El sucidio se ha vuelto la primera causa de muerte en adolescentes y jóvenes adultos en Argentina. El informe muestra que en 2024 se registraron 3.614 suicidios (787 en adolescentes y 957 en jóvenes adultos), por lo que se pasó de 6,3 suicidios cada 100 mil habitantes a 7,8 suicidios cada 100 mil habitantes. Estas cifras muestran una realidad escalofriante, en la que los jóvenes en nuestra sociedad están eligiendo quitarse la vida frente a la realidad que les toca vivir.
En los medios, se escucha a distintos profesionales hablar de la ansiedad y la depresión, y de distintas técnicas de meditación o respiración que pueden ayudar a afrontarlas. Algunos otros más perspicaces explican que hay factores de riesgo asociados a las condiciones ambientales de vida, donde niveles socioeconómicos bajos se asocian a índices de suicidio mayores, y que se debe hacer “algo” al respecto. Hablan de que no se trata de un problema individual, sino de un “problema de la sociedad”, de la “falta de comunidad”.
Culpan a la tecnología, a las formas de crianza y las familias, a las escuelas, a la falta de comunicación o al abuso de sustancias. Pero dentro de todo este discurso, se obvia el factor común y la verdadera causa.
Nuestra manera de pensar, de relacionarnos con los demás o de imaginar nuestro futuro no son algo separado de las condiciones en las que vivimos. Los seres humanos si hacemos nuestra propia historia, pero la hacemos dentro de relaciones sociales que no elegimos.
Bajo el capitalismo, los trabajadores producimos una riqueza que no controlamos. Nuestra fuerza de trabajo se convierte en una mercancía y lo que creamos con ella termina enfrentándose a nosotros mismos como un poder ajeno, sometiendo nuestra propia actividad a las necesidades de acumulación del capital. Esta alienación no termina cuando terminamos de trabajar, sino que atraviesa nuestra vida cotidiana: nuestras relaciones, el tiempo que tenemos para nosotros mismos y la posibilidad de desarrollarnos. El desarrollo de la ciencia, la tecnología y las fuerzas productivas proporcionan las condiciones materiales para liberar a la humanidad de buena parte de las miserias que arrastramos históricamente. Pero, bajo el mando de la propiedad privada y la ganancia, la riqueza, producida socialmente por los trabajadores, se vuelve un obstáculo. Esta contradicción no es solamente económica, también atraviesa las condiciones en que se desarrolla nuestra salud física y mental.
El capitalismo es horror sin fin. Es barbarie, violencia y guerra ¿Cómo podemos convencer a nuestros jóvenes de que vivan, si lo que se les ofrece es un mundo de injusticias, relaciones desiguales y explotación interminable? Según datos del INDEC, en Argentina 250.000 mujeres jóvenes y 270.000 hombres jóvenes se encuentran buscando trabajo y no consiguen. 45 de cada 100 personas desocupadas en las ciudades argentinas son jóvenes. Además, dentro de los 2,88 millones de jóvenes que se encuentran ocupados, lo están en un gran porcentaje trabajos informales. El promedio de salario individual percibido del 80% de la población ocupada es de $707.955, con un promedio de $382.621 del 40% más bajo y $1.033.047 del 40% medio . Estos salarios quedan enormemente desactualizados comparados al costo de vida creciente en los centros urbanos del país.
¿Cómo le explicás a un jóven que probablemente no obtenga una casa propia, que sus salarios se van a mantener bajísimos por los próximos años, y que los precios de la comida, y los alquileres van a seguir en aumento? El capitalismo ha demostrado que su única salida son las crisis económicas cada vez más grandes.
Las relaciones sociales y de producción dentro del capitalismo llevan solo a la profundización de las injusticias. Los más ricos se hacen cada vez más insoportablemente ricos, y los más pobres pagamos las consecuencias. Son los burgueses que cada vez acumulan más riquezas, a costo de la pérdida de salarios, posiciones de trabajo y el derrumbe de la calidad de vida. Ellos son los verdaderos responsables del horror que se reveló con estas últimas estadísticas. No les importa que un jóven muera si esto significa que su lucro se incrementa.
Nosotros los comunistas creemos que la única salida de esta barbarie que esparce desesperanza, soledad y que lleva a muchísimos jóvenes a elegir quitarse la vida, es la construcción de un partido revolucionario. Es una utopía creer que este sistema puede ofrecer verdaderas soluciones para los trabajadores, desocupados y estudiantes. Ya nos ha demostrado que no puede, y que las consecuencias son imperdonables.
En la Internacional Comunista Revolucionaria buscamos combatir el sistema de raíz. Solo un gobierno de los trabajadores, basado en el poder de asambleas obreras, de trabajadores desocupados y estudiantes, puede terminar con la miseria capitalista.
No sabemos cuándo sucederá la próxima revolución en Argentina. Aunque por las marchas y el creciente descontento uno podría imaginar que no falta mucho. Lo que sí sabemos es que para que los trabajadores lleguen al poder se necesita un partido comunista revolucionario, armado con la teoría marxista y la experiencia de miles de revoluciones triunfantes, y de errores que no debemos volver a cometer.
A los jóvenes les decimos: la verdadera esperanza no está en una vida mejor en el más allá, es posible tomar las riendas de la historia y luchar por la vida que en verdad nos merecemos, librada de las cadenas del trabajo asalariado y la soberanía del capital. Únanse a pelear por la causa más noble que puede tener una persona: la liberación de los explotados y el fin de la dictadura de los burgueses.
Esta tarea es gigante, y a la vez es la tarea más urgente. No pierdas el tiempo, y unite a militar en la Organización Comunista Militante, que aún tenemos mucho por hacer.









