Cumbre de la OTAN: China en el punto de mira

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La Cumbre de la OTAN celebrada en Madrid del 28 al 30 de junio tuvo como telón de fondo la guerra de Ucrania. A pesar de toda la palabrería sobre la «unidad», la realidad es que existe una profunda brecha entre Estados Unidos y el eje Alemania-Francia. Por primera vez, el nuevo documento del Concepto Estratégico de la OTAN describe a China como un «desafío sistémico».

Se trata de un reconocimiento oficial del declive relativo del imperialismo estadounidense y de la amenaza que supone una potencia emergente.

Como siempre, la declaración oficial de la Cumbre y las declaraciones públicas de los principales participantes estuvieron llenas de bravuconería y optimismo. Todos ellos hicieron hincapié en un mensaje: la unidad. «Creo que todos podemos estar de acuerdo en que ésta ha sido una Cumbre histórica de la OTAN», dijo el presidente estadounidense Biden. «Estamos totalmente unidos», dijo el primer ministro británico, Boris Johnson, que había bromeado sobre «mostrar nuestros músculos» a Putin en la anterior cumbre del G7 en Alemania.  «Nos mantenemos unidos y solidarios y reafirmamos el duradero vínculo transatlántico entre nuestras naciones», afirmaba pomposamente la declaración oficial de la Cumbre.

Incluso Macron y Johnson, que han estado enfrentados por Ucrania durante meses, parecían haber encontrado un nuevo espíritu de unión, con el Primer Ministro británico aparentemente aceptando la propuesta de Macron de una Comunidad Política Europea. Sin embargo, tanto en este como en los otros asuntos tratados, cuando se va más allá de los titulares, la imagen real emerge, y no es de unidad, sino todo lo contrario.

Enfrentarse a Rusia en Europa

Una de las cuestiones centrales debatidas en la Cumbre de la OTAN y que también dominó la reciente reunión del G7 fue, por supuesto, la guerra en Ucrania. En este sentido, no hay unidad. Sí, todos los países de la OTAN apoyan formalmente a Kiev, pero hay diferencias fundamentales en cuanto a la estrategia subyacente. Esto se reveló crudamente dos semanas antes por una serie de visitas de dignatarios europeos.

Primero fue el turno de Scholz, Macron y Draghi de ir a Kiev. Detrás de las declaraciones oficiales de pleno apoyo a Ucrania en la guerra contra Rusia, quedó clara la realidad de lo que se discutió a puerta cerrada. Alemania, Francia e Italia presionan para que se negocie el fin de la guerra, aunque eso signifique concesiones territoriales a Rusia. La razón es que Europa depende en gran medida de Rusia para el suministro de energía y Putin está utilizando hábilmente eso como presión.

De hecho, en la anterior reunión del G7, las potencias mundiales ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo sobre una propuesta de Estados Unidos para limitar el precio del petróleo ruso. Alemania no lo aceptó.

A la visita de esta troika le siguió una visita sorpresa de Boris Johnson, que dejó importantes compromisos en Gran Bretaña, donde se enfrentaba a una perjudicial derrota electoral en dos elecciones parlamentarias parciales, y se apresuró a ir a Kiev. ¿Cuál era el motivo de su visita? Está claro como la luz del día que quería deshacer cualquier daño que pudiera haber hecho el trío europeo. Quería asegurarse de que no hubiera vacilación por parte de Zelensky. El mensaje era claro: la guerra contra la invasión rusa debe continuar a toda costa y nosotros los apoyaremos; y no se puede permitir que Rusia salga victoriosa, ya que eso sería un duro golpe para el prestigio del imperialismo estadounidense. En este sentido, Johnson actuó como agente de Washington (aunque, incluso en Estados Unidos, hay una creciente preocupación por el curso de la guerra), así como un animador de los halcones de Polonia y los países bálticos.

Ni las declaraciones de la OTAN, ni las formulaciones de conceptos estratégicos pueden tapar estas grietas, que se basan en el impacto material de la guerra en los países de la UE, y particularmente en Alemania.

La guerra en Ucrania se ha utilizado para impulsar el rearme en Europa y para consolidar el empuje de la OTAN hacia el este, la misma estrategia a la que respondía Rusia cuando invadió Ucrania en febrero.

En vísperas de la cumbre de Madrid, el secretario general de la OTAN, Stoltenberg, anunció que el número de tropas que la alianza tendría en estado de «alta disponibilidad» pasaría de 40.000 a 300.000, en una medida que describió como «la mayor revisión de nuestra defensa colectiva y disuasión desde la Guerra Fría». De hecho, gran parte de todo esto estaba diseñado para generar algunos titulares positivos, para que la alianza pareciera fuerte. Sin embargo, cuando se observan los detalles, queda claro que la medida era un poco más modesta.

No hubo un desglose claro de la cifra de 300.000 entre los diferentes miembros de la OTAN en Europa, a quienes el anuncio tomó por sorpresa. Un funcionario de la OTAN, en declaraciones anónimas al Washington Post, dijo que la cifra de 300.000 era «teórica por el momento»: «El concepto aún no se ha elaborado del todo, tendremos que hacer más para construir el modelo antes de poder calcular cuáles pueden ser los compromisos nacionales». El número se deriva de «fuerzas en varios niveles de preparación», dijo un alto diplomático a Politico. Desde luego, la idea no se menciona en la Declaración oficial de la Cumbre acordada por los miembros de la OTAN en Madrid.

La decisión real que se tomó, modesta pero significativa, es la de aumentar el número de tropas permanentes de la OTAN desplegadas en los Estados Bálticos y Polonia. En un principio solicitaron multiplicar por diez las tropas de la OTAN (de 5.000 a 50.000), el establecimiento de bases permanentes y el despliegue de sistemas de defensa aérea y marítima. El compromiso final se quedó corto. El número de tropas se va a incrementar desde el tamaño de los grupos de combate hasta el de las brigadas (de 3.000 a 5.000 efectivos) en cada uno de los países. Pero más tarde se supo que esto se iba a hacer de forma «rotativa», es decir, que el número real de tropas en un momento dado apenas aumentaría. Estados Unidos también establecerá un centro de mando permanente en Polonia.

Esto no quiere decir que la OTAN no quiera hacer una demostración de fuerza para enfrentarse a Rusia, pero revela los límites de lo que puede hacer en términos de compromisos, que costarán dinero, mucho dinero, a mediano y largo plazo. La cuestión del presupuesto de la OTAN ha sido durante algunos años un punto delicado entre EE.UU. y sus aliados europeos, con Washington ejerciendo una presión constante para que asuman una mayor parte del coste. La mayoría de los miembros de la OTAN (19 de 29) aún no han alcanzado el objetivo acordado desde hace tiempo de un gasto en defensa equivalente al 2% del PIB. Entre ellos se encuentran Alemania, Italia, Canadá y Francia.

Estados Unidos sigue siendo el principal responsable del gasto militar de la OTAN, ya que su gasto en defensa es tres veces mayor que el del resto de los países de la OTAN juntos. La guerra de Ucrania está siendo utilizada en varios países, especialmente en Alemania, para aprobar un aumento sustancial del gasto militar. En un momento de crisis económica, esto puede convertirse en el foco de la lucha de clases, ya que los trabajadores empiezan a preguntarse por qué hay dinero para las armas pero no para la sanidad, la educación, la vivienda, etc.

Mientras tanto, Lituania está jugando un juego peligroso al imponer sanciones al transporte ruso al enclave de Kaliningrado, un asunto muy delicado. Mientras Lituania finge que se limita a aplicar al pie de la letra las sanciones acordadas por la UE sobre el comercio ruso, los alemanes presionan a Lituania para que abandone su postura. No olvidemos que Lituania ya fue obligada por Alemania a abandonar su postura beligerante hacia China. El año pasado, el país báltico decidió ofender a los chinos abriendo una oficina de intereses comerciales para Taiwán. Pekín utilizó su influencia sobre Alemania para poner fin a ello, advirtiendo que si no se revocaba la decisión de dar a la oficina el nombre de «Taiwán», las empresas alemanas que hicieran negocios en Lituania serían sancionadas en China. Las empresas alemanas se vieron entonces obligadas a anunciar que se retirarían de Lituania y el pequeño país báltico acabó ofreciendo una disculpa pública a China.

Así son las cosas en el «mundo de las reglas» del imperialismo. Ese pequeño incidente reveló mucho sobre la naturaleza de China, una potencia imperialista emergente que se toma muy en serio la cuestión de Taiwán, pero también sobre las divisiones entre Alemania y Estados Unidos en lo que respecta a las relaciones con China y Rusia. Estas divisiones tienen una base material y están arraigadas en los intereses del capital alemán, sus inversiones en el extranjero y sus fuentes de energía.

Vender a los kurdos…

Por supuesto, el gran acontecimiento de la Cumbre fue la solicitud de adhesión de Finlandia y Suecia, que al final recibió luz verde de Turquía. Este fue el resultado de un humillante acuerdo en el que los países nórdicos se comprometieron a reprimir a las organizaciones kurdas y a la oposición turca en sus propios países, a extraditar a quienes Turquía considera una amenaza y a levantar la prohibición de exportar armas a Turquía. A pesar de toda la palabrería sobre los derechos humanos y los valores democráticos, la adhesión de Suecia y Finlandia se logró mediante un proceso de regateo con Erdogan, un proceso en el que los derechos democráticos de los kurdos (en Turquía y Siria) se ofrecieron como monedas sueltas en el altar de la ampliación de la OTAN. Estos son los verdaderos valores de una organización como la OTAN.

Además, Erdogan recibió garantías de EE.UU. de que Turquía será incluida en el programa mejorado de aviones de combate F16, del que había sido retirada previamente como castigo por la compra de sistemas de defensa aérea rusos. Todo este espectáculo poco edificante podría no haber terminado. Inmediatamente después de la cumbre, cuando la delegación sueca todavía estaba en el aire, volando de vuelta a casa, Erdogan insistió en que se había acordado que 73 oponentes políticos suyos iban a ser extraditados. Esto fue diseñado tanto para humillar y avergonzar al gobierno sueco en público como para que Turquía mostrara la influencia que tiene. Los suecos protestaron que tenían que seguir su propio sistema legal y que no podían ofrecer ninguna garantía, a lo que Erdogan respondió que, a menos que se cumplieran sus demandas, ni siquiera se molestaría en someter la propuesta de ampliación de la OTAN a la aprobación del parlamento turco. No pierdan de vista este punto.

Sea cual sea el resultado de esta ampliación de la OTAN, el tipo de acuerdos alcanzados entre los dos simpáticos países nórdicos neutrales, democráticos y amantes de la paz, y Turquía, debería disipar cualquier ilusión que alguien pudiera tener sobre si la Alianza apoya a Ucrania porque se preocupa por la soberanía nacional y los derechos democráticos de las pequeñas naciones intimidadas por vecinos más grandes. La venta de los kurdos, en particular los de Siria, es más escandalosa por el hecho de que no hace mucho tiempo eran aliados de Estados Unidos en la lucha contra el ISIS. Una vez que cumplieron su propósito como soldados sobre el terreno, que Washington se resistía a desplegar, fueron desechados como un pañuelo usado.

…y matando migrantes

En un movimiento igualmente repugnante, España insistió en que la migración tenía que ser mencionada en el nuevo Concepto Estratégico como una amenaza y relacionada con la defensa del flanco sur de la OTAN. Esto fue especialmente cruel, ya que la Cumbre se celebraba días después de que 37 migrantes murieran al intentar cruzar la valla militarizada que separa el enclave español de Melilla de Marruecos. Los migrantes murieron asfixiados y al caer desde la valla de 10 metros de altura, todo ello provocado o agravado por la intervención de la policía marroquí y española que vigilaba la frontera.

Por supuesto, el documento ignora convenientemente cuestiones clave cuando habla de la migración como una amenaza que hay que vigilar. Las personas que se ven obligadas a emigrar e intentan entrar en la fortaleza Europa huyen de las guerras y la devastación, en muchos casos causadas por la intervención de la OTAN. Otras huyen del hambre y la pobreza causadas por las potencias imperialistas miembros de la OTAN. La alianza es incapaz de ocuparse de esta cuestión y por eso convierte la migración en un problema de seguridad, en una cuestión de defensa de «cada centímetro de territorio aliado».

Se trata de un gobierno español, no lo olvidemos, presidido por el «socialista» Pedro Sánchez, en alianza con Unidos Podemos (UP), la coalición que incluye al Partido Comunista. Se llegó a un pacto de caballeros para evitar el bochorno. Figuras destacadas tanto de Podemos como del Partido Comunista asistieron a las protestas contra la cumbre de la OTAN, pero en general ambas organizaciones habían acordado mantener un perfil bajo. Como en muchas otras cosas, a UP se le permite protestar públicamente -aunque no demasiado- contra las decisiones tomadas por el gobierno del que forman parte, pero sin romper nunca con él. 

China: ¿un desafío para la OTAN?

Además de la guerra en Ucrania, en la cumbre de la OTAN también se habló de China, que por primera vez se menciona en el nuevo Concepto Estratégico como un «desafío sistémico para la seguridad euroatlántica». Merece la pena citar el documento en su totalidad:

«Las ambiciones declaradas y las políticas coercitivas de la República Popular China (RPC) desafían nuestros intereses, seguridad y valores. La República Popular China emplea una amplia gama de herramientas políticas, económicas y militares para aumentar su huella global y proyectar poder, al tiempo que continúa siendo poco transparente en cuanto a su estrategia, sus intenciones y su acumulación militar. Las operaciones híbridas y cibernéticas maliciosas de la RPC y su retórica de confrontación y desinformación tienen como objetivo a los aliados y perjudican la seguridad de la Alianza. La RPC pretende controlar sectores tecnológicos e industriales clave, infraestructuras críticas y materiales estratégicos y cadenas de suministro. Utiliza su influencia económica para crear dependencias estratégicas y aumentar su influencia. Se esfuerza por subvertir el orden internacional basado en normas, incluso en los ámbitos espacial, cibernético y marítimo. La creciente asociación estratégica entre la República Popular China y la Federación Rusa y sus intentos de socavar el orden internacional basado en normas, que se refuerzan mutuamente, son contrarios a nuestros valores e intereses».

Como respuesta a estos «retos» supuestamente planteados por China, la OTAN «impulsará nuestra conciencia compartida, mejorará nuestra resistencia y preparación, y se protegerá contra las tácticas coercitivas de la RPC y sus esfuerzos por dividir la Alianza. Defenderemos nuestros valores compartidos y el orden internacional basado en normas, incluida la libertad de navegación».

Esta declaración es muy significativa. No dice que China sea un enemigo de la OTAN, pero se acerca lo más posible a ello sin utilizar esa palabra. El documento, que se supone que guiará la estrategia de la OTAN durante los próximos 10 años, fue aprobado en una Cumbre a la que habían sido invitados varios países del Pacífico: Corea del Sur, Japón, Australia y Nueva Zelanda. Esto, en sí mismo, es un movimiento muy provocador. Ninguno de estos países está en el Atlántico Norte, y la OTAN ha estado insistiendo en que es una «alianza puramente defensiva» preocupada por la defensa mutua de sus miembros. Incluso la declaración de la cumbre de Madrid repite estos tópicos: «La OTAN es una Alianza defensiva y no supone una amenaza para ningún país. La OTAN sigue siendo la base de nuestra defensa colectiva y el foro esencial para las consultas y decisiones de seguridad entre los Aliados.»

Esto es una completa mentira, por supuesto. La OTAN es una alianza militar destinada a defender los intereses del imperialismo estadounidense en todo el mundo. Se creó para hacer frente al Pacto de Varsovia, dominado por la URSS, después de la Segunda Guerra Mundial, y tras el colapso del estalinismo debía garantizar el «nuevo orden mundial» de Washington. Los países miembros de la OTAN han participado en guerras de agresión imperialistas en todo el mundo, y la propia OTAN ha lanzado guerras imperialistas contra Serbia, Afganistán y Libia, países que claramente no habían atacado a ningún país miembro de la OTAN.

Si se lee con atención el Concepto Estratégico aprobado por la OTAN, lo que surge es la verdadera naturaleza del conflicto entre EEUU y China. Se acusa a China de utilizar «su influencia económica para crear dependencias estratégicas y aumentar su influencia». Esta es una muy buena descripción del imperialismo, que describe perfectamente el comportamiento de las potencias imperialistas occidentales en la OTAN. ¿Qué papel desempeñan el FMI y el Banco Mundial, sino el de utilizar la palanca económica para crear dependencias y aumentar la influencia de las potencias estadounidenses y europeas?

Cuando la OTAN se queja de que Rusia y China «socavan el orden internacional basado en reglas», lo que realmente está diciendo es que «no van a jugar con las reglas que hemos impuesto». De hecho, no existe tal cosa como un «orden basado en reglas». Estados Unidos, como el país imperialista más poderoso de la tierra, utiliza las «reglas» en su beneficio cuando le convienen, ¡y las rompe cuando no le convienen! La primera guerra del Golfo, en 1991, se llevó a cabo bajo la bandera de las Naciones Unidas (con el voto favorable de la Unión Soviética y la abstención de China). La segunda guerra del Golfo, en 2003, fue llevada a cabo por una «coalición de voluntarios» dirigida por Estados Unidos, ya que no pudieron conseguir el respaldo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

El derecho internacional no es más que un fraude. Estados Unidos y otras potencias de la OTAN tienen una larga tradición de violación de la soberanía nacional, de las fronteras inviolables de los países, etc. Washington organiza regularmente intervenciones militares, golpes de estado, destituye gobiernos, amenaza a otros, rompiendo todas las reglas existentes. No estamos hablando sólo del pasado lejano, sino también de los últimos tiempos. Hasta ahora, China, a la que se califica de «desafío sistémico», no ha hecho ninguna de estas cosas. No porque China sea un Estado más benévolo, sino porque es una potencia imperialista emergente, que apenas está flexionando sus músculos y aún no está en condiciones de llevar a cabo tales acciones.

En el fondo, la cuestión es la siguiente. China es un país capitalista. Un país que ha desarrollado poderosos intereses y ambiciones imperialistas. Utiliza su influencia financiera para asegurarse mercados, esferas de influencia, fuentes de materias primas y energía. Lo hace abiertamente. Su iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda  ha sido anunciada y promovida públicamente durante años. El problema es que los intereses imperialistas de China entran en conflicto con los intereses imperialistas de Estados Unidos, y puesto que la OTAN es un instrumento de dominación imperialista de Estados Unidos sobre sus aliados, se convierte en una cuestión de la Organización del Tratado del «Atlántico Norte».

De hecho, la cuestión de China también se discutió en la Cumbre del G7 en Alemania, que precedió a la reunión de la OTAN. Allí se intentó urdir un plan para competir con China en sus propios términos, lanzando un plan de infraestructuras de 600.000 millones de dólares. De hecho, si se observan los detalles, no se trata de un plan nuevo. Lo que Biden propuso hace un año bajo el nombre de «Build Back Better World», se ha rebautizado ahora como «Partnership for Global Infrastructure», tras el fracaso de su programa interno.

Por supuesto, hay que tener sentido de la proporción. EE.UU. sigue siendo el país imperialista más poderoso de la tierra y su gasto militar es tres veces mayor que el de China, e iguala el gasto combinado de los 10 países siguientes en la clasificación. Estados Unidos tiene una posición especialmente poderosa gracias a sus instituciones financieras y al dominio del dólar como moneda de reserva mundial. Su descenso es sólo relativo a su anterior posición. Sin embargo, es evidente que considera a China como un rival y competidor peligroso, por mercados, fuentes de materias primas, campos de inversión y esferas de influencia.

Por otra parte, China es una potencia imperialista emergente, que todavía está tanteando el terreno. Utiliza principalmente la palanca económica de la inversión y el comercio para lograr sus objetivos. Sólo tiene una base militar en el extranjero, en Yibuti, estratégicamente situada en el Golfo de Adén, un paso clave entre el Océano Índico y el Mediterráneo. Se habla de que los chinos están construyendo una instalación militar en la base militar de Ream, en Camboya. Se dice que algunos de los puertos que los chinos están construyendo a lo largo de las rutas marítimas del Índico hacia Europa pueden tener un doble uso civil y militar.

Sin embargo, el desarrollo de China se topa con ciertos límites. Aunque su PIB es el segundo después del de Estados Unidos, China es un país mucho más poblado con enormes disparidades regionales. Mientras que la productividad del trabajo en los territorios orientales es bastante avanzada, habiendo adoptado las tecnologías más avanzadas y superando en algunas zonas a EE.UU., también existen vastas extensiones de atraso en el interior. Además, la economía china depende en gran medida de las exportaciones, en un momento en que la economía mundial se repliega hacia las guerras comerciales y el proteccionismo. Las extraordinarias tasas de crecimiento anual que alcanzó hasta hace poco ya no pueden sostenerse, pues su economía se enfrenta a una clásica crisis de sobreproducción.

Se trata, pues, de una lucha interimperialista, entre una vieja potencia imperialista en relativo declive y una joven potencia imperialista emergente que lucha por afianzar su posición. Estados Unidos lo considera su principal amenaza y desde hace algún tiempo ha insistido en la política de un «pivote hacia Asia». Al tiempo que se enfrenta a Rusia en Ucrania, se da cuenta de que Putin no podría hacer valer sus intereses con tanta audacia si no contara con el respaldo de China. Al mismo tiempo, China sigue de cerca la evolución de Ucrania y reflexiona sobre las lecciones que puede extraer para sus propios intereses en relación con Taiwán.

Incluso en la cuestión de China, los intereses de Washington no son exactamente los mismos que los de Berlín-Bruselas-París. Estados Unidos ha impuesto barreras arancelarias a China, pero las empresas europeas se aprovechan de ello. Apenas ha pasado una semana desde la Cumbre de Madrid y la empresa europea Airbus anunció que había firmado un acuerdo de venta de aviones a compañías aéreas chinas por valor de 37.000 millones de dólares, el mayor acuerdo en un día de la historia de la aviación. El acuerdo se hizo en detrimento del fabricante de aviones estadounidense Boeing, que se quejó amargamente: «Es decepcionante que las diferencias geopolíticas sigan limitando las exportaciones de aviones estadounidenses». El periódico estatal chino Global Times respondió con un artículo editorial titulado: «¿Boeing está decepcionado? No es culpa de China». El artículo continuaba aconsejando a Washington que «la manipulación política no puede triunfar sobre la ley del mercado, después de todo». Hay que adorar la ironía. La OTAN acusa a China de ser una amenaza para el «orden internacional basado en las normas», y China replica que es Estados Unidos quien rompe las leyes del mercado al imponer aranceles proteccionistas.

A principios de este año, Francia firmó un acuerdo con China para realizar proyectos conjuntos de infraestructuras por valor de 1.700 millones de dólares en países de África, el sudeste asiático y Europa del Este. No parece una cantidad especialmente elevada, pero se trata de la cuarta ronda de acuerdos de este tipo entre ambos países. Es probable que París intente colaborar con China porque teme verse completamente desplazado del África francófona, tradicional esfera de influencia del imperialismo francés.

¿Cómo pueden explicarse acuerdos como éste a la luz de la declaración de la OTAN de que China es un «desafío sistémico»? La verdad es que, aunque la UE (dominada por el capital alemán) no está en condiciones de desafiar al imperialismo estadounidense, tiene sus propios intereses imperialistas.

A pesar de todas las sonrisas, las fotos de grupo y las declaraciones conjuntas, a pesar de toda la palabrería sobre la unidad, la verdad es que los socios de la OTAN están lejos de estar unidos. No están unidos cuando se trata de la guerra en Ucrania. No están unidos en lo que respecta a China. El imperialismo es también la división y redivisión del mundo entre las potencias imperialistas, en particular cuando surgen nuevas y las antiguas declinan. Esta es la fuente de todo tipo de conflictos. Una guerra directa entre las principales potencias está descartada por ahora, debido a la existencia de armas nucleares. Por lo tanto, el conflicto entre las diferentes potencias imperialistas se expresa de diferentes maneras: guerras comerciales, incidentes diplomáticos y, sí, «pequeñas» guerras locales, como la de Ucrania y varias otras que tienen lugar en África. En el esquema general de las cosas estas son «pequeñas» guerras, pero aun así decenas de miles mueren y millones son desplazados.

En la cumbre de la OTAN de Madrid, el imperialismo occidental puso una fachada de unidad, pero en realidad están más divididos que nunca.