Carlos “El Indio” Solari, de regreso a Octubre

De regreso a octubre

Desde octubre

Sin un estandarte

De mi parte

Te prefiero igual

Internacional

(Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota – Fuegos de Octubre)

El 5 de junio, a los 77 años, murió el Indio Solari, la expresión más elevada, sublime y bella del rock nacional. Sus letras eran un conjunto de imágenes que reflejaban la verdad de la clase trabajadora expresada en música.

En el capitalismo hay dos culturas presentes. La cultura dominante y una cultura paralela que circula entre las clases explotadas. Ambas están en permanente conflicto, reflejando la división de la sociedad en clases sociales opuestas y antagónicas. La obra del Indio llevó esta segunda cultura a nuevas cumbres.

Los Redondos comenzaron a tomar forma a mediados de los años 70, uno de los periodos más oscuros de la dictadura militar, en los márgenes de la cultura oficial, como parte de ese mundo subterráneo donde la rebeldía y la creatividad de la juventud buscaban abrirse paso frente a la censura y la represión. Desde el circuito under comenzó a expandirse con la apertura que siguió a la derrota de Malvinas y al derrumbe de la junta militar, que dio paso a la democracia burguesa formal.

No es casualidad que en 1986, cuando comenzaban a soplar los vientos de la restauración capitalista y la ofensiva ideológica contra las ideas revolucionarias, Los Redondos publicaran Oktubre. Con su portada de banderas rojas y multitudes en movimiento, el disco evocaba la Revolución Rusa de 1917, el acontecimiento que por primera vez llevó a la clase trabajadora al poder. Mientras la intelectualidad pequeño burguesa se preparaba para declarar agotados los ideales de revolución social, el Indio elegía reivindicar, desde el arte, la tradición de quienes habían tomado el cielo por asalto.

A fines de los años 80, cuando las ilusiones depositadas en la recuperación democrática comenzaban a desgastarse, el Indio ya anticipaba las frustraciones que traerían los partidos patronales. “El futuro llegó hace rato, todo un palo, ya lo ves” resumía las promesas incumplidas de una época que presentaba la democracia formal como la solución a todos los problemas.

Años después, cuando la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética llevaron a políticos, empresarios y académicos a proclamar el supuesto triunfo definitivo del capitalismo y el fin de la historia, aquellas banderas rojas que aparecían en la tapa de Oktubre adquirieron un significado todavía más profundo.

En los años 90, mientras el capitalismo imponía el libre mercado, la frivolidad y el individualismo, el Indio, levantando las banderas de la contracultura en canciones con frases como “el lujo es vulgaridad”, se convirtió en una referencia para la juventud precarizada y marginada de los barrios populares, que se resistía a aceptar el supuesto fin de la historia. La Argentina menemista parecía haberse convertido en una gigantesca versión de Pituca, donde el enriquecimiento rápido, el consumo ostentoso y el culto al éxito individual eran presentados como el horizonte al que todos debían aspirar. Mientras políticos, empresarios y periodistas celebraban el triunfo definitivo del capitalismo y prometían prosperidad para todos, sus canciones hablaban de una realidad muy distinta, marcada por la exclusión, el desencanto y la rebeldía de quienes quedaban al margen de aquella fiesta.

Lo que había surgido en los circuitos alternativos de La Plata, entre las experiencias del Pasaje Rodrigo y los recitales en el Teatro Lozano, y que comenzó a abrirse camino en escenarios como el Bar El Polaco de Salta, terminó convirtiéndose en el fenómeno más importante y trascendental de la historia del rock argentino.

Tras la separación de Los Redondos, el Indio continuó su camino junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Su carrera solista volvió a convocar multitudes y confirmó que el fenómeno trascendía a la banda que lo había hecho famoso. Discos como El tesoro de los inocentes, Porco Rex y El perfume de la tempestad mantuvieron viva una obra que seguía dialogando con nuevas generaciones, mientras sus recitales se transformaban en algunos de los encuentros culturales más multitudinarios de la historia argentina.

Pero aquella juventud que llenaba estadios también chocaba con la represión estatal. Walter Bulacio, detenido durante una razia policial en las puertas del Estadio Obras antes de un recital de Los Redondos, se convirtió en un símbolo de los límites de una “democracia” que conservaba intactos muchos de los mecanismos represivos heredados del pasado. Las marchas por justicia para Bulacio contribuirían años más tarde a la derogación de los infames edictos policiales, sostenidos durante décadas por los gobiernos de Alfonsín y Menem. De aquellas movilizaciones surgieron consignas que marcaron a toda una generación, como “Yo sabía, yo sabía, a Bulacio lo mató la policía”, un canto que trascendió los recitales para transformarse en una denuncia permanente contra la violencia estatal y la impunidad policial.

Las grandes corrientes culturales no surgen por fuera de la sociedad. Son una expresión, necesariamente contradictoria, de las tensiones que atraviesan a una época. La obra del Indio condensó como ninguna el malestar, la bronca, los sueños y la necesidad de rebelión que anidaban en una generación marcada por la dictadura, las promesas incumplidas de la democracia y los estragos del capitalismo. Como toda gran expresión cultural, fue hija de su tiempo y de las contradicciones de la sociedad que la vio nacer. No apareció por encima de su generación, sino como una de sus expresiones más lúcidas y profundas.

Para miles de adolescentes, las canciones del Indio fueron el primer acercamiento instintivo a las ideas revolucionarias. Porque el arte no transforma la realidad mediante sermones ni programas acabados. Lo hace expresando de forma profunda aquello que millones sienten, sufren y anhelan. Allí radica la relación profunda entre el Indio, sus canciones, la misa ricotera y el pogo más grande del mundo. Por eso sus canciones fueron hechas propias por millones. No porque encontraran en ellas respuestas acabadas, sino porque hablaban de las cosas que los conmovían.

Sus fotos y reuniones con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo fueron frecuentes. El pañuelo blanco ocupó un lugar destacado en su vida pública, como reivindicación de las compañeras y compañeros detenidos desaparecidos por la última y más sangrienta dictadura militar.

Durante el gobierno de Mauricio Macri denunció la existencia de presos políticos, cuestionó la represión estatal y advirtió sobre el “horizonte negro” que se abría para millones de trabajadores y sectores populares. En sus últimos años volvió a alzar la voz contra Javier Milei, enfrentando las políticas de ajuste, defendiendo la educación pública y manifestando su apoyo al movimiento de mujeres.

Mantuvo siempre una profunda desconfianza hacia los políticos y las estructuras partidarias tradicionales. Se definía como un “francotirador” y reconocía sentirse incómodo frente a la política profesional.

Él mismo resumió su ubicación política cuando afirmó: “Dicen que soy K… Y, sí, soy un poco kirchnerista, como soy un poco peronista y un poco comunista y un poco socialista… Lo que no soy es neoliberal“.

Sin haber sido nunca un revolucionario en sentido estricto, su instinto de clase lo llevó una y otra vez a tomar partido junto a los explotados y contra los poderosos.

El cariño de jóvenes y trabajadores de varias generaciones se vio ni bien se supo la noticia. En barrios de todo el país, miles y miles se movilizaron para homenajear y recordar al cantante, al artista, al hombre.

Creemos que el mejor homenaje al Indio pasa por terminar con las injusticias, la desigualdad, la alienación y la miseria que atraviesan sus canciones y que son producto de este sistema capitalista. Para que las futuras generaciones no tengan que cantar sobre un mundo roto, sino vivir en una sociedad verdaderamente humana, sin explotación ni opresión. Una sociedad comunista.

Gracias, Indio, por hablar de las cosas que nos conmueven. 

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