1983-2003: 20 años de «democracia» y capitalismo mafioso

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El 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín tomaba posesión como Presidente de la república tras 7 años de brutal y sanguinaria dictadura militar que dejó un reguero de 30.000 asesinatos y desaparecidos y decenas de miles de exiliados. Millones de trabajadores recibieron con entusiasmo desbordante el final de la pesadilla, y sus ilusiones se abrían con paso incontenible en la esperanza de un futuro mejor. Hoy, 20 años después, la realidad del país tiene poco que ver con aquella que imaginaban las masas de trabajadores y jóvenes.

Editorial de El Militante Nº 5

El 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín tomaba posesión como Presidente de la república tras 7 años de brutal y sanguinaria dictadura militar que dejó un reguero de 30.000 asesinatos y desaparecidos y decenas de miles de exiliados.

La burguesía argentina, escondida detrás de los militares, se vio obligada a cambiar la fachada del régimen y dar paso a la «democracia» por miedo al proceso revolucionario que se estaba incubando en el seno de la clase obrera argentina, particularmente tras la derrota de Malvinas.

Millones de trabajadores recibieron con entusiasmo desbordante el final de la pesadilla, y sus ilusiones se abrían con paso incontenible a través de las «grandes alamedas», en la esperanza de un futuro mejor. Parecía como si nada pudiera quebrar la voluntad de cambio de la inmensa mayoría de la sociedad, formada por el pueblo trabajador.

La «ficción» de la democracia

Hoy, 20 años después, la realidad del país tiene poco que ver con aquella que imaginaban las masas de trabajadores y jóvenes. Millones de personas han podido comprobar el fraude y las mentiras de la economía de «libre mercado» y la hipocresía de la democracia bajo el capitalismo. En esencia, la «democracia burguesa» es un régimen político en el cual todo el mundo puede decir (más o menos) lo que quiere mientras que las decisiones fundamentales (las que determinan el destino de millones de personas) las toman un puñado de monopolios, banqueros y hacendados agrícola-ganaderos. Realmente, la «democracia» es una hoja de parra que oculta el dominio y la dictadura de los grandes capitalistas en la sociedad.

Esto no quiere decir que los marxistas seamos indiferentes a la cuestión de la «democracia». Es normal que los trabajadores prefieran un régimen de «democracia burguesa» (a pesar de su hipocresía, sus limitaciones y demás) a una dictadura abierta. Pero los derechos democráticos que disfrutamos (libertad de expresión, de manifestación, de organización, sufragio universal, etc) fueron siempre derechos arrancados por los trabajadores a la burguesía, a la oligarquía y al aparato represivo del Estado. No fueron un regalo de nadie. Tampoco en 1983.

Mientras que el destino y el futuro de millones de personas dependa de la voluntad de un puñado de banqueros, monopolistas y terratenientes, la «democracia» siempre será una ficción. La verdadera libertad de un desocupado que carece de medios para vivir dignamente, de un trabajador que labura 10 ó 12 horas diarias, del 60% de la población que vive por debajo de la línea de la pobreza, o de cualquier persona sometida a la arbitrariedad y humillación de los policías y jueces corruptos no es posible bajo este sistema explotador e inhumano. Esta es una democracia para ricos, a costa del trabajo, de la explotación y del sufrimiento cotidiano de millones de personas que durante la mayor parte de sus vidas transita una existencia anónima, gris y rutinaria.

Sin esta comprensión científica del funcionamiento de la «democracia burguesa» es imposible comprender los acontecimientos más relevantes que nos sacuden día a día.

La política del gobierno y las amenazas a Kirchner

El gobierno de Kirchner tampoco escapa a este análisis materialista. La llegada de Kirchner a la presidencia de la nación fue un subproducto de las jornadas del «Argentinazo». Después de aquellos acontecimientos que sacudieron la sociedad de arriba hasta abajo, la burguesía argentina sólo podía recomponer la situación política del país para garantizar la continuidad de su dominación con un gobierno que despertara expectativas entre las masas de la población, como lo hizo el gobierno de Kirchner, que tuvo que ofrecer algunos gestos, discursos y actuaciones «radicales», aunque no cambiaran el fondo de la realidad. Para decirlo de una manera simple: no es que las masas giraran a la «derecha» para apoyar a Kirchner, sino que Kirchner tuvo que girar «a la izquierda» para poder conectar con el ambiente que existía entre las masas. Estas expectativas pueden cambiar rápidamente, en la medida que las masas comprueben los límites de la política de Kirchner y los compromisos que atan al gobierno con la burguesía y al imperialismo a través de los acuerdos con el FMI. La nueva actitud del gobierno de criminalizar al movimiento piquetero es un resultado necesario de esto.

La necesidad de apoyarse en las masas con discursos demagógicos y tímidas reformas para dotarse de una cierta base social, llevó a Kichner a conflictos con el sector más parásito de la clase dominante y del aparato del Estado. Incluso desde un punto de vista capitalista, el nivel de corrupción y degradación en el aparato del Estado argentino es insostenible, lo que lleva a la necesidad de «limpiar» y «ordenar» el aparato del Estado para limitar el saqueo de los recursos estatales, la corrupción y la delincuencia organizada por la casta de altos funcionarios estatales, policiales, judiciales y militares.

Por la debilidad social y política de la clase dominante argentina, en los últimos 70 años el aparato del Estado consiguió mantener una relativa independencia, y aunque siempre acompañó a los capitalistas y los terratenientes para aplastar a la clase obrera cuando ésta desafiaba el dominio de la burguesía, adquirió intereses y privilegios propios.

Esto explica que cuando el sector de la burguesía representado por Kirchner intenta «limpiar» el aparato del Estado éste se revuelva con la furia de una bestia herida, con la complicidad de un sector de la burguesía desplazado de las esferas del poder. Las amenazas denunciadas por Kirchner y otros funcionarios del gobierno, efectuadas por oficiales policiales desplazados de sus áreas de poder por corrupción, es sólo la punta del iceberg de la descomposición del aparato del Estado.

Independientemente de los próximos pasos que dé Kirchner sobre esta cuestión, lo que sí afirmamos es que la única manera de limpiar realmente el aparato del Estado de toda corrupción y amenaza contra el pueblo trabajador es demoliéndolo y sustituyéndolo por el control y la gestión directa de las masas de la población de sus propios asuntos. Pero la burguesía, aunque no le guste del todo su aparato de Estado lo necesita intacto para enfrentar cualquier amenaza de los trabajadores de subvertir el dominio de los capitalistas. A su vez, los jueces, oficiales del ejército y policiales están todos vinculados a la clase dominante, por su origen social, por su estilo de vida y nivel de ingresos. Siempre defenderán a muerte los intereses y privilegios de sus amos, los capitalistas. Por eso, ni Kirchner ni ningún gobierno burgués podrá llevar a cabo esta tarea, al no cuestionar el sistema capitalista.

¿A qué sociedad aspiramos?

La demolición el aparato del estado corrupto sólo se puede conseguir acabando con el dominio de los que controlan la sociedad: los banqueros, monopolistas y terratenientes. Para ello necesitamos un gobierno de los trabajadores que nacionalice los bancos, los monopolios y la gran propiedad agrícola-ganadera sin indemnización y bajo el control democrático de los trabajadores, para utilizar estos recursos en interés de la mayoría de la sociedad, acabar con la miseria y la explotación y alcanzar una democracia auténtica, verdadera, que implique la plena libertad para los trabajadores y el resto de las capas oprimidas de la sociedad.

Para llevar a cabo esta tarea estratégica necesitamos formar un partido propio de los trabajadores, que agrupe a sus sectores más conscientes y avanzados y a la juventud. Un partido que debe nacer de la unión y del accionar común de los activistas obreros de las bases de los sindicatos, de las organizaciones piqueteras y populares y de los partidos de izquierda.