El siguiente documento fue aprobado en el Congreso Nacional de la Organización Comunista Militante (OCM), sección argentina de la Internacional Comunista Revolucionaria. En él presentamos nuestro análisis y perspectivas sobre la situación política, social y económica de la Argentina en el marco de la crisis histórica del capitalismo, así como las conclusiones y tareas que se desprenden de los debates colectivos desarrollados en el Congreso. Este texto expresa la orientación política y organizativa que guiará la intervención de la OCM en el próximo período.
Perspectivas Nacionales – Organización Comunista Militante
El capitalismo es un sistema complejo y caótico, compuesto por una gran multitud de procesos, agentes y factores que interactúan. Es tarea de los comunistas analizar la realidad de manera científica aplicando el método del marxismo para penetrar en la esencia de los procesos y no quedarnos en la simple descripción de sus manifestaciones externas. Si el análisis se limita a recopilar y enumerar datos empíricos no avanzaremos en la comprensión del fondo de lo que estamos observando.
Como señaló Lenin en sus Apuntes filosóficos, “La primera tarea de un análisis dialéctico es, por tanto, resaltar la necesaria conexión objetiva de todos los aspectos, fuerzas, tendencias… de la esfera dada de un fenómeno”.
Con este señalamiento Lenin nos plantea que no se trata de acumular datos ni de buscar causas superficiales, sino de revelar el sistema de relaciones internas que conforman la realidad social. Solo así se puede entender por qué los procesos del capitalismo, como las crisis, las guerras o las revoluciones, no son accidentes, sino expresiones necesarias de sus propias contradicciones.
La crisis del capitalismo mundial se expresa hoy en una inestabilidad política, económica y social de carácter cada vez más agudo, que acelera el derrumbe del viejo orden liberal internacional. Lo evidencia el empantanamiento de Occidente en Ucrania, el genocidio en Gaza, la guerra comercial y la incontrolable expansión de la deuda global. En este escenario, la disputa entre Estados Unidos y China no es un enfrentamiento entre sistemas sociales opuestos, sino una lucha interimperialista por mercados, materias primas y rutas comerciales en un mercado cada vez más chico.
Las contradicciones acumuladas durante más de quince años de estancamiento económico están estallando al mismo tiempo, profundizando la crisis del orden nacido de la posguerra. Esto confirma que el capitalismo en su decadencia histórica sólo ofrece guerras, destrucción ambiental y miseria.
Este proceso mundial tiene su reflejo particular en Argentina, donde la crisis toma una forma concreta con el debilitamiento del peronismo como mediador entre el capital y el trabajo, agotado por años de conciliación de clases y por la erosión acelerada de su base obrera. A la vez se debilitan las distintas variantes burguesas que antes podían ofrecer cierta estabilidad política.
Amplios sectores de la clase trabajadora y de la juventud ven cómo sus condiciones de vida se deterioran gobierne quien gobierne, mientras crece una profunda crisis de legitimidad de las instituciones del Estado burgués. Esa descomposición no es algo pasajero, es la señal de que se están gestando las condiciones objetivas para una salida revolucionaria. La tarea esencial de nuestro tiempo es la construcción consciente del partido marxista: la Internacional Comunista Revolucionaria, en Argentina la Organización Comunista Militante.
La crisis económica viene minando las bases materiales de la legitimidad del régimen, mientras la crisis política acelera el descrédito de las instituciones que deberían garantizar el orden para que los capitalistas puedan hacer sus negocios. A esto se suma la crisis ideológica, nacida de la impotencia de los partidos burgueses para ofrecer algo diferente al ajuste y la represión, lo que alimenta una desconfianza generalizada. El resultado es una crisis del Estado burgués, una crisis de poder en la que la clase dominante intenta sostener sus ganancias y mantener el orden social que las garantiza, aunque cada maniobra de estabilización abre nuevas fisuras y contradicciones.
Desde el inicio de esta etapa la economía argentina atravesó seis recesiones bajo distintos gobiernos, expresión concreta de la crisis estructural que ya describimos. Cada una tuvo su detonante, ya fuera la crisis financiera internacional, las devaluaciones, el endeudamiento, la pandemia o el ajuste actual, pero todas respondieron al mismo proceso estructural, el agotamiento del capitalismo argentino como parte de la crisis orgánica del capitalismo mundial.
Con cada nueva crisis aumentaron la pobreza, la precarización laboral, los cierres de fábricas y el deterioro de la vivienda, la educación y la salud públicas. Los trabajadores y el pueblo pobre fueron empujados hacia abajo, con un deterioro drástico de sus condiciones de vida y una desigualdad cada vez más profunda. El desmoronamiento de estas condiciones vació de contenido la imagen, tan arraigada en el sentido común peronista, de un ascenso social permanente y de una “clase media” sólida. Hoy esa representación funciona más como un reflejo ideológico del pasado que como una descripción de la realidad material del país.
Este empobrecimiento masivo, fruto del ajuste permanente que los capitalistas imponen, no sólo genera resignación sino que también va incubando, de manera silenciosa pero persistente, el proceso molecular de la revolución. Bajo la superficie de la vida cotidiana se acumulan tensiones y experiencias que dan lugar a conclusiones parciales, todavía dispersas y no sistematizadas, que preparan el terreno para cambios abruptos en la conciencia de las masas y estallidos abiertos de la lucha de clases.
En este marco, ese proceso subterráneo empieza a hacerse visible. La indignación acumulada, que al principio aparece de forma dispersa, comienza a expresarse en distintas formas de resistencia. Cada intento de descargar la crisis sobre las espaldas de la clase trabajadora ha encontrado la respuesta activa de sectores numerosos de trabajadores y de la juventud. Huelgas, movilizaciones y acciones de protesta en defensa del salario, la educación y la salud pública, así como las luchas de las mujeres, los jubilados y las personas con discapacidad, han expresado el rechazo a las medidas de ajuste y al retroceso de derechos conquistados. Frente a ello, el actual Gobierno Nacional respondió profundizando el carácter represivo del Estado, con persecución judicial y criminalización de la protesta. Hasta el momento no existe una instancia política capaz de unificar todas las luchas en curso. La clase trabajadora lucha como puede ante la ausencia de una dirección política o sindical con autoridad de masas que enfrente a Milei de manera abierta y decidida, y que en lugar de movilizar a los trabajadores, mantiene las luchas aisladas y fragmentadas.
Este deterioro social se expresa en cifras contundentes. Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina, la pobreza por ingresos se ubicó en torno al 36,3% de la población en el tercer trimestre de 2025 y la indigencia en aproximadamente el 6,8%, niveles que permanecen estructuralmente elevados. Este cuadro social constituye el telón de fondo material sobre el que se desarrolla la crisis política y económica actual.
El capitalismo argentino
El desarrollo del capitalismo en Argentina estuvo determinado desde el inicio por la expansión del capitalismo mundial. Durante la etapa colonial, el territorio se integró a las redes del capital mercantil europeo, exportando principalmente cueros, sebo y plata, mientras importaba bienes manufacturados como textiles, herramientas metálicas, armas, vinos, aceites y artículos de lujo de origen español y europeo, preparando el terreno para su plena inserción en el mercado mundial cuando el capitalismo industrial se consolidó en las potencias europeas. A fines del siglo diecinueve, el país ingresó como exportador agropecuario especializado, por ejemplo en carne vacuna, trigo y lana, en un período en el que el capital británico, expresión del capital financiero monopolista, controló el comercio exterior marítimo, los ferrocarriles, la banca y sectores estratégicos. Esta dominación generó, como explica Lenin, sólidos lazos entre el capital financiero imperialista y la burguesía local, cuyo proceso de acumulación se subordinó a los monopolios extranjeros y a la división internacional del trabajo impuesta por el imperialismo.
Esta trayectoria no convierte a Argentina en una semicolonia. Ese término es más adecuado para países cuya independencia había quedado reducida a una formalidad por tratados desiguales, concesiones territoriales, capitulaciones y la división en zonas de influencia entre potencias imperialistas, como China, el Imperio Otomano o Persia.
Lenin no construyó una categorización rígida de colonias, semicolonias y países dependientes, sino que empleó estas categorías de forma histórica y comparativa para señalar distintos modos de sometimiento bajo el capital financiero. Su método no busca clasificaciones taxativas, busca captar el contenido concreto de cada caso. En ese marco, cuando menciona a Argentina en El imperialismo, fase superior del capitalismo, lo hace como un país políticamente independiente sometido a la influencia económica y diplomática del imperialismo británico, no como una semicolonia en el sentido que reserva para China, Persia u otros territorios.

Argentina aparece en su análisis como un Estado soberano cuya economía quedó subordinada al capital financiero inglés mediante la deuda externa, los préstamos y el control de los ferrocarriles y del comercio exterior, estableciendo sólidos vínculos entre la burguesía local y la diplomacia británica. Portugal constituye otro ejemplo similar. En ambos casos se trata de una dominación principalmente económica y diplomática, sin pérdida de la independencia estatal ni riesgo de partición territorial, rasgos que sí caracterizaban a las semicolonias clásicas.
Argentina desarrolló bajo la influencia británica formas plenamente capitalistas, como ferrocarriles, bancos, puertos y una burguesía moderna. Pero todo ese desarrollo quedó subordinado a los intereses del capital financiero inglés, que controló los sectores decisivos de la economía. Esta fue la expresión específica del desarrollo desigual y combinado en el país. Por ello, el imperialismo nunca necesitó protectorados formales ni ocupación militar. Le bastó con el endeudamiento, el control del comercio y la presión diplomática, es decir, los mecanismos típicos del imperialismo monopolista.
A partir de la crisis mundial de 1929 se abrió una nueva etapa. A través de mecanismos estatales de transferencia, parte de la renta agraria se dirigió hacia el desarrollo industrial orientado al mercado interno, impulsando la sustitución de importaciones. Durante el peronismo, esta orientación tomó la forma de una industrialización centrada en la industria liviana, en particular en la industria blanca y la producción de bienes de consumo, pero que también incluyó avances limitados en ramas de carácter pesado y estratégico, como la siderurgia, la metalmecánica, y la energía nuclear, entre ellos la creación de SOMISA, sin modificar los límites estructurales del sistema capitalista. La Segunda Guerra Mundial profundizó de manera excepcional este proceso, aunque limitado por la dependencia tecnológica, la ausencia de un sector autónomo de bienes de capital y la vinculación orgánica con el capital extranjero. La crisis de 1952 expuso esos límites, aunque el proceso de industrialización continuó, con avances y retrocesos, hasta entrar en tensión abierta con la crisis internacional de 1973.
Tras la guerra, el declive del imperialismo británico y el ascenso de los Estados Unidos modificaron la forma concreta de la dominación imperialista. El capital norteamericano pasó a ocupar un lugar central en la banca, los hidrocarburos, la industria automotriz y la inversión extranjera directa, desplazando a los monopolios británicos conforme a las tendencias señaladas por Lenin para la fase imperialista del capitalismo, donde la exportación de capital, la competencia entre grandes potencias por mercados y materias primas y la hegemonía del capital financiero determinan la reorganización del sistema.
Desde mediados del siglo veinte, la economía argentina se vio cada vez más atravesada por la deuda externa, la presión del capital financiero y la extranjerización de sectores estratégicos, procesos profundizados con la recesión mundial de 1973 y la dictadura de 1976, que consolidaron un patrón de acumulación basado en la especulación financiera y en una desindustrialización relativa, todo ello como expresión de las contradicciones del imperialismo monopolista.
Definir a Argentina como semicolonia ha conducido a errores estratégicos graves. Entre ellos se encuentran la ilusión de etapas democrático burguesas previas al socialismo, la búsqueda de alianzas con supuestos sectores progresistas de la burguesía y consignas oportunistas como la segunda independencia o la necesidad de una Asamblea Constituyente. La historia económica del país expresa, más bien, el funcionamiento concreto del desarrollo desigual y combinado bajo la fase imperialista del capitalismo. Sus límites no provienen de un supuesto atraso semicolonial, provienen de las contradicciones inherentes al sistema mundial dominado por el capital financiero. Solo la intervención consciente de la clase trabajadora, encabezando la revolución socialista a través de su vanguardia organizada bajo el programa del marxismo, puede romper esta cadena imperialista y reorganizar la producción sobre bases verdaderamente internacionales y proletarias.
Esta comprensión del desarrollo del capitalismo argentino es fundamental para armar políticamente a los comunistas, porque en nuestro país existe una tradición que al equiparar dependencia económica con dominación política directa tiende a caracterizar a Argentina como un país semicolonial. Esa mirada, aun cuando parte de preocupaciones genuinas sobre la relación con el imperialismo, termina reduciendo la historia del capitalismo argentino a un esquema estático que no permite comprender su desarrollo real como un país capitalista plenamente integrado al mercado mundial, y expresa también una concepción de raíz estalinista que desconoce el contenido de la teoría de la revolución permanente, según la cual las tareas democráticas y nacionales sólo pueden resolverse bajo la dirección del proletariado y mediante la revolución socialista. Evitar esa confusión es clave para mantener la perspectiva marxista centrada en el objetivo central: la lucha por el poder obrero como única salida a las contradicciones del capitalismo argentino.
Este mismo patrón de subordinación económica sin pérdida de soberanía formal se reproduce hasta hoy, ahora bajo la hegemonía del capital financiero norteamericano y chino, y constituye la base material de todas las ilusiones etapistas y nacionalistas que el peronismo, el estalinismo y sectores del trotskismo en Argentina han encarnado de manera histórica.
La clase obrera
La formación del movimiento obrero acompañó el desarrollo desigual y combinado del capitalismo en el país. Desde fines del siglo diecinueve, el crecimiento ferroviario y portuario junto con la expansión de talleres, frigoríficos y manufacturas orientadas al mercado interno dio origen a nuevas concentraciones obreras en Buenos Aires, Rosario, Bahía Blanca y otras ciudades en rápido crecimiento.
A partir de 1870 surgieron sociedades de resistencia anarquistas, ligas obreras, sindicatos de oficio y federaciones locales que organizaron huelgas generales en 1902, 1907 y 1912. La Semana Roja de 1909, la Semana Trágica de 1919 y las luchas de la Patagonia de 1921 revelaron la capacidad de acción independiente del proletariado y mostraron los límites represivos del régimen oligárquico.
La Revolución Rusa de 1917 produjo un giro político en sectores avanzados del movimiento obrero y abrió un debate sobre la necesidad de un partido de clase. La ruptura del ala izquierda del socialismo y la creación del Partido Comunista en 1918 expresaron este proceso, aunque su débil implantación industrial limitó su influencia durante la década siguiente.
El derrumbe del comercio internacional tras 1929 alteró la estructura social del país. La caída de las importaciones impulsó la expansión de ramas fabriles existentes, como textiles, alimentos procesados y metalmecánica, lo que generó una nueva clase obrera fabril más joven y concentrada que comenzó a desplazar el predominio del anarquismo y del sindicalismo de oficio.
En este escenario surgieron métodos de organización más estables y centralizados, como comisiones internas y delegados por fábrica, que reemplazaron la acción dispersa por oficio propia del período anterior y permitieron huelgas y movilizaciones coordinadas a escala industrial.
Sobre esta base surgió en los años cuarenta la reorganización sindical y la irrupción del peronismo, que integró a la CGT al aparato del Estado. Este proceso estuvo acompañado por un enorme fortalecimiento de la organización sindical de los trabajadores, una expansión sin precedentes de la afiliación y de la capacidad de negociación colectiva, lo que elevó de manera significativa el nivel de vida de una franja considerable de la clase obrera. Al mismo tiempo, este modelo consolidó la subordinación política del movimiento obrero a un proyecto burgués y bloqueó su independencia de clase.
Tras el golpe de 1955, la resistencia obrera mostró la persistencia de una identidad social cohesionada. Huelgas, tomas de fábricas y acciones clandestinas evidenciaron un alto nivel de combatividad, pero la conducción sindical actuó de forma sistemática para evitar que esta fuerza se transformara en una salida política independiente.
Durante los años sesenta, el desarrollo de sectores estratégicos como metalurgia, automotriz y energía generó nuevas generaciones obreras con fuerte organización en comisiones internas y cuerpos de delegados. De este proceso surgieron movimientos antiburocráticos que confluyeron en los levantamientos del Cordobazo y el Rosariazo en 1969. Estas insurrecciones paralizaron al país, pusieron en crisis a la dictadura de Onganía y demostraron la capacidad objetiva de la clase trabajadora para abrir una situación revolucionaria, aunque sin una dirección marxista capaz de unificar y orientar esa fuerza. Este proceso en Argentina formó parte de una oleada internacional de luchas obreras y juveniles, con expresiones emblemáticas como Mayo del 68 en Francia, las grandes huelgas obreras en Italia, los levantamientos estudiantiles en México y Estados Unidos y las protestas masivas que atravesaron Europa y partes de Asia.
La dictadura iniciada en 1976 buscó destruir esa tradición mediante un terrorismo de Estado orientado a desarticular el núcleo organizado del movimiento obrero. Miles de delegados y activistas fueron perseguidos y asesinados, mientras la reestructuración económica destruyó ramas industriales enteras y fragmentó a sectores del proletariado.
Con la restauración democrática de 1983, la clase trabajadora mantuvo su capacidad de acción colectiva, reflejada en las huelgas generales contra el gobierno de Alfonsín. A la vez, la conducción sindical priorizó la negociación incluso cuando el programa de los años noventa, durante el menemismo, privatizó empresas estatales, destruyó puestos de trabajo y extendió la precarización. De esta devastación surgió una nueva forma organizativa de la clase obrera, que se expresó en el movimiento piquetero, integrado por trabajadores expulsados de la producción que organizaron formas propias de lucha frente al desempleo y la marginalización, pero cuyo desarrollo estuvo marcado por la dificultad para articularse de manera orgánica con la clase obrera ocupada, lo que constituyó un límite central de su potencial como fuerza independiente. En ausencia de una táctica que logre unificar a trabajadores ocupados y desocupados bajo una perspectiva común, una parte importante de este movimiento evolucionó posteriormente hacia formas organizativas crecientemente institucionalizadas, integradas a la gestión estatal de la asistencia social, dando lugar a los llamados movimientos sociales. Este modelo los volvió especialmente vulnerables a los cambios en las políticas del Gobierno Nacional. Esta dinámica adquiere nueva actualidad bajo el gobierno de Milei, cuyo programa de ajuste y recesión ya ha provocado la destrucción de cientos de miles de puestos de trabajo, ampliando nuevamente el ejército de desocupados y precarizados.
La crisis de 2001 condensó todas las tendencias del período. El colapso del régimen político, las asambleas populares, los piquetes y la reapertura de fábricas recuperadas mostraron que amplios sectores obreros estaban dispuestos a actuar por fuera de las instituciones burguesas. Sin una dirección revolucionaria que orientara esa energía hacia la toma del poder, la burguesía logró recomponer el orden apoyándose en nuevas variantes del peronismo, que retomaron su papel histórico como mediador y contenedor del movimiento obrero dentro del capitalismo argentino.

En la Argentina de 2025 la clase obrera no ha desaparecido ni se ha diluido en mil fragmentos impotentes, como pretenden los voceros de siempre, tanto de derecha como de la falsa izquierda posmoderna. Sigue constituyendo la inmensa mayoría de la población ocupada, el 72.4% de los trabajadores son asalariados, más de nueve millones y medio de personas, y se ha vuelto más numerosa, más extendida y más diversa que en cualquier otro momento de nuestra historia. Mineros de la cordillera, obreros de las fábricas metalúrgicas y del automóvil, portuarios de Rosario y Buenos Aires, obreros rurales del complejo sojero de la región pampeana, frutícolas de Río Negro y Neuquén, vitivinícolas de Cuyo y citrícolas del norte, trabajadores de la salud pública y privada, docentes, investigadores y técnicos científicos, repartidores de aplicaciones, operarios de centros logísticos, empleadas de call centers, choferes de colectivos y subtes, albañiles, peones de la construcción, trabajadores de la energía y las telecomunicaciones, millones de informales sin derechos ni aportes, todos, sin excepción, forman parte de la misma clase porque solo poseen su fuerza de trabajo para vivir y porque su destino está ligado al salario y a la lucha contra la explotación capitalista.
El capitalismo argentino ha extendido la proletarización a cada ámbito de la vida social. Los que hoy sostienen que la precariedad, la informalidad o la dispersión vuelven inviable a la clase obrera son los mismos que desde hace años anuncian la desaparición del proletariado con cada cambio técnico, desde la cadena de montaje hasta la terciarización y la llegada de internet. También afirman que los trabajadores de los servicios o de sectores más pequeños carecen de peso estratégico. No es cierto, lo han demostrado en innumerables ocasiones y lo seguirán demostrando. De todos modos, la experiencia histórica indica que, cuando los grandes batallones industriales entran en escena, empujan al conjunto del proletariado y elevan la lucha a un nivel más alto.
La historia les responde siempre igual. Cuando la crisis golpea y la lucha de clases se agudiza, esos millones aparentemente fragmentados se reconocen como una sola clase, lo que demuestra que la clase obrera no se debilitó de manera irremediable. Cambió y se fragmentó, pero conserva intacta su fuerza estratégica.
Por eso continúa siendo el único sujeto capaz de dirigir una transformación revolucionaria. Es la clase de la que el capital depende por completo para producir y reproducir el valor y es la única que, al organizar colectivamente la producción socializada que sostiene, puede abolir las relaciones capitalistas y fundar un orden nuevo sobre bases comunistas.
Milei
El ascenso de Javier Milei debe ser comprendido como un fenómeno ligado a la crisis orgánica del capitalismo mundial. No surge como desviación coyuntural ni como simple expresión del descontento social, surge como resultado de la erosión prolongada de los mecanismos de mediación entre las clases, en particular del peronismo, que durante décadas funcionó como canal de contención. La incapacidad de su programa de conciliación de clases para gestionar la crisis capitalista, expresada en la inflación crónica y el deterioro de los niveles de vida, erosionó su autoridad política y abrió un vacío que fue ocupado por un demagogo reaccionario en un contexto de polarización social creciente.
Ya en 2023 se veía que los partidos del régimen se separaban de las masas. Los trabajadores, las mujeres y hombres de a pie y la juventud cargaban sobre sus espaldas una crisis que no provocaron. Esa crisis no puede atribuirse sólo a Alberto Fernández o a Mauricio Macri, forma parte de procesos en el mercado capitalista mundial y van más allá de las acciones de un presidente. Es decir, impactaron desde la crisis de 2008 y en la economía argentina en 2010 y 2011. En esos años, durante el segundo gobierno de Cristina Fernández, comenzaron a aplicarse medidas de ajuste en nombre de la llamada “sintonía fina”, expresión concreta de los límites impuestos por la crisis mundial y del giro del peronismo hacia políticas que ya anticipaban el agotamiento de su programa.
Milei capitalizó una combinación de elementos contradictorios, como el descontento popular generalizado, el deterioro acelerado de las condiciones materiales de vida y la frustración acumulada ante el fracaso de las distintas gestiones peronistas, todo ello en un clima ideológico marcado por la descomposición del relato reformista. Ese clima no es un fenómeno exclusivamente nacional, es un clima de época internacional producto de la crisis secular del capitalismo, en el que el centro político que durante muchos años representó el statu quo se desvanece y se polarizan las tendencias. En ese marco, Milei aparece como la expresión local de ese proceso. Su discurso de demolición del Estado, presentado como motosierra contra la casta, funcionó como un mecanismo de canalización distorsionada del hartazgo, especialmente en sectores de la pequeña burguesía empobrecida y en capas precarizadas de la juventud, aunque también con apoyo en franjas de la clase trabajadora. Los principales grupos económicos y sus personeros mediáticos interpretaron este proceso como una oportunidad para imponer un ajuste más drástico y contribuyeron de manera decisiva a su ascenso.

Desde el inicio de su mandato, Milei aplicó un programa orientado a descargar el peso de la crisis sobre la clase trabajadora. La devaluación inicial del ciento dieciocho por ciento operó como un mecanismo brutal de transferencia de ingresos hacia los sectores exportadores y financieros y desató una recesión profunda por falta de poder adquisitivo de las masas trabajadoras. Entre diciembre de 2023 y diciembre de 2024, el salario real de los trabajadores registrados acumuló una caída cercana al 20%, como resultado de una inflación que superó ampliamente las recomposiciones salariales (INDEC, Índice de Salarios). La caída de la producción industrial, la paralización de la construcción y el cierre masivo de pequeñas y medianas empresas expresan el carácter especulativo de un proyecto que busca recomponer la rentabilidad del capital financiero aun a costa de destruir amplias fracciones del aparato productivo. Los datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo indican un cierre de más de 20.000 empresas, y la pérdida de más de 280.000 empleos registrados desde la asunción de Milei al final del 2023. Incluso sectores industriales concentrados, como el grupo Techint encabezado por Paolo Rocca, comenzaron a reclamar modificaciones parciales del rumbo, aunque en lo esencial siguen respaldando al gobierno.
Este programa se sustentó, además, en un ajuste severo del gasto público, orientado a garantizar el pago de la deuda y recomponer la rentabilidad del capital. Durante 2024, el gasto público sufrió recortes reales de dos dígitos, con caídas superiores al 30% en términos reales en partidas como jubilaciones, educación y obra pública nacional, trasladando el peso del ajuste directamente sobre trabajadores, jubilados y estudiantes (Ministerio de Economía, ejecución presupuestaria nacional; ASAP).
El impacto de este programa se refleja también en el mercado de trabajo, donde la recesión profundiza la degradación de las condiciones laborales. Hacia el cuarto trimestre de 2024, la desocupación se ubicó en torno al 7,5%, mientras que la presión sobre el mercado laboral (que incluye desocupados, subocupados y ocupados que buscan otro empleo) superó el 30%, evidenciando una creciente inestabilidad y precarización del empleo (INDEC, Encuesta Permanente de Hogares).
El uso sistemático de decretos, la desregulación laboral, los protocolos represivos y la criminalización de la protesta se han convertido en una constante del gobierno. Esta orientación busca reescribir el papel histórico de las fuerzas represivas y reconstruir un consenso basado en la coerción como instrumento central de disciplina social. Este giro no es un accidente sino una expresión de la debacle de la democracia burguesa en la etapa actual, donde las instituciones dejan de recurrir a los velos de igualdad formal y actúan cada vez más abiertamente como ejecutoras directas de los intereses del capital. La Ley Bases, hoy en vigencia, condensó este proceso al consagrar un retroceso estructural de derechos laborales y sociales, y la avanzada hacia una reforma laboral apunta a legalizar condiciones de precarización que ya rigen en sectores importantes de la economía.
El intento de imponer reformas laborales, previsionales y tributarias en el marco de un ajuste inédito prepara una etapa superior de tensiones y de lucha de clases. El gobierno de Milei no ofrece una salida a la crisis, intenta administrarla en beneficio del capital financiero. Sus políticas profundizan las contradicciones estructurales de un capitalismo estancado desde 2011, incapaz de sostener niveles de vida viables para la mayoría y subordinado a los flujos financieros internacionales. La caída de su apoyo social entre la clase trabajadora refleja la imposibilidad de estabilizar un proyecto que se basa en el deterioro sistemático de las condiciones de vida de las masas. Aunque el mapa electoral pareció pintarse de violeta en las elecciones de octubre de 2025, los resultados mostraron un retroceso de Milei en los principales distritos obreros del país, con fugas de entre siete y trece puntos en el conurbano bonaerense y una abstención superior a los diez millones de votantes a escala nacional. En el sur de la Ciudad de Buenos Aires y en otras ciudades de composición popular, el voto trabajador se fragmentó o se volcó a la abstención, mientras el crecimiento más claro de Milei se concentró en sectores de la pequeña burguesía y en capas acomodadas. Este es el nudo gordiano para la clase dominante, que debe encontrar la forma de continuar el ajuste a través de los partidos del régimen sin desatar una explosión por abajo.
Crisis de régimen
El ascenso de Milei muestra que la crisis que atraviesa el país no se limita a un gobierno particular, alcanza al régimen político en su conjunto. En los últimos años las principales fuerzas del sistema perdieron autoridad y ya no logran canalizar el descontento social como lo hicieron en el pasado. La alternancia de gobiernos, lejos de renovar la confianza, profundiza el desgaste del marco institucional.
La caída de la participación electoral confirma esta tendencia. En 2025, más de doce millones de personas no votaron y la asistencia a las urnas se ubicó en los niveles más bajos desde 1983 (Dirección Nacional Electoral). Este fenómeno no puede reducirse a apatía individual, expresa el alejamiento de capas significativas que ya no ven en los partidos del régimen una herramienta capaz de ofrecer soluciones reales.
La desconfianza hacia las instituciones da cuenta de una crisis profunda, aunque esto no implica de manera automática una irrupción de las masas en el escenario político. La actual estabilización reaccionaria convive con ese descrédito y se sostiene mediante la intervención del imperialismo, que busca evitar desbordes y prolongar el orden existente. Esta recomposición parcial se asienta sobre bases frágiles y contradictorias que pueden reabrir nuevas situaciones de crisis a medida que avance el ajuste y se agote el margen otorgado por el financiamiento externo.
Esta pérdida de legitimidad no se resolverá con cambios de nombres ni reacomodamientos parlamentarios. Surge de contradicciones estructurales que limitan la capacidad del régimen para integrar de manera política a las masas y asegurar un funcionamiento estable. El resultado es una situación de equilibrio inestable en la que las tensiones acumuladas encuentran cada vez menos canales dentro del marco institucional.
Mientras tanto, la burguesía intenta prolongar la estabilización apoyándose en la recesión interna, en la represión y en el respaldo externo. A la vez este equilibrio depende de factores que no controla de forma plena, como la evolución de la economía mundial, los intereses del imperialismo y el nivel de resistencia de la clase trabajadora. Las contradicciones de fondo siguen abiertas y pueden reactivarse con fuerza apenas se modifiquen estas condiciones.
El peronismo y los sindicatos
Desde mediados del siglo veinte, con la consolidación del movimiento obrero industrial y la reorganización sindical de los años cuarenta, el peronismo integró a los sindicatos al aparato del Estado y fijó un modelo de mediación que marcó toda la segunda mitad del siglo. Tras la destrucción de la vanguardia obrera en 1976 y las transformaciones económicas posteriores, ese vínculo adoptó un carácter cada vez más conservador, ajustado a un capitalismo argentino que, como ya señalamos anteriormente, vive un estancamiento prolongado.
En este marco, el aparato sindical peronista funciona como una pieza clave del régimen. La burocracia utiliza su peso en los lugares de trabajo para garantizar que la respuesta obrera al ajuste permanezca fragmentada, localizada y controlada, evita que la combatividad existente se transforme en una amenaza política para el conjunto del sistema.
La burocracia sindical peronista
La burocracia sindical no representa los intereses históricos de los trabajadores. Constituye una excrecencia parasitaria con intereses propios cuya existencia depende de garantizar la estabilidad del régimen. Su integración material al Estado mediante obras sociales, cajas millonarias, subsidios y acuerdos permanentes consolidó un vínculo estable con todos los gobiernos patronales. Frente al ataque de la clase dominante a través de Milei, la burocracia de la CGT se orienta a preservar su propio entramado de poder antes que a organizar una resistencia efectiva. Fragmenta convenios, acuerda aumentos por debajo de la inflación, negocia a espaldas de las bases y desactiva cualquier intento de coordinación que pueda convertir la resistencia dispersa en una fuerza unificada, para conservar parcelas de su influencia.
La coexistencia de la dirigencia de la CGT y la CTA no expresa diversidad sindical real, expresa dos manifestaciones de una misma burocracia. La CGT, columna vertebral del pacto social peronista, inmoviliza a los sectores productivos con un aparato verticalista que limita la iniciativa de las bases. La CTA nació como ruptura democratizadora pero terminó subordinada al Estado bajo formas presentadas como progresistas. Sus direcciones administran programas sociales, subsidios y cooperativas que desvían la bronca hacia salidas institucionales sin horizonte. Ambas estructuras cumplen una función complementaria que debilita a la clase trabajadora e impide que actúe en defensa de sus intereses.
No colocamos un signo igual entre ambas conducciones porque la CGT y la CTA surgieron de contextos distintos y condensan tradiciones diferentes dentro del movimiento obrero. La CGT, fundada en 1930 y posteriormente integrada al proyecto peronista como eje organizador de su modelo de mediación entre el capital y el trabajo, se estructuró históricamente sobre los sectores productivos más concentrados y desarrolló un aparato centralizado y fuertemente disciplinado. La CTA, creada formalmente en 1991 y proyectada políticamente en 1992 con el Grito de Burzaco, nació como una escisión crítica frente a ese verticalismo y a la integración orgánica de la dirigencia sindical al Estado, con mayor presencia en los sectores estatales, docentes y en ámbitos vinculados a los movimientos sociales. Estas diferencias explican determinados matices en su composición social y en sus formas de intervención, pero no modifican el hecho esencial de que ninguna de las dos ha logrado abrir un camino de independencia de clase. En la práctica ambas terminan ubicándose dentro del marco general de mediación que sostiene al régimen político, más allá de los recorridos particulares que cada una atravesó.

La burocracia mantiene una capacidad de movilización de su aparato, expresada en paros generales y actos masivos. Esa fuerza organizada sirve para contener y desactivar la acción independiente de las bases cada vez que la presión desde abajo amenaza con desbordar los límites que plantea la burguesía, lo que confirma su carácter integrado al Estado y su función de neutralizar la potencialidad revolucionaria de los trabajadores. Las fisuras parciales existentes, como tendencias combativas, cuerpos de delegados clasistas y coordinadoras embrionarias, ofrecen puntos concretos de apoyo para la intervención revolucionaria pero hoy en día se encuentran lejos de poner en jaque la función estructural de la burocracia como sostén de la gobernabilidad burguesa.
La intervención marxista no puede limitarse al terreno sindical formal. Allí donde existan sindicatos, es necesario disputar su dirección, porque siguen siendo las organizaciones defensivas fundamentales del proletariado. En los sectores estratégicos como logística, metalurgia, energía, transporte, puertos y telecomunicaciones, la lucha por recuperar los sindicatos es clave para que la clase trabajadora ejerza su poder potencial. En los sectores precarizados, informales, cooperativizados o sin representación efectiva, la autoorganización por fuera de los sindicatos suele ser el primer paso posible. Asambleas autoconvocadas, comités de acción, plenarios de delegados de base, coordinadoras zonales y organismos multisectoriales surgen como una respuesta directa a la parálisis burocrática.
Las asambleas autoconvocadas no son ajenas al movimiento obrero. Representan la forma más elemental y auténtica de la democracia de clase. En ellas se expresa la soberanía de la base, el mandato imperativo y revocable, la elección directa de delegados y el control colectivo de las decisiones. En períodos de crisis, estas formas resurgen de manera espontánea porque la clase trabajadora busca organizarse más allá de los límites que imponen las direcciones burocráticas. Cuando estas asambleas se coordinan entre distintos sectores y adquieren continuidad, pueden transformarse en embriones de organismos de poder obrero capaces de romper la pasividad de la cúpula sindical o incluso desplazarla mediante la acción directa. En este sentido la consigna del Congreso Obrero, como una manera de aglutinar a la clase independientemente de si está sindicalizada o no, empleada o no, mantiene absoluta vigencia.
La crisis de dirección del movimiento obrero no se resolverá únicamente desde dentro de los sindicatos ni únicamente desde afuera. La estrategia revolucionaria exige combinar ambos terrenos. En la fase actual, para nuestra organización, esta orientación tiene un carácter fundamentalmente propagandístico y de preparación política, ya que no constituye todavía una tarea práctica general de la OCM mientras no contemos con fuerzas suficientes. Nuestra tarea hoy es explicar y defender, en el plano político y propagandístico, la necesidad de la disputa de la orientación sindical, la importancia de organismos democráticos de base frente al bloqueo de la estructura oficial, la perspectiva de coordinar experiencias internas y externas bajo una misma orientación y el objetivo estratégico de unificar a lo más combativo del proletariado detrás de un programa de poder obrero. Esta articulación aparece como una perspectiva histórica, que solo podrá desarrollarse plenamente cuando existan las fuerzas materiales y organizativas necesarias para superar el cerco de la burocracia y preparar a la clase trabajadora para intervenir de manera independiente en la lucha de clases, transformando su papel clave en la producción en fuerza política.
La agitación por una Huelga General mantiene una importancia dentro de nuestra explicación de las tareas generales del movimiento, en tanto forma parte del esfuerzo por señalar que las luchas parciales y sindicales sólo pueden encontrar una salida duradera como parte de una lucha política más amplia de la clase trabajadora.
Desde el punto de vista táctico, la intervención revolucionaria se plantea como una orientación general que debemos propagandizar en ambos planos. En el terreno sindical, la disputa de cuerpos de delegados, el fortalecimiento de tendencias clasistas, antiburocráticas y combativas, el desarrollo de asambleas democráticas y la defensa del mandato de base. Por fuera de los sindicatos, la articulación de comités de acción, asambleas autoconvocadas y coordinadoras multisectoriales capaces de reagrupar a la vanguardia obrera. El objetivo político de este planteo busca convertir la combatividad dispersa en fuerza organizada, superar la tutela de la burocracia y preparar a la clase trabajadora para asumir la dirección de la sociedad. Solo la construcción consciente de un partido revolucionario armado con las ideas del marxismo puede transformar estos embriones de poder obrero en organismos capaces de cuestionar al Estado capitalista y abrir el camino hacia el socialismo.
El peronismo como dirección política
El peronismo atraviesa una crisis de grandes proporciones que expresa el agotamiento relativo de su papel como mediador entre el capital y el trabajo. Durante décadas integró a amplios sectores de la clase trabajadora al régimen mediante concesiones parciales y un discurso nacional y popular que pretendía armonizar intereses irreconciliables. Ese equilibrio se sostenía mientras el capitalismo argentino conservaba márgenes para amortiguar los choques de clase. La prolongada crisis orgánica, caracterizada por estancamiento, inflación crónica, endeudamiento y subordinación al capital financiero, destruyó las bases que hacían posible ese proyecto.
La pérdida acelerada de autoridad política y de votos expresa ese agotamiento. Millones de trabajadores y jóvenes vieron deteriorarse sus condiciones de vida durante el gobierno de Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Massa, que aceptaron los límites impuestos por el FMI y el capital financiero y administraron políticas de ajuste que profundizaron el empobrecimiento masivo. En estas condiciones el reformismo perdió toda capacidad de presentarse como alternativa y quedó reducido a un mecanismo de preservación del orden existente.
En la crisis secular del sistema, cuando el capitalismo no puede otorgar concesiones, quienes sostienen la conciliación de clases terminan actuando como mariscales de la derrota, administrando el ajuste y llevando adelante las contrarreformas. Este desgaste extendido entre una parte considerable de la clase trabajadora y de la juventud abre un terreno más favorable para que las ideas revolucionarias puedan disputar influencia entre los sectores más lúcidos, pero también presenta una oportunidad para demagogos reaccionarios como Milei de cabalgar sobre la frustración de sectores más atrasados de la clase trabajadora y la pequeña burguesía.
La proscripción de Cristina Fernández mediante una sentencia judicial acelerada y sin pruebas convincentes mostró que un sector del poder económico, del capital financiero y del aparato estatal decidió desplazar al kirchnerismo incluso dentro de los propios límites del régimen. Esto no implica desconocer que la corrupción es un rasgo estructural de todos los gobiernos burgueses, sino señalar que la burguesía utiliza esa bandera de manera selectiva y como arma contra sus distintas facciones. La maniobra judicial respondió a la necesidad de asegurar la gobernabilidad y despejar el camino del ajuste, confirmando que la clase dominante descarta a sus propias figuras cuando dejan de garantizar estabilidad.

El peronismo conserva un peso institucional y electoral en bastiones tradicionales, aunque este sostén no expresa vigor histórico, expresa la inercia de un aparato que sobrevive ante la falta de una alternativa revolucionaria de masas. Su reciclaje bajo figuras como Kicillof, nuevas marcas electorales o alianzas con gobernadores y movimientos sociales cooptados no altera su función fundamental, que consiste en preservar la gobernabilidad e impedir que la crisis abra un camino de independencia política. Mientras canaliza la bronca mediante llamados al mal menor, refuerza las mismas políticas que hundieron sus bases. Su supervivencia revela el retraso en la construcción de una alternativa comunista y no fortaleza propia.
El golpe electoral del 26 de octubre no solo confirmó la crisis del peronismo, sino que la profundizó desde dentro. Los malos resultados desataron una interna abierta que dejó al descubierto la fractura latente del PJ. La disputa pública entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof, a quien la ex presidenta responsabilizó por la estrategia de desdoblar los comicios en la provincia de Buenos Aires, expone el grado de debilidad de una fuerza cuya cohesión en su núcleo dirigente es frágil, Este episodio confirma un recorrido de debacle que viene desarrollándose hace años, en el que el peronismo dejó de apoyarse en una base social organizada y pasó a funcionar como un aparato electoral con un techo cada vez más visible, centrado más en administrar sus disputas internas y el control del Estado que en reconstruir una fuerza arraigada en la clase trabajadora. En este cuadro de descomposición creciente, no puede descartarse que el PJ recurra a maniobras de aparato para preservar cierta unidad interna en función de mantener los espacios de poder que aún conserva en las legislaturas, los municipios y las provincias.
La obsolescencia del peronismo confirma la bancarrota del reformismo en esta etapa histórica. Cuando desaparecen los márgenes para repartir ganancias, la conciliación de clases se transforma en una fuerza abiertamente conservadora. La frustración acumulada ante sus promesas incumplidas, de revertir el ajuste macrista, abrió espacio a demagogos reaccionarios como Milei, que canalizan la bronca contra la casta hacia salidas aún más regresivas. La ausencia de una dirección revolucionaria capaz de disputar ese terreno explica el desvío parcial del descontento hacia la derecha.
La tarea de la Organización Comunista Militante no consiste en adaptarse al reformismo ni en moverse dentro de sus límites, consiste en ganar a todos los jóvenes que buscan una salida, vengan de donde vengan, hacia un programa comunista y en formar a una nueva generación de militantes capaces de construir un partido revolucionario. El agotamiento relativo del peronismo abre un terreno más favorable para esta tarea siempre que intervengamos con claridad política y sin concesiones estratégicas.
La izquierda y el FIT U
La izquierda ha sido una referencia para sectores de trabajadores y jóvenes que buscaron una alternativa frente al agotamiento de los partidos tradicionales. El crecimiento electoral del FIT U en distintos momentos de la última década expresó tendencias reales, la ruptura de franjas de la juventud con las viejas direcciones políticas, el rechazo a la conciliación de clases y la búsqueda de posiciones más firmes frente al capitalismo. Su influencia refleja elementos genuinos de la radicalización generada por la crisis del régimen.
Ese desarrollo se ve limitado por el carácter de su dirigencia. Su intervención se concentra en el terreno electoral como un fin en sí mismo, donde cada organización prioriza su autoconstrucción por encima de una orientación común hacia la clase trabajadora. Esta lógica se expresó tanto en los actos del Primero de Mayo donde cada fuerza realiza un acto por su parte como en la presentación de listas enfrentadas en los gremios, incluso en sectores estratégicos. Allí donde obtiene posiciones, estas suelen quedar subordinadas a los intereses inmediatos de cada partido antes que a la construcción de organismos democráticos de base capaces de unificar a los sectores más avanzados de la clase obrera. Esta fragmentación impide transformar las fisuras que se abren en la burocracia en una alternativa real de dirección.
Aunque los dirigentes de estas organizaciones reivindican el marxismo, han relegado el estudio de la teoría y la formación de cuadros a un segundo plano, lo que los empuja a un centrismo que se expresa en su adaptación al parlamentarismo.

A pesar de estos límites, el FIT U sigue siendo una referencia para franjas de la juventud y de trabajadores, donde se expresan búsquedas políticas genuinas. El descontento con el régimen, la crisis económica y la radicalización de sectores precarizados generan un terreno donde miles de jóvenes pueden acercarse a los partidos del frente como la opción más visible por fuera del régimen tradicional. Esa influencia debe ser comprendida sin sectarismo. Los comunistas intervenimos con claridad programática, sin concesiones, pero también sin aislarnos de manera artificial.
La tarea de los comunistas no consiste en denunciar de forma abstracta al FIT U ni en enfrentarlo de manera sectaria o testimonial. Consiste en conectar con sus bases, explicando de forma clara las diferencias entre construir un partido y un programa basados en las ideas del marxismo y la política electoralista que ofrecen las organizaciones del frente. La autoridad revolucionaria no se proclama, se conquista mediante la intervención en los procesos vivos, unificando a los sectores avanzados alrededor de un método y un programa que partan de la lucha de clases y no de la lógica del pequeño aparato.
Para convertirse en una referencia revolucionaria efectiva, la izquierda debería orientar su intervención hacia la construcción del poder obrero, utilizando el método del programa transicional para ligar cada lucha inmediata con la necesidad de que la clase trabajadora dirija la sociedad a través de organismos de democracia directa y organización de base. Los delegados al parlamento burgués no deben acomodarse a ese ámbito ajeno a nuestra clase, sino trabajar adentro con el objetivo de destruirlo con métodos revolucionarios. Solo una fuerza que intervenga en cada lucha con este horizonte, que transforme las reivindicaciones parciales en un puente hacia la toma del poder y que unifique a los sectores más avanzados alrededor de métodos propios de la clase obrera, puede conquistar autoridad política y convertirse en una dirección reconocida en la lucha por una salida socialista.
Esta orientación no debe perderse de vista. La situación política está atravesada por giros bruscos hacia la izquierda y hacia la derecha y en ese marco el FIT U, pese a sus límites estructurales y la orientación electoralista de su dirigencia, podría canalizar temporalmente la radicalización de una franja de la juventud y de la clase trabajadora.
Que cualquier votante del FIT U pudiera afiliarse y participar en la vida del frente, algo imposible hoy si no se ingresa directamente en el PTS, PO, IS o MST, marcaría una diferencia cualitativa respecto de su forma actual. Un organismo puramente electoral, sin estructura democrática ni espacios comunes de deliberación, no puede hacerse carne en la clase trabajadora ni canalizar de manera organizada las tendencias reales de radicalización que existen en su entorno. La apertura del FIT U a la afiliación directa y a una vida militante común con libertad de tendencias, permitiría que sectores numerosos de jóvenes, activistas y trabajadores que hoy lo acompañan de manera pasiva encuentren un espacio donde agruparse y participar de forma estable. Eso podría transformarlo en un punto de referencia para miles y en un posible ámbito de reagrupamiento político en una etapa marcada por giros bruscos y búsquedas por fuera del régimen tradicional.
La izquierda fuera del FIT U
Los grupos que actúan por fuera del FIT U, como el Nuevo MAS, Política Obrera y diversas pequeñas escisiones, aunque intervienen en conflictos puntuales y mantienen cierta actividad militante, su orientación oscila entre el catastrofismo declamativo, el sectarismo hacia otras corrientes y una práctica rutinaria sin inserción orgánica en los sectores decisivos de la juventud. La falta de un programa coherente vinculado a una estrategia de poder, sumada a estructuras débiles, debates internos estériles y la ausencia de una construcción internacional seria, reemplazada en muchos casos por federaciones de grupos que sostienen posiciones contrapuestas, los mantiene en un plano estrictamente testimonial que no logra proyectarse más allá de círculos militantes reducidos ni disputar la dirección política de los sectores avanzados de trabajadores y estudiantes. En vez de constituir una alternativa frente al agotamiento del régimen, terminan reproduciendo viejos esquemas propagandísticos que limitan su influencia y refuerzan su aislamiento político.
En muchos de estos grupos, la ausencia de una formación teórica rigurosa en la filosofía marxista y en el programa transicional se traduce en desviaciones de carácter ultraizquierdista o en adaptaciones posmodernas.
En este campo aparecen posiciones que plantean el voto en blanco, la abstención o el rechazo a la elección como forma de ruptura con la farsa parlamentaria. Estas posturas suelen partir de una crítica sincera al carácter limitado de la democracia burguesa, aunque confunden la crítica marxista al parlamentarismo con la abstención como política.
La abstención creciente expresa el desgaste del régimen y un alejamiento contradictorio de una parte de las masas, aunque todavía no constituye una alternativa política propia ni una ruptura consciente con las elecciones. Entre quienes no votan conviven jóvenes precarizados que no esperan nada de los políticos, trabajadores que oscilan entre la bronca y la resignación, capas empobrecidas que priorizan resolver problemas urgentes antes que votar y sectores medios decepcionados que pueden girar tanto hacia la izquierda como hacia la derecha. A esta heterogeneidad se suma la polarización electoral que hoy se expresa entre el Peronismo y el Mileísmo, que continúa actuando como freno para rupturas abiertas, y la ausencia de una alternativa revolucionaria de masas hacia la cual canalizar el descontento. Esa combinación confirma que no estamos, aún, ante una tendencia consciente de independencia de clase.
La situación actual tampoco se asemeja a la experiencia del 2001, cuando el rechazo al mecanismo electoral era abierto y se expresaba incluso en votos bronca que mostraban la pérdida total de confianza en las elecciones como vía de salida. Hoy la abstención no expresa ese tipo de ruptura, sino un alejamiento contradictorio que convive con el hecho de que la mayoría todavía procesa su experiencia política dentro del terreno electoral, aunque lo haga con desconfianza y de manera distorsionada.
Llamar a no votar en estas condiciones no ayuda a clarificar la experiencia, la deja en su forma más dispersa y sin orientación de clase. Renunciar a esa intervención no debilita al régimen, debilita la posibilidad de construir influencia real entre sectores de la vanguardia a los que hoy podemos llegar. Para los marxistas, la táctica electoral no es un principio fijo sino un instrumento que debe adaptarse al nivel de conciencia y a las condiciones concretas. En otros momentos un llamado a no votar podría expresar un salto político, aunque para ello deberían existir condiciones que hoy no están presentes, como una polarización más profunda entre las masas y las instituciones, organismos de base con autoridad entre los trabajadores y una disposición más extendida a cuestionar el régimen.
Frente a estas limitaciones, nuestra tarea adquiere un carácter aún más decisivo. Desde esta realidad surge con más fuerza la tarea que asumimos como organización. Sostenemos la necesidad ineludible de la formación teórica en las ideas del marxismo. La formación de militantes preparados para intervenir en la lucha de clases requiere un estudio basado en las ideas que condensan la experiencia acumulada de la clase trabajadora mundial, sus avances y retrocesos y las lecciones de las luchas del pasado. El materialismo dialéctico, el materialismo histórico, la aplicación de esos métodos al estudio de la economía capitalista y el estudio riguroso de esa historia constituyen los pilares fundamentales de un método que permite armar a la militancia con una comprensión científica de la sociedad capitalista. Pero la teoría, por sí sola, no transforma la realidad. Como enseñaba Lenin, sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria, y esto implica que la formación marxista debe traducirse en la construcción consciente de un partido revolucionario en el modelo del partido Bolchevique leninista: centralizado, disciplinado y enraizado en la clase obrera. Solo una organización de este tipo puede convertir el conocimiento teórico en una práctica capaz de poner fin de una vez y para siempre a la explotación y la opresión.
Al mismo tiempo, aunque los grupos mencionados y sus estructuras y métodos los mantengan en un círculo reducido, su militancia ha acumulado experiencias de lucha y organización que no deben subestimarse. En un escenario de movilización ascendente, pueden integrarse en procesos más amplios. No debemos plantear la unidad de la izquierda como un fin en sí mismo ni confundirla con el frente único, porque sin un programa marxista sólido cualquier intento termina reproduciendo los mismos límites que criticamos. No buscamos construir a partir de las astillas de la izquierda, sino avanzar en la construcción de un Partido Comunista Revolucionario. Esto exige un criterio riguroso en la incorporación de individuos provenientes de corrientes sectarias, retomando el consejo de Engels a Bebel, cuando advertía que la fuerza primitiva de un solo individuo ganado directamente de la masa vale más que la incorporación de militantes formados en falsas tradiciones que trasladan al partido viejos vicios y desviaciones. Por eso, la clave de nuestra orientación es ganar a un puñado de jóvenes frescos y educarlos políticamente, formándolos en el programa, el método y la disciplina del marxismo revolucionario. Esto no impide el diálogo con jóvenes y trabajadores con los que coincidimos en las calles o en espacios de lucha, pero subordina toda incorporación a un acuerdo político y organizativo claro, orientado a fortalecer la construcción de la ICR en Argentina.
La izquierda dentro del peronismo
Los grupos como el Partido Comunista Argentino, Patria Grande, el Partido Comunista Congreso Extraordinario o el Partido Piquetero que con matices sostienen en la práctica una concepción etapista que los lleva a subordinarse a un supuesto sector progresista de la burguesía o de su representación política en caso de que esta burguesía sea “fallida”. En los hechos, esa “burguesía fallida” se expresa casi exclusivamente en el kirchnerismo, que plantea que el Estado debería suplir la incapacidad de la burguesía nacional para desarrollar las fuerzas productivas, impulsando desde arriba un capitalismo “soberano” o “productivo”.
Más allá del propio kirchnerismo, estos grupos de izquierda dentro del peronismo retoman la idea de que, antes de avanzar hacia el socialismo, debe resolverse una contradicción principal entre el imperialismo y la nación o entre la oligarquía y una supuesta burguesía progresista, lo que exigiría la unidad de las fuerzas patrióticas o populares. Bajo esta lógica frentepopulista, la independencia de clase se posterga y la clase trabajadora queda reducida a acompañar a una dirección burguesa en nombre de tareas democráticas o nacionales.
La experiencia reciente mostró cómo esta política conduce al desastre. Durante el gobierno de Fernández, estas organizaciones justificaron “críticamente” el acuerdo con el FMI y la contención de las luchas salariales en nombre de evitar un avance de la derecha, y en las provincias administradas por el peronismo terminaron apoyando políticas represivas y ajustes locales que golpearon directamente a los mismos sectores obreros y populares que decían defender.
La experiencia histórica refuerza esta conclusión: la Unidad Popular en Chile en 1973, subordinada a supuestos sectores burgueses democráticos, impidió que la clase obrera tomara el poder y allanó el camino al golpe militar y a una derrota brutal del movimiento obrero. Lejos de fortalecer la lucha, estas estrategias de colaboración de clases desarman políticamente a sectores enteros y bloquean toda perspectiva revolucionaria.
Aun así, muchos militantes de estos grupos intervienen honestamente en las luchas y buscan una salida emancipadora, entendida como una salida liberadora que permita a la clase trabajadora romper con la explotación y avanzar hacia una transformación revolucionaria de la sociedad. Este potencial expresa que, más allá de las limitaciones de sus direcciones, existe en su base una energía y una disposición a la lucha que, en condiciones cambiantes, pueden abrirse camino hacia posiciones de independencia de clase capaces de conectar con nuestra línea política marxista consecuente.
La juventud
La juventud trabajadora, universitaria y secundaria ha sido uno de los primeros sectores en sentir el impacto del ajuste y uno de los que más rápidamente respondió enfrentando el avance del gobierno. La crisis universitaria desatada por el recorte presupuestario, el deterioro de las condiciones de cursada y el ataque estructural a la educación pública actuaron como un detonante que puso en movimiento a decenas de miles de estudiantes, docentes y no docentes. Este proceso tuvo su correlato entre la juventud secundaria, que sufre directamente el colapso edilicio, la falta de infraestructura básica y la reducción de becas y comedores, y que en muchos colegios respondieron con asambleas, tomas y formas de autoorganización que desbordaron a las burocracias estudiantiles y sindicales.
Este proceso de movilización se desarrolla sobre una base material profundamente deteriorada. La juventud enfrenta hoy un horizonte de expectativas bloqueado por la precarización laboral y la exclusión del mercado de trabajo. La tasa de desocupación juvenil más que duplica el promedio general y supera el 15%, empujando a amplios sectores de jóvenes a empleos informales, mal remunerados o directamente a la desocupación abierta (INDEC, Encuesta Permanente de Hogares).
En este cuadro, la situación de las jóvenes trabajadoras y estudiantes ocupa un lugar destacado, ya que la precarización material se combina con formas específicas de opresión, entre ellas la violencia machista, que se intensifica en contextos de ajuste y descomposición social, cuando el desmantelamiento de las condiciones sociales básicas —salud, educación, vivienda y servicios de cuidado— refuerza la dependencia material. Esta situación es agravada por el hecho de que más del 60 % de las mujeres jóvenes ocupadas lo hacen en condiciones de precariedad o informalidad, lo que dificulta romper vínculos de violencia. Los datos ilustran la magnitud del problema, en Argentina ocurre en promedio un femicidio cada poco más de un día y en la mayoría de los casos el agresor pertenece al entorno cercano de la víctima, lo que revela el carácter cotidiano y estructural de esta violencia. En este contexto, el intento del gobierno de Milei de derogar la figura jurídica del femicidio no aparece como un hecho aislado, sino como parte de una ofensiva reaccionaria, que busca negar el carácter específico de esta violencia y desmontar incluso los mecanismos limitados conquistados mediante la lucha y la organización en las calles. El patriarcado no puede entenderse al margen del capitalismo, a diferencia de las teorías que lo presentan como una estructura de opresión separada de la explotación de clase, ya que la violencia contra las mujeres se reproduce y se agrava allí donde la explotación de clase y la precarización de las condiciones de vida refuerzan la dependencia económica. Las teorías que disocian ambas dimensiones tienden a limitar la lucha contra la violencia machista a respuestas superficiales, sin cuestionar las condiciones materiales que la generan.
Esta realidad forma parte de la experiencia general de la juventud en esta etapa histórica y permite comprender las condiciones materiales que moldearon a esta generación. Para un joven nacido a partir del año 2000 en Argentina, se trata de una juventud formada bajo el impacto de la crisis capitalista mundial que, desde 2008 en adelante, no ha conocido en toda su vida políticamente consciente más que penurias, precarización, endeudamiento y un horizonte de vida cada vez más estrecho. Transitó su adolescencia durante el estancamiento de los últimos años del kirchnerismo, con inflación sostenida y un deterioro progresivo de las condiciones de vida; ingresó a la vida adulta bajo el gobierno de Macri, atravesando las devaluaciones de 2018–2019, los tarifazos y una fuerte caída del salario real; vivió luego el período de Alberto Fernández, marcado por la licuación inflacionaria de salarios, becas y changas, con la pandemia agravando el abandono educativo y la precarización laboral, en un contexto de avance de la desregulación del trabajo a través de las aplicaciones; y hoy enfrenta, bajo el gobierno de Milei, un ajuste de shock que acelera la licuación salarial, vuelve prohibitivo el alquiler y provoca un retroceso efectivo en las condiciones materiales para sostener la cursada. También presenció la erosión de la hegemonía del imperialismo a escala mundial, el derrumbe de su llamado “orden basado en reglas” y el fin de la estabilidad relativa que generaciones anteriores habían dado por sentada. En ese marco, esta generación vio desarrollarse una guerra interimperialista en Europa y asistió durante años a la masacre sistemática y el genocidio del pueblo palestino por parte del Estado israelí.
Para franjas crecientes de la juventud, estudiar dejó de garantizar un trabajo estable y trabajar dejó de permitir una vida independiente, bloqueando toda proyección de futuro dentro del orden existente. Esta ausencia estructural de perspectivas, resultado de una experiencia acumulada de crisis, ajuste e inseguridad permanente, explica por qué esta generación muestra una disposición a la lucha mayor que la de las anteriores y por qué sectores juveniles numerosos se radicalizan con rapidez cuando entran en contacto con la experiencia concreta de la lucha de clases.

La defensa de la educación pública se transformó en un punto de apoyo para cuestionar al régimen en su conjunto y mostró que la juventud puede convertirse en una fuerza explosiva cuando se articula con la clase obrera. Para los comunistas, este proceso señala una tarea estratégica que no admite atajos ni improvisaciones, porque la construcción del partido entre la juventud solo puede avanzar de manera paciente y sistemática, ganando uno, dos, tres, cuatro jóvenes que comprendan la necesidad de una alternativa revolucionaria. Este debe ser el centro de nuestra actividad política en esta fase de nuestra construcción y en esta coyuntura política, concentrando nuestro trabajo en la juventud secundaria y universitaria, que es donde hoy se expresa con mayor claridad la crisis del sistema y donde se encuentra el potencial de una nueva generación revolucionaria. Como afirmaba Lenin, quien conquista a la juventud conquista el futuro, y es en esta generación donde se vislumbra con fuerza la posibilidad de abrir una salida revolucionaria frente al agotamiento histórico del capitalismo.
Esta tendencia no es un fenómeno aislado de nuestro país sino parte de un proceso internacional caracterizado por la entrada en escena de una juventud que ha sido despojada de estabilidad, de derechos y de perspectivas elementales. En numerosos puntos del planeta, como se vio con las irrupciones revolucionarias de la llamada generación Z, las nuevas generaciones responden al desempleo estructural, al colapso de la educación pública y a la corrupción rampante de los gobiernos capitalistas de todo tipo y color poniéndose a la cabeza de movimientos revolucionarios. Cada estallido juvenil demuestra, además, que esta generación aprende con rapidez, se organiza con audacia y puede transformarse en un factor político de enorme peso cuando irrumpe colectivamente en la escena. Esta realidad confirma que el potencial revolucionario de la juventud no es una expectativa futura sino un rasgo palpable de la época que atraviesa el capitalismo a escala mundial, y nos exige redoblar los esfuerzos para ganar a los mejores jóvenes de estas capas y fortalecer así nuestra organización. Esta es la tarea central y la orientación general que debemos llevar adelante en el próximo periodo.
Perspectivas
El proceso que atravesamos combina un deterioro profundo de las condiciones de vida de las masas con la incapacidad del gobierno y de la clase dominante para ofrecer una orientación estable que permita recomponer la situación. Esta incapacidad no es un rasgo particular del gobierno actual ni un problema nacional que otra variante burguesa pueda resolver, sino la expresión local de la crisis estructural del capitalismo a escala mundial.
El ajuste en curso no abre un camino de recuperación sostenida, sino que agudiza las contradicciones económicas y sociales, generando presiones crecientes que más temprano que tarde volverán a expresarse políticamente en forma de lucha de clases. La aparente calma solo puede sostenerse mediante un equilibrio inestable sostenido por factores excepcionales, sin resolver ninguna de las tensiones de fondo que arrastra el capitalismo argentino.
El capital financiero internacional interviene como árbitro y sostén de corto plazo, pero su participación no inaugura una etapa de normalización. La dependencia de nuevos rescates y las condiciones que estos imponen no resuelven la red de contradicciones en la que se encuentra el capitalismo argentino, sino que profundizan la vulnerabilidad del país frente a cualquier cambio en el escenario mundial. Las distintas fracciones de la burguesía no cuentan con un proyecto coherente para salir del estancamiento y oscilan entre el respaldo al gobierno y el temor a que el descontento social abra situaciones que no puedan controlar. Lejos de aportar estabilidad, esta dinámica muestra una clase dominante atravesada por tensiones profundas, que sólo puede imponer su agenda agravando el desgaste político del régimen.
La reciente intervención directa del gobierno estadounidense, impulsada por la administración Trump, permitió evitar un colapso inminente al ofrecer un rescate financiero y político sin el cual la crisis hubiera tomado un curso mucho más abrupto. Este auxilio no fue un gesto aislado ni desinteresado, sino parte de una orientación más amplia de la política norteamericana para reforzar su control sobre América Latina en un contexto de disputa creciente con el imperialismo chino. Esta disputa no plantea un “campo progresivo” al que aferrarse; es una puja entre potencias que solo ven a países como Argentina como terreno de saqueo. El imperialismo estadounidense, que durante un largo periodo se consideró como “amo” del hemisferio, está enfrentado por el imperialismo chino, que cuenta con una economía más dinámica, pero que en términos absolutos sigue siendo mucho más débil.
El respaldo de Trump a Milei se inscribe en un esfuerzo por asegurar gobiernos alineados con Washington, desplazar la creciente presencia económica y tecnológica china en la región y garantizar condiciones favorables para los intereses del capital norteamericano. Las exigencias implícitas de este apoyo incluyen la apertura irrestricta de áreas estratégicas, la subordinación en materia energética, tecnológica y militar y una alineación internacional que consolida un rumbo que refuerza las cadenas que atan al país al imperialismo occidental. Lejos de fortalecer al gobierno, esta orientación agrava la situación general del país y prepara condiciones para choques mayores entre las necesidades de las masas y los intereses del capital, porque cada paso que lo sujeta más al imperialismo se traduce en un mayor ajuste. La exigencia de avanzar con una brutal reforma laboral, previsional y tributaria es un ejemplo claro de eso.
A medida que la experiencia concreta con el gobierno avance y las ilusiones iniciales se disipen por completo, es probable que asistamos a un desplazamiento brusco del péndulo en sentido contrario. El profundo estado de ánimo antiestablishment que hoy Milei capitaliza no desaparecerá cuando su proyecto se revele incapaz de ofrecer una salida al deterioro de las condiciones de vida, sino que puede expresarse con la misma intensidad en el lado opuesto del escenario político. Cuando cada vez más números comprueben que la ultraderecha no resolvió ni uno solo de sus problemas y que su programa sólo agravó la crisis, ese mismo rechazo a la vieja casta que permitió su ascenso puede convertirse en el punto de partida de un giro hacia la izquierda. El desgaste acelerado del gobierno puede transformar la decepción en radicalización y abrir el camino para que una parte de los trabajadores y la juventud busquen soluciones radicales y avancen hacia posiciones revolucionarias si existe una organización capaz de conectar con ese proceso.
En este marco, es inevitable que el descontento acumulado encuentre nuevos canales de expresión. La combinación de salarios pulverizados, deterioro de los servicios públicos, endeudamiento masivo y empeoramiento general de las condiciones de vida crea un terreno fértil para que sectores cada vez más numerosos entren en acción. Aunque el proceso aún no configura una situación prerrevolucionaria, la experiencia demuestra que períodos de aparente pasividad pueden transformarse rápidamente en nuevas oleadas de lucha cuando convergen el creciente malestar acumulado, la pérdida de autoridad del gobierno y la irrupción de sectores que ya habían comenzado a moverse en procesos anteriores. La juventud y franjas avanzadas de la clase trabajadora, que se han mostrado particularmente dispuestas a enfrentar el ajuste, pueden desempeñar un papel decisivo en estas futuras fases de movilización.
Esta posibilidad no es nueva. Desde 2018, cuando el gobierno de Macri intentó avanzar con una reforma jubilatoria y se encontró con la acción directa de las masas en la calle que puso un freno a su programa de ofensiva contra los trabajadores, venimos señalando que la tendencia a una irrupción de la clase trabajadora permanece abierta en la situación política del país. Aquel enfrentamiento marcó un punto de inflexión porque la clase dominante comprobó que no podía aplicar su agenda sin generar respuestas abruptas de sectores enteros.
En los años siguientes se sucedieron levantamientos provinciales como el Salteñazo, donde la reacción popular desbordó a las autoridades, y el Jujeñazo, que puso en jaque a un gobierno decidido a imponer reformas reaccionarias. También se produjeron estallidos sociales en distintas regiones del país frente a recortes, represión o ataques directos a las condiciones de vida, junto a rebeliones juveniles expresadas en tomas estudiantiles, ocupaciones universitarias y acciones espontáneas de estudiantes y jóvenes trabajadores que enfrentaron el deterioro creciente de la educación y el ajuste. El levantamiento de Misiones representó un salto cualitativo dentro de este proceso, porque no solo quebró momentáneamente el aparato represivo provincial, sino que mostró niveles superiores de organización espontánea y coordinación desde abajo en la forma de asambleas autoconvocadas, anticipando el tipo de respuesta que puede emerger cuando las tensiones acumuladas encuentran un punto de ruptura.
Esta tendencia hacia la irrupción convive, al mismo tiempo, con fuerzas que la frenan o desvían. La acción sistemática de las burocracias sindicales para desarticular la lucha, las direcciones peronistas que canalizan todo hacia las aguas seguras del marco institucional y electoral, el papel de la izquierda adaptada al parlamentarismo que actúa como freno político, la presión de las condiciones materiales impuestas por la precarización, donde 6 de cada 10 jóvenes trabajan sin derechos y 1 de cada 3 ni siquiera firma un contrato, la fragmentación de la protesta que genera la propia crisis económica, que obliga a cada sector a pelear por problemas inmediatos sin una articulación común y la ausencia de una dirección revolucionaria con influencia de masas han limitado hasta ahora que estas explosiones parciales se transformen en un movimiento sostenido que avance por más. Aun así, la corriente subterránea que recorre toda la etapa sigue presente y puede reaparecer con más intensidad a medida que las contradicciones actuales se profundicen. Estas son las características que definen nuestra caracterización de fase preparatoria.
Existe también la posibilidad de que, con el apoyo directo del imperialismo norteamericano y el sostén explícito de los partidos de todo el arco político que garantizan la gobernabilidad, el régimen consiga una estabilización reaccionaria de corto plazo que le permita estirar los tiempos del ajuste y llegar incluso a 2027. Pero una estabilización de este tipo no cancela las tendencias profundas que analizamos, sino que las desplaza temporalmente y las acumula en un nivel superior. Cuanto más se prolongue este equilibrio artificial, más explosiva será la situación cuando esas contradicciones finalmente irrumpan, porque habrán madurado en condiciones de mayor tensión social, desgaste político y deterioro económico.
En este marco general, la clase dominante sólo puede intentar contener el descontento social endureciendo los aspectos represivos del régimen. Frente a esta orientación, se vuelve necesario señalar que la responsabilidad de dotarse de mecanismos propios de protección y defensa recae en los dirigentes del movimiento, en las organizaciones y sectores que hoy protagonizan las luchas. La formación de comités de autodefensa surgidos desde las bases aparece así como una necesidad objetiva del proceso revolucionario, no como una tarea inmediata de nuestra organización. Estos comités permiten garantizar la seguridad de las movilizaciones, sostener la iniciativa en momentos de tensión y preparar las condiciones para que la clase trabajadora y la juventud puedan responder de manera organizada frente a cualquier intento de represión.
Las perspectivas que se abren para el próximo período están determinadas por este equilibrio inestable. Es previsible un aumento de la conflictividad, nuevos episodios de crisis dentro del gobierno y disputas más intensas entre las fracciones de la clase dominante, junto con un escenario internacional que no ofrece puntos de apoyo sólidos. La combinación de crisis económica, tensiones políticas y disposición latente a la lucha anuncia una etapa marcada por oscilaciones bruscas, donde se alternarán momentos de desgaste y fases de movilización más amplia que pondrán a prueba la capacidad del régimen para contener el descontento social.
Para los comunistas, esto implica la necesidad de una orientación flexible y audaz, basada en la participación en luchas con objetivos definidos, orientada a encontrar y ganar contactos jóvenes y a fortalecer la construcción de la organización, no solo a actuar en un conflicto aislado, sino extrayendo de esa intervención conclusiones políticas que permitan avanzar en una comprensión política más clara de la etapa. No se trata de anticipar mecánicamente los acontecimientos, sino de prepararse para cambios rápidos y utilizar cada fisura del régimen para fortalecer nuestra organización, ligando las reivindicaciones inmediatas a la perspectiva de una transformación revolucionaria. La crisis que se desarrolla no encontrará solución en los límites del capitalismo y abrirá oportunidades decisivas para que las ideas marxistas se conecten con sectores cada vez más numerosos de la juventud y la clase trabajadora. La tarea es llegar preparados.
Construyendo la Internacional Comunista Revolucionaria en Argentina
La crisis de representación que atraviesa el país revela un problema más profundo que el desgaste del régimen político o el derrumbe de las viejas organizaciones y expresa la ausencia de una dirección revolucionaria capaz de convertir la disposición de amplios sectores a enfrentar al sistema en una fuerza consciente y organizada. Las explosiones parciales, los levantamientos provinciales como el Misionerazo y los estallidos juveniles de los últimos años muestran que la voluntad de enfrentar al sistema existe, pero también demuestran que sin una organización marxista firme y enraizada en el movimiento obrero esa energía se dispersa o es desviada hacia salidas que fortalecen al orden vigente. Hoy en día no existe una fuerza revolucionaria que pueda organizar y dirigir a la clase trabajadora para superar el impasse de la sociedad capitalista, y esta ausencia constituye el límite principal de la etapa. La tarea de los comunistas es intervenir para superar esta crisis de dirección y construir la herramienta que pueda dotar a la vanguardia de un programa, un método y una organización capaces de asumir la dirección de los grandes acontecimientos que se preparan.
Ser comunistas significa asumir la responsabilidad histórica de preparar a la clase trabajadora para la conquista del poder. El comunismo no es un ideal abstracto ni una afirmación voluntarista, sino la comprensión científica de que la clase obrera sólo puede emanciparse mediante la expropiación de la burguesía y la transformación socialista de la sociedad. La comprensión de estas tendencias no basta por sí sola; debe traducirse en organización y la participación en ese proceso histórico. La experiencia demuestra que ninguna irrupción espontánea, por poderosa que sea, puede reemplazar a una dirección revolucionaria que unifique las luchas, funde la experiencia inmediata con la teoría marxista y oriente conscientemente el movimiento hacia la toma del poder.

Nuestra organización se construye sobre esta premisa. No actuamos como un grupo aislado ni como una corriente nacional desconectada de los procesos mundiales, sino como parte orgánica de la Internacional Comunista Revolucionaria, la única organización armada de las ideas y métodos para llevar la clase trabajadora a la victoria. No somos un pequeño grupo perdido a miles de kilómetros en el Cono Sur, sino una sección firme e indisoluble en términos programáticos y organizativos de una organización presente en los cinco continentes. Este internacionalismo no es accesorio; es una necesidad material de la revolución socialista, porque el capitalismo ha unido al mundo bajo una misma lógica y solo una respuesta revolucionaria internacional puede quebrar esa dominación y posibilitar la construcción de una sociedad socialista.
La construcción de una organización revolucionaria requiere una orientación firme que parta de unir el programa marxista con los sectores más avanzados de la clase trabajadora y la juventud. En esta etapa la tarea es ganar un primer grupo de jóvenes secundarios y universitarios con voluntad militante, en las ciudades donde venimos desarrollando nuestro trabajo político y también más allá, que asuman conscientemente la necesidad de una alternativa revolucionaria y comiencen a actuar como los primeros cuadros de una organización que deberá dirigir luchas cada vez más amplias. Cada cuadro que formamos es un punto de apoyo para elevar el nivel político, reforzar la solidez teórica del conjunto, consolidar la disciplina militante y profundizar la formación política de cada compañero y compañera, preparando a la organización para intervenir en los procesos que se abren. Ser revolucionarios implica también transformarnos a nosotros mismos y moldear nuestra psicología, organizarnos y vivir en función del programa revolucionario.
Esta construcción exige una intervención constante en la lucha de clases, participando en cada conflicto en la medida de nuestras proporciones y fuerzas en la etapa actual, con una orientación que vincule las reivindicaciones inmediatas con la perspectiva de la construcción de un partido revolucionario y del poder obrero. Exige fortalecer nuestra presencia en los sectores estratégicos de la juventud, desarrollar núcleos militantes sólidos, sostener una propaganda revolucionaria permanente y elevar el nivel político de toda la militancia. Implica construir una organización capaz de ganar autoridad de masas mediante la claridad política que nos proporciona el método del marxismo para intervenir en los procesos vivos y una práctica consecuente con nuestra estrategia.
El período que se abre es una fase preparatoria en la que se acumulan fuerzas que en algún momento irrumpirán con fuerza explosiva y que requieren una dirección revolucionaria capaz de aprovechar todo su potencial, pero debemos considerar que, sin una dirección revolucionaria, esa irrupción puede ser canalizada en parte por fuerzas reaccionarias o desviada hacia las aguas seguras de las instituciones burguesas, como ocurrió con la insurrección de octubre de 2019 en Chile, que terminó siendo absorbida por el proceso constitucional. La crisis del régimen, la descomposición del capitalismo argentino y el deterioro constante de las condiciones de vida preparan un escenario donde esas tensiones pueden transformarse en movimientos de masas. No podemos presentar ese futuro como si fuésemos a llegar ya preparados para dirigirlo; sería una ilusión voluntarista ajena al método marxista. Una dirección revolucionaria no nace completa antes del ascenso, pero crucialmente tampoco surge espontáneamente de él, porque requiere un trabajo previo de acumulación de cuadros, formación teórica, organización y centralización sin el cual ninguna intervención posterior puede dar frutos. Por eso, los momentos de lucha no serán solo pruebas para nuestra organización sino oportunidades decisivas para fortalecerla, ganar autoridad política, reclutar y formar nuevos cuadros y resistir las presiones espontaneístas y movimentistas que suelen diluir a los revolucionarios en el calor de la movilización. El papel de nuestra organización no es confiar en una preparación abstracta, sino combinar ese trabajo previo con la intervención firme en cada proceso, aprovechar cada fisura del régimen y utilizar cada irrupción para desarrollar una organización revolucionaria que aspire a ganar autoridad entre los sectores avanzados de la clase trabajadora.
Construir la Internacional Comunista Revolucionaria en Argentina no es una consigna sino la tarea estratégica que define nuestro papel en la etapa actual. La profundidad de la crisis abre la posibilidad real de que el programa marxista se vincule con sectores cada vez más amplios de la clase trabajadora y la juventud. Nuestra responsabilidad es prepararnos para ese momento, desarrollar la organización y formar los cuadros que dirigirán las batallas decisivas del próximo período. El futuro de la revolución socialista en el país depende de ello.
En este marco general, las tareas que se desprenden de nuestro análisis pueden sintetizarse del siguiente modo.
Conclusiones y tareas
La crisis no genera por sí sola una salida revolucionaria, pero abre grietas en un régimen que ya no puede sostenerse como antes. En esas fisuras aparecen posibilidades reales para intervenir si existe una organización capaz de actuar con audacia, coherencia y perspectiva.
En este escenario, nuestra tarea debe centrarse en la juventud. Es allí donde la crisis golpea con mayor fuerza, donde las viejas referencias pierden autoridad y donde existe una mayor disposición a cuestionar el orden existente. Concentrar ahí nuestras fuerzas es el eje sobre el cual debe girar nuestra actividad, porque es en ese terreno donde podemos consolidar una presencia estable, formar nuevos cuadros y construir una referencia política capaz de proyectarse hacia el resto de la clase trabajadora y fortalecer nuestra intervención en la lucha de clases en su conjunto.
Nada decisivo ocurrirá sin una acción consciente. Por eso debemos prepararnos para los virajes que pueden presentarse en los meses y años que vienen, y convertir la descomposición del capitalismo en un terreno fértil para nuestro crecimiento.
Noviembre 2025 – Congreso Nacional de la OCM









