El 9 de julio de 1816 y la revolución socialista

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La proximidad en el calendario de la celebración del día de la independencia probablemente, y como es de estilo, abrirá el camino para la profusión de discursos formales y altisonantes que se generarán tanto desde los escribas del Estado, vaciando de contenido a la gesta y reduciendo a la misma a sus iconos historiográficos, como también desde aquellos que se pretenden ubicar en el arco opositor, reclamando la necesidad de una “segunda independencia”. La proximidad en el calendario de la celebración del día de la independencia probablemente, y como es de estilo, abrirá el camino para la profusión de discursos formales y altisonantes que se generarán tanto desde los escribas del Estado, vaciando de contenido a la gesta y reduciendo a la misma a sus iconos historiográficos, como también desde aquellos que se pretenden ubicar en el arco opositor, reclamando la necesidad de una “segunda independencia”.

En este escenario, nos parece necesario asumir otra mirada que, rescatando el hecho histórico, lo vincule en su proyección hacia la actualidad tomando como eje conductor la pregunta por las características que definen hoy la estructura productiva de la Argentina y la relación de esa base material con el Capitalismo globalizado en su fase superior imperialista.

Avanzando en esta orientación, una primera aproximación necesaria es señalar, en cuanto a la naturaleza de ese vínculo, que se trata de una relación de dominio, vale decir, de imposición de uno sobre otro. No obstante, un acercamiento más preciso nos indica que esa dominación imperial asume diversas modalidades, implican la no-existencia de formas puras, pero que analíticamente pueden ser concentradas, tal como las desarrolla Lenin, en tres grandes grupos: Relaciones coloniales, semicoloniales, y paises capitalistas dependientes de desarrollo intermedio deformado.

El régimen colonial supone un país bajo dominio militar y político directo de otro. La colonia es una dominación impuesta por una minoría extranjera sustentada en una relación de fuerza y violencia directa que se exterioriza en la ocupación militar del territorio dominado y se concreta lisa y llanamente en el saqueo de los recursos.

La relación semicolonial, por su parte, debe ser vista como una categoría analítica que explica la situación de aquellos países que se sitúan en una categoría transicional entre el régimen colonial y los estados nacionales formalmente libres pero económicamente dependientes.

La estructura político económica propia de un Estado semicolonial supone la existencia en la misma de resabios relevantes, en algunos sectores de la producción, de relaciones feudales que coexisten con formas capitalistas, y determinan que el país asuma -a diferencia de la colonia – un ámbito o esfera de independencia política formal limitada y no acabada, que cohabita con una fuerte penetración y determinación extranjera sobre los actos concretos de gobierno que afectan sus esferas de interés.

Por último, la figura de los Estados Capitalistas dependientes que se encuentran anexados económicamente al imperialismo pero asumen en forma plena su independencia política, evidencia que la dependencia económica de un país no supone necesariamente, por esa circunstancia, la condición de semicolonial. Son países atrasados y dominados económicamente por el imperialismo pero tienen autodeterminación política.

En este marco, teniendo en vista estas tres categorías y trasladadas las mismas a la estructura productiva argentina, es advertible que el proceso histórico de construcción del Estado Nacional, que tiene entre uno de sus hitos fundacionales al 9 de julio de 1816, asume especificidades que determinan la construcción de un modelo de país capitalista dependiente de desarrollo intermedio deformado por el ingreso tardío a ese modo de producción ya constituido internacionalmente en su modalidad imperialista.

La conformación del Estado nacional, entendido como superestructura de la incipiente instauración del modo de producción capitalista en el territorio de nuestro país, se dio contemporáneamente con la extensión territorial que las economías industrializadas generaron por vía de la exportación de capitales, lo que permitió establecer empresas en territorios y sectores donde todavía no habían penetrado los monopolios. Argentina, desde lo externo, se incorporó al mercado mundial en el marco de consolidación de relaciones dominantes impuestas por el capitalismo en su faz imperialista y, en el orden interno, por la presencia de una aún débil e incipiente burguesía nativa.

En ese contexto, la acumulación de capital sólo pudo darse en términos históricos en el marco del desarrollo y consolidación de un Estado Nacional políticamente independiente, tarea que asumió como objetivo propio esa incipiente burguesía a la que aludíamos. De esta manera se produjo un proceso de construcción cuyo agotamiento supuso que la burguesía se consolidara como clase social dominante y estableciera su hegemonía sobre el resto de los sectores sociales.

Es a partir de la consolidación jurídica del Estado Nacional que la independencia política formal, entendida como objetivo histórico propio de las revoluciones democráticas, fue alcanzado y con esto la burguesía nativa agotó sus propósitos de cambio. Liberarse de la dependencia económica respecto del imperialismo y de las múltiples presiones políticas y diplomáticas que se derivan de ella ya no constituyó, ni constituye, un objetivo democrático burgués.

Esto último ocurre por la propia lógica de la acumulación capitalista. El fundamento del desarrollo desigual de las economías nacionales es la propiedad privada de los medios de producción. La dependencia económica es en todos los casos la resultante de la vigencia de la ley del valor enunciada por Carlos Marx, que hace que las distintas economías nacionales se vinculen entre sí por la exportación de capitales, lo cual provoca el desarrollo desigual entre ellas por la diferente composición orgánica del capital en cada una de las economías contenidas dentro de los Estados nacionales. La baja de la cuota de ganancia en los países dependientes, como contrapartida de la elevación de su composición orgánica, se compensa mediante los procedimientos que las burguesías locales, fusionadas al capital internacional, implementan para la superexplotación del trabajo, que aparece así como una condición necesaria del capitalismo mundial, que ningún hipotético sector burgués "nacional y progresista " quiere suprimir.

Argentina es un país capitalista dependiente de desarrollo intermedio, deformado por el imperialismo y los monopolios extranjeros y nacionales. Las relaciones de producción capitalistas prevalecen abrumadoramente en la ciudad y el campo. Su desarrollo industrial le permite la producción de acero, contar con siderurgia, petroquímica, tecnología industrial agropecuaria y alimentaría de última generación, terminales automotrices, investigación científica y técnica.

En la mayoría de las decisiones político-económicas que se adoptan desde la conducción del Estado Nacional, en ningún caso asumen el alcance de imposiciones del capital internacional que importen relaciones de dominación de naturaleza colonial o semicolonial, sino que son en términos generales las resultantes de negocios libremente acordados y consensuados entre la burguesía local y el capital extranjero.

Este nuevo "9 de julio día de la independencia”, nos presenta un Estado construido como superestructura necesaria y funcional a relaciones capitalistas de carácter dependientes, donde la burguesía actúa de acuerdo a sus intereses junto al capital internacionalizado, y el reparto de la plusvalía generada por el esfuerzo del pueblo trabajador se efectúa siempre y en todos los casos al interior de una clase conformada entre explotadores nacionales y extranjeros. Esta situación hace que el planteo de una "segunda independencia" entendido como proceso de liberación que termine con una hipotética explotación de la nación por el capital extranjero, que enarbolan algunos sectores de la oposición, resulte carente de todo sentido. No existe hoy razón alguna para plantear la liberación nacional de un país formalmente soberano como tarea a cumplir, ni resulta adecuado pretender que la burguesía nativa asuma como tarea propia "la segunda independencia", ya que desde el punto de vista político la independencia ya ha sido lograda por el orden burgués

En Argentina no está planteado el combate por la liberación nacional, pues este objetivo no es otro que lograr por una determinada sociedad el derecho a existir como nación independiente. Ese derecho democrático burgués fue adquirido por nuestro pueblo acaudillado por la burguesía nativa, al consolidarse el Estado Nacional que supuso la hegemonía de esta clase social sobre el resto de las clases sociales.

Los sectores burgueses hegemónicos del capital nacional tienen una posición subordinada, pero esto no significa que sean explotados. La burguesía participa en condiciones de inferioridad en la apropiación del plusvalor que realiza de conjunto con el capital internacionalizado. Hoy la clase dominante Argentina no es oprimida por el imperialismo, es un sector social con raíces económicas propias que se apropia del plusvalor generada por sus obreros y que ha entrelazado su interés como socio minoritario con el capital internacional.

La lucha por terminar con las injusticias generadas por la existencia de esta estructura capitalista dependiente que nuestro país asume frente al capital internacional queda exclusivamente en manos de los trabajadores y asume naturaleza de transformación socialista, porque en todos los casos exige la expropiación de los propietarios de los medios de producción.

Para pasar de la igualdad política a la igualdad real entre las estructuras económicas contenidas en los diversos Estados Nacionales, eliminando con ello el atraso relativo de países como el nuestro, se debe atacar en su matriz al modo de producción capitalista internacionalmente estructurado. La liberación de los trabajadores de estas formas de dominación imperialistas que generan estructuras económicas capitalistas dependientes solo es posible por la vía de la revolución socialista, en lucha contra todo el capital y en alianza con los obreros de todos los países.