Julio y el recibo en la cartelera de la fábrica

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La empresa donde trabaja Julio se enorgullece de no haber tenido jamás ni un delegado adentro. Te lo dicen los propios jefes ni bien entrás. Lo repiten los encargados, casi con admiración. Y lo refuerzan en cada charla los trabajadores más antiguos, por lo bajo y con tono resignado.

La empresa donde trabaja Julio se enorgullece de no haber tenido jamás ni un delegado adentro. Te lo dicen los propios jefes ni bien entrás. Lo repiten los encargados, casi con admiración. Y lo refuerzan en cada charla los trabajadores más antiguos, por lo bajo y con tono resignado.

Esta ausencia es el síntoma más visible de una larga trayectoria de conductas antisindicales por parte de la empresa, y el mejor complemento para sostener un régimen laboral muy opresivo.

Los jefes de cada sector cuentan con bastante autonomía para gestionar su personal. Detrás de la zanahoria de flexibilizar horarios o camuflar ausencias con francos compensatorios se esconde la lógica de los premios y castigos, una verdadera marca registrada de la política empresarial. La plasticidad es en realidad arbitrariedad pura. Para los que se someten reparten dádivas y compensaciones simbólicas, y por qué no, hasta algún aumento por encima de convenio.

 

“Mire Julio, nosotros estamos en contra de los aumentos generalizados. Esta empresa no está dispuesta a recibir demandas colectivas, porque para nosotros cada trabajador debe recibir lo que merece y no son todos iguales. Con la gerencia evaluamos su pedido y entendimos que merece un incentivo salarial. Tómelo con orgullo porque usted sabe que es un reconocimiento poco habitual. Esperamos que esto redoble su compromiso con la empresa y colabore un poco más con el sector. Eso sí: de esto ni una palabra a sus compañeros. No quisiéramos que al premiarlo se nos genere un conflicto con el resto”.

 

Julio se fue de la oficina con una horrible sensación de opresión en el pecho. Sabía que los salarios en su empresa eran de los más bajos del rubro. Al tener un encuadre gremial trucho, el básico es una miseria y dependen de premios y adicionales para redondear un salario que apenas alcanza. Olvidate de faltar porque de un plumazo se te fue el 10% con el presentismo. Y por engrosar el premio a la productividad hay varios laburantes que dejan la salud mes a mes. ¿Por qué cobraría más que el resto si el esfuerzo es el mismo? ¿Por qué correr mejor suerte si comparten el mismo garrón? ¿Cómo miraría a los ojos a sus compañeros y compañeras?

La vergüenza inicial se fue transformando en bronca, un poco consigo mismo, pero sobre todo con la patronal. Si el reclamo era justo, y poco digno transarlo solo y a escondidas, buscaría hacer extensivo su reclamo para el resto de los trabajadores. Los encaró uno a uno contándoles que había pedido un aumento, que lo que ellos ganaban era una miseria y que no podía ser que mientras la empresa se la llevaba en pala ellos no pudieran llegar a fin de mes.

Camuflado en el recibo como “a cuenta de futuros aumentos” el nuevo mes llegaba con el incremento salarial. Ni bien tuvo el sobre se dirigió a la cartelera de RRHH, lo colgó con cuatro chinches e invitó a sus compañeros a que lo comparen con el suyo.

El revuelo fue tremendo. Uno podía adivinar quienes también habían arreglado aumentos por la suya, por cómo se hacían los desentendidos. Y la inmensa mayoría exteriorizaba su bronca por la diferencia salarial. Julio no tuvo ni tiempo de recibir reproches de sus compañeros. Cuando se quiso dar cuenta estaba sentado frente a la plana mayor de la compañía.

 

“¿A qué está jugando Ramírez? ¿Qué busca con todo esto? ¿Así paga la confianza que le dimos, esa es su gratitud con nuestro reconocimiento salarial? ¡Mire el quilombo que armó con su jueguito! Usted ya sabe que a la empresa no le gustan las revueltas gremiales. Usted eligió la confrontación, esperamos que recapacite y sino aguántese la que se viene. Si no le gusta la política de la empresa váyase”.

 

Llamativamente Julio se retiró de la oficina de personal con una enorme tranquilidad. En parte porque los tres días de suspensión que le comunicó su jefe resultaba más liviano que el despido directo que supuso al principio. Pero sobre todo porque se sintió digno nuevamente.

Se ve que los gritos se escucharon hasta en el vestuario, así que en el playón lo estaban esperando todos sus compañeros. Ese encuentro fue rápido, duró muy poco. Apenas el tiempo en que tardó el supervisor en bajar a dispersarlos. Sin embargo, en esa especie de asamblea espontánea se había sellado un compromiso irreversible. De la mayoría de los laburantes recibió muestras de apoyo y cariño, y no faltaron quienes se propusieron hacer una colecta para bancarle los días caídos.

Tres meses más tarde, a pesar de las amenazas y presiones de la patronal, del miedo de muchos laburantes, los trabajadores se aprestaban a elegir su primera Comisión Interna. Julio se preparaba para asumir los nuevos desafíos como delegado.