El movimiento de masas sacude Kabul ¿Qué camino a seguir en Afganistán?

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En el último par de semanas, se han desarrollado acontecimientos sin precedentes en Afganistán. Cientos de miles de personas se han reunido en las calles de Kabul para protestar contra la decapitación espantosa de 7 personas, entre ellas una niña de 9 años, todas las cuales eran de la etnia Hazara.

La masiva manifestación incluyó a personas de todas las etnias y religiones. Este es el reflejo del descontento masivo con la interminable ocupación estadounidense, y también con el fundamentalismo religioso. Consignas que se han escuchado en la protesta, como “Los Talibanes comenten crímenes y el Palacio Presidencial los apoya” refleja el deseo no sólo de erradicar a los autores de la violencia sectaria atroz, sino también a la dirección política que aprobó el acto como un medio para mantener su propia posición.

El ataque terrorista, que desencadenó el movimiento de masas, se llevó a cabo para dividir aún más al pueblo de Afganistán en líneas sectarias y étnicas, pero en realidad sirvió para unir al pueblo afgano contra el fundamentalismo y el sectarismo. La clase política corrupta, bajo el liderazgo de Ghani y otros títeres apoyados por el imperialismo, no tenía nada que ofrecer y en su lugar se aislaron a sí mismos de la creciente efervescencia del movimiento de masas.

El 1 de octubre, siete Hazaras fueron secuestrados de la aldea Rasani en el distrito de Gelan, cerca de la provincia  vecina de Ghazni. El sábado 7 de noviembre sus cuerpos fueron encontrados decapitados, en la provincia de Zabol de Afganistán. Presuntamente el crimen fue llevado a cabo por militantes del ISIS (Estado Islámico). A principios de este año, 31 pasajeros Hazaras fueron secuestrados por combatientes talibanes mientras regresaban a Afganistán de sus puestos de trabajo en Irán. En los últimos meses este tipo de incidentes de secuestros de la minoría Hazara, que tienen una larga historia de opresión a manos de la élite gobernante pastún, se ha vuelto más frecuente.

Según las estimaciones, los Hazaras comprenden alrededor del 20 por ciento de los 31 millones de la población de Afganistán. Hazara, que en persa significa mil (de Hezar), se refiere a la tradición oral de que los Hazaras descienden de las mil tropas enviadas por Genghis Khan a Asia Central. Los Hazaras son predominantemente musulmanes chiítas, y ellos hablan un dialecto del persa afgano llamado Dari o Hazaragi.

Los Hazaras habitan en su mayoría en la zona central de Afganistán, que se conoce históricamente como Hazarajat; ahora muchos Hazaras viven en ciudades urbanas como Kabul, Herat y Mazar-e-Sharif. Históricamente han sido sometidos a la persecución étnica y religiosa bajo los reinados de varios emires y shahs locales. El imperialismo británico utilizó la táctica de divide y vencerás, que exacerbó las tensiones entre varias tribus y grupos étnicos. Durante el reinado del Emir Abdur Rahman (1880-1901), miles de Hazaras fueron asesinados, torturados y esclavizados. Gran parte de la población Hazara fue desplazada y sus tierras y posesiones confiscadas. Una gran mayoría de ellos se trasladó a Kabul y a la vecina Baluchistán, que recientemente había sido dividida por la India británica con la línea Durand, y últimamente por las fronteras de Irán. A pesar de esto, la persecución y la opresión de los Hazaras continuó a lo largo del siglo XX de la mano de varios dirigentes monárquicos del  emergente y artificial Estado-nación. En su mayor parte en las ciudades en desarrollo, como Kabul, los Hazaras “realizan trabajos de peón, reuniéndose todas las mañanas en puntos específicos en Kabul, a los cuales los capataces vienen a  contratar de acuerdo a sus exigencias laborales” y, a menudo eran vistos como  “hombres  de baja categoría en el orden étnico”, lo que a menudo termina en discriminación entre los Hazaras y no Hazaras (Patrones de Asentamiento. Lois Dupree).

Pero entonces llegó la Revolución Saur del 27 de abril de 1978, cuando el Partido Democrático Popular de Afganistán (la facción Jalq), con la ayuda de sus cuadros en el ejército afgano, derrocó el régimen de Dauod y estableció un consejo revolucionario que abolió el feudalismo y el capitalismo. La salud y la educación se hicieron gratuitas y habían mejorado sustancialmente. La propiedad que estaba en manos de los emires locales y los imperialistas fue confiscada de inmediato, y se distribuyó entre los campesinos sin tierra. El consejo revolucionario también luchó con la cuestión de las minorías nacionales y étnicas. Todos los grupos étnicos de Afganistán recibieron el mismo estatus y representación, y se elevaron a la posición de ciudadanos iguales en todo el país. Por primera vez en la historia de Afganistán, todos los ciudadanos tenían el mismo estatus. Además del Pashto y el Dari, a otras lenguas regionales y minoritarias como los Turco, Balochi, Uzbeko, Pashayi, Nuristaní, etc. también se les dio carácter oficial y sus planes de estudio de educación fueron diseñados en su lengua materna.

Esta revolución envió ondas de choque a Islamabad, Teherán, Riad y Washington. Afganistán fue el único país en Asia Central, además de la Unión Soviética, donde fue derrocado el capitalismo y el latifundismo.

La revolución inspiró a las masas y a los revolucionarios en Pakistán, Irán, India y los países vecinos. La dictadura militar en Pakistán se enfrentó al descontento generalizado de las masas. La transformación en Afganistán podría haber encendido otro movimiento de masas en Pakistán, similar a lo ocurrido en 1968-69. Sin embargo, esto planteó una situación alarmante para la clase dominante de Pakistán y Washington. El imperialismo estadounidense, en connivencia con sus títeres en Islamabad, comenzó lo que se conoció como la Operación Ciclón. Esta operación consistió en armar y financiar a los reaccionarios Muyahidín islamistas con el fin de derrocar al gobierno revolucionario dirigido por el Partido Democrático Popular de Afganistán. Esta fue una de las operaciones más largas y más caras de la CIA jamás emprendidas; la financiación comenzó con $20-$30 millones por año en 1980 y aumentó a $ 630 millones por año en 1987. Esto fue financiado a través del desarrollo de una red de tráfico de drogas y de heroína en la región.

El imperialismo estadounidense y sus títeres regionales estaban nutriendo tal monstruo de Frankenstein, que en un momento determinado, escapó de su control y amenazó a sus propios amos. Después de la caída del régimen de Najibullah en 1992, los mismos Muyahidín  comenzaron  a pelear entre sí como perros locos rabiosos en líneas étnicas, religiosas y sectarias. Por supuesto, el verdadero conflicto entre ellos radicaba en las ganancias obtenidas mediante las drogas, la anexión de territorios, secuestros, etc. El imperialismo norteamericano podía haber creado estos  Muyahidín y señores de la guerra para derrotar a la revolución, pero eso no quería decir que estas criaturas siniestras siempre seguirían las reglas de sus amos. Este proceso tiene una lógica propia.

Mientras tanto, la revolución fue derrotada. Todas las conquistas de la revolución fueron liquidadas. Afganistán fue arrojado unos cien años atrás en términos de infraestructura y los daños causados ​​por la guerra civil. Todos los últimos prejuicios del pasado resurgieron. La intromisión imperialista dio lugar a la intensificación de la opresión y la persecución de las minorías religiosas y étnicas. Como resultado de esto también se dio la formación de los Talibanes, que consideraban a los Hazaras como herejes, y declararon la Jihad en contra de ellos.  Miles de Hazaras fueron masacrados durante esta limpieza étnica a finales de 1990. Este fue el precio que el pueblo de Afganistán pagó por el triunfo de la contrarrevolución. La sociedad afgana entera sufrió a manos de estos monstruos. Bajo una sociedad de clases  dominada por creencias feudales atrasadas, las minorías étnicas y religiosas fueron las primeras víctimas de los ataques.

La invasión de Afganistán en 2001 por el imperialismo norteamericano y sus aliados en el nombre de la “democracia” y la “lucha contra el terror,” en realidad agravó aún más la situación. El único cambio que esta invasión trajo fue la ampliación de la guerra civil afgana a las fronteras de Pakistán, devastando también allí la situación. La temprana  opresión y persecución que existía en los tiempos feudales, regresó de nuevo a la sociedad. Pero con la invasión  las inversiones se hicieron más grandes. Los diferentes países imperialistas miraron los vastos minerales sin explotar de Afganistán. China estaba por delante de todo el mundo en términos de su expansión en las minas de África y otros lugares. Ya que no había un gobierno central estable y con autoridad en Afganistán, que pudiera hacer valer su control sobre todo el país, las diferentes potencias imperialistas terminaron apoyando a diversos grupos de Talibanes para sus intereses materiales. Pakistán, India, Arabia Saudita, e Irán incluso han participado con agentes de ciertos grupos Talibanes para sus propios intereses particulares.

En las últimas tres décadas, el pueblo de Afganistán han sufrido a manos del imperialismo y del fundamentalismo más que nadie. Han experimentado la hipocresía de los fundamentalistas islámicos en términos de su adhesión a las leyes de la Sharia, que resulta en la opresión de las mujeres y las minorías. De hecho, estos fanáticos Talibanes no son más que un puñado de delincuentes de poca monta. Los Talibanes no son un grupo monolítico. Es el nombre de diferentes grupos de delincuentes y mafiosos vinculados a diferentes potencias imperialistas. El auge del ISIS y las luchas internas entre los diferentes grupos es en realidad similar a una guerra de bandas que uno ve en una película de Hollywood; cada grupo está tratando de controlar el territorio con el fin de apoderarse de las ganancias de las drogas y del secuestro en ese territorio. Ellos están totalmente expuestos a los ojos de la gente común de Afganistán. De hecho ya se expusieron en 2001, incluso antes de la invasión estadounidense. Tal era la posición social de los Talibanes en 2001 que si no fuera por la invasión conducida por los EEUU, el pueblo de Afganistán hubiera derrocado él mismo  su gobierno despótico.

El movimiento actual en contra de la matanza de los siete Hazaras es un reflejo de la ira fomentada contra la discriminación religiosa y étnica. Pero esta vez fue diferente. Miles de personas de Kabul y las ciudades vecinas cubrieron las calles de la capital. Los manifestantes elevabann consignas que reflejaban claramente un alto nivel de conciencia y el despertar político. Las consignas estaban dirigidas a atraer a más personas pertenecientes a grupos étnicos distintos aparte de los Hazaras, con el fin de dar al movimiento un carácter nacional. Y tuvieron éxito en esto. Un gran número de Pastunes ordinarios, Tayikos y Uzbekos también se unieron a los manifestantes. Cientos de miles se congregaron frente al palacio presidencial y exigieron justicia para los Hazaras decapitados.

Si bien las negociaciones se llevaron a cabo en el interior del Palacio Presidencial entre los representantes de los manifestantes y los funcionarios del gobierno, un líder autoproclamado de los Hazaras y un ex-jihadista, Ustad Mohaqeq llamaron a los manifestantes niños pobres de la calle. De hecho, este insulto enfureció a la multitud. Se convirtió en el blanco de sus consignas. También fueron planteando consignas contra la complicidad del gobierno con los Talibanes. “Los Talibanes cometen  crímenes y el gobierno los apoya”, “Pastunes y Hazaras son hermanos”, “Yo soy un Hazara-Pastún,” y “Muerte al Palacio (presidencial)”, fueron sólo algunas de las consignas que se coreaban.

En realidad, el gobierno actual se compone principalmente de ex yihadistas, señores de la guerra, y criminales. Ellos no tienen relación alguna con las masas de Afganistán. Ellos fueron impuestos en Afganistán por el imperialismo. Hay una ira profunda contra estos criminales yihadistas. Una anticipación del estado de ánimo presente se vio hace unos años, cuando el gobierno cambió el nombre de la Universidad de Educación de Kabul para honrar el nombre de un  fallecido señor de la guerra yihadista,  Burhanuddin Rabbani. Los estudiantes de la universidad, que eran Pastunes, Tayikos, Hazaras y otras etnias, se reunieron y protestaron contra esta denominación de la universidad en honor a un criminal yihadista.

La presente protesta no es sólo acerca de la matanza de los Hazaras. En el fondo hay una ira hirviente contra el estado actual de las cosas en Afganistán. La gran mayoría de las personas están desempleadas. No hay actividad económica propia en el país, excepto el tráfico de drogas. Afganistán se ha convertido en un país atrasado devastado por el imperialismo. Hay una cantidad inadecuada de servicios sociales, como la sanidad y la educación de las masas y de los jóvenes afganos. Miles de afganos están dejando el país para encontrar una vida mejor. Se dirigen a los países europeos, pero Europa está ella misma muy afectada por la crisis del capitalismo. Recientemente los gobiernos de Alemania y Afganistán acordaron deportar a los refugiados afganos que viven en Alemania. Tal es la condición del país capitalista más poderoso de Europa, por no hablar de las otras economías más pequeñas y débiles. Los capitalistas occidentales no tienen ninguna intención de resolver el lío que hicieron de nuevo en Afganistán,  tampoco quieren rescatar a los refugiados.

La devastación en Afganistán no se puede curar dentro de los límites del capitalismo. El intento respaldado por Estados Unidos de construir la democracia ha fracasado miserablemente. Estas manifestaciones niegan claramente la percepción común en Occidente sobre la cultura fundamentalista supuesta del pueblo afgano y la noción de que las tensiones étnicas son un fenómeno natural. Estas manifestaciones masivas de cientos de miles de personas claramente ofrecen otra imagen de Afganistán, que es el de la solidaridad, la unidad, la hermandad y la armonía. Esta solidaridad y hermandad sólo se pueden mantener derrocando el capitalismo en Afganistán. La única solución para Afganistán es otra Revolución Saur a un nivel superior.

Viernes, 13 de noviembre 2015