La crisis de las Malvinas

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Publicamos un artículo de Ted Grant (dirigente de la Corriente Marxista Internacional, nacido en 1913 y fallecido en 2006) sobre la guerra de Malvinas, publicado en mayo de 1982 en el entonces periódico de los marxistas británicos, Militant. Pese al tiempo transcurrido y al carácter necesariamente condicional de las perspectivas formuladas, este texto mantiene plena actualidad y representa una posición clásica de la actitud de los marxistas hacia la guerra y la cuestión nacional. Además revela cuál fue la posición de los marxistas británicos en la cuestión de Malvinas, frente a las tergiversaciones interesadas que los grupos ultraizquierdistas esparcieron al respecto en estos años contra nuestra corriente internacional, y nuestros camaradas británicos en particular.

Los marxistas ante la guerra

 

La guerra entre Gran Bretaña y Argentina en torno a las islas Malvinas es un síntoma de la crisis mundial del capitalismo. La recesión económica internacional ha sido la señal para una nueva época de convulsiones que significará enormes conflictos entre las clases y además entre los estados nacionales. Los conflictos de clase se interrelacionarán con los conflictos nacionales, los unos agravando los otros.

La actitud de los marxistas hacia la guerra nunca puede estar determinada por los horrores de la misma, la muerte y los sufrimientos, o por las condiciones de pesadilla que inevitablemente se imponen, tanto para los civiles como por las filas de las fuerzas armadas. La guerra simplemente lleva los horrores del capitalismo a su máxima expresión. Nuestra actitud hacia la guerra está determinada por la cuestión de los intereses de clase que están detrás de la misma. En la época moderna, las guerras están determinadas por el poder, el lucro y el prestigio de las clases dominantes; y también por el poder, los ingresos y los privilegios de las burocracias dominantes de los estados obreros deformados de Rusia, Europa oriental, China y los demás países estalinistas. La clase obrera de todos los países no tiene nada que ganar con el capitalismo y sus políticas, sea en tiempos de paz o de guerra. La guerra es la continuación de la política con otros métodos, y, en nuestros tiempos, la paz es la continuación de la guerra con otros métodos.

La actitud de los marxistas está condicionada por nuestra oposición irreconciliable hacia cualquier guerra llevada a cabo por la clase dominante burguesa. Nuestra actitud hacia la guerra entre Gran Bretaña y Argentina está determinada por la cuestión de qué clase está llevando a cabo la guerra. Y como en ambos bandos las potencias implicadas en la guerra son capitalistas, estamos en contra de la misma tanto por parte de Gran Bretaña como por parte de Argentina.

Las causas de la guerra

¿Cuáles son las causas del actual conflicto? Argentina ha reclamado las islas Malvinas durante un periodo de 150 años, y no obstante no se había atrevido a pasar a la acción hasta este momento. Son las contradicciones sociales incontrolables en la sociedad argentina, las que han obligado a la Junta, un régimen militar bonapartista que utiliza métodos fascistas, a recurrir a las armas. De la misma manera, fue la crisis social en Alemania lo que empujó a Hitler a iniciar la Segunda Guerra Mundial. Escudándose detrás de frases acerca de la “soberanía nacional”, está la voracidad de los capitalistas que quieren hacerse con la riqueza potencial de los beneficios procedentes del petróleo, la pesca y los minerales de la Antártida. La Junta cree que la explotación de la Antártida, probablemente como un socio de segunda categoría del capital norteamericano, representaría una ayuda adicional para la economía argentina, aumentando los beneficios de los grandes monopolios. Imaginan que esto sería una manera de solucionar la aguda crisis social en Argentina.

Aun así, ésta no fue la razón principal de la invasión de las Malvinas. Argentina se vio enfrentada con el inicio de un movimiento revolucionario. Tan sólo unos días antes de la invasión argentina, hubo manifestaciones masivas de los trabajadores contra la Junta, en Buenos Aires. Para escapar de la crisis social, la dictadura argentina se decidió a favor de la conquista de las Malvinas en un intento desesperado de desviar las aspiraciones sociales de las masas hacia los cauces del nacionalismo. Este era su cálculo principal. El fervor de las masas argentinas provocado por la toma de las Malvinas indica que, momentáneamente, la Junta ha tenido éxito en su propósito de desviar las iras de los trabajadores hacia el imperialismo británico. Los propósitos de la Junta en esta guerra, por tanto, están condicionados por consideraciones capitalistas: la conquista de nuevos recursos y la evasión de contradicciones sociales intolerables.

Los marxistas y la guerra

Los marxistas siempre hemos distinguido entre las guerras llevadas a cabo por la burguesía y las guerras llevadas a cabo por un Estado obrero, deformado o sano. En la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el único país al que los marxistas dimos un apoyo crítico fue a la Unión Soviética. Esto, a pesar de la dictadura totalitaria monstruosa de la burocracia estalinista, cuyos privilegios y salarios estaban basados en la propiedad estatal de los medios de producción y en la planificación de la economía, cosas que la burocracia, por consecuencia, se veía obligada a defender. El Estado obrero deformado de Rusia era relativamente más progresista que el capitalismo. Una victoria de Hitler hubiera significado el inicio de toda una época de contrarrevolución. Por lo tanto, los marxistas dieron un apoyo crítico a la guerra llevada a cabo por Rusia contra la Alemania de Hitler.

Asimismo dieron un apoyo crítico a China, un país colonial, en su guerra contra Japón cuando se apoderó de Manchuria en 1931, y participó en una guerra contra China entre 1937 y 1945. Esto, a pesar del hecho de que China se encontraba bajo el dominio del dictador bonapartista Chiang Kai Cheh, el carnicero de la revolución china de 1925-27. Al tiempo que apoyaban a China, los marxistas explicaban la total incapacidad de Chiang y el régimen feudal-burgués para llevar a cabo una guerra contra Japón. En el caso de la Segunda Guerra Mundial, la mal llamada “defensa de la democracia”, por parte de los Estados Unidos y sus aliados europeos, se trataba de un engaño y una hipocresía descarada. En la práctica, ellos estaban defendiendo los intereses materiales de la burguesía. La guerra se llevó a cabo con el fin de conquistar nuevos mercados, materias primas, colonias y “esferas de influencia”. Por tanto, los marxistas se opusieron a todas las potencias imperialistas que participaron en la guerra. No obstante, esta oposición en absoluto agotó el problema, como explicaremos a continuación, debido al odio profundamente arraigado de los obreros británicos contra los nazis y su apoyo para una lucha contra el régimen fascista. 

En 1935-36, Mussolini, el dictador italiano, invadió Abisinia (ahora Etiopía) en beneficio de los intereses del capitalismo italiano. Pese a la existencia de la esclavitud en Etiopía, Trotsky abogó por la defensa Etiopía en una guerra de liberación nacional contra una potencia imperialista que quería reducir todo el país a la esclavitud. La postura de los dirigentes ILP del (Partido Laborista Independiente), como John McGovern y James Maxton, quienes lanzaron la consigna de “ningún apoyo para ninguno de los dictadores”, fue rechazada por los marxistas. El marxismo siempre apoya a los pobres, los oprimidos y los esclavos en su lucha contra los estados imperialistas, ricos y poderosos. Al mismo tiempo, una poderosa consideración en esta situación, era el hecho de que una derrota de los invasores italianos fascistas y burgueses indudablemente hubiera provocado la revolución proletaria en Italia.

La actitud de los marxistas jamás puede estar condicionada por la cuestión de quién empieza la guerra. Los dirigentes del Partido Laborista, tanto de la izquierda como de la derecha, están obsesionados por la definición del “agresor”, como una manera de determinar su postura. Esto ha llevado a los líderes laboristas a una situación en que se están arrastrando detrás del gobierno conservador. La cuestión decisiva es ¿qué clase está llevando a cabo la guerra y en beneficio de quién? El método de razonamiento que parte de la base de quién atacó el primero, es completamente superficial. Ha habido muchos ejemplos en la historia cuando la guerra era provocada por una u otra potencia. Nuestra actitud está determinada por los intereses de clase de las potencias que participan en la guerra. 

Las sectas ultraizquierdistas más variopintas, inevitablemente, han apoyado a Argentina, alegando que se trata de un país colonial sometido una agresión imperialista. Esto es una tontería, y hace gala de un método totalmente anti-dialéctico. Argentina es uno de los países más desarrollados de América Latina. Sus terratenientes no son feudales, sino burgueses comparables con los terratenientes de Gran Bretaña. Un 86% de la población vive en las ciudades, y el país goza de una industria con un nivel razonable de desarrollo. El capital financiero, tanto local como extranjero, está entremezclado con los negocios de los terratenientes burgueses y los capitalistas en las ciudades. ¡A quién se le ocurriría hablar de un país colonial con una bolsa de accionistas! La base histórica de Argentina es similar a la de Estados Unidos. Los colonos exterminaron a la población indígena e iniciaron su desarrollo con relaciones burguesas, no feudales, aunque Argentina, por supuesto, no está tan altamente desarrollada como Estados Unidos.

Las acciones del régimen no están motivadas en absoluto por la defensa de los intereses de los derechos de los obreros y campesinos, o, mejor dicho, del proletariado agrícola, sino por la defensa de los intereses del gran capital argentino y del capital financiero altamente desarrollado del país.

Acerca de las Malvinas, la disculpa argentina consistía en el caso de un argentino casado con una malvinense que huyó de las islas cuando vio la posibilidad de la guerra. Si hubiera existido, digamos una colonia de 1.000 argentinos, entonces a lo mejor se podría haber establecido un argumento por la existencia de opresión colonialista. Pero las islas han estado en manos británicas durante 150 años. Anteriormente existió, durante muy pocos meses, una guarnición argentina que fue expulsada por los ingleses. La población de las islas es de extracción y habla inglesa.

Si bien sólo hay 1.800 habitantes en las Malvinas, aun así, los marxistas tenemos que tener en consideración sus derechos e intereses. Las reivindicaciones de la Junta sobre las Malvinas, son unas reivindicaciones puramente imperialistas del botín que allí existe en forma de recursos potenciales. E incluso, esto es un factor secundario, subordinado al propósito principal de evitar la revolución, desviando a los obreros en líneas nacionalistas. Si la Junta hubiera valorado seriamente las posibilidades de éxito, no hubiera atacado ahora, sino que hubiera esperado doce meses más. Para esas fechas, los portaaviones, las fragatas y los bombarderos Vulcan del imperialismo británico ya habrían sido vendidos como chatarra, como consecuencia de la política de recorte de los gastos públicos de la señora Thatcher, y Gran Bretaña no hubiera tenido la capacidad de resistir la invasión de las islas. Pero la amenaza de una revolución obligó a la Junta a actuar de una forma prematura. El factor decisivo era su miedo a la revolución. No obstante, las sectas ultraizquierdistas ignoran totalmente este hecho.

La actitud de los marxistas hacia esta guerra está determinada por todas estas consideraciones, y sobre todo, por el hecho de que se trata de dos potencias imperialistas, si bien en el pasado Argentina había sido un país colonial, como también lo había sido los Estados Unidos. Por lo tanto, nos oponemos a la guerra capitalista de Argentina contra Inglaterra, de la misma manera que nos oponemos a la guerra capitalista de Inglaterra contra Argentina.

Algunas de las sectas ultraizquierdistas han escogido una cita aislada de los comentarios de Trotsky acerca de la postura de los marxistas en el caso de una hipotética guerra entre Brasil e Inglaterra, sin tener en cuenta para nada el contexto concreto en que él hizo estos comentarios. Hay que tomar en consideración todos los factores cuando se analiza un conflicto bélico. Trotsky hablaba del caso hipotético de un intento del capitalismo británico de colonizar Brasil. ¡Difícilmente Brasil pudo atacar a Inglaterra! En ese caso, de la misma manera que en los casos de Chiang Kai Chech y Negus de Abisinia, hubiera sido correcto dar un apoyo crítico a la dictadura de Vargas aunque, por supuesto, no el apoyo acrítico concedido a la dictadura argentina por parte de los grupúsculos.

Argentina es un país capitalista y su invasión de las Malvinas, sobre las cuales no han ejercido un control en 150 años, es una aventura imperialista, de la misma forma que la reacción de Gran Bretaña es una aventura imperialista. En esta guerra, una derrota de Argentina provocará la revolución allí. Si las fuerzas británicas son derrotadas, por otro lado, significará la caída del gobierno de Thatcher. Cualquiera de los dos resultados sería positivo para la causa de la clase obrera internacional. Después de hacer sus comentarios acerca de Brasil, Trotsky prosigue: “Realmente, uno tiene que tener la cabeza vacía para reducir los antagonismos y conflictos bélicos a la lucha entre el fascismo y la democracia. Debajo de toda las máscaras, uno tiene que saber distinguir a los explotadores, esclavistas y ladrones”.

La estupidez del gobierno Thatcher, incluso desde una óptica burguesa, se ha puesto claramente de manifiesto. Como un estado-cliente del imperialismo estadounidense, el capitalismo británico está obsesionado con la lucha contra la Rusia estalinista. Decidió deshacerse prácticamente de la mayor parte de la Marina, ¡e incluso de una gran parte de la fuerza aérea!, y depende puramente de los mísiles Trident para enfrentarse con lo que ellos consideraban el potencial enemigo, la Unión Soviética. La estupidez y falta de previsión de la clase dominante británica se puso de manifiesto en la invasión de la Junta que tomó al gobierno conservador totalmente por sorpresa. Sin embargo, la actitud de los diferentes sectores de la clase dominante británica no está clara. Y el capital financiero tiene inversiones importantes en Argentina, y este hecho se refleja en la actitud muy poco entusiasta del Financial Times hacia la respuesta del gobierno de Thatcher.

Hay informes, tanto en la prensa seria como en la prensa amarilla, en el sentido de que el Foreign Office (Ministerio de Asuntos Exteriores), estaba perfectamente al tanto de los planes de la invasión, pero no hizo nada por evitarla. Aparentemente, el Foreign Office, y posiblemente Carrington, habían calculado mal. Es posible que hubiesen creído que podrían llegar a un acuerdo con la Junta después de la invasión de las islas. No verían con malos ojos la posibilidad de sostener a la Junta, facilitándole un éxito en su política exterior. Pero habían olvidado el hecho de que el prestigio es un factor importante en las relaciones entre los estados y las naciones, por encima de consideraciones materiales inmediatas. El poder del imperialismo previo británico en sus tratos diplomáticos con el resto del mundo hubiera quedado totalmente socavado si hubiesen aceptado tímidamente la invasión como un hecho consumado. Es por esto por lo que se levantó una protesta tan violenta en el parlamento y en la prensa contra la “humillación nacional”. Por eso, el gobierno conservador organizó y envió la “Task Force”, la armada más importante organizada por el imperialismo británico desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, una vez que la Junta había dado el paso decisivo de tomar las islas, resultó muy difícil, por no decir imposible, retroceder nuevamente.

Thatcher y el gobierno conservador no buscaban un conflicto con la dictadura bonapartista policíaco-militar. Al igual que Reagan, Thatcher desea el mantenimiento de todos los regímenes reaccionarios: Chile, Turquía y todos los demás. Pero una vez que Galtieri hubo tomado las Malvinas, a los conservadores no les quedó otro remedio. Thatcher lamentaría profundamente el que una derrota argentina produjese el colapso de Galtieri y la Junta. La hipocresía más pura de los conservadores se pone de manifiesto en que “acaban de enterarse” que el régimen de Buenos Aires es “fascista”, con el fin de justificar la guerra contra Argentina. En Inglaterra, el capital financiero no estaba contento con la política de su gobierno. Por otra parte, en Estados Unidos, la diplomacia británica logró imponer sus criterios en contra de las opiniones de Reagan, que está ansioso de prestar un apoyo abierto a los regímenes dictatoriales en América Latina, cuando ganó el apoyo de los representantes republicanos y demócratas en el Congreso y el Senado. La prensa en EEUU, desde el Wall Street Journal hasta The Village Voice está unánimemente a favor del capitalismo británico. Esto refleja los intereses decisivos de la burguesía estadounidense que están íntimamente ligados con la OTAN y sus aliados europeos.

Los acontecimientos en el Atlántico Sur han arruinado todos los planes cuidadosamente elaborados por Reagan y el imperialismo norteamericano. Su política consistió un apoyo a las dictaduras de América Latina, como un baluarte contra la revolución social. Pero el imperialismo estadounidense se encontró una situación en que de dos de sus estados-clientes (Argentina por un lado e Inglaterra por el otro) se negaron a aceptar las exigencias de Washington. Veinticuatro horas antes de la invasión argentina, Galtieri rechazó las presiones norteamericanas para que la cancelase. Asimismo, Thatcher hizo caso omiso de la idea de una solución a medias propuesta por el imperialismo norteamericano. La caída de la Junta prepararía el camino para explosiones sociales a lo largo y ancho de América Latina. Ese es el miedo de Reagan. Por otro lado, el imperialismo estadounidense, en última instancia, no podía negarse a apoyar al gobierno de Thatcher. De haber hecho esto, hubiera arruinado también a la OTAN. A regañadientes, como último recurso, ha tenido que apoyar al imperialismo británico contra Argentina.

La postura del imperialismo británico no puede servir a los intereses de la clase obrera. Su reacción ante la invasión de las Malvinas está determinada por consideraciones de prestigio, y también por la riqueza de la Antártida en petróleo y pesca que existe en las aguas alrededor de las islas.

Las Malvinas ocupan un lugar estratégico para entrar en la Antártida, y las islas Georgias del Sur son la entrada a este continente. Esta la razón por la que Inglaterra se ha apoderado de Georgia del Sur, insistiendo en una distinción legalista entre las Malvinas y Georgia del Sur, a pesar del hecho de que en el pasado siempre estaban unidas “para fines administrativos”. Después de haber recurrido a las armas, el imperialismo británico sacará la conclusión de que esta es una manera decisiva de resolver el problema. Y no se tomará en consideración ninguna las reivindicaciones argentinas. Durante toda una época histórica la cuestión quedará zanjada. Si Inglaterra logra reconquistar las islas, el capitalismo británico empezará a desarrollar los recursos de la Antártida, particularmente en la zona de las Malvinas, en un tiempo no demasiado lejano. Estos son los auténticos objetivos bélicos de capitalismo británico. Al igual que todos los regímenes, el argentino incluido, están interesados por el poder, los beneficios, los privilegios y el prestigio, y esto es lo que determina su política.

Como siempre los dirigentes del ala derechista del laborismo inglés han manifestado su apoyo al capitalismo británico y al imperialismo en su hora de peligro. Los dirigentes del grupo parlamentario del Partido Laborista, inmediatamente expresaron su apoyo al envío de la Armada y la toma de las Georgias del Sur. Foot y Healey se han comprometido con los conservadores. Su oposición tiene el carácter más débil imaginable, carecen totalmente de una base de clase. Mientras que apoyan el envío de la Armada, todavía insisten en la necesidad de una solución diplomática para resolver lo que es ahora insoluble salvo por medio de la “arbitración” de la fuerza. Ninguno de los dos bandos puede retroceder. Si la Junta a estas alturas renunciase a su control de las Malvinas, se enfrentaría inmediatamente con su caída y por tanto preferiría incluso correr el riesgo de una derrota militar. El gobierno de Thatcher se encuentra en la misma situación.

La “Task Force” no ha sido enviada para jugar a las bolitas, ni tampoco como una mera manifestación de fuerza, sino para ir a la guerra si el enemigo no retrocede. Los dirigentes del Partido Laborista se han metido en una situación absurda cuando apoyan el envío de la Armada y se oponen a su utilización. Con el fin de defender sus intereses a nivel internacional, el imperialismo británico, ahora una potencia en plena decadencia, está plenamente dispuesto a participar en una aventura bélica.

La oposición en el seno del Partido Laborista encabezada por Tony Benn, Judith Harz y otros, en el fondo, tiene un carácter puramente pacifista. Tony Benn ha defendido una postura muy valiente, pero sin haber llevado su análisis a sus últimas consecuencias. Su oposición a la guerra tendrá un cierto efecto entre las capas activas del Partido Laborista, y particularmente entre las mujeres de la clase trabajadora que temen por las vidas que se perderán en los sufrimientos que inevitablemente provocarán la guerra. Dentro el Partido Laborista existe un fuerte instinto anti-bélico, y una gran mayoría de los obreros activistas siente odio hacia el gobierno conservador. No obstante, la posición pacifista de la izquierda laborista no equivale a una oposición a la clase que está llevando a cabo la guerra. Es una oposición fútil que, una vez que la guerra adquiere mayores dimensiones, puede hacer el juego a los imperialistas.

La consigna de “»retirada de la armada¨” planteada en primer lugar por el mal llamado partido “comunista” y repetida a continuación por Tony Benn, Judith Hart y otros representantes del ala izquierdista del laborismo, es un gesto pacifista sin sentido. Naturalmente, las sectas siguen con entusiasmo los pasos del partido comunista en este callejón sin salida pacifista. ¿Cómo se podría realizar la reivindicación de la retirada de la armada? ¿Rogándoselo a la señora Thatcher? Ésta simplemente se encogería de hombros y se reiría. En toda la historia, las consignas pacifistas de “parar la guerra”, parar las movilizaciones militares o retirar la armada, nunca han tenido el más mínimo efecto. El partido comunista es demasiado cobarde y las sectas demasiado estúpidas, para llevar sus ideas hasta las últimas consecuencias. Para conseguir la retirada de la armada, haría falta una huelga general, y no sólo una huelga general, sino también una insurrección. No habría otra manera de conseguirlo. Sin embargo, semejantes consignas no obtendrían ningún eco por parte de las masas de la clase trabajadora y de ningún sector del movimiento obrero. Sería francamente ridículo defender una consigna por el estilo. Es verdad que no sería posible llevar a cabo una guerra sin el apoyo de los dirigentes de los sindicatos y el Partido Laborista. Pero la mayoría de éstos apoyan las acciones de gobierno Thatcher. En estos momentos sería absurdo llamar a la huelga general. Pero esto significa que la consigna de retirada de la armada es más absurda aún. Los marxistas no lanzan consignas que no tienen sentido, y tampoco defienden ideas que no sirven para elevar la conciencia de las capas activas del movimiento sindical y del Partido Laborista, y de la clase obrera en su conjunto.

Para los dirigentes sindicales, tanto del ala de derecha como del ala de izquierda, existe una segura línea de defensa. Esta es la idea de un llamamiento a las Naciones Unidas, que en la práctica de deberían llamarse Naciones Desunidas. Toda la historia del período de la posguerra ha demostrado que las Naciones Unidas sólo pueden solucionar problemas secundarios, los que son de menor consideración para las potencias implicadas. Si las superpotencias y otras potencias están unidas en torno a una cuestión en concreto, entonces una solución a veces es factible. Sin embargo, incluso en este caso, no sería posible si una de las partes implicadas es lo suficientemente fuerte para desafiar a las Naciones (Des) Unidas. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ha habido toda una serie de guerras “menores”, en las que la ONU se ha visto impotente para prevenir o terminar. De hecho, desde 1945 sólo ha habido diecisiete días de paz. Ha habido una guerra, o guerra civil, principalmente en el Tercer Mundo, todos los días. La ONU ha sido totalmente incapaz de evitarlas.

La ONU está formada por los poderes imperialistas, los Estados obreros deformados estalinistas y los países ex – coloniales. Este organismo está plagado de antagonismos nacionales y clasistas. Si los gángsteres logran un grado de unidad entre sí, y un sólo gángster se aparta de la línea, ¿acaso esto significa que no hay conflicto entre los gángsteres? La historia de la Mafia italiana y los gángsteres de Chicago demuestra perfectamente que una unión entre gángsteres se rompe en el momento en que uno de ellos encuentra que sus intereses no están representados por un compromiso inestable. La asamblea general de la ONU no puede servir como una asamblea imparcial, por encima de las clases, de la misma manera que los parlamentos o asambleas nacionales de los diferentes países. Todos ellos están divididos en clases antagónicas o dominados por élites privilegiadas, tampoco pueden situarse por encima de las clases. Cada una de las principales potencias que constituyen el conjunto del Consejo de Seguridad tiene además el veto para derrotar cualquier acción o, incluso, declaración protagonizada por la ONU. La actitud de los dirigentes laboristas sobre esta cuestión se explica por su incomprensión total del hecho que la sociedad está dividida en clases, y que los antagonismos entre las naciones se explican en última instancia por el carácter clasista de cada estado nacional. La lucha de clases es nacional, y al mismo tiempo internacional. Los marxistas explican que el movimiento obrero debe comprender que no puede tener ninguna confianza en la política internacional de los conservadores, de la misma manera que no pueden tenerla en la política nacional de los conservadores. La política exterior es la continuación de la política interior, y está basada exactamente en las mismas consideraciones clasistas.

La tarea de los marxistas es, en primer lugar, elevar el nivel de conciencia de las capas avanzadas de la clase obrera, de los activistas en los sindicatos, las comisiones internas en las empresas y en el Partido Laborista. Esto se puede hacer únicamente con un análisis claro de los intereses de clase de las potencias capitalistas.

Y los capitalistas de Inglaterra en la CEE, ahora han apoyado por unanimidad la lucha de Gran Bretaña contra Argentina. Esto era un intento de demostrar la solera de los países de la CEE, pero sobre todo la adopción de sanciones económicas fue dictada por consideraciones militares, con el fin de demostrar su apoyo a la OTAN. Nominalmente, por lo menos, han impuesto una prohibición a las importaciones procedentes de Argentina, y si llegamos a una batalla decisiva, el imperialismo norteamericano tendrá que hacer lo mismo. Sin embargo, las sanciones, si bien representan un golpe duro para la economía argentina, no pueden evitar que la Junta prosiga con la guerra, ya que Galtieri teme que su régimen sufriría un colapso total si no adopta una postura intransigente en la defensa de la conquista de las Malvinas.

La reconquista de las Georgias del Sur otorga al imperialismo británico una base para la Marina y el ejército. Pero parece ser que Thatcher y su gobierno tienen razones apremiantes para lanzarse a una acción militar inmediata contra las propias islas Malvinas. Desde el punto de vista de la estrategia militar, hubiera sido mejor consolidar una base militar en Georgia del Sur. Sin embargo, a pesar del hecho de que un retraso de seis o nueve meses podría significar el colapso parcial de la economía argentina, el gobierno conservador no está dispuesto esperar. Los conservadores temen que sea difícil mantener la moral durante seis meses o un año más. Por lo tanto, parece que el gobierno de Thatcher está dispuesto a arriesgarlo todo con una rápida solución del conflicto mediante un asalto a las Malvinas. La Marina, una parte de la fuerza aérea y sectores del ejército regular, conjuntamente con las fuerzas especiales (los SAS, los Comandos y el Special Boat Service) serán utilizados en un intento de retomar las islas. No obstante, para Inglaterra se trata de una guerra menor, mientras que para Argentina es una guerra de importantes dimensiones.

En Argentina, el papel de los marxistas debe consistir en una oposición hábil a la guerra. Los marxistas argentinos desenmascararán las inconsistencias de la Junta señalando la situación catastrófica de la economía causada por la casta militar. Momentáneamente, la Junta ha logrado desviar las masas argentinas en líneas nacionalistas. Pero los marxistas demostrarán la incapacidad de la casta militar para llevar a cabo una guerra revolucionaria, sin la cual la victoria argentina sobre Inglaterra, que todavía es una potencia imperialista relativamente poderosa, está prácticamente descartada. ¿Por qué la Junta no se emplea a fondo para ganar la guerra? Los capitalistas argentinos, en cuyos intereses se basa la Junta, están vinculados al capital financiero norteamericano y británico. Los marxistas argentinos exigirán la expropiación de todo el capital extranjero, empezando con las inversiones británicas.

Exigirán la devolución de Argentina a los argentinos: es decir, la expropiación del capital industrial y agrícola. Desenmascararán los privilegios y la incompetencia de los altos mandos, corrompidos y putrefactos, amén de su incomprensión militar. Sin la verdadera planificación de la industria, un racionamiento justo, y una distribución equitativa de los productos a todo el mundo, sería imposible proseguir eficazmente la guerra. Los marxistas criticarán los propósitos totalmente egoístas de la Junta y la burguesía argentina, cuya intención, en caso de poder mantener el control de las Malvinas, sería ganar fabulosos beneficios, en calidad de socio de segunda categoría del imperialismo norteamericano, en detrimento de los intereses de la clase obrera. Los marxistas explicarán cómo la victoria sobre el poderoso imperialismo británico no puede ser obtenida con métodos militares, y mucho menos bajo dirección de la Junta totalitaria, sino solamente con métodos sociales y políticos. El derrocamiento de la Junta por parte de los obreros y el establecimiento de una Argentina socialista, sería el arma más potente en la lucha contra el imperialismo en su conjunto, y de modo particular, contra imperialismo británico y estadounidense. La clase obrera argentina entonces podrá proponer el establecimiento de una Federación Socialista de Argentina y las Malvinas, con una Inglaterra socialista. Entonces, un gobierno socialista de Argentina explicaría cómo el problema de las Malvinas estuvo totalmente exagerado durante generaciones por la burguesía argentina para sus propios fines. Harán un llamamiento a todos los trabajadores de América Latina para derrumbar el sistema económico del capitalismo y el imperialismo, para derrocar a sus propias juntas y preparar el camino para el establecimiento de una Federación Socialista de América Latina.

Los propósitos de la Junta no pueden ser los propósitos de la clase obrera, sea en la política interior, o bien sea respecto de la política exterior. Para los capitalistas, la guerra será rentable. Para los obreros y soldados la guerra significará sufrimientos y muertes. En el transcurso de la guerra, si ésta se prolongase, las ideas marxistas de esta índole conseguirían un enorme apoyo en Argentina y en toda América Latina. El derrocamiento de la Junta significaría el inicio de la revolución socialista argentina, si bien en sus comienzos tendería de forma distorsionada hacia el peronismo, debido a la ausencia de una dirección marxista.

La verdad es siempre concreta. En cada conflicto particular, los marxistas siempre han analizado todos los aspectos de los antagonismos clasistas y nacionales que han conducido a la guerra. La guerra en el Atlántico Sur tendrá unas consecuencias incalculables en Argentina y América Latina, pero también en Gran Bretaña y en Europa. Cualquiera que sea el resultado de la guerra, dentro de seis o nueve meses, la señora Thatcher probablemente estará destituida como dirigente del Partido Conservador, de la misma manera que Carrigton fue eliminado debido a sus errores en el Foreign Office. Probablemente Pyn sea impulsado a la dirección del partido y al puesto de primer ministro.

Thatcher y los conservadores quieren hacer ver que la suerte y los deseos de los habitantes de las islas Malvinas son el factor primordial en todas sus consideraciones. En la práctica, es la última cosa que les preocupa. Sacrificarían los intereses de la malvinenses en un abrir y cerrar de ojos si esto correspondiese a los intereses del imperialismo británico. Es el prestigio del imperialismo británico y la perspectiva de las riquezas exóticas de la Antártida lo que determina la política del gobierno de Londres y no los intereses de los malvinenses.

La Segunda Guerra Mundial, supuestamente, fue provocada por el contencioso de Alemania y Polonia en torno a la ciudad de Danzig, que fue tomada por asalto por los nazis. En realidad, la causa principal de la guerra era la búsqueda de mercados, materias primas, posesiones coloniales y esferas de influencia. Los 1.800 habitantes de las Malvinas son simples peones en el juego del imperialismo británico. Si montan un asalto ahora se tratará de una acción desesperada del imperialismo británico, si bien no está descartado que pudiesen conseguir una victoria mediante un asalto rápido. Los soldados ingleses son profesionales con un nivel de formación militar, y la marina inglesa es todavía una de las más poderosas del mundo. Las fuerzas británicas son enormemente poderosas y están dotadas con armas y defensas tecnológicas altamente sofisticadas. Por lo visto, la moral de las tropas es muy alta.

Los marxistas deben explicar que son las contradicciones dialécticas a nivel nacional e internacional las que han provocado esta guerra. Es necesario explicar pacientemente cómo esta guerra no sirve a los intereses del pueblo argentino, ni del pueblo británico, ni de los habitantes de las Malvinas. Si el capitalismo inglés resulta victorioso entontes la ironía de la situación es que Argentina, que al fin y al cabo podía haber logrado algún tipo de participación de la explotación de la riqueza de la zona mediante la negociación, se quedará con las manos vacías. Si Inglaterra gana la guerra, Londres hará oídos sordos a las reivindicaciones argentinas. Las contradicciones sociales en Argentina, que desequilibraron al régimen, empujaron a los generales hacia una acción desastrosa.

En cuanto a los marxistas británicos, nuestra línea de actuación está clara. Debemos exigir nuevas elecciones ya, como una forma de derrocar a los conservadores y conseguir la elección de un gobierno laborista con un programa socialista. ¡El gobierno burgués nos ha metido en un lío tanto aquí como a nivel internacional! Esto significa que tenemos que defender nuestro programa global: por la nacionalización de los 200 monopolios con indemnización sólo en caso de necesidad comprobada; por el control obrero y la gestión democrática de la industria por los trabajadores; por la planificación socialista de la producción. Si fuese necesario, los obreros y los marxistas británicos estarían dispuestos a hacer la guerra contra la Junta argentina, con el fin de apoyar a los obreros argentinos en su lucha por el poder. Pero sólo un gobierno socialista democrático en Inglaterra tendría las manos lo suficientemente limpias como para hacerlo. Probablemente un gobierno laborista que llevase a cabo un programa socialista no tendría ninguna necesidad de proseguir la guerra, sino que bastaría con hacer un llamamiento socialista a los trabajadores argentinos para que derrocasen a la Junta, tomando el poder a sus propias manos y organizando una Federación Socialista de Inglaterra y Argentina, conjuntamente con las islas Malvinas. El miedo de los malvinenses desaparecería de una vez por todas con una Argentina socialista que les concediese plena autonomía con control democrático por parte de los trabajadores de las islas.

Una campaña en estas líneas, exigiendo elecciones legislativas y la elección de un gobierno laborista comprometido con un plan socialista, plantearía en la mente de la clase obrera todas las cuestiones fundamentales de quiénes están haciendo la guerra y para qué. La ironía de la situación es que el capital financiero no quería la guerra, pero mediante sus representantes conservadores han entrado por error en una guerra de imprevisibles consecuencias tanto para América Latina como para Inglaterra.

Los estrategas del capital inglés se consuelan con la idea de que Argentina no es El Salvador o Nicaragua. Tiene una industria capitalista potente y una clase burguesa poderosa en el campo. Calculan que, incluso en el caso de que una derrota argentina lamentablemente condujera la caída de la Junta, por lo menos los militares serían destituidos por los peronistas y los dirigentes peronistas de movimiento sindical.

Los dirigentes peronistas de la CGT han sugerido, de una manera tímida, la expropiación del capital extranjero, pero esto fue rápidamente negado por la Junta. No obstante, cuando la Junta caiga, los estrategas del capital inglés saben que no existe ningún partido o tendencia marxista en Argentina. Después un período de transición, y esto es inevitable si los obreros no toman el poder en Argentina, se formaría una nueva dictadura militar “para acabar con el caos”, un régimen totalitario probablemente peor aún que la actual.

La guerra en el Atlántico Sur, con todas sus repercusiones, es el resultado de la acumulación de contradicciones en las últimas décadas. El análisis que hicimos los marxistas de la crisis del capitalismo británico y del desarrollo del Partido Conservador, está confirmado por la marcha los acontecimientos. Thatcher y los conservadores están desesperados. Sin una victoria militar en las Malvinas están condenados al fracaso. La grietas entre la línea blanda (los “wets”) y la línea dura (los “dries”) están puestas en evidencia por las escisiones habidas entre bastidores sobre el tema de las Malvinas. De no haber pasado a la acción militar, el partido de los conservadores se hubiera escindido en tres fracciones. Este hecho es un fiel reflejo de las contradicciones sociales en Inglaterra. Tanto las escisiones en el seno del Partido Conservador, como el hecho de la guerra de por sí, son indicios de las contradicciones irreconciliables en la clase dominante inglesa. Hemos entrado definitivamente una nueva época de cambios bruscos y repentinos a nivel nacional e internacional. Las contradicciones sociales dentro de las fronteras de Inglaterra y Argentina son incluso mayores que las contradicciones nacionales entre ambos países. En pequeños detalles se ven las contradicciones entre las clases. Los oficiales ingleses en Georgia del Sur estaban dispuestos a poner en peligro las vidas de sus soldados, a quienes se habrá explicado, sin duda, que estaban luchando contra unos fascistas. No obstante, mientras los oficiales ingleses no estaban dispuestos a cenar hombro con hombro con sus soldados, si invitaron a los oficiales derrotados de la Junta a cenar con ellos.

Esto es sólo el inicio de una cadena de convulsiones en todo los países en el período que se avecina. Los cálculos completamente erróneos de la Junta correspondían a los cálculos erróneos del Foreign Office en Londres. No obstante, las contradicciones sociales los han impulsado hacia la guerra y ahora no encuentran ninguna otra salida. La excursión sangrienta de la guerra es siempre algo incalculable. Si bien resulta casi seguro que habrá un triunfo militar británico, esto no está totalmente garantizado. La derrota de la Junta tendría enormes consecuencias, promoviendo la revolución argentina. Una derrota británica también tendría enormes consecuencias sociales Inglaterra. Significaría el colapso de la cohesión interna del Partido Conservador.

Sea cual fuera el resultado de la guerra, los marxistas, con una orientación acertada hacia la guerra, teniendo en consideración los sentimientos de los trabajadores ingleses, ganaremos. Asimismo, una actitud correcta hacia los trabajadores en Argentina es de una importancia decisiva. Los sectarios permanecerán encerrados en su mundo fantástico de consignas disparatadas y falsas explicaciones, y no ganarán absolutamente nada, salvo posiblemente algunos elementos raros. Una actitud marxista hacia la guerra podría resultar en un aumento importante en el apoyo a las auténticas fuerzas del marxismo. Somos la única parte del movimiento obrero que tiene una clara comprensión en primer lugar de la guerra en general y, en particular, de la guerra de las Malvinas, en segundo lugar de cómo acercarnos a la clase obrera y las demás capas explotadas de la población para ganarlas a las ideas del marxismo en una situación de guerra.