Los incendios forestales que arrasaron la Patagonia argentina y la irresponsabilidad de los gobiernos nacional y estatal en el manejo del desastre captaron la atención del país durante los últimos meses. El periodo 2025-2026 fue particularmente devastador en cuanto a incendios forestales, con más de 100 000 hectáreas quemadas, superando las ya devastadoras 80 000 hectáreas quemadas el verano anterior. Miles de personas se vieron obligadas a evacuar y cientos de viviendas quedaron destruidas.
Dos de los incendios más grandes se produjeron en el norte de Chubut, en la zona del lago Menéndez, el lago Rivadavia y Cholila, cerca del Parque Nacional Los Alerces, y en la zona de El Hoyo y Puerto Patriada.
¿Por qué hemos visto incendios tan desastrosos este año? La situación tiene causas ambientales, sociales, políticas y económicas, que se unieron para provocar el desastre ambiental y social que hemos presenciado.
El desastre ambiental que ha llevado a esta situación forma parte de procesos globales y locales. Por un lado, el cambio climático ha acelerado estos incendios, al igual que ha ocurrido en Canadá, el oeste de Estados Unidos, el sur de Europa, Siberia y Corea, así como en la Patagonia y el norte de Argentina. Las temperaturas medias globales han alcanzado entre 1,3 y 1,4 grados centígrados por encima de los promedios preindustriales, y los patrones de precipitación se han visto alterados. Vastas regiones de Argentina han sufrido sequías en los últimos años y, cuando llegan las lluvias, tienden a ser más extremas, lo que provoca inundaciones. El verano pasado se registró una reducción del 20 % en las precipitaciones en la región patagónica, combinada con altas temperaturas y noches inusualmente cálidas.
Otro factor ambiental en estos incendios forestales es de carácter local: la aparición de grandes extensiones de bosques de pinos exóticos, que son más propensos al fuego y conducen a incendios más intensos. Las especies vegetales y animales se han extendido de una región a otra, ampliando su área de distribución a lo largo de toda la historia de nuestro planeta. Los seres humanos desempeñaron un papel cada vez más importante en la propagación de especies vegetales y animales desde la época de la colonización hasta la actualidad, cuando el mercado global y los medios de transporte han reducido a cero lo que antes eran grandes distancias. Pero el caso de la introducción de especies exóticas en particular se vio impulsado por la avaricia y el desprecio por el medio ambiente de los grandes terratenientes y el Estado.
Los grandes terratenientes de la Patagonia llevan plantando pinos exóticos desde mediados del siglo XX, cuando la política gubernamental comenzó a fomentar la producción maderera y de fibra celulosa. Esta sigue siendo la política del Estado en la actualidad y es la fuente de millones de dólares en subsidios para propietarios de la Patagonia como el grupo Benetton.
Estos pinos pasaron de las plantaciones a colonizar zonas de estepas y bosques nativos. Las especies de Pinus y Pseudotsuga (el pino Oregón) alteran la ecología de los bosques,
que históricamente estaban dominados por especies de Nothofagus (coihue, lenga y otras) y el ciprés. El fuego forma parte del ciclo ecológico de los paisajes boscosos y, desde antes de la colonización de las Américas, ha sido provocado de forma natural por los rayos y de forma deliberada por los seres humanos, de manera armoniosa con el medio ambiente. Los pinos, nativos de los bosques norteamericanos, evolucionaron en condiciones de incendios más frecuentes que las especies patagónicas, por lo que desequilibran el ecosistema patagónico. Además de crear condiciones propicias para que se inicien fácilmente los incendios, son más resistentes a los incendios de intensidad baja y moderada, y se propagan más rápidamente después de las llamas.
Los bosques quemados de especies nativas tienen pocas posibilidades de regenerarse como antes. Los incendios de mayor intensidad causados por el cambio climático tienen un efecto devastador en los suelos y provocan tiempos de regeneración más largos. A veces, los pinos superan a los árboles nativos después de los incendios, o no se permite que el bosque se regenere en absoluto y la tierra se utiliza para el pastoreo de ganado.
Los pinos también tienen graves consecuencias en el ciclo del agua en una zona donde el agua es un recurso precioso y su escasez puede dar lugar a una competencia por su uso. Investigaciones demostraron que la transpiración, es decir, la liberación de vapor de agua a través de las hojas de las plantas, es casi siete veces mayor en las zonas reforestadas con pinos que en los pastizales de la estepa. Esto puede provocar el secado de arroyos y humedales, o mallines. Las raíces sedientas de los pinos pueden detener por completo el drenaje profundo del agua e impedir la recarga de los acuíferos.
Las características de los pinos introducidos causan estragos en el medio ambiente patagónico. El daño que causan estas especies en una zona sensible es bien conocido y documentado, pero el gobierno y los propietarios de tierras son los únicos que tienen los recursos para controlar la propagación de especies exóticas bajo el capitalismo, y se niegan a actuar mientras la explotación forestal basada en estos pinos siga siendo un negocio rentable.
Negligencia y complicidad
Más allá de los factores ambientales, la propagación descontrolada de estos incendios forestales es responsabilidad directa del gobierno nacional. Milei recortó el presupuesto del Servicio Nacional de Manejo del Fuego en un 80 % en 2024 y, además, el presupuesto de 2026 lo redujo en otro 71 % con respecto al año pasado.
En julio del año pasado, Milei también disolvió el Fondo Nacional de Manejo del Fuego. Esto significa que, con menos capacidad, se trabajará poco en la prevención avanzada de incendios y en la extinción de los primeros focos, lo cual es mucho más eficaz, sin mencionar más seguro, que combatir incendios ya fuera de control.
Milei, a través del Consejo de Mayo, ha propuesto modificar la Ley de Bosques y la Ley de Manejo del Fuego, esta última para legalizar las actividades agropecuarias, el loteo y la venta de tierras después de que los bosques nativos se quemaran. Estas medidas afectan no solo a la Patagonia, sino también al delta del Paraná, Corrientes y el Chaco.
Estos recortes tuvieron efectos devastadores. La Administración de Parques Nacionales estimó en un informe de 2023 que necesitaría 700 brigadistas para controlar los incendios en las tierras que administra. En 2026 solo empleaba a 391 brigadistas. Solo hay 16 guardaparques que controlan las 259 000 hectáreas del Parque Los Alerces, devastado por incendios este año.
Los brigadistas que no fueron despedidos se enfrentan a salarios de pobreza, y algunas unidades tuvieron que entrar en protesta contra el Gobierno para reclamar mejores salarios y equipamiento.
Mientras actuaban de tal manera que los devastadores incendios forestales resultaban inevitables, los gobiernos nacional y provincial tomaron medidas -con la ayuda de medios de comunicación reaccionarios- pero solo para lanzar acusaciones los turistas, o contra la comunidad mapuche, precisamente quienes viven y trabajan en las tierras que están siendo destruidas y sufren directamente las consecuencias.
El gobierno de Chubut incluso llegó al cruel extremo de acusar y allanar las ruinas quemadas de viviendas de la comunidad mapuche.
¿Cuáles son las consecuencias de estos incendios forestales? Se destruyen hogares y se arrasan vidas. Se pierden bosques nativos que no volverán a crecer. Los incendios en la zona del lago Menéndez se acercaron a alercales donde hay ejemplares de alerces de más de 2600 años de antigüedad. Estos incendios liberan aún más carbono almacenado a la atmósfera, lo que agrava el cambio climático que contribuyó a ellos en primer lugar. Es crucial señalar que estos incendios no son igualmente trágicos para todos: son un método de desplazamiento de las comunidades que viven en la tierra, parte de un proceso de concentración de la tierra y los recursos en manos de unos pocos terratenientes fabulosamente ricos.
Muchas zonas de la Patagonia están pobladas por comunidades indígenas, así como por personas no indígenas, que llevan generaciones viviendo de pequeñas propiedades. Desde la colonización se ha producido un proceso de robo de tierras a los pueblos indígenas y su desplazamiento.
La “Campaña del Desierto” de Julio Argentino Roca, que comenzó en 1878 con el objetivo de extender por la fuerza las fronteras del Estado argentino sobre las tierras de la Patagonia que pertenecían a grupos indígenas, fue un episodio particularmente brutal de esto. En este sentido, el desplazamiento de los pueblos indígenas de sus tierras a las ciudades sigue en curso, ahora en beneficio de los terratenientes capitalistas.
Marx y Engels explicaron en el Manifiesto del Partido Comunista:
“Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre la base de toda libertad, el acicate de todas las actividades y la garantía de toda independencia.
“¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano! ¿Os referís acaso a la propiedad del humilde artesano, del pequeño labriego, precedente
histórico de la propiedad burguesa? No, ésa no necesitamos destruirla; el desarrollo de la industria lo ha hecho ya y lo está haciendo a todas horas.”
¿Cuál es la respuesta comunista?
Muchos, incluso sectores de izquierda, han señalado que el problema radica en la alta concentración de tierras compradas por inversionistas extranjeros. Esto es como si los terratenientes extranjeros operaran bajo leyes e incentivos económicos diferentes a los de los terratenientes nacionales. Todas las tierras concentradas en manos de ricos parásitos ya están ajenas a los trabajadores y los pobres de Argentina. Esta postura nacionalista es políticamente estéril en la época del imperialismo capitalista.
Los comunistas siempre estamos en primera línea de la lucha contra el imperialismo, pero en este caso, los enemigos inmediatos a los que hay que enfrentarse son los terratenientes capitalistas de todas nacionalidades, y en particular su Estado, que está subordinado al imperialismo e impone sus dictados. Es el Estado nacional el que invita al capital norteamericano, británico, español, italiano, israelí, emiratí, qatarí y chino a invertir en el país y a apropiarse de su riqueza.
El Estado de los capitalistas y terratenientes es uno y el mismo, ya sea provocando la destrucción del medio ambiente en el sur o imponiendo la Reforma Laboral a pedido de los capitalistas nacionales y el imperialismo. Es responsable tanto de la quema de la Patagonia como de los despidos de trabajadores de Aires del Sur en Río Grande y de Fate y Lustramax en la Zona Norte de Buenos Aires.
Se puede luchar contra el gobierno con un movimiento de la clase trabajadora que una las luchas de los trabajadores y los pobres de todo el país. En esa lucha, la clase trabajadora podrá derrocar no solo al gobierno, sino a todo el sistema capitalista que la mantiene en la pobreza y la precariedad, y podrá entonces unirse a los movimientos revolucionarios de toda América y del mundo. Al hacerlo, puede tomar el control de las industrias y las tierras en sus propias manos y comenzar a planificar conscientemente nuestra producción industrial y agrícola en beneficio de la gente y del medio ambiente.
La humanidad ha vivido en interdependencia con su entorno a lo largo de toda su historia. Somos inseparables de nuestro entorno, ya que nos proporciona todo lo necesario para la vida, el pensamiento y el desarrollo social. La filosofía marxista no propone una división artificial entre la humanidad y la naturaleza. Somos parte de la naturaleza, actuamos sobre ella e influimos en el mundo que nos rodea. Citando a Marx en 1844:
“La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre; la naturaleza, en cuanto ella misma, no es cuerpo humano. Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el cual ha de mantenerse en proceso continuo para no morir. Que la vida física y espiritual del hombre está ligada con la naturaleza no tiene otro sentido que el de que la naturaleza está ligada consigo misma, pues el hombre es una parte de la naturaleza.”
Engels explicó en El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre que la sociedad humana, y en esto es única, siempre ha transformado activa y no pasivamente el
mundo que nos rodea. A veces lo ha hecho de forma armoniosa con el medio ambiente y otras veces en su detrimento:
“Resumiendo: lo único que pueden hacer los animales es utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina. Y ésta es, en última instancia, la diferencia esencial que existe entre el hombre y los demás animales, diferencia que, una vez más, viene a ser efecto del trabajo.
“Sin embargo, no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza. Bien es verdad que las primeras consecuencias de estas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Los hombres que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bosques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras. Los italianos de los Alpes, que talaron en las laderas meridionales los bosques de pinos, conservados con tanto celo en las laderas septentrionales, no tenía idea de que con ello destruían las raíces de la industria lechera en su región; y mucho menos podían prever que, al proceder así, dejaban la mayor parte del año sin agua sus fuentes de montaña, con lo que les permitían, al llegar el período de las lluvias, vomitar con tanta mayor furia sus torrentes sobre la planicie.”
Con la clase trabajadora tomando el control de la industria y la tierra, la producción de las necesidades de la vida, podemos por primera vez empezar a comprender y a controlar las fuerzas económicas que hemos desatado. Del mismo modo, podemos empezar, en nuestras interacciones con el medio ambiente, a tomar conciencia plena de nuestro impacto en él y planificar en consecuencia.
Contrariamente al pesimismo del ambientalismo pequeñoburgués, la industria moderna y la actividad humana en general no tienen por qué dañar nuestro medio ambiente. Los rayos que provocan incendios forestales son algo muy diferente a la corriente que corre por los cables y que alimenta nuestra existencia moderna. Si la electricidad no es intrínsecamente “mala” o “buena”, lo mismo puede decirse de la industria humana, necesaria para nuestra supervivencia.
Por supuesto, la producción y la industria, cuando están en manos de miles de capitalistas dispersos que basan sus decisiones únicamente en la rentabilidad, no pueden evitar crear caos ambiental y social, o “externalidades”, como las denominan los economistas burgueses. En estas condiciones, una sociedad nunca puede comprender la totalidad de su actividad y no puede tener ninguna esperanza de modificarla conscientemente en beneficio de sus miembros o del medio ambiente.
Si la economía respondiera a un plan democrático decidido por la propia sociedad, podríamos reducir el impacto ambiental y utilizar los vastos recursos disponibles para reparar los daños acumulados. Esto es lo que Engels quiere decir cuando habla de dominar
la naturaleza. No se refiere al sentido capitalista de la palabra, de sometimiento y degradación, sino al sentido de comprensión.
Una economía planificada es la única forma posible de gestionar la industria y la agricultura para satisfacer todas las necesidades genuinas de la humanidad sin provocar un colapso medioambiental total por el cambio climático y el despilfarro del agua, el suelo, la biodiversidad y todas las demás riquezas que nos proporciona nuestro planeta. Un futuro comunista será un futuro de riqueza material y cultural para la humanidad, y es el único futuro posible en el que las generaciones futuras podrán conocer y disfrutar de la belleza del mundo natural.








