derecho a decidir libremente en que Estado desean vivir. «¡Pero decidirán seguir siendo británicos!» se quejará Luis. Quizás. Pero ante esto Luis Oviedo no puede hacer demasiado. Aunque este resultado no es en absoluto seguro. Una Argentina capitalista no tendrá ningún atractivo para la población de las islas, pero la cuestión sería diferente con una Argentina socialista.

La clase obrera, como explicaba Lenin, defiende una democracia que excluye la retención forzosa de cualquier grupo de gente dentro de las fronteras de un estado. Esa es precisamente la base del principio leninista del derecho de autodeterminación. La idea de que resulta aceptable obligar a anexionarse a un grupo de la población contra su voluntad es una abominación y no tiene nada en común con el marxismo leninismo. Eso se aplica a los habitantes de habla inglesa de las Malvinas y para todos los demás.

El compañero Oviedo se cree muy listo cuando en realidad a cada paso sólo tropieza en nuevos errores y contradicciones. La reivindicación de retirada de las tropas surgiría en una situación colonial normal, donde la población se sintiera oprimida por un ejército extranjero de ocupación. Pero esta no es una situación colonial normal. La población de las islas, enfrentada a la realidad de una brutal ocupación militar por parte de un régimen dictatorial, como era de esperar, reaccionó contra el gobierno argentino. Ante esa perspectiva prefería la presencia de los soldados británicos. ¿Resulta esto sorprendente? Con 30.000 víctimas de la Junta hay que admitir que no.

La oposición al dominio colonial es la oposición a la opresión nacional. Pero en el momento de la invasión, la población de las islas era enteramente británica. Si hubiera existido una minoría argentina en las islas que hubiera estado oprimida, entonces habríamos tenido que tener eso en cuenta. Pero en el momento de la invasión no había un solo argentino viviendo en las islas. Hacer una analogía con los colonos franceses en Argelia es falso, porque los colonos eran una minoría de la población, la mayoría estaba formada por árabes oprimidos. Era una situación completamente diferente a la que existía en las Malvinas en vísperas de la invasión.

Los habitantes de las islas no era una población colonialmente oprimida. Todo lo contrario, lo que temían era ser oprimidos por la Junta y esos temores eran fundados, porque la Junta estaba oprimiendo a su propio pueblo. ¿En nombre de qué intereses se los iba a privar a esta gente de sus derechos más elementales? ¿Qué había de progresista en esclavizar a la población que vivía en estas islas? ¿A quien habría beneficiado si la Junta hubiera triunfado en su aventura militar? Estas cuestiones concretas ni siquiera las tiene en consideración Luis Oviedo. Su sabiduría empieza y termina con la desnuda afirmación: «Las Malvinas pertenecen a Argentina».

Aceptemos en interés de la discusión que esto es así. ¿Cómo podemos conseguir que las Malvinas se unan a Argentina? ¿Por la fuerza? Aparte de que la incorporación forzosa de gente a un estado al que no desean pertenecer nunca ha sido la posición de los marxistas, la solución militar se ha intentado y ha fracasado. Veintidós años después las Malvinas siguen firmemente bajo el control británico y no hay cambio de la situación a la vista. Todas las diatribas patrióticas y ondear de banderas en el mundo no cambiarán esto. ¿Qué solución propone el PO para resolver el problema? Nada. Y esto no es en absoluto sorprendente ya que sobre bases capitalistas no hay solución posible.

La verdad es siempre concreta. Los socialistas (e incluso los demócratas consecuentes) defienden una solución de las disputas nacionales a través de la unión voluntaria de los pueblos. Pero sobre las bases actuales para la población de las islas la idea de unirse a la Argentina no tiene ningún atractivo. Políticamente, después de la experiencia de 1982, ningún gobierno en Londres podría aceptar la entrega de las islas a Argentina mientras los habitantes de las islas estén en contra. La única forma de convencer a la población de las islas que se unan a la Argentina es que los trabajadores argentinos tomen el poder en sus manos y establezcan una democracia obrera. Eso abriría el camino para una federación voluntaria. Con este acuerdo los habitantes de las islas tendrían muchas ventajas. Una vez que estuvieran convencidos de que sus derechos e idioma no estarían amenazados, aceptarían voluntariamente esa unión. Y desde un punto de vista marxista, una unión voluntaria es la única clase de unión en la que estamos interesados.

El marxismo y la autodeterminación

Los nacionalistas burgueses de los antiguos países coloniales siempre están intentando hacer sonar los tambores de la «unidad nacional». Intentan defender que la clase obrera debe dejar a un lado sus intereses y unirse a ellos en la supuesta «lucha contra el imperialismo», algo que es incapaz de realizar la burguesía nacionalista. Uno de los principales argumentos es que debemos tener una solución inmediata y «práctica», que normalmente significa la guerra. Sobre esta cuestión, Lenin escribió lo siguiente:

«La burguesía, que actúa, como es natural, en los comienzos de todo movimiento nacional como fuerza hegemónica (dirigente) del mismo, llama labor práctica al apoyo a todas las aspiraciones nacionales. Pero la política del proletariado en el problema nacional (como en los demás problemas) sólo apoya a la burguesía en una dirección determinada, pero nunca coincide con su política. La clase obrera sólo apoya a la burguesía en aras de la paz nacional (que la burguesía no puede dar plenamente y es viable sólo si hay una completa democratización), en beneficio de la igualdad de derechos, en beneficio de la situación más favorable posible para la lucha de clases. Por eso, precisamente contra el practicismo de la burguesía, los proletarios propugnan una política de principios en el problema nacional, prestando a la burguesía siempre un apoyo sólo condicional. En el problema nacional, toda burguesía desea o privilegios para su nación o ventajas exclusivas para ésta; precisamente eso es lo que se llama «práctico». El proletariado está en contra de toda clase de privilegios, en contra de toso exclusivismo. Exigirle «practicismo» significa ir a remolque de la burguesía, caer en el oportunismo». (Lenin. El derecho de las naciones a la autodeterminación. Moscú. Editorial Progreso. 1981)

Hay que observar que Lenin dice que existen condiciones determinadas en las que es permisible que la clase obrera de los países coloniales o semi-coloniales den un apoyo condicional a la burguesía. ¿De qué condiciones hablaba Lenin? Está claro que hablaba de la lucha de liberación nacional contra el imperialismo, la lucha de los pueblos oprimidos por la autodeterminación y la independencia nacional.

Los marxistas británicos siempre han defendido firmemente la libertad de las colonias que tenía el imperialismo británico en África, Asia y Oriente Medio. Era nuestro deber internacionalista y en cada caso lo cumplimos rigurosamente. La acusación de que éramos de alguna forma «socialistas coloniales» es simplemente ridícula.

La defensa del derecho de autodeterminación era, y sigue siendo, nuestra posición. La defensa del derecho de autodeterminación no está condicionada por la naturaleza del régimen. Defendimos a Abisinia contra la Italia de Mussolini, a pesar del régimen feudal reaccionario de Haili Selassi. El pueblo abisinio estaba llevando a cabo una guerra de liberación nacional contra la esclavización extranjera. Incluso si la potencia ocupante fuera democrática en lugar de fascista, los marxistas habrían tenido que apoyar a Abisinia.

El caso era similar en Brasil durante los años treinta, que algunas personas erróneamente han citado para trazar un paralelismo con la guerra de las Malvinas. Trotsky explicó que los marxistas tendrían que apoyar a Brasil frente al imperialismo británico, aunque el país estuviera gobernado por el régimen fascista de Vargas.

¿Es correcto hacer una analogía de lo que escribió Trotsky en los años treinta con relación a Brasil y la guerra de las Malvinas? En aquella época, Trotsky estaba considerando la posibilidad de un acto de agresión del imperialismo británico contra Brasil, que implicaba la invasión y la esclavización colonial de Brasil por parte de Gran Bretaña. En tales circunstancias, explicaba Trotsky, los marxistas tendrían que defender a Brasil, incluso aunque estuviera bajo una dictadura fascista. Todo esto es correcto y es ABC para los marxistas.

¿Pero era este el caso en la guerra de 1982 entre Gran Bretaña y Argentina? ¿Era esta realmente una guerra de conquista, ocupación y esclavización colonial de Argentina? No lo era. La naturaleza de la ocupación de las Malvinas por parte de la Junta fue muy bien explicada por Jorge Altamira y hay poco que añadir a lo que él dijo. Era una guerra reaccionaria por ambas partes. No beneficiaba a los trabajadores ni de Gran Bretaña ni de Argentina. Por lo tanto, exigir que deberíamos haber apoyado a uno de los grupos de bandidos frente al otro es algo totalmente incorrecto.

La guerra era reaccionaria, una guerra imperialista por parte de Gran Bretaña y el deber de los marxistas británicos era el de oponerse a su propia burguesía. Por su parte, los marxistas argentinos tenían el deber de oponerse a la burguesía argentina y a sus agentes en la Junta. Exigir, en este caso concreto, que los marxistas británicos fueran más allá y apoyaran a Argentina, es incorrecto y una concesión imperdonable al socialchauvinismo. En este caso particular, no se podía elegir entre los dos bandos.

El caso de la invasión de Iraq era completamente diferente. Iraq ha sido invadido y ocupado por el imperialismo estadounidense y británico en nombre de las gigantescas corporaciones estadounidenses que quieren saquear su riqueza petrolera. Por lo tanto, inmediatamente adoptamos la postura de oponernos a la guerra imperialista, defendemos la retirada incondicional de todas las tropas extranjeras: ¡el pueblo iraquí debe decidir su propio futuro! Esa es la única política posible. ¿Pero había que hacer lo mismo con la guerra de 1982?

Mientras insistían en el derecho de las naciones a la autodeterminación, Lenin y Trotsky también luchaban contra el filisteísmo nacionalista, especialmente entre los trabajadores de las naciones oprimidas. Pero también a menudo el filisteísmo nacional es lo que encontramos entre algunos llamados trotskistas que nunca han asimilado la esencia de las enseñanzas de Lenin y Trotsky. Lenin explicaba que en todas las cuestiones serias, es la afiliación de clase, y no la afiliación nacional la que decide.

De la misma forma que la burguesía siempre subordina el «interés nacional» a sus propios intereses de clase, el proletariado también pone la lucha de clases por encima de la cuestión nacional. Esta idea ya la expresó Marx cuando escribió que la cuestión nacional siempre está subordinada a la cuestión obrera. La burguesía argentina está mucho más próxima a los imperialistas británicos que a su propia clase obrera. El «anti-imperialismo» de la burguesía es una mentira y un engaño. Y esto hay que explicarlo. ¿Pero cómo se puede explicar si siempre se plantea la cuestión en términos simplistas de «Argentina contra Gran Bretaña»? 

¿Qué actitud tomaron los marxistas británicos hacia esta guerra? En primer lugar, una oposición implacable a la guerra, en segundo lugar, desenmascarar la hipocresía del imperialismo británico. Alejados de la caricatura presentada por Luis Oviedo, nosotros combatimos consistentemente toda la asquerosa propaganda anti-argentina de los medios de comunicación («¡Argentinos fuera!» y otras cosas por el estilo) y señalamos que los intereses de los trabajadores británicos y argentinos eran los mismos. Luis Oviedo y otros en Argentina intentan decir que éramos algo así como «neutrales». Eso es una tontería supina. Los marxistas británicos cumplieron con su deber. Denunciamos la guerra como una guerra imperialista desde el principio hasta el final. Nos opusimos a nuestra propia burguesía. Denunciamos consistentemente las acciones reaccionarias de Thatcher y los imperialistas británicos. También denunciamos a los dirigentes laboristas por su colaboración con los tories. Esto es todo lo que se nos podía exigir en semejantes circunstancias.

El compañero Altamira al principio adoptó la misma posición que nosotros ¿Pero se puede decir que los trotskistas argentinos han mantenido firmemente una posición internacionalista? Los argumentos de Luis Oviedo nos producen serias dudas sobre esta cuestión. En ellos hay un elemento muy claro que no corresponde en absoluto al espíritu del marxismo y que tiene mucho más que ver con el nacionalismo argentino.  Desgraciadamente, en el momento de la guerra de las Malvinas, muchos marxistas argentinos se dejaron llevar por el ambiente dominante en la sociedad, un ambiente de intoxicación patriótica que fue azuzado deliberadamente por la Junta para sus propios intereses. La intoxicación de las masas se puede entender y en cualquier caso era sólo una condición temporal. Pero es malo cuando los marxistas también se dejan influenciar por este ambiente y permiten que este ambiente pasajero de las masas sea el que dicte su política. Precisamente en tiempos de guerra es necesario luchar contra la marea dominante de chauvinismo y demagogia «patriótica».

Segunda parte. La guerra y la cuestión nacional

Lenin y la defensa de la Patria
    

El marxismo (y especialmente el leninismo) nos enseña que el enemigo principal está en casa. En ninguna circunstancia es permisible que los marxistas subordinen la lucha de clases a la dirección de «nuestra» burguesía. Esto lo explicó Lenin en cientos de ocasiones:

«¡Ah!» objetará Luis Oviedo. «¡Pero ustedes han olvidado la cuestión nacional! Han olvidado que Argentina es un país pobre y semicolonial que está oprimido y explotado por el imperialismo».

Incluso si esta caracterización de Argentina fuera correcta, todavía no estaría justificado adoptar una posición patriótica y estar de acuerdo (entusiastamente) con la patriotería y las aventuras exteriores de la burguesía argentina. Lenin explicó muchas veces que el proletariado siempre debe mantener su total independencia de la burguesía y eso también se aplica a la burguesía de los pequeños países colonialmente oprimidos.  

Argentina en el pasado era un país colonial, pero eso fue hace mucho tiempo. Doscientos años son suficientes para que la burguesía desarrolle un estado a la imagen y semejanza de las naciones imperialistas desarrollas, a enriquecerse, a desarrollar una política exterior agresiva y sí, una psicología y agenda imperialistas. El período de la revolución democrático burguesa quedó atrás. La oligarquía tiene todas las características del capitalismo monopolista. Es verdad que sigue dependiendo del imperialismo y el capital extranjero, como ocurría con el zarismo ruso, pero su verdadero papel es el de socio de los imperialistas, un asociado subalterno, es verdad, pero aún así un socio.  

No hay duda de que las masas argentinas sienten profundamente que las Malvinas pertenecen a Argentina. Esta es una expresión de su odio al imperialismo, algo que es progresista. Los marxistas de Argentina obviamente tienen que tener en consideración este ambiente. Pero una cosa son los sentimientos anti-imperialistas sanos de las masas y otra bastante diferente es la utilización cínica de este sentimiento por parte de la burguesía reaccionaria.  

En realidad, la burguesía argentina es sólo la agencia local del imperialismo. Intenta engañar a las masas con retórica patriótica como una forma de mantener su dominación de clase. La tarea de los marxistas argentinos es desenmascarar a la burguesía y poner al descubierto que detrás de su demagogia «patriótica» sólo hay palabras vacías ¿Por la nación? Sí, pero durante doscientos años la burguesía estuvo saqueando a la nación, vendiéndola al mejor postor y llevándola a la ruina. La única forma de defender la nación es expropiando a la oligarquía, es necesario tener esto firmemente en la mente.  

Veamos cómo Lenin planteó la cuestión. Vamos a dar una cita larga para que así no haya peligro de malos entendidos y para poder ver la posición de Lenin en conjunto, y no este o aquel extracto fuera de contexto: 

«El imperialismo significa una opresión creciente de las naciones del mundo por parte de un puñado de Grandes Potencias; significa un período de guerras entre estas últimas para extender y consolidar la opresión de las naciones; significa un período en el que las masas son engañadas por social-patriotas hipócritas, es decir, individuos que, con el pretexto de la ‘libertad de las naciones’, ‘el derecho de las naciones a la autodeterminación’ y ‘la defensa de la patria’, justifican y defienden la opresión de la mayoría de las naciones del mundo por parte de las Grandes Potencias.  

«Por eso, el punto central del programa socialdemócrata debe ser la división de las naciones en opresoras y oprimidas, que forma la esencia del imperialismo, y que es engañosamente eludida por los socialchovinistas y Kautsky. Esta división no es significativa desde el ángulo del pacifismo burgués o la utopía filistea de la competencia pacífica entre naciones independientes bajo el capitalismo, pero sí es más significativa desde el ángulo de la lucha revolucionaria contra el imperialismo. A partir de esta división debe surgir nuestra definición del ‘derecho de las naciones a la autodeterminación’, una definición que es consistentemente democrática y revolucionaria y se corresponde con la tarea general de la lucha inmediata por el socialismo. Es por ese derecho, y en una lucha para conseguir el sincero reconocimiento de él, que los socialdemócratas de las naciones opresoras deben exigir que las naciones oprimidas tengan el derecho de secesión, porque de otra forma el reconocimiento de la igualdad de derechos para las naciones y la solidaridad internacional de la clase obrera sería de hecho simple demagogia vacía llena de hipocresía. Por otro lado, los socialdemócratas de las naciones oprimidas deben insistir antes que nada en la unidad y la unión de los trabajadores de las naciones oprimidas con los de las naciones opresoras; si no, estos socialdemócratas involuntariamente se convertirán en aliados de su propia burguesía nacional, que siempre traiciona los intereses del pueblo y de la democracia, y está siempre dispuesta, a su vez, a anexionarse territorio y oprimir a otras naciones». (Lenin. Collected Works, vol. 21, p. 409)

¡Con qué claridad explica Lenin los fenómenos más complicados! Aquí la cuestión del imperialismo y la opresión de los pequeños estados queda expresada perfectamente. En la fase imperialista, el mundo entero está dominado por los grandes monopolios y por un puñado de grandes potencias imperialistas. Esos son los principales enemigos de la clase obrera y el derrocamiento del imperialismo es la tarea central de la revolución mundial.  

La revolución mundial es una guerra que está dividida en toda una serie de batallas parciales, entre las que está la batalla por las reivindicaciones democráticas, incluida la reivindicación de la autodeterminación y otras reivindicaciones democrático-revolucionarias. Una política anti-imperialista firme es una condición necesaria para el éxito de un trabajo revolucionario.  

Sin embargo, esto es sólo la mitad del programa de Lenin. La otra mitad, igualmente importante, era le necesidad de mantener la absoluta independencia del proletariado y de sus organizaciones. Lenin siempre fue consciente de que la burguesía en los países coloniales oprimidos era incapaz de luchar contra el imperialismo. Sólo la clase obrera, aliada con los campesinos pobres, podría llevar a cabo una lucha seria contra el imperialismo. Por eso él advertía de lo siguiente:  

«Por otro lado, los socialdemócratas de las naciones oprimidas deben insistir antes que nada en la unidad y la unión de los trabajadores de las naciones oprimidas con los de las naciones opresoras«. ¿Qué significaba esto? Sólo esto: que mientras la vanguardia proletaria de las grandes potencias imperialistas deben luchar contra su propia burguesía imperialista y defender los derechos de las pequeñas naciones, la vanguardia proletaria de los países coloniales y semicoloniales oprimidos también deben luchar contra los chauvinistas y la burguesía nacional, además de insistir en la unidad con los trabajadores de los países imperialistas. Si no es así, advierte Lenin: «se convertirán involuntariamente en aliados de su propia burguesía nacional, que siempre traiciona los intereses del pueblo y de la democracia, y está siempre dispuesta, a su vez, a anexionarse territorio y oprimir a otras naciones».

¿No está perfectamente claro? Lenin explica que los trabajadores de los países coloniales oprimidos nunca deben convertirse en aliados de «su propia» burguesía nacional, que inevitablemente (la frase de Lenin) se convertirá en una clase ladrona (un imperialista débil) agresiva, con ganas de «anexionarse territorio y oprimir a otras naciones».  

Cómo planteó Trotsky el problema

Incluso después de leer estas líneas, todavía puede haber alguien que se resista a la idea de que es posible que un país sea una nación colonial (o semicolonial) e imperialista al mismo tiempo. Escuchemos lo que dice Trotsky a este respecto:

«En un sentido la Rusia zarista también era un país colonial y esto encontró su expresión en el papel predominante del capital extranjero. Pero la burguesía rusa disfrutaba de los beneficios de una independencia inmensamente mayor del imperialismo extranjero que la burguesía china. La propia Rusia era un país imperialista«. (León Trotsky. Revolution and war in China, 1938. p. 558. El subrayado es mío).  

¿En qué sentido era la Rusia zarista un país colonial (o más bien semicolonial)? En el hecho de que el desarrollo tardío de Rusia la hizo económicamente dependiente del imperialismo mundial. Era profundamente dependiente de los préstamos procedentes de Francia y otros países, de la inversión de los bancos extranjeros y los grandes monopolios que poseían y controlaban la mayoría de la industria rusa.  En La historia de la Revolución Rusa Trotsky señala esta dependencia de la industria rusa del capital extranjero, una característica típica de un país colonial o semicolonial.  

«También la fusión del capital industrial con el bancario se efectuó en Rusia en proporciones que tal vez no haya conocido ningún otro país. Pero la subyugación de la industria por los Bancos equivalía asimismo a su subyugación por el mercado financiero de la Europa occidental. La industria pesada (metal, carbón, petróleo) se hallaba sometida casi por entero al control del capital financiero internacional, que había creado una red auxiliar y mediadora de Bancos en Rusia. La industria ligera siguió las mismas huellas. En términos generales, cerca del 40 por ciento de todas las acciones invertidas en Rusia pertenecía a extranjeros, y la proporción era considerablemente mayor en las ramas principales de la industria. Sin exageración, puede decirse que los paquetes accionarios que controlaban los principales bancos, empresas y fábricas de Rusia estaban en manos de extranjeros, debiendo advertirse que la participación de los capitales de Inglaterra, Francia y Bélgica representaba casi el doble de la de Alemania». (León Trotsky. Historia de la Revolución Rusa, p. 32).

Lo mismo se podría decir de Argentina que, sin embargo, estaba y aún lo está, más desarrollada que la Rusia zarista en su momento. ¿Pero esta debilidad y dependencia semicolonial impidió que la Rusia zarista jugara un papel imperialista importante, invadiendo el territorio de sus vecinos, robando y saqueando? En absoluto, estas eran las características esenciales del estado zarista, que tenía un carácter muy depredador e imperialista, aunque su imperialismo era de una clase muy primitiva, basada en la anexión del territorio y la opresión de las pequeñas naciones y no la exportación de capital.  

No puede haber mayor error por parte de los marxistas de las naciones coloniales y semicoloniales que aceptar como buena moneda las quejas lastimeras de su propia burguesía de que ellos son «pobres» y «oprimidos». Debajo de esta capa demagógica, los terratenientes y los capitalistas continúan oprimiendo, esclavizando y robando a sus propios trabajadores y campesinos, mientras colaboran con los imperialistas extranjeros y actúan como sus sirvientes y agentes locales.  Sin duda China era un país colonial, que sufría una terrible opresión a manos del imperialismo extranjero. Pero Trotsky ridiculizó la idea de que la burguesía nacional china pudiera jugar un papel progresista:

«Lenin insistió en la distinción entre una nación burguesa oprimida y una nación burguesa opresora. Pero Lenin en ninguna parte nunca planteó la cuestión de si la burguesía de un país colonial o semicolonial, en la época de lucha por la liberación nacional, podría ser más progresista y más revolucionaria que la burguesía de un país no colonial en la época de la revolución democrática. Esto no tiene nada que ver con la teoría ni hay confirmación de ello en la historia. Por ejemplo, tan lamentable como el liberalismo ruso eran -y tan híbrido como era su otra mitad izquierda: los demócratas pequeño burgueses- los social revolucionarios y los mencheviques, y difícilmente sería posible decir que el liberalismo chino y la democracia burguesa china alcanzasen un nivel superior o que fuesen más revolucionarios que sus prototipos rusos.  

«Presentar las cosas como si la opresión colonial dotara inevitablemente de carácter revolucionario a la burguesía nacional, es reproducir, dado de vuelta, el error básico del menchevismo cuando éste defendía que la naturaleza revolucionaria de la burguesía rusa debía surgir de la opresión del feudalismo y la autocracia«. (León Trotsky. Summary and Perspectives of the Chinese Revolution, 1928. pp. 294-95).

Eso es lo que Trotsky dice. El argumento, que frecuentemente han defendido los ultraizquierdistas que repiten a Lenin en la cuestión nacional sin haber comprendido su método, es sólo menchevismo dado de vuelta. Eso implica que la clase obrera debe ponerse a la cola de la burguesía de las naciones oprimidas y subordinar sus intereses de clase a los de «la nación» (oprimida), es decir, a la burguesía. En ninguna parte Lenin dice tal cosa: dice precisamente lo contrario. La naturaleza reaccionaria de la burguesía de las naciones oprimidas la comprendieron Lenin y Trotsky sobradamente. Este último escribió lo siguiente en la misma obra:  

«Lenin no sólo exigía prestar la máxima atención al problema nacional de los pueblos en la Rusia zarista, también defendía (frente a Bujárin y otros) que era el deber elemental del proletariado de la nación dominante apoyar la lucha de las naciones oprimidas por la autodeterminación, incluso aunque ésta incluyera la separación. ¿Pero de esta idea el partido debe llegar a la conclusión de que la burguesía de las nacionalidades oprimidas por el zarismo (polacos, ucranianos, tártaros, judíos, armenios…) era más progresista, más radical y más revolucionaria que la burguesía rusa?  

La experiencia histórica confirma que la burguesía polaca -a pesar del hecho de que sufrió el yugo de la autocracia y de la opresión nacional- era más reaccionaria que la burguesía rusa y, en las dumas nacionales, siempre gravitó hacia los octubristas no hacia los cadetes. Lo mismo se puede decir de la burguesía tártara. El hecho de que los judíos carezcan absolutamente de derechos no impidió que la burguesía judía fuera aún más cobarde, reaccionaria y vil que la burguesía rusa. ¿O quizá las burguesías estonia, letona, georgiana o armenia eran más revolucionarias que la gran burguesía rusa? ¡Cómo puede alguien olvidar estas lecciones históricas!» (Ibíd., pp. 299-300).

Lenin y Trotsky sobre la cuestión nacional

Lenin y Trotsky siempre defendieron los derechos de las pequeñas naciones oprimidas frente al imperialismo, pero nunca propusieron un bloque entre la clase obrera, la burguesía y la pequeña burguesía nacionalista. Defendían que el proletariado y sus organizaciones en todo momento debían permanecer absolutamente independientes de la burguesía nacional. La razón es evidente: la burguesía nacional es incapaz de luchar contra el imperialismo o de realizar ni una sola de las tareas de la revolución democrático burguesa, o como Lenin prefería llamarla, la revolución democrático nacional. Sólo la clase obrera puede resolver estos problemas con la toma del poder en sus propias manos. Esa es la tarea central en la que se debe insistir siempre.  

Lenin insistió en que el proletariado de las naciones oprimidas debe luchar contra la burguesía y la pequeña burguesía nacionalista para ganar a las masas de trabajadores y campesinos pobres. También insistía en que, mientras que el deber de los trabajadores de las naciones imperialistas desarrolladas era luchar contra el imperialismo y defender la libertad de las colonias, el deber de la clase obrera de las naciones oprimidas y coloniales debe ser defender el internacionalismo y la unidad con los trabajadores de los estados opresores contra el enemigo común. La memoria de Luis Oviedo es muy selectiva en esta cuestión, como en otras. Recuerda muy bien la primera parte de la posición de Lenin, pero olvida completamente la segunda. Desgraciadamente, precisamente la segunda parte es la que más relevancia tiene para él y para el partido al que pertenece.  

Lenin insistió en que los trabajadores rusos (los trabajadores de la nación opresora) defendieran el derecho de autodeterminación, incluso si era necesario el derecho de secesión. También insistió en que los trabajadores de las naciones oprimidas bajo el dominio zarista luchasen contra su propia burguesía, incluidos los liberales ¿Qué hubiera dicho acerca de aquellos marxistas argentinos que en 1982 estaban dispuestos a unirse, no ya con la burguesía liberal, sino con una dictadura brutal y sanguinaria, supuestamente para «luchar contra el imperialismo»?  

Daremos un ejemplo interesante de la historia rusa. Como hemos visto, la Rusia zarista era al mismo tiempo un país atrasado, semifeudal y semicolonial, y un estado imperialista. Económicamente estaba subordinado al imperialismo más rico de Gran Bretaña, EEUU, Francia, Alemania y Bélgica. En 1904 la Rusia zarista estaba en guerra con Japón, una potencia imperialista joven y agresiva. La causa inmediata del enfrentamiento fue el conflicto entre Rusia y Japón por China (Manchuria), pero en realidad, Japón tenía el objetivo de invadir y conquistar Siberia.  

¿Cuál fue la posición de los marxistas rusos en la guerra de 1904? Todas las tendencias, desde los bolcheviques a los mencheviques, adoptaron una posición derrotista, es decir, defendían la derrota de Rusia. Era la postura incluso de los liberales rusos (los «cadetes») y todas las otras tendencias democráticas. La derrota de Rusia habría conducido al derrocamiento del zar, esa fue la razón por la cual todos los revolucionarios y los demócratas consecuentes defendían una política derrotista. Su posición demostró ser correcta en la primera revolución rusa de 1905, que fue la consecuencia directa de la derrota de Rusia en la guerra.  

Es verdad que la guerra de 1904 entre Rusia y Japón era una guerra entre dos gángsteres rivales. El zarismo ruso oprimía a los trabajadores y campesinos, pero ¿iba a ser su situación mejor bajo el dominio japonés? Para responder a esta pregunta es suficiente recordar los horrores del dominio colonial japonés en China. No obstante, los marxistas rusos se mantuvieron implacablemente hostiles hacia los llamamientos patrióticos. Defendían el derrotismo revolucionario e insistían en que el principal enemigo estaba en casa. A propósito, aunque hubiera adoptado la posición de defender a Rusia frente al imperialismo japonés, ¿alguien se imagina a Lenin dirigiéndose al zar prometiendo su apoyo para la «causa nacional»? La idea en sí misma es una aberración y un escándalo.  

Lenin ridiculizó a los mencheviques por no apoyar el derrotismo revolucionario con suficiente energía. Era algo típico de Lenin. Toda su vida luchó contra las desviaciones patrióticas en el movimiento obrero. Defendía la unidad revolucionaria de los trabajadores de los estados en guerra y también entre los trabajadores de los estados imperialistas y coloniales. Por supuesto, los trabajadores de los países imperialistas deben luchar contra su burguesía imperialista, pero los trabajadores de la nación o nacionalidad oprimida también deben luchar contra su propia burguesía y oponerse a los intentos de esta última de ganarlos para su demagogia nacionalista.  

En esta cuestión, Lenin siempre fue implacable. Desdibujar la línea divisoria entre marxismo y nacionalismo es una violación de todo lo que defendió Lenin. Dejemos que hable el propio Lenin. Al combatir las ilusiones perniciosas divulgadas por los nacionalistas, Lenin advirtió que:

«El proletariado no puede apoyar ningún afianzamiento del nacionalismo; por el contrario, apoya todo lo que contribuye a borrar las diferencias nacionales y a derribar las barreras nacionales, todo lo que sirve para unir más y más los vínculos entre las nacionalidades, todo lo que conduce a la fusión de las naciones. Obrar de otro modo equivaldría a pasarse al lado del reaccionario filisteísmo nacionalista». (Lenin. Notas críticas sobre la cuestión nacional. Octubre-diciembre 1913).  

Y continúa: «Quien quiera servir al proletariado debe unir a los trabajadores de todas las naciones y luchar, inquebrantablemente, contra el nacionalismo burgués, en ‘casa’ y en el extranjero». (Ibíd.,) Se pueden encontrar citas similares en docenas de artículos y discursos.

¿Cuál debería haber sido la conducta de los marxistas argentinos en la guerra? Ciertamente no la de apoyar a la Junta en su aventura militar. Era necesario mantener una posición de independencia de clase, mientras se tenía en consideración las aspiraciones naturales y profundamente anti-imperialistas de las masas. Habría que haber dicho lo siguiente a los jóvenes y trabajadores:  

«Ustedes creen que la Junta luchará contra el imperialismo británico. Nosotros no aceptamos esto. Si ella luchara seriamente contra el imperialismo británico, el primer paso habría tenido que ser la expropiación de la propiedad de los imperialistas británicos, seguida de la propiedad de los imperialistas estadounidenses, seguida de la propiedad de la oligarquía argentina que es el chico de los recados del imperialismo. Pero no ha hecho esto porque está atada al imperialismo. No podemos ganar una guerra con una mano atada a la espalda. La única forma de derrotar al imperialismo es derrocando a la propia Junta».  

Por supuesto, los marxistas argentinos habrían tenido que unirse al ejército y luchar junto al resto de su clase. No somos pacifistas y debemos estar con las masas. Probablemente nuestra propaganda al principio no habría encontrado mucho eco. Los humos del patriotismo eran demasiado fuertes. Pero sólo era una intoxicación pasajera. Más tarde, cuando la dura realidad hubiese sido evidente para el pueblo, la autoridad de los revolucionarios habría aumentado a pasos agigantados.

¿Es Argentina un país colonial?

El error fundamental es describir a Argentina como si fuera un país semicolonial oprimido. Esta definición contiene un peligro muy grave. Si se acepta la definición de que Argentina es una nación semicolonial oprimida, entonces siempre está presente la tentación de aceptar la idea de que Argentina «no está preparada» para el socialismo, que la democracia burguesa todavía no está lo suficientemente desarrollada, que todavía no se han completado las tareas democrático burguesas y otras cosas por el estilo. El PO, en lugar de poner en el centro la perspectiva del poder obrero, defiende la asamblea constituyente como la reivindicación central de la revolución argentina. Aunque niegan que esa sea la teoría de las «dos etapas», en la práctica significa eso.  

Argentina es formalmente independiente desde hace aproximadamente doscientos años. Ha desarrollado una economía y una población principalmente urbana. Argentina tiene todas las condiciones para convertirse en un país rico: petróleo, gas, una agricultura rica y una población alfabetizada. Por lo tanto, la mayoría de los argentinos no se ven como habitantes de un país del «Tercer Mundo» sino que siempre compararon sus condiciones de vida con las de cualquier país europeo. Existe una industria desarrollada y no existe campesinado. La agricultura funciona en líneas capitalistas. Estas no son las características típicas de una nación semicolonial. En realidad, no hace mucho Argentina era la décima nación industrial del planeta. Otra cuestión distinta es que la monstruosa oligarquía haya arruinado el país y empujado a sectores importantes de la población a la pobreza y el hambre. Eso simplemente es una expresión del carácter totalmente reaccionario de la burguesía argentina.  

La burguesía argentina en realidad era tradicionalmente pro-británica. Algo común en la burguesía argentina era lamentar el hecho de haber sido una colonia española, en lugar de haber formado parte del Imperio Británico, como ocurrió con Australia. Este es el tipo de mentalidad servil y cobarde que tenía la burguesía argentina, y todavía tiene, hacia el imperialismo. Pedirle que lleve adelante una lucha genuina contra el imperialismo es como pedir peras al olmo.  

Antes de la Segunda Guerra Mundial, al menos algunos trotskistas argentinos sabían perfectamente bien que Argentina no era una semicolonia atrasada, sino un país capitalista de tamaño medio relativamente desarrollado. Desde entonces, la tendencia «Tercer Mundista» ha ido ganando terreno. Los primeros análisis (correctos) se han olvidado y la mayoría de los trotskistas argentinos han aceptado un análisis equivocado que tiene implicaciones muy negativas y peligrosas.  

Su análisis equivocado sobre la naturaleza de Argentina fue la principal razón por la cual muchos en la izquierda argentina terminaron desorientados y abandonaron una posición de clase durante la guerra de las Malvinas. Partiendo del análisis incorrecto de considerar Argentina como una nación semicolonial, se dejaron llevar por la oleada de patriotismo que la Junta desató para desorientar a las masas y desviar la revolución. De este modo vemos cómo una teoría incorrecta provoca en la práctica un desastre.  

En realidad, incluso si aceptamos el argumento de que Argentina es una nación semicolonial, el comportamiento de la mayoría de los trotskistas argentinos también habría supuesto un abandono de sus deberes. Incluso en la lucha de liberación nacional Lenin y Trotsky siempre insistieron en que la vanguardia proletaria debe mantener en todo momento una absoluta independencia de la burguesía nacionalista. El proletariado debe luchar contra el imperialismo, pero debe hacerlo con sus propios métodos, bajo su propia bandera y para fortalecer su propia posición.  

La primera condición es: no a la mezcla de banderas, marchar separados y golpear juntos. Pero aquí no ocurrió eso. La mayoría de la izquierda argentina se posicionó al lado de la aventura militar que había preparado la Junta con propósitos contrarrevolucionarios, y lo hicieron entusiastamente. Un caso extremo fue el comportamiento del PST, que incluso envió una delegación para discutir con Galtieri los términos de su colaboración en la guerra. Uno podría pensar que veintidós años después aquellos que pretenden defender la herencia de Moreno bajarían avergonzados la cabeza, pero no ha sido ese el caso. Todavía defienden esta aberración. Incluso lo alaban como un ejemplo de «Realpolitik» proletaria. Ellos dicen: Galtieri torturó y asesinó a 30.000 personas, incluidos nuestros propios compañeros. Aún así fuimos a verlo para discutir la reconquista de nuestras Malvinas.  

Esto es realmente increíble. Incluso si alguien aceptara que se trataba de un país colonial oprimido por el imperialismo y de una verdadera guerra de liberación nacional (que no lo era), este comportamiento sería completamente intolerable. Lenin y Trotsky lucharon contra la colaboración de clase durante toda su vida. Es impensable que cualquiera de sus seguidores actúe de tal forma. El argumento de un «país semicolonial oprimido» no justifica esto en lo más mínimo.  

Los revolucionarios en los países atrasados deben mantener en todo momento su independencia de clase de la burguesía. Sólo basta con pensar en las críticas mordaces que hizo Trotsky de Ghandi y otros dirigentes nacionalistas burgueses del Congreso Nacional Indio, cuando se suponía que estaban luchando contra el imperialismo británico. Insistió en que la clase obrera debía mantenerse alejada de los nacionalistas burgueses que eran incapaces de llevar una verdadera lucha contra el imperialismo británico. No fueron los trotskistas sino los estalinistas los que se subordinaron a la burguesía nacional india, con la excusa de que la India era una colonia del imperialismo británico.  

La historia de los últimos cien años demuestra que la burguesía nacional de los países capitalistas subdesarrollados no es capaz de jugar un papel progresista en ninguna parte. La teoría de la revolución permanente explica que en la época moderna las tareas de la revolución democrático burguesa sólo pueden ser realizadas por el proletariado. Esto es mil veces más cierto en Argentina, donde la burguesía ha tenido doscientos años para demostrar lo que puede hacer, y ha reducido a una nación potencialmente rica y próspera a una situación sin paralelos de miseria y postración. La burguesía argentina contrarrevolucionaria y podrida no es capaz de hacer avanzar la nación. Por eso la clase obrera debe tomar el poder y comenzar la tarea de transformar completamente Argentina.  

No hay una política para la paz y otra completamente diferente para la guerra. La política de los trotskistas argentinos durante el conflicto de las Malvinas debería haber sido la continuación de la política anterior a la guerra: una política intransigente de independencia de clase y de oposición total a la oligarquía y la Junta.

Dialéctica y formalismo

¿Cuál es la naturaleza de Argentina? Algunos individuos «listos» dirán lo siguiente: «Socialist Appeal dice que Argentina no es un país semicolonial, entonces ¿qué es? ¿un estado imperialista? ¡Eso es absurdo!» Este método de razonamiento es completamente antidialéctico. Supone que un estado no puede ser semicolonial e imperialista al mismo tiempo. En realidad, esto es plenamente factible y tenemos muchos ejemplos en la historia, empezando por el zarismo ruso.  

Los formalistas que carecen de un conocimiento elemental de la dialéctica no comprenden que es posible que un estado tenga al mismo tiempo un carácter semicolonial e imperialista. Piensan en abstracciones formales, fijas e inmutables, como son «imperialismo» y «colonia». No ven que pueden existir formas transicionales que combinan características de los dos, o que las cosas pueden convertirse en su contrario. No ven las cosas de forma concreta y que existen todo tipo de formas y etapas intermedias. Gente de este tipo es orgánicamente incapaz de pensar de forma dialéctica. Como dijo Engels de los metafísicos: «Que todo tu entendimiento sea: Sí, sí;o no, no, porque cualquier cosa que sea más que esto viene del diablo».  

En realidad, la naturaleza conoce muchas formas transicionales, que combinan características contradictorias. El propio Engels no se creía los informes de la existencia de un mamífero que ponía huevos, hasta que vio un ornitorrinco con sus propios ojos. Engels era honesto y admitió que estaba equivocado ¿Acaso esos marxistas «listos» que no comprenden cómo un país puede combinar las características de un estado imperialista y colonial serán tan modestos y admitirán su error?  

En la jungla capitalista hay animales depredadores de todo tipo y tamaño: leones y tigres, pero también chacales y hienas. Pero todos son animales depredadores. La única diferencia es que algunos son más fuertes que los otros y capaces de cazar presas más grandes y apetitosas, dejando a los débiles para que luchen por los huesos. Una colonia que ayer era un estado oprimido, como dijo Lenin, lucha por hacerse fuerte y oprimir a otros estados. Es necesario distinguir cuidadosamente entre estos fenómenos, si no lo hacemos cometeremos serios errores.  

La Rusia zarista sin duda era un país atrasado, pobre y semifeudal, la gran mayoría de la población estaba formada por campesinos que hacía poco se habían liberado de la servidumbre. Existían muchos remanentes feudales en la agricultura. Existían zonas donde había una industria avanzada debido a la ley del desarrollo desigual y combinado. Pero sobre todo, el país era una imagen del atraso más espantoso. En comparación, Argentina, incluso hoy, sería una nación altamente desarrollada. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, Rusia dependía mucho de los préstamos e inversiones de los países capitalistas más desarrollados como Alemania, Gran Bretaña, Francia, Bélgica y EEUU. Por lo tanto, tenía el carácter de una semicolonia atrasada. Al mismo tiempo, Lenin consideraba que la Rusia zarista era una de las principales potencias imperialistas. Esto es una contradicción, pero no es el único ejemplo.  

El hecho de que un país sea económicamente atrasado y que antiguamente fuera colonia de alguna potencia imperialista, no significa que no pueda desarrollar aspiraciones imperialistas y convertirse en un estado imperialista opresor. La dialéctica explica que las cosas pueden, convertirse en su contrario, y esto ocurre a menudo. El mejor ejemplo es EEUU que comenzó como una colonia oprimida de Gran Bretaña y que se ha convertido en el estado imperialista más grande sobre el planeta. Polonia fue una colonia oprimida durante siglos, dividida entre los ladrones imperialistas rusos, prusianos y austriacos. Pero tan pronto como consiguió la independencia después de la Primera Guerra Mundial, la burguesía polaca se marcó una agenda imperialista propia, con el objetivo de arrebatar Ucrania a los rusos, y también actuando como una agencia del imperialismo francés y británico atacando al débil y joven estado soviético.  

Los pequeños estados balcánicos sufrieron durante siglos la esclavitud a manos de los turcos. Finalmente consiguieron la independencia a finales del siglo XIX y principios del XX. Tan pronto como las burguesías serbia y búlgara se convirtieron en la clase dominante, comenzaron una serie de guerras sangrientas de rapiña, donde participaron entusiastamente los gángsteres burgueses de Grecia y Rumania. Al final, los ladrones griegos, rumanos y serbios se apoderaron un gran trozo de territorio búlgaro, aunque Bulgaria había jugado el papel principal en la lucha contra los turcos. ¿Cuál era la naturaleza de estas guerras y qué posición adoptaron los marxistas con relación a ellas? Eran guerras reaccionarias, de rapiña, en las que luchaban las burguesías ex-coloniales para satisfacer sus ambiciones imperialistas. Lo mismo ocurre con Turquía que tiene su propia agenda imperialista, no sólo en el Kurdistán turco o el norte de Chipre, sino en el norte de Irak, el Cáucaso y Asia Central. Sólo un ciego no podría ver esto y sólo un tonto podría decir que Turquía no puede ser un estado imperialista (débil) porque es un país pobre y dependiente del capital, los préstamos y las inversiones de occidente. Los sectarios se burlan de la idea de que puede haber regímenes imperialistas débiles. Que pregunten a los Kurdos si piensan que Turquía es un régimen imperialista. Descubrirán rápidamente que no tiene nada de divertido.  

India y Paquistán son países atrasados ex-coloniales. En ambos países el campesinado es la aplastante mayoría de la población. Más de medio siglo después de la «independencia formal» son más dependientes del imperialismo que cuando se liberaron de los grilletes del dominio imperialista. Por lo tanto, pueden ser descritos justamente como estados semicoloniales. No obstante, la burguesía india actúa de una forma imperialista en Cachemira, Nagaland, Nepal y Bután. Oprime a sus minorías nacionales (assameses, punjabíes, tamiles). Así vemos como la India es al mismo tiempo un estado semicolonial y una potencia imperialista débil, al menos en su región.  

Lo mismo se puede decir de Pakistán. Es incluso más atrasado que India y su dependencia del imperialismo mundial es mayor todavía. En la agricultura existen muchos remanentes feudales. Sin embargo, Paquistán oprime a nacionalidades como los sindis, baluches y pashtunes ¿Cuál es la naturaleza de las guerras entre India y Pakistán? ¿Qué actitud deben tener los marxistas ante ellas? La respuesta es clara: estas son guerras imperialistas reaccionarias, que no tienen un átomo de contenido progresista y debemos oponernos a ellas de una forma decidida.  

Un ejemplo aún más claro es Indonesia. Aunque es más atrasada que Argentina, y tan sólo ha sido formalmente independiente unos cincuenta años (frente a los casi doscientos años de Argentina), el capitalismo indonesio tiene un carácter particularmente violento y agresivo. Como la Rusia zarista, tiene colonias a las que oprime brutalmente. ¿Qué decimos de la ocupación indonesia de Timor Oriental? Era una colonia portuguesa que Indonesia reclamaba como parte de su territorio nacional, como un derecho «inalienable». Se anexionó Timor contra la voluntad de sus habitantes y durante décadas los oprimió brutalmente.

¿Cuál era la relación entre Indonesia y Timor? Era una relación imperialista. Timor era una colonia esclavizada de Indonesia. El hecho de que Indonesia fuera, y sigue siéndolo, una nación semicolonial, dependiente del imperialismo mundial, no cambia esto en lo más mínimo. ¿Qué se podría pensar si un marxista indonesio apoyara la anexión de Timor Oriental con el pretexto de que «Indonesia es una nación pobre oprimida»? La pregunta se contesta a sí misma. Cuando Indonesia era una colonia oprimida de Holanda, nuestro deber era apoyar su lucha de liberación nacional para conseguir la libertad y la autodeterminación. Ese era un verdadero movimiento de liberación nacional. Pero que Indonesia fuera una colonia en el pasado, ¿le daba el derecho a aplicar una política agresiva y expansionista contra sus vecinos, anexionándolos y esclavizándolos? No, no tiene y no puede tener semejante «derecho».  

América Latina

La historia de América Latina nos proporciona muchos ejemplos similares. La mayoría de las naciones de América Latina son formalmente independientes desde la primera mitad del siglo XIX. El sueño de Simón Bolívar era que las colonias liberadas formaran una Federación Latinoamericana, y esa era una idea correcta. Pero las débiles y corruptas burguesías de América Latina no eran capaces de cumplir con esta tarea histórica necesaria. En su lugar, se convirtieron en los chicos de los mandados del imperialismo, primero del británico y después del estadounidense. América Latina fue deliberadamente balcanizada, desangrada y empobrecida.  

¿Es verdad que América Latina está explotada por el imperialismo? Sí, cien veces sí. ¿Es necesario luchar contra el imperialismo? Por supuesto. Pero imaginar que las burguesías débiles, corruptas y reaccionarias de Argentina, Bolivia o Brasil pueden hacer esto es una estupidez. La única manera de avanzar para América Latina es por el camino de la revolución socialista. La clase obrera debe tomar el poder en sus manos. Esa es la única forma de progresar. Todo lo que ayude a los trabajadores de América Latina a comprender esto es progresista, y todo lo que reduzca la conciencia del proletariado y desvíe su atención de la tarea central de la conquista del poder es reaccionario.  

De todas las armas que dispone la burguesía la más poderosa y dañina es el nacionalismo. Esto es particularmente cierto en América Latina. Eso no tiene nada que ver con el orgullo nacional que pueden tener los trabajadores de Argentina, Chile o Bolivia. Este es un sentimiento natural y sano, una expresión de todo lo que está vivo y es progresista en un país. Pero otra cuestión distinta es el nacionalismo de la oligarquía, de los banqueros, capitalistas y militares de América Latina. Esa es la clase de nacionalismo que siempre codicia territorios y materias primas, que enseña a la población de un país a odiar y despreciar a la de otro país, eso es reaccionario.  

Desde la conquista de la independencia formal ha habido muchas guerras en América del Sur y Central. Estas fueron guerras sangrientas donde los trabajadores y campesinos de un país mataban a los de otro país en interés de sus «propios» terratenientes y capitalistas. La Guerra de la Triple Alianza (1865-70), en la que Argentina, Brasil y Uruguay lucharon contra Paraguay, fue un ejemplo típico. Esta guerra prácticamente acabó con toda la población masculina de Paraguay, el país fue dividido entre los victoriosos. De igual forma, en la Guerra del Pacífico de 1879-83 Chile privó a Bolivia del acceso al mar en un acto de pura agresión. Hay muchos otros ejemplos.  

¿Cómo caracterizamos estas guerras? Son como la segunda Guerra Balcánica, guerras violentas y de rapiña donde la burguesía de un país determinado, después de haber ganado la independencia formal, busca engrandecerse a expensas de sus vecinos, ocupando territorio y riquezas minerales. ¿Qué es esto sino imperialismo? Un imperialismo débil, un imperialismo que no puede ir más allá de ciertos límites regionales, pero al fin y al cabo imperialismo.

Llegados a este punto podemos ya oír los murmullos desde Buenos Aires. Luis Oviedo no puede esperar a defender a su país (es decir, a su burguesía) frente a la acusación de ambiciones imperialistas. «¡Qué es esto! gritará. ¡Lenin dijo que el imperialismo era la fase superior del capitalismo monopolista y eso sólo significaba describir las actividades de los países ricos y desarrollados que exportan capital!». Sí, Lenin dijo eso. Pero de ninguna forma circunscribió su definición de imperialismo a la exportación de capital. En su sentido más general el imperialismo es la conquista de mercados exteriores, territorios y materias primas. Para subrayar este punto baste con señalar que entre las cinco o seis principales potencias imperialistas descritas por Lenin se encontraba la Rusia zarista, un país pobre que no exportaba ni un sólo kópeck de capital.  

Luis Oviedo intenta poner toda la responsabilidad de la lucha contra el imperialismo sobre los hombros de los marxistas británicos. Aceptamos sin reservas nuestro deber a este respecto, y siempre hemos intentado cumplirlo ¿Pero acaso este deber SÓLO se aplica a los marxistas de los países metropolitanos? ¿Los marxistas argentinos están exentos de sus responsabilidades por el hecho de que Argentina fuera una colonia hace doscientos años? Lenin habría respondido de la siguiente forma: los marxistas británicos deben luchar contra la burguesía británica y los marxistas argentinos deben luchar contra su propia clase dominante.
Nosotros mantuvimos -y aún lo hacemos- que la guerra de las Malvinas era una guerra reaccionaria por ambas partes. Por la parte británica no es difícil explicar. Los crímenes del imperialismo británico son bien conocidos. Esto siempre estuvo claro para los marxistas británicos. Para los marxistas argentinos luchar contra el chauvinismo argentino puede ser más difícil, pero es igual de importante e incluso más. La burguesía argentina reaccionaria está acostumbrada a ocultarse detrás de la pantalla de «nación pobre oprimida» y apela a los instintos (naturales y progresistas) anti-imperialistas de los trabajadores argentinos para socavar su conciencia revolucionaria y arrastrarlos detrás de ella en un supuesto bloque «anti-imperialista».  

Esta era la base ideológica del peronismo, que durante décadas confundió y engañó a los trabajadores con su falsa demagogia «anti-imperialista». Nada puede ser más perjudicial para la causa de la revolución argentina que esto. La más mínima concesión a esta demagogia «patriótica» supondría la ruina de la revolución. La cuestión de las Malvinas es utilizada periódicamente por la burguesía para perpetuar esta tendencia perjudicial. En el momento en que escribo estas líneas, Kirchner, un astuto representante de la burguesía, está planteando esta cuestión una vez más.  

Si la izquierda argentina hace concesiones en esta cuestión, está abriendo la puerta del social-patriotismo y la colaboración de clase bajo la bandera de la «unidad nacional», es decir, la unidad del caballo y el jinete, la unidad de los trabajadores y la burguesía. Desgraciadamente, el hecho de que los marxistas argentinos estén continuamente tocando la melodía de que son un país pobre y oprimido, sólo supone hacer concesiones al nacionalismo burgués y ponerse en manos de la burguesía.  

En respuesta a la demagogia patriotera de Kirchner, los marxistas argentinos deberían decir: «Sr. Presidente, la clase trabajadora de Argentina necesita trabajo, pan y viviendas. Usted no es capaz de proporcionar estas cosas. En su lugar, nos ofrece las Malvinas. Ustedes nos engañaron de esta forma una vez y no tenemos la intención de ser engañados nuevamente. Lucharemos contra el imperialismo con nuestros propios métodos y en beneficio de nuestra propia clase. Eso quiere decir que lucharemos por la expropiación de la propiedad de los imperialistas británicos y estadounidenses y la propiedad de la oligarquía argentina, que usted y su gobierno representan».  

¿Es verdad que la oligarquía argentina corrupta, avariciosa y reaccionaria tiene ambiciones imperialistas en América Latina? ¡Por supuesto! Sus ambiciones territoriales no se limitan a un puñado de islas rocosas en el Atlántico. En el pasado también tuvo objetivos imperialistas sobre Uruguay y Paraguay. En el momento actual, reclaman una gran parte de la Antártida y una parte de Tierra de Fuego que pertenece a Chile. Los dos países casi fueron a la guerra por el Canal de Beagle antes de que la Junta sacase la conclusión de que era más fácil ocupar las Malvinas. Debemos hacer una pregunta a la izquierda argentina: ¿Qué habrían defendido en el caso de una guerra con Chile? Según ustedes, Chile no puede ser una nación imperialista, presumiblemente es otra semicolonia pobre, como lo es Argentina ¿Defenderían por lo tanto el derrotismo revolucionario o volverían a caer en la trampa del social-patriotismo?  

Siempre existe la posibilidad de que la burguesía -ya sea argentina o de cualquier otro país- pueda comenzar a tocar los tambores de guerra cuando se enfrenta al peligro de un derrocamiento revolucionario. En tal circunstancia, ¿Qué hará la izquierda? ¿Se precipitará de nuevo sobre la bandera del patriotismo y de la «unidad nacional»? Si es así entonces la revolución está condenada por anticipado.   

Tercera parte. Por una política de clase

El peligro de la guerra

Los marxistas no deben jugar con la guerra. La guerra es una cuestión muy seria y puede tener consecuencias muy serias. Por lo tanto, debemos ser cuidadosos y no podemos permitirnos caer enredados con ese tipo de aventuras militares que la burguesía -no sólo en las naciones imperialistas desarrolladas sino también en el llamado Tercer Mundo- a menudo utiliza para confundir y desorientar al proletariado, y descarrilar la revolución.  

El peligro de la guerra en América Latina es más real de lo que imagina la mayoría. El imperialismo estadounidense está observando los acontecimientos al sur de Río Grande con gran preocupación. Washington no quiere verse implicado militarmente en América Latina. Ahora tienen las manos llenas con Irak. Por otro lado, América Latina es una región vital para EEUU. En particular, están preocupados por los acontecimientos en Venezuela y Bolivia. Si la situación se les «escapa de las manos» en estos países, es bastante posible que Washington intente impulsar una intervención militar extranjera desde estados vecinos. Ya ha habido ruidos amenazadores contra Venezuela desde Colombia, cuyo gobierno está en el bolsillo de Washington.  

Más peligrosa aún es la situación en Bolivia. Es verdad que Chile despojó a Bolivia de su salida al mar. Pero una campaña ruidosa en determinados círculos políticos bolivianos puede servir como pretexto para una intervención armada contra la revolución boliviana. A la pregunta: ¿Bolivia tiene el derecho a tener una salida al mar? Responderíamos que sí tiene este derecho. Pero debemos añadir una advertencia: en las circunstancias actuales una guerra resultaría desastrosa para Bolivia y para la causa de la clase obrera en toda América Latina.  

Presentar la aventura militar de Galtieri como una guerra de liberación nacional es un chiste ¿A quién se supone que iba a liberar? ¿A los malvinenses? Por supuesto que no, ellos consideraban la agresión como un acto de opresión ¿Quizá tenía como objetivo la liberación de la población argentina? Todo lo contrario, si Galtieri hubiera tenido éxito, la Junta podría haber consolidado su poder, al menos temporalmente. Al día siguiente de los desfiles militares de la victoria habría regresado la vieja represión, junto con Astiz y los otros «héroes» militares, recibiendo medallas por su valentía ante el enemigo.  

Esta guerra reaccionaria no fue en interés de la clase obrera argentina o británica. Esto ya lo dijo Ted Grant en 1982:

«Ni los trabajadores argentinos ni los británicos tienen nada que ganar con este conflicto. Una victoria de uno u otro lado significaría el fortalecimiento de su propia clase dominante, mientras los malvinenses se convierten en simples peones del juego imperialista. La política exterior de Thatcher, como la interior, seguía los intereses del capitalismo británico. No era una guerra como ellos pretendían por la democracia frente al ‘fascismo’, sino una guerra para defender el poder y el prestigio del imperialismo británico». (Ted Grant. La crisis de las Malvinas: una respuesta socialista. Mayo 1982. El subrayado es mío).
    

La victoria militar británica no fue una victoria para la clase obrera británica, que pagó un precio elevado por ella. La victoria de Argentina ciertamente hubiera liberado a la población británica del gobierno Thatcher. Habría sido echada inmediatamente del gobierno y nos habríamos ahorrado dos décadas de gobierno conservador, la derrota de los mineros y de los obreros gráficos, las leyes antisindicales y otras similares. Eso no ocurrió y los resultados de la victoria en las Malvinas fueron muy negativos para la clase obrera británica.  

Pero para la clase obrera argentina la derrota militar supuso el colapso de la Junta y abrió un capítulo nuevo en el movimiento en dirección a la revolución, que todavía no se ha cerrado. La derrota de la invasión fue el inicio de la revolución argentina.  

La forma en que uno hace la pregunta, con frecuencia determina la respuesta. Francamente, la pregunta se ha hecho de una forma demagógica. Ahora debemos plantearla correctamente ¿Es el deber de los marxistas apoyar a las naciones débiles coloniales y semicoloniales frente a los intentos de las grandes potencias imperialistas de aplastar, invadir y esclavizarlas? Por supuesto que sí, sin la menor duda ¿Es el deber de los marxistas apoyar cada una de las aventuras militares iniciadas por dictaduras militares inestables con propósitos reaccionarios? La respuesta es aún más enfática, no lo es. Es necesario distinguir cuidadosamente entre las dos cosas, si no caeremos en una trampa.  

De un error a otro

La Junta preparó una trampa a la izquierda argentina y mucha gente cayó en ella. Ya es hora de que veintidós años más tarde se aprendan las lecciones. Quien no aprende de la historia está condenado a repetirla. La misma gente que capituló ante la burguesía puede volverlo a hacer en un momento crítico, y con las mismas excusas.  

Muchos en la izquierda argentina se dejaron llevar por la oleada temporal de intoxicación patriótica. Quedaron desorientados y perdieron el rumbo. Esto habría que admitirlo franca y honestamente. Pero parece que los dirigentes del PO no son capaces de admitir un error y beneficiarse de él. El resultado es que van de un error a otro.  

En Afganistán defendieron un «frente único militar con los talibanes», cualquiera que sea su significado. Un frente único es un frente de acción. Si un frente único militar significa algo, eso debería ser un acuerdo real de lucha. ¿Cuántos militantes del PO se fueron a luchar a Afganistán? No lo sabemos. ¿Cuántos rifles, balas y bombas enviaron a Kabul? Sobre esta cuestión tampoco tenemos información. Pero sin todo esto, el «frente único militar» se reduce a una mera frase sin contenido real. ¡Este tipo de radicalismo terminológico no nos lleva demasiado lejos! Sin el elemento militar (que claramente se ha añadido para provocar un efecto dramático) sólo nos quedaría un «frente único» político con los talibanes, es decir, con las fuerzas de la reacción en Afganistán; las fuerzas que asesinaron a comunistas y que se oponen implacablemente a todo lo que sea progresista.  

Nosotros nos opusimos a la invasión de Afganistán e intentamos desenmascarar a los imperialistas con todos los medios a nuestra disposición. Pero nunca dimos crédito algún a los monstruosos talibanes. El PO puede permitirse el lujo de utilizar semejante demagogia porque no tiene fuerzas trabajando en la zona. Si las tuvieran, a lo mejor actuarían con más cautela. Está bien que el PO dé su apoyo a los talibanes desde una distancia segura, porque si estuvieran a distancia de tiro pronto estarían muertos. La cuestión central es que los talibanes eran incapaces de llevar adelante una guerra seria contra los imperialistas estadounidenses, igual que la Junta era incapaz de luchar contra los imperialistas británicos.  

Una postura equivocada en la cuestión nacional inevitablemente conduce al abandono de una posición de clase y a la capitulación ante la reacción. Un caso extremo de esto es el SWP británico, que, con la excusa de «luchar contra el imperialismo» ha capitulado ante los fundamentalistas islámicos, es decir, ante las fuerzas de la oscura reacción en Oriente Medio. Esto está en directa contradicción con la posición que Lenin y Trotsky defendieron con relación a las tareas de los revolucionarios en Oriente.  

Incluso donde los revolucionarios apoyan la lucha de los países débiles y oprimidos contra los intentos de los imperialistas de invadir, ocupar y esclavizarles, es necesario mantener una lucha ideológica implacable contra las tendencias reaccionarias. Esto estaba claro en las tesis del Segundo Congreso de la Internacional Comunista del 5 de junio de 1920. En el Borrador de las tesis sobre las cuestiones nacional y colonial, escritas por Lenin, podemos leer lo siguiente:

«Segundo, la necesidad de luchar contra el clero y otros elementos influyentes reaccionarios y medievales en los países atrasados; «Tercero, la necesidad de combatir el pan-islamismo y tendencias similares, que intentan combinar el movimiento de liberación nacional contra el imperialismo europeo y estadounidense, con la intención de fortalecer las posiciones de los Jans, terratenientes, mulás, etc.».

La lucha de liberación nacional en Afganistán triunfará en la medida en que el ala revolucionaria de la izquierda derrote a los talibanes y consiga la dirección de la lucha. Hace falta una lucha consistente contra la ocupación imperialista de Afganistán, combinada con el apoyo a aquellos dentro de Afganistán que estén luchando por la democracia y un gobierno de los trabajadores y los campesinos. Éstos recibirán el apoyo de los marxistas pakistaníes, que siempre han combinado la lucha contra el imperialismo con una batalla implacable contra el fundamentalismo islámico, que, después del imperialismo (con el cual frecuentemente ha sido aliado), constituye la fuerza principal de la contrarrevolución en la región.

Cómo resolver la cuestión de las Malvinas y cómo no hacerlo

Aquellos grupos en Argentina que se inclinaron en la guerra hacia una posición socialpatriota intentan ridiculizar la posición que adoptaron los marxistas británicos. ¡Es natural! Los oportunistas siempre intentan ridiculizar a aquellos que mantienen una posición de clase firme. Siempre intentan demostrar que son «irrealistas» y «utópicos», o incluso una especie de «socialistas coloniales». Pero la realidad es que la política «práctica» adoptada por ellos, es decir, una aceptación acrítica de la aventura militar reaccionaria de la Junta, no solucionó la cuestión de las Malvinas y nunca la solucionará. Veintidós años después las islas permanecen firmemente bajo el control del imperialismo británico. Este problema nunca lo podrá solucionar la burguesía, a pesar de toda su demagogia y verborragia patrioteras.  

Es necesaria otra solución. La Internacional Comunista lo explicó y en su Segundo Congreso, celebrado en 1920, dijo lo siguiente: «En las condiciones internacionales actuales no hay salvación para las naciones débiles y dependientes, excepto en una unión de repúblicas soviéticas». (Ibíd.) Esta es la esencia de la cuestión.  

La forma de resolver el problema de las Malvinas no es a través de guerras (el único método conocido por la burguesía), sino a través de la revolución socialista y la creación de una Federación Socialista de América Latina. Los trabajadores de diferentes países no tienen intereses en el robo de territorio o recursos de otros países. En el contexto de una federación, todos estos problemas se pueden discutir y resolver de forma amistosa. Sobre bases capitalistas no hay solución posible y son inevitables nuevas guerras y conflictos.  

La izquierda en Argentina y otros países latinoamericanos nunca logrará sus propósitos hasta que se libre de los prejuicios nacionalistas y defienda firmemente una posición internacionalista. El patriotismo es muy peligroso para la clase obrera porque desdibuja las líneas de clase y crea una confusión que sólo beneficia a la burguesía. Fomenta la ilusión de que la «nación» está por encima de todas las clases, cuando en realidad no existe tal cosa como la «nación», sólo existen ricos y pobres, explotados y explotadores.  

El día en que el nacionalismo podía jugar un papel progresista en América Latina hace ya mucho tiempo que se alejó, porque el período progresista de la revolución democrático burguesa también hace ya mucho tiempo que pasó. La burguesía argentina -y todas las demás burguesías de América Latina- ha tenido casi dos siglos para demostrar lo que es capaz de hacer. El balance de este largo periodo de dominio capitalista es claramente negativo. Sobre bases capitalistas no hay futuro para los pueblos de América Latina. Sólo la clase obrera puede sacar a América Latina del pantano de la pobreza, el hambre y la humillación a la que ha sido llevada por la burguesía.  

La única revolución posible en América Latina es la revolución socialista. Nuestro programa, política y consignas deben reflejar este hecho indiscutible. Sobre todo, la revolución latinoamericana debe defender firmemente el internacionalismo. El proletariado debe inscribir en su bandera roja la consigna de la Federación Socialista de América Latina, como la única salida al caos actual.  

En realidad, incluso una Federación Socialista de América Latina no sería suficiente para asegurar la victoria final del socialismo. Lo que hace falta es una Federación Socialista Mundial. Sin embargo, la unificación de las economías de toda América Latina liberaría un poderoso potencial. La colosal riqueza del continente podría por primera vez ser explotada de una forma planificada y armoniosa, basándose en un plan socialista de producción común, gestionado democráticamente por los propios trabajadores.  

APÉNDICE

Los marxistas e irlanda

[Sin esperar a nuestra respuesta en el último número de Prensa Obrera (836), Luis Oviedo vuelve al ataque, en esta ocasión con una furiosa diatriba sobre Irlanda. Para no defraudarlo añadiremos una pequeña nota sobre este tema. Aquellos que deseen saber más sobre nuestra posición sobre Irlanda pueden leer nuestro documento: «La dialéctica revolucionaria del republicanismo irlandés «, que está disponible en esta página web]

«En Irlanda del Norte (la principal posición colonial que le queda al desvencijado imperio de Su Graciosa Majestad)», escribe Luis Oviedo, «no reclama el retiro inmediato e incondicional de las tropas británicas. Durante décadas, calificó al IRA en los mismos términos que la prensa imperialista británica, como ‘terroristas’, ‘criminales’, en el mismo plano que las bandas fascistas de los ‘unionistas’ pro-británicos. El Socialist Appeal se ha distinguido, entre las corrientes de la izquierda inglesas, por no participar (en verdad, repudiar) de las manifestaciones y movilizaciones que se realizaban en Londres en defensa de la lucha nacional de Irlanda».  

Los crímenes del imperialismo británico han provocado un inmenso sufrimiento, guerras y baños de sangre en todas partes: en Irlanda, India, Chipre y Palestina. Su política fue «divide y vencerás», enfrentando a una comunidad religiosa o nacional contra otra para dominar a ambas. La partición de Irlanda fue un crimen terrible del imperialismo británico, como fue la incluso más sangrienta partición de la India.  

Los marxistas británicos siempre han estado a favor de una Irlanda unida, pero, siguiendo los pasos de James Connolly, también hemos comprendido que este objetivo sólo se puede conseguir como parte de la lucha por una Irlanda y Gran Bretaña socialistas. Sólo se puede conseguir con métodos revolucionarios y de clase.  

Las sectas internacionalmente machacan constantemente sobre nuestra posición en Irlanda. Si no fuera tan serio resultaría cómico. No tenemos nada de lo que disculparnos con relación a nuestra postura sobre Irlanda, de la misma forma que no debemos disculparnos por nada relacionado con nuestra posición sobre los Malvinas. Por otro lado, todos los grupos que han ido a la cola del IRA Provisional durante décadas ahora tienen mucho que explicar, ya que la gente a la que tan entusiastamente apoyaron ahora ha traicionado abiertamente la causa de la unificación irlandesa.  

He aquí probablemente la razón por la que estas damas y caballeros tuvieron muy poco que decir sobre Irlanda últimamente. La firma del Acuerdo de Viernes Santo de 1999 y el posterior alto el fuego del IRA después de treinta años de «lucha armada», los ha puesto en una situación embarazosa. Durante todos estos años han estado actuando como un club de fans del IRA Provisional, y aplaudieron entusiasta y acríticamente todas sus acciones. Ahora guardan silencio.

El Acuerdo de Viernes Santo -que nosotros junto con los republicanos socialistas irlandeses rechazamos- fue un intento por parte de los Provisionales de alcanzar un acuerdo con el imperialismo británico que excluía la unificación de Irlanda.  

Los «amigos del IRA Provisional» no tienen nada que decir a esto. Ni siquiera están dispuestos a admitir lo que es evidente incluso para un ciego: que después de treinta años, la estrategia, los métodos y las tácticas del republicanismo no socialista han terminado en un completo desastre. Los dirigentes del Sinn Fein, que ayer hablaban de la reunificación irlandesa con las bombas y las pistolas, ahora cambian la lucha armada por una cartera ministerial.  

Esta cuestión es cuidadosamente evitada por todas las organizaciones que imaginaban que estaban apoyando la lucha de liberación nacional en Irlanda. En realidad, no han estado apoyando nada por el estilo. Han apoyado una política y tácticas desastrosas que, lejos de ayudar a la causa de la unificación irlandesa, la han socavado completamente. Aunque los dirigentes del Sinn Fein intentan negarlo públicamente, la unificación de Irlanda está fuera del orden del día y permanecerá así por mucho tiempo.  

A nosotros no nos sorprende. Ya lo pronosticamos hace mucho tiempo. La derrota de la «lucha armada» del IRA Provisional -que no era otra cosa que terrorismo individual- era inevitable desde el principio. Para triunfar, una guerra de guerrillas tiene que tener el apoyo de las masas. Pero en Irlanda del Norte las masas están divididas en dos comunidades: los protestantes y los católicos (nacionalistas y lealistas). Los católicos son la minoría. Los protestantes tradicionalmente son hostiles a la unificación y se resisten a ella. Los Provisionales pensaban que podrían, con bombas y disparos, obligar a los protestantes a vivir en una Irlanda unificada. Esto fue un serio error.  

El único resultado de treinta años de terrorismo individual, aparte de la muerte de miles de jóvenes luchadores, ha sido la división de la clase obrera de los Seis Condados, la intensificación de la locura del sectarismo religioso, además del odio y la desconfianza mutua que ha alcanzado un nivel sin precedentes. ¿Cuánta gente en Argentina sabe que hay un muro en Belfast que divide físicamente a la población católica y protestante? Las últimas elecciones han subrayado la extrema polarización sectaria que ahora existe en Irlanda del Norte. Sobre estas bases no es posible ningún avance hacia la unificación. La perspectiva de una Irlanda unida está más lejos ahora que en cualquier otro momento de la historia. Los métodos del IRA Provisional han conseguido resultados diametralmente opuestos a los que pretendían en un principio.  

¿Qué demuestra esto? Demuestra lo que León Trotsky explicó hace mucho tiempo: que en la época moderna las tareas de la revolución democrático burguesa sólo las puede solucionar la clase obrera, a través de la revolución socialista. De la misma forma que la burguesía argentina es incapaz de resolver el problema de las Malvinas, la corrupta burguesía irlandesa no puede solucionar la cuestión de la frontera. Tampoco la puede solucionar la pequeña burguesía nacionalista.   La experiencia de las últimas tres décadas es una prueba concluyente de eso. Sólo el proletariado puede resolver esto y lo resolverá de paso, cuando tome el poder en sus manos dentro de una república obrera. No hay absolutamente ninguna posibilidad de solucionar el problema sobre bases capitalistas. James Connolly, el gran marxista irlandés, ya lo dijo hace mucho tiempo, y tenía razón.  

Los marxistas británicos e Irlanda

Para solucionar lo que queda de la cuestión nacional en Irlanda (la cuestión de la frontera), la condición previa es unir a la clase obrera en la lucha, y esto sólo se puede conseguir con el regreso a las tradiciones y el programa revolucionarios de Larkin y Connolly, el programa de la REPÚBLICA OBRERA. Mientras el capitalismo domine Irlanda existirá la división religiosa y la lucha sectaria, que socavará y destruirá el movimiento por la unificación irlandesa. Siempre hemos mantenido una posición de clase firme y revolucionaria. En contraste, la mayoría de los otros grupos de la izquierda han vacilado entre el oportunismo y el ultraizquierdismo; desde apoyar el envío de las tropas británicas a Irlanda del Norte en 1969 a capitular ante la política y las tácticas desastrosas del IRA Provisional.  

Luis Oviedo demuestra su completa ignorancia cuando dice que no apoyamos la retirada de las tropas británicas de Irlanda del Norte. En realidad, Socialist Appeal (o mejor dicho, Militant, como se nos conocía entonces) «se ha distinguido, entre las corrientes de la izquierda británica» por ser los únicos que se opusieron al envío de las tropas británicas a Irlanda del Norte.  

En 1969 la mayoría de la izquierda británica -incluidos aquellos que más tarde apoyaron el movimiento «Tropas fuera»- estaba totalmente a favor del envío del ejército británico. Eso ocurrió con la izquierda laborista, el Partido Comunista y el SWP, y también con los dirigentes del movimiento por los derechos civiles en el norte de Irlanda. Decían que se enviaba al ejército para defender a los católicos. Una excepción honrosa fue nuestra tendencia, la tendencia marxista del Partido Laborista británico, en aquel momento agrupada alrededor del periódico Militant, y hoy representada por Socialist Appeal, que se opuso firmemente al envío de las tropas británicas al norte de Irlanda. En aquel momento escribimos lo siguiente: «La petición de la entrada de las tropas británicas se avinagrará en las bocas de algunos de los dirigentes por los derechos civiles. Han enviado a las tropas para imponer una solución adecuada a los intereses de las grandes empresas británicas y del Ulster». (Militant. Septiembre. 1969).  

En el congreso del Partido Laborista celebrado en otoño de 1969 nuestros compañeros presentaron la Resolución Urgente número 2 que decía lo siguiente:  

«Esta conferencia declara su oposición a los ataques sectarios contra los trabajadores en Derry y Belfast ocurridos en agosto de este año.

«Condena la actuación por parte de la Policía Real del Ulster, sectores de los B-Especiales y las bandas de Paisley.

«Afirma su apoyo a aquellos sectores del movimiento obrero irlandés, particularmente el Partido Laborista de Derry, que han intentado unir a los trabajadores católicos y protestantes contra el enemigo común, la clase capitalista, ya sea orangista o verde, y pide a los sindicatos de Irlanda que contengan el terror sectario con la organización de Comités Unidos de Defensa formados por obreros católicos y protestantes.

«Este congreso cree que el imperialismo británico y sus seguidores en Irlanda han utilizado deliberadamente y ayudado a mantener el sectarismo religioso para asegurar sus inversiones tanto en el norte como en el sur de Irlanda, basándose en la política de ‘divide y vencerás’.

«Los promotores de la resolución afirman que: Tenemos que apoyar a nuestros compañeros de Irlanda del Norte, tenemos que exigir, como hacen ellos, la retirada de las tropas británicas. Las tropas británicas nunca han actuado en interés de la clase obrera en ningún país«.  

¿Está esto suficientemente claro, compañero Oviedo? La posición de la tendencia marxista era muy clara y diáfana. Está escrita en blanco y negro. Sin embargo, el resto de la izquierda británica no se atrevería a reeditar lo que escribieron en aquel momento. El resto de la izquierda británica jugó un papel lamentable. Después de apoyar el envío de las tropas británicas a Irlanda del Norte (supuestamente para ayudar a los católicos), dieron un giro de ciento ochenta grados y apoyaron acríticamente la campaña de atentados del IRA Provisional.

Durante décadas, las sectas ultraizquierdistas británicas jugaron un papel particularmente pernicioso en la cuestión de Irlanda. Estas señoras y señores interpretaron el «apoyo a la lucha de liberación nacional» como un apoyo acrítico al IRA Provisional. Desde la seguridad de sus apartamentos en áreas acomodadas de Londres, vitoreaban la «lucha armada», aunque ninguno de ellos corría peligro personal.  

Los Provisionales no eran una tendencia revolucionaria, sino una tendencia de derecha, completamente hostil al socialismo. El IRA Provisional (Provos) se creó en 1969 con el propósito de escindir el IRA Oficial a quienes consideraban como «comunistas». Consiguieron grandes cantidades de dinero y armas de los elementos derechistas más reaccionarios de la burguesía irlandesa -el ala de Fianna Fail dirigido por Blaney-Houghey. La razón era que la contrarrevolucionaria burguesía irlandesa estaba tan aterrorizada como la clase dominante británica ante la situación revolucionaria en Irlanda del Norte. El objetivo de esta gente era descarrilar el movimiento revolucionario del norte desviándolo en líneas nacionalistas y militaristas.  

Aunque no jugaron ningún papel en el movimiento de masas de 1968-69 en el norte, consiguieron crecer porque tenían la organización y las armas que buscaba la juventud del norte. A pesar de toda su demagogia «revolucionaria» y el discurso sobre la «lucha armada», desde el punto de vista ideológico los Provisionales eran -y siguen siendo- una tendencia burguesa de derecha del republicanismo. En el pasado incluso quemaron libros marxistas. Las sectas, presas de su entusiasmo por los Provos, olvidaron estos pequeños «detalles».  

En general, han hecho mucho ruido sobre la «cuestión nacional» en Irlanda y en todas partes, sin ni siquiera tomarse la molestia de estudiarla. ¿No es suficiente con gritar «abajo el imperialismo»? No, compañeros, ¡no es suficiente! Si somos serios en nuestro deseo de luchar contra el imperialismo (como somos) entonces es necesario analizar concretamente cada situación, ver qué es progresista y qué es reaccionario en cada momento determinado, y proponer tácticas y consignas concretas que sean apropiadas para esa situación. No han hecho ningún esfuerzo en comprender lo que ha pasado en Irlanda durante los últimos treinta años y por lo tanto no tienen la más mínima idea de la verdadera situación que existe en los Seis Condados.

Marxismo y terrorismo

Luis Oviedo continúa su diatriba, desinteresado por la ausencia total de citas o cualquier otra prueba que respalde sus afirmaciones: «Durante décadas, calificó al IRA en los mismos términos que la prensa imperialista británica, como ‘terroristas’, ‘criminales’, en el mismo plano que las bandas fascistas de los ‘unionistas’ pro-británicos».  

Como dicen los periodistas: ¿Por qué dejar que los hechos estropeen una buena historia? ¿Es verdad que atacamos al IRA «en los mismos términos que la prensa imperialista británica»? No, no es cierto. Siempre hemos depositado la culpa de los horrores de Irlanda en la puerta del imperialismo británico. Sin embargo, también hicimos una crítica implacable a los métodos y las tácticas del IRA, que en realidad eran desastrosos, socavaron el movimiento e hicieron el juego al imperialismo británico.  

El terrorismo individual del IRA Provisional tuvo los resultados más negativos tanto para la lucha de liberación nacional irlandesa como para la clase obrera. El marxismo siempre se ha opuesto al terrorismo individual. ¿Es necesario repetir esta proposición de ABC? Parece que sí. Es mil veces más importante en Argentina que en otros países, debido al terrible daño que provocó al movimiento revolucionario las tácticas del terrorismo individual que siguieron los grupos ultraizquierdistas y llamados «trotskistas», como el ERP, y que fueron apoyadas y animadas vergonzosamente por Mandel y el Secretariado Unificado. Denunciamos esto en su momento y repetimos ahora esa denuncia.  

Como resultado de esta política dañina miles de valientes cuadros juveniles fueron destruidos y la revolución descarrilada, con resultado espantosos. Las tácticas de los Provisionales tuvieron consecuencias similares. Esto llevó a la trágica muerte de muchos jóvenes valerosos que no consiguió que la causa de la reunificación irlandesa avanzase un ápice. Por el contrario, ha hecho retroceder décadas esta causa ¿Qué tienen que decir Luis Oviedo y los dirigentes del PO sobre estos métodos? ¿Piensan que todo esto era bueno, una verdadera política revolucionaria, algo que deba apoyarse e imitarse activamente? Si es así, déjenme que les diga que prácticamente nadie en Irlanda del Norte hoy estaría de acuerdo con ustedes, incluido el IRA Provisional. Para un marxista defender el método del terrorismo individual es una abominación.  

Aquellos «marxistas» que con entusiasmo apoyaron la campaña de bombas del IRA, que falsamente presentaron como «lucha armada», no estaban ayudando, sino perjudicando a la causa del pueblo irlandés. El daño causado por esta campaña ahora es reconocido por todos, al menos por los dirigentes del Sinn Fein que la abandonaron a favor de posiciones ministeriales. Siempre nos hemos opuesto a estas tácticas, como hicieron Marx, Engels, Lenin y Trotsky. Ya en el siglo XIX, Marx y Engels criticaron duramente a los fenianos irlandeses por utilizar tácticas terroristas. El 29 de noviembre de 1867 Engels escribía lo siguiente a Marx:

«En cuanto a los fenianos estás en lo correcto. La brutalidad inglesa no nos debe hacer olvidar que los dirigentes de esta secta son en su mayor parte asnos y en parte explotadores y no debemos de ninguna forma hacernos responsables de las estupideces que ocurren en cada conspiración. Y ocurrirán inevitablemente».  

Engels pronto comprobó que estaba en lo cierto. Sólo dos semanas más tarde, el 13 de diciembre de 1867, un grupo de fenianos provocó una explosión en la prisión Clerkenwell de Londres en un intento infructuoso de liberar a sus compañeros encarcelados. La explosión destruyó varias casas vecinas e hirió a 120 personas. Como era de prever, el incidente desató una oleada de sentimiento anti-irlandés entre la población. Al día siguiente Marx escribió indignado a Engels:  

«La última hazaña de los fenianos en Clerkenwell es una estupidez monumental. Las masas de Londres, que habían demostrado gran simpatía hacia Irlanda, se enfurecerán ahora y serán arrojadas a los brazos del partido gubernamental. No se puede esperar que los proletarios de Londres se dejen hacer volar por los aires para mayor gloria de los emisarios fenianos. Siempre hay una especie de fatalidad en semejantes conspiraciones secretas y melodramáticas». (Marx y Engels. Correspondencia Marx-Engels. Barcelona. Grijalbo. 1976. Pág. 406).  

Unos pocos días más tarde, el 19 de diciembre, Engels respondió de la siguiente forma: «La estupidez de Clerkenwell fue claramente obra de unos fanáticos miopes; lo malo de todos los complots es que conducen a semejantes estupideces, porque ‘hay que hacer algo, hay que emprender algo’. Particularmente en América se habló mucho de explosiones e incendios, y ahora unos asnos cometen semejantes absurdos. Además, estos caníbales son en su mayoría unos cobardes tremendos, como el Sr. Allen, quien, al parecer, ha tenido tiempo de convertirse en testigo de la acusación. Fuera de todo esto, ¿qué idea es ésa de liberar Irlanda incendiando las sastrerías de Londres?». (Ibíd. p. 408)  

¿Qué piensa el compañero Oviedo de estas declaraciones de los fundadores del socialismo científico? ¿Piensa que Marx y Engels también traicionaron la causa de la lucha de liberación nacional irlandesa porque denunciaron el método contraproducente del terrorismo individual? Pero todos los grandes maestros de nuestro movimiento tenían la misma opinión. Durante la Primera Guerra Mundial Lenin escribió: «Hay que hacer propaganda contra las acciones terroristas aisladas y vincular la lucha del sector revolucionario del ejército con el amplio movimiento del proletariado y, en general, la población explotada». (Lenin. Las tareas de los Zimmerwaldistas de izquierda. Obras Completas. Vol. 21, p. 144. El subrayado es mío). En los escritos de Lenin y Trotsky podemos encontrar numerosos pasajes con el mismo espíritu.

Mientras rechazaba la política, métodos y tácticas del IRA Provisional, la tendencia marxista británica, ahora representada por Socialist Appeal y la página web www.marxist.com, ha defendido consistentemente una posición internacionalista en Irlanda. Nos opusimos al envío de tropas británicas a Irlanda del Norte, denunciamos los crímenes del imperialismo británico en los Seis Condados. Cuando el Domingo Sangriento publicamos una primera página de Militant con un gran titular en el que se podía leer: «¡Derry: esto fue asesinato!». Defendimos los derechos de los prisioneros irlandeses y nos opusimos al comportamiento violento de Thatcher hacia los huelguistas de hambre irlandeses.   

Lo que no estábamos dispuestos a hacer -y por esto las sectas oportunistas intentan atacarnos- era ir a la cola del IRA Provisional. La historia ha demostrado que teníamos razón. Aunque juren por Lenin y Trotsky en cada frase, la izquierda y los grupos «trotskistas», que tan entusiastamente apoyaron a los Provos, hicieron un daño considerable a la causa irlandesa en Gran Bretaña e internacionalmente. Demostraron una completa ausencia de comprensión tanto de la lucha de liberación nacional como de la posición leninista hacia ella. Además, a través de sus palabras y hechos, han dañado la percepción que tienen los activistas de Irlanda del marxismo.  

Luis Oviedo nos reprocha «no participar (en verdad, repudiar) de las manifestaciones y movilizaciones que se realizaban en Londres en defensa de la lucha nacional de Irlanda».  

¿De qué manifestaciones y movilizaciones habla el compañero Oviedo? ¿Quizá se refiere a las actividades convocadas por el movimiento Tropas Fuera? Ya hemos explicado nuestra posición sobre la cuestión de las tropas. Siempre estuvimos a favor de la retirada de las tropas, pero vinculando esto con la reivindicación de una fuerza de defensa obrera, basada en los sindicatos, para proteger a la clase obrera de la locura sectaria de ambas partes (sí compañero Oviedo, de ambas partes). En otras palabras, planteamos la cuestión en términos de clase.  

El compañero Oviedo olvida que las damas y caballeros de clase media que desfilaban por las calles de Londres gritando «¡tropas fuera!», eran las mismas personas que en 1969 gritaban «¡que vengan las tropas!» ¿No me cree? Entonces que haga el favor de leer los artículos de aquella época (incluidas las editoriales) que publicó el periódico del SWP. Esta gente nunca tuvo una posición de principios en la cuestión de Irlanda ni sobre cualquier otra. En 1969 se pusieron a la cola del imperialismo británico. Se pusieron a la cola del IRA Provisional en el llamado Movimiento Tropas Fuera. Ahora van a la cola de los fundamentalistas islámicos. Con gente de este tipo no tenemos la costumbre de colaborar. Mantuvimos una posición independiente -de clase, y la defendimos firmemente en los sindicatos y el movimiento obrero, en Gran Bretaña y en Irlanda, en el norte y en el sur.  

Al final, los hechos han reivindicado nuestra posición, mientras que las sectas pequeño burguesas, como pronosticamos, terminaron en un desastre. Después de aplaudir las campañas de atentados reaccionarios y contraproducentes de los Provos, que contribuyeron a dividir aún más en líneas sectarias a la población de Irlanda del Norte, y a alejar completamente a los trabajadores británicos, las sectas y los reformistas de izquierda se quedaron con la boca abierta cuando la dirección Provo firmó el Acuerdo de Viernes Santo. Los marxistas de Socialist Appeal nos quedamos prácticamente solos en toda la izquierda británica oponiéndonos al Acuerdo de Viernes Santo porque lo calificábamos de un engaño y una traición, a diferencia de nuestros críticos oportunistas que no tienen nada que decir sobre el tema.  

Dejaremos nuestra posición clara para que el compañero Oviedo pueda entenderla. Defendemos la reunificación de toda Irlanda. Pero eso sólo se puede conseguir con una República de Trabajadores de los 32 Condados. Esta posición, nos complace decir, es defendida por el ala de izquierdas de los republicanos irlandeses, los republicanos socialistas que, como nosotros, defienden las ideas de James Connolly.  

Las verdaderas ideas del marxismo, que hemos defendido firmemente, son conocidas por los mejores activistas del movimiento republicano, que han demostrado un gran interés en ellas. En contraste, aquellos sectarios británicos que capitularon ante la demagogia nacionalista y el terrorismo individual de los Provisionales, son vistos con desprecio.