El 2026 comenzó con un estallido. Más precisamente, comenzó con bombas explotando en Caracas y el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro. Por si no lo sabía, se supone que eso no debe suceder en el “orden internacional basado en reglas”.
Al principio, el primer ministro canadiense Mark Carney intentó evitar la incómoda verdad. En respuesta a las acciones de Trump en Venezuela, hizo una declaración insípida que no mencionó lo que realmente había sucedido, mientras al mismo tiempo aconsejaba a “todas las partes” a adherirse al “derecho internacional”.
Pero ahora la verdad es inevitable: el llamado “orden basado en reglas” está muerto, y no va a regresar.
La revelación de Davos
El discurso de Carney en la reunión del Foro Económico Mundial en Davos ha sido calificado por la CBC como un “homenaje póstumo al viejo orden mundial”. En él, Carney explicó que la nueva situación mundial es una en la que “las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de reglas y valores para la búsqueda sin trabas de su poder y sus intereses”.
Comentaristas de todo el espectro político han elogiado a Carney por esta evaluación honesta y contundente de la situación mundial. Pero el hecho es que era inevitable que la realidad se impusiera y obligara a los dirigentes mundiales a admitir que el llamado orden basado en reglas estaba muerto. Carney simplemente ha sido el más honesto al respecto hasta ahora.
De hecho, el discurso de Carney fue notable por su franqueza. Rara vez escuchamos a políticos imperialistas hablar tan claramente sobre el sistema que han creado para gobernar el mundo. En su discurso, Carney describió el orden internacional basado en reglas como una “ficción útil”, dominada por la “hegemonía estadounidense”. Explicó que “los más fuertes se eximían cuando les convenía, que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica, y que sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor, dependiendo de la identidad del acusado o de la víctima”.
Mientras muchos liberales han denunciado las acciones de Trump como un “retorno” al imperialismo, los comentarios de Carney han echado por tierra ese argumento. Las admisiones de Carney confirman todo lo que los marxistas siempre hemos explicado sobre las Naciones Unidas, el derecho internacional y todo el hipócrita orden internacional.
La apuesta utópica de Carney
Algo de lo que Carney no habló tan claramente es de qué “utilidad” encontraba exactamente el imperialismo canadiense en este viejo orden mundial. La verdad es que, en ese orden, Canadá era un socio menor del imperialismo estadounidense. Canadá se benefició del poderío militar de la OTAN (principalmente de Estados Unidos) y se desarrolló como una potencia minera y bancaria con intereses en todo el mundo. La “ficción útil” permitió al imperialismo canadiense emplear un doble discurso y hablar de “mantenimiento de la paz” y “democracia” mientras saqueaba las riquezas de África y América Latina.
Pero con la ruptura del viejo orden mundial, los intereses imperialistas de Canadá en el extranjero están amenazados. No solo eso: los estrechos vínculos económicos de Canadá con Estados Unidos, que antes eran una fuente de enorme fortaleza, ahora son su talón de Aquiles.
La “solución” de Carney es intentar formar una alianza de las “potencias medias”, porque “si no estamos en la mesa, estamos en el menú”.
Pero esto es un enorme sueño utópico.
Mientras que potencias medias como India y Brasil han podido apoyarse en China cuando han sido intimidadas por Estados Unidos, la situación es diferente para Canadá. Mientras que el 18 % de las exportaciones indias y el 12 % de las brasileñas fueron a Estados Unidos en 2024, esa cifra es del 76 % para Canadá.
Canadá depende abrumadoramente del mercado estadounidense y le será mucho más difícil alejarse de él. Además, como ha señalado el presidente del Consejo Empresarial de Canadá, Goldy Hyder: “Muchas cosas han cambiado este año, pero dos no lo han hecho: la geografía y las matemáticas”. Las economías canadiense y estadounidense están más integradas que las de cualquier otro par de países en el mundo. La frontera compartida es la más larga entre dos países. Y el mercado de consumo estadounidense es el más grande del mundo, y está justo al lado.
Estas dificultades se ven agravadas por la crisis de sobreproducción en todas partes y la clase dominante de cada país lucha por encontrar mercados para sus mercancías. En este contexto, pensar que Canadá va a encontrar de algún modo un reemplazo para Estados Unidos es, francamente, utópico. Aunque Carney ha apresurado acuerdos comerciales con una docena de países en los últimos seis meses, estos no reemplazarán al mercado estadounidense. En el improbable caso de que lo hagan en alguna medida, será a un gran costo.
Y luego está el elefante en la habitación: ¿qué piensa Trump de todo esto? En Davos, Trump lanzó una amenaza velada, declarando: “Deberían estar agradecidos con nosotros, Canadá. Canadá vive gracias a Estados Unidos. Recuerda eso, Mark, la próxima vez que hagas tus declaraciones”.
Con las negociaciones comerciales del Tratado comercial entre EE.UU., México y Canadá a la vuelta de la esquina, la situación no pinta bien para el capitalismo canadiense.
¡Trabajadores del mundo, uníos!
En su discurso, Carney utilizó una anécdota sobre un comerciante en Checoslovaquia, para entonces estado satélite de la URSS, que vivía una ficción al colocar el letrero “trabajadores del mundo, uníos” sabiendo que nadie creía en la consigna.
En efecto, era una frase vacía en los países del Bloque Soviético estalinista. La burocracia, al priorizar su propia supervivencia, sacrificó innumerables revoluciones en todo el mundo para mantener la “coexistencia pacífica” con los imperialistas occidentales.
Pero esta anécdota no significa que el internacionalismo de la clase trabajadora sea una ficción; ¡precisamente lo contrario!
Lo que fracasó en la Unión Soviética no fue el socialismo ni el comunismo, sino el estalinismo. Lo que el siglo XX nos enseñó es que el “socialismo en un solo país” no funciona.
En este nuevo orden mundial, no podemos depositar nuestra confianza en ningún gobierno capitalista, ya sea el de Trump o el de Carney, que ante todo velan por los intereses de su propia clase dominante.
En palabras francas de Carney, este nuevo orden mundial será “más pobre, más frágil y menos sostenible”.
¿Pero quién será más pobre exactamente?
Según Oxfam, la riqueza de los multimillonarios aumentó más rápido en 2025 que en los cinco años anteriores. Mientras tanto, las condiciones de vida de la clase trabajadora se han ido deteriorando de manera constante.
No hay que engañarse: en este nuevo orden mundial, al igual que en el viejo, serán los trabajadores quienes suframos las consecuencias de estas rivalidades inter-imperialistas.
Carney lo dejó claro en su discurso cuando se jactó de que planea duplicar el gasto militar para finales de la década. También mencionó recortes al impuesto sobre las ganancias de capital y a los impuestos empresariales para intentar estimular la inversión. Para financiar esto, el gobierno de Carney ya está entregando avisos de despido a miles de empleados públicos. Y esto es claramente solo el comienzo de una fase masiva de ataques a los servicios sociales, despidos, ataques a los sindicatos, etc.
Lo que enfrentamos es un nuevo orden mundial de conflictos imperialistas internos, en el que los trabajadores de cada país serán empujados al camino de la lucha. En esta lucha redescubrirán sus tradiciones revolucionarias y aprenderán quiénes son sus verdaderos amigos y enemigos.
Nos corresponde a nosotros construir un movimiento dotado del espíritu del internacionalismo proletario. Un movimiento que no enarbole “trabajadores del mundo, uníos” como una ficción conveniente, sino como la teoría que guía nuestra lucha contra la barbarie del capitalismo en decadencia.
Nuestros aliados no están en las salas de juntas de Bay Street ni en el Parlamento de Ottawa, sino en las calles de Minneapolis, en los vecindarios pobres de París y Londres, en los barrios de Venezuela y en las fábricas y minas de China.
Frente a este nuevo orden mundial de guerra, conflicto imperialista, miseria y decadencia, los trabajadores solo podemos confiar en nuestra propia fuerza.









