Crisis en la Unión Europea – ¿Es viable un nuevo Plan Marshall para Europa?

Tras varias semanas de tira y afloja, se alcanzó un acuerdo precario sobre las ayudas a los países miembros de la UE que necesiten financiación extra para hacer frente a la crisis económica detonada por la epidemia de coronavirus. Los Estados dispondrán de hasta 540.000 millones de euros ¿Bajo qué condiciones? ¿Qué tiene que ver esto con  el Plan Marshall para Europa que exige Pedro Sánchez? ¿Es éste viable?

Un acuerdo agónico que no resuelve nada

Desde hace semanas, Pedro Sánchez viene exigiendo unos nuevos “Pactos de la Moncloa” en casa, que ya hemos analizado en otro artículo, y un nuevo “Plan Marshall” para Europa, o más exactamente, para la Europa del Sur, sólo que en lugar de apelar a EEUU como donante –como fue el caso después de la II Guerra Mundial– sus ruegos se dirigen a la Europa rica del Norte, y en particular a Alemania.

Sin embargo, Alemania, Holanda y otros países rechazaron de plano esta propuesta de Sánchez, que también respaldaban Italia y Portugal. Los primeros, se resistían tenazmente a financiar las deudas del sur de Europa, y por eso rechazaron los llamados “coronabonos”, una emisión de deuda pública europea para ser utilizada por todos los países que la necesitaran, pero pagadas mancomunadamente entre todos (mutualización). Alemania y Holanda exigen, en cambio, que cada país se pague sus deudas a través de fondos ya existentes como el llamado Mecanismo de Estabilidad (MEDE), conocido como fondo de rescate europeo, entre otros. Y esto fue finalmente lo que se acordó.

Inicialmente, Holanda fue más allá, y exigió que si España o Italia son rescatadas a través de estos fondos financieros, eso debería ir acompañado de condiciones, con la intervención de sus economías por la UE, con planes de ajuste y austeridad adicionales y de obligado cumplimiento, tal y como les ocurrió a Grecia y Portugal entre 2012 y 2018.

Finalmente, se acordó que los fondos del MEDE, hasta 240.000 millones de euros, fueran utilizados “sin condiciones” pero “sólo para gastos sanitarios derivados de la pandemia”, y hasta un máximo del 2% del PIB de cada país; en torno a 25.000 millones en el caso de España. Cualquier otro gasto no sanitario con fondos procedentes del MEDE conllevaría condiciones a las políticas económicas del país, que deben sumarse a las condiciones ya existentes de ajuste del gasto público.

Además de los fondos del MEDE, el Banco Europeo de Inversiones (BEI) ofertará  200.000 millones de euros para empresas a interés mínimo, y se emitirán bonos para financiar programas —como los ERTEs— con un monto de hasta 100.000 millones de euros.

En realidad, este es un compromiso de mínimos, y cualquiera de estos desembolsos se sumará a la deuda del país que los utilice, de manera que poco o nada se ha resuelto en el fondo. Lo que España, Italia y Portugal pretenden es precisamente repartir la carga de la enorme deuda nueva que van a adquirir con los países más ricos, y no pagarlas en solitario. Por eso España e Italia presionaron para que se convocara una nueva cumbre de jefes de Estado que establezca un “fondo de recuperación” sin condiciones para gastos más generales, del que queda por definir todo: su procedencia, si habrá ayudas a fondo perdido, si el gasto se repartirá entre todos o sólo lo pagarán quienes lo usen, si consistirá en préstamos directos del Banco Central Europeo a los gobiernos (lo que está prohibido actualmente por los estatutos del BCE, y a lo que se oponen Alemania, Holanda y otros), etc.

Lo que parece descartado es que un nuevo endeudamiento masivo por parte de los Estados se desarrolle a través de inversores privados, que podrían exigir tasas de interés muy elevadas ante las dudas sobre potenciales impagos o ante la amenaza de reestructuraciones y quitas, lo que encarecería la deuda a niveles más insostenibles si cabe. De ahí las presiones de los gobiernos del sur de Europa para que el BCE, violando su propia naturaleza, actúe como prestamista directo de los gobiernos nacionales.

La Unión Europea se enfrenta a una crisis existencial. Será el área económica del mundo que sufrirá la recesión más profunda. Está sepultada por enormes deudas públicas y privadas, y por grandes desequilibrios internos, que podrían conducir a un estallido desordenado del bloque económico, como la salida de Gran Bretaña ya ha anticipado.

Así las cosas, pese a la insistencia de Sánchez, no parece que el nuevo Plan Marshall que reclama vaya a ir muy lejos. No obstante, conviene analizar pese a todo qué fue el Plan Marshall y, en caso de acometerse, si tendría el mismo efecto “mágico” que Pedro Sánchez pretende atribuirle hoy, con respecto al que tuvo en la década de los años 40 y 50 del siglo pasado.

¿Qué fue el Plan Marshall?

El Plan Marshall (1948-1952) fue un programa de ayudas del imperialismo de EEUU, a fondo perdido[1], para ayudar a la reconstrucción de la Europa Occidental tras la segunda Guerra Mundial y conjurar el peligro del “comunismo”. Estuvo dotado con 14.000 millones de dólares de la época, equivalente a unos 151.000 millones actualmente. No obstante, la Europa occidental contaba entonces con un 40% menos de población, lo que implica que la ayuda per cápita era mucho mayor que lo que esa cifra podría representar actualmente.

En realidad, la reconstrucción capitalista de Europa occidental no tuvo como base una premisa económica, la inversión a gran escala, sino una premisa política: el abandono de una política socialista por parte de los partidos socialdemócratas y estalinistas que, igual que en los años 20 y 30, traicionaron la ola revolucionaria que se dio al final de la II Guerra Mundial en la Europa Occidental, con sus ejemplos más clamorosos en Francia, Italia y Grecia. La colaboración de clases de los dirigentes de la izquierda con la burguesía “liberal” estableció la “paz social” y la tranquilidad en los negocios, para que una masa gigantesca de desempleados y subempleados pudiera ser utilizada para reiniciar la producción capitalista.

Hoy, como entonces, las direcciones de la izquierda y del movimiento obrero mantienen huérfana de horizontes a la clase trabajadora, y se afanan en todas partes por salvar al capitalismo o, en el mejor de los casos, por recrear un imposible capitalismo “de rostro humano”. Pero la ola revolucionaria aún no ha comenzado, aunque se sienten los primeros temblores y, por lo tanto, la clase obrera no ha dicho la última palabra. Y dado que la autoridad de estas direcciones no es, ni de lejos, la misma que tenían hace 75 años, todo está dispuesto para que surjan nuevas direcciones que reflejen mejor el espíritu revolucionario de la nueva época, de ahí que nada esté decidido en el terreno político.  

Sobre todo, hoy no están dadas las premisas económicas para que una inversión de esa escala o mayor tenga el mismo efecto en la “reconstrucción” económica de la que hablan.

La Segunda Guerra Mundial destruyó físicamente las fuerzas productivas de la mitad del mundo en aquel entonces: en Europa, Japón y la Unión Soviética. China, como todo el sudeste asiático, era entonces un enorme país campesino pobre con muy poca  industria e infraestructuras. Por su parte, el dinero del Plan Marshall invertido en Europa, así  como en otras partes del globo con otras denominaciones, tenía una base material en el trabajo muerto acumulado en forma de lingotes de oro, que estaban depositados en las bodegas de Fort Knox (EEUU), donde EEUU atesoraba dos tercios de las reservas mundiales. Este trabajo muerto acumulado fue transmutado en riqueza real bajo la forma de nuevas infraestructuras, industrias y bienes a través de la explotación del trabajo vivo de la clase obrera de Europa y más allá, y a través del saqueo del exmundo colonial; al punto de multiplicar dicha riqueza invertida por 4 y 5 veces. Esto permitió, en el proceso, limpiar los balances de deudas pública y privada generadas por el esfuerzo de guerra.

Hay que añadir que un protagonismo especial en esta «reconstrucción» europea fue la intervención del Estado, que introdujo mecanismos de planificación y el control y propiedad pública de sectores básicos de la economía: industria pesada, telecomunicaciones, ferrocarriles, puertos, etc., mecanismos que se mantuvieron, en general, hasta principios de la década de los años 80 del siglo pasado. Esto prueba las limitaciones en su capacidad de desarrollar las fuerzas productivas que la empresa privada, con sus propias fuerzas, había alcanzando en el período de entreguerras y tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

¿Es viable hoy un nuevo Plan Marshall?

¿Cuál es la realidad hoy? Actualmente, por el contrario, las fuerzas productivas son un millón más poderosas que entonces y están intactas. No han sido aniquiladas por una gran catástrofe bélica, no hay nada que reconstruir, ni infraestructuras, ni una industria de base ni de consumo. De hecho, lo que ha conducido a la crisis económica actual no ha sido la pandemia, que simplemente ha actuado como detonador de la misma, sino la sobreproducción y sobrecapacidad existentes en todas partes, y que ya estaba manifestándose desde finales del año pasado en una recesión industrial en Europa, en la reducción del crecimiento de China y EEUU, en las tendencias proteccionistas en EEUU, y en una guerra comercial incipiente entre las superpotencias principales. Para colmo, la deuda agregada mundial se situaba, ya antes de la pandemia, en 255 billones de dólares, el 322% de la riqueza mundial, el PIB, la mayor de la historia del capitalismo.

Hoy, la inversión de cientos de miles de millones de dólares no tendría por objeto carreteras que construir, ni puertos, ni industrias para abastecer masivamente de bienes a un mercado hambriento. No tendría el efecto de expandir el mercado y el comercio mundial como sí lo hizo en el período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Las reservas de los bancos centrales de Europa, de donde provendrían los fondos de un nuevo Plan Marshall, y que carecen de una referencia física y material en forma de oro, al menos del tamaño que tenían hace 75 años, están en gran parte hipotecadas por la deuda galopante existente, a la que añadirían un nuevo alud de deudas. Esto es dinero ficticio que no se corresponde con riqueza real, y que no estaría destinado a producir un equivalente en bienes materiales, sino sólo a absorber las deudas privadas de las grandes empresas, a pagar los gastos de gobiernos al borde de la quiebra, y a sostener una parte del salario de los trabajadores, y a decenas de millones de desempleados. Esta puesta en circulación de tal cantidad exorbitante de papel moneda, destinada en gran parte al consumo pero que no lleva a la creación de una cantidad equivalente de riqueza material, sólo puede conducir a una explosión inflacionaria, de subida de precios, pulverizando el poder adquisitivo de las familias trabajadoras, y a la desestabilización de todo el sistema financiero.

Más aún, la acumulación gigantesca de enormes deudas públicas por parte de los Estados sólo puede conducir a dos caminos: a la bancarrota de los Estados nacionales o a una política brutal de recortes del gasto público y social para afrontar el pago de dicha deuda colosal, que haría parecer un mundo color de rosa los ajustes y la austeridad practicados en los 10 años precedentes. En ambos casos tendríamos una receta acabada para una explosión de lucha de clases no vista desde los años 70.

Por los Estados Unidos Socialistas de Europa

El capitalismo atraviesa la crisis más grande de su historia, y también detonará la lucha de clases más grande de la historia. Y esto será más verdad que en ninguna parte en Europa. Con los profundos desequilibrios internos que la recorren, su poderosa clase obrera y la rica historia revolucionaria que acumula, Europa se convertirá en el centro de la revolución mundial.  

Durante décadas, las poderosas tendencias centralizadoras de la economía mundial han empujado a los países europeos a unirse y a difuminar sus fronteras, pero la persistencia de decenas de Estados con economías tan dispares y tirando en direcciones diferentes, han convertido en una utopía reaccionaria el sueño de una Europa unida bajo el capitalismo, donde las economías más fuertes del centro y norte de Europa imponen sus condiciones a las economías más débiles del sur. Y las costuras de esta unión forzada no han hecho más que saltar a lo largo de estos 10 años tras la crisis de 2008, y ahora se van a profundizar más hasta el peligro de una ruptura abierta.

Los marxistas estamos a favor de una Europa unida, juntando los recursos y capacidades de un continente con más de 300 millones de habitantes, sería posible establecer un futuro esplendoroso de bienestar y desarrollo social y cultural ilimitado, pero la condición es expropiar a los grandes bancos y empresas para utilizar y planificar sus recursos en interés de todos, lo que implica barrer al mismo tiempo las fronteras nacionales que nos dividen y mandar a la basura los horribles, reaccionarios y costosos aparatos de Estado burgueses de cada país: sus policías, sus ejércitos y su legión de jueces y de altos funcionarios y diplomáticos.

Una Europa socialista no reconocería las enormes deudas públicas que alimentan a los banqueros y fondos buitre del capital internacional, las eliminaría de los balances de los bancos y empresas nacionalizados. Utilizaría los recursos existentes para iniciar la construcción de una Europa socialista, avanzada y abierta, y animaría al resto de la clase obrera mundial y a los pueblos excoloniales oprimidos por el imperialismo, a que se levanten y sigan su ejemplo para conformar juntos un mundo socialista que termine de una vez con la barbarie capitalista.

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 [1] Alemania, a la que se asignó el 11% del fondo, unos 1.500 millones de dólares, sí quedó inicialmente obligada a devolver el dinero como potencia perdedora de la guerra. Pero luego se rebajó un tercio el monto de su devolución y en 1953 fue finalmente exonerada de pagar nada más, habiendo devuelto solamente 14 millones de dólares.