Adictos a las carteras ministeriales, los dirigentes del SPD se unen al Gobierno de Merkel por segunda vez

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thumb gmoCasi tres meses después de las elecciones generales en Alemania del 22 de septiembre, la canciller Merkel fue confirmada por los miembros del Bundestag (Parlamento alemá

 

n) como jefa del nuevo gobierno federal para otro mandato de cuatro años, a sólo unos días de la Navidad. El nuevo gabinete está basado en una coalición de la Alianza Demócrata Cristiana de Merkel (CDU/CSU) y el partido socialdemócrata SPD.

Mientras que en circunstancias “normales” la formación de un nuevo gobierno en Alemania habría sido negociada y organizada dentro de un mes después del día de las elecciones, las circunstancias de las últimas semanas han estado lejos de ser “normales”. En primer lugar, el resultado de la elección federal  del 22 de septiembre y la humillante derrota del Partido Liberal FDP (que, por primera vez, perdió todos sus escaños) significaron que Merkel y los grandes capitalistas se quedaron sin una mayoría parlamentaria para el campo de la burguesía tradicional. De hecho, el número combinado de 320 escaños del Bundestag correspondiente al SPD, los Verdes y DIE LINKE (Partido de Izquierda), frente a los 311 escaños de la CDU/CSU, podría haber proporcionado una mayoría para derribar al gobierno de Merkel en la sesión de apertura del nuevo Bundestag a finales de octubre. Tal coalición podría haber tomado decisiones inmediatas sobre algunas de las medidas progresistas diseñadas para beneficiar a la clase obrera que tenían en común los programas electorales de dichos partidos.

Sin embargo, en lugar de considerar siquiera por un momento un gobierno de minoría de tipo escandinavo, los dirigentes del SPD se decidieron  ir por una “Gran Coalición” bajo la dirección de Merkel, sólo unos días después de la elección. Este fue un importante incumplimiento de sus promesas electorales y causó mucho malestar entre sus bases. Los miembros del partido no han olvidado la última “Gran Coalición” bajo Merkel,  en los años de 2005-2009, que se tradujo en un retroceso histórico para el partido después de haber sido reducido a un mero 23 por ciento de apoyo en los votos emitidos a nivel nacional en las elecciones de 2009, ¡el peor resultado desde la década de 1890!

Con el fin de apaciguar a las bases del partido y evitar una revuelta abierta, el presidente del SPD Sigmar Gabriel, tuvo que prometer que los militantes tendrían la última palabra sobre el acuerdo de coalición con la CDU/CSU. Ellos sabían que el acuerdo final entre ambas partes tenía que contener alguna fraseología socialdemócrata, como la promesa de introducir un salario mínimo nacional de 8,50 euros por hora, según lo exigido por los sindicatos. 8,50 euros, por cierto, está muy por debajo de la línea de la pobreza, pero significaría un paso adelante para millones de trabajadores pobres que se ganan a duras penas su vida miserable sufriendo a merced de la precarización del trabajo.

En general, sin embargo, el acuerdo de coalición final presentado a finales de noviembre está lejos de ser un manifiesto socialdemócrata. En su lugar, contiene una gran cantidad de puntos puramente cosméticos y promesas vagas. La especificación sobre el salario mínimo de 8,50 euros está llena de términos, condiciones y lagunas, por no mencionar el hecho de que no será vinculante hasta el 2017. Esto no es casual, está diseñado para dejar espacio suficiente para la manipulación y la presión ejercida por los diferentes grupos de capitalistas, quienes exigen excepciones legales para ciertos sectores de la economía. Muchas de las medidas prometidas que cuestan dinero están “sujetas a la disponibilidad de fondos suficientes”. No habrá ningún cambio en la política exterior, lo que significa que los trabajadores, los pensionistas y los jóvenes del sur de Europa continuarán sufriendo bajo el dictado y la intimidación de Merkel y de su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, un veterano de la CDU.

Los dirigentes nacionales del SPD, adictos a las carteras ministeriales, sabían que tenían que hacer todo lo posible para conseguir que la mayoría de su partido votara a favor del acuerdo de coalición mediante el voto por correo. Ellos estaban dispuestos a intentar todo lo que estuviera en su mano para convencer a los afiliados dudosos y vacilantes de las supuestas ” bendiciones” del acuerdo. Así que empezaron una campaña profesional de propaganda, incluyendo boletines diarios tendenciosos,  enviados por correo a los afiliados, así como costosos anuncios a página completa en la prensa. Contaron con la ayuda de los grandes medios de comunicación burgueses y los altos dirigentes sindicales, que transmitían el mensaje de que “Europa está a la espera de que el SPD se una al gobierno con el fin de introducir una mayor justicia social”. Otro “argumento” fue que el  viejo Willy Brandt, el legendario ex líder del partido y ex canciller nacido hace 100 años, no se habría convertido en canciller en 1969 si no hubiera entrado en la “Gran Coalición” con la CDU/CSU en el año ¡1966! Los militantes del SPD también fueron chantajeados con el escenario de horror de una mayoría de votantes por el “No” que provocaría de inmediato la dimisión colectiva de los dirigentes del partido y desencadenaría elecciones anticipadas, empujando así al partido por debajo del umbral del 20 % de apoyo a nivel nacional.

Hubo muchas asambleas celebradas por todo el país para instar a los miembros a votar “Sí”, algunas de ellas fueron incluso transmitidas en vivo por TV e internet. Estas asambleas fueron, en general, pre-fabricadas y manipuladas por los burócratas del partido. Esta unilateralidad fue condenada en una carta abierta por Udo Fröhlich, un veterano del partido y ex alcalde de la ciudad del norte de Bad Segeberg, quien describió el proceso de una asamblea regional en su área de la siguiente manera:

        10 minutos  de discurso de bienvenida por el presidente del  partido del condado instando a los miembros a votar “Sí”

        30 minutos  de introducción del presidente regional llamando a los miembros a votar “Sí”

        5 minutos de lectura de las preguntas enviadas por escrito de antemano por los militantes

        65 minutos para que los  prominentes líderes partidarios respondieran a las preguntas instando a los miembros a votar “Sí”

Udo Fröhlich explicó correctamente que “este voto de la militancia no es el resultado de un procedimiento democrático”, y ha señalado el hecho de que nunca hubo una libre  discusión con iguales derechos y tiempo de intervención de los partidarios y opositores al acuerdo de coalición.

Otra dificultad radica en el hecho de que en los debates sobre el acuerdo de coalición muchos de los supuestos líderes de “izquierda” se movieron rápidamente hacia la derecha e instaron a los afiliados a votar “Sí”.  A esos “conversis” a menudo se les dio tiempo de intervención extra y conscientemente fueron utilizados para atraer  a los militantes confundidos y dubitativos. Al final sólo hubo dos diputados en el Bundestag y otro puñado de diputados en los 16 parlamentos de los estados regionales que defendieron  el “No”. Sin embargo, la organización juvenil (Jusos) se levantó en contra de la presión desde arriba y después de un debate con el líder del partido, Sigmar Gabriel, en su conferencia nacional de Nuremberg a principios de diciembre, un 70 por ciento de los delegados votaron en contra del acuerdo de la Gran Coalición.

Teniendo en cuenta todas estas circunstancias, y el hecho de que el partido ha perdido cientos de miles de miembros en los últimos diez años que eran críticos con los dirigentes, no es de extrañar que la dirección del partido lograra el efecto deseado, con un 76%  votando por el “Sí” y una alta participación. Lo que es más notable, sin embargo, es el hecho de que a pesar de todo y sin ningún tipo campaña organizada por el “No”, unos 80.000 miembros no pudieron ser influidos, intimidados o chantajeados por la campaña profesional, y votaron “No”. Eso es significativamente más que los 21,000 miembros que, en 2003, se opusieron a las contra-reformas de la “Agenda 2010” de Gerhard Schröder, y es incluso más que los actuales 63,000 miembros del partido DIE LINKE.

La mayoría de los 80.000 miembros que no fueron engañados por la propaganda oficial y quieren un cambio fundamental de la política están, sin embargo, aislados unos de otros y no están organizados como una oposición interna del partido. Lograrán poco  en la medida en que se mantengan  como una masa dispersa, anónima y frustrada sin programa ni organización. Como fuerza combinada, junto con los miembros de DIE LINKE  y sindicalistas críticos sin partido, podrían empezar a conformar un movimiento para un cambio real en este país. Es hora de un retorno a las viejas tradiciones marxistas que existían en la socialdemocracia alemana antes de la Primera Guerra Mundial, en especial la lucha de Rosa Luxemburgo y de Karl Liebknecht hace un siglo contra el oportunismo rampante y el arribismo de la entonces dirección del partido.