Bolivia: La Revolución Incompleta de 1952

La revolución del 9 de abril de 1952 en Bolivia es, indudablemente, una de las revoluciones más importantes de la historia. Las contradicciones de clase existentes en la sociedad capitalista atrasada en Bolivia exigieron un cambio radical de las condiciones sociales y económicas del país en aquel entonces, una revolución proletaria. 

Mineros organizados y armados, obreros, militantes movimientistas, pobladores plantearon demandas para el desmantelamiento total del aparato militar, la nacionalización y el control obrero de las minas, una revolución agraria y la formación de milicias populares.

El desarrollo y desenlace de esta revolución dejan lecciones para la lucha revolucionaria en Bolivia y en todo el mundo. Al igual que en la Revolución Rusa de 1917, era necesaria una dirección para concretar por completo la revolución. La falta de esta dirección revolucionaria es la lección más importante para los comunistas ahora.

Bolivia en aquel entonces

No es difícil entender por qué se produjo esta revolución: Bolivia estaba en un atraso notorio; su Producto Interno Bruto (PIB) per cápita era de apenas 118,6 dólares, lo que la convertía en el segundo país más pobre de América, después de Haití.

Bolivia era principalmente un país campesino, que no había desarrollado su industria. Más del 72% de la población económicamente activa se dedicaba a la agricultura, que se desarrollaba sólo en el 2% de la superficie nacional. Su producción anual representaba el 33% del PIB. Apenas el 4% de los obreros trabajaba en la industria manufacturera, que contribuía con menos del 9% del PIB. Una parte importante de la economía boliviana venía de un sector heredado desde la Colonia, la minería, que empleaba al 3,2% de la población activa y producía el 25% del PIB. 

Bolivia tenía una población de 2,7 millones de habitantes, de los cuales solo el 22% vivía en asentamientos de más de dos mil personas, totalmente aislados unos de otros, algo que se evidenció con la guerra del Chaco. El 69% de la población era analfabeta y solo un 8% había completado la educación secundaria. En 1950 había apenas 3.700 estudiantes inscritos en las cinco universidades del país, que ese año emitieron únicamente 132 títulos. Bolivia tenía menos escuelas que Paraguay y su presupuesto educativo apenas superaba al de la provincia argentina de Santa Fe.

Cerca de tres niños de cada diez morían durante su primer año de vida, y la expectativa de vida, después de superar ese primer año, era menor a 50 años. Solo había 706 médicos en toda Bolivia, menos de la mitad del número de abogados en el país.

Sumado a estas condiciones, el proletariado boliviano sufría una crisis económica: el costo de vida había aumentado en un 5041% desde 1931. Más del 18% de las importaciones del país, mayormente agrícola, eran alimentos; mientras tanto, el tonelaje y valor de las exportaciones de estaño eran los más bajos en más de una década.

La minería

Para entender la revolución de abril es necesario comprender el aspecto minero de Bolivia y su relevancia económica y política. La revolución no se debió únicamente al evidente retraso del país, sino también a su estructura económica, marcada por un desarrollo combinado y desigual, fenómeno común en países capitalistas atrasados: un sector capitalista relativamente avanzado y exportador coexistía e interactuaba con una organización agrícola provincial, arcaica y estática.

En Bolivia, el sector capitalista era la minería, específicamente la del estaño, que estaba en manos de tres grandes familias burguesas con gran influencia sobre el Estado: Patiño, Hochschild y Aramayo, la llamada Rosca, que era la representación de las desigualdades de riqueza y poder en el país. La Rosca controlaba el 80% de la industria del estaño en Bolivia y representaba el 80% de las exportaciones nacionales. Su poder político radicó en la garantía que daban de ingreso de divisas al país, algo recurrente en la historia de Bolivia incluso en la actualidad. Hasta 1941 produjeron una cuarta parte del estaño mundial, cifra que aumentó hasta el 49% durante la Segunda Guerra Mundial. La Rosca había acumulado su riqueza a expensas de los trabajadores mineros que vivían en condiciones extremas . 

La minería de estaño en Bolivia recordaba a la minería de la plata en la época colonial, cuando Potosí fue una de las ciudades más importantes del mundo y también en la segunda mitad del siglo XIX con los barones de la plata. La minería del estaño se desarrolló sobre la infraestructura de la plata, extendiendo la dependencia minera del país hasta el siglo XX. Un ejemplo claro es la familia Aramayo, que tras el desplome del precio de la plata diversificó sus actividades hacia el estaño.

El mayor de estos emporios fue el de Patiño, que en 1920 controlaba el 40% de la producción nacional y luego se expandió internacionalmente. Su riqueza provenía principalmente de las vetas de Catavi y Siglo XX, su principal centro minero. Patiño comenzó con solo 4 hectáreas en 1896 y para 1906 ya había fundado el Banco Mercantil.

La Rosca gozaba de grandes beneficios: solo se pagaba un 4% de impuesto a las exportaciones de estaño. Con el tiempo, Patiño, como buen capitalista, trasladó su residencia a Estados Unidos, en Delaware, aunque como buen burgués pasaba la mayor parte de su tiempo en París. Compró empresas y logró controlar todo el proceso de producción del estaño. Su fortuna llegó a los 70 millones de dólares de aquel entonces. Patiño es el ejemplo claro del capitalista internacional que forjó su riqueza sobre el trabajo de los mineros bolivianos.

Aunque más modestos, Aramayo y Hochschild también amasaron fortunas significativas y se opusieron al desarrollo de las fuerzas productivas en Bolivia. La familia Aramayo, por ejemplo, se resistió con fuerza a la creación de una fundición en el país, revelando el escaso o nulo interés que tenían los capitalistas bolivianos en desarrollar la industria nacional; un rasgo característico de la clase dominante en los países capitalistas atrasados. En el caso particular de Bolivia, este rasgo se agudizaba debido a que la exportación de minerales —el gran negocio de la Rosca— no requería el desarrollo de un mercado interno. 

La Rosca ejerció un gran poder político en Bolivia, aunque nunca ocuparon cargos en el gobierno; optaron por ejercer influencia y presión desde sus puestos como embajadores en el extranjero. Dado que el periódico La Razón era propiedad de Aramayo y Patiño poseía gran parte de las acciones de El Diario, podían utilizar la prensa para reforzar su influencia política. Estuvieron, por lo tanto, profundamente inmersos en la clase gobernante, lo que les dio ventajas sobre la competencia, pero también los convirtió en blanco de la oposición.

Pero a partir de 1930 la Rosca ya no gozaba de la simpatía de muchos sectores y se opuso abiertamente a una serie de regímenes transitorios en el país. En ocasiones se vio forzada a recurrir a medidas extremas para lograr condiciones de operabilidad. 

Una causa importante del debilitamiento de este sector de la clase dominante fue la Segunda Guerra Mundial, ya que los principales yacimientos de estaño del mundo habían sido ocupados por los enemigos de Estados Unidos, convirtiendo a Bolivia en el único proveedor importante de los Aliados. Esto llevó a negociaciones con EE. UU., que no contaba con estaño propio. El gobierno estadounidense construyó una gigantesca planta de fundición en Texas y ejerció presión constante sobre Bolivia para mantener el precio del estaño bajo.

Esto provocó un incremento de la producción que aumentó la fuerza laboral minera en un 40% y duplicó la producción de 1938 en el transcurso de cuatro años. Al finalizar la guerra, había un exceso de personal en los socavones, mineros que ya no les eran necesarios a estos capitalistas. Para proteger sus márgenes de ganancia frente a la caída de la demanda, la oligarquía minera desató una brutal purga laboral conocida como la «Masacre Blanca» de 1947, despidiendo a miles de trabajadores sin indemnizaciones, imponiendo recortes salariales. Cuando los obreros se organizaron para resistir estas medidas de hambre, las compañías respondieron exigiendo la intervención del ejército. Esta represión sistemática no solo radicalizó al movimiento obrero, sino que llevó a las compañías a generar serios y definitivos problemas políticos dentro del país, incubando las milicias armadas que protagonizaron la revolución. Otro resultado de este accionar durante la guerra fue el fortalecimiento de Estados Unidos en la cuestión del estaño, ya que contaba con la fundición más grande del mundo y con una enorme provisión de este mineral, suministro que había sido provista por los capitalistas que ahora se veían a la merced de los precios establecidos por EE. UU.

Estos factores aceleraron el declive de la Rosca y el colapso del antiguo régimen, pero también los trabajadores mineros representaron un desafío igualmente grande para la Rosca, mineros que habían desarrollado una fuerza organizativa sin precedentes y un compromiso radical.

El proletariado minero era reducido en número en comparación con la población campesina (en su mejor época alcanzó los 53 mil), pero tenía una influencia política y económica desproporcionada por el papel central que jugaba en el proceso productivo. Los mineros bolivianos vivían y trabajaban en condiciones extremadamente riesgosas. Los campamentos mineros se encontraban en regiones altas, estériles y aisladas de los Andes, con un clima muy duro. Eran centros industriales desolados y peligrosos, habitados por comunidades que dependían totalmente de sus empleadores para obtener luz eléctrica, vivienda, alimentación, atención sanitaria y trabajo.

Según el Movimiento Nacionalista Revolucionario, solo el 3% de los trabajadores de Patiño percibía más de un dólar al día en 1943. En 1946, el sindicato de Catavi presentó una demanda por un salario mínimo equivalente a 32 centavos de dólar diarios. En ese mismo campamento, la empresa Patiño había proporcionado únicamente 3.869 viviendas de una sola habitación para un total de 7.500 mineros con un promedio de tres hijos cada uno.

Dentro de los socavones, las condiciones eran incluso peores. Frecuentemente los mineros trabajaban con el agua hasta la cintura, expuestos a un calor intenso; casi todos sufrían de silicosis, y la edad promedio de quienes padecían silicosis en tercer grado era de apenas 32 años. En tales condiciones, los centros mineros evolucionaron hasta convertirse en focos de sindicalismo combativo, aunque siempre vigilados de cerca por guarniciones militares.

Minero, de Miguel Alandia Pantoja

En diciembre de 1942, la tensión en los centros mineros de Catavi y Siglo XX —el corazón del emporio de Simón I. Patiño — llegó a un punto de quiebre. Mientras los ingresos de Patiño se incrementaban en un 84% gracias a la demanda bélica, la inflación en Bolivia alcanzaba el 80%, devorando el poder adquisitivo de las familias mineras. Ante esta asimetría, los trabajadores exigieron aumentos salariales de entre el 20% y el 70%. La empresa no solo rechazó las demandas, sino que, en complicidad con el gobierno de Enrique Peñaranda, militarizó la zona bajo el pretexto de garantizar el suministro de estaño para los Aliados.

El 21 de diciembre, una multitud de hombres, mujeres y niños marchó pacíficamente hacia las oficinas de la administración en la planicie de María Barzola. Pese a que no hubo resistencia armada por parte de los manifestantes, el ejército abrió fuego indiscriminado con ametralladoras y fusiles. Aunque las cifras oficiales reportaron inicialmente 35 muertos, investigaciones posteriores y testimonios de sobrevivientes sugieren que las víctimas fatales fueron cientos, incluyendo a la dirigente María Barzola, quien cayó sosteniendo la bandera nacional.

Este evento se convirtió en un símbolo imperecedero de la crueldad de la «Rosca» minera y su control sobre el aparato represivo del Estado. La indignación internacional fue tal que el gobierno de Estados Unidos se vio obligado a enviar la «Misión Magruder» para investigar las condiciones laborales en las minas bolivianas, y la masacre precipitó la caída del gobierno de Peñaranda un año después.

Un evento importante en la historia de la lucha obrera minera fue la creación de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), en la mina de Huanuni durante el congreso de junio de 1944, al que concurrieron 30 delegados. Fue en parte una iniciativa del MNR, que aún no tenía clara su orientación ideológica respecto al movimiento obrero.

Las condiciones en el campo

En el campo fue más evidente el lastre del pasado. La correlación de poder y propiedad en las zonas rurales era muy clara y, al mismo tiempo, profundamente desigual, pues estaba basada en el sistema de latifundio. Este sistema sustentaba el retraso y las desigualdades estructurales de la agricultura boliviana.

Las poblaciones campesinas estaban sometidas a una jerarquía indígena aceptada y plenamente aprovechada, primero por las autoridades coloniales españolas y luego por las republicanas, como el único medio de mantener la paz y garantizar un suministro constante de mano de obra para las minas.

El empleo de términos como ‘feudal’ y ‘esclavitud’ en relación con los campesinos en las haciendas señoriales no era exagerado, pues una serie de rasgos propios de esos sistemas se conservaron intactos en Bolivia hasta bien entrado el siglo XX. El pongueaje, práctica que obligaba a los campesinos a prestar trabajo gratuito a cambio del derecho a cultivar una parcela, seguía vigente, incluso después de haber sido abolido formalmente en 1945 por el presidente Villarroel; sin embargo, continuó en práctica por al menos siete años más.

Una característica muy marcada antes de la revolución era el arraigado racismo. Casi sin excepción, los trabajadores rurales eran llamados “indios”, un término cargado de desprecio. La división social se hacía por razas, determinada por la lengua materna y la fisonomía, pero también por la ocupación y la vestimenta. Bolivia era, en esencia, una construcción criolla basada en la constante supresión de las naciones aymara, quechua y guaraní. La opresión de clase se superponía a la opresión nacional y ambas estaban estrechamente entrelazadas.

En 1950, un millón de personas hablaba quechua, 664 mil solamente aymara, mientras que el español se mantenía como lengua dominante. Incluso en 1976, más de una quinta parte de la población desconocía toda forma de español.

Se puede decir que la Guerra del Chaco fue el evento que encauzó el movimiento obrero y campesino hacia la Revolución de 1952. Este conflicto tuvo un papel fundamental en la apertura de una nueva época ya que evidenció todas las contradicciones de clase en Bolivia en aquel entonces. Una guerra que fue provocada por los intereses de las compañías petroleras (Standard Oil en Bolivia y Shell en Paraguay). Una guerra cuya derrota marcó la conciencia y la memoria de toda una generación de bolivianos de todas las clases sociales.

La guerra se libró a cientos de kilómetros de los principales centros de población, lo que agotó los ya escasos recursos de la nación y, principalmente, desorientó y debilitó a los cientos de miles de reclutas enviados desde el altiplano y los valles hasta los llanos del sur, donde se deshidrataban bajo el sol o quedaban empapados por las torrenciales lluvias. La sed y las enfermedades causaron más bajas que las balas paraguayas. En total, 250 mil hombres fueron enviados al frente, un porcentaje altísimo de los varones entre 17 y 50 años en una población de apenas 3 millones de habitantes. 

La guerra, casi sin excepción, generó descontento: por las terribles condiciones del frente, la manifiesta ineficiencia del Alto Mando y la cobardía del gobierno, que después de provocar el conflicto presidió una serie casi ininterrumpida de derrotas, cambiando de comandantes a intervalos frecuentes.

Después de un año de guerra, cuando se hizo evidente lo que significaba el servicio militar, muchos campesinos se opusieron a la conscripción y tuvieron que ser reclutados a la fuerza. La mayoría de los soldados de infantería eran campesinos quechuas y aymaras, para quienes la guerra representó su primer contacto prolongado con la población urbana y una introducción a la noción de Bolivia como nación. También fue su acercamiento a la política, al manejo de armas de fuego y al conocimiento, aunque superficial, del español.

Para los jóvenes de clase media reclutados como suboficiales y subalternos, el impacto fue igualmente fuerte: la guerra no dejó indiferente a nadie. Se enfrentaron a la realidad de la vida en el campo y en las minas, y se vieron obligados a reflexionar sobre el sistema político que los había conducido a ese desastre.

Esta clase media joven fue entonces radicalizada debido a que fueron testigos de la incapacidad, mediocridad y cobardía de la clase dominante de Bolivia que entonces dio origen a una serie de grupos radicales que empezaron a cuestionarse la dirección del país.

Uno de estos grupos radicales habría de tomar un principal protagonismo en la revolución de 1952, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Fundado en 1941, era un partido pequeño burgués que había nacido a partir de las experiencias de los problemas de la sociedad boliviana vistos en la guerra del Chaco. Problemas que reconocieron que necesitaban cambios para corregirlos, pero no cambios radicales como una revolución socialista, ellos defendían la consigna de “Revolución Nacional”.

Esta radicalización dio paso también al Partido de Izquierda Revolucionaria fundado en 1940, bajo la influencia de la estalinizada Internacional Comunista. Este partido por más que se cobijaba sobre la bandera comunista de la Tercera Internacional, no tuvo un rol protagónico en la revolución de 1952 debido a la política errónea del estalinismo en la Segunda Guerra Mundial. En 1941 el PIR optó por la política de frente popular y el colaboracionismo de clase: básicamente adoptó una política de “Democracia vs. Fascismo”, es decir, de apoyo a las potencias capitalistas aliadas en la Segunda Guerra Mundial, que en aquel momento estaban en el mismo bando que la URSS. Es decir, el PIR se subordinaba a los intereses del imperialismo estadounidense.

En la práctica, en Bolivia, ésta línea política llevaba al PIR a ponerse del mismo lado de los gobiernos alineados con la minería y con la Rosca, debido a la producción de estaño que iba hacia EE. UU. para munición y latas de suministros. Esto llevó a que los trabajadores mineros que eran explotados por la Rosca, y aún más en tiempos de la segunda guerra mundial, se alejaran del PIR, perdiendo este toda influencia en la masa obrera. Con una base obrera totalmente minada, este partido dejó el campo libre para que el MNR lograra una influencia y base en los trabajadores y especialmente en el campesinado.

El POR y la tesis de Pulacayo

Entonces, en el contexto en el cual el estalinismo no tenía una presencia influyente en el movimiento obrero es que el trotskismo toma fuerza, especialmente en el movimiento minero, en el cual, el Partido Obrero Revolucionario (POR), alineado a la Cuarta Internacional, tuvo una influencia muy grande. El POR rechazaba cualquier colaboracionismo de clases y la idea que los problemas del país podían ser solucionados a través de la “unión nacional” de todas las clases. 

Fundado en 1935, el POR defendía la posición de Trotsky con respecto a la revolución en países capitalistas atrasados, plasmada en la segunda tesis fundamental de su obra “La revolución permanente”:

“Con respecto a los países de desarrollo burgués retrasado, y en particular de los coloniales y semicoloniales, la teoría de la revolución permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando éste el poder como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas.”[1]

Lo que para Bolivia, en base a la experiencia histórica de Trotsky en la Revolución Rusa significaba un control total de los medios de producción por parte de los obreros y en el caso particular de Bolivia, el control de los trabajadores mineros de todas las minas.

En 1946 la FSTMB celebró un congreso extraordinario en la mina de Pulacayo, al que asistieron dos de los militantes más activos del POR: Guillermo Lora y Fernando Bravo. En este congreso se logró redactar la Tesis de Pulacayo, que fue esencialmente una adaptación a la situación boliviana del Programa de Transición escrito por Trotsky en 1938, con especial referencia a los objetivos sindicales.

La Tesis definía a Bolivia como un país capitalista que forma parte del sistema capitalista mundial, y en el cual todavía existen tareas democratico burguesas pendientes, y al proletariado como la única clase verdaderamente revolucionaria:

“Bolivia es un país capitalista atrasado. Dentro de la amalgama de los más diversos estadios de la evolución económica, predomina cualitativamente la explotación capitalista. … Bolivia a pesar de ser un país atrasado, sólo es un eslabón de la cadena capitalista mundial. Las particularidades nacionales representan en sí una combinación de los rasgos fundamentales de la economía mundial”.

“El proletariado se caracteriza por tener la suficiente fuerza como para realizar sus propios objetivos e incluso los ajenos. Su enorme peso específico en la política está determinado por el lugar que ocupa en el proceso de la producción y no por su escaso número.” [2]

Y finalmente se explica que la revolución no se puede detener en su etapa democrático burguesa:

“El proletariado de los países atrasados está obligado a combinar la lucha por las tareas demo-burguesas con la lucha por las reivindicaciones socialistas. Ambas etapas – la democrática y la socialista – no están separadas en la lucha por etapas históricas sino que surgen inmediatamente las unas de las otras” [3]

Convocaba a una alianza con campesinos, artesanos y clases medias bajo el liderazgo obrero; denunciaba tanto al estalinismo como a la Rosca; exigía la escala móvil de salarios; proponía la ocupación de las minas y la creación de una confederación sindical centralizada. Finalmente, enfatiza que el movimiento sindical tendría un impacto duradero sólo si se convertía en una ofensiva de la clase obrera contra el capitalismo:

No se puede subestimar la importancia de que el sector decisivo de la clase obrera boliviana, ya en 1946, se colocara firmemente sobre la perspectiva de que sólo la toma del poder por parte de los trabajadores podría solucionar las tareas pendientes de la revolución democrática (la revolución agraria y la independencia nacional), y que éstas tareas estaban íntimamente ligadas a la lucha por el socialismo.

Con la redacción de esta tesis se puede ver que el sector obrero de Bolivia ya en 1946 tenía una posición firme con respecto al camino para solucionar las contradicciones en Bolivia: la toma del poder por parte de los trabajadores y el rol de ellos para terminar las tareas pendientes de la revolución democrática; estas tareas eran inseparables de la lucha por la revolución proletaria y el socialismo. Esta tesis y sus consignas ya reflejaban un programa revolucionario, un programa revolucionario que, de haberse seguido, habría llevado a los trabajadores al poder, es por eso que este programa se estableció en la conciencia de las masas hasta el día de hoy.

La revolución y sus resultados

Con la llegada del momento revolucionario de 1952, el POR tenía un fuerte apoyo en el proletariado minero, pero en el resto de sectores de la sociedad su influencia era menor, era aún, un partido pequeño. En cambio el MNR era un partido de masas con el particular apoyo del campesinado del país, sin embargo el programa del POR (Tesis de Pulacayo) estaba aún presente en la conciencia de las masas y el MNR se vio obligado a adoptar al menos de palabra algunas consignas de este programa, el MNR fue empujado a tomar una postura de izquierda.

En 1951 se dan elecciones que son ganadas por el MNR, pero debido a esta nueva postura de izquierda que tomó el MNR, el presidente Mamerto Urriolagoitia, quien se negó siquiera a considerar la entrega del poder al dirigente emenerrista Víctor Paz, optó por el autogolpe. El 16 de junio de 1951 renunció a la presidencia y entregó el gobierno a una junta militar. Este hecho se denominó a nivel popular como el «Mamertazo». Esta nueva junta militar anuló las elecciones de 1951. En respuesta se dio un intento de los dirigentes del MNR de dar un golpe el 9 de abril de 1952 en colaboración con miembros del ejército y la policía, contra el régimen militar. Debido a la improvisación de los complotados, el intento de golpe de mano fue derrotado y sus dirigentes se dieron a la fuga. 

Los militares creían que sería un sencillo trámite el derrotar ese intento de golpe, sin embargo, en esos momentos de confusión, las masas entraron en la escena. Las masas habían colocado sus esperanzas en el MNR y no permitirían que por el capricho de unos pocos se les negara la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida.

En todo el país, los trabajadores se armaron y salieron a las calles y enfrentaron al ejército. En Cochabamba, Oruro, Potosí, los obreros se armaron y marcharon hacia la capital. Los mineros de Milluni ocuparon la estación de ferrocarril, se apoderaron de un tren de suministros militares y también marcharon hacia La Paz. Su llegada a la capital decidió la lucha. En cuestión  de horas el ejército fue completamente derrotado. El 11 de abril las fuerzas armadas del estado habían sido completamente eliminadas. La única fuerza armada existente en las calles eran los mismos obreros armados, organizados en milicias armadas por parte de los sindicatos. El poder real está en manos de los trabajadores. La contundencia de esta caída militar fue descrita en los siguientes términos por Mariano Baptista:

“Siete regimientos perfectamente equipados han sido vencidos en una lucha desigual que provoca el asombro y la admiración fervorosa del continente. El héroe de la hazaña, el protagonista de tan estupenda gesta, es el pueblo boliviano, el mismo pueblo “enfermo” que dijera Arguedas veinte años atrás.” [4]

Monumento a la Revolución, de Miguel Alandia Pantoja

El 15 de abril regresa al país el dirigente del MNR Victor Paz Estenssoro que tendría que convertirse en el nuevo presidente de Bolivia. Las masas lo reciben con vítores y gritos de “Nacionalización de las minas” y “Reforma Agraria”. Para las masas él era el hombre que iba a realizar todos los cambios que necesitaban, muy al contrario de las verdaderas intenciones del político. El ambiente de euforia en la sede de gobierno fue documentado por testigos presenciales, tal como recoge la obra de Liborio Justo:

“La multitud afluye constantemente hacia la Plaza Murillo —escribe un testigo— como si éste fuera el centro de gravitación de la ciudad. Indios que antes no tenían acceso a la plaza, porque les estaba prohibido traspasar ciertos límites, como si fuera la ciudad santa de los zares, ahora la colman de colorido pintoresco. Se sientan en sus bancos, se hacinan en sus gradas o se quedan de pie, ante la puerta del Palacio Quemado, mirando para adentro como si de allí fuera a surgir de un momento a otro, encarnado en una persona determinada, la solución de sus destinos. Llegan de las zonas nórdicas del altiplano, de las orillas del Titicaca, con sus gorros de lana multicolores con orejeras, y sus tremendos ponchos de colores vivos; llegan de los valles de Sucre y de Cochabamba, con sus sombreros de fieltro gruesos como cascos de acero, sus pantalones cortos a la rodilla y sus cabellos largos por los hombros; llegan de Potosí, con sus sombreros como platos negros y sus ponchos como túnicas oscuras, de rayas atravesadas.” [5]

El 17 de abril se crea la Central Obrera Boliviana (COB), a iniciativa del militante del POR Miguel Alandia. Nacida en medio del fervor revolucionario, la COB, una confederación sindical del país que cubre todos los sectores obreros, adquirió desde el inicio ciertas características soviéticas. La COB representaba el único y efectivo poder en ese momento, poder que estaba en la mano de los trabajadores que estaban organizados en milicias armadas en el país. Guillermo Lora, en su obra La Revolución boliviana, describe acertadamente este nuevo poder político:

“A partir del 9 de abril, los sindicatos más importantes tomaron sencillamente en sus manos la solución de los problemas vitales y las autoridades, si no eran destituidas, no tenían más remedio que someterse a sus decisiones. Son estos sindicatos los que actuaron como órganos de poder obrero y plantearon el problema de la dualidad a las autoridades locales y nacionales. Directores de la vida diaria de las masas, rodearon de atribuciones legislativas y ejecutivas (poseen fuerza compulsiva para ejecutar las decisiones) e inclusive llegaron a administrar justicia. La asamblea sindical se convirtió en la suprema ley, en la suprema autoridad. Este fenómeno fue casi general en las minas y se presentó excepcionalmente en los sectores fabriles.”[6]

Los trabajadores a través de las milicias armadas eran los que controlaban realmente el país en aquel entonces. El “camarada presidente” era un virtual prisionero del proletariado y sus milicias, custodiado y vigilado en el Palacio Quemado, proletariado que le hace exigencias para llevar a cabo el programa que los trabajadores defendían, programa influenciado por la tesis de Pulacayo. El presidente no tenía posibilidad de resistirse ya que el ejército burgués había sido destruido con la revolución. 

Con este contexto, se da una situación de doble poder: el poder real estaba en mano de los trabajadores y campesinos, a través de sus organizaciones, que estaban coordinadas en la COB. Y el otro poder “oficial” del gobierno burgués de Paz Estenssoro, que realmente no tenía ninguna fuerza real en la sociedad. Aunque el poder real estaba en manos de los trabajadores, estos aún no estaban lo suficientemente conscientes de esa situación para realmente imponerse sobre el estado burgués y derrotarlo. Esta situación era muy similar al doble poder en Rusia después de la revolución de febrero de 1917: los trabajadores también tenían el poder a través de los soviets (comités de huelga ampliados que habían tomado en sus manos la gestión de los asuntos públicos) pero existía al mismo tiempo un poder oficial, el gobierno provisional. En Rusia los soviets terminaron tomando el poder en octubre de 1917, en Bolivia la situación no resultó de igual forma.

Para solucionar esta situación de doble poder a favor de los trabajadores, un partido revolucionario, al igual que los Bolcheviques proclamaban: “Todo el poder a los soviets” tendría que proclamar: “Todo el poder a la COB”.

Un papel para que la COB no tomara el poder lo jugó Juan Lechin Oquendo, presidente de la COB, un oportunista que no defendía ninguna idea clara más que sus intereses. Había empezado su carrera política siendo militante del POR y aburrido de la lectura e incómodo por la teoría terminó aterrizando en el MNR. Él actuó como un lazo entre el MNR y el POR, radical en su discurso, pero un oportunista en su actuar, por su posición sindical llegó a influenciar la posición del POR. Lechin defendió la política de posicionar obreros en el gobierno para así empujar el MNR hacia la izquierda, los llamados “ministros obreros”, como si tener más ministros obreros cambiara la naturaleza del estado burgués.

Con respecto a las reivindicaciones del programa del POR, el gobierno del MNR utilizó una táctica astuta de retrasar la aplicación de las principales reivindicaciones de las masas, de aguarlas y vaciarlas de contenido real, esperar a que las masas se agotaran y dejaran la movilización y poco a poco creando de nuevo un ejército burgués que le permitiera enfrentarse a las milicias obreras y campesinas.

Con respecto a la nacionalización de la minas, la posición de la COB exigía una nacionalización inmediata y sin indemnización bajo el control obrero. Paz Estenssoro creó el 13 de mayo de 1952, una comisión de investigación sobre la nacionalización, una comisión para analizar cómo hacer la nacionalización, que tenía que presentar un informe en un plazo de cuatro meses. Cuando finalmente se nacionalizaron las minas el 31 de octubre de 1952, esta era muy favorable a los burgueses, con indemnización y concesiones, todo lo contrario a lo planteado en el programa original de los trabajadores mineros, pero para aquel entonces las masas ya habían perdido fervor revolucionario.

Se creó entonces la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), una empresa minera estatal en la cual se pretendía instalar un control obrero. En un primer momento el control obrero se ejerció bajo la forma del derecho de veto de los trabajadores a decisiones de la administración. Posteriormente se incorporaron representantes obreros directamente en la junta directiva, en lo que se vino a llamar “cogestión obrera”. En realidad, este sistema, en lugar de dar poder a los trabajadores, lo que hizo fue cooptar y neutralizar a sus dirigentes. Debido a los puestos extremadamente privilegiados de los representantes, el movimiento obrero se corrompió. La COMIBOL pasaría por lo tanto por una burocratización y se volvería una organización corrupta.

Otra de las reivindicaciones clave de la revolución boliviana era la reforma agraria. Cuando la influencia de la revolución llegó a los campos la radicalización en el campo se hizo presente, a un nivel incluso superior a la radicalización de los trabajadores de las ciudades y las minas. Imitando a sus hermanos de clase, los campesinos organizaron sus propios sindicatos que además estaban armados con los Mauser de la guerra del Chaco.

A partir de 1953, los campesinos de todo el país tomaron la iniciativa y ocuparon las tierras de los latifundistas, se levantaron y tomaron las propiedades de estos. Lentamente los campesinos habían empezado a llevar a cabo su propia reforma agraria por la vía de los hechos pero sin la influencia de una dirección revolucionaria, cabe recordar que el POR no tenía influencia en el campo. La ley de reforma agraria, de agosto de 1953, después de otra comisión de investigación de cuatro meses simplemente legalizó lo que las masas ya habían hecho en el campo. 

La reforma agraria boliviana fue de las más profundas que haya habido en América Latina. Se abolió el latifundio y la servidumbre, repartiendo unas dos millones de parcelas bajo el lema “la tierra para el que la trabaja”. Los logros obtenidos por la reforma agraria eran más debido a los campesinos que al propio MNR, pero aun así sirvieron para consolidar el apoyo del campesinado al MNR. 

A pesar de su radicalidad, la reforma agraria se enfrentó la ausencia de las condiciones necesarias del desarrollo de la agricultura (maquinaria, crédito y otros implementos), muchos de los pequeños propietarios rurales se vieron forzados ya sea a vender o abandonar sus tierras, desarrollándose un nuevo proceso de concentración de la propiedad agraria. 

El desarrollo de la industria para otorgar maquinaria necesaria para desarrollar la agricultura sólo era posible si los trabajadores tomaban el poder y planificaban la economía. Se ve de nuevo uno de los puntos de la revolución permanente, las tareas que debían haber sido cumplidas por los burgueses tienen que ser cumplidas por los obreros, las tareas democráticas y tareas socialistas deben ir de la mano.

Finalmente en 1953 un año después de la revolución, bajo la proclama de Lechin y del MNR de la necesidad de restablecer un ejercito profesional, el ejército burgués del estado fue restablecido, un ejército que daba al estado el poder de resistirse a las exigencias de las masas, un ejército que marcaba el fin de la situación de doble poder, un ejército que daría origen a los militares que darían un golpe de estado al MNR en 1964.

La dirección necesaria

¿Cuál hubiera sido entonces la dirección correcta y necesaria para llevar a cabo la revolución proletaria en Bolivia en 1952 e incluso ahora?

La respuesta se encuentra en el POR y en lo que debería haber hecho. El POR había demostrado ser el partido con las ideas más claras acerca de las tareas y estrategias para realizar la revolución en un país atrasado como lo era Bolivia. Esto se ve muy claramente con la tesis de Pulacayo, que de haberse seguido como el programa revolucionario hubiera llevado a la toma del poder de los trabajadores. 

Pero en el momento en que se pone a prueba realmente a los dirigentes, el momento revolucionario, ellos no se mantuvieron firmes con las ideas que habían defendido tan solo unos años antes. La dirección del POR aplicó una política de seguidismo hacia el ala izquierda del MNR, representada por Lechín, con la esperanza de que por la divina providencia esto haría efectiva la revolución. Esta claudicación política quedó plasmada en la línea oficial del POR, que en su 10.ª Conferencia Nacional de 1953 sostuvo lo siguiente:

“Lejos de lanzar la consigna de derrocamiento del régimen Paz Estenssoro, lo apuntalamos para que resista la embestida de la «Rosca», llamamos al proletariado internacional a defender incondicionalmente la Revolución boliviana y su gobierno transitorio (…) No es tarea del momento gritar «Abajo el gobierno», sino exigir que el Gobierno cumpla los postulados de la Revolución.” [7]

Tal parece que a los dirigentes se les había olvidado la naturaleza del Estado burgués y la historia de la lucha revolucionaria obrera. Como sacado de un libro de historia, el problema de un gobierno “transitorio” o “provisional” había nacido de la Revolución boliviana. La misión del POR ante este problema era realizar el trabajo revolucionario que hicieron los bolcheviques en 1917, pues no existía ninguna providencia que hiciera el trabajo revolucionario por ellos. Solamente al dar dirección a las masas se lograría el triunfo definitivo.

Se tiene que mencionar que el POR tenía una influencia decisiva en el proletariado, particularmente entre los mineros, pero también en la cúpula de la COB, jugando un papel en la fundación de la propia COB; el POR controlaba por lo menos la mitad del Comité Central. 

Entonces, ante la situación de doble poder a la cual se enfrentaron, ellos que tenían la capacidad de influir en las masas, deberían haber seguido una política de independencia de clase, siguiendo el modelo de los bolcheviques en Rusia. Allá fue la consigna “Todo el poder a los Soviets”, lo que les permitió ganar a las masas mediante la explicación paciente y perseverante de que el gobierno provisional no podía solucionar ninguno de sus problemas más acuciantes (resumidos en el eslógan Pan, Paz y Tierra), de igual forma que el MNR no solucionaba ninguno de los problemas de las masas oprimidas en Bolivia.

Lo correcto hubiera sido proclamar “Todo el poder a la COB” para asegurar las reivindicaciones más importantes de forma inmediata, la nacionalización de las minas y la reforma agraria. Reivindicaciones que eran posibles sin ningún tipo de comités ni esperas insulsas. El POR se limitó a observar cómo la revolución se aguaba y perdía la fuerza que los trabajadores y campesinos le dieron, se limitó actuar como consejeros del ala izquierda del MNR.

La dirección del POR se vio engañada y usada por Lechin, pensando que a través de él podrían empujar a la izquierda al MNR y llegar a la revolución, él en cambio uso la reputación del POR para obtener apoyo de los trabajadores, con discursos totalmente radicales, pero con una práctica que favoreció al MNR sobre la COB. El mismo Guillermo Lora, reconociendo el error sobre este dirigente sindical al que el POR no supo enfrentar, sentenció:

“Desde el momento en que se entrega en cuerpo y alma al M.N.R. y actúa como quinta columna de este partido dentro del movimiento obrero, conviértese en uno de los mayores obstáculos para la liberación de los explotados. La estructuración del partido de la clase obrera se realiza a través de la lucha contra el lechinismo.” [8]

En Bolivia, como en muchas revoluciones en la historia del proletariado internacional, la principal falta o error fue la ausencia de una dirección revolucionaria que actuara de forma consecuente con una teoría política revolucionaria. Los mineros, campesinos y obreros demostraron en las calles que tenían la capacidad de destruir el Estado burgués y construir su propio órgano de poder a través de la COB. Las condiciones objetivas de la revolución estaban listas para dar paso a un nuevo capítulo en nuestra historia. Pero el factor subjetivo, el Partido, demostró no poder responder a su momento histórico.

Sin embargo, con la experiencia de Bolivia en 1952 y de toda la lucha revolucionaria mundial, la formación de un partido y una dirección revolucionaria consecuente se hace más palpable; una dirección que lleve a las masas a completar las tareas que se planteaban en 1952 y en 1946 con la Tesis de Pulacayo, una dirección que, llegado el momento, sabrá responder a la historia.


Referencias

[1] Trotsky, León, La revolución permanente (México: Centro de Estudios Socialistas Carlos Marx / CMI).

[2] Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), Tesis de Pulacayo (Pulacayo: 1946). 

[3] Ídem.

[4] Baptista Gumucio, Mariano, Revolución y Universidad en Bolivia (La Paz, 1956), p. 89. 

[5] Justo, Liborio, Análisis del proceso revolucionario en Bolivia en 1952.

[6] Lora, Guillermo, La Revolución boliviana (La Paz, 1964). 

[7] Partido Obrero Revolucionario (POR), «Tesis política de la 10.ª Conferencia Nacional» (Bolivia: junio de 1953). 

[8] Lora, Guillermo, La Revolución boliviana (La Paz, 1964).

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