La bronca abre una puerta. ¡Vamos hasta el final!

El 19 de septiembre miles de trabajadores y jóvenes vamos a salir a las calles de todo el país en la Marcha de la Bronca.

No hace falta explicar demasiado de dónde sale esa bronca. La vivimos todos los días. Salarios y jubilaciones que no alcanzan, endeudamiento, despidos, precarización, ataques a la salud y la educación pública, mientras el gobierno corrupto y los gobernadores avanzan sobre conquistas que costaron décadas de lucha.

La marcha es un paso adelante. Expresa que hay sectores que no quieren esperar, que empiezan a buscar una salida y que miran cada vez con más atención hacia la izquierda. El crecimiento de Myriam Bregman forma parte de ese proceso y sería un error minimizarlo.

La cuestión de fondo que tenemos que discutir es qué hacemos con todo esto. Por un lado, tenemos que tener claro que la bronca —que se respira en la calle, en el tren, en los laburos, las escuelas, los barrios y las universidades— puede ser el punto de partida de una radicalización, pero también dispersarse o volver a quedar atrapada detrás de alguna variante del mismo régimen. Y, por otro, que no toda bronca tiene el mismo contenido de clase. Una trabajadora despedida, un joven sin trabajo y un empresario perjudicado coyunturalmente por una medida del gobierno pueden coincidir contra Milei, pero no por eso tienen los mismos intereses.

Por eso no alcanza únicamente con reunir el descontento o la bronca. La cuestión es qué clase puede darle una dirección y alrededor de qué programa. Una buena elección o una movilización numerosa pueden ser importantes, pero no reemplazan la organización consciente de la clase trabajadora.

La ofensiva capitalista y los límites del régimen

Milei no gobierna solo. Su ofensiva no salió simplemente de la cabeza afiebrada de un fanático de la motosierra. Gobierna para los bancos, las multinacionales, los grandes grupos económicos, los terratenientes y el capital financiero.

Desde el comienzo de la crisis la clase capitalista empuja cada vez más para abaratar nuestra fuerza de trabajo, aumentar la explotación y recuperar ganancias destruyendo derechos y conquistas. Milei es hoy la expresión política más decidida y reaccionaria de ese programa.

Por eso, si sólo vemos a Milei, corremos el riesgo de no atacar el problema de fondo, la clase capitalista que exige este ajuste y se beneficia de él.

El desgaste del peronismo es parte de esta crisis. Millones lo votaron en 2019 para terminar con Macri. El Frente de Todos terminó aceptando el acuerdo con el FMI y administrando la crisis dentro de los límites del capitalismo. Esa frustración fue parte del terreno sobre el que después pudo crecer Milei.

Hoy sus distintas fracciones pueden enfrentarse y mañana volver a juntarse pensando en 2027. No es casual que el mismo 19 de septiembre, Kicillof encabece en Avellaneda un acto de su armado político hacia esas elecciones.

El problema de fondo no son sus internas, sino la política de conciliación de clases. La idea de que se pueden compatibilizar los intereses de quienes vivimos de nuestro trabajo con los de quienes viven de explotarlo. 

El crecimiento del ausentismo muestra otra cara del mismo proceso. Millones dejaron de encontrar en las elecciones y en los partidos patronales una alternativa que represente sus intereses. No significa que hayan roto conscientemente con el régimen. Ahí conviven bronca, hartazgo, resignación y una búsqueda que todavía no encontró una expresión política.

Ese vacío no nos pertenece. Puede llenarlo la izquierda, transformarse en apatía o volver a utilizarlo la reacción. Milei mismo creció sobre una parte de ese rechazo.

Hay una línea para la victoria y una línea para la derrota.

Organizar la fuerza de la clase trabajadora

La clase trabajadora tiene una fuerza que ninguna otra clase posee. Hacemos funcionar fábricas, oficinas, trenes, puertos, hospitales, autos, motos, escuelas, energía, logística y servicios. Cuando esa fuerza actúa colectivamente puede paralizar el país.

El problema es que hoy se encuentra fragmentada, con luchas dispersas y una dirección sindical burocrática que hace todo lo posible por mantenerlas separadas, y llevar a los trabajadores a la derrota con tal de conservar sus privilegios materiales. 

Hay que impulsar asambleas, comités en los lugares de trabajo y estudio y coordinadoras entre los sectores en lucha que elijan delegados revocables y con mandato, avanzando hacia una coordinación nacional capaz de unificar las luchas, discutir un programa común y organizar democráticamente un verdadero plan de lucha hacia la huelga general.

La pregunta no es solamente cuántos vamos a marchar el 19, sino qué fuerza organizada queda en pie el 20.

La huelga general y el poder

No podemos esperar hasta 2027. Hay que terminar el ajuste ahora. Varias organizaciones que convocan a la Marcha de la Bronca plantean correctamente la huelga general.

Una huelga general política pondría sobre la mesa algo mucho más grande que una marcha. Si millones de trabajadores detenemos la producción, el transporte, los puertos, la energía y los servicios, queda demostrado quién hace funcionar realmente esta sociedad.

Y si podemos paralizar el país, ¿por qué no podemos gobernarlo?

Derrotar a Milei sería una enorme victoria. Pero si después siguen mandando los bancos, las multinacionales, los grandes capitalistas, los terratenientes y el FMI, habremos cambiado de gobierno sin cambiar quién tiene realmente el poder.

Cada lucha consecuente termina chocando con la propiedad capitalista. Si una empresa dice que no puede pagar salarios o amenaza con cerrar, que abra sus libros. Si el FMI exige ajuste para pagar una deuda que no contrajimos, hay que romper con el Fondo y desconocer la deuda externa. Las principales palancas de la economía no pueden seguir en manos de una minoría que decide qué producir, cómo y para quién.

La dirección revolucionaria

Las grandes crisis pueden transformar la conciencia de millones en semanas, pero en semanas no se puede construir un partido revolucionario..

La fuerza de la clase trabajadora necesita una dirección capaz de unir las luchas, enfrentar la conciliación de clases y llevar hasta el final las conclusiones que surgen de cada combate.

Y hay que construirla ahora. Participando en cada lucha, formando cuadros, construyendo organización comunista en los lugares de trabajo y estudio y ganando autoridad dentro de nuestra clase.

La Marcha de la Bronca abre una puerta. Hay que atravesarla. Y hay que ir hasta el final derrocando al capitalismo.

¡Por la huelga general!

¡Por un programa de poder obrero para la Izquierda!

¡Por un Gobierno de Trabajadores!

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