Los aranceles de Trump marcan una nueva era turbulenta

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Los mercados financieros se tambalean tras el anuncio arancelario de Trump de ayer. La confianza de la clase capitalista en su conjunto ha recibido un duro golpe al imponer Trump los aranceles más altos desde el siglo XIX.

[Nota: se trata de una actualización del artículo del viernes, que aborda la cuestión con mayor profundidad: El programa arancelario de Trump profundiza las tendencias proteccionistas en la economía mundial]

El índice bursátil S&P 500 bajó un 3 por ciento, el Nasdaq un 4 por ciento. Las acciones de Apple cayeron un 8 por ciento, las de Nike un 11 por ciento, las de Ralph Lauren un 12 por ciento, las de Nvidia un 5 por ciento, etc. Todos los importadores del sudeste asiático se vieron gravemente afectados, empezando por la industria de la confección. A Vietnam, Camboya, Laos, Sri Lanka, Bangladesh, Indonesia y Myanmar les han impuesto aranceles de entre el 35% y el 49%, lo que va a tener un gran impacto en el conjunto de la economía de esa región. Más de un tercio de las exportaciones tanto de Vietnam como de Camboya se dirigen al mercado estadounidense.

La caída de los mercados bursátiles reveló que los aranceles eran peores de lo esperado. Un 10 por ciento sobre todas las importaciones, a lo que se añade aranceles selectivamente más altos sobre todos los principales socios comerciales de EE.UU. Dependiendo de cómo se calcule, la tasa arancelaria media será ahora del 29 por ciento si se cree a Evercore ISI, o del 18 por ciento si se cree a Goldman Sachs. En cualquier caso, como señala Goldman Sachs, es probable que esta aumente a medida que sectores como el cobre, los productos farmacéuticos, los semiconductores y la madera reciban sus propios aranceles.

El impacto en la economía mundial va a ser fuerte, ya que la mayoría de los países tienen un comercio significativo con Estados Unidos. La caída del seis por ciento del precio del petróleo revela la preocupación de los inversores por la posibilidad de una recesión.

Como era de esperar, los socios comerciales de EE.UU. están descontentos con los aranceles, pero quedó claro que temen entrar en una guerra comercial con EE.UU., y las consecuencias que ello acarrearía. Italia y España instaron a mantener «negociaciones constructivas». El Gobierno británico está «consultando» a los consejeros delegados sobre las represalias. Japón también se muestra relativamente apocado.

La relativamente limitada respuesta inmediata refleja la reticencia de los gobiernos a perjudicar aún más a sus propias economías con nuevas medidas comerciales. Sin embargo, a medida que la situación se deteriore más, ya sea este año o el próximo, se introducirán nuevas medidas proteccionistas. En los años 30, todas las medidas proteccionistas no se introdujeron de golpe, sino gradualmente, en un país tras otro, a medida que la crisis empeoraba, los gobiernos cambiaban y así sucesivamente.

El Gobierno surcoreano, que intenta congraciarse con Trump, trata de resolver el problema subvencionando sus industrias, haciendo recaer el coste sobre los trabajadores surcoreanos. Esta es otra de las medidas que baraja la burguesía de los países afectados. Mediante subvenciones directas o atacando las condiciones laborales, la burguesía puede intentar exprimir a sus propios trabajadores como respuesta.

Trump también está trayendo a casa el «dolor» que prometió para la economía estadounidense. La automotriz Stellantis anunció 900 despidos temporales en EEUU en cinco instalaciones. A medida que aumenten los costes de los productos fabricados en EE.UU. debido a los aranceles, los consumidores estadounidenses dejarán de gastar, a la espera de tiempos mejores. La industria automovilística está ahora muy preocupada por los aranceles sobre los componentes importados que necesitan para ensamblar coches en Estados Unidos.

Las industrias exportadoras también se verán afectadas, en primer lugar por una sacudida de sus propios costes y, en segundo lugar, por las medidas de represalia. Por si fuera poco, se espera que los aranceles a gran escala añadan algo así como un 2,5% a la inflación anual, lo que mermará el poder adquisitivo de los trabajadores estadounidenses.

Se desconoce el alcance y la profundidad de sus efectos. Pero el desmantelamiento de 80 años de integración comercial va a tener enormes implicaciones para la economía mundial. Todos los beneficios del comercio mundial están amenazados: mayor productividad, productos más baratos, etc.

Ahora empezará una competencia aún más feroz en el mercado mundial, a medida que el mercado estadounidense sea de más difícil acceso y los consumidores, preocupados por el futuro, contengan su consumo. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que la debilitada UE imponga más aranceles, no sólo a EE.UU., sino también a China y otros países, para frenar el «dumping»?

No cabe duda de quién tendrá que pagar el precio de esta crisis: la clase trabajadora. La clase obrera tendrá que luchar duramente contra la avalancha de medidas que se avecina: contra el cierre de fábricas, contra los ataques a los salarios y las condiciones de trabajo, contra los recortes del gasto social, etc. La intensificación del conflicto internacional encontrará su reflejo en la intensificación de la lucha de clases.

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