Publicamos este artículo que hemos recibido del comunista cubano Frank Josué Solar Cabrales.
En 1934, ante la amenaza de la llegada del fascismo al gobierno, los trabajadores españoles tenían una consigna, con la que se levantaron en armas, al menos en Asturias, en octubre de ese año: “antes Viena que Berlín”. Reflejaba una decisión de lucha a muerte: si Hitler había tomado el poder prácticamente sin resistencia, para hacer lo mismo los fascistas austriacos tuvieron que ahogar en sangre una rebelión popular armada. Nosotros debíamos decir hoy: “antes Teherán que Caracas”.
Nuestra principal arma contra una acción violenta del imperialismo no es tanto la respuesta militar que podamos dar desde el punto de vista institucional o convencional, por parte del Estado, sino la que puede dar un sujeto revolucionario colectivo, más amplio, que trasciende a Cuba. El imperialismo le teme sobre todo, más que a la cantidad o alcance de nuestros probables drones, a un proceso de desestabilización en la región y en los propios Estados Unidos. Una agresión al símbolo que representa Cuba podría significar un detonante para el estallido de iras y rebeldías populares en todo el continente. Quizás el Estado cubano no puede hacerlo, porque debe atenerse a determinadas normas internacionales, pero los revolucionarios cubanos sí podemos y debemos hacerlo, y trabajar por ello: un llamamiento para que una invasión a Cuba sea respondida con levantamientos insurreccionales y con una parálisis total de la actividad económica en este hemisferio. Que todo aquel que se sienta o se diga amigo de Cuba manifieste su solidaridad militante y activa de esa manera. Puede sonar utópico, pero no se debe subestimar el impacto que un llamado así puede tener en determinadas circunstancias, dado el prestigio y la autoridad moral de Cuba. Que la Guerra de todo el pueblo traspase nuestras fronteras y se convierta en la Guerra de todos los pueblos contra el imperialismo y sus aliados locales.
Nuestro enemigo es uno solo, en todo el mundo, y la Revolución Cubana es solo una trinchera más en un combate que tiene dimensión planetaria. Debemos multiplicar las trincheras abiertas contra el enemigo común que compartimos. Nuestras luchas están indisolublemente unidas. Aquellos que nos imponen un bloqueo criminal, asfixiando nuestra economía en un genocidio cotidiano y bajo la constante amenaza de la agresión militar, son los mismos que dentro de sus propias fronteras condenan a millones de trabajadores, a los jóvenes y a los oprimidos a la miseria, la precariedad y la falta de futuro. Es el imperialismo y la burguesía global, una oligarquía parasitaria y corrupta que mercantiliza la vida humana, destruye el planeta y no duda en sembrar el terror global para salvaguardar sus obscenos privilegios.
A diferencia de lo que significaba la relación con la Unión Soviética o el campo socialista, o incluso con Venezuela, que se trataba de una alianza no solo económica sino política e ideológica, en el caso de la Rusia actual, China, o en general los BRICS, se trata de países amigos que condenan el bloqueo y quieren tener relaciones comerciales normales con Cuba, pero que funcionan bajo lógicas capitalistas, y sus negocios e intereses con Cuba no tienen propósitos altruistas o humanitarios, sino que buscan obtener beneficios propios y ventajas geopolíticas. La crisis económica del capitalismo a nivel internacional limita también cualquier tipo de opción que puedan significar los BRICS para Cuba. Sin la cooperación rusa y china habría sido más difícil para Cuba afrontar la actual crisis de generación eléctrica, provocada por la escasez de petróleo y el precario estado de sus redes y termoeléctricas. Pero sería iluso esperar de sus gobiernos algún tipo de ayuda militar si Cuba resultase agredida. No entra en sus cálculos arriesgarse a desatar una tercera guerra mundial por defender a la isla caribeña. La salvaguarda de la soberanía nacional y la revolución cubana depende de los cubanos mismos, y la derrota del imperialismo solo estará garantizada por el triunfo internacional de procesos revolucionarios, socialistas, que se propongan una transformación radical y rompan con el capitalismo. A pesar de las carencias materiales que sufrimos por resistir con dignidad, el pueblo cubano no claudicará.
La principal salida para la crisis de Cuba es la solidaridad internacional y el avance del movimiento revolucionario mundial. No se puede construir el socialismo en un solo país, aislado. El socialismo, para ser plenamente, en tanto transición al comunismo, debe existir a escala internacional. Mientras sobreviene la revolución mundial, por la que deben trabajar e impulsar como garantía básica del éxito propio, a los poderes socialistas enclaustrados en fronteras nacionales solo les es dable resistir y avanzar todo lo que puedan con lo que tengan a su disposición, en medio del asedio más feroz de la reacción y el imperialismo. Ello les obliga, por necesidad de sobrevivencia, a recortes, retrocesos y concesiones, para poder adecuarse a un entorno sumamente hostil de relaciones capitalistas.
Debemos llamar las cosas por su nombre, y no decir que son medidas para perfeccionar el socialismo a lo que constituye claramente un retroceso para poder sobrevivir. El proyecto no se mancha. Se deben reconocer con honestidad los retrocesos, y no llamar socialismo a lo que no lo es, a prácticas y dinámicas que nada tienen que ver con él, y de ninguna manera pueden ser utilizadas a su favor. La transición puede experimentar retrocesos, pero hay que reconocerlos abiertamente. El mercado no es una herramienta aséptica que se pueda usar para construir el socialismo, un caballo salvaje que se pueda domar y ponerle riendas, para obligarlo a obedecer la voluntad del jinete.
Los instrumentos que se eligen para generar riqueza, crecimiento, desarrollo, no son neutrales, producen subjetividades propias, lógicas y relaciones sociales propias, que apuntan en un sentido u otro, y favorecen un camino u otro, con independencia de cuál sea tu finalidad. En Cuba llevamos décadas de pugna interna entre el capitalismo y el socialismo, en las cuales el primero se ha visto constantemente reforzado, sobre todo desde los Lineamientos, y el segundo se ha batido cada vez más en retirada. Una cosa es entender que muchas de las transformaciones económicas actualmente en curso pueden ser necesarias ahora mismo para sobrevivir, pero otra muy distinta es convertirlas en virtud para la perfección del socialismo. La posibilidad de disputa de una alternativa socialista radica, en mi opinión, no en una política hábil que sea capaz de conducir el “repliegue táctico”, usar las medidas a su favor y sacar provecho de las armas melladas del mercado en beneficio del socialismo, lo que creo imposible, sino con una que desde abajo, desde las bases, desde el control real de colectivos comunitarios, de trabajadores y de campesinos, coordinados entre sí y con poder de decisión, sea capaz de contrarrestar sus efectos y ponerle límites, y revertir el proceso cuando sea posible.
La difícil situación por la que atraviesa Cuba, agravada en los últimos años hasta límites insoportables, obedece, sobre todo y en primer lugar, al aislamiento de su proyecto socialista, que no le ha permitido desplegar todas las potencialidades de eficiencia y desarrollo de una economía nacionalizada y planificada. El socialismo es mucho más eficiente que el capitalismo, a condición de que sea gestionado a través del control colectivo y democrático de los trabajadores, y se vaya extendiendo cada vez más a nivel internacional.
En los últimos años hemos visto en varios países un ascenso de la extrema derecha, con un sorprendente respaldo electoral. ¿Significa un giro a la derecha en las poblaciones de esos países? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La explicación fundamental no debe buscarse en el impacto de las redes sociales digitales, ni en la guerra cognitiva, ni en la falta de educación política y conciencia, o en la falta de contacto con los pobres, sino en la crisis profunda del capitalismo y la ausencia de una alternativa de izquierdas coherente, de masas, que represente una ruptura radical con el sistema imperante. El reformismo, con su pretensión inútil de gestionar el capitalismo de un modo más humano y justo, ha arribado a un callejón sin salida. La alternativa al ascenso de gobiernos reaccionarios y de extrema derecha no es la restauración de la legitimidad de las instituciones y la democracia burguesa, sino su destrucción.
Debemos buscar la unidad latinoamericana en la justicia y la libertad. La existencia de la CELAC o de cualquier otro mecanismo de integración ha demostrado no ser garantía segura de una América Latina unida frente a las amenazas que vienen del norte, no solo porque varios de los gobiernos miembros son en sí mismos expresión de ese ascenso internacional de la extrema derecha, sino porque los intereses de las burguesías latinoamericanas son altamente dependientes del imperialismo norteamericano. La verdadera unidad de nuestra América, su real y definitiva independencia, vendrán de la mano de la revolución.
Cuba no es una amenaza para Estados Unidos ni para su pueblo. Cuba, sí, es un peligro para la clase dominante norteamericana, pero no porque posea drones o misiles que puedan alcanzarla, o por la labor de inteligencia que se ha visto obligada a desplegar para defenderse, sino por la amenaza que constituye su ejemplo. Por eso se han empeñado a fondo en hacerla fracasar. Si el fantasma del comunismo se pasea hoy con inusitada fuerza de un confín a otro de la nación norteña, para terror de Trump, Rubio y los billonarios de la “clase Epstein”, no es por obra y gracia de esta pequeña isla, bloqueada y víctima de un genocidio, sino por las propias condiciones de un capitalismo en crisis y agotado, incapaz de asegurar una existencia digna para millones de personas. Hacer fracasar a Cuba no es solo una obsesión histórica del imperialismo y del lobby cubanoamericano, sino una necesidad vital en clave interna del establishment norteamericano, para usarlo como argumento ideológico en la contención del creciente descontento popular y el progresivo descrédito del capitalismo y sus instituciones. Tienen que demostrar en la práctica la inviabilidad del socialismo para deslegitimarlo. Que el fracaso sea inducido por la fuerza, por la asfixia total de su economía, por la rodilla en el cuello impidiendo respirar, y no por causas naturales, es para ellos un detalle menor. Lo importante es poder presentar al socialismo como un sistema fallido, ineficiente, incapaz de generar riqueza y prosperidad, y cuyo único resultado después de 60 años es miseria, basura en las calles y largos apagones. Que un país con recursos muy limitados como Cuba pueda con el socialismo obrar el milagro de proveer educación, vivienda, salud, cultura, desarrollo científico, calidad de vida, para todos en igualdad de condiciones, algo que el capitalismo más poderoso no alcanza ni siquiera a soñar, es un ejemplo insoportablemente subversivo que no se pueden permitir a 90 millas de sus costas.
Cuba no fomenta el comunismo en Estados Unidos, son las propias condiciones de vida de la clase trabajadora norteamericana las que apuntan a su posibilidad como una sociedad mejor de justicia y dignidad para todos. Cuba solo brinda el poderoso ejemplo de cuánto puede llegar a alcanzar un pueblo cuando se libera de las cadenas del capitalismo.
Lo que verdaderamente molesta a la potencia hegemónica y explica el ensañamiento contra Cuba, es que en esta isla se ha ensayado una forma de vida que ha demostrado ser mucho más justa, humana y digna que la que se vive en otros confines del mundo. Un modo de vida donde se garantiza igualdad, sanidad, educación y vivienda para todos bajo un modelo socialista de economía nacional planificada. La existencia misma de Cuba, a noventa millas de Estados Unidos, es un ejemplo peligroso que el imperio busca hacer fracasar a toda costa para que no cunda en el resto de América Latina y del mundo. El solo hecho de que el bloqueo exista es una prueba palpable de la superioridad del ejemplo cubano; si el socialismo fuera tan ineficiente, los Estados Unidos podrían levantar el bloqueo y dejar que la revolución fracasara por sí sola.
La revolución cubana no es patrimonio únicamente de los cubanos, sino de todos los revolucionarios y los pueblos del mundo. Ella es un símbolo de resistencia y esperanza para los oprimidos de todo el planeta, la demostración palpable de que es posible la utopía de una sociedad mejor, que es posible establecer relaciones nuevas entre los seres humanos, con bienestar para todos, que es posible desafiar con éxito al imperialismo y a poderosas fuerzas dominantes. La derrota de la Revolución Cubana significaría no solo un retroceso enorme en las condiciones de vida de los trabajadores cubanos y la pérdida de la soberanía nacional, sino además un varapalo extraordinario para todas las causas y luchas populares a nivel internacional. Es, por tanto, su defensa, un deber ineludible de los explotados y rebeldes de todo el mundo. Y hoy más que nunca, su destino se decide en el desenlace de la lucha de clases internacional. La sobrevivencia y el triunfo definitivo del proyecto socialista cubano está determinado, en última instancia, por la extensión de la revolución socialista mundial. Por eso, la mejor solidaridad con ella es el desencadenamiento, en los distintos países, de procesos revolucionarios que se propongan la superación del capitalismo.









