Buenaventura Durruti y la Revolución Española

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Una de las características más significativas de la revolución en el siglo XX es que fue protagonizada por trabajadores, no sólo en lo que se refiere a las masas que integraron sus batallones de acción, sino en la dirección misma de la lucha: La revolución rusa, la mexicana, la cubana, etc. La revolución española, que recuerda en esas fechas el 70mo. aniversario del inicio de la guerra civil, esta llena de ejemplos claros de obreros revolucionarios que fueron figuras indiscutibles de sus organizacionaciones y del movimiento mismo. En este articulo quisiéramos recordar a uno de los hombres más ejemplares, en cuanto a su abnegación por la causa de la clase obrera, que se dieron en el marco de la revolución española: Buenaventura Durruti, cuya trayector

Homenaje a un abnegado luchador por la causa de la clase obrera

Una de las características más significativas de la revolución en el siglo XX es que fue protagonizada por trabajadores, no sólo en lo que se refiere a las masas que integraron sus batallones de acción, sino en la dirección misma de la lucha: La revolución rusa, la mexicana, la cubana, etc. La revolución española, que recuerda en esas fechas el 70mo. aniversario del inicio de la guerra civil, esta llena de ejemplos claros de obreros revolucionarios que fueron figuras indiscutibles de sus organizaciones y del movimiento mismo. En este articulo quisiéramos recordar a uno de los hombres más ejemplares, en cuanto a su abnegación por la causa de la clase obrera, que se dieron en el marco de la revolución española: Buenaventura Durruti, cuya trayectoria al mismo tiempo, nos muestra los limites de los métodos del anarquismo, que abrazó hasta su muerte.

Durruti nació en León, en el norte de Castilla el 14 de julio de 1896, era hijo de un ferroviario. A los 15 años comenzó a trabajar en un taller mecánico y posteriormente en una fundición. En 1917, a los 21 años, entró a trabajar como mecánico en la Compañía Ferroviaria del Norte de España en donde se afilió al sindicato socialista. Ahí participó en la Huelga General revolucionaria que se desató entonces en toda España. La violenta respuesta del Estado no se hizo esperar, pero a la par de ello, la dirección del sindicato socialista, dominada por reformistas, decidió que Durruti y sus amigos eran demasiado radicales y los expulsó.

En el marco de la España de aquellos tiempos la actitud agresiva del sindicato socialista para con los obreros más combativos significó que estos sólo miraran como alternativa a la Confederación Nacional del Trabajo, (CNT) de corte anarcosindicalista, la cual era minoritaria en esa parte de España. Después de algunos intentos fallidos por desarrollar un trabajo revolucionario en Asturias y Euzkadi, en donde se nutrió de los elementos básicos del anarquismo, decidió emigrar a Francia.

La CNT era una organización sin estructuras permanentes, los trabajadores de una región elegían un comité y a su vez estos comités de daban una estructura federal a nivel más amplio. La base de su actividad no era el establecer acuerdos obrero-patronales sino obligar mediante medidas de fuerza a los patrones a realizar en los hechos las demandas de los obreros. En un ambiente de feroz represión la acción sindical combativa adquiría un aspecto de franca subversión y por supuesto la práctica de la CNT era la que más se amoldaba a las necesidades reales de lucha de los obreros, a diferencia de los sindicatos socialistas que, en aras se ser aceptados, perdían todo carácter combativo. Por supuesto el sindicalismo de la CNT y su práctica atraían a los obreros más jóvenes. No poseían una táctica para derribar a la burguesía como clase hegemónica, negaban la necesidad de la acción política, la organización centralizada y disciplinada y por supuesto todo lo que sonara a imposición, pero todas esas limitaciones no eran palpables a la hora del sabotaje a la producción o de la ocupación de una fábrica, mucho menos cuando se ejecutaba a un policía de mala fama. Más tarde, cuando el éxito de las acciones locales de la CNT fue tal que se convirtió en un movimiento nacional, esas mismas limitantes determinaron en gran medida la derrota de la revolución.

Pero en aquellos años lo importante para los jóvenes como Durruti era que la CNT se enfrentaba al régimen, mientras que el sindicato socialista pactaba con él. Francisco Largo Caballero, dirigente de la Unión General de Trabajadores (socialista), llegó incluso a participar como ministro de trabajo en el gobierno del dictador Primo de Rivera.

En 1920 Durruti combinaba estancias en Francia con otras en Barcelona, en donde formaría junto con Juan García Oliver, Francisco Acaso y Gregorio Jover el grupo de “los solidarios” que era en realidad una organización de combate dedicada al asalto de bancos y ejecución de policías y elementos reaccionarios. Durruti y sus amigos llevaron acabo una febril actividad que los llevó a ser buscados en toda la península, siendo acusados de delitos propios y ajenos

En 1923 luego del fracaso de la guerra colonial de Marruecos. Llegó al poder el gobierno de Primo de Rivera, un abierto simpatizante de fascismo que trató de rescatar a la monarquía mediante la dictadura militar. Durruti y sus amigos tuvieron que emigrar a Francia desde donde intentaron repetidas veces organizar la lucha armada en contra de la dictadura. En este caso las limitantes de sus métodos se hicieron más que patentes. En una ocasión planearon una acción desde Barcelona que seria secundada por incursiones de grupos de exiliados desde la frontera, la acción en Barcelona no resultó y los grupos que entraron en acción desde la frontera actuaron de forma tan descoordinada que algunos se enteraron de la muerte de sus compañeros por el periódico, justo cuando se disponían a iniciar su propio ataque.

Durruti, Acaso y Jover tuvieron que escapar a América Latina prosiguiendo con sus labores de “recaudación de fondos” para la lucha, lo que por supuesto les generó infinidad de órdenes de captura.

Para 1926, ya de regreso en Francia, fueron detenidos cuando intentaban perpetrar el asesinato del rey Alfonso XIII que acudiría a Paris de vista. Permanecieron en la cárcel un año, corriendo el riesgo de ser extraditados a España o a la Argentina en donde se los acusaba de varios cargos de asesinato y robo. Finalmente fueron puestos en libertad con la promesa de abandonar Francia, dirigiéndose a Bélgica donde residieron hasta la caída de la monarquía en 1931.

Desde entonces la actividad de Durruti y sus amigos se centró en Barcelona en donde se convirtieron, junto con Abad de Santillán y Federica Monsteny, en las personalidades más influyentes del movimiento anarquista español.

Un ala del anarquismo español consideraba la necesidad de continuar las actividades clandestinas e ilegales incluso durante la república y, al mismo tiempo, preparar insurrecciones que la derribaran. No había para ellos distinciones importantes entre la dictadura y la republica, Durruti y sus amigos eran de esa opinión.

Estas ideas fueron fortalecidas por el hecho de que el gobierno republicano socialista de 1931 no adoptó una política ni siquiera de reformas tibias, ni en el campo, ni en el ejército, ni con la iglesia, en cambio reprimió ferozmente toda movilización popular.

Durante 1932 y 33 los obreros de Cataluña escenificaron levantamientos. Durruti participó en ellos, seguido por los campesinos de Aragón, donde se proclamó la abolición del Estado. Particularmente en Casas Viejas, una población de Aragón, la represión fue salvaje. Durruti y sus amigos pasaron distintos periodos en la cárcel producto de su participación en dichos eventos.

El resultado fue que para 1934 el resentimiento combinado con cierta impotencia, cundía dentro del movimiento anarquista, el cual se lanzó a una campaña de boicot contra el proceso electoral de 1934.

Las elecciones, producto de la abstención de los anarquistas, dieron como triunfadora a la derecha. Fue entonces cuando los socialistas PSOE y UGT amenazaron con la huelga general insurreccional programándola para octubre. Cuando llegó la fecha, los obreros de Asturias se levantaron como un solo hombre estableciendo, por espacio de una semana, un poder revolucionario que abarcó toda la provincia salvo el puerto de Gijón. Eran los obreros socialistas, en su mayoría, de Asturias y no los anarquistas de la CNT los que lograban con mayor éxito establecer al menos provisionalmente un régimen revolucionario, dicho acontecimiento no dejó de golpear la conciencia de los anarquistas, los cuales, con la excepción de los propios asturianos, quedaron como simples espectadores.

El general Franco avanzó para reprimir a los mineros en trenes transportados por ferroviarios afiliados a la CNT. El sindicato anarquista había rechazado participar a nivel nacional en el movimiento, porque según ellos era un movimiento político. Los más de 4 mil asesinatos de las hordas de Franco y los miles de encarcelados provocaron un giro en la opinión de los dirigentes anarquistas. García Oliver planteó la necesidad de la unidad de acción entre socialistas y anarquistas. Ante el problema concreto de las elecciones de febrero de ese año la CNT no llamó a la abstención, como sí lo hizo dos años antes, el resultado fue que cientos de miles de obreros anarquistas votaron por las organizaciones de izquierda las cuales, en la formula del Frente popular, regresaron al gobierno.

Durruti planteó la cuestión del siguiente modo: “Estamos ante la revolución o la guerra civil. El obrero que vote y después se quede tranquilamente en su casa es un contrarrevolucionario. Y el obrero que no vote y se quede también en su casa, será otro contrarrevolucionario”. Durruti pasó los días de la elección (febrero del 36) en la cárcel de la cual salió para inmediatamente integrarse junto con Acaso y Jover a las luchas sindicales del momento.

Tanto la derecha como la izquierda habían amenazado con la posibilidad de una insurrección en el caso de que algún bando triunfara. El gobierno republicano electo buscó por todos los medios evitar dicho conflicto y con sus acciones lo único que provocó fue desproteger importantes flancos frente al inminente levantamiento del ejercito.

Días antes del levantamiento, este fue descubierto pero el gobierno no hizo nada por evitarlo. La situación era tan clara que desde el 16 de julio se constituyó en Barcelona por parte de la CNT un comité de enlace entre ellos y el gobierno de la Generalitat, un día antes grupos de obreros habían asaltado un cargamento de armas.

Entonces se da una situación peculiar; los obreros, el gobierno y todos en Cataluña saben que los soldados se sublevarían, estos titubean. Ya no hay elemento sorpresa, no obstante estos cumplen disciplinadamente la orden de salir a la calle. El 18 de julio a las 4:30 de la mañana los soldados salen de sus cuarteles, la CNT había dispuesto destacamentos armados en cada barrio importante y cada uno sabia, más o menos lo que tenía que hacer.

Los soldados estaban perdidos desde el primer momento de la acción, toda la Barcelona Obrera estaba esperándolos y había copado casi todas las posiciones importantes. Los solados por tanto lo que hacen es agruparse y tratar de hacerse fuertes en espera de que los acontecimientos en otros lugares les permitan salir airosos. Sin embargo los obreros de otras partes de España responden enérgicamente a la rebelión militar y la derrotan.

En Barcelona los soldados se atrincheran en el casco antiguo de la ciudad. La calle paralela es dominada por las balas de los soldados, la única manera de hacerlos sucumbir es cruzándola y desde dos fuegos ir reduciendo a los rebeldes, otra opción es esperar a que los soldados mismos se den cuanta de que su misión es imposible, pero los trabajadores están ansiosos por sofocar de una vez por todas la revuelta. El ímpetu lleva a los obreros a cruzar la calle y a derrotar a los sublevados. La parte restante de las fuerzas golpistas se concentra en el cuartel de Ataranzanas. En ese combate cae victima del desorden y casi sin necesidad (anarquista hasta el final) Francisco Acaso. Con él desapareció también el grupo de los “solidarios”.

Poco después, el comando de la región militar, parapetado en el cuartel, se rindió. Barcelona y Cataluña entera estaban en manos de los anarquistas, que junto con los militantes del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) habían encabezado la lucha contra los militares.

En ese momento el único poder real estaba en las calles. Luis Companys, el presidente de la Generalitat, mandó a llamar al Comité regional de la CNT, estos dudaron en asistir pero de no hacerlo se hubieran tenido que proponer sustituir a Companys, cosa que como anarquistas era un pecado mortal. También lo era llegar a acuerdos con el gobierno, así que tuvieron que decidir por el pecado que menos problemas doctrinarios les causara. De ese modo Durruti, García Oliver y Jover junto con los demás dirigentes locales se reunieron con Companys , este, señaló entre otras cosas:

“Se quienes sois y lo que sois, y por eso debo hablaros con toda franqueza. Habéis vencido. Todo esta en vuestras manos. Si no me necesitáis más o no me queréis más como presidente de Cataluña decídmelo ahora”

Durruti y sus compañeros optaron por una salida intermedia que el mismo Companys les planteó; la creación del Comité Central de Milicias Antifascistas, declinando tomar el poder aceptaron participar en un organismo con la participación de todas las organizaciones obreras, cuestión que en sí no estaba mal. El problema fue que no sólo toleraron, sino que fortalecieron el gobierno de Companys incluso entrando a formar parte de él, como ministros.

El 21 de julio, tres días después del levantamiento, la asamblea regional de comités comarcales anarquistas aprobó postergar el “comunismo libertario” hasta la derrota de los fascistas.

Al parecer en la plana mayor, Durruti estaba entre los que promovían la cooperación con otros partidos, Montseny y Abad de Santillán la rebatían señalando que el poder ya era de ellos y no había nada que negociar. En realidad esta misma situación alejaba a ambos grupos de la orientación clásica del anarquismo, el problema era que la ambigüedad los llevaba a la colaboración con las organizaciones burguesas y por tanto a sostener al régimen.

Con la posición de fuerza de la CNT, en esos momentos hubiese bastado para que establecieran un poder revolucionario de obreros basado en los comités de milicias antifascistas, por supuesto depurándolas de elementos burgueses. A la vez que se debió eliminar la Generalitat e impulsar sobre esa base una guerra revolucionaria. Esta tampoco hubiese sido una opción del anarquismo clásico sino más bien de corte marxista. Pero en esos momentos el anarquismo quedaba fuera de lugar, había que elegir entre las salidas tradicionales que suponen mantener al régimen burgués o establecer un régimen proletario. Por supuesto, en el debate la posición de Durruti y García Oliver estaba más en la lógica de la alianza con los partido obreros que ya habían señalado necesaria después de la derrota de la revolución asturiana En realidad la posición de Abad de Santillán y compañía era más incorrecta, ya que declaraba que dado que el poder ya se tenía, no había nada más que hacer, eso era un autoengaño y el preludio a la capitulación. El poder burgués no estaba muerto, si se lo dejaba vivir se repondría y podría en un momento determinado aplastar al poder obrero de las milicias antifascistas. Eso fue lo que sucedió gracias al desconcierto anarquista y a la acción contrarrevolucionaria de los estalinistas que con el chantaje del apoyo armamentístico soviético lograron en poco tiempo recomponer la estructura del régimen burgués.

Por el momento el Comité de Milicias Antifascistas era un poder paralelo al de la Generalitat y, sobre todo durante lo que restó de 1936, la fuerza decisiva en Cataluña y bajo su hegemonía se organizaron milicias que acudieron a combatir a los fascistas que habían logrado el control de Zaragoza y gran parte de la provincia de Aragón. No sólo eso, todas las labores de defensa y preparación para ella se centralizaron bajo su autoridad, no hay que olvidar que el ejército había desaparecido en la zona republicana y por tanto era el pueblo armado, en la forma de milicias el que tenía el control de la republica, al menos en las primeras semanas siguientes al 18 de julio.

Tan sólo una semana se mantuvo Durruti como miembro del comité regional de la CNT, dentro del Comité de Milicias Antifascistas, inmediatamente se dedicó a la preparación de una expedición para rescatar Aragón de las manos de los fascistas. Su columna, que según se dice llegó a contar con más de 10 mil hombres armados se vio paulatinamente obligada a cambiar los hábitos tradicionales del anarquismo y transformarse en un ejercito en serio, Durruti tuvo que combatir las requisas indiscriminadas que más bien parecían saqueos, la libertad de los milicianos para retirarse o más bien desertar, cuando les diera la gana, la desorganización de las acciones de ofensiva y defensiva, la administración de los materiales de guerra, así como de los aspectos logísticos. De esta forma, de un modo práctico se fue creando, en torno a las necesidades de guerra, un sistema de organización muy distinto a lo que los anarquistas puros hubieran querido. Esto hizo que se lo empezara acusar de autoritario y a perder espacio dentro de los dirigentes de la CNT.

Durruti tenía la firme intención de recuperar Zaragoza para la revolución, pero además de la dura batalla contra los fascistas y de la lucha por darle un cuerpo organizado a su columna, tenía que enfrentarse a la falta armas suficientes para ejecutar una ofensiva definitiva, Así transcurrió agosto, para septiembre las necesidades del frente de Aragón y de la población misma de la zona liberada lo llevan a acordar con otros compañeros la formación de un Consejo de Defensa de Aragón a cuyo frente quedó Joaquín Acaso, viejo compañero de Durruti. Dicho consejo era en realidad un órgano genuino de poder obrero y campesino, un ejemplo de cómo sí se podía llevar acabo la lucha contra el fascismo a la vez que se impulsaba la revolución. Bajo el Consejo de Aragón se comenzó a reorganizar la producción sobre bases colectivas y se procuró dotar al frente de los medios para resistir, claro con la limitante de la falta de armas. En palabras del anarquista César M. Lorenzo, «lo que los libertarios catalanes no habían osado hacer, es decir, tomar todo el poder, los libertarios aragoneses lo intentarán».

Mientras tanto en Barcelona las cosas empezaban a cambiar. Sí bien en el frente Durruti giraba hacia posiciones más revolucionarias, debido a las necesidades de responder ante el enemigo y al mismo tiempo reorganizar su retaguardia inmediata, en la ciudad las presiones eran distintas. El 26 de septiembre ante el miedo que significaba la paulatina recomposición de la Generalitat y a la pérdida de influencia de la CNT, los dirigentes anarquistas más conocidos decidieron entrar al gobierno de la Generalitat. El 4 de noviembre, siguiendo la misma línea, la CNT se integra en el nuevo Gobierno central, presidido por Largo Caballero, con cuatro ministros.

El día 6 de noviembre ante el asedio de las tropas fascistas, el gobierno republicano se traslada de Madrid a Valencia. Por supuesto que ello significó la posibilidad de que en Madrid también se diera una reorganización del poder en líneas de clase, pero para aquel entonces la dirección anarquista estaba más enfrascada en pactos en los ministerios que en la revolución social.

Para el 26 de noviembre se sella un pacto entre la UGT y la CNT. Lamentablemente el motivo era disciplinar a sus miembros en la lógica de limitar su acción a lo estrictamente necesario para continuar la guerra, postergando indefinidamente las demandas del movimiento obrero como tal.

En lo que respecta a Durruti, este continuó batallando en el frente de Aragón y entrando en conflicto con los dirigentes de Barcelona, incluso con sus compañeros anarquistas, en la medida que no había disposiciones prácticas para hacer efectiva una ofensiva final sobre Zaragoza.

La política de la dirección de la CNT estaba trazada en función de defenderse de la posibilidad de que desde los ministerios se fraguara una ofensiva en su contra, por ello idearon que además de entrar en los ministerios, podrían llevar a Durruti y su columna, a la defensa de Madrid, que por aquellos tiempos estaba siendo asediada por los fascistas

Mariano R. Vázquez, dirigente anarquista de Madrid, le planteó a Durruti la necesidad de su traslado: Sí, te necesitamos en Madrid, ha llegado el momento. El Quinto regimiento lleva la voz cantante aquí, y la llegada de las brigadas internacionales es inminente. ¿Qué hacemos para contrarrestar su influencia? Tienes que hacer valer tu prestigio y la fuerza combativa de tu columna, de los contrario seremos relegados políticamente,”

El frente de Aragón se había estancado debido a la falta de material de guerra, la oferta de Madrid apareció como una opción para romper el marasmo, con la posibilidad que, de salir bien las cosas la revolución tomara otro ímpetu. Según Ramón García López, anarquista bajo su mando, Durruti habló así a sus hombres: ”la situación de Madrid es desesperada. Vayamos, dejémonos matar, no nos queda más remedio que morir en Madrid.”

Con 3 mil de sus mejores hombres Durruti llegó a Madrid el 13 de noviembre e inmediatamente, sin descanso alguno fue mandado con su gente a defender la posición más difícil, la Ciudad Universitaria.

Por esa zona, el 19 de noviembre, el ejército fascista intentó romper el cerco de Madrid y fue precisamente el grupo de Durruti el que tuvo que contener la ofensiva. El tamaño del ataque fue de tal magnitud que tuvieron que retroceder, dos días después mediante rabiosos contraataques y a costa de numerosas bajas logran hacer retrocederá a los fascistas unos 200 metros. Alrededor del 65% de las tropas de Durruti cayó en esa batalla, según Ricardo Sanz.

El 21 de noviembre por la mañana Durruti se dirigió con una escolta a revisar el estado que guardaban las posiciones en el frente de batalla. Detuvo su automóvil para obligar a algunos soldados bajo sus ordenes a regresar a su posición. Se estaban retirando sin razón aparente, y ello lo obligó a descender del vehículo. Cuando se disponía a abordarlo nuevamente recibió una bala por la espalda, la cual fue disparada a corta distancia. La escolta lo condujo al hospital más cercano donde tuvo una agonía de varias horas.

Durruti había luchado en los últimos meses de su vida por formar un ejercito disciplinado, sin perder de vista la revolución social, aunque sin enfrentarse abiertamente a los dirigentes anarquistas. Al mismo tiempo buscó, en el marco de lo que le fue posible, construir un poder obrero independiente de la burguesía como fue el caso del Consejo de Aragón. Al morir, la mayor parte de la dirección de la CNT no tuvo contrapeso para continuar con su política conciliadora y por tanto antirrevolucionaria. Reprochando esto el anarquista revolucionario Berneri, escribió a Federica Montseny, entonces flamante ministra: «Es hora de darse cuenta de si los anarquistas estamos en el Gobierno para hacer de vestales a un fuego, casi extinguido, o bien si están para servir de gorro frigio a politicastros que flirtean con el enemigo, o con las fuerzas de la restauración de la república de todas las clases. (…) El dilema ¨guerra o revolución¨ no tiene ya sentido. El único dilema es éste: o la victoria sobre Franco gracias a la guerra revolucionaria, o la derrota.»

Las claras diferencias entre Durruti y la dirección de la CNT se hicieron aún más patentes cuando, basados en ellas, un sector de las juventudes libertarias fundó el 1 de abril de 1937 la organización “los amigos de Durruti” la cual proclamó en su manifiesto: «Estamos firmemente decididos a no ser responsables por los crímenes y traiciones de que la clase obrera está siendo objeto “.

Lamentablemente la reorganización llegó demasiado tarde, las fuerzas estalinistas habían estado preparando un golpe para hacerse del control, junto con los elementos burgueses, del gobierno central y del de Cataluña, la acción central de su asalto contrarrevolucionario fue la ocupación del edificio de la Telefónica de Barcelona, lo que provoco un levantamiento obrero espontáneo, al cual respondieron con una represión sistemáticamente organizada. Para colmo la misma dirección de la CNT llamó a los trabajadores a entregar al armas y retirarse, ello mató la revolución en su centro más importante.

Acto seguido se desató una feroz campaña de persecución contra dirigentes anarquistas y socialistas radicales como fue el caso del PUOM, cuya dirección fue detenida, torturada y asesinada. Algo semejante sucedió con los sectores más revolucionarios del anarquismo.

Posteriormente, como si se tratara de enemigos los estalinistas se lanzaron a destruir el Consejo de Aragón, uno de los pocos bastiones de poder obrero que había en la república y a disolver las colectividades. El Comité Central de Milicias Antifascistas sufrió igual suerte.

El estalinismo lo logró, gracias a la ausencia de una organización revolucionaria de masas que pudiera hacerle contrapeso. La dirección anarquista no quiso hacerse cargo de tal tarea por miedo a romper con las normas del anarquismo y de todos modos las rompió, No quiso construir un poder obrero pero colaboró a reconstruir el poder burgués.

La posterior victoria del ejército fascista fue sólo consecuencia de la derrota de la revolución. Stalin creía que la derrota de la revolución en España seria suficiente para demostrar a Francia e Inglaterra que no había porqué temerle, al mismo tiempo consideraba que de frente a Alemania e Italia se mostraba la capacidad para llegar a acuerdos con ellos. En realidad para lo único que sirvió el triunfo de Franco fue para fortalecer la confianza de los fascistas en la posibilidad de continuar expandiéndose. Unos meses después de la capitulación del gobierno burgués republicano de España, las tropas de Hitler iniciaron la ofensiva militar en Europa que se convertiría en la Segunda guerra mundial, la cual en cierto modo fue el precio que pagaron las “democracias occidentales” al abandonar a la república española y el precio que pagó la Unión Soviética por la traición que los estalinistas cometieron contra de la revolución social de la cual Durruti era uno de sus más fieles representantes.

La construcción de la teoría marxista se ha realizado en función de un estudio objetivo de los procesos revolucionarias que la clase obrera y otros sectores oprimidos han librado en contra de la burguesía y demás sectores explotadores, es por ello lógico que un revolucionario consecuente tienda, pese a no compartir dicha teoría, a poner en práctica las acciones que ella propone. Como decía algún viejo revolucionario latinoamericano sobre nuestros tiempos “no todo revolucionario es un marxista, pero todo revolucionario consecuente termina siendo marxista”.

Por ello, pese a ser toda su vida un anarquista y vivir como tal, rendimos homenaje a la lucha y consecuencia de Buenaventura Durruti y reconocemos como nuestra su visión del futuro, que es patrimonio de toda la clase obrera y con la cual terminamos: “Siempre hemos vivido en barracas y en tugurios. Tendremos que adaptarnos a ellos por algún tiempo todavía. Pero no olviden que también sabemos construir. Somos nosotros los que hemos construido los palacios y las ciudades en España, América y en todo el mundo. Nosotros, los obreros, podemos construir nuevos palacios y ciudades para remplazar a los destruidos. Nuevos y mejores. No tememos a las ruinas. Estamos destinados a heredar la tierra, de ello no cabe la más mínima duda. La burguesía podrá hacer saltar en pedazos su mundo antes de abandonar la escena de la historia. Pero nosotros llevamos un mundo nuevo dentro nuestro, y ese mundo crece a cada instante. Está creciendo mientras yo hablo con usted”.

Fuentes:

Enzensberger, Hans Magnus, El corto verano de la anarquía, Vida y muerte de Durruti. Grijalbo, México, 1975

El Marxismo Hoy nro. 3, La revolución española, Fundación Federico Engels, España, 1996

Morrow, Felix , Revolución y Contrarrevolución en España, Akal, España, 1976

Trotsky, León. España, tomos I y II, Akal , España, 1977