¿Resolverá la reflación nuestros problemas?

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No es simplemente la mala intención lo que ha llevado a los capitalistas a adoptar la feroz política propuesta por personas como Keith Joseph, Margaret Thatcher y otros dirigentes del Partido Tory y que también es defendida actualmente por la CBI (organización empresarial británica). Por ejemplo, la CBI está pidiendo un nuevo recorte del gasto público de entre 3.000 y 5.000 millones de libras, sin duda el gobierno Tory intentará ponerlo en práctica.

Por supuesto, los capitalistas y sus lacayos tories en el parlamento no van a sentir sus efectos sobre ellos o sus familias. Tienen educación privada, seguro privado, sanidad privada y cuidado hospitalario privado. Al enfrentarse con la crisis de su sistema están completamente dispuestos a destruir el antiguo «estado del bienestar».

Y es su presión lo que ha obligado a los dirigentes laboristas a adoptar las medidas de ahorro que han puesto en práctica.

La razón por la cuál la clase dominante quiere imponer la postura de la «guerra de clases» — recortes salvajes del nivel de vida —, es porque no tiene otro camino si el capitalismo quiere sobrevivir. Como explican los marxistas, el funcionamiento del sistema social en su conjunto es lo que explica todos los acontecimientos que se están desarrollando en el momento actual.

La razón de la intransigencia actual de los capitalistas en comparación con la postura que tenían en los años cincuenta y sesenta, es que desde entonces se ha producido una enorme caída de la tasa de beneficios. La CBI se queja de que este año la tasa de beneficios será sólo del 3%. En los años cincuenta la tasa de beneficios alcanzó un 35%.

La caída de la tasa de beneficios, por supuesto, se debe a la misma expansión de la industria. El hecho de que los capitalistas tengan que gastar cada vez más en lo que Marx llamó capital «constante» (maquinaria, edificios, etc.,) significa que la proporción de capital «constante» con relación al capital «variable» (los salarios pagados a la clase obrera) ha aumentado enormemente en el transcurso de las últimas décadas.

Los capitalistas no consiguen el beneficio de la inversión en maquinaria y edificios. El único beneficio que pueden conseguir procede de la plusvalía, es decir, del trabajo no pagado a la clase obrera. Eso es lo que demostraron las investigaciones de Marx sobre el sistema capitalista. Por esa razón los capitalistas tienen tanta sangre fría y son tan brutales a la hora de defender el dios sagrado del beneficio.

Y son estas dificultades las que explican por qué los capitalistas han adoptado la postura que tienen en la cuestión de reducir el gasto público y reducir la parte que tiene la clase obrera en la riqueza que ella misma produce. Les molesta incluso el miserable impuesto que en la actualidad pagan y quieren recibir cada vez más subvenciones y ayudas.

El hecho de que no se puedan mantener por sí solos demuestra que el capitalismo monopolista en las últimas cinco o seis décadas se ha convertido en un parásito. Dependen de las ayudas del estado. Son mendigos y parásitos millonarios. ¿Por qué el movimiento obrero debería aceptar esta monstruosa situación?

Cualquier medida adoptada por el estado, mientras los monopolios controlen nueve décimas partes de la industria productiva, no será una solución para los problemas de la sociedad capitalista británica y menos aún para la clase obrera.

Ni los déficit inflacionarios del gasto público, ni los recortes del gasto público ni la deflación, solucionarán el problema.

En estas circunstancias, la única solución que resolvería las necesidades y los intereses de la clase obrera reside en la transformación de la sociedad. Hace mucho tiempo Marx explicó que un sistema social no es sustituido por otro sistema hasta que el primero no deja de ser útil para desarrollar las fuerzas productivas, es decir, los medios de subsistencia, la fuerza del hombre sobre la naturaleza.

Cuando un sistema social se convierte en un freno para el desarrollo de la ciencia, la ingeniería y la tecnología, como ahora ocurre con el sistema capitalista, esto supone el principio del fin de ese sistema social. Esto se puede comprobar en el hecho de que en el momento actual, no se puede utilizar completamente la capacidad productiva mundial de la industria, por ejemplo, en EEUU, en un «boom» económico, sólo se utiliza el 85% y en el caso de Gran Bretaña sólo el 80%.

Este invierno Gran Bretaña está amenazada por una oleada de huelgas, seguida de las luchas de los trabajadores del automóvil, la huelga de panaderos y otras «pequeñas» huelgas que son una indicación del ambiente actual existente entre los trabajadores organizados británicos. Esto es fruto de la experiencia adquirida durante los últimos tres años.

Han podido ver la falsedad de los argumentos de los dirigentes del ala de derechas laborista cuando les dicen que si se aprietan el cinturón, aceptan bajos salarios y renuncian a los aumentos salariales, entonces pueden luchar contra la inflación.

Los recortes del nivel de vida han alcanzado tal grado que la clase obrera ya no está dispuesta a someterse más. La total bancarrota del capitalismo británico y las ideas defendidas por Callaghan, Healey otros dirigentes del ala de derechas del Partido Laborista que se han beneficiado de las grandes empresas por la bonanza de beneficios y a expensas de los trabajadores, han llevado a las capas más avanzadas de la clase obrera en el laborismo y en el movimiento sindical a buscar una solución diferente a sus problemas.

Y es en este contexto donde aparece Tribune (en el número 14 de octubre) defendiendo un aumento del gasto público de 1.000 millones de libras.

Al plantear lo que imagina es un programa realista y moderado, Tribune pretende que un aumento del gasto público en esta línea llevaría a la creación de al menos 235.000 nuevos empleos.

Esta demanda es excepcionalmente moderada si se tiene en cuenta que la reducción del gasto público en 1975 y 1976 fue de 8.000 millones de libras. El servicio sanitario, los servicios sociales, el transporte y otros servicios estatales y municipales se han visto socavados a consecuencia de los recortes.

Con estos antecedentes, incluso un aumento de 1.000 millones de libras, sería como una picadura de pulga si se compara con los problemas a los que se enfrenta el estado británico y a los que se enfrenta la clase obrera.

La pregunta que surge inmediatamente es ¿por qué en todos los países capitalistas — EEUU, Suecia, Francia, Gran Bretaña — existe ese rechazo a las ideas keynesianas, es decir, a solucionar los problemas del mercado a través del gasto público y la financiación del déficit? ¿Por qué el Tesoro, Callaghan, Healey y otros dirigentes laboristas — por no hablar de los tories — deberían estar a favor de recortar el gasto público si resulta que con más gasto público se resolverían los problemas a los que actualmente se enfrenta la clase dominante y la población británica? La idea de que la clase dominante no comprende cómo funciona el capitalismo y que la clase dominante no entiende sus propios intereses es simplemente patética.

La experiencia de los últimos veinticinco años ha demostrado, de forma contundente, a la clase dominante lo que los marxistas siempre han defendido, que el keynesianismo, es decir, la financiación del déficit, lejos de resolver los problemas del capitalismo en realidad los agrava.

Una de las principales razones de la explosión de la inflación en todo el mundo durante las últimas tres décadas ha sido precisamente la financiación del déficit por parte de los gobiernos capitalistas. La ilusión keynesiana ha desaparecido completamente para todos los políticos capitalistas serios y para todos los economistas capitalistas serios.

Los tribunistas han atacado, correctamente, a los «monetaristas», las teorías de Friedman y otros representantes del capitalismo. Estas son las teorías que han aceptado los tories y que sirven de base para la futura política del gobierno. Sus teorías, en realidad, son las teorías de la deflación, reducir el gasto público, contención salarial y de este modo, garantizar el valor de la moneda. Con estos medios esperan acabar con la inflación.

Como han señalado correctamente los tribunistas y los dirigentes sindicales, esto significaría desempleo de masas, el colapso del mercado y una enorme miseria y degradación para la clase obrera británica. Este «remedio» es peor que la enfermedad.

Todo eso es perfectamente correcto, pero no cambia el hecho que desde el punto de vista del capitalismo esta política es la única solución a los problemas a los que se enfrenta el capitalismo en el momento actual. Continuar por el camino de financiación del déficit, inevitablemente, provocaría un aumento de la inflación hasta alcanzar el nivel que tienen los países de América Latina, y si continúan por ese camino, incluso peor.

Por esa razón la clase dominante ha abandonado completamente las ilusiones en el keynesianismo, es decir, que es posible solucionar los problemas de las economías capitalistas con el gasto público.

Los tribunistas responden a los argumentos de los marxistas acusándoles de ser monetaristas. En realidad, lo que están haciendo los marxistas es analizar de qué forma funciona el sistema capitalista, reconociendo que bajo el capitalismo cualquier aumento del dinero en circulación, sin el respaldo del oro o la producción, inevitablemente provocará un aumento de la inflación.

Pensar que esta proposición económica elemental es «monetarista» — por no decir marxista — resulta completamente absurdo. Carlos Marx hace más de ciento cincuenta años escribió: «Si la cantidad de dinero en circulación duplica el valor correcto, entonces, una libra ya no se correspondería con un cuarto de onza, sino con un octavo de una onza de oro. El efecto sería el mismo que si se altera la función del oro como patrón de precios. Aquellos valores que anteriormente expresaban su precio en una libra, ahora expresarían su precio en dos libras».

Dejando a un lado la referencia al oro, que no es necesario explicar en este artículo, está claro que si el número de billetes en circulación, tomando la economía como un conjunto, que cubre la cantidad total de mercancías producidas alcanza el valor de un millón, y el estado, en moneda y en bonos, aumenta este valor hasta los dos millones, eso significaría que los precios se doblarían. En ese sentido, los argumentos de la señora Thatcher y los de Keith Joseph — los argumentos del ala derechas del Partido Laborista — son perfectamente correctos: la financiación del déficit y el uso de la máquina de imprimir dinero inevitablemente conducen a la inflación.

Por supuesto, no ven la otra parte de la contradicción: las consecuencias de las políticas deflacionarias. En cuanto a la clase obrera, ni la inflación ni la deflación solucionan sus problemas. Es la elección entre morir en la hoguera o ahorcado.

El verdadero problema para los tribunistas es que no conciben el sistema capitalista como un sistema de producción. El capitalismo funciona gracias a la plusvalía — o trabajo no pagado a la clase obrera — que es el beneficio de la clase capitalista.

Esto provoca un dilema para los capitalistas porque ellos mismos consumen en productos de lujo y derrochan sólo una pequeña parte del beneficio que consiguen.

La mayor parte del beneficio o plusvalía extraída del trabajo de la clase obrera, se vuelve a invertir en la industria, el comercio, el turismo, inversiones en el extranjero u otras formas de gasto de capital.

Uno de los argumentos más eficaces aparecidos en el artículo de Tribune, un argumento en el que ha insistido constantemente Militant, es que los grandes monopolios en gran Bretaña, las grandes empresas, prácticamente no pagan impuestos. Esto se debe a la exenciones fiscales, las enormes exenciones concedidas por el gobierno para supuestamente estimular la inversión. Además, el impuesto de sociedades, como los demás impuestos que pretenden golpear a los ricos y a los monopolios, en la práctica, tienen uno y mil trucos legales que han permitido en los últimos dos o tres años que los monopolios reduzcan la cuantía del impuesto hasta llegar a una cantidad insignificante

Es tal el escándalo que incluso periódicos burgueses serios como el Sunday Times ha tenido que hacerse eco, señalando que gracias a estos recodos legales y a las numerosas subvenciones, prácticamente las grandes empresas no pagan impuestos. Por esa razón es ingenua la fórmula adoptada por los tribunistas Stuart Holland y Paul Ormerod que defienden la exención de impuestos «sólo en caso de necesidad comprobada». Si la «necesidad comprobada» para ellos significa la necesidad del individuo, entonces habría que fijar cuál es esta necesidad. Como la ayuda pública sólo se debe dar a los individuos sobre la base de la necesidad, entonces, de la misma forma, siempre hemos defendido que sólo se debe compensar a los propietarios de las industrias nacionalizadas cuando exista un caso de necesidad comprobada.

La fórmula de Tribune es tan ambigua que no está claro cuál es su intención. Al contrario, obviamente, lo que significa es que los «inútiles» del capitalismo, las empresas capitalistas con problemas, en lugar de ser nacionalizadas, en realidad deberían ser subvencionadas como ha ocurrido durante las últimas dos o tres décadas con gobiernos laboristas y tories.

La sugerencia de un impuesto del 52% sobre los beneficios sería un paso adelante en comparación con la situación actual, pero no va a la raíz del problema. La otra idea, la relacionada con la congelación de precios durante los próximos doce o dieciocho meses que ahorraría 3.000 millones de libras y constituiría un argumento en contra de los aumentos salariales, como dice el artículo de Tribune, no se sostiene tampoco en pie.

La cifra de 3.000 millones se consigue sobre la base de que las empresas suben sus precios sólo un 8-8,5% para compensar la inflación. Se sugiere que esto se llevará a cabo durante el próximo año. Es completamente falsa la idea de que con precios más bajos el mercado se incrementaría y de este modo los capitalistas volverían a recuperar su dinero.

Los capitalistas no producen mercancías sólo para venderlas, los capitalistas producen mercancías para hacer beneficios, si el 8% reduce los precios que ellos ponen a sus mercancías, eso significaría una reducción de beneficios. Si venden más mercancías gracias a la reducción de precios, eso significaría una nueva reducción de beneficios.

La CBI ha amenazado con que si hay congelación de precios ellos dejarán de invertir, ¡de todas formas sus inversiones no significan mucho! Sin duda, en estas condiciones, el gobierno laborista se enfrentaría al sabotaje del capital, como amenazó la CBI antes de las elecciones.

El propio Wilson, en sus memorias, escribió acerca del sabotaje de capital al que se enfrentó el gobierno laborista de 1964-70. La amenaza fue un sabotaje de la inversión a menos que el gobierno laborista no capitulara ante las demandas de los monopolios. Y desde el punto de vista de la clase dominante no tenía otra forma de actuar.

Todo el material de los tribunistas tiene una carencia fundamental, no ve que la sociedad está dividida en dos clases sociales antagónicas con intereses y necesidades hostiles, así es como se constituye la sociedad capitalista.

La situación ahora es que el beneficio de los capitalistas no se consigue sólo reduciendo la parte que tiene la clase obrera en la riqueza que ella produce. Eso explica por qué a los capitalistas no les interesa bajar los precios, como tampoco lo están en subir los precios. A ellos sólo les interesa la maximización de beneficios.

Todos los intentos de evitar los antagonismos de clase reales que existen en la sociedad hace que los tribunistas entren en una contradicción tras otra. En esencia, lo que están sugiriendo es que se debe frenar a los monopolios. Nosotros siempre hemos defendido un acción drástica contra los monopolios, pero intentar limitar por decreto los precios sería lo mismo que intentar frenar un buldózer con un plumero.

Mientras que controle los medios de producción, los medios de subsistencia, los medios de producción de maquinaria, la alimentación y demás bienes necesarios, la clase dominante tiene una mil manera de evitar a los gobiernos laboristas.

El keynesianismo de imprimir dinero ha quedado tan desacreditado que incluso destacados economistas keynesianos, como la keynesiana Tribune, en la actualidad no defienden la financiación del déficit e intentan encontrar alguna forma de poner impuestos a la clase dominante para utilizar este dinero en beneficio de la clase obrera.

«Ellos calculan», esto es lo que dice Tribune en referencia a los argumentos de Stuart Holland y Paul Ormerod, «que imponiendo a las empresas un impuesto con el interés nominal del 52%, conseguirían 3.000 millones de libras extras del sector empresarial».

En realidad, los monopolios pueden burlar estas medidas en la medida que ellos tienen el control y el poder para decidir.

En el pasado, los tribunistas y también el Partido Comunista, siempre defendieron la idea de que a través de la devaluación sería posible que el capitalismo británico superara con la venta de sus mercancías todas las dificultades en los mercados mundiales. Pero la experiencia de las devaluaciones de la última década acaba completamente con esta idea.

Durante los últimos dos años el valor de la libra ha caído aproximadamente un 40%, debería haber tenido el efecto de aumentar las ventas de las mercancías británicas en los mercados mundiales, al menos temporalmente, hasta que de nuevo subieran los precios. En su lugar, la parte del capitalismo británico en los mercados mundiales experimentó un aumento marginal inferior al 0,5%. ¿Por qué?

Porque los cien monopolios británicos que controlan el 80% de los mercados de mercancías que se venden en el extranjero utilizaron esta medida para enriquecerse. Siguiendo la célebre frase de Heath, «de golpe», subieron los precios un 40% para enriquecerse con la friolera de miles de millones de libras. La caída de la libra sólo consiguió debilitar la posición del capitalismo británico.

El precio de los bienes manufactureros que importa Gran Bretaña subió enormemente y se agregó a la inflación. El precio de la comida y las materias primas también aumentó. La clase dominante británica tuvo suerte, en ese momento concreto, porque la subida de precios no alcanzó el mismo nivel que la devaluación debido a la caída general de los precios de la comida y otras mercancías en el mercado mundial.

A propósito, esta es una de las razones por las cuales la inflación ha estado tan baja durante los últimos dos años y no, como pretenden algunos, porque los salarios se hayan mantenido bajos. La razón principal ha sido la caída de los precios de las mercancías importadas, productos manufacturados y materias primas.

Las medidas del gobierno laborista reduciendo el gasto público y conteniendo los salarios de los trabajadores, también han tenido como consecuencia una reducción del mercado, y en estas condiciones, cuando el mercado está limitado, no es posible que los monopolios suben demasiado los precios. La caída de la inflación no se ha debido a la reducción del gasto público y al recorte de los niveles de vida de los trabajadores (salarios reales de los trabajadores). Se ha debido al hecho de que no era posible subir más los precios. Aunque, por supuesto, es cierto que la reducción del gasto público y de este modo el déficit, ha sido una de las principales causas de mejora de la inflación.

Lo que verdaderamente está en entredicho es que a pesar del aumento de los beneficios gracias a la reducción salarial, aceptada por los trabajadores y por los dirigentes sindicales como algo temporal para acabar con la inflación, a pesar de los beneficios superiores a 6.400 millones de libras conseguidos el año pasado por la industria manufacturera, nada de esto ha conseguido aumentar la inversión. Además, a pesar de las ayudas y reducciones de impuestos que han supuesto otros 4.000 millones de libras al año.

Esta situación es una condena absoluta del sistema capitalista en Gran Bretaña y un argumento que demuestra la mayordomía en la que han caído las grandes empresas, son incapaces de jugar ningún papel. La inversión real en la industria manufacturera, en otras palabras, la producción de riqueza real, no es mucho más alta en 1978 en Gran Bretaña de lo que fue en 1970. Esta última, a su vez, en términos reales, no es mucho más alta que la de 1950.

Eso significa que el capitalismo británico se está quedando cada vez más rezagado en comparación con sus rivales. Como dijo Giscard d’Estaing, Francia ya ha dejado atrás a Gran Bretaña como nación manufacturera. China ha superado a Gran Bretaña, India tiene más industria que Gran Bretaña, y en 1980, si continua este proceso, también estará por detrás de Italia.

Por supuesto, nosotros estamos a favor de aumentar el gasto público para acabar con el desempleo. Pero no mil miserables millones de libras, sino un programa de obras públicas, un programa masivo de construcción de viviendas, carreteras, escuelas, hospitales, y basándonos en esto, un plan para acabar completamente con el desempleo. Por eso estamos a favor de la jornada laboral de 35 horas. Esta medida inmediatamente reduciría el paro a la mitad, según algunas fuentes supondría la creación de 500.000 a 750.000 empleos.

Los argumentos de Tribune de aumentar el gasto público en mil millones de libras es como un hombre que está frente a una avalancha y pone unas cuantas rocas en el camino imaginando que esto solucionará los problemas a los que se enfrenta la economía y la clase obrera británica.

Los marxistas no apoyamos las políticas deflacionarias ni las inflacionarias, ¡sólo las políticas socialistas!

El artículo de portada de Tribune es un perfecto ejemplo de la negativa de los tribunistas a abordar de una forma «realista» los verdaderos problemas.

No hay otra solución a los problemas que tienen los trabajadores que no sea la nacionalización, con una compensación mínima en caso de necesidad comprobada, de los doscientos monopolios, los bancos y las empresas de seguros, y con el establecimiento de un plan de producción bajo el control y la gestión de los trabajadores. No se trata de que este o ese aspecto del sistema social esté equivocado: el problema es el funcionamiento de todo el sistema social capitalista.

El problema de los dirigentes del ala de derechas del laborismo, también de los capitalistas y de los tribunistas del Partido Laborista, es que no se basan en las bases teóricas y las leyes del sistema social.

No se basan en el pasado, el presente y el futuro. Trabajan de una forma empírica, sobre la base de los datos inmediatos y son completamente incapaces de valorar los efectos que tendrían la implantación de las medidas que proponen. Por ejemplo, vimos las medidas de Allende en Chile que provocaron una explosión de la inflación. Fue el resultado de intentar resolver los problemas de la clase obrera en tan poco tiempo.

Si se utilizara toda la capacidad de producción, ésta aumentaría una quinta parte. Se podrían satisfacer las necesidades de la clase obrera. En lugar de eso, nos encontramos con una producción de acero miserable, este año 17 millones de toneladas. El año pasado, la producción fue de 17,4 millones de toneladas. En 1970 el capitalismo británico producía 27 millones de toneladas.

El acero es un indicador de la capacidad industrial. El uso del acero está implícito en la mayoría de las mercancías que se producen.

Los objetivos originales de los capitalistas eran aumentar la producción de acero en los años ochenta hasta conseguir los 40 millones de toneladas. Estos objetivos se han abandonado y ahora nos encontramos con la miserable situación de que la producción per cápita no supera a la de 1929, el año de la gran recesión y antes de la guerra.

La clase obrera no permitirá una reducción forzosa de su nivel de vida para intentar mantener inútilmente al sistema capitalista.

Las necesidades de la clase obrera exigen al menos la reducción de la jornada laboral a 35 horas sin reducción salarial, para acabar con el desempleo, un salario mínimo de 70 libras semanales, no sólo para los que están trabajando, sino para toda la población, para los enfermos, parados y pensionistas. Todas las familias deberían tener un salario mínimo de 70 libras semanales.

En la actualidad, las fuerzas productivas están lo suficientemente desarrolladas para que esto sea posible. Si no se utilizan es por las contradicciones que tiene el sistema capitalista.

Por esa razón, el movimiento obrero debe luchar por la transformación del sistema capitalista en las líneas de lo que antes hemos dicho. Si el capitalismo no puede ofrecer un nivel de vida decente para la población, entonces la clase obrera debe apartar a un lado al capitalismo y luchar por un sistema completamente diferente, por una sociedad socialista, un sistema social socialista y democrático.