Chile: Las dos muertes del weichafe Pablo Marchant, matar y desinformar, el nuevo terror del Gobierno

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La información de la muerte de Ernesto Llaitul provino de fuentes oficiales, Carabineros y el Ministerio Público. No se trató de una simple error inducido por un cibernauta como lo fue la supuesta foto de Elisa Loncon con Pinochet. Hasta pasada la medianoche la familia de Ernesto Llaitul daba crédito a la información que le había sido entregada por canales oficiales. Recién a las 13:30 el propio Héctor Llaitul comunica que el cuerpo no pertenece a su hijo Ernesto sino que al combatiente mapuche Pablo Marchant. Héctor Llaitul confirmó el hecho indicando que «Pablo vivía en mi casa, es un militante nuestro, murió combatiendo, por lo que lo vamos a reivindicar. Una ORT de la CAM que se llama Lafkenche-Leftraru, en una acción de sabotaje a la forestal Mininco a una faena custodiada por Carabineros, desarrolló una acción de sabotaje, en ese contexto Carabineros se enfrenta a los weichafe y resultan heridos dos weichafe, uno abatido en el lugar y otro que está arrancando por los cerros herido, esa es la situación. Se hizo suponer que era mi hijo, pedimos todas las gestiones posibles poder visitar el cuerpo para identificarlo. Fuimos y tenía deformado el rostro por los tiros o tal vez le dispararon después, no lo sabemos. Estamos consternados por la caída de un weichafe destacado la CAM, Pablo Marchant».

No estamos en presencia de un simple error de comunicaciones. El Ministerio Público, Carabineros y el Delegado Presidencial para la araucanía son instituciones cuya función prioritaria es el control de la información pertinente a las acciones represivas del Estado en el Wallmapu. El disparo en la cara —aún no se sabe si fue directamente o fue un remate sobre el cadáver— de Pablo Marchant resulta preciso para justificar esta aparente confusión. El conjunto de los hechos revela que estamos en presencia de un montaje como aquellos a los que están acostumbrados los aparatos represivos desde los tiempos de la DINA.

¿Mataron a Pablo Marchant para hacer salir de la clandestinidad a Ernesto Llaitul?, ¿Lo hicieron como una provocación sobre Héctor Llaitul y de esa forma explotar los conflictos que hay en el interior del movimiento de liberación mapuche’? ¿El objetivo era Ernesto Llaitul? No tenemos cómo saber cuál fue la real motivación de un acto de desinformación tan cruel como el perpetrado el día de ayer por los criminales que nos gobiernan. Lo que sí es seguro es que se trató de un ensayo orientado a medir la capacidad de respuesta de las fuerzas políticas que están por fuera de la Convención Constitucional. Lo sabemos, el tanquetazo del Coronel Souper el 30 de junio del 73 que fuera sofocado por el propio Augusto Pinochet y en el que perdió la vida el camarógrafo Leonardo Henrichsen quien filmó su propia muerte, fue un ensayo del Golpe del 11 de septiembre. Lo reveló el democristiano y agente de la CIA, Orlando Sáenz ya en los 90, señalando que a través de esa operación se pudo medir la capacidad de respuesta de la izquierda a tal hecho. El legendario discurso de Miguel Enríquez en el Caupolicán, es un testimonio de esta situación.

Por eso sostenemos que el weichafe Pablo Marchant fue asesinado dos veces. Primero, su vida fue arrancada por los verdugos de las FFEE y luego mediante el falso reporte de su muerte a manos del aparato de inteligencia del régimen. Estas dos últimas cuestiones son hechos indesmentibles y que tienen como correlato el discurso de que la única forma de expresarse políticamente es dentro de los cauces institucionales. A este discurso patronal se somete toda el ala democratista que pretende hacerse cargo con simples declaraciones y acuerdos en la Convención Constitucional se realizarán «las transformaciones estructurales» con las que se llenan la boca.

Sin embargo tal orientación necesita, por una necesidad de clase, como complemento, del terror y la noche que acabamos de pasar, fue una noche de terror, del terror que está presente en el desaforado anticomunismo desplegado desde todos los frentes comunicacionales —desde Mosciatti hasta Boric— y que tiene como objetivo arrinconar al activismo, a la militancia revolucionaria y a las organizaciones de base que no se someten al discurso institucionalizador de los gestores del Acuerdo por la Paz.

El asesinato, la caída en combate del weichafe Pablo Marchant, es una clara advertencia de la naturaleza de las fuerzas contrarrevolucionarias que se incuban en el proceso constituyente. La respuesta a este alevoso crimen patronal, lo decíamos hace unas horas en la editorial sobre Ernesto Llaitul, no puede ser otro que la masiva protesta y la articulación de la indignación popular proyectada a un nuevo levantamiento.

Lo dijo Héctor Llaitul, Pablo Marchant murió combatiendo. No corresponde el martirologio estéril ni la victimización que todo revolucionario rechaza por principio. La muerte de Pablo Marchant, por lo mismo, deber servir como punto de rearticulación de todas las fuerzas políticas y sociales que sustentaron el levantamiento popular del 18 de Octubre. Una rearticulación que solidarizando incondicionalmente con la lucha centenaria del pueblo Mapuche por su liberación, ponga el frente la necesidad de la unidad, la organización y la movilización de los explotados con anclara perspectiva de ruptura institucional y de poder. Lo reiteramos, en este contexto la Convención no puede seguir funcionando en tanto no renuncie Piñera, como asesino y violador sistemático de los DDHH, se disuelva carabineros y se castigue ejemplarmente a los autores políticos y materiales del asesinato de Pablo Marchant.

Nuestro homenaje al weichafe Pablo Marchant —y no es un decir— será la victoria.