¿Es el problema de Argentina la economía bimonetaria?

En medio de la crisis económica, social y política más profunda de las últimas décadas, se ha abierto un debate en torno a los problemas estructurales de la economía nacional, donde un sector de economistas, sindicalistas, dirigentes, periodistas, profesores, políticos e intelectuales que se referencian en el Frente de Todos, o en alguna de sus corrientes internas, plantean que el problema central del país tiene que ver con una estructura económica de carácter bimonetaria y que este mal estructural solo puede resolverse «con un gran acuerdo político» entre todos los actores sociales, políticos y económicos; reforzando la presión hacia la unidad nacional con la clase capitalista y los partidos de oposición. Estas ideas son falsas y perniciosas ya que desarman políticamente a la clase trabajadora y a la juventud, presentando al capitalismo como un sistema reformable a través de la conciliación de clases. Abonando así la idea de la dominación de clase y la explotación como un elemento natural e inmutable junto con el Estado capitalista, al que se presenta como un mediador entre el capital y el trabajo, capaz de arbitrar entre los intereses antagónicos de las clases sociales y ser a su vez un ordenador social.

Quienes sostienen estas ideas, independientemente de sus intenciones, se aferran a un clavo ardiendo. Con solo una rápida mirada vemos un mundo atravesado por la debacle económica, la guerra y la pandemia. El capitalismo justamente no está demostrando ser el sistema más eficiente y eficaz para satisfacer las demandas de los miles de millones que habitamos el mundo, aunque su capacidad para la producción de bienes y servicios es inmensa, sino que por el contrario está hundiendo al mundo en la miseria y la barbarie. Las cifras de hambre, pobreza, destrucción ambiental y miseria que sacuden a nuestro país y al mundo, hablan por sí solas.

Por otro lado, quienes por derecha sostienen también la necesidad de resolver el problema de la economía bimonetaria apuestan a “solucionarlo” vía una política de shock, que profundice las contrarreformas laborales y previsionales de los últimos años o plantean abiertamente la reaccionaria dolarización total de la economía.

Quienes presionan hacia un gran acuerdo de todas las fuerzas para resolver esta cuestión advierten con preocupación que tal programa político podría llevarse puesta la institucionalidad ante la creciente “insatisfacción democrática” que recorre el mundo capitalista; que es un eufemismo para advertir que se están preparando las condiciones para una explosión social.

Es necesario entonces plantear un enfoque de clase independiente de los partidos, los patrones y su Estado. Una posición que se ubique en defensa de los intereses generales e históricos de las trabajadoras y los trabajadores. Es decir, desde el punto de vista de los explotados y no de los explotadores.

La economía bimonetaria

Quienes desde distintos sectores, y con algunos matices en cuanto al ángulo de enfoque, plantean el problema de la economía bimonetaria (1) terminan siempre tropezando con la misma piedra: las relaciones de producción que constituyen la estructura económica de la sociedad. Generalmente se señala que las postraciones del país están fundamentalmente determinadas por la existencia de una economía en la que el peso y el dólar operan en el mismo espacio económico produciendo una demanda de dólares mayor a la que el país puede ingresar. Y es esta escasez de dólares la que lleva a desbalances externos por los que, en última instancia, se producen las crisis y devaluaciones recurrentes. Se hace hincapié en el peso “total y absoluto” que tiene el dólar en la formación de precios y se señala que la existencia del bimonetarismo se debe justamente por la “obsesión” que tienen los formadores de precios por obtener la mayor rentabilidad empresarial.

Para sostener estas ideas se aducen complejas explicaciones culturales y políticas que son las que empujarían hacia una “fortísima propensión dolarizadora” tanto a trabajadores que buscan ahorrar como a empresarios que buscan importar, especular o fugar. Esto es presentado como una excepcionalidad argentina, casi como un hecho maldito del país burgués, terminando de rodear de misticismo al fenómeno del bimonetarismo. Se aborda así la cuestión desde el idealismo subjetivo, al explicarse los problemas de la economía como producto de la conducta de un sector de la burguesía, las ideas equivocadas de un sector de la oligarquía, las malas decisiones de los políticos o la maldad de empresarios extranjeros.  Esto lleva a conclusiones equivocadas, ya que no se analiza el fenómeno desde su base material y objetiva.

Los defensores del mal de la economía bimonetaria plantean que esta no puede ser solo explicada como un producto de las experiencias hiperinflacionarias que se vivieron en el país a partir de la dictadura cívico militar de 1976 en adelante. Sino que el problema es de larga data. Remontándose hasta el primer control cambiario impuesto por la dictadura de Uriburu a principios de la década del ‘30, pasando por Perón que en los comienzos de los ’50 pronunció la famosa frase “¡Quién ha visto alguna vez un dólar!” e incluso adentrándose a la década del ‘60 cuando Arturo Illia ordenó pesificar todas las cuentas bancarias en dólares. Pareciera ser entonces que, independientemente de qué modelo económico se aplique o la ideología política del gobierno de turno, sea incluso democrático o dictatorial, el problema de la economía bimonetaria azota al país impidiendo y trabando su desarrollo. Pero lo central para los trabajadores es comprender que el bimonetarismo no es el problema, sino que es la forma en la que se manifiesta el problema.

¿Cuál es el problema?

La restricción externa (escasez de dólares) y lo que se denomina efecto bimonetario de la economía no es otra cosa que la manifestación de los límites del capitalismo argentino. Es decir, los límites de una economía pequeña, débil y atrasada resultante de una clase dominante, como la argentina, que llegó tarde a la formación del mercado mundial estableciéndose rápidamente como socia menor y correa de transmisión de los intereses de los capitales rectores de la economía mundial de turno. Es decir, del imperialismo ingles primero y norteamericano después. Quienes fundamentalmente a través del mecanismo del comercio mundial ubicaron a la economía argentina como una economía primarizada (exportadora de materias primas) dentro de la división internacional del trabajo.

Será a comienzos de los años ‘30, en el contexto de la situación abierta por la crisis capitalista de 1929 que se produce, a través de instrumentos estatales de transferencia, la captación de una parte de la renta agraria de los terratenientes que entrelazada con capitales extranjeros se orientó hacia la producción industrial y el comercio interno beneficiando a la burguesía industrial. Conformando así, la oligarquía agraria y la burguesía, una misma clase: la capitalista. La misma que necesita diversificarse para paliar la caída abrupta de los precios de las materias primas. Y donde los capitales financiero, agropecuario e industrial se mantienen estrechamente ligados, entrecruzados y subordinados a los intereses del imperialismo lo que no impide por supuesto la existencia de conflictos y pugnas entre diferentes fracciones de la clase dominante.

Posteriormente la situación económica abierta con la Segunda Guerra Mundial a partir de los años ‘40 hizo que las exportaciones argentinas se beneficiaran de altos precios hasta 1949, generando además condiciones excepcionales a nivel internacional, ya que las grandes potencias necesitaban poner su capacidad industrial al servicio de la disputa de mercados a través de esa carnicería bélica de muerte y destrucción a la que fueron arrojados millones de trabajadores. Esto permitió al país un mayor volumen en su desarrollo industrial; fomentando una burguesía, que como no podía alcanzar los niveles de productividad mundial por haberse desarrollado tarde, fue fundamentalmente mercadointernista sin capacidad de levantar una industria pesada o una industria que generara bienes de capital, que fabrique maquinarias para otras industrias. Por eso, su desarrollo fue relativo y no le permitió una vez habiendo satisfecho las demandas de las masas destinar el excedente a exportaciones, excepto en lo que concierne al negocio del agro.

La crisis de 1952 fue determinante ya que limitó los ingresos de la renta agraria (restricción externa) y obturó al Estado la posibilidad de continuar subsidiando, en la misma medida, el desarrollo industrial. Situación que gravitó decisivamente en los últimos años del gobierno de Perón, exponiendo los límites de este proceso de industrialización del capitalismo argentino: los de una economía pequeña firmemente soldada al mercado mundial.

Finalizada la guerra las potencias centrales volvieron entre otras cosas a poner su capacidad industrial en los planos y niveles anteriores aumentando la presión gradual a la disolución de la industria liviana que se había desarrollado. 

Tanto el “desarrollismo” de Frondizi o el gobierno de Arturo Illia que se pronunciaba a “favor” del desarrollo industrial sustentado en el capital nacional y que terminó pesificando los depósitos en dólares de los ahorristas, se toparon con la restricción externa ya que el capitalismo argentino fue oscilando entre boom y recesión según la evolución de los precios agrarios atados al mercado mundial o la posibilidad de acceder al endeudamiento. Convirtiendo la escasez de dólares en un mal crónico del capitalismo argentino que en cada una de sus etapas se fue viendo cada vez más concentrado y extranjerizado. Tanto Illia como Frondizi mantuvieron una política de dar luz verde al capital internacional sin restricción alguna, ya que en los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo.

La «crisis mundial del petróleo» de 1973-4 representó la primera recesión mundial desde 1945 produciendo un punto de inflexión en donde la clase dominante comenzó, de manera gradual, a desmontar el “Estado de bienestar” financiado con el auge económico capitalista de la postguerra y que en Argentina abrió paso a la dictadura del ‘76 que a sangre y fuego sumó un nuevo patrón de acumulación para la clase dominante. Estas nuevas formas de acumulación de capital se orientaron a profundizar la liquidación de gran parte del aparato productivo del país para vivir de rentas. Lo que muestra no solo el carácter degenerado de la burguesía y la oligarquía nativa que en los últimos 40 años ha empujado a sectores inéditos de la población a la pobreza y a la miseria, sino que también muestra el fondo de la cuestión: no estamos ante una economía que vio trabado su desarrollo debido a la opresión imperialista sobre un país semicolonial a través de la coerción extraeconómica o la impericia de su clase dominante. No estamos aquí borrando el papel político del imperialismo que se sustenta en la agresión, la rapiña, el cinismo, la impudicia y el engaño y que, por supuesto, juega un papel fundamental. Pero es el poder económico el que engendra poder político y militar. Por eso, los capitales más grandes son los que pueden desarrollar mayor brazo militar y capacidad de presión política. Tampoco se trata de reducir todo al simple peso de los factores económicos. No obstante, lo central es que la dominación imperialista de países formalmente independientes, como Argentina, se da a través del mecanismo del mercado mundial donde mercancías que contienen más trabajo se intercambian por mercaderías que representan menos trabajo, y esto es lo determinante.

Entonces ante lo que estamos es a una economía que determinada por los mecanismos del mercado mundial, alcanzó cierto desarrollo capitalista en un momento histórico y que producto de sus propios límites, adquiridos desde su nacimiento, fue conducida a una decadencia espantosa por empresarios, banqueros y terratenientes y sus representantes políticos empujados por la propia dinámica de funcionamiento del capitalismo y sus inexorables leyes internas. Si bien la clase dominante desarrolló un papel importante, en la forma que fue adquiriendo la estructura económica del país, este factor no fue el decisivo. Lo determinante hay que buscarlo en la base material en lo económico que es, en última instancia, lo que decide.
No podría haber habido un capitalismo diferente, más industrializado y productivo, incluso si la clase dominante hubiese desarrollado una mentalidad diferente o se hubiera comportado de otra manera. Los hombres y mujeres hacen la historia dentro de ciertos límites.

Esto es algo que los defensores del mal de la economía bimonetaria no pueden y no quieren entender. Por lo cual, viven añorando una “burguesía patriótica que cumpla los deberes nacionales” o quejándose de una “burguesía fallida” que debe ser reemplazada por la acción del Estado. En realidad, expresan su límite de clase en tanto no pueden ver la superación de las relaciones de producción existentes.
En el presente, el problema de la economía argentina no es el problema de la ausencia de una burguesía con intereses nacionales o el de la presencia de una oligarquía con intereses antinacionales, el problema es la propiedad privada de los medios de producción, en la fase superior del capitalismo, en estas latitudes y es esto lo que determina los desbalances externos que producen las crisis y devaluaciones recurrentes. Lo que siempre, gobierne quien gobierne, se traduce en un ajuste a las condiciones de vida de la clase trabajadora que paga con bajos salarios y desempleo, ya que el Estado siempre termina traccionando las necesidades económicas, políticas y sociales del capital. Y esta es la característica determinante del Estado en el sistema capitalista que evidencia lo lejos que está de ser un árbitro imparcial entre las clases, y que más bien representa los intereses de una clase social bien definida.

Tropezar con la misma piedra, una y otra vez

Desde el 2003 la economía, atravesada por los 3 períodos kirchneristas, contó con el margen que le permitió la megadevaluación del gobierno de Duhalde en 2002, y con el boom económico de las materias primas del periodo 2003-2011, lo que permitió orientar parte del excedente de divisas, sostenido en el superávit del comercio exterior, hacia el desarrollo de la pequeña y mediana industria con cierto agregado en la cadena de valor y la expansión del mercado interno. Pero tras la crisis mundial de 2008, que impactó de lleno en Argentina en 2009 y se agravó a partir de 2011, ese ciclo comenzó a alcanzar sus límites y todo se volvió su contrario. Apareció el viejo fantasma de la restricción externa, la escasez de divisas, la balanza de pago negativa que empujó la economía a un nuevo ciclo de inflación, fuga de divisas y devaluación que fue pavimentando el camino al gobierno de Juntos por el Cambio y arrastró al país a 5 recesiones. Desde entonces el nivel de actividad ha permanecido con una tendencia de estancamiento y descenso cada vez más pronunciada y dramática. Agravada por el hiperendeudamiento macrista, la pandemia, la situación abierta tras la guerra que la OTAN alienta en Ucrania y las propias políticas del gobierno del Frente de Todos. Según el Consejo de Políticas Sociales, que depende de Presidencia de la Nación, el 54,9% de la población es pobre, mientras que los grupos empresarios aumentaron sus riquezas como muestran todos los indicadores.

Es el capitalismo

Como podemos ver, es el desenvolvimiento propio del capitalismo argentino, inserto en el capitalismo mundial, quien limita cualquier tipo de desarrollo industrial produciendo uno de los aspectos de la economía bimonetaria como lo es la restricción externa.
El mismo fenómeno vemos cuando se aborda la “obsesión dolarizadora” que tienen los formadores de precios al perseguir la mayor rentabilidad empresarial. El problema nuevamente radica aquí en las relaciones de producción capitalistas y su funcionamiento intrínseco y no solamente en explicaciones culturales, morales o políticas.  La sed ilimitada por las ganancias de los capitalistas, es decir la codicia, es una categoría económica de primer orden en el capitalismo que empuja a la clase capitalista a acumular dinero y capital.  Los capitales no tienen intereses humanitarios o nacionales sino intereses puramente económicos. Es la competencia lo que empuja al capitalista a la búsqueda de mayores beneficios para ganar una mayor cuota de mercado y que su tasa de ganancia no sea engullida por otros capitalistas. La propia dinámica del capitalismo está determinada por la capacidad del capitalista de obtener ganancias. Y es esta búsqueda constante de ganancias la que conduce al monopolio.

En nuestro país vemos que solo un puñado de empresas, como Carrefour, Cencosud, Coto y Walmart dominan prácticamente el 75% de la distribución de los alimentos, en el rubro aceites son 3 las empresas que concentran el 90,5% de la facturación, en jugos Arcor y Mondelez, que tienen el 100% de las ventas. Esta concentración monopólica, que se repite como una constante en varias ramas, les da a los capitales concentrados la capacidad de tomar al dólar como referencia para formar precios.

Se observa entonces que bajo el capitalismo existen leyes económicas que dominan la economía y estas no pueden ser cambiadas a voluntad ya que no dependen solamente de las cualidades o errores individuales de los capitalistas sino son resultado de la lógica interna del propio capitalismo. Las relaciones capitalistas de producción se sustentan en la codicia individual como una parte indivisible de este, al igual que la tendencia al monopolio. Quejarse de esto como lo hacen los defensores del mal de la economía bimonetaria es como quejarse de que el agua moja.

Así mismo, la tendencia a fugar capitales al exterior por parte de la clase capitalista también está anclada en un comportamiento propio del capital. Tanto los grandes bancos y empresas nacionales o extranjeras si no pueden obtener un beneficio no invierten y se fugan al exterior buscando el dólar como reserva de valor, la lógica rentista de la clase dominante suele ser invertir lo menos posible y sacar dólares afuera, persiguiendo el sueño de los capitalistas de ganar dinero del dinero. Muchas veces este recurso es utilizado también como arma disciplinante contra el poder político del Estado en forma de golpes de mercado.

Por su parte, el desarrollo particular del capitalismo argentino, que se deriva de los límites explicados más arriba, empujaron a la economía a recurrentes crisis cambiarias, acelerándose este proceso a fines de los ‘50. La baja productividad general, en relación a los capitales dominantes a nivel internacional, de la burguesía industrial tardía es compensada con devaluaciones que diluyen los salarios en relación al dólar bajando “los costos laborales” para intentar hacer más competitivos a esos capitales y por esta vía compensar la tasa de ganancia.

Esta serie de sucesivas devaluaciones, orientó a un sector de la población a recurrir al dólar como moneda de ahorro buscando la manera de protegerse. Pero será a partir de la crisis del Rodrigazo (donde el precio del dólar subió un 600%) que se abrió un ciclo de devaluaciones hiperinflacionarias (1975-1976, 1981, 1989-1990 y 2001-2002, etc.) como nunca antes en la historia argentina, lo que aceleró y consolidó la tendencia dolarizadora que de cultural no tiene nada, sino que más bien tiene un origen puramente económico.

¿Hay una alternativa?

La pauperización en la que el capitalismo mantiene a la clase obrera y demás sectores de trabajadores y trabajadoras demuestran la absoluta inviabilidad de este sistema para brindar una vida digna a la inmensa mayoría de la población.
Las tendencias depredadoras, bárbaras e irracionales del capitalismo son irreformables y no pueden ser cambiadas de manera voluntaria. Simplemente es utópico pensar que es posible elegir entre un tipo de capitalismo u otro.

Como ya hemos visto la economía argentina no puede dar más allá de sus propios límites estructurales, por eso todos los intentos industrializadores se demostraron insostenibles e inviables en el tiempo. Esto ha sido confirmado por la realidad. Mientras que, por el contrario, la economía y la ciencia económica burguesas han demostrado su completa bancarrota al explicar esto y se aferran a las ideas del problema bimonetario de la economía para, en última instancia, justificar el capitalismo transformándose conscientemente o no en apologistas del sistema capitalista.

Desarrollar un fuerte aparato productivo con un sólido mercado interno y el desarrollo de tecnologías que permitan poner en pie una industria de industrias no es posible en el marco del capitalismo. Solo la planificación socialista y democrática de la economía al expropiar el capital extranjero y a la gran burguesía nacional, a través de su derrocamiento político, puede permitir el desarrollo de las fuerzas productivas orientándola a resolver las necesidades y postraciones históricas de la única clase generadora de riqueza: la clase obrera y los trabajadores.

Es reaccionario plantear que los problemas del capitalismo se van a resolver por las vías del capitalismo. La desigualdad no es el resultado de una mala distribución de la riqueza como plantean los que ven una salida en un frente político policlasista, sino que esta se produce dentro del proceso de producción con la apropiación de la plusvalía por parte de los capitalistas, del trabajo que realizan los trabajadores y las trabajadoras.

La propiedad privada de los medios de producción es una barrera inexpugnable para el desarrollo armónico de la sociedad. La única forma que tenemos de terminar con las recurrentes crisis capitalistas es el derrocamiento del sistema capitalista en la arena nacional y lanzar una lucha a escala mundial para evitar el aislamiento ligando la economía con los demás países de la región y el mundo para superar el atraso y la dependencia. La revolución es la única alternativa.

Crisis, pandemia, proteccionismo, inflación y guerra preparan el camino para levantamientos insurreccionales y estallidos de masas. En esta perspectiva se inscribe la necesidad de la construcción de una dirección revolucionaria internacional enraizada en la clase trabajadora y los demás sectores oprimidos de la sociedad que pueda llevar a la clase obrera al poder, superando el marco legal establecido por la burguesía, para poner fin a la propiedad privada de los grandes medios de producción y las hostiles fronteras de los Estados nacionales que nos dividen y así poder edificar una sociedad justa, igualitaria y verdaderamente humana.
El capitalismo debe morir para que el resto de nosotros y nosotras podamos vivir. Desde aquí, debe partir cualquier  programa político que plantee la defensa de la clase trabajadora.


(1)

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