Estado Español: A cien años del golpe de Primo de Rivera, ensayo general de una guerra civil

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Se cumplen cien años del golpe de Estado que llevó al poder al general Miguel Primo de Rivera, golpe de Estado que fue urdido por la patronal y la alta oficialidad del Ejército y que contó con el apoyo decisivo del rey Alfonso XIII.

La crisis de la Restauración

El golpe de Primo de Rivera y la dictadura que se estableció a continuación fueron el último capítulo de la larga crisis del sistema de la Restauración borbónica. El sistema político que se levantó sobre la derrota de la I República y el fin del periodo conocido como Sexenio Revolucionario empezó a dar síntomas de agotamiento ya en la primera década del siglo XX, cuando los partidos dinásticos (liberales y conservadores) empezaron a fraccionarse y el Ejército fue ganando cada vez más protagonismo en la vida política del país.

El crecimiento de la industria y el comercio en el periodo de paz social que acompañó al reinado de Alfonso XII sentó las bases para un aumento de la lucha económica de la clase obrera, que adquirió especial fuerza a partir de 1890. Por otro lado, la derrota del imperialismo español frente al estadounidense en Cuba y Filipinas fue una conmoción tanto para la intelectualidad como, fundamentalmente, para una casta militar, formada para el control y el saqueo de las colonias y para la represión en la metrópoli, que ahora se veía privada de posibilidades de ascenso rápido y de destinos de prestigio fuera de las modestas colonias africanas.

La cuestión nacional catalana será otro elemento coadyuvante en la crisis de la Restauración. La creación de la Mancomunitat Catalana y la Asamblea de Parlamentarios de 1917 provocaron una airada respuesta del Ejército ante este ataque a “la unidad de España”. La Diada de 1923 fue especialmente conflictiva, con disturbios, cánticos contra el Ejército y a favor de la República del Rif y de Abd El-Krim y decenas de detenidos, menos de cuarenta y ocho horas antes del alzamiento de Primo de Rivera.

En la cima de todo el entramado político de la Restauración se hallaba la figura del rey, al que la constitución de 1876 daba no sólo poderes excepcionales sino también atribuciones de gobierno, siendo decisiva su intervención en la formación de gabinetes sin mediar elecciones. El rey Alfonso XIII hará un uso mucho más extenso de estas atribuciones del que hizo su padre, de breve reinado, y la crisis del régimen agudizará sus tendencias bonapartistas, promoviendo la solución autoritaria que finalmente tomaría forma con Primo de Rivera en 1923.

El trienio bolchevique

La irrupción del movimiento obrero fue el elemento central de la crisis de la Restauración, una irrupción causada fundamentalmente por el impacto de la guerra y por la inspiración de la Revolución Rusa.

La neutralidad española en la Primera Guerra Mundial había abierto los mercados europeos a una burguesía española hasta entonces muy poco competitiva. Pero los fabulosos beneficios empresariales no se tradujeron en un aumento de los salarios, que eran devorados por la inflación desbocada. Tras una serie de huelgas contra la carestía en 1916, CNT y UGT lanzaron la convocatoria de agosto de 1917 como un abierto desafío al régimen, exigiendo no sólo mejoras económicas sino también el fin del sistema caciquil siguiendo el ejemplo de la Rusia revolucionaria.

La huelga general de 1917 fue el comienzo del mayor movimiento huelguístico que el Estado español había visto hasta entonces. Un movimiento que, sobre todo en Andalucía, adquirió proporciones insurreccionales. Las huelgas agrarias en Andalucía, con ocupaciones de fincas y quema de registros de la propiedad, y las huelgas industriales en Cataluña, como la de la Canadiense (que consiguió la instauración de la jornada de ocho horas) fueron el punto álgido del proceso conocido como Trienio bolchevique.

La reacción del Estado y de la patronal frente al movimiento de la clase obrera, así como la ausencia de una dirección revolucionaria, condujeron a la derrota del movimiento y, en Barcelona, a su enquistamiento bajo la forma de lucha armada entre la CNT y los pistoleros de los “sindicatos libres” promovidos por la patronal y por el gobernador civil Severiano Martínez Anido. Con la lucha reducida a la pistola en Barcelona y agotada en el resto del Estado, la reacción levantaba la cabeza y exigía orden, alimentando las tendencias bonapartistas en el aparato del Estado.

En mayo de 1922, en pleno auge del pistolerismo, el general Miguel Primo de Rivera asumió la capitanía general de Cataluña. En los meses que coincidió en Barcelona con Martínez Anido, antes del cese de éste último el 24 de octubre, Primo de Rivera colaboró con la represión del movimiento obrero y empezó a tejer la red de complicidades con la patronal catalana que le ayudaría a postularse como el candidato a encabezar un alzamiento en nombre del rey.

La guerra de Marruecos

El 22 de agosto de 1923, en el puerto de Málaga, los soldados que esperaban a ser embarcados en el buque Lázaro con destino a Melilla empezaron a abuchear la interpretación de la Marcha Real. Acto seguido, los soldados se negaron a embarcar y arrojaron al suelo sus municiones. Así comenzó un motín que se extendió por dos días en la ciudad andaluza y que terminó con un sargento de Ingeniero muerto por los amotinados y con uno de sus participantes, el cabo Barroso, condenado a muerte en un consejo de guerra y después indultado por el gobierno.

El motín de Málaga muestra cabalmente cuál era la situación del Ejército español en la guerra de Marruecos. La insubordinación y descomposición que revelaban estos hechos, así como la respuesta del gobierno, provocada por la repulsa social a la guerra y que los militares estimaron como tibia, fue uno de los factores que aceleraron los preparativos para el alzamiento militar.

Para ese entonces, la República del Rif, presidida por Abd El-Krim, controlaba buena parte del protectorado español en Marruecos. Su victoria en Annual, dos años antes, provocó una seria crisis política en España tanto por la magnitud de la derrota y las cifras espeluznantes de víctimas mortales, como por la cuestión de las responsabilidades que, claramente, no se agotaban en el malogrado general Silvestre.

El general Juan Picasso, tío segundo del pintor malagueño, asumió la tarea de elaborar un informe sobre las responsabilidades del Desastre de Annual que amenazaba tanto a la estructura militar del protectorado como al propio monarca, beneficiario último de la trama corrupta generada en torno a la guerra. La cuestión de las responsabilidades fue otro de los elementos que decidieron tanto a los militares como al rey a prescindir de la democracia parlamentaria y recurrir al gobierno directo de la espada.

La postura de Primo de Rivera respecto a Marruecos era motivo de controversia; si bien en un primer momento era partidario de abandonar el protectorado por la sangría de vidas y recursos que suponía, lo que le valió críticas por parte de los oficiales africanistas (entre ellos el propio Franco), ya en septiembre de 1923, pocos días antes del golpe, cambió de forma oportunista su posición, lo que le permitió encabezar la insurrección.

El golpe

Las conspiraciones golpistas en el seno del Ejército fueron un elemento recurrente desde la crisis de 1917. En ese año se formaron las Juntas de Defensa, que amenazaron con un golpe de Estado para frenar las movilizaciones obreras y el movimiento por la autonomía catalana. Las Juntas aparecieron en un principio para defender los intereses corporativos de los oficiales destinados en la península frente a los rápidos ascensos de los destinados en África. Una vez superada la crisis de 1917, llegaron a un acuerdo entre caballeros con el rey por el que estas se disolvían a cambio de que el monarca hiciera cumplir sus demandas. Pero las Juntas pervivieron y fueron protagonistas de la conspiración que llevó a Primo de Rivera al poder.

Fue un grupo de cuatro generales, el llamado Cuadrilátero, el que dirigió desde Madrid la conspiración golpista; estos eran José Cavalcanti, Federico Berenguer, Leopoldo Saro Marín y Antonio Dabán Vallejo. Después de sondear a varios generales para encabezar el alzamiento, entre ellos al ya anciano Valeriano Weyler (el que fuera capitán general de Cuba y responsable de la política criminal de reconcentración), el Cuadrilátero se decidió por Miguel Primo de Rivera por sus vínculos con el empresariado catalán y sus buenas conexiones con la Corona y el resto de la oficialidad.

Primo de Rivera declaró el estado de guerra en Cataluña en la madrugada del 12 al 13 de septiembre de 1923. Pocas horas después, hizo público su Manifiesto al País y al Ejército, una arenga cuartelera por escrito en la que lo más importante es que el general dice actuar en nombre del rey y de acuerdo con éste. Tras cuarenta y ocho horas de incertidumbre, el propio monarca confirmaría el triunfo del pronunciamiento encargando a Primo de Rivera la formación de un directorio militar. El golpe triunfó por “efecto cascada” en el Ejército y por la decisión personal del monarca. La constitución de 1876 fue suspendida. La crisis de la Restauración entraba en su última fase.

El papel del rey

El golpe de Estado pilló al rey de vacaciones en San Sebastián. De cualquier modo, los preparativos de éste no eran ningún secreto para Alfonso de Borbón, ni las aspiraciones de los generales eran distintas a las suyas propias. El propio monarca había contemplado la posibilidad de gobernar de forma directa, prescindiendo del parlamento, y en todos los conflictos previos entre las autoridades civiles y militares, el rey decidió siempre a favor de las fuerzas armadas, su único verdadero sostén.

El 23 de mayo de 1921, Alfonso XIII pronunció un discurso en el Casino de Córdoba, ante las autoridades y los terratenientes de la provincia, en el que dio buena muestra de sus ambiciones absolutistas. Alfonso XIII había llegado a la conclusión de que la democracia burguesa era impotente para detener la revolución, alimentada por lo que él llamaba “la idea soviética”, y se proponía a sí mismo como intérprete de la “voluntad del pueblo” pasando por encima de los políticos.

«Algunos dirán que me estoy saliendo de mis deberes constitucionales pero llevo diecinueve años de Rey constitucional y me he jugado la vida muchas veces para que me vengan ahora a coger en una falta constitucional».

Este discurso fue recibido con impotentes protestas por parte del PSOE, con alborozo por parte de la burguesía y con un silencio vergonzante por parte del gobierno de Allendesalazar. El efecto del discurso del rey se veía multiplicado por la parálisis y la impotencia de los distintos gobiernos que se sucedían en aquel periodo de crisis y que, llegado el momento, no encontrarían a nadie que los defendiera.

Exactamente igual que Víctor Manuel III de Italia un año antes, Alfonso XIII de España entregó el poder a un golpista. Pero, a diferencia de Italia, aquí no había un movimiento de masas de la pequeña burguesía que lanzar contra el movimiento obrero, sino un golpe de Estado militar apoyado abiertamente por la Corona y la patronal con el objetivo de defender sus intereses. Pero, también igual que en Italia, el apoyo de la Corona a la dictadura fue un golpe mortal para aquella, que en el caso de España no fue capaz de sobrevivir a la dictadura personal de su espadón y sólo pudo ser restaurada, en la figura del nieto de Alfonso XIII, cuarenta y cuatro años después.

La dictadura

El golpe de Estado fue recibido con júbilo por la burguesía, el clero y el aparato del Estado y con frialdad por parte de la clase obrera. No hubo una respuesta coordinada y extensa del movimiento obrero, que se vio paralizado por la rapidez con que triunfó el golpe, por la indecisión de sus dirigentes y por el agotamiento del ciclo de luchas precedente. Una vez en el poder, Primo de Rivera lanzó la represión contra los batallones más combativos del proletariado, fundamentalmente la CNT y el recién nacido PCE, mientras que se atrajo a los dirigentes del PSOE y la UGT, que aceptaron formar parte del mecanismo corporativo de relaciones laborales impulsado por el Directorio militar a imagen y semejanza del corporativismo fascista italiano.

La colaboración socialista, el crecimiento económico y el final de la guerra de Marruecos proporcionaron a Primo de Rivera unos años de tranquilidad, en los que impulsó una política de obras públicas, aumentó los aranceles para beneficiar fundamentalmente a la industria catalana y estableció un Directorio civil que sustituyó al militar. Primo de Rivera se propuso construir un partido único que diera cobertura política a su dictadura, la llamada Unión Patriótica, para la que cooptó a personalidades destacadas de los partidos dinásticos, que se vieron diezmados de forma decisiva.

Pero, ya en la segunda mitad de los años 20, la tensión con el catalanismo por los ataques a la lengua y las instituciones catalanas y la oposición de los intelectuales y los estudiantes por el intervencionismo del gobierno en las universidades empezaron a erosionar a la dictadura. Al mismo tiempo, el movimiento obrero se revitalizaba, lo que provocó que los socialistas retiraran su apoyo a Primo de Rivera para bascular hacia el acuerdo con los republicanos. La crisis de 1929 fue la puntilla de la dictadura de Primo de Rivera, que se vio obligado a dimitir en enero de 1930 para morir poco después en un hotel de París.

La caída de la dictadura de Primo de Rivera fue, asimismo, el último acto de la monarquía de Alfonso XIII, que en poco más de un año sería barrida por la proclamación revolucionaria de la II República. La dictadura de Primo de Rivera había laminado a los viejos partidos dinásticos, era imposible volver a la situación anterior al golpe de Estado. Los acontecimientos se movieron de forma imparable hacia el fin de la monarquía.

La dictadura de Primo de Rivera fue el penúltimo intento de la burguesía y el aparato del Estado españoles de encontrar una solución a los problemas estructurales del capitalismo español sin un enfrentamiento decisivo con la clase obrera. Ese enfrentamiento se dará finalmente en 1936.