Francia: la mayor huelga general en décadas señala una nueva era de lucha de clases

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La huelga general de ayer [jueves 5 de diciembre] contra la reforma de las pensiones de Macron representó una «convergencia de luchas» de toda la sociedad francesa. Según la CGT (la federación sindical al frente de la huelga), 1,5 millones de personas participaron en las manifestaciones, lo que convertiría a este movimiento en el mayor movimiento desde la batalla contra el paquete de ataques de Alain Juppé en 1995. El espíritu de los chalecos amarillos se puede sentir en las calles, donde (a pesar de las limitaciones de su dirección) los trabajadores están dirigiendo su furia, no solo contra la reforma de las pensiones, sino contra el gobierno en general.

La policía y los sindicatos han proporcionado cifras contradictorias de participación en diferentes partes del país, lo que dificulta obtener una imagen completamente precisa. Por ejemplo, en Marsella, la CGT afirmó que había 150.000 manifestantes, seis veces más que la estimación oficial de la policía. Las autoridades tienden a minimizar la escala de las manifestaciones, y al mirar las imágenes en las redes sociales, parece que los números de los sindicatos están más cerca de la verdad. Lo que no está en duda es que la participación en todas partes fue significativamente mayor que en los últimos años.
La policía contó 33.000 en Toulouse, 20.000 en Burdeos, 19.000 en Nantes, 15.000 en Clermont-Ferrand, 13.000 en Lille, Ruan y Grenoble; y varios miles en Tours, Rennes, Brest, Saint-Etienne, Bayona, Pau, Estrasburgo, Perpignan, Limoges, Saint-Nazaire y Caen. Si suponemos que se aplica una escala de deshonestidad similar a estos números en cuanto a la participación en Marsella, la cifra nacional es realmente sobresaliente. También hubo una movilización masiva en Versalles, donde las huelgas cerraron, no solo la estación de tren, sino también el Palacio.

Convergencia de luchas

Los trabajadores del transporte formaron la columna vertebral de la huelga. Hubo un cierre casi total del transporte público, y el grupo ferroviario estatal (SNCF) estimó que solo uno de cada 10 trenes de alta velocidad e interurbanos circularon ayer. El 90 por ciento de los servicios regionales se cerraron de manera similar. En París, las estaciones de metro quedaron desiertas mientras los trabajadores del ferrocarril iniciaban la huelga. Los servicios internacionales como el tren Eurostar también quedaron paralizados, y Air France se vio obligada a cancelar el 30 por ciento de los vuelos internacionales internos y de corta distancia tras una huelga masiva de los controladores de tráfico aéreo.

Otras capas de trabajadores del sector público participaron con fuerza, en particular los docentes. Cientos de escuelas cerraron y alrededor del 70 por ciento de los maestros de primaria y el 60 por ciento de los maestros de secundaria se declararon en huelga, muchos de los cuales se unieron a las manifestaciones de sus alumnos. Los trabajadores de la salud también tuvieron una presencia visible. Aunque se vieron obligados a mantener un servicio mínimo, participaron fuertemente en todo el país, y hay imágenes circulando en las redes sociales de flotas de ambulancias bloqueando las carreteras principales de París.

El puño del Estado francés (ya ensangrentado por su represión de los chalecos amarillos) cayó con fuerza en las manifestaciones. 6.000 policías antidisturbios se alinearon en la ruta de la columna principal en París, que marchaba desde la estación ferroviaria Gare du Nord al este de la ciudad, y por la tarde hubo más de 70 arrestos. A medida que avanzaba el día, los gendarmes de todo el país se volvieron más agresivos, disparando gases lacrimógenos y lanzando los temibles botes de «bolas de picadura» a las multitudes: el cruel arma antidisturbios que ha costado a muchos chalecos amarillos sus dedos y ojos. A pesar de esto, los manifestantes fueron mayormente pacíficos, con solo unos pocos enfrentamientos y conatos de vandalismo.

Los bomberos jugaron un papel especialmente heroico. Hace dos meses, realizaron una manifestación sobre las condiciones salariales y laborales, que fue violentamente reprimida por la policía. Esto ha tenido un fuerte impacto en su conciencia. A pesar de los enfrentamientos entre los bomberos y la policía en Lille, en su mayoría fueron una fuerza disciplinada, que salió como un bloque organizado en Aviñón, Toulon, Rennes y Ruan, levantando sus manos para mostrar que no estaban buscando pelea. Pero eso no significa que fueran pasivos.

En la capital, los bomberos se enfrentaron al CRS (la policía antidisturbios), después de que la columna principal fuera bloqueada en el Boulevard Magenta y nuevamente en la Place de la République. La multitud fue golpeada con una descarga de gases lacrimógenos, haciendo que el aire fuera irrespirable, después de lo cual los bomberos se taparon la boca con mascarillas y marcharon a la cabeza de la columna para hacer retroceder a la policía, rompiendo el bloqueo y permitiendo que la columna continuara. Todo el tiempo, la multitud cantaba: «Macron, démisson!» (Macron, dimisión) – la principal consigna de los chalecos amarillos.

Si bien el paro en el sector público fue generalizado, fue una historia diferente para los trabajadores del sector privado. Nuevamente, hay información limitada disponible, pero parece que la participación aquí se limitó a una pequeña minoría. Por ejemplo, se informó que solo el cinco por ciento de los trabajadores de la fábrica de Renault en Flins participaron, a pesar de que hubo un llamamiento a la participación de los sindicatos.
Sin embargo, algunas industrias clave del sector privado se vieron afectadas. Por ejemplo, los trabajadores petroleros en las refinerías emergieron en los últimos años como un sector muy radical de la clase trabajadora. Siete de las ocho principales refinerías francesas estuvieron en huelga ayer, incluidas las operadas por Total en Donges (Loire-Atlantique), Gonfreville-l’Orcher (Seine-Maritime), Grandpuits (Seine-et-Marne), Feyzin (zona metropolitana de Lyon). ) y La Mède (Bocas del Ródano).
Además, hubo interrupciones en otras secciones de la cadena de suministro. Por ejemplo, los huelguistas bloquearon 12 de los 200 almacenes de Total. Los estibadores también han participado, haciendo huelga en los puertos petroleros de Fos y Le Havre, y de manera ruidosa en Portes-les-Valence (Drôme), Puget-sur-Argens (Var) y Saint-Jean-de-Braye (Loiret).

Si bien han visto reducirse sus efectivos, los chalecos amarillos se hicieron notar durante las manifestaciones, hombro con hombro con los sindicatos. Han sido filmados levantando cabinas de peaje en St-Arnoult, permitiendo que el tráfico pasara sin pagar; y pequeños grupos de entre 200 y 300 manifestantes han estado reviviendo la táctica característica de los chalecos amarillos de bloquear las rotondas. Los chalecos negros (el movimiento de inmigrantes indocumentados inspirados en los métodos de los chalecos amarillos) también participaron en las manifestaciones, ofreciendo solidaridad general con la huelga y planteando sus propias reivindicaciones de papeles para trabajar legalmente en el país.

Aunque la participación juvenil fue generalizada, los estudiantes no salieron como un bloque organizado. Los camaradas de la CMI levantaron consignas de solidaridad entre estudiantes y trabajadores y de derribar al gobierno, en las asambleas de estudiantes en Toulouse y París, que fueron bien recibidas. Sin embargo, existe un sentimiento de descontento con los líderes oficiales del movimiento estudiantil, que han convertido las asambleas de estudiantes en el campus en foros de discusión inoperantes. También ha habido cierta confusión y desmoralización después de una serie de derrotas infligidas contra el movimiento estudiantil en el período reciente. Como resultado, si bien se han celebrado asambleas de 400-500 en varios campus, esta cifra es mucho menor que durante el movimiento de los chalecos amarillos en su apogeo.

Esto no sugiere que los jóvenes no apoyen la huelga, sino todo lo contrario. Los estudiantes perciben cada vez más la dinámica de la lucha en las calles, entre la clase trabajadora, en lugar de verse a sí mismos como una facción separada. Como resultado, en lugar de debatir interminablemente con sus compañeros en el campus, miles de jóvenes simplemente se han lanzado a las manifestaciones, junto con los trabajadores.
La huelga se extendió hasta hoy viernes, lo que resultó en 350 km de atascos en el área de París, y la mayoría de las redes de transporte público permanecerán cerradas durante el fin de semana. Aunque las escuelas están oficialmente abiertas nuevamente, aún se están paralizando muchas clases. A pesar del caos y de los fervientes intentos del gobierno de Macron para crear una brecha entre la población en general y los trabajadores del sector público (a quienes Macron y la prensa han acusado de disfrutar de «privilegios» injustos), el apoyo público a la huelga es muy alto. Una encuesta reveló que el 69 por ciento de los franceses apoya el movimiento.

Las masas han llegado a la conclusión correcta de que el ataque de Macron al sector público y a las pensiones representa parte de una política general de ataques contra los trabajadores. Si no se le resiste, Macron continuará diezmando las condiciones de trabajo y los servicios públicos a instancias de sus amos capitalistas. Como comentó Arnaud, un gerente de ventas de 30 años:

«Si la gente realmente supiera cómo les afectaría esta reforma, todos estarían en la calle».

Problema de dirección

Hoy, la CGT convocó una cumbre general, en la que participaron el sindicato Force Ouvrière, Solidaire, FSU y cuatro organizaciones juveniles, para debatir cómo continuar. Posteriormente se anunció que se realizará otra huelga «interprofesional» el próximo martes, después de una respuesta programada del gobierno de Macron. Mientras tanto, las asambleas generales de trabajadores de SNCF y RATP ya habían votado por grandes mayorías continuar su acción hasta al menos el lunes.

A pesar de enfatizar la necesidad de «generalizar las huelgas en todos los lugares de trabajo», hay una sensación ineludible de que la dirección de la CGT está rezagada con respecto a los acontecimientos. Está surgiendo una clara contradicción entre la estrategia y la perspectiva de los máximos dirigentes sindicales, y las bases. Los primeros, están volcando toda la movilización sobre la reforma de las pensiones, mientras que las bases están atacando la política general del gobierno de Macron y pidiendo su caída. Está claro que la dirección del sindicato se asustó por la experiencia del movimiento de los chalecos amarillos, que se desarrolló completamente fuera de su control y estalló como una lucha de proporciones insurreccionales.

En la última década, donde la crisis del capitalismo francés ha hecho imposible las concesiones del gobierno, la estrategia de los líderes sindicales ha seguido cierto patrón. El gobierno llevaría a cabo ataques contra la clase trabajadora, que presionaría a los sindicatos para que convocaran luchas. Los sindicatos luego llamarían a varios «días de acción» (raramente huelgas), que serían combativas y muy bien seguidas, pero que no lograrían nada más que soltar el vapor de descontento. Una vez que el movimiento se agotara, la gente volvería al trabajo, con las manos vacías y desmoralizada, y el gobierno continuaría con sus recortes.

La crisis capitalista ha socavado el antiguo sistema de colaboración social, en el que la burocracia sindical serviría como «mediador» oficial entre el gobierno y la clase trabajadora. Para mantener sus posiciones privilegiadas, los burócratas se han adaptado y ahora simplemente juegan el papel de frenar a la clase trabajadora y a tratar de dirigir su ira creciente por canales seguros.

El movimiento de los chalecos amarillos marcó el final de esta estrategia. Fue dirigido por las capas más pobres y marginadas de la sociedad francesa, y se convirtió en un grito de guerra para la clase trabajadora que se hartó por completo del papel sofocante de sus organizaciones tradicionales. Que los chalecos amarillos surgieran completamente fuera de las estructuras oficiales de los sindicatos (cuyos líderes los trataron con odio y sospecha) no fue nada sorprendente, al igual que su escepticismo hacia las organizaciones de masas tradicionales. A pesar de los esfuerzos de los sindicalistas de base para construir vínculos de solidaridad con los chalecos amarillos, esta hostilidad mutua nunca se superó por completo.

Hoy, a pesar del retroceso del movimiento (bajo los golpes del Estado, y debido a la falta de una dirección revolucionaria), el impacto de los chalecos amarillos en la sociedad francesa ha sido profundo. Ha habido dos efectos principales. En primer lugar, las masas han aprendido de los chalecos amarillos que la forma de conseguir concesiones es a través de la acción directa. Al forzar un cambio de sentido en el regresivo impuesto al combustible de Macron, los chalecos amarillos lograron más en unas pocas semanas de lo que las organizaciones de masas habían ganado en 10 años. Como comentó Isabelle Jarrivet, una administrativa del ayuntamiento de 52 años en París:

“Las protestas de los chalecos amarillos hicieron que la gente pensara y hablara más sobre política y que la gente estuviera decidida a no dejar pasar las cosas. Puedes sentir un estado de ánimo desafiante en el ambiente».

En este sentido, aunque los chalecos amarillos han retrocedido, son más fuertes que nunca. Para muchos manifestantes en la calle, el sentimiento de hoy es: «todos somos chalecos amarillos».

El segundo efecto de los chalecos amarillos fue centrar todas las luchas dispares de la sociedad francesa contra esta o aquella contrarreforma en una lucha general contra toda la política del gobierno de ricos de Macron. Esto realmente ha sacudido a las cúpulas de los sindicatos. Al no poder desviar la ira de las masas hacia inútiles «días de acción» (que el gobierno no teme en lo más mínimo), se vieron obligados, por la presión desde abajo, a organizar una huelga adecuada, que paralizó el país y puso a Macron de vuelta a la defensiva.

El problema, desde el punto de vista de los burócratas, es que -dada la profundidad de la ira en las calles y las lecciones aprendidas sobre la experiencia del movimiento de los chalecos amarillos- esta huelga tiene el potencial de salirse rápidamente de control.

Es notable que los dirigentes sindicales hayan sido deliberadamente tímidos a la hora de organizar la participación de diferentes sectores y partes del país. La verdad es que, a pesar de lo que dicen, realmente no quieren una «convergencia de luchas» que atraiga a amplios sectores de la sociedad francesa. No han hecho ningún esfuerzo serio para coordinar la lucha nacional, ni proporcionarle ninguna dirección política, programa, objetivos o perspectivas.

Es evidente, por las consignas y el estado de ánimo en las calles, que las masas no solo quieren que se cancele la reforma de las pensiones, sino que quieren a Macron fuera. Otro movimiento insurreccional desde abajo -especialmente uno con un claro carácter de clase- pondría en peligro la posición privilegiada de la burocracia sindical. Las cúpulas simplemente quieren aprovechar la huelga para forzar nuevas negociaciones con el gobierno (como queda claro en las declaraciones del Secretario General de la CGT, Philippe Martinez). Como tal, están haciendo todo lo posible para centrarse exclusivamente en la reforma de las pensiones, evitando cualquier consigna contra el gobierno en su conjunto y negándose a proporcionar dirección para una ofensiva general contra Macron.

La reforma de las pensiones es el reflejo de una necesidad más profunda del capitalismo francés en crisis por exprimir a la clase trabajadora. Toda la política de Macron es una expresión de esto. Por lo tanto, la batalla contra la reforma de pensiones requiere, en última instancia, un ajuste de cuentas con el régimen de Macron en su conjunto. La estrategia de bancarrota de los líderes de la CGT está diseñada simplemente para contener y desviar la energía insurreccional de las masas hacia un callejón sin salida.

Lamentablemente, Mélenchon y la Francia Insumisa han adoptado la misma posición, haciendo hincapié en la lucha contra la reforma de las pensiones de forma aislada. Esto está muy lejos del radicalismo de la postura de Mélenchon durante el apogeo del movimiento de los chalecos amarillos, donde respaldó su reivindicación de derribar a Macron e incluso disolver la Asamblea Nacional. Esto refleja la crisis que atraviesa a la Francia Insumisa, cuya aversión a establecer estructuras partidarias adecuadas, a favor de seguir siendo un «movimiento social» amorfo, ha obstaculizado a la organización. Después de un doloroso resultado durante las recientes elecciones europeas, de hecho, esta autoconfianza herida precipitó un giro hacia la derecha, con Mélenchon haciendo propuestas a los Verdes (que no son mejores que los socialdemócratas) para formar un gobierno de coalición en el futuro.

Esta es precisamente la estrategia equivocada en este momento. Si Mélenchon pudiera recuperar parte de su espíritu radical de hace dos o tres años, colocar a la Francia Insumisa sobre una base adecuada y organizada, y presentar consignas audaces destinadas a derribar a Macron, podría llenar el vacío dejado por las organizaciones de masas y conectar con el ambiente insurreccional. Tal como están las cosas, la situación límite en que se encuentra la Francia Insumisa se reflejó durante la marcha en París, donde constituyeron un bloque de 200 en la parte posterior de una columna de más de 200.000 personas.

¡El espíritu de los chalecos amarillos sigue vivo!

En marcado contraste con la pasividad y la obsesión por las «negociaciones» por arriba, la base del movimiento sindical es audaz y dinámica. Los trabajadores ya están celebrando asambleas generales por iniciativa propia y haciendo esfuerzos para extender y fortalecer la huelga. Esto representa el camino a seguir.

El principal peligro en este punto es que los trabajadores del transporte a la vanguardia de la huelga se aíslen. El gobierno probablemente puede soportar una huelga de transporte indefinida si otros sectores retroceden o no salen. Si la situación se volviera desesperada, el gobierno podría incluso entablar negociaciones separadas con los jefes de los sindicatos del transporte para proteger a los trabajadores de esta industria de la peor parte de las reformas de pensiones, con el fin de crear una brecha entre ellos y el resto de la clase trabajadora.

Como se mencionó, los dirigentes sindicales no están haciendo ningún esfuerzo por organizar seriamente la huelga o atraer trabajadores del sector privado, más allá de «llamar» pasivamente a la acción. Los trabajadores en lucha deben convertir sus asambleas generales en la base de una dirección revolucionaria, elegida de entre sus propias filas. En lugar de simplemente invitar a capas más amplias de la clase obrera a unirse a la lucha, esta dirección debe explicar políticamente a los trabajadores que todos sus males en última instancia provienen del podrido gobierno de Macron, que actúa a instancias del igualmente podrido sistema capitalista. Lo que se necesita, por lo tanto, es un programa de acción: una huelga general indefinida para terminar lo que comenzaron los chalecos amarillos, y poner fin a Macron.

Está claro que el movimiento de los chalecos amarillos fue el primer capítulo de una nueva era de la lucha de clases en Francia, en la que millones de trabajadores se han dado cuenta de su poder potencial. Los chalecos amarillos estaban limitados por su carácter heterogéneo de clase y la falta de métodos claros de lucha de clases. Ahora, existe la posibilidad de un movimiento a un nivel cualitativamente más alto, arraigado en la clase trabajadora. Si los métodos de lucha de los trabajadores se combinan con el coraje y la acción directa de los chalecos amarillos, ninguna maniobra de Macron ni de los dirigentes sindicales podrá frenar el movimiento. Lo que estamos presenciando es el siguiente paso hacia una pujante Revolución Francesa.