El Doctor Doom predice «días oscuros» para el capitalismo

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Nouriel Roubini es un economista burgués interesante y poco ortodoxo. Su fama se debe principalmente a que predijo correctamente la crisis financiera de 2008, una hazaña que no le hizo gracia a la mayoría de los demás economistas, que no predijeron absolutamente nada.

Por puro despecho, le honraron con el poco cortés apodo de «Doctor Doom» [Doctor Maldición en inglés, NdT], presumiblemente porque sus perspectivas pesimistas para el capitalismo mundial no encajan bien con su habitual coro de optimismo y confianza inquebrantable en la «economía de libre mercado».

Ahora ha escrito un libro titulado Megathreats (Megamenazas), en el que predice una recesión «larga y espantosa» en Estados Unidos y en todo el mundo. (Nouriel Roubini, Megathreats: Las diez tendencias que amenazan nuestro futuro y cómo sobrevivir a ellas)

Sin duda, esto no ayudará mucho a su reputación entre sus colegas economistas. Pero como la principal objeción que le hacen es que con demasiada frecuencia se ha demostrado que tiene razón, sus quejas no tienen por qué molestarnos excesivamente.

En pocas palabras, Roubini advierte que el mundo entero está deslizándose con los ojos cerrados hacia una desastrosa crisis de la deuda. Lo compara con Argentina, que ha dejado de pagar su deuda nueve veces desde su independencia en 1816.

No es en absoluto una exageración. A finales de 2021, la deuda mundial, tanto pública como privada, superaba el 350 por ciento del producto bruto interno del planeta. La conclusión es ineludible. Roubini concluye que La Madre de todas las Crisis de Deuda será inevitable en esta década, o en la siguiente.

Todos los remedios posibles para evitarla han sido probados y han demostrado ser defectuosos, ya que sólo posponen el fatídico día, creando nuevas e irresolubles contradicciones.

El keynesianismo está agotado

El modelo keynesiano, tan querido por todos los reformistas (tanto de la derecha como de la izquierda) está agotado. Ese hecho se expresa en una enorme montaña de deuda que se cierne sobre toda la economía mundial. Y tarde o temprano, las montañas experimentan avalanchas que arrasan con todo.

Las contradicciones económicas y sociales se acumulan. Y Roubini ha llamado la atención sobre diez de ellas, aunque hay muchísimas más.

Por poner sólo un ejemplo: ha entendido que los avances tecnológicos y científicos, que en un sistema racional deberían significar una reducción de la jornada laboral y una mejora general de la calidad de vida para la mayoría, bajo el capitalismo, representan una amenaza mortal.

El impacto de la inteligencia artificial, la robótica y otros avances destruirán un gran número de puestos de trabajo y llevarán al desempleo tecnológico masivo, amenazando incluso a capas antes privilegiadas como los médicos y los contadores.

«No veo un futuro feliz en el que los nuevos empleos sustituyan a los que la automatización arrebata. Esta revolución parece terminal», escribe. Sin embargo, nadie se toma en serio esta cuestión.

También entiende las peligrosas concentraciones de poder empresarial, el aumento de las desigualdades sociales y la difusión de la desinformación que socava la cohesión social y amenaza la estabilidad del statu quo. Y todas estas conclusiones son perfectamente correctas.

Roubini también expresa su preocupación por muchas otras cosas, como el peligro de que las tensiones entre EE.UU. y China desemboquen en un conflicto militar, la enorme expansión del problema de los refugiados como consecuencia del colapso económico, las guerras y las guerras civiles y, por último, pero no por ello menos importante, la amenaza al medio ambiente mundial.

Pero esta vez no está solo en su valoración pesimista de las perspectivas del capitalismo mundial. Desde hace muchos meses, las páginas de la prensa financiera están llenas de los peores pronósticos. Un informe del FMI de julio de 2022 advertía:

«El mundo se encuentra en un periodo volátil: los cambios económicos, geopolíticos y ecológicos afectan a las perspectivas globales».

El Financial Times escribió el 8 de octubre:

«Los indicadores de confianza han caído bruscamente y se encuentran en mínimos históricos desde que se inició el índice hace más de una década en países como Estados Unidos, Reino Unido y China.

«En las economías emergentes, que están más expuestas al aumento de los precios de los alimentos y la energía, la confianza ha caído aún más bruscamente.

«La India es la única gran economía del mundo descrita como un ‘punto brillante’, con fuertes indicadores que apuntan a un sólido crecimiento este año y el próximo.

«El resto de las principales economías del mundo se enfrentan a crecientes problemas económicos, según los datos duros y las medidas más suaves, como los indicadores de confianza».

Los temores de los estrategas del capital quedaron reflejados en un discurso pronunciado en la Universidad de Georgetown por Kristalina Georgieva, actual Directora Gerente del FMI.

Advirtió que el viejo orden, caracterizado por el cumplimiento de las normas mundiales, los bajos tipos de interés y la baja inflación, estaba dando paso a otro en el que «cualquier país puede desviarse del rumbo con mayor facilidad y frecuencia».

Y concluyó:

«Estamos experimentando un cambio fundamental en la economía global, pasando de un mundo de relativa previsibilidad… a un mundo con más fragilidad: mayor incertidumbre, mayor volatilidad económica, enfrentamientos geopolíticos y desastres naturales más frecuentes y devastadores».

The Economist señala exactamente lo mismo:

«Todo esto marca el fin definitivo de la era de la placidez económica en la década de 2010».

Y añade:

«Los descalabros en los mercados son de una magnitud no vista desde hace una generación. La inflación mundial está en dos dígitos por primera vez en casi 40 años. Después de haber tardado en responder, la Reserva Federal está subiendo los tipos de interés al ritmo más rápido desde los años ‘80, mientras que el dólar está en su punto más fuerte desde hace dos décadas, provocando el caos fuera de Estados Unidos».

Existe la sensación de que el orden mundial se está poniendo de cabeza a medida que la globalización se convierte en su contrario y la antigua estabilidad se ve fracturada por la guerra de Ucrania y el caos resultante en el mercado energético. Este sentimiento de pesimismo es un tema que se repite constantemente.

El 11 de octubre, el Financial Times publicó un artículo titulado «El FMI pronostica un panorama ‘muy doloroso’ para la economía mundial». En él se lee lo siguiente:

«A medida que la economía mundial se dirige hacia aguas tormentosas, las turbulencias financieras podrían estallar».

Cinco días antes, el mismo periódico publicaba un artículo de Larry Summers, un respetado economista estadounidense que fue el 71º secretario del Tesoro de Estados Unidos entre 1999 y 2000.

Así describía el estado de la economía mundial:

«Puedo recordar momentos anteriores de igual o mayor gravedad para la economía mundial, pero no puedo recordar momentos en los que hubiera tantos aspectos separados y tantas corrientes cruzadas como ahora.

«Fíjense en lo que está ocurriendo en el mundo: un problema de inflación muy importante en gran parte del mundo, y ciertamente en gran parte del mundo desarrollado; un importante endurecimiento monetario en marcha; un enorme choque energético, especialmente en la economía europea, que es tanto un choque real, obviamente, como un choque inflacionario; una creciente preocupación por la formulación de la política china y por los resultados económicos de China, y de hecho también por sus intenciones hacia Taiwán; y luego, por supuesto, la guerra en curso en Ucrania.»

Impotencia de los economistas burgueses

Para entender lo que está sucediendo, es inútil mirar a los economistas burgueses, que no entienden nada. Han sido incapaces de prever nada. No han sido capaces de predecir ni la caída ni la recuperación.

Incapaces de explicar los procesos económicos reales, recurren a expresiones sin sentido que no explican nada en absoluto. Se supone que todo es una cuestión de «confianza», como si ésta fuera algo totalmente separado de la economía real, que los hábiles políticos y banqueros pueden moldear a su antojo.

No quieren aceptar que las crisis sean un producto inevitable del sistema capitalista, y por ello las atribuyen a fenómenos totalmente subjetivos que tienen lugar en la mente de los inversores. Pero en realidad -aunque sea de forma distorsionada- incluso una crisis bursátil es una expresión de procesos objetivos que tienen lugar en la economía real.

Los economistas burgueses, que nunca pueden ver más allá de la longitud de su nariz, lograron convencerse de que la era de la baja inflación y los bajos intereses continuaría para siempre.

Incluso convirtieron esta convicción infundada en una supuesta teoría, la última de toda una serie de «teorías» de este tipo, todas ellas basadas en los supuestos más arbitrarios y estúpidos. Y cada una de ellas resultó ser desastrosamente falsa.

Siguiendo sus estúpidos consejos, los gobiernos se volvieron irresponsables y se asemejaron más a jugadores temerarios que a políticos responsables. Su lema se convirtió en: «Vivamos el momento y dejemos que el futuro se ocupe de sí mismo».

Al igual que un drogadicto se vuelve cada vez más dependiente de las sustancias que ofrecen una sensación inmediata de euforia, los gobiernos, las empresas y las familias se quedaron enganchados a la perspectiva de unos tipos de interés interminables y casi nulos. Pero el resultado final fue el mismo: un dolor insoportable e incluso la amenaza de la extinción.

No muy por debajo de la superficie, se acumulaban peligrosas contradicciones. Y las tendencias inflacionistas, que todos imaginaban tontamente que habían desaparecido, se acumulaban sin cesar.

En una economía de mercado capitalista, en última instancia, son las fuerzas del mercado las que deciden. Las acciones de los gobiernos pueden distorsionar y retrasar las fuerzas del mercado, pero nunca pueden ser eliminadas. Y las distorsiones creadas por la intervención gubernamental sólo sirven para exacerbar las contradicciones, que finalmente se desatarán con fuerza y violencia redobladas.

Eso es precisamente lo que estamos presenciando en la actualidad. Los intentos de los gobiernos de resolver primero la crisis de 2008, luego la pandemia del COVID-19, y ahora la crisis energética gastando enormes cantidades de dinero que no poseían, es precisamente lo que ha contribuido a la actual situación caótica de la economía mundial.

La crisis a la que se enfrentan es demasiado profunda, las contradicciones son demasiado grandes para ser resueltas sobre una base capitalista. Han agotado todas sus municiones al intentar resolver la última crisis. Ahora se verán obligados a dar bandazos de una crisis a otra, sin las armas necesarias para afrontarlas.

El retorno de la inflación

A pesar de las disparatadas nociones de los economistas, las presiones inflacionistas subyacentes no habían desaparecido. De repente, irrumpen en la superficie y están fuera de control, provocando la interrupción de las cadenas de suministro, destruyendo los planes de inversión, erosionando el ahorro, hundiendo el nivel de vida y provocando un caos general en la economía mundial.

La misma inflación que los economistas habían descartado como algo del pasado se ha convertido en una de las principales características de esta crisis. Esto representa una importante diferencia con la crisis de 2008.

En aquel momento, la característica principal era la deuda: la deuda pública, es decir, la deuda de los gobiernos, la de los hogares y la de las empresas. Pero la baja inflación y los tipos de interés casi nulos permitieron aumentar la deuda pública para inyectar enormes cantidades de dinero en la economía. Se trataba, de hecho, de capital ficticio.

Ahora, además de todo eso, hay una inflación alta y creciente. Con retraso, los economistas se han visto obligados a admitir lo que debería haber sido obvio para cualquier persona que piense racionalmente: que la política de imprimir dinero para financiar la deuda pública («Quantitative Easing») era inherentemente inflacionaria.

Esto significa la desaparición de un sistema financiero que se ha acostumbrado a las bajas tasas de inflación y de interés. Al igual que el drogadicto que se ha despertado en una celda de la policía, privado de las drogas de las que dependía, ahora los gobiernos se ven de repente sorprendidos al encontrarse con el aumento del coste de los préstamos.

Ahora la burguesía se ve obligada a tomar medidas para revertir todo lo que hizo antes. El FMI y el Banco Mundial exigen medidas más duras para atajar la inflación, aunque provoquen una recesión, ya que creen que es la única manera de detener la inflación, que ahora se considera el principal peligro.

La Reserva Federal de Estados Unidos, que hasta ahora había desarrollado una relajada – más bien habría que decir, supina – indiferencia, se vio de repente atenazada por el pánico, impulsando una subida de intereses tras otra, aunque ello equivaliera a pisar el freno del coche.

Pero los problemas están tan arraigados que cualquier medida que tomen no será suficiente para resolver la crisis del coste de la vida. Ya están diciendo que estas medidas son insuficientes.

El factor ucraniano

Como no tienen ningún conocimiento de la verdadera teoría económica, los burgueses buscan desesperadamente a alguien a quien culpar de su situación, y encuentran un chivo expiatorio adecuado en Vladimir Putin. Pero la guerra en Ucrania no fue la causa de la catástrofe inflacionaria. Sólo proporcionó la chispa que encendió el enorme barril de pólvora seca, que estaba a punto de explotar.

Sin embargo, dialécticamente, la causa se convierte en efecto, y el efecto, a su vez, en causa. Aunque la guerra no ha causado la crisis, es cierto que ha agravado enormemente el problema de la inflación y ha perturbado el comercio mundial.

El viejo Clausewitz afirmó célebremente que la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios. Pero el imperialismo estadounidense ha introducido una ligera modificación en esa definición profundamente correcta.

Desde hace algún tiempo ha convertido el comercio en un arma, castigando deliberadamente a cualquier país que no se someta a su voluntad. Así, en las condiciones modernas, el comercio se convierte en la mera continuación de la guerra por otros medios.

Rusia, uno de los mayores exportadores de combustibles fósiles, ha sido deliberadamente excluida de sus mercados en Occidente por las sanciones impuestas por el imperialismo estadounidense y aprobadas por la UE.

Esto ha tenido dos efectos no deseados e imprevistos. Ha provocado instantáneamente una crisis energética, que ha hecho que la inflación se dispare en todo el mundo, y que también ha afectado a Estados Unidos. Pero al aumentar bruscamente el precio del petróleo y el gas, ha sido enormemente beneficioso para los países que producen esos artículos, especialmente Rusia.

Así, la pérdida de ingresos derivada de las sanciones se ha visto compensada por el aumento del precio del petróleo y del gas en los mercados mundiales. Vladimir Putin sigue financiando sus ejércitos con los beneficios, mientras que Occidente se enfrenta a la perspectiva de un invierno gélido, con facturas de energía en alza y un creciente enfado de la población. En el fútbol, creo que este tipo de cosas se conoce como un espectacular «gol en propia meta».

Recesión inevitable

Los bancos centrales se enfrentan a un grave dilema. Se encuentran atrapados entre la espada y la pared. Han subido los tipos de interés para frenar la demanda y así (así lo esperan) reducir la inflación. Esa fue la teoría que indujo a la Reserva Federal estadounidense a subir los tipos, obligando a la mayoría de las autoridades monetarias a hacer lo mismo.

Pero tales medidas hacen inevitable una recesión. Esto es ahora aceptado por todos, excepto por los más ciegos. La única pregunta es: ¿hasta qué punto y durante cuánto tiempo? Probablemente, Gran Bretaña ya está en recesión o, si no, está al borde de un precipicio muy profundo.

En cualquier caso, una recesión tendrá efectos profundos. Significa la quiebra de empresas, provocando el cierre de fábricas, la pérdida de puestos de trabajo y recortes salvajes en el nivel de vida. Esa es una receta acabada para una intensificación de la lucha de clases y una feroz reacción política. Significa saltar de la sartén a un fuego muy caliente.

Cambio de conciencia

Todo esto presenta un panorama alarmante para la clase dominante. Los capitalistas siempre echan la culpa de la inflación a los salarios, mientras que todo trabajador sabe por experiencia propia que los salarios siempre siguen a los precios.

Pero los aumentos de los salarios, junto con el aumento de los precios de las materias primas, significan un aumento de la inflación, que a su vez da lugar a nuevas demandas de aumento de los salarios.

Esto, a su vez, echa gasolina al fuego de la lucha de clases. Ya ha comenzado un fermento generalizado y un cuestionamiento general del orden establecido.

Existe el potencial no sólo de una reacción obrera en todas partes, sino también de una reacción masiva contra el mercado, el sistema capitalista y todas sus empresas entre amplias capas de la sociedad.

Hay una actitud muy crítica hacia todos los partidos políticos e instituciones. La antigua actitud incuestionable ha desaparecido. Esto prepara el camino para cambios repentinos en la opinión pública.

«Se avecinan días oscuros…»

La razón de esta turbulencia general es que el capitalismo ha cumplido su papel histórico en el desarrollo de las fuerzas productivas. Ese papel está ahora completamente agotado. La perspectiva a escala mundial es de una lucha de clases sin precedentes.

Y los estrategas del Capital miran el futuro con pavor. Durante 150 años, el sistema capitalista desempeñó un papel relativamente progresivo en el desarrollo de la industria, la agricultura, la ciencia y la tecnología. Ahora eso ha llegado a sus límites. Ese es el significado interno de esta crisis.

Por su parte, Nouriel Roubini escribe como un médico experimentado que es muy capaz de describir los síntomas de un paciente muy enfermo. Pero si bien se muestra muy eficiente en la descripción de los problemas, fracasa por completo a la hora de ofrecer alguna receta para las enfermedades que tan hábilmente ha diagnosticado.

¿Qué se puede hacer, si es que se puede hacer algo, para contrarrestar estas «megamenazas»? No mucho, concluye Roubini. La única posibilidad que ve es que la innovación tecnológica conduzca a un aumento de la productividad económica y a la mejora del medio ambiente.

Un crecimiento económico fuerte, inclusivo y sostenible, de más del 5% anual, podría frenar muchas de estas peligrosas tendencias y permitirnos una renta básica universal, opina. Pero, ¿cómo se puede alcanzar este objetivo?

En el capitalismo, un crecimiento anual del 5% es totalmente utópico. Por el contrario, todos los economistas (no sólo el «Doctor Doom») prevén una fuerte recesión, seguida, en el mejor de los casos, de un prolongado período de estancamiento económico acompañado de altos niveles de inflación.

Roubini concluye con una severa advertencia a la burguesía: «Esperen muchos días oscuros, amigos míos».

Esta advertencia es muy acertada. Pero los días oscuros para la burguesía son días brillantes para la lucha de la clase obrera por cambiar la sociedad.

Por el optimismo revolucionario

El profundo pesimismo de la burguesía debe llenarnos de optimismo para nuestro futuro: el futuro de la revolución socialista que derrocará un monstruoso sistema explotador y degenerado, y señalará el camino hacia un nuevo y más brillante día para la humanidad.

En una economía socialista armoniosamente planificada, un objetivo de crecimiento del 5% anual no sería un objetivo ambicioso, sino extremadamente modesto. Un objetivo del doble sería fácilmente alcanzable, permitiendo a la sociedad resolver muchos de los problemas existentes descritos por Roubini.

Escribo las últimas líneas de este artículo en el aniversario de la Revolución de Octubre, el día más importante de la historia de la humanidad. Con la sabiduría de la retrospectiva, es posible considerar ese dramático vuelco como algo inevitable; algo que triunfó porque estaba destinado a triunfar.

Pero esta visión es errónea y profundamente antihistórica. Ciertamente no se lo parecía a los hombres y mujeres que llevaron a cabo la revolución. Y, por el contrario, para la gran mayoría de los observadores, incluso los más perspicaces, la perspectiva de una revolución socialista victoriosa en la atrasada y reaccionaria Rusia zarista parecía un sueño fantástico, creíble sólo para los utópicos más ilusos.

Sin embargo, ocurrió.

A pesar de todas las dificultades, la revolución triunfó. Su éxito fue asegurado por el valor, la previsión y la perseverancia del Partido Bolchevique bajo la dirección de Lenin y Trotski. El factor subjetivo fue absolutamente decisivo.

Sin embargo, ese factor tuvo unos inicios muy modestos. Sólo dos décadas antes de Octubre, los marxistas se contaban en pequeños puñados, principalmente estudiantes, que finalmente lograron ganarse a una capa de los trabajadores más avanzados.

Vieron crecer al Partido, junto con la Revolución de 1905, pero también experimentaron la amargura de la derrota, cuando volvió a ser diezmado por las detenciones, las ejecuciones, el encarcelamiento y el exilio.

Los años de la Primera Guerra Mundial fueron quizás los más duros. Lenin estaba exiliado en Suiza, donde en enero de 1917 pronunció una conferencia ante las Juventudes Socialistas Suizas en la que dijo: «Soy un hombre viejo y probablemente no viviré para ver la revolución socialista».

Sin embargo, nueve meses después, los bolcheviques estaban en el poder. Este asombroso logro demuestra la importancia vital del factor subjetivo: la dirección revolucionaria.

La rueda de la historia ha girado muchas veces desde entonces. Y ahora vemos que vuelve a girar. El sistema capitalista se encuentra en la crisis más profunda de la historia. La clase obrera a escala mundial es mil veces más fuerte que en 1917. Y está empezando a pasar a la acción.

Las condiciones objetivas para la revolución son hoy infinitamente más favorables que en cualquier otro momento. Lo hemos visto recientemente en Sri Lanka e Irán. Pero también vemos que falta el factor subjetivo. Y eso es tan decisivo en la lucha de clases como los buenos generales en la guerra.

Como hemos mostrado en estas pocas líneas, la burguesía y sus estrategas están llenos del más profundo pesimismo.

Eso lo comparten las llamadas «izquierdas», que hace tiempo abandonaron cualquier pretensión de defender la transformación socialista de la sociedad; y también esos miserables ex «marxistas» pequeñoburgueses que se pasan la vida en los cafés, llorando en su té de hierbas mientras se lamentan del lamentable destino del mundo.

Pero el mundo pasa por delante de esos señores y señoras, sin siquiera notarlos. Los obreros y la juventud revolucionaria no tienen tiempo que perder en llantos y lamentos. Las duras realidades de la vida les empujan a la lucha. Y la batalla ya ha comenzado.

Debemos sacar coraje del desorden en el campo enemigo, y redoblar nuestros esfuerzos para promover la única causa por la que vale la pena luchar: la sagrada causa de la clase obrera: la revolución socialista mundial.

Londres, 7 de noviembre de 2022.

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